El ángel de Agartha.
Alesteir Crowley había enviado por Alastor un día antes del tan esperado evento en el que se reunirían con Hermann Wirth.
La servidumbre había conducido a Alastor hacia un estudio de aquella casa que ocupaba en Alemania, entregada como un regalo del Reich debido a ciertos "favores"; el hombre que le había estado esperando dentro, de cabeza calva y robusto, parecía más un viejo que había sido un matón en sus días de juventud a un catedrático ocultista.
La instancia estaba cubierta de libros, cientos, algunos de los cuales eran copias únicas de antiquísimos volúmenes de magia y secretos religiosos; el señor Crowley, envuelto en cómodas ropas que parecían sacadas de un cuento tibetano, recibió a Alastor con una sonrisa que parecía complacida y honesta.
—"Bienvenido, joven Alesteir, ¿o debería llamarte Albert también en privado?" —Alastor respondió la agradable bienvenida de su anfitrión con una sonrisa de labios; era tranquilizante hablar con alguien de su nivel de aquella manera.
—"Por favor, aunque debe ser un tanto extraño llamar a alguien con su mismo nombre" —Crowley condujo a su invitado hacia la parte del estudio dedicado a las visitas. Los sillones, estilo victoriano, eran cómodos y el olor del té y el café que desprendía una bandeja sobre una mesa cercana, le decían que aquella charla podría llevar su tiempo.
—"Quizá sea un mensaje del destino…" —Suspiró. —"Justamente, mi único hijo y heredero se había llamado así, sin embargo, le fue arrebatada la vida demasiado pronto."
El viejo señor Crowley, aunque parecía cansado, no se veía decaído, incluso cuando habló de su hijo recientemente fallecido. Se rumoraba en la sociedad a la que pertenecían, que el heredero de los Crowley de aquella generación no estaba interesado en suceder al padre, ni mucho menos tenía talento o si quiera una pizca de deseo por aprender sobre el ocultismo y las artes prohibidas. No era de extrañar que el propio padre resultara aliviado al saber que su hijo ya no traería vergüenza a su familia al declarar a su padre como un estafador.
Cierto, en el mundo de lo prohibido, había muchos charlatanes que gustaban de abusar de la ignorancia e ingenuidad de las personas, sobre todo, no era raro que incluso gente como Rose, Crowley o el mismo Alastor engañaran un poco a sus clientes si era necesario, por el bien de las relaciones interpersonales con ellos; no obstante, el poder de algunas personas era real, era palpable y era inmenso. Todo dependía del tipo de brujo que era, y del tipo de tratos y, por supuesto, con qué seres poderosos del inmenso catálogo de lo sobrenatural los tenían.
La misma Rose era completamente monstruosa en cuanto a poder bruto, Alastor lo había vivido por sí mismo y como recuerdo tenía un par de cicatrices en su colección, provenientes de aquellos días donde se creía lo suficiente como para amenazarla.
También era conocido en aquel mundo al que pertenecían, que los brujos eran territoriales; si no pertenecías a una organización, culto o iglesia, si no eras lo suficientemente fuerte como para competir contra otros que gustaban ir en manada, resultarías más que sólo herido, tu mera existencia podría ser borrada.
Alastor tuvo que lidiar mucho tiempo con los maestros vodoo y hodoo de Nueva Orleans que buscaban su cabeza, y se complació al darse cuenta de que no tenían la capacidad para encontrarlo. El medio hermano de su madre lo había educado bien en las artes ocultas de los lwa, antes de que su padre se acordara de él y lo mandase a buscar porque la perra con la que se había casado no podía engendrar.
Por supuesto, la madre de Alastor no estaba enterada de lo que hacían su hermano y su hijo, y era mejor así.
—"Mi querida Rose me ha hablado mucho sobre ti, Alastor… ¿Es mejor ese nombre para ti?"
—"En efecto, Lord Crowley. Madamme Rose también me ha hablado mucho sobre usted. Ella esperaba verlo al menos una vez más antes de morir"
—"¡Oh! La bella Rose siempre tan encantadora, espero verla también pronto." —Crowley sirvió él mismo su té, mientras que la taza de Alastor humeaba aún a pesar de que parecía, la habían servido antes de que él llegara. El ex convicto miró aquella pieza de cerámica blanca, decorada con motivos egipcios; aún no estaba seguro si debía confiar en su anfitrión o no, pero sabía que podía confiar en Rose, al menos lo suficiente como para saber que ella no lo habría llevado hasta allí sin ninguna razón.
