Severus se despertó de golpe, con el sudor frío recorriéndole el cuerpo. Le costó algunos segundos orientarse en su habitación, y cuando lo hizo, no pudo olvidar las últimas imágenes de su sueño, ni borrar sus sentimientos al respecto.

Habían pasado dieciocho años desde esa fatídica noche en la que su vida dio un vuelco, y sin embargo, aún no conseguía superar la impotencia y la rabia que había sentido. Es más, sus recuerdos volvían a él con más fuerza cada noche, dejándole luego fatigado y con un amargo sabor en la boca.

Se lavó la cara con agua muy fría, intentando despejar su mente, pero cuando se miró en el espejo no pudo negar que era una sombra de sí mismo; y más ahora, cuando se cumplían dieciocho años desde que ella fue asesinada.

El frío metal tocó su pecho cuando se incorporó. Aun llevaba el anillo de Rose colgado del cuello. A su manera, era una forma de llevarla junto a él.

Sin saber por qué, un impulso le llevó a vestirse, desayunar como un autómata, salir a la calle y llamar a un taxi.

El conductor le miró con mala cara cuando le dijo hasta dónde quería ir, pero obedeció sin rechistar, y cuando Severus le contestó de malas maneras, también dio por perdido todo intento por entablar una conversación y puso la radio.

Severus se entretuvo mirando por la ventanilla, sin cuestionarse su repentina decisión, ya que sabía que no podía echarse atrás como tantas otras veces. Tenía que poner fin a todas esas pesadillas enfrentándose a sus recuerdos de una vez por todas.

Para distraerse, le echó un vistazo al Profeta, que había llegado el día anterior, y leyó con una mezcla de alivio y amargura los titulares, que todavía lucían en primera plana los acontecimientos ocurridos una semana atrás, cuando El Elegido, el–niño–que–vivió, el famoso Harry Potter derrotó a lord Vóldemort en un duelo sin igual.

Ese número del periódico en particular se centraba en la vida del chico, destacando sus hazañas e inventándose otras nuevas, comenzando por la primera, aquella noche de Halloween en la que derrotó por primera vez a su enemigo.

Severus terminó por arrugar el periódico con disgusto, pero no pudo evitar recordar los sucesos ocurridos tanto tiempo atrás...

...

En contra de todos los pronósticos, tras la muerte de Rose, Severus se había convertido en el hombre de confianza de Dumbledore, y era su principal espía dentro del bando tenebroso. Había logrado jugar bien su papel y les había hecho creer a sus compañeros que culpaba a Dumbledore y a los Aurores de la muerte de Rose, y había jurado vengarla.

Lucius y Bellatrix no le creyeron, pero tampoco quisieron enfrentarse a él, ya que Vóldemort había dejado claro que el mortífago era merecedor de su confianza.

El Señor Tenebroso no estaba interesado por escuchar las absurdas quejas de sus seguidores, especialmente ahora que estaba centrado en la profecía, y tan solo le importaba que Severus parecía dispuesto a hacer cualquier cosa para traicionar a Dumbledore.

De esa manera, Severus pudo pasar toda la información que quiso sin levantar más sospechas de las habituales, contribuyendo a la mejora de los métodos del Ministerio, que por fin había logrado reorganizarse contra los mortífagos.

Pero a pesar del duro ritmo de trabajo y de las obligaciones que se imponía, la máxima obsesión de Severus era la seguridad de los Potter.

La promesa que se había hecho delante de la tumba de Rose le picaba la conciencia día a día, y el mortífago hacía todo lo posible por averiguar todo lo que Vóldemort sabía de ellos, especialmente después de un incidente que convirtió a la pareja en posibles representantes de la profecía, al haber sobrevivido por tres veces a un ataque por parte del Señor Tenebroso.

Sin muchas más opciones, los Potter se escondieron en su casa del Valle de Godric, protegidos por el hechizo Fidelio, y apenas dieron señales de vida, abandonando sus respectivos trabajos y alejándose de la Orden.

A finales del mes de julio, Dumbledore le informó del nacimiento del pequeño Harry, pero eso no supuso ningún consuelo para Severus. Apenas un mes después, Rose y él deberían haber celebrado el nacimiento de su propio bebé, y ese pensamiento le inundó de rabia y frustración.

