Lily cumplió con su palabra, escribiendo a Albus Dumbledore y explicándole los detalles de su astuto plan, y transmitiéndole el mensaje de Rose. El director se había mostrado sorprendido por su atrevimiento y por la idea de que un mortífago quisiera cambiar de bando, pero accedió a reunirse en secreto con Rose y Severus y escuchar lo que le tenían que decir.

Tras superar las desconfianzas iniciales, finalmente los tres llegaron a un acuerdo que les beneficiaba mutuamente: a cambio de su asistencia y protección, Rose y Severus se comprometían a colaborar con la Orden del Fénix y filtrar información acerca de lord Vóldemort.

Rose fue reclutada para la Orden, y se le encargó contactar con otras criaturas mágicas que podrían ayudar en la resistencia contra el bando tenebroso, como los duendes o los gigantes.
El trabajo era peligroso, pero ella estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por ganarse la confianza de Dumbledore.

Además, ya fuera porque no terminaba de fiarse de ella, o por su propia protección, Dumbledore siempre asignaba a otro miembro de la Orden como su compañero para esas misiones. La mayoría de las veces esos acompañantes eran James o Sirius, pues eran los que más la conocían, y podían saber si ella estaba actuando de forma extraña.

Por otro lado, el director accedió a contratar a Severus como profesor de Pociones, para que pudiese tener una coartada que justificase su estancia en Hogwarts, pero a cambio, este debía llevar a cabo el trabajo más arriesgado de todos: espiar a lord Vóldemort.

Afortunadamente, el Señor Tenebroso confiaba plenamente en él, especialmente tras la revelación de la profecía, así que Severus pudo llevar a cabo su tarea sin despertar sospechas.
Su habilidad para engañar y mentir se había perfeccionado a lo largo de los años, y para él no fue ningún problema hacerse con la información necesaria.

Gracias a ello, la Orden pudo recuperarse de la mala racha que había estado pasando, bajo el acoso constante de los mortífagos.

Pasaron las semanas y llegó el nuevo año. La atención de Severus estaba dividida entre su peligroso papel como espía y Rose. Lo que más le preocupaba era la salud de la mujer, ya que ella insistía en ocultar cualquier tipo de malestar que pudiese tener, para que no interfiriese en las misiones. Todavía no había hecho público su embarazo, dispuesta a darlo todo por la causa, y eso preocupaba a Severus, temeroso de que ella pudiese resultar herida.

Pero su preocupación sólo podía rivalizar la de ella, quien era bien consciente de los peligros que él tenía que afrontar. Severus no había vuelto a ser torturado, pero eso no significaba que estuviese fuera de peligro.

Rose hacía todo lo que estaba en su poder para ocultar la verdadera fuente de la valiosa información que llegaba a la Orden. Sólo Dumbledore, James y Lily sabían la verdad, y entre los cuatro silenciaron cualquier tipo de rumor que señalase a Severus como espía.
En ese momento, las viejas enemistades se dejaron momentáneamente a un lado para luchar por los intereses comunes.

Otro gran problema que preocupaba a Dumbledore era el contenido de la profecía. Él era muy consciente del poder que contenían las palabras de Trelawney, y una vez que confirmó cuánta información había revelado Severus realmente, comenzó a poner su plan en marcha.

El director reveló parte de la información a personas de confianza, para que estuviesen preparados ante cualquier intento de Voldemort por recuperar el resto de la profecía o llevarla a cabo.

También se intentó proteger a aquellas personas que tenían más posibilidades de convertirse en las victimas del Señor Tenebroso. Todavía no existía ninguna pareja que se hubiese enfrentado a Voldemort tres veces, pero si había varias brujas que iban a dar a luz en julio, así que, por precaución, Dumbledore trató de avisarlas para que se escondiesen y tuviesen aún más cuidado de no ser presa de los mortifagos.

Por el mes de febrero, los mortífagos aumentaron de manera espectacular la fiereza de sus ataques, llegando a arrasar poblaciones muggles enteras en una sola noche.
Los Aurores y la Orden del Fénix apenas podían hacer nada contra ellos, entre otras cosas, porque los ataques se producían de forma improvisada, de tal forma que Severus se enteraba de los mismos tan sólo minutos antes de que se produjesen, incluso a veces, horas después, cuando ya no se podía intervenir.

Eso le hizo sospechar que alguien más podía estar actuando como espía a favor del bando tenebroso, y a partir de entonces anduvo con más cuidado que nunca, asegurándose de no quedarse nunca a solas, y le pidió a Rose que reforzara las medidas de seguridad de su casa.
Ella se ocupó de convertir Benson Hill en una fortaleza inexpugnable, de tal manera que la casa dejó de ser visible ante los extraños.