Crowley se especializaba en los antiguos dioses y magia espacio-temporal. No era un brujo pagano, pues él conocía muy bien al señor del infierno, sin embargo, era un ocultista con mucha libertad y autonomía, así como lo era el mismo Alastor. El anciano llevó su taza de té a los labios, el olor fragante del cítrico Earl Grey que gustaba de consumir asiduamente le recordó sus días de juventud donde tuvo la alegría de ser muy cercano a la dama que más tarde se convertiría en la marionetista de muchos países. Extrañaba aquellos días, no podía negarlo, y también extrañaba la compañía de su gran amor, madame Rose, a pesar de que ella nunca correspondió a sus sentimientos.
Ahora, tenía al joven que Rose deseaba adoptar como hijo. Él le recordaba a ella; en efecto, eran tan parecidos en carácter e intelecto, que incluso podía imaginar que en verdad Alastor era el hijo de Rose, y por supuesto, el de él. No era algo oculto el hecho de que Crowley había repudiado a sus hijos a pesar de que "quería" a su esposa. En realidad, la linda mujer que lo había acompañado casi toda su vida era más para él como una ayudante que una esposa en toda regla. El lugar en el corazón de Crowley que ocupaba Rose le impidió amar a la mujer con la que se había casado, y no se arrepentía.
El silencio fue roto con un suspiro del anciano, alejando todos aquellos anhelos incumplidos de su juventud.
—"Te preguntarás el por qué te he llamado." —Habló tranquilamente mientras bajaba su taza de té y la colocaba frente suyo. Alastor asintió levemente con una sonrisa ligera, esperando a que el hombre mayor continuara. —"Verás, tengo cierta información precisa de lo que ocurrirá mañana"
—"Tenía una idea al respecto, sobre todo con el ambiente que hay en esta ciudad."
—"¿Lo has sentido también? Es eso de lo que quería hablarte. Hermann es un entusiasta, pero no tiene lo que se necesita para ser uno como nosotros, ni siquiera se ha dado cuenta del cambio que hay gracias a su invitada." —Alastor arqueó una ceja; ya había escuchado bastante al respecto, aunque la mayoría eran chismes de esposas de políticos y burgueses locales. El viejo Crowley entonces le extendió un papel, algo que había estado guardando en uno de los libros que había en la mesa mucho antes de que llegara.
Alastor lo tomó, curioso. Los caracteres, él los reconocía. Algunos los había estudiado por años cuando apenas y medía la mitad de lo que ahora; el idioma que había aprendido por completo luego de su contrato con Lucifer.
—"Esto… es positivamente interesante. Mucho." —Terminó Alastor luego de leer la frase que estaba escrita, en cuatro idiomas humanos diferentes, pero con los caracteres del lenguaje de los demonios.
—"Rose me contactó hace poco, aunque fue una comunicación corta por medio de los sueños y no tuve la gracia de poder verla. Parece que la joven dama a la que Hermann llama su "protegida" en realidad es hija de nuestro patrocinador. No sé los detalles, pero ella se encuentra en este plano con su presencia completa."
—"Si eso es verdad, ella morirá pronto si continúa aquí con su cuerpo físico. Es un verdadero problema, en efecto." —Alastor pensó en cómo sacar provecho de la situación. Parecía que el destino, tan obstinado y torcido, se empeñaba en darle oportunidades únicas para conseguir más y más poder. No podía evitar sonreír sinceramente por ello.
—"Es por eso que necesitamos acercarnos. Tengo una de las calaveras de cristal, con ello al menos ella resistirá hasta que nuestro señor, o nosotros, encontremos la manera de regresarla a donde pertenece."
—"¿Ya tiene un plan, o sigo mi instinto, señor Crowley?" —Alastor reclinó su espalda en el sofá, mientras contemplaba las posibilidades.
—"En efecto, tengo una idea, pero me gustaría escuchar tus propuestas, joven Alastor."
Alastor y Alesteir Crowley se miraron el uno al otro con cierta complicidad, como si lo que uno pensara el otro ya lo supiera. No era de extrañar, ambos eran parecidos, seres que habían creado sus propias reglas y que no se doblegaban ante nadie, ni siquiera ante a aquel al que llamaban señor por el bien de sus contratos.
Lucifer suspiró tranquilo luego de que le confirmaron la presencia de su hija en la tierra, sin embargo, estaba preocupado; Rose había sido diligente en contactar con las cabezas de todas las organizaciones de brujas, ocultistas y hechiceros, incluso los que no le rendían culto, y fue Alesteir Crowley quien al final, lo contactó.
Su sorpresa fue grande cuando, uno de sus beneficiarios, estaba acompañándole. Cierto, el muchacho se había ganado su respeto cuando habían cerrado el contrato, pero nunca imaginó que el destino lo llevaría a tratar con él nuevamente en persona.
