Unter den Linden
Notes:
Los personajes de Hazbin Hotel utilizados para ésta historia pertenecen a Vivziepop. Personas y hechos históricos que se ocupan en pos de la historia han sufrido cambios, y lo que se describe aquí no debe tomarse como cierto.
Charlie miró por la ventana del automóvil durante todo el trayecto al orfanato; era un poco incómodo el hecho de no poder salir solo junto a Alastor, pero estaba feliz de poder visitar el lugar donde, pensó, debía iniciarse la salvación de los pecadores.
Ella tenía la idea de que, si un niño estaba bien educado, bien alimentado y era bien tratado, cuando éste creciera, tendría menos oportunidad de echar a perder su vida y por ende, su alma. Sobre todo, pensaba que el no tener todas las oportunidades como otros niños, llevaba a aquel grupo socialmente vulnerable como lo eran los huérfanos, a volverse delincuentes al crecer.
Por ello, decidió enfocarse en los niños.
El edificio que le había cedido el Reich luego de una acalorada discusión entre el representante del ministerio de la familia y Alastor, se encontraba un poco alejado de la ciudad, cerca de veinte minutos en automóvil; la casa era pequeña para ser un orfanato, y los niños no eran demasiados, pero estaba bien cuidada por cinco mujeres que hacían de niñeras y asistentes. El jardín era grande, lo suficiente como para que los cuarenta niños que habitaban allí, que oscilaban en edades entre los cero y los doce años, pudiesen pasar sus horas de ocio tranquilamente.
Charlie había pedido también por profesores para los niños, sin embargo, al ser tan pocos los que estaban en edad de aprender, Alastor propuso contratar a uno solo. La rubia había aceptado a regañadientes, haciéndole prometer que, si los números de habitantes del orfanato aumentaban, se dispondría de uno más y el hombre aceptó gustosamente.
Era una verdadera pena el hecho de que ella visitara el lugar acompañada de gente externa, y no porque los consideraba molestos, sino porque ello le recordaba su vida como princesa del infierno.
Siempre escoltada por guardaespaldas. Siempre guardando las formas para no avergonzar a su padre.
Siempre atacada por las damas nobles.
Por supuesto que ella respondía a las agresiones, y era por ello que se había hecho una reputación entre la nobleza infernal, sin embargo, aquello no quitaba el dolor de ser la burla de su propia gente.
Y sabía que su padre la consideraba una decepción. Lo entendía, incluso él había sido duro con ella a veces para tratar de sacar la veta Magne de su hija, pero no pudo lograrlo. Ella no quería mancharse las manos de verdad.
No es que Charlie no pudiera lidiar con toda esa mierda y pararlo de una maldita vez con un solo movimiento de su mano, simplemente, es que ella tenía miedo.
Tenía un pavor terrible de matar a alguien.
Se había reprimido incontables veces, contenido su ira y su sed de sangre. Se había autoengañado con sueños de un infierno mejor donde nadie sufriera, porque era la única manera de mantener encerrada esa parte suya que clamaba por la destrucción.
Tenía tanto miedo de perder el control como cuando era niña. Como cuando ella casi mató a su madre…
Por supuesto, Lilith la había perdonado, pero ella no se había perdonado a sí misma.
Pensando todo aquello, la puerta del auto se abrió.
Uno de los escoltas militares, que hacía de chofer a la vez, la había abierto para que la dama saliera. Alastor ya la estaba esperando con la mano extendida, como todo un caballero. Ella sonrió ante la imagen, pensando que, en la tierra, a pesar de tener una sensación de encierro, no se sentía tan solitaria como en el infierno.
Tal como lo había prometido a Alastor un par de días antes, luego de revisar un poco y curiosear por el orfanato, se había retirado al baño.
Parada frente al espejo de los lavabos, ella miró su reflejo. En efecto, ella no parecía una humana, y ello la hacía sentir triste. Sabía que la habían tratado bien por la curiosidad de los humanos hacia alguien como ella, y quizá por la influencia de su padre. En el fondo, se alegraba de que las personas que se había encontrado en su repentina llegada a la tierra no fuesen malas, pues no era tonta y sabía hasta donde la maldad humana podía llega, pero también se lamentó.
Suspiró hondo, pensando en que, si en realidad la habían enviado por un propósito, al menos hubiese deseado tener un aspecto más humano.
Un toc-toc suave se escuchó tras una de las puertas de los gabinetes individuales de aquel baño de uso compartido. Charlie volteó su mirada hacía donde venía el ruido, para luego ver cómo la figura de Alastor emergía tras la puerta. En sus manos, llevaba un muñeco, una pequeña cabra hecha de tela, muy semejante a Razzle.