El siguiente año fue increíblemente duro para la comunidad mágica. Los asesinatos, secuestros y torturas se sucedían sin cesar, y cada vez era más difícil distinguir a amigos de enemigos. Los miembros de la Orden del Fénix fueron cazados sin piedad, y ni siquiera Severus se sentía a salvo.

Vóldemort comenzó a buscar con más ahínco al guardián secreto de los Potter, y por una vez, Severus se alegró de no tener en su poder esa información. El candidato más obvio era Sirius Black, quien también había desaparecido, pero precisamente porque era lo más obvio, Severus dudaba que los Potter le hubiesen elegido a él. James y Lily no eran idiotas, y posiblemente no se arriesgasen a dejar sus vidas en manos de un guardián al que todo el mundo estaría buscando.

Sin embargo, Severus no podía imaginar quien podría sustituir a Black. Si Rose hubiese estado viva, no dudaba que hubiese sido ella la encargada de proteger a sus amigos, pero a parte de ella y Sirius, no había muchas personas lo suficientemente cercanas a los Potter para ser su guardián secreto.

Pero una fatídica noche de Halloween, cuando se encontraba espiando a Vóldemort, le vio salir de repente de una habitación, a toda prisa, con aire triunfal, incluso eufórico.

Siguiendo su instinto, entró en la habitación a investigar. Al principio no vio nada de interés, pero en una segunda ojeada, Severus vio sobre una mesa un pequeño y sucio pergamino escrito en letra irregular. En él ponía el nombre de los Potter y su dirección, de tal forma que cualquiera podría ir hasta donde se escondían sin problemas.

Severus comprendió al instante las implicaciones de esa nota, y sin pensárselo dos veces, hizo dos copias, y las envió por Patronus a Dumbledore y a Black, porque sabía que los dos eran los más interesados en el tema.

Él también se dispuso a intentar aparecerse en el Valle de Godric y adelantarse a su señor para advertir a la pareja, pero cuando se iba a girar hacia la puerta...

–¡Traidor! –chilló una voz, segundos antes de que el hechizo le golpease contra la pared. El golpe le hizo crujir un par de huesos, pero Severus se las apañó para ponerse en pie y pelear contra Bellatrix.

Ambos mortífagos lucharon entre sí de forma feroz, durante mucho tiempo, quizá demasiado, hasta que, gracias a un truco sucio, Severus dejó inconsciente a la mortífaga y se escabulló a toda prisa de la habitación.

Tuvo que salir a la carrera del edificio, ya que los hechizos protectores le impedían desaparecerse entre sus paredes, y una vez fuera, se concentró en los recuerdos que tenía de ese lugar, al que le había llevado Lily más de un año atrás.

No le costó mucho localizar la casa, que tenía las luces encendidas, y respiró tranquilo al ver que el edificio seguía en pie, sin que hubiese señales de la Marca Tenebrosa.

Sin embargo, esa sensación de alivio se desvaneció al ver la figura tendida frente a la puerta de la entrada.

Severus se acercó corriendo al cuerpo de James, y se agachó sobre él para comprobar su pulso.

Entonces oyó unas voces dentro de la casa, seguidas por un grito de mujer, y de repente...

¡BUM!

La explosión le empujó hacia atrás, y antes de que Severus pudiese reaccionar, la pared delantera de la casa le había caído encima, sepultándole.

Cuando recuperó la consciencia, ya era de día. Severus tardó en salir de debajo de los escombros, y cuando lo hizo, se dio cuenta de que alguien se había llevado el cadáver de James. Buscó a Lily y al bebé, pero no encontró rastro de ellos, al igual que ocurría con Vóldemort.

Dolorido y desorientado, se sentó entre los escombros, y fue entonces cuando se dio cuenta de que no notaba la vigilancia continua a la que el mago tenebroso le sometía constantemente. Se arremangó el brazo izquierdo, y comprobó que el tatuaje de la Marca Tenebrosa había desaparecido.

No fue hasta varias horas después cuando Severus se enteró, por medio de Dumbledore, de lo que había pasado. La noticia de que el bebé de los Potter había sobrevivido no le causó ningún consuelo, ya que Severus sentía que había vuelto a fracasar.