Y ahí estaban, en el despacho de Alesteir Crowley, proyectado con la ayuda de una de las reliquias que tenía, hablando sobre asuntos que le atañían al infierno, cosas que no debían ser escuchadas por mortales.
—"Necesito que la mantengan con vida hasta que solucione la manera de llevarla a mi reino. Y también, requiero que se oculte su naturaleza, por obvias razones."
Ambos hombres asintieron. No era de extrañar. El hecho de que el mismo anticristo estuviese en la tierra antes de tiempo, haría sonar las alarmas de todos los universos. Los mismos ángeles bajarían si se llegaran a enterar, y atacarían a su preciada hija. Sobre todo, el equilibrio entre los mundos se perdería. Seguramente, aquello ya estaba ocurriendo. Lucifer tenía que encontrar la manera más rápida de recuperar a su hija y hacer que los celestiales no se dieran cuenta de lo que ocurría. Necesitaba un plan para sumir en caos al mundo y así, hacer que la presencia de su hija pasara desapercibida.
De pronto, tuvo una idea. Algo que haría que la energía para alimentar el cuerpo de su manzanita fuese suficiente y no causara problemas, y también para que los ángeles estuvieran ocupados con otras cosas como para que no se dieran cuenta de la presencia del anticristo en la tierra.
Y eso era, una guerra. Una guerra a una escala nunca antes vista.
Charlie parecía un ángel, quien la viese, con su largo y vaporoso vestido blanco adornado con partes metálicas en color dorado que acentuaban su cabello rubio, pensaría que ella había bajado del cielo. En efecto, una parte de ella era celestial, pues, aunque había sido repudiado y lanzado fuera del cielo, Lucifer seguía siendo un ángel, y la belleza de su naturaleza la había transmitido a su hija.
Frau Anna miró su trabajo con orgullo; el maquillaje y el peinado que tanto esmero le costó y por el que se prepararon por horas, había rendido frutos: Charlie se veía simplemente fuera de este mundo, más de lo que usualmente ya de por sí era.
Y las joyas extrañas y únicas que la habían acompañado en su viaje, incrustadas en los adornos, la hacían brillar; en realidad, Frau Anna pensaba que la señorita frente a ella parecía una muñeca viviente.
No era de extrañar, entonces, que a la llegada de la princesa del infierno a la recepción en el tan afamado Hotel Adlon, los presentes se quedaran sin aliento.
La joven mujer que entró por la puerta del salón, acompañada por el líder de la Ahnenerbe Hermann Wirth, brillaba. Su piel blanca, tan blanca como un lirio, sus ojos oscuros como el abismo mismo, y sus labios delicados de color negro también, hacían que las miradas se dirigieran a ella sin que los presentes fueran capaces de prestar atención a cualquier otra cosa.
Sobre todo, el hecho de que la mujer era alta, muy alta, tan alta que incluso los militares de carrera apenas si podían mirarla a los ojos sin levantar la cabeza.
Hermann Wirth se sentía un poco apocado ante aquello, teniendo que utilizar tacones ocultos en su calzado para al menos llegar al hombro de la joven rubia; si él quería cortejarla, debía de lucir al menos digno junto a ella, así que no tenía otra opción. Además, luego de esta presentación a los líderes del Reich y al mundo, Hermann sabía que ella saldría de sus manos, quizá no definitivamente, pero Himmler le había dicho que el Führer la tendría bajo su ala en cuanto ella estuviera lo suficientemente preparada para ello.
Estar bajo el ala del Führer, para Charlie, significaba que sería tratada como una embajadora; lo poco que se sabía de la joven que había salido del portal que Hermann había creado, luego de que ella aprendiera algunas palabras escritas en alemán, era que en efecto ella tenía un status "noble" aunque a ella no le importaba. También ella había escrito su nombre: Charlotte Magne.
Entre algunas cosas que ella había respondido de alguna manera y a grandes rasgos, es que, en su mundo, tenía una estatura común; igualmente, ella había dicho que a pesar de que la tierra era hermosa, había algo que la hacía sentir cansada. Y en efecto, la señorita Magne siempre parecía agotada y dormía al menos diez horas al día.
También, la narrativa de cómo llegó a la tierra, le hizo entender que la ropa que llevaba era algo común para ella, tanto así que no le dolió desprenderse de lo que describió como ropa antigua de padre. Según lo que ella dijo, la chica se había vestido de aquella manera para terminar con unos asuntos urgentes y en el camino, fue transportada de manera extraña hasta el laboratorio donde el señor Wirth probaba su trabajo al fusionar el ocultismo con la ciencia moderna.