Cada vez que Severus quería entrar en el recinto de la mansión, tenía que posicionarse en un punto en concreto, y esperar a que ella fuese a buscarle en coche. Severus insistió en que ella no debía modificar ningún hechizo protector, y desarrollaron un sistema de señales para que Rose pudiese saber cuándo era seguro salir a buscarle. Por su propia seguridad, dejaron de verse fuera de la casa, como si fueran dos extraños, pero debido a eso, trataban de aprovechar al máximo cada segundo que compartían juntos.

Pasaron muchas noches en vela, a pesar del cansancio, compartiendo información, planeando futuras misiones, y a veces, simplemente hablando, disfrutando de su mutua compañía con cada beso, cada mirada, cada caricia, cada sonrisa, esperando que llegase un día que no tuviesen que seguir escondiéndose así.

La única excepción que se atrevieron a hacer fue la visita al hospital, para acudir a la revisión del primer trimestre de embarazo.

Rose y Severus decidieron visitar un hospital muggle, disfrazados y usando una identidad falsa, y observaron emocionados, mientras se cogían de la mano, aquella extraña imagen que confirmaba la existencia del pequeño bulto de felicidad que iluminaría su futuro.

...

Era una fría mañana de abril, y esa semana había sido inusualmente tranquila.
Voldemort parecía estar pensando en su próximo movimiento, y eso les daba un poco de tiempo para reorganizarse y respirar.

Rose recibió un mensaje codificado de Severus, en el que le pedía reunirse con él en un lugar apartado. Tras asegurarse de que no se trataba de una trampa, y que él hablaba en serio, la mujer se apareció en el lugar indicado.

Mirando a su alrededor, descubrió que se encontraban sobre un acantilado, al lado del mar.
Sin embargo, lo que de verdad quería enseñarle estaba dentro de un pequeño y discreto invernadero, que se sostenía mágicamente sobre el borde de las rocas.

–¿Por qué me has traído aquí? ¿Qué lugar es este? –preguntó Rose mientras ambos entraban a toda prisa por la puerta de cristal.

–No te preocupes, casi nadie conoce este sitio. Es un criadero muy exclusivo de plantas mágicas exóticas. He acudido aquí más de una vez para hacerme con ingredientes raros para mis pociones.

–Sigo sin entender por qué quieres arriesgar nuestra seguridad para enseñarme esto.

–Confía en mí –él respondió con una pequeña sonrisa de suficiencia, y la guio hacia el interior del invernadero, pasando a través de hileras de plantas exóticas y extrañas.

Pasearon despacio, en medio del silencioso laberinto, mientras Rose admiraba todo lo que veía y Severus la miraba a ella.

–Sé que debería enfadarme porque esta idea es muy arriesgada –confesó Rose, después de un buen rato de mudo asombro–. Pero no puedo. Este sitio es... maravilloso.

–Sabía que podrías perdonarme –Severus esbozó una sonrisa de suficiencia, abrazándola por la cintura. Podía notar la sutil curva del vientre de la mujer, todavía imperceptible bajo la ropa–. Pero aún no has visto lo mejor.

La llevó hasta un pequeño lago, situado en el centro del invernadero. En él, flotaba un cenador blanco, unido con la orilla por un estrecho puente.

Cuando entraron en el cenador, Rose vio, más asombrada todavía, que estaba rodeado por rosales hechos de cristal, los cuales resplandecían con un brillo nacarado bajo la luz de la mañana.

Rosa crystalea –explicó Severus, al ver su asombro y desconcierto–. Solamente crecen aquí. Se desarrollaron por sus poderes medicinales, pero se usan generalmente como adorno.

–Son preciosas –Rose se atrevió a tocar una de las flores, y comprobó que tenía el mismo tacto y olor que una rosa normal, pero era transparente y delicada, reflejando la luz como si fuese un pequeño prisma.

Severus no dijo nada, y se limitó a observar en silencio a Rose, contemplando su expresión de sorpresa y asombro, mientras acariciaba las rosas con temor, como si fuese a romperlas, admirando su belleza y perfección, ignorando que ella misma parecía más bella que las flores.

–¿Como es posible que sólo crezcan aquí? Algo tan precioso debería estar en todas partes.

–No es fácil polinizarlas. Solamente hay una criatura capaz de transportar su polen –al ver su mirada interrogativa, Severus se acercó al seto, y agitó tu varita.

Al instante, pequeñas mariposas salieron volando, sobresaltando a Rose.

–¡Son transparentes! –exclamó–. Parecen hechas de cristal –Rose sonrió, girando sobre sí misma, observando maravillada a las mariposas que volaban a su alrededor, creando con sus alas efímeros reflejos cristalinos.

Severus la observó girar, sonriendo, se alegró de haber hecho una excepción en su estricto protocolo de seguridad para traer a Rose allí. Había merecido la pena arriesgarse.