No había podido hacer nada por Lily y James. Le había fallado de nuevo a Rose.

...

El taxi se alejó por la carretera, dejando a Severus frente a la verja de la casa, a solas con sus recuerdos y sus pensamientos.

Le llevó varios minutos decidirse a pasar a través de la puerta, ya que recordaba todas las veces que había tenido que esperar a que le recogiese el coche rojo, y recordó con dolor que la ausencia de esas medidas de protección se debía a que Rose ya no estaba allí para mantenerlas.

Severus avanzó a través del sendero que llevaba a la casa, apoyándose en un bastón. Antes de la muerte definitiva de Vóldemort, el famoso, legendario y maldito Harry Potter se había enfrentado a él, y había estado a punto de matarle. No lo había hecho, pero le había dejado unas secuelas bastante dolorosas que posiblemente no desaparecerían nunca.

Severus se obligó a apartar aquel amargo recuerdo de su mente cuando vio que ya había alguien esperando frente a la casa.

Se trataba de una mujer joven, de unos veinte años, de pelo negro y rizado, que iba vestida a la moda muggle y sostenía un papel en la mano. Cuando oyó que Severus se acercaba, ella se giró para mirarle, y él se quedó impresionado al fijarse en sus enormes ojos negros, rodeados de tupidas pestañas.

La visión de esos ojos le trajo a la mente el recuerdo de otra mujer... y eso le hizo mucho daño.

–Hola –saludó ella, con cierta desenvoltura–. ¿Sabe usted si vive alguien aquí? –preguntó, señalando a la casa. Tenía un marcado acento francés.

–No, hace años que está deshabitada –respondió Severus, llegando hasta la joven.

La miró con detenimiento, sintiendo el mismo dolor que antes ¿Por qué tenía que pasar eso? ¿Por qué tenía que parecerse tanto a ella?

–Oh, bueno –la chica se apartó un rizado mechón de la cara–. Es que... en el orfanato me dijeron que tenía que venir aquí... bueno, en realidad mi madre me lo dijo, a través de una carta –explicó.

Severus la miraba más detenidamente que antes ¿Su madre?

–Dijo que la había heredado, pero que no podría hacerme cargo de ella hasta que no fuese seguro volver a Inglaterra.

–¿Quién eres tú? –preguntó Severus, olvidando los modales.

Allí había algo que no terminaba de encajar, y esa chica se parecía demasiado a... no quería reconocerlo. Aún le dolía su recuerdo.

–Perdone, no me he presentado –dijo ella, extendiendo la mano con gracia–. Me llamo Caroline –se presentó–. Caroline Snape.

Severus le apretó la mano por acto reflejo, pero su mente se había quedado en blanco, tan paralizada como su cuerpo, mientras que su pulso se aceleraba por momentos.

–Severus Snape –logró balbucir.

La expresión de Caroline cambió, revelando la misma sorpresa que la cara de Severus, y ambos se miraron durante unos minutos, sin reaccionar.

El más sorprendido quizás fue Severus, quien se daba cuenta de repente de que tenía una hija.

¡Una hija! ¿Pero cómo? ¿Y cuándo? ¿Y por qué no había sabido nada de ella?

Porque no había duda de que esa chica era hija suya: tenía su apellido, la misma forma de fruncir el ceño que él, y en ese instante, podría haber jurado que sus expresiones eran idénticas. Incluso había algo en su semblante que le recordaba vagamente a Eileen Snape.

Ella, por su parte, que había crecido creyendo que estaba sola en el mundo, se encontraba de repente con un hombre que parecía ser su padre, y al que no conocía de nada.

–Quizá sea mejor que entremos –sugirió Severus, intuyendo que ese no era el mejor sitio para hablar. Ella, aún muda, asintió.

Por dentro, la casa seguía igual a como Severus la había visto por última vez, y ni siquiera había polvo sobre los muebles que indicase el paso del tiempo.

Incluso se podía adivinar un suave perfume a rosas, como el fantasma de quien antes vivió allí.