Y entonces, todos los reportes que había hecho a Himmler directamente con respecto a la situación, llamó la atención del Führer.
Adolf Hitler creyó que ella era una mujer proveniente de los arios originales, y que, en realidad, el mundo del que la habían traído era las míticas tierras de Thule. Desgraciadamente, cuando se le preguntó a Charlotte sobre el nombre de su mundo, ella no supo responder. Y no es que ella no lo entendiera, es que no sabía qué decir al respecto, pues tenía claro que no podía decirles que ella venía del infierno, por razones completamente diferentes a lo que uno podría esperar, sus motivos eran buenos, aunque ello conllevaría muchos enredos más adelante.
Y aunque el Führer no había podido estar presente aquella noche, el mismo Himmler se había presentado como representante oficial del Reich.
Contrario a lo que se esperaría sobre el anuncio de un descubrimiento científico, la velada era más una especie de baile con buffet, lleno de música de vals y grupos de gente yendo y viniendo. Las personas presentes eran, en su mayoría, miembros del partido y sus esposas, y también algunos invitados especiales como Alesteir Crowley, dirigentes de muchas facciones ocultistas que apoyaban al NSDP, y muy pocos periodistas. En realidad, sólo había un fotógrafo y un reportero oficiales del Reich, quienes se encargarían de redactar sobre la mujer a la que llamarían las primeras planas del día siguiente "El ángel de Agartha".
Heinrich Himmler no era un hombre bajo, sin embargo, al igual que el señor Wirth, apenas y llegaban al hombro a la princesa del infierno. Las gafas circulares del líder de las SS opacaron un poco su mirada lasciva y curiosa, pero Charlie se dio cuenta, él la veía como un objeto. Aquello la hizo sentir incómoda, pero sabía que debía soportarlo si ella quería convertirse en alguien que ayudaría a los humanos, y la mejor manera, según ella, era volviéndose una celebridad social.
En la tierra ella no tenía el apoyo financiero de nadie, sus poderes eran nulos, si no que inexistentes; su único talento, que era el canto, le había sido arrebatado por un acuerdo que ella nunca había hecho, pero que agradecía si es que la conclusión a la que había llegado por sí misma era verdad. Así que no le quedaba en realidad más opción que aceptar el título de embajadora de lo que ellos llamaban Agartha a cambio de poder cumplir con su meta.
Por supuesto, mentir estaba mal, muy mal, pero ¿acaso no sus intenciones buenas eran lo que contaban? Tampoco es que pudiera hacer mucho si no le dejaban más maneras para lograr la redención de los pecadores.
—"Todo un placer, señorita Magne" —Himmler tomó la mano delicada de Charlie y la besó, tratando de parecer un caballero. Para cualquier mujer consciente de la posición de aquel hombre de gafas, aquello sería una verdadera alabanza, pero la rubia estaba más que acostumbrada a ello, además, aquel hombre no le agradaba tanto, así que en cuanto pudo, alejó lo menos groseramente que pudo su mano de entre las de aquel hombre. —"Es toda una lástima que no sea capaz de hablar, debe tener una hermosa voz, seguramente. No dude de nuestros esfuerzos para descubrir el por qué ha perdido su capacidad de habla, yo mismo he arreglado todo para que las investigaciones del señor Wirth se apresuren, sin importar el costo."
Un mozo pasó al lado de ellos, entregando una nota de alguien llamado Alesteir Crowley, dirigida a ambos señores. Charlie suspiró aliviada, ya que no le gustaba mucho estar en compañía del señor Himmler, y esperó que la dejaran por su cuenta, o que, en dado caso, Frau Anna apareciera y la llevara a la mesa del buffet para probar toda aquella comida que Charlie nunca había visto. En verdad, ella estaba muy curiosa, sobre todo porque el vals era algo que ella disfrutaba mucho a pesar de que los banquetes sociales en el infierno no eran mucho de su agrado.
—"Tal parece que nuestro querido amigo Crowley requiere de nuestra presencia en un salón privado, señor Wirth." —Himmler se acomodó las gafas mientras sonreía de una manera un poco complicada a su interlocutor.
—"Imagino que trae noticias importantes, aunque es extraño que nos pidiera una audiencia en privado si es libre de venir a nosotros. Debe ser algo muy importante."