La princesa no pudo evitar sorprenderse al ver aquello. No es que fuese muy común ver a un hombre como Al salir de un cubículo del baño de chicas del orfanato, sobre todo, con un muñeco de uno de sus pequeños guardianes silenciosos en las manos.
—"Let's Misbehave, my dear" —Le dijo con una voz suave y casi seductora en inglés, mientras le extendía aquella copia inanimada de Razzle.
Confundida, Charlie tomó el peluche entre sus manos, y entonces, la magia empezó.
El invierno estaba llegando a Berlin de una manera lenta, como si temiera llegar completamente; los tilos de la afamada calle Unter den Linden estaban coloreados de dorado y naranja, tan parecidos a los arces norteamericanos. Alastor suspiró mientras sostenía a la chica que colgaba de su brazo. Ella era una belleza, sin duda, aún con la cara llena de maquillaje para ocultar su blanca piel, y sus labios empañados en un rojo carmesí, tan contrastante al negro natural de aquella parte de sí. Sus oscuras pestañas, espesas y empapadas de ilusión, parecían brillar húmedas, como si ella estuviese a punto de llorar. Quizá la imagen de aquella neurálgica calle de Berlín la había conmovido, pensaba él, y en efecto, así parecía ser.
La cabellera rubia con tonos melocotón, tan sobrenatural que era imposible ignorarla, había sido oculta con una peluca y un sombrero blanco invernal que la ayudaba a cubrir los defectos de ésta.
Alastor estaba contento con el resultado de las enseñanzas en su tiempo post encierro, usando el conocimiento que había adquirido en el arte del disfraz y el maquillaje. Él mismo usaba aquel saber diariamente para cambiar un poco su tez y su rostro, de por sí ya modificado por cierta cirugía, regalándole una nariz un poco más agraciada a la que tenía originalmente.
Charlie, ahora parecía una jovencita normal de cabello rubio cenizo con un corte bob rizado muy a la moda. La ropa también la había cambiado, haciéndola vestir con un sencillo vestido color melón sin mangas y un abrigo blanco estilo Hollywood.
En realidad, ella había estado preocupada por su futura reunión con su padre y el cómo sucedería, por lo que Alastor había decidido llevarla a relajarse antes de que sucediera. De todos modos, se dijo a sí mismo, para llegar a su morada debían atravesar la ciudad, además, desde que Lucifer le había entregado la potestad de los guardianes de la princesa para que pudiera utilizarlos en favor de ella, tenían todo el tiempo del mundo para escaparse del ojo inquisidor del gobierno alemán.
Era por eso que Alastor se había cambiado el color de cabello a un rojizo más claro, cambiando también su peinado, y usaba unos lentes de sol. Además, se había puesto unas cuantas pecas en su rostro. Cuando Charlie lo miró así, ella sonrió, burlándose un poco de él.
—"Ahora cada vez que vea una zanahoria, pensaré en ti." —Le dijo mientras sostenía su mano.
En efecto, Charlie no era grosera, pero tenía la manía de que, entrada en confianza, su sentido del humor suave salía a flote, haciéndolo caer con ella. No era la primera vez que ella hacía bromas de ese tipo, ¡y por supuesto que él respondía de la misma manera! Era como un pequeño sube y baja que personalmente, disfrutaba demasiado.
—"Entonces, ¿tú serías un lindo malvavisco? No soy muy adepto a los dulces, cariño, pero por ti, haría una excepción."
Charlie se sonrojó al escucharlo. Era muy normal para ellos a esas alturas, siendo Alastor una persona un poco intrusiva y carismática, al punto de incluso ser demasiado coqueto inconscientemente y soltar frases como aquella; al inicio, por supuesto, Charlie estaba un poco abrumada, y luego, algo más parecía flotar cuando lo escuchaba decir aquel tipo de cosas. No quería pensar en situaciones extrañas al respecto, en realidad, ella lo veía como un buen amigo y un humano que no entendía el cómo había hecho un contrato con su padre.
Cierto era que aquella pregunta se hizo un poco más temprano durante su breve periodo de aprendizaje juntos, siendo él su profesor de cómo entender más a la humanidad.
—"Los humanos somos ambiciosos por naturaleza, cariño. Vender tu alma, siendo tu propiedad, es algo natural si vas a recibir a cambio un trato justo. Nadie que se precie de ser astuto podría pasar aquella oportunidad dorada, sobre todo, en un mundo como éste." —Le había respondido con un rostro amable, como siempre. Por supuesto, aquella respuesta no era contundentemente clara, pero tampoco era mentira.
