Severus y Rose entraron en el oscuro salón, y él encendió una vela para ver por dónde caminaba, ya que hacía muchos años que la electricidad no llegaba a esa casa.

–No tardaré mucho –indicó Severus, encaminándose hacia un armario del salón–. Lo tengo todo aquí.

Mientras Rose se dirigía corriendo al aseo, Severus deshizo los hechizos protectores que bloqueaban el armario. Nada podía ser introducido o sacado del mueble si él no estaba presente, y esa había sido la razón por que había tenido que acudir en persona a recuperar los documentos, en lugar de hacerlos aparecer por arte de magia.

Abrió uno de los cajones y sacó los papeles que necesitaba para la boda. Se disponía a dejar todo tal y como estaba, cuando la punta de una varita se clavó en su espalda.

–Suelta la varita –ordenó la mujer.

...

–De prisa, Lily, tenemos que avisar a todos antes de que sea demasiado tarde.

–Pero profesor –jadeó ella, corriendo como podía detrás del anciano–. ¿Nuestra ayuda no sería más necesaria en...?

–Lo de esta noche es sólo una distracción –explicó Dumbledore, girándose hacia ella, pero sin aminorar el paso–. Vóldemort aprovechará que estamos pendientes de lo que pasa en Londres para atacar el Ministerio.

–¡No tenemos ninguna prueba de eso! –protestó Lily. Dumbledore se paró de golpe, y la miró con seriedad.

–Tienes razón, Lily, no tengo ninguna prueba, pero creo conocer bastante a Vóldemort para saber que hará algo así –sus ojos azules brillaban con fuerza.

–No, si yo no dudaba de usted... –se explicó Lily–, pero no entiendo en qué puedo servirle de ayuda –indicó, señalándose a sí misma. Con casi seis meses de embarazo, Lily no era tan ágil como lo había sido semanas atrás.

–Lily, no sé si te das cuenta de que la rapidez es nuestra única aliada en este momento –dijo Dumbledore, echando a andar de nuevo–. Debemos darnos prisa en avisar a tantos magos como podamos para que acudan a luchar al Ministerio. Es allí donde se producirá el verdadero ataque.

–¿Y por qué no llamamos al equipo de Aurores? Son los verdaderos especialistas.

–Me temo, Lily, que esta vez los mortífagos nos superan en número –confesó Dumbledore, mirándola con tristeza–. Aunque traigamos a todos los Aurores al Ministerio, no podríamos ni siquiera abrir una brecha entre sus filas. Por eso necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir. Además, no podemos dejar solos a... nuestros amigos de Londres –añadió, refiriéndose a Rose y a Severus.

Lily asintió, comprendiendo.

–¿Qué quiere que haga, exactamente? –preguntó, dispuesta a todo.

–Yo llamaré al Ministro, y como me temo que tardaré bastante en hacerle reaccionar, quiero que tú avises a tantos magos y brujas como puedas. Explícales lo que está pasando, y asegúrate de que ellos corren la voz. Necesitamos toda la ayuda que los ciudadanos nos puedan prestar.

–¿Y la Orden?

–Ya les he avisado –contestó Dumbledore–. Están allí, preparándose.

Lily y el director llegaron hasta el lugar donde tenían que separarse, y Dumbledore volvió a taladrar a la mujer con sus ojos azules.

–Ve todo lo deprisa que puedas, Lily. Gran parte de lo que suceda esta noche dependerá de lo que hagamos nosotros.

–Haré lo que pueda –aseguró ella. Dumbledore era tan consciente como ella de las limitaciones que tenía, al estar embarazada, pero en ningún momento intentó decirle que se quedara atrás, ya que ella no lo habría hecho de ninguna de las maneras.

–Cuando la batalla comience...

–Acudiré al Ministerio, pase lo que pase –prometió Lily. Dumbledore asintió, sabiendo que no podría convencerla de lo contrario.

–Te deseo suerte.

Y sin más desapareció.

–Y yo a usted, profesor –susurró ella–. Y a ellos también –añadió, pensando en lo que les estaría pasando a sus amigos.