—"También solicitó la presencia de la señorita." —Agregó Himmler, mientras miraba a la aludida de reojo. —"Lo que sea, pronto lo averiguaremos. El señor Crowley siempre trae noticias impactantes, probablemente él sepa algo al respecto de este asunto y tratará de iluminarnos, aunque no apruebo sus métodos…"
Para desgracia de Charlie, ella fue llevada por aquellos hombres a una sala apartada, en el tercer piso del hotel. La habitación la puso nerviosa, y se sintió incómoda cuando se dio cuenta de que dentro estaban esperando un par de desconocidos. Uno de ellos, era alto, mucho más alto que ella, prácticamente, de casi dos metros. Su cabello castaño tenía tonos rojizos y usaba unas gafas ovaladas de montura delgada en color plata. No pudo verlo por mucho tiempo, porque aquel hombre desapareció en cuanto fueron llevados a una especie de sala donde había bebidas y bocadillos servidos.
—"Es un placer que hayan acudido a mi llamado, amigos míos" —Alesteir Crowley, vestido cómodamente a la usanza hindú, parecía haber estado esperando por mucho tiempo en ese lugar. —"Preparé esta habitación para que nadie más que nosotros seamos testigos de esto… pero antes que nada, mi preciado invitado tiene algo que darle, señorita."
Alastor, vestido elegantemente, entró a la pequeña habitación con algo en las manos. El objeto estaba cubierto de una tela de seda rojiza, y tenía que ser llevad cuidadosamente con ambas manos. El mozo que hacía de guardia, cerró la puerta tras la entrada de Alastor, quien se acercó cuidadosamente al grupo que lo había estado esperando.
Su vista, inmediatamente entró, se fijó en la única chica que había en la habitación. Ella era una belleza, un ente con el que sólo se imaginó soñar; la señorita Charlotte Magne, princesa y heredera del infierno, estaba frente a sus ojos, y Alastor le salvaría la vida. Aquello era un acontecimiento que le decía que su suerte era algo tremendo, más de lo que pudo haberse imaginado.
Sin tomar en cuenta a los tres hombres más que rodeaban a la joven princesa, Alastor extendió el objeto hacia ella, instando a que lo tomara sin decir una sola palabra. Charlie, dudosa al principio, aceptó el regalo del desconocido, y al tocarlo, sintió que algo frío y caliente a la vez recorrió su cuerpo.
—"Gracias." —Ella dijo en su lengua natal; no era extraño que, aun sabiendo que no podía hablar, Charlie tratara de expresarse, pues era natural en ella, así que no se dio cuenta. El silencio reinó en la sala. Charlie, entonces, llevó sus manos a sus labios, impactada, y si no hubiese sido porque Alastor no había dejado de sostener el objeto que le estaba entregando por su cuenta, sin duda aquella carga preciosa hubiese caído al piso.
Alastor torció sus labios suavemente en una sonrisa, lejos de la falsa que había tenido hasta ese momento. Sus ojos lo llevaron hasta viejos recuerdos de una mujer de piel canela y cabello castaño. La princesa del infierno, ella, tenía la voz similar a la de la mujer que amó más profundamente en todo el mundo: su madre. Era algo que no esperaba, sintió a la nostalgia tocar a su puerta, y trató de alejarla, tranquilamente, porque estaba consciente de que la chica rubia y pálida que estaba frente a sus ojos, no era Mary, no era su madre.
—"Princesa Charlotte Magne, es un placer. Su padre nos ha enviado a cuidar de usted mientras se soluciona todo este lío." —Alastor respondió también en lenguaje demoniaco. Aquellas palabras, para Charlie, fueron como un balde de agua fría, pero también un alivio. Ella no podía irse de la tierra aún, no podía. Ni siquiera había empezado con su misión.
Una lágrima rodó por su mejilla sonrosada. ¿Qué iba a pasar ahora?
Notas de autor:
Este capítulo fue corto a comparación con el anterior, pero preferí dejarlo así. Las fichas de Alastor se están moviendo, y realmente lo he hecho tener una suerte increíble, tanto así que el tipo no sólo huyó de la muerte, si no que se encontró haciéndole un favor al mismísimo Lucifer, y obviamente aquello no lo dejará pasar por el bien de su contrato que tiene con él.
¡Y al fin se encontraron!
No puedo esperar para sacar el siguiente capítulo, porque al fin empieza a haber trama tanto romántica como con respecto al espionaje, y quizá un vistazo más a detalle de los poderes que Alastor y Alesteir Crowley tienen. Además, no puedo evitar pensar que como Charlie en realidad es el anticristo, su mera presencia en la tierra causará estragos y llamará la atención de quienes no debe.
¡Gracias por leer y por sus comentarios! Espero cumplir con sus expectativas (y con las mías). Por lo pronto, estoy feliz de que nuestra princesa por fin pueda hablar, ¿qué cosas le dirá Alastor, aprovechando que él sabe el idioma de los demonios?
