Los señores Parkinson reaccionaron igual que su hija, y se marcharon muy satisfechos con la idea de poder casar a su hija en un futuro no muy lejano con un conde. Draco, sin embargo, no dejaba de darle vueltas a la idea de que algo raro estaba pasando.

No era normal que él fuera el único que sintiese reparos hacia la boda, y tampoco comprendía por qué el conde insistía en casar a su hija, aun sabiendo que se iba a morir.

Intentó hablar de ello con su madre.

–Madre –dijo, entrando en su cuarto–, no estoy muy convencido con el asunto de la boda.

–¿Por qué no, cariño? Todos salimos ganando con ello –respondió ella, peinándose en su tocador.

Draco tenía que admitir que su madre era elegante las veinticuatro horas del día. Ni siquiera ahora, vestida con su bata de color crema y sin sus ricas joyas y cuidado maquillaje perdía ese halo maravilloso que la iluminaba.

–Pero madre ¿no te das cuenta de que se va a morir? –preguntó. Narcissa le miró a través del reflejo.

–Comprendo tus recelos, Draco, pero no podemos desaprovechar esta oportunidad –dijo, con voz suave. Se giró para mirarle–. Esa pobre niña va a morir realmente, así que no cuesta nada hacerle creer que estás perdidamente enamorado de ella. Sería un gesto caritativo y maravilloso –añadió, mirándole con dulzura.

–No creo que ella se dé cuenta de nada, ya has visto cómo está –masculló Draco. Ella suspiró.

–Ven, siéntate a mi lado –le hizo sitio en su banqueta, y cogió su mano cuando él obedeció–. No debes sentirte culpable por esto, cariño, tú no has provocado su enfermedad. Además, tú quieres a Pansy ¿Verdad?

–No lo sé –Draco decidió sincerarse–. Madre, si yo pudiera decidir, no me casaría con ninguna de las dos. A Astoria no la conozco de nada, y Pansy... es Pansy.

–Sé lo que quieres decir –asintió ella–, pero ya le hemos dado nuestra palabra a los Parkinson. ¿No hay ninguna posibilidad de que os llevéis bien?

–Si todo lo que le sobra de lengua lo tuviese de cerebro...

–No seas así –le regañó ella, aunque con suavidad. Conocía demasiado a Pansy como para intentar defenderla. Miró a su hijo a los ojos–. Ningún contrato matrimonial es eterno, más aún si no se ha firmado nada. Tú no debes casarte con ella si no quieres.

–¿De verdad tengo esa opción?

–Sí, si estuvieses dispuesto a romper todos nuestros contactos con los Parkinson.

–No me importaría –asintió él, con fervor–. De verdad.

Narcissa se rio con suavidad, y por un momento, Draco sintió que volvía a ser un niño pequeño que era reprendido por su madre.

–Madre ¿puedo hacerte una pregunta?

–Claro que puedes.

–¿Tú amabas a mi padre cuando te casaste con él? –preguntó, temeroso de que ella se molestara, pero a Narcissa no le importó.

–Nosotros éramos novios cuando estábamos en Hogwarts, así que fue fácil arreglarlo con nuestras familias. Ellos decidieron seguir el método tradicional y realizar la negociación y firma del contrato igualmente, pero sí, le quería –sonrió, acariciando el pelo de su hijo–. Por eso, cuando supimos que Pansy y tú estabais saliendo juntos, pensamos que podríamos facilitaros las cosas.

–Yo salgo con Pansy porque a vosotros os parece bien –admitió él, mirando al suelo–. Pero nunca tuve intención de casarme con ella, ni nada parecido... aunque siempre sospeché que acabaríamos así.

–¿Por qué dices eso?

–Todas las familias de sangre pura casan a sus hijos entre sí. Pensé que si no era Pansy, sería cualquier otra.

–Draco, escúchame bien –Narcissa le miró con seriedad–. Apreciamos la pureza se sangre, el honor y todo lo demás, pero después de la guerra... –Narcissa vaciló–, nos hemos dado cuenta de que hay cosas más importantes, hijo, y tu felicidad está entre ellas. No te obligaremos a hacer nada que no te haga feliz, y si el compromiso con Pansy te desagrada...