...

Severus se giró lentamente para mirar a Bellatrix, quien seguía apuntándole con la varita.

–No te muevas –gruñó ella–. Y tira la varita.

Severus le sostuvo la mirada, y empuñó con fuerza su varita, preparándose para atacar, pero de repente, su corazón se congeló al ver que, detrás de la mortífaga, Lucius Malfoy entraba en el salón, inmovilizando a Rose y apoyando una daga sobre el cuello de la mujer.

–Suéltala, Severus –indicó Lucius–. Será lo mejor para todos.

Los ojos de Severus seguían puestos sobre Rose, quien le miraba con impotencia, y la varita de Bellatrix se clavó más en él.

Si la situación hubiese sido distinta, Severus no habría dudado en luchar hasta la muerte contra ellos dos, pero la visión de la hoja de la daga sobre el cuello de Rose fue superior a él, así que abrió la mano y dejó caer la varita.

La expresión de Bellatrix no pudo ser más triunfal, al igual que la de Lucius, ya que, por primera vez, Severus mostraba tener una debilidad. La mortífaga apuntó con su varita al cuello de Severus, y le ordenó que se apartase del armario, a la vez que Lucius retrocedía con Rose.

–Creo que esta vez sí que podremos divertirnos a tu costa, Snape –se regodeó Bellatrix, con maldad.

Lucius metió su mano en el bolsillo de Rose, cogiendo la varita de la mujer.

–Siempre caes en la misma trampa, traidora. Eres realmente patética –se burló, guardando la varita de Rose–. Deberías tener más cuidado con tus pertenencias –la registró para comprobar que no llevase más armas ocultas, y al hacerlo se dio cuenta del abultado vientre de Rose. Apartándole el abrigo, le puso una mano encima–. Bella, creo que esto te va a interesar.

Bellatrix sonrió aún más cuando comprendió lo que quería decirle, y sobre todo, al ver la expresión que puso Severus cuando Lucius tocó a la mujer. Rose se revolvió para apartar la mano de Lucius, pero él apretó aún más la daga, haciéndole un corte en la garganta.

–¡Basta! –exclamó Severus, alarmado al ver la sangre. La mirada de Rose le suplicaba para que no les diese más pistas a los otros dos, para que no se supiera cuánto le importaba.

Sin embargo, la risa seca de Bellatrix reveló que lo había entendido todo.

–¿Qué te ocurre, Snape? –preguntó, en tono de burla–. ¿Te preocupas por la pequeña traidora? –Severus la fulminó con la mirada, pero no pudo ocultar el miedo que sentía por lo que le pudiese pasar a Rose–. Eso nos obliga a hacer un cambio de planes ¿No crees, Lucius?

–¿Qué propones? –preguntó el rubio, siguiéndole el juego–. ¿Crees que ella hablará? ¿Nos dirá que ambos han estado trabajando para el Ministerio?

–No lo creo, esa estúpida sabe muy bien cómo ocultar lo que sabe –dijo Bellatrix, en tono despectivo–. Pero él sí hablará... si le damos los motivos necesarios para hacerlo.

Severus palideció y su pulso se aceleró peligrosamente al comprender que iban a torturar a Rose para que él hablara. La expresión de Rose revelaba que ella había llegado a la misma conclusión. Ella también se había puesto blanca, y sus labios temblaban, pero no apartó sus hermosos ojos de Severus.

–No les digas nada –suplicó, pero su mirada era firme. Prefería morir antes que darles el gusto a esos dos.

–Cállate, traidora –Lucius le tiró del pelo, y haciendo que estirase el cuello–. No eres tú la que dictas las normas.

–Hazle el Cruciatus –ordenó Bellatrix–. A ver si este traidor se digna a hablar cuando la vea retorciéndose en el suelo –se giró hacia Severus y le dedicó una falsa sonrisa–. Te recomiendo que te des prisa si quieres ver nacer a tu pequeño bastardo –canturreó.

Severus se obligó a mantenerse impasible, con la mirada puesta en Rose, al contrario de lo que Lucius y Bellatrix habían imaginado, ya que ellos pensaban que suplicaría por la vida de la mujer.