Rose se detuvo y se acercó a él, sonriendo. Su piel y su pelo brillaban, manchados por el polvo de cristal, pero eso no era nada en comparación con el brillo de sus ojos. Severus le cogió de las manos, sintiéndose extrañamente seguro y tranquilo, como si en ese momento nada pudiese salir mal.

–Eres lo más maravilloso que me ha ocurrido nunca –susurró. Ella se sonrojó, sorprendida, y bajó la mirada–. Lo estoy diciendo en serio –Severus le alzó la barbilla, para que le mirada–. Me has hecho cambiar; me has dado una razón para luchar y para enfrentarme a lo que entes temía –Rose se había puesto más roja, y había vuelto a agachar la cabeza, presa de una vergüenza repentina. No era normal que él se comportase así. Severus volvió a hacer que le mirara, con delicadeza–. Me gusta cómo soy cuando estoy contigo, porque sé que a tu lado puedo ser una persona mejor –confesó, mirándola fijamente a los ojos–. Lo haces todo tan fácil... todo lo que yo antes creía imposible, ahora se ha hecho realidad –Rose no tenía palabras para contestarle. Severus se acercó a ella, tanto que casi podía distinguir sus pupilas dentro del círculo negro de sus iris–. Por eso te quiero. No se trata solamente de que seas hermosa e inteligente; es por todo lo que haces, todo lo que te rodea, todo lo que siento cuando estoy contigo. Yo... –Severus le cogió de ambas manos–. Quiero estar junto a ti el resto de mi vida. Sé que no puedo ofrecerte gran cosa, y que posiblemente tengamos más momentos malos que buenos, pero estoy dispuesto a luchar por ti, y por nuestra familia –Rose no apartaba sus ojos de él, pero notó a la perfección cómo Severus deslizaba algo entre sus dedos–. Rose ¿Quieres casarte conmigo?

Rose agachó la cabeza otra vez, intentando no ponerse a llorar, y miró con sorpresa el anillo que brillaba en su dedo. Estaba forjado en un extraño metal negro, pero en su centro, un grupo de pequeños diamantes formaban el dibujo de una rosa.

Temblando como una hoja, miró a Severus a los ojos, y la expresión de su cara reveló su respuesta antes que su voz.

–Si, si quiero –dijo, abrazándole y riendo–. Te quiero, Severus.

En respuesta, él la abrazó y la besó largamente, sin ninguna prisa, dedicándose por completo a ella, mientras las mariposas les sobrevolaban como un mar de estrellas.

...

A pesar de su inmensa felicidad, Severus y Rose no podían olvidar el gran peligro al que se exponían. Sin embargo, no se atrevían a esperar a que la guerra acabase, pues desconocían cuando ocurriría tal cosa, así que siguieron adelante con sus planes de contraer matrimonio

Conscientes de que necesitaban ayuda, comunicaron su intención de casarse a Lily y Dumbledore, pues eran las dos personas más cercanas a ellos, y en quien sabían que podían confiar.

El director sugirió la opción de casarse en secreto mediante una ceremonia muggle, pues era menos probable que los mortífagos se diesen cuenta, y también permanecerían ocultos de la supervisión del Ministerio.

Lily les ayudó con el papeleo, pues al ser hija de muggles le resultaba más fácil comprender el proceso legal, y gracias a ella consiguieron fijar una fecha con un notario tres semanas más tarde.

Durante el tiempo de espera, los futuros cónyuges pusieron aún más cuidado en no ser descubiertos, y tras mucho discutir, decidieron que la opción más segura era que Severus se mudase definitivamente a Benson Hill.

Consciente de que podían estar siendo vigilados, Severus decidió que no merecía la pena realizar una mudanza, ya que ninguna de sus posesiones era tan valiosa como para arriesgar ser descubiertos.

Sin embargo, un par de días antes de la boda, se vio obligado a regresar a la Calle de la Hilandera para recuperar los documentos que necesitaba para casarse.

Hacia días que sentía que le podían estar vigilando, así que para evitar que rastreasen su desaparición, Rose insistió en llevarle en coche, explicando que nadie se fijaría en ellos si fingían ser un par de muggles. Para calmar el nerviosismo de Severus, Rose cambió el aspecto del coche, y ambos se disfrazaron de nuevo.

Y así, siguiendo todas las precauciones que podían tomar, llegaron a la Calle de la Hilandera en mitad de la noche.

–No es necesario que vengas –indicó Severus cuando ella apagó el motor–. No tardaré demasiado.

–¿Pretendes que me quede sola en el vehículo? ¿A plena vista?

–Pensaba que eras la experta en hechizos protectores –Severus la miró con un asomo de burla en los ojos.

–Aun así, preferiría estar contigo. Además... –Rose se mordió el labio–. Necesito ir al aseo.

–¿Ahora?