–Si estuviese en mi mano no me casaría con ella –respondió él, con presteza–. De hecho, no me casaría con ninguna de las dos –repitió. Narcissa suspiró.

–Lo de Pansy se puede arreglar, pero me temo que debes casarte con la condesa. Es por tu bien.

–Acabas de decir que no me obligaréis a hacer nada que no quiera –protestó él.

–Draco, será algo tan breve que ni siquiera te darás cuenta. Cuando seas conde podrás hacer lo que quieras –le prometió. Draco guardó silencio, resignado. Al parecer, contra eso no podía luchar, por mucho que se esforzase.

Sin embargo, aún tenía una opción; podía hablar con Astoria. Por muy enferma que estuviese, aún tenía voluntad para decidir en contra del compromiso.

...

Y ni corto ni perezoso, Draco viajó esa misma tarde hasta el castillo de los Greengrass y, aprovechando que el conde no estaba, recorrió los pasillos hasta llegar a la habitación de Astoria.

La elfina Kali le abrió la puerta y le hizo una reverencia al reconocerle. Fue entonces cuando él no supo qué hacer ¿Se habría precipitado?

–¿El señor Malfoy desea algo? –preguntó la elfina.

–Quiero ver a la condesa, a solas.

Kali le miró con seriedad, pero no replicó, y le dejó pasar a la habitación.

La tenue luz de las velas apenas alcanzaba a iluminar la estancia, y Draco comenzó a sentir claustrofobia. A tientas, y tropezando con la alfombra, avanzó hasta los cortinajes que cubrían las ventanas y los apartó de un tirón. Luego abrió las ventanas de par en par, dejando pasar igualmente la luz de la tarde y el aire fresco y limpio, que aireó la atmósfera enrarecida de la habitación.

Aprovechando la luz, miró a su alrededor, sintiéndose desconcertado. Una vez había estado en la habitación de Pansy, y había salido mareado ante tal visión de peluches, volantes y el papel de pared rosa. Sin embargo, la habitación de Astoria era sobria y elegante, decorada con muebles caros, pero prácticos, y adornada por bonitos tapices y cuadros famosos. Predominaban los colores dorado y blanco, y todo se veía muy limpio y ordenado.

Entonces oyó un tenue gemido proveniente de la cama, indicando que Astoria se había despertado. Se giró y miró su cara somnolienta.

Por primera vez vio con claridad su rostro pálido, enmarcado por el pelo castaño y liso. Sus ojos eran grandes, y de un color azul tan claro que parecía transparente. La joven alzó una mano para escudarse de la repentina luminosidad, y le miró a través de sus finos dedos.

–Hola –murmuró, con voz cansada.

–Hola –respondió él.

Los gestos de la chica eran lentos y pesados, como los de una persona bebida o drogada. Astoria parecía una marioneta sin cuerdas.

–Soy Draco Malfoy –se presentó, recordando sus modales y haciendo una pequeña inclinación con la cabeza.

–Sé quién eres, me acuerdo de tí –ella trató de enfocar su vista sobre el rostro de él–. Mi padre me dijo que me iba a casar contigo –lo dijo con tanta tranquilidad, que Draco se sorprendió al ver que ella lo había aceptado sin protestas–. Lo lamento por ti, de verdad –Astoria se giró para quedar tumbada boca arriba–. A mí no me gustaría casarme con alguien como yo –hizo una pausa para respirar. Le costaba muchísimo, al igual que hablar. Abrió la boca, pero sólo logró boquear–. Ayúdame –jadeó–. No... no puedo... respirar.

–¿Qué... qué hago? –preguntó él, alarmado, acercándose a la cama.

–Incorpórame –suplicó ella, con un hilo de voz.

Draco le puso una mano en la espalda y le ayudó a levantarse un poco. Astoria estaba muy delgada, tanto que él notó todas sus costillas bajo la fina tela del camisón. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no soltarla en ese instante, y reprimió un escalofrío de desagrado mientras colocaba a toda prisa tres o cuatro cojines sobre la almohada. Cuando apoyó a Astoria sobre ellos, la chica le sonrió, agradecida.