Tras unos segundos de incertidumbre, Lucius se cansó de esperar más muestras de debilidad por su parte, y sacó la varita, para comenzar con la tortura. Había sido buena idea utilizar la daga, ya que daba más impresión, pero no había nada como los trucos de siempre para causar verdadero dolor.

Lucius apartó la daga del cuello de Rose, mientras la agarraba del pelo, para coger la varita con la mano derecha, pero en ese instante, se oyó una explosión fuera de la casa, y un repentino resplandor iluminó el salón.

Rose aprovechó la distracción para empujar la mano de Lucius, darse la vuelta y golpearle en la entrepierna, haciendo que el mortífago se encogiese por el dolor. Bellatrix apuntó a la espalda de Rose, dispuesta a maldecirla, pero Severus desvió la varita de un empujón, y cogiendo a la mortífaga de la muñeca, la empujó contra la pared.

Rose intentó que Lucius soltase la varita y la daga, pero el hombre era más fuerte, y ambos terminaron en el suelo, dándose manotazos. Lucius aprovechó la lentitud de la mujer para derribarla de un golpe y ponerse encima de ella, pero Rose le metió los dedos en los ojos, haciendo que él tuviese que apartarse.

En la otra punta del salón, Severus seguía forcejeando contra Bellatrix, para conseguir que ella soltase la varita. La mortífaga era muy fuerte, y logró soltarse y propinarle un tremendo puñetazo en la nariz, haciendo que él retrocediese, sangrando. Bellatrix le lanzó un hechizo, y Severus tuvo que tirarse al suelo para evitarlo.

Rodó sobre sí mismo y se metió bajo la mesa, esquivando así una maldición, y una vez allí vio su propia varita, tirada a sólo unos metros de él. Salió gateando de debajo de la mesa, cogió su varita y se giró, de rodillas, protegiéndose con un contrahechizo que anulaba la maldición que Bellatrix le había mandado.

Al instante, Severus se puso en pie y comenzó a luchar contra la mortífaga.

Mientras tanto, Rose seguía en plena lucha por la recuperación de su varita.

Se había lanzado sobre Lucius, y le golpeaba con las manos para hacerle bajar la guardia y así poder llegar hasta su bolsillo, pero él se la quitó de encima con un tremendo bofetón que la dejó mareada y con el labio partido.

Rose intentó levantarse, pero Lucius volvía a estar encima de ella, y esta vez, le cogió del cuello con ambas manos, ahogándola.

–No necesito la magia para matarte, perra.

Rose tosió e intentó arañar al mortífago para que la soltara, pero él no se inmutó, y apretó más fuerte, viendo cómo Rose manoteaba, tosía e iba adquiriendo un color azul.

Rose, puso los ojos en blanco, ahogándose sin remedio, notando un dolor ardiente en la garganta. No tenía fuerzas para luchar ni para gritar, y cada vez le costaba más hacer un esfuerzo para arañarle...

De pronto, vio un intenso resplandor blanco, y al instante sintió que Lucius la soltaba y que se apartaba de ella. Rose se giró tosiendo y llorando, luchando por llenar los pulmones de aire, sin dejar de sentir ese horrible dolor en la garganta.

–Rose, respira, por favor, respira –Severus la estaba abrazando, preocupado–. ¿Puedes oírme? Rose ¿Me oyes? –ella asintió con la cabeza, intentando controlar su tos y sus lágrimas.

Severus la apretó contra su pecho y la meció hasta que ella pareció recuperarse.

–Estoy... bien –susurró, un poco ronca. Severus la miró con expresión preocupada.

Tenía los ojos brillantes, y en su cara se veían los rasguños producidos durante la pelea contra Bellatrix.

–Tenemos que irnos de aquí –dijo Severus. Su voz temblaba tanto como la mano con la que le acariciaba la cara–. Están luchando ahí fuera.

Rose se fijó en las explosiones, cada vez más cercanas, y en los gritos de dolor que venían de la calle.