Alastor siempre se había jactado de que tenía un buen ojo para sopesar a las personas, y ello no cambiaba incluso cuando se trataba de la princesa del infierno. Él, más allá de su fijación por el timbre de voz tan parecido a la única mujer a la que amó, o por aquellos ojos con un aire melancólico que le hacían recordar su infancia, estaba profundamente interesado en las circunstancias de la heredera del infierno.
Ella, quien debería ser el heraldo del fin del mundo y la destrucción, era un bombón dulce y suave que se preocupaba más por otros que por ella misma. Ingenua, tan ingenua que creía en él a pesar de que obviamente no podría ser una buena persona al tener un trato con Lucifer o incluso más de un nombre.
Ella no había preguntado, simplemente, para ella, él era Al.
Albert, Alastor, Alesteir. Él era él y punto, le había dicho la rubia, y estaba agradecida de que le ayudara.
En realidad, aquello le incomodó, porque a pesar de no necesitarlo, ni pedirlo, aquello sonaba como si Charlotte Magne lo hubiese perdonado de antemano. Es como si ella le hubiese dicho que no importaba lo que hiciera mientras él estuviese cerca.
Interpretar aquellas palabras de Charlie de aquella manera, encendió una pequeña alarma en él, sin embargo, su terquedad y su autoconfianza empujaron aquella alarma hacia un rincón, a la lejanía de su sentido común. De todas formas, él estaba destinado a servirla hasta que regresara al infierno, ¿qué más daba divertirse un poco con ella en el transcurso?
Entonces, se encontró a sí mismo llevándola del brazo en búsqueda de una cafetería en la avenida Unter den Linden, con las últimas hojas de otoño danzando suavemente con la brisa pre invernal. El día era frío, vaya que lo era, acostumbrado a los climas calurosos de Nueva Orleans, para Alastor era incluso un poco más de lo que esperaba, sin embargo, no era algo insoportable. Sin embargo, ella temblaba un poco. No sabía cómo era el clima, o si quiera si había un clima en el infierno, pero se daba cuenta de que aquel día tan frío de finales de otoño había afectado un poco a la señorita que le acompañaba.
Alastor se quitó la bufanda de algodón que cubría su propio cuello y lo envolvió en el de ella. La tela color vino que contrastaba con el abrigo negro del hombre resaltó las mejillas sonrosadas de Charlie, que se habían encendido tanto que incluso, bajo el maquillaje que le había puesto Al, ella parecía un tomate.
—"Cariño, si sientes tanto frío, debiste decirlo. Es entendible que no soportes estos climas desde que te acostumbraste a vivir en un ambiente de calor infernal."
El caníbal miró a los ojos a una Charlie enrojecida, sonriéndole apaciguadamente mientras hablaba. Ella bajó la mirada, con una risa avergonzada.
Entonces, algo empezó a caer del cielo.
Era la primera nevada de la temporada.
Charlie nunca había visto algo como aquello. En realidad, ella no había visto en su existencia lluvias, sentido el viento suave o incluso conocer lo que eran las nubes o el sol. El ambiente en el infierno era eterno, un cielo rojo y tierras áridas, las pocas flores y vegetación local que se habían acostumbrado a climas extremos y a la inexistencia de la luz solar o casi cualquier tipo de luz no eran tan bellas, o tan vibrantes. Claro, había pecadores que trataban de obtener aquello que perdieron en la tierra, incluso, había lugares donde se trató de implementar la siembra y cosecha de alimentos provenientes de la tierra, pero eran no sólo insuficientes, si no que la apariencia y el sabor eran completamente diferentes.
La chica extendió su mano enguantada hacia los copos de nieve que parecían flotar frente a ella. Tan pequeños y lindos, tan fuera del mundo en el que ella había crecido. Ante la mirada de su acompañante, ella parecía bailar como una de aquellas típicas bailarinas de ballet de las cajas de música.
Aquella imagen se grabó en la cabeza de Alastor, siendo Charlie la bailarina que danzaba en una pequeña esfera de cristal, con el sonido de una lejana música del recuerdo infantil de sus días felices.
Entonces, una pequeña tonada llegó a los oídos del caníbal, como si hubiese salido de sus recuerdos.
Charlie estaba tarareando una canción vieja que había escuchado hacía poco. Una canción que le traía recuerdos a Alastor, la misma canción que su madre tarareaba cuando era pequeño.