–Lo lamento –se disculpó.

–No es nada –él se frotó disimuladamente las manos en la tela del pantalón. Astoria sonrió con tristeza.

–Eres una buena persona, no mereces lo que te van a hacer.

–Bueno... en realidad no importa tanto –sin saber qué hacer, y sintiéndose muy incómodo, Draco se sentó sobre la cama, a su lado. Se estaba arrepintiendo profundamente de haber ido allí.

–Sí que importa, os están engañando –Astoria clavó sus enormes ojos rodeados por profundas ojeras sobre él–. No me voy a morir.

Por un momento, Draco pensó que le estaba gastando una broma, o que se negaba a admitir su enfermedad.

–Pero tu padre dijo...

–Mi padre os mintió –aseguró ella–. Él sabe mejor que nadie que yo no estoy enferma. Mi mal es puro teatro.

–Creo que no te entiendo.

–¿Ves ese frasco de allí? –preguntó ella, señalando una licorera de cristal que descansaba en una mesita junto a la pared. Estaba llena de un líquido verde brillante–. Se supone que es mi medicina, pero en realidad es un veneno –explicó a toda prisa, mirándole con urgencia.

–Pero...

–¡Escúchame! Mi padre me obliga a tomarlo para que parezca que estoy enferma, pero el efecto sólo dura unas horas ¿no ves que ahora puedo hablar contigo con normalidad? –y realmente, su aspecto parecía haber mejorado ligeramente desde que despertara.

–Y si eso es verdad ¿por qué no dejas de tomarlo? –preguntó él. No sabía qué pensar de ella. Estaba empezando a sentir algo desagradable en el estómago.

–No puedo, actúa como una droga. Mi cuerpo se ha acostumbrado al veneno, y si dejo de tomarlo, yo... –Astoria se estremeció visiblemente–. El dolor es horrible, no puedes imaginarlo ¿crees que no lo he intentado?

–Pero ¿cuál es el fin de todo esto? –Draco no sabía si creerla o no–. ¿Qué gana tu padre envenenándote?

–¿Te acuerdas de mi hermana Daphne?

Draco asintió.

–No la veo desde séptimo curso ¿no está aquí? –pero Astoria negó con la cabeza.

–Se fugó al acabar la guerra con un alumno de Hufflepuff. Mi padre piensa que nuestro honor está mancillado por ello, y que nadie me querrá como esposa. Pero si yo aparento estar muy enferma, si pareciese que me voy a morir... muchas familias se replantearían la idea de casarme con sus hijos, para conseguir el condado cuando yo muera –las palabras de Astoria hicieron que Draco recordara los planes que sus padres habían estado haciendo.

–Mis padres piensan así –admitió, sintiéndose culpable y asqueado ¿De verdad el conde sería tan ruin como para planear eso? ¿Tendría la sangre fría de envenenar a su propia hija?

–Ellos y la mitad de la aristocracia –resopló ella–. Pero cuando tú y yo nos casemos, mi padre dejará de obligarme a beber el veneno, y en teoría yo me recuperaré, y ya no podrás... echarte atrás.

–Claro, sería muy cínico decir que me caso contigo por tu condado ¿no? –dijo él con ironía. A su repugnancia se estaba sumando el enfado ¡Era un truco tan rastrero y vil!– . Sobre todo si espero tu muerte ¿Pero qué pasa si no nos casamos?

Astoria palideció más aún, y por primera vez, Draco vio que sus ojos se humedecían.

–Entonces... –carraspeó–. Entonces tendré que seguir bebiendo la droga hasta que otros ilusos caigan en la trampa, pero... –una lágrima asomó por la comisura de sus ojos–. No quiero seguir con eso –sollozó–. ¡Es horrible! Siento que me muero, un día tras otro, y nunca sé si podré recuperarme o no. Cada día que pasa estoy más cerca de la muerte ¡Tienes que ayudarme! Por favor... –suplicó. Su desesperación era tan real que Draco se sintió conmovido. Ella no tenía la culpa de lo que estaba pasando.