–No es culpa mía –Rose señaló su vientre, con exasperación–. Por favor, Severus, no seré capaz de conducir con la vejiga llena.

Él resopló, pero no pudo negarse. Salió del coche y comprobó que no había nadie cerca, antes de indicar a Rose que podía seguirle.

–No me gusta esto –Severus estaba en guardia. Miraba a todos los lados de la calle, que estaba oscura, mojada, y con las farolas brillando con su luz anaranjada, creando sombras extrañas–. Tengo un mal presentimiento.

–Todo está muy tranquilo.

–Precisamente. No me gusta el aspecto que tiene la calle, está... demasiado silenciosa.

–Severus, son las tres de la madrugada ¿qué esperabas, un desfile? –se burló ella, en un susurro.

–No lo sé –respondió Severus. Habían llegado a las escaleras de su casa, y las subían con lentitud–. Pero no me gusta, Rose –Severus la miró con seriedad–, te lo digo de verdad, prefiero que esperes en el coche.

–Severus, no te lo voy a repetir, necesito entrar ya –ella se mecía con impaciencia, pasando su peso de un pie a otro–. ¿Qué te pasa? ¿Has sentido algo? ¿Crees que nos han seguido? –susurró, al ver su expresión tensa.

–No lo sé –Severus no podía explicar por qué estaba tan nervioso, ni por qué una especie de sexto sentido le gritaba que saliera de allí–. Es... por favor, espérame fuera. Creo... creo que va a pasar algo –insistió, girando la cabeza para mirar a la calle, que seguía desierta.

–Severus, mis hechizos no revelan nada. No hay nadie más aquí.

–¿Estás segura?

–¡Claro que sí! Sólo estamos nosotros –insistió Rose, agitando su varita–. Además, ¿qué es lo peor que puede pasar? Estoy contigo.

Severus la miró, bajo la luz de las farolas, reparando en su expresión impaciente, y tuvo la sensación de que nunca volvería a verla así.

No sabía el porqué de ese miedo, y se dijo a sí mismo que se estaba volviendo paranoico, que no iba a pasar nada.

Y sin embargo, tenía miedo.

Antes de abrir la puerta, atrajo a Rose hacia sí y la besó profundamente, durante mucho tiempo, como si no quisiera separarse nunca más de ella. Como si fuera a perderla.

–Te quiero.

–Yo también te quiero –dijo Rose, divertida por su comportamiento–. Y te querré mucho más en cuanto abras esa puerta.

Severus asintió y metió la llave en la cerradura, odiándose por ello. Sentía que debía salir corriendo de allí, y llevarse a Rose muy lejos, pero no sabía por qué.

"No va a pasar nada" se repitió, mientras abría la puerta.

Entonces ¿Por qué tenía miedo?

...

Lily y James entraron en el despacho de Dumbledore a través de la chimenea. El director les había enviado un Patronus, a pesar de lo tarde que era, para pedirles que se reunieran con él de inmediato.

La profesora McGonagall ya se encontraba allí, recibiendo instrucciones.

–Perdone profesor, no hemos podido llegar antes –se disculpó James.

–Ve adelantándote, Minerva –indicó Dumbledore, y esperó a que la profesora se fuera para hablar con los recién llegados–. Siento haberos convocado tan tarde, pero me temo que tengo una mala noticia. Esta noche se producirá un ataque a traición.

–¿Qué quiere decir? –preguntó Lily.

–Los hechizos de localización nos han revelado la presencia de una agrupación importante de mortífagos en Londres. Se han aparecido en el extrarradio, pero se dirigen volando en escoba hacia un punto en particular.

–¿A dónde se dirigen exactamente? –preguntó James.

–¿Y cómo sabe que se trata de una traición? –inquirió Lily.

–Porque parece que esos mortífagos pretenden rodear la vivienda de uno de nuestros más recientes colaboradores –explicó el director, mirándoles por encima de las gafas.

–¿Snape? –dedujo James. Dumbledore asintió con gravedad–. Tarde o temprano iba a suceder ¿Sabe quién le ha delatado?

–No puedo darte una respuesta, James. Ni siquiera sé de qué bando es el informante.

–Tenemos que hacer algo, Rose esta con él ¿Hay alguna forma de avisarles? –preguntó Lily, preocupada.

–Me temo que no queda tiempo. Lo único que podemos hacer es intentar sacarles de allí ¿Estás dispuesto a hacerlo? –preguntó mirando a James.

Este no parecía muy convencido de ir a rescatar a su antiguo enemigo, pero la mirada suplicante de Lily le hizo cambiar su respuesta.

–Haré lo que esté en mi mano. Pero esto lo hago por Rose –indicó.

–Da igual tus motivos, debes partir de inmediato –insistió Dumbledore–. Espero que Merlín os ayude.