Dejó que Severus la ayudase a ponerse en pie, y se fijó que, en el suelo, inconsciente, estaba Lucius, con una gran herida en la frente. En el otro extremo de la habitación, Bellatrix yacía en semejante estado, rodeada de sangre.

Severus recuperó la varita de Rose y se la dio.

–¿Estás bien? –volvió a preguntar, mirándola de arriba abajo. Ella asintió–. ¿Segura? ¿Te ha hecho daño? ¿Puedes andar?

–Estoy bien –repitió ella, un poco menos mareada que antes, y con más seguridad.

–¿Y el bebé?

–Noto cómo se mueve –respondió ella, posando una mano sobre su vientre–. Creo que no le ha pasado nada. ¿Y tú? Estás sangrando.

–No es nada –Severus se limpió la sangre de la nariz–. Estoy bien. Tenemos que salir de aquí antes de que los de ahí fuera tiren la casa abajo –dijo, cogiendo a Rose del brazo.

Ni siquiera se paró a pensar que debía rematar a los mortífagos caídos, o al menos, borrarles la memoria; para él, la máxima prioridad en aquel momento era poner a Rose a salvo. La primera visión que tuvieron de la calle fue una auténtica batalla campal, donde los hechizos y las explosiones se mezclaban con los gritos de ataque y de dolor.

Severus abrazó a Rose protectoramente y salió corriendo con ella para cruzar la carretera hasta la otra acera, aunque por el camino tuvieron que parar para evadir algunos hechizos perdidos y lanzarse literalmente sobre un coche, tras el que se parapetaron.

Ambos respiraban agitadamente, y sus corazones latían a toda velocidad.

Un rayo se estrelló encima de ellos, y al instante, Severus se asomó por encima del vehículo y respondió a base de maldiciones. Anotó mentalmente la posición de los mortífagos atacantes, y regresó a su escondite, debatiéndose entre sus ganas de venganza y el deseo de sacar a Rose de allí.

Entonces, James Potter llegó hasta ellos, sorteando las maldiciones, y se parapetó tras el coche, al lado de Rose.

–¡James! ¿Qué haces aquí? –preguntó ella, sorprendida.

–Nada, dar una vuelta, porque me aburría en mi casa. ¿A ti qué te parece? –preguntó él, colocándose las gafas–. He venido a sacaros de aquí, a ti y a ese que tienes al lado.

Severus le fulminó con la mirada, pero se mordió la lengua para no decir lo que pensaba, y descargó toda su furia contra un mortífago que se había dejado ver más de la cuenta.

–¿Cómo vas a hacerlo? –preguntó Rose.

–Lily me ha dicho... que no puedes desaparecerte en tu estado –James señaló con la barbilla al vientre de Rose–, así que he hechizado un translator –continuó, acurrucándose para evitar otro hechizo–. Pero lo hemos tenido que poner en el río para evitar que esos malditos lo cojan.

–¿En el río? –preguntó Rose.

–Yo sé dónde está –indicó Severus, quien había estado escuchando la conversación.

–Es muy fácil de localizar porque tiene forma de farola –explicó James.

–¿De farola?

–Sí, Rose, de farola. Son esas cosas altas de metal que los muggles ponen para iluminar las calles.

–No hace falta que seas tan simpático, James –gruñó ella, en el mismo tono que su amigo.

–Perdona, Rose, es por la tensión –se disculpó James–. Tenéis que salir de aquí de inmediato. El translador os llevará a un lugar seguro, pero antes tendréis que llegar hasta él ¿Podrás correr?

–Ya sabes que yo no corro –bromeó ella, con una sonrisa–. Pero esta vez lo haré, no te preocupes.

–Tenemos que irnos ya –intervino Severus, viendo que los mortífagos se reagrupaban–, o llegarán hasta aquí.

–Corred sin deteneos –les indicó James–. Yo os cubriré.

–¿Estás seguro? –preguntó Rose.