–Pero yo no quiero casarme contigo –se excusó. Quería dejar ese punto bien claro.

–Ni yo contigo. Pero ¿qué otra solución hay? Intenté pedir ayuda cuando todo esto empezó, pero nadie me creyó.

–Se lo diré a mis padres. Ellos sabrán qué hacer.

Los ojos de Astoria brillaron con esperanza.

–¿Lo harás? ¿De verdad lo harás? –preguntó, sonriendo–. Te lo agradecería eternamente.

–Pero no te aseguro nada, ellos están convencidos de que van a obtener un condado –reconoció Draco. Sería complicado hacerles ver a Lucius y Narcissa que todo era una trampa.

–¡Inténtalo! Tienes que intentarlo, por favor, no dejes que...

En ese momento, Kali abrió la puerta.

–Señorita Astoria, el conde ha regresado –aunque su advertencia iba por Draco. Astoria se secó la cara con las manos y asintió–. Kali acompañará al señor Malfoy hasta la salida.

–Procura que no le vea mi padre.

–Tranquila, señorita Astoria, Kali sabe lo que debe hacer.

Draco sintió la mirada de la condesa sobre su nuca, pero no se giró a mirarla. Siguió a la elfina por los pasillos de la servidumbre, donde nadie podría verle, pero mientras andaba y pensaba en lo que había oído, se le ocurrió una idea.

–Kali ¿tú sabes lo que le ocurre a la condesa?

–Por supuesto que Kali lo sabe, señor Malfoy –respondió ella, en voz baja.

–Pero ¿sabes lo que le ocurre en realidad?

–Kali sabe lo de la medicina que no es medicina, señor.

–¡Y no haces nada para remediarlo! –exclamó, indignado–. ¿Es que a nadie le importa lo que está pasando? ¿Dejáis que el conde haga esa monstruosidad y no hacéis nada?

Ella se detuvo, miró a su alrededor para comprobar que no había nadie más escuchándola, y le clavó una mirada de acero que pocos elfos domésticos se habrían atrevido a lanzarle.

–El señor Malfoy está equivocado con Kali, señor –dijo, muy dolida–. Kali aprecia a la señorita Astoria por encima de cualquier cosa, y jamás le haría ningún mal.

–¡Pero estás dejando que él la envenene!

–El señor Malfoy no sabe de lo que habla. Él no conoce al señor conde, claro que no. El señor conde ya ha matado antes –dijo ella, hablando muy deprisa–. Envenenó a su esposa, la condesa, cuando ella se negó a poner sus posesiones a nombre del señor conde. Cuando la señora condesa trató de escapar, el señor conde aumentó la dosis y le provocó la muerte. Luego comenzó a darle la medicina a la señorita Astoria –los ojos de la elfina se habían humedecido de rabia–. El señor conde le dijo a Kali que si ella le contaba algo a alguien, también mataría a la señorita Astoria, y Kali no puede permitir que la señorita Astoria muera. Y ahora el señor Malfoy sabe toda la verdad, pero si el señor conde se entera de eso, hará con la señorita Astoria lo mismo que hizo con la señora condesa.

–¡Pero ella se muere!

–La señorita Astoria no se morirá si se casa –respondió Kali, agitando sus largas orejas–. La señorita Astoria avisado al señor Malfoy porque ella sabe que usted no la ama, y no desea que usted sea desgraciado. Pero si usted rechaza el matrimonio con la señorita Astoria, sólo conseguirá alargar su agonía –le espetó–. Haga usted lo que quiera, señor Malfoy, Kali solo es una elfina, y poco puede hacer, pero Kali le advierte al señor Malfoy que, si corre la voz de lo que está pasando, será el responsable de lo que le ocurra a la señorita Astoria.

Draco no fue capaz de responderle, anonadado por la brusquedad de sus palabras, y se limitó a seguirla, hasta que llegaron a una puerta que daba a los terrenos del castillo.

–Si el señor Malfoy pretende volver a escondidas, Kali le recomienda que use la puerta camuflada que hay dentro de la garita que está en la base de la torre –y dicho esto, le cerró la puerta en las narices, dejando a Draco más confuso que antes.