Sin embargo, había algo que no estaba allí la última vez: un sobre rojo sobre la mesa de la cocina, que decía "Para Severus y Caroline Snape, de Rose"

Severus se tomó la licencia de abrir el sobre, aunque le temblaban las manos, y sacó de él una carta surcada por la letra fina y estilizada de Rose.

Ambos la leyeron, el uno junto al otro, sin decir nada.

"Queridos Severus y Caroline:

Cuando leáis esta carta, yo ya no estaré junto a vosotros, pero aunque no pueda veros, sé que os merecéis una explicación por lo que está pasando.

Seguramente os estaréis preguntando cómo es posible que no supierais nada de la existencia del otro, y debo pediros disculpas por haberos mantenido en secreto durante todo este tiempo, pero os aseguro que hice lo que creí más correcto.

Quizá deba empezar desde el principio: me quedé embarazada con diecisiete años, y me enteré de ello justo después de abandonar el colegio. Por aquel entonces, Vóldemort intensificó sus ataques contra los hijos de muggles, los mestizos y los traidores a la sangre, y como yo me encontraba en estos dos últimos grupos, sentí muchísimo miedo por lo que pudiera pasarme.

Yo estaba sola, no tenía ningún tipo de familia, Severus se había marchado, y yo no quería implicar a mis amigos, por miedo a que se metiesen en problemas. También temía que Vóldemort o alguno de sus mortífagos se enterasen de que el bebé que yo esperaba era hijo de Severus, ya que entonces lo podrían utilizar como método de chantaje para sus fines, como ya habían hecho con muchos antes. Así que decidí ocultar mi embarazo, incluso ante mis mejores amigos, y me escondí, escusándome en mis estudios para ser Auror, hasta que di a luz.

Tampoco entonces las cosas mejoraron. Los ataques continuaron con más violencia aún, e incluso fui perseguida y atacada en un par de ocasiones por los mortífagos.

Tenía mucho miedo de que descubrieran a mi bebé, y no sabía que sería de ella si llegase a pasarme algo, así que un día tomé la decisión más dura de todas, y decidí dejar a Caroline en un orfanato muggle que había en las afueras de Londres.

Caroline, hija, si estás leyendo esto, quiero que sepas que alejarme de ti ha sido lo más duro que he hecho jamás, y que me he arrepentido de ello en muchísimas ocasiones. Pero también sé que esa ha sido la única forma de mantenerte al margen de todo el peligro que me rodeaba.

Debes saber que siempre he estado pendiente de ti, y que he intentado acudir a verte al parque del orfanato todas las veces que he podido.

Espero que seas capaz de perdonarme algún día, aunque yo jamás lo haré conmigo. También deseo que hayas podido tener una vida feliz y normal, dentro de lo que cabe, y que tengas un gran futuro por delante, donde no haya nada que amenace tu seguridad y libertad.

Quiero que sepas que siempre te he querido como hija mía que eres, y que nunca me separaré de ti.

Severus, es probable que tú seas el que más explicaciones merezcas tener, ya que no solamente te oculté la existencia de tu hija, que espero que esté a tu lado en este momento, sino que estaba dispuesta a hacerlo hasta que llegase el momento adecuado.

Por favor, perdóname por ello. Sé que resulta difícil de comprender, aún más teniendo en cuenta que estamos esperando otro bebé, pero aún no sabemos lo que puede suceder en los próximos meses, y tengo miedo.

Mi deseo es contarte toda la verdad cuando todos estemos a salvo, pero si estás leyendo esta carta, significa que no habrá un momento así, y por lo tanto, debo proteger a Caroline a toda costa.

Nunca quise separaros de esa forma, pero tampoco quería que nuestra hija tuviese que pasar por lo mismo que pasamos nosotros, escondiéndose, luchando y temiendo por su vida a cada instante. Por eso la alejé lo máximo posible de nosotros, para que nadie la pudiese relacionar con tu apellido, el cual ella no conocerá hasta que sea mayor de edad.

También por eso la inscribí en la escuela de Beuxbattons, donde estará alejada de Vóldemort hasta que termine sus estudios y sea autosuficiente, pero recibirá la mejor educación que pueden darle.

Te quiero muchísimo, Severus, siempre te he querido y siempre te querré, y quiero que sepas que conocerte ha sido lo mejor que me ha ocurrido nunca, a pesar de todo lo malo que hemos tenido que pasar.