–Para nada, pero son las órdenes que tengo –él se encogió de hombros, y Rose casi estuvo segura de que bromeaba–. ¡Largaos ya! –exclamó–. Tened cuidado. Y... enhorabuena –añadió, mirando a Rose con una pequeña sonrisa de entendimiento.

–Gracias James –Rose palmeó afectuosamente el brazo de su amigo antes de salir corriendo hasta el siguiente coche.

Severus no la siguió, sino que se entretuvo deteniendo a los mortífagos que comenzaban a recuperar posiciones.

–Lárgate ya –le dijo James–. Saca a Rose de este lugar.

Severus le miró fijamente, y antes de salir corriendo, creó un escudo protector por encima de ellos.

–Hay tres mortífagos sobre ese tejado –indicó, señalando por encima del coche–. Dos tras los setos de ese jardín y cuatro más escondidos tras esos coches de allí. Y Malfoy y Lestrange podrían salir de la casa en cualquier momento –añadió.

–Lo tendré en cuenta –respondió James.

Era la primera vez en años que se hablaban sin insultarse, y las expresiones de los dos hombres casi podían expresar agradecimiento, pero el encuentro no se alargó más, porque Severus corrió hacia donde Rose esperaba, lanzando maleficios, y se detuvo junto a ella el tiempo necesario para tomar aire y seguir.

Juntos corrieron, agachados detrás de los coches, mientras oían cómo tras ellos, James pedía refuerzos.

Sabían que se estaba arriesgando para que ellos pudiesen escapar, así que aceleraron el paso para desaparecer de allí y que los demás pudiesen huir también. Consiguieron llegar hasta el río, y no dudaron en meterse en el agua helada, que les llegaba hasta las rodillas, para alejarse del eco de los ruidos de la batalla, cada vez más distantes.

A lo lejos vieron el brillo de la farola que les había indicado James, y avanzaron lo más deprisa que pudieron, sin ver nada entre la espesa bruma del río. De repente, oyeron voces a su alrededor, y echaron a correr instintivamente. Rose tropezó al no ver por dónde corría, y Severus la cogió de la mano y tiró de ella, para ayudarla a seguir.

El translador estaba cada vez más cerca, pero cuando estaban a sólo unos metros de él, una figura alta, de ojos rojos apareció ante ellos.

Quedaban diez metros.

Severus alargó la mano, corriendo más deprisa, seguido por Rose.

Cinco metros...

Lord Vóldemort alzó su varita.

Tres metros...

Severus sintió que Rose tiraba de su mano para darse impulso y ponerse a su altura.

Dos metros...

Avada Kedavra.

Un metro...

El rayo verde volaba hacia ellos...

Rose se abrazó al pecho de Severus al mismo tiempo que la mano del hombre tocaba el frío metal...

...

Las maldiciones volaban por todo el Hall, rebotando en las paredes, el techo y las estatuas doradas de la fuente.

Los magos se mezclaban entre sí, en una batalla sin control ni orden, lanzando maldiciones sin saber a quién, y gritando para pedir ayuda o para intentar identificarse entre el revoltijo de cuerpos, hechizos y humo.

Había muy pocos Aurores, apoyados por los miembros de la Orden del Fénix, y una gran multitud de magos y brujas que habían sido despertados en mitad de la noche para que acudiesen a ayudar.

Sin embargo, su organización era tan precaria que apenas podían hacerle frente al grueso de magos encapuchados que avanzaban despacio, pero sin pausa, a través de la sala, dejando una estela de muertos y heridos a su paso.

Desde luego, los mortífagos no pensaban detenerse ante nada, ya que las órdenes de su señor habían sido muy claras: debían obtener al precio que fuera la profecía completa que decía quién sería el niño elegido para derrotarle.

Sin embargo, Albus Dumbledore luchaba esa noche al frente de los defensores del bien, y su mera presencia bastaba para animar y apoyar a los agotados magos, quienes luchaban con todas sus fuerzas por mantener a los mortífagos alejados de los ascensores.

Por un momento, la pelea pareció estancarse, y los dos bandos tuvieron un tiempo precioso para reorganizarse, ya que, hasta los mortífagos, tan compenetrados desde el principio, se habían descontrolado ante el frenesí de la lucha.

Pero de pronto, nuevos magos, esta vez del departamento de Aurores, comenzaron a llegar a través de las chimeneas, uniéndose a la lucha y cambiando por completo la posición de la balanza.

Al frente de ese nuevo grupo, James y Moody luchaban con todas sus fuerzas para llegar hasta los defensores arrinconados frente a los ascensores. Cuando lo lograron, se oyeron algunas exclamaciones y gritos de júbilo por parte de sus compañeros, quienes siguieron luchando con renovado ímpetu.

James logró llegar junto al director y su esposa.

–¡Lo hemos conseguido! –gritó, para hacerse oír, mientras Lily le abrazaba–. Lograron coger el translador.

–Me alegro de oír eso –dijo Dumbledore, con una sonrisa de alivio. En el otro lado del Hall, los mortífagos se movían en retirada–. ¡Adelante todos! Tenemos que sacarles de aquí como sea.

Todos a su alrededor obedecieron, y aunque les costó unos duros minutos, consiguieron que los cansados mortífagos saliesen por donde habían venido.

Al instante, las hurras y los gritos de júbilo sustituyeron a los sonidos de los hechizos, pero duraron hasta que el Ministro, quien también había estado peleando, ordenó que recuperasen la calma y no se distrajesen.

El peligro aún no había desaparecido por completo.

Se distribuyeron para ayudar a los heridos y llevarse a los muertos, a la vez que los Aurores y los inefables se repartían por todo el Ministerio, en especial por la zona del Departamento de Misterios, por si algún mortífago había conseguido burlar sus defensas.

Lily y James se disponían a entrar en un abarrotado ascensor cuando Dumbledore retuvo a la mujer.

–Deberíamos comprobar que Rosalind y Severus han llegado bien.

–Pero tengo que ir a... –comenzó a decir Lily, sin poder decidirse entre su amiga y su deber.

–Ve con él –dijo James, decidiendo por ella–. Yo te sustituiré.

–¿Seguro?

–Completamente –sonrió él–. Lleva a esa cabezota a casa.

Lily se despidió de su marido con un beso y salió corriendo tras Dumbledore, para trasladarse hacia el lugar donde el translador había llevado a sus amigos.

...

Severus sintió que le succionaban, tirándole del ombligo, y que le arrastraban sin remedio, a toda velocidad, sin que él pudiese despegar sus dedos del frío metal de la farola.

Entonces, sus pies tocaron el suelo, y él se tambaleó, mareado, a la vez que sentía el peso de Rose, quien había caído sobre él. Severus la sujetó, a la vez que miraba a su alrededor. Estaban solos, en Hosmeade, escondidos en un oscuro callejón.

Sobre ellos, las estrellas brillaban con fuerza en medio de la calma de la noche.

–¡Rose, lo hemos conseguido! –exclamó Severus, abrazando a la mujer y riendo–. ¡Escapamos de él! ¡Lo conseguimos!

Sin embargo, Rose no contestó, y resbaló más. Severus tuvo que sujetarla para que no cayese al suelo

–¡Rose! –exclamó él–. ¿Rose? –la sonrisa se le congeló cuando ella resbaló definitivamente. La sostuvo por puro reflejo, y la dejó con suavidad sobre el suelo húmedo–. Rose ¡Rose! –ella no se movía, y estaba pálida, con los ojos abiertos, mirando al vacío sin parpadear.

Un terrible presentimiento se hizo hueco en la mente de Severus.

–Rose, despierta –suplicó, zarandeando a la mujer–. ¡Despierta! –le palmeó suavemente la cara, rezando para que ella reaccionase–. Rose, por favor, dime algo ¡Rose! ¡Rose! –pero ella seguía allí, con los ojos abiertos y la expresión calmada.

Su piel se iba quedando fría poco a poco, y una palidez sobrenatural cubría su cara.

–Por favor, Rose, tú no. Tú no... –Severus le acarició la mejilla, con la voz rota, sintiendo un gran dolor en el pecho–. Por favor, no me dejes, por favor, no te vayas. Rose...