Me has hecho muy feliz, y no cambiaría por nada cada uno de los momentos que hemos pasado juntos.

Espero que algún día sepas perdonarme. Espero que los dos me perdonéis, al igual que deseo que no tengáis que leer esta carta nunca, porque en el fondo me gustaría ser yo la que os presente.

Nada deseo más que podamos crecer juntos, los cuatro, como una familia.

Pero si el destino nos juega una mala pasada, deseo con toda mi alma que podáis reencontraros y que podáis leer esta carta juntos.

Espero que podáis ser felices, y que sepáis apoyaros el uno al otro, y quiero que sepáis, una vez más, que os quiero con todo mi corazón.

Con todo mi amor, os mando muchos besos y abrazos."

–Rose –susurró Caroline, leyendo el nombre de su madre.

–Tenía muchos otros nombres, pero le gustaba que la llamasen así –susurró Severus, intentando disimular el temblor de su voz.

Caroline lloraba silenciosamente, pero leyó la carta un par de veces más, como si intentase conocer a su madre a través de su letra y su forma de expresarse. Si Severus no hubiese estado delante, habría acercado su nariz al pergamino, para oler la tinta, pero en el último segundo se contuvo.

Severus la miraba con detenimiento, fijándose en cada gesto, cada detalle.

Caroline le recordaba muchísimo a Rose cuando tenía su edad, y sin embargo... sus gestos, su postura, la forma que tenia de fruncir el ceño cuando leía... no podía negar que era hija suya.

Entonces ella le miró, con esos ojos tan parecidos a los de su madre.

–¿Tú la querías? –preguntó ella, con la voz trémula.

–Más que a nada.

–¿Tengo más hermanos?

–No –suspiró Severus–. Solo estamos tú y yo.

Caroline parecía a punto de derrumbarse, pero aguantó la compostura, aunque no pudo evitar el seguir llorando. Ese día estaban pasando demasiadas cosas para asimilarlas de golpe.

Severus no sabía muy bien qué hacer al verla llorar, ya que sabía que con ella no se podía comportar al igual que con Rose, pero de repente tuvo una idea, y sacando la cadena que colgaba de su cuello, liberó el anillo negro adornado por diamantes.

–Se lo regalé a tu madre el día que le pedí que se casara conmigo –explicó–. Creo que deberías ser tú quien lo llevara.

Cogió la mano de Caroline, y le puso el anillo en el dedo, con toda la suavidad del mundo. Se admiró al ver que la medida era idéntica en madre e hija, y se sintió más tranquilo al ver que Caroline se calmaba un poco y estudiaba la joya con curiosidad. Caroline le miró, evaluándole de nuevo, y siguiendo un impulso, se encontró abrazada a su padre, llorando sobre su hombro y agradeciéndole torpemente el regalo.

Severus le devolvió el abrazo con timidez, sabiendo lo que ella sentía, y notando en su interior aquella calidez que hacía años que no experimentaba. Quizá le costase acostumbrarse a la presencia de su hija, pero en el fondo, la idea de que tendría a alguien a quien querer, no era tan mala.

El propósito de Rose se había cumplido: las dos personas a las que más quería se habían juntado al fin, y los años de soledad se habían acabado para ellos.

Bien era cierto que tardarían mucho tiempo en acostumbrarse a la presencia del otro en sus vidas, y que tardarían en comprender el carácter y las actitudes del otro, en aprender a confiar y en actuar como padre e hija.

También era cierto que discutirían muy a menudo, y que sus diferencias serían tales que acabarían tan separados como lo habían estado todos esos años, pero el cariño que poco a poco había crecido entre ellos les volvería a unir para no separarles jamás.

Sin embargo, para todo eso aún tendría que pasar algún tiempo, y eso forma parte de otra historia muy distinta.

De momento, lo único que hay que saber es que Caroline y Severus salieron al jardín, donde él comenzó a relatarle a su hija la historia de su vida y la de Rose, y que las horas pasaron, sin que ellos se diesen cuenta, mientras que a su alrededor, flotando bajo la dorada luz del crepúsculo, el aroma de las rosas les arropaba como un abrazo protector.

FIN

...

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