Un estremecimiento le recorrió al comprender que no podía hacer nada, aunque se negaba a aceptarlo.

Aquello tenía que ser una pesadilla. No podía ser cierto.

–Rose, Rose, Rose, por favor, no te mueras, no te vayas... –Severus la cogió en brazos y la abrazó, llorando sobre el cuerpo inerte de la mujer. Estaba roto de dolor–. Te quiero. Te quiero, Rose, te quiero –sollozó–. Por favor, por favor, por favor...

Severus permaneció mucho tiempo abrazado al cuerpo de Rose, negándose a aceptar lo evidente. Que ella se había ido, que no iba a volver.

La luz de su vida se había desvanecido para siempre.

Muy cerca de él, Lily y Dumbledore salieron a la carrera por la puerta trasera de la Cabeza de Puerco, pero se detuvieron en seco al oír los lamentos del hombre y comprender lo que pasaba.

Lily se tapó la boca con las manos, y Dumbledore agachó la cabeza, apenado.

Pero su dolor no se parecía ni de lejos al que sufría el hombre que tenían delante.

...

Severus depositó las rosas de cristal sobre la tumba de la que aquel día tendría que haberse convertido en su esposa.

Se sentía extrañamente vacío y perdido, al igual que le sucedió cuando murió su madre.

Su dolor era doble, pues tampoco se había podido hacer nada por el bebé que Rose esperaba, y ahora ambos yacían a sus pies, como si fuesen el precio que había tenido que pagar por sus errores.

El mortífago giró entre sus dedos el anillo que le había regalado a Rose; al final, no había sido capaz de separarse de él, y lo llevaba colgado de una cadena, alrededor del cuello, para recordar día a día, segundo a segundo, a aquella maravillosa mujer que había sido lo más importante de su vida.

Severus sabía que, a lo lejos, hablando entre susurros, los Potter y Dumbledore esperaban para dar su último adiós a Rose, pero aún no se sentía preparado para alejarse de allí. Era cierto que había pasado muy buenos momentos con Rose, pero aún les quedaba tanto de qué hablar, tanto que compartir, tanto por lo que vivir... ella se había ido demasiado pronto.

No, se dijo, Rose no se había ido. Se la habían arrebatado.

Vóldemort la había asesinado.

Severus apretó las manos, furioso, hasta que el dolor que le hacía el anillo le obligó a respirar hondo, para recuperar la calma.

Entonces recordó la última pelea que había tenido con Rose, la forma en la que le había gritado... le había hecho tanto daño... y aunque él le jurase después que no volvería a suceder, había fallado.

Le había fallado a Rose, y lo que era peor, no había podido solucionar todo el dolor que le había causado, ni podría hacerlo. Ya no tendría la oportunidad de retractarse...

...O quizá sí.

Severus miró con disimulo a las tres figuras vestidas de luto, al igual que él, y recordó de nuevo la promesa que le había hecho a Rose "No volveré a hacerte daño, ni a ti ni a nadie a quien tú quieras", y tomó una decisión que sería tan transcendental para su vida que la cambiaría radicalmente: ya no obedecería nunca más a Vóldemort, porque había sido él el que había acabado con la vida de Rose y la de su hijo, sino que haría todo lo posible para acabar con él y destruirle... o ayudar a los que pudiesen hacerlo.

Se juró a sí mismo, delante de la tumba de Rose, que se tragaría su orgullo y se pondría al servicio de Dumbledore, y haría todo lo que estuviese en su mano para ayudarle, sin importarle el precio que tuviese que pagar por ello.

Y sobre todo, decidió proteger a los Potter, aunque no le gustasen, ya que ellos habían sido los fieles amigos de Rose, y eso era lo que ella hubiese querido que él hiciera.

Severus sabía que los próximos años de su vida serían duros, incluso desagradables, y que en numerosas ocasiones desearía dejar de vivir.

Pero en el fondo, una mínima satisfacción le dio fuerzas para dar ese primer paso, el que sería el comienzo de su nueva vida: lo estaba haciendo por Rose.