After you've gone era una canción popular, tanto que incluso había versiones nuevas con diferentes cantantes. Y ella había elegido aquella canción.
Alastor sintió como la ironía y el universo se burlaban de él cuando su corazón dolió lo suficiente como para perturbar su radiante sonrisa eterna. No había sido tan obvio, tampoco había perdido el control de su cara y labios, pero ciertamente, una parte de él sintió que dejó de sonreír por un fragmento de segundo.
Por supuesto, una parte de él lo disfrutó. Lo disfrutó enormemente. Ella lo había transportado a la época más dulce de su existencia. La pequeña parte masoquista de él se estremeció, pensando que ella era un dulce castigo que bien podría soportar felizmente si alguna vez llegaba al infierno como un pecador más.
Charlie dejó de dar vueltas mientras trataba de recolectar la nieve que caía; cualquiera que viese a aquella joven rubia, pensaría que era sólo una jovencita ingenua de no más de dieciséis años emocionada por la primera nevada.
Alastor se acercó a ella, viendo que al fin había terminado de disfrutar de su descubrimiento.
—"Esta es la primera vez que veo algo así" —Le confesó Charlie con la cara sonrojada. Ella se había dejado llevar por su emoción y olvidó que estaba en un lugar público, esperaba que Alastor no se sintiera avergonzado o molesto por su indecorosa actitud. —"Lo lamento si me dejé llevar demasiado".
—"De hecho, yo también tuve ganas de bailar, pero no podía eclipsar tan bella imagen que se presentó ante mis ojos. Fue como ver un hada del invierno, Darling. Estoy completamente seguro que has cautivado a más de uno el día de hoy."
La cara de Charlie enrojeció más, incluso más de lo que uno podría imaginar. Sin saber cómo responder, se sumieron en un silencio tranquilo mientras caminaban por la avenida, camino al destino que Alastor tenía en mente. Los adoquines del corredor de tilos ya empezaban a cubrirse con una capa de nieve cuando llegaron a su destino.
El café Köning era una cafetería pequeña, sin embargo, famosa. El estilo del local era sencillo, sin embargo, sus postres eran bastante elaborados, y según los rumores, merecedores de ser servidos a la mesa del Führer.
Alastor ingresó al local con Charlie tomándolo del brazo, quien los mirase, pensaría que eran una joven pareja de novios o recién casados. Él habló al mozo con un claro acento francés, para despistar un poco y entrar en el personaje que había tomado. Para Charlie, aquel juego del incógnito que Alastor había empezado era divertido, se sentía como cuando hacía travesuras junto a su padre.
Los guiaron a una mesa en la esquina, junto a una ventana. Era un buen lugar según Alastor, que impediría la vista de curiosos pero que le dejaría saber quién pasaba cerca o quién estaba siendo curioso con respecto a ellos.
Nunca estaba de más ser lo suficientemente precavido, de todas maneras.
La joven rubia había pedido un latté espumoso y una rebanada de un pastel que parecía que contenía todo el azúcar y el chocolate del mundo. Pronto, sus mejillas se rellenaron mientras su cara decía todo lo que podía ser comunicado con respecto al sabor de aquel postre que degustaba. Alastor miró aquellas mejillas sonrosadas, deseando pellizcarlas.
Era extraño cómo es que ella lograba hacer que él deseara cosas como aquella, algunas veces, él quería verla llorar como algún extraño antojo que no podía catalogar bien. Pensaba que, probablemente, aquellos pensamientos que tenía para con ella nacían debido a la naturaleza poderosa de aquella chica, como si con ello, pudiese determinar su superioridad a pesar de que ella pertenecía a una clara raza superior a la humana.
Sin embargo, él sabía que, en el fondo, aquello no era más que deseo de posesión.
¿Quería poseer a la hija de Lucifer, al anticristo y todo lo que representaba, o sólo a Charlie y su tendencia a torturarlo con aquellos recuerdos que resguardaba en sí? No lo sabía, y quería ignorarlo.
Una risa de verdadera complacencia se apoderó de él cuando vio a la chica rubia acercar sus puños cerrados hacia sus mejillas y cerrar los ojos mientras temblaba de emoción. Aquello, la hacía parecer un pequeño y lindo gato.
No pudo más, y tomó las mejillas de Charlie, quien abrió los ojos repentinamente y riendo, tomó las manos de él con las suyas mientras él seguía frotando la cara de ella.
—"¡Oh! ¡Basta! ¡Deberías probar esto, es simplemente delicioso!"
Alastor al fin había dejado en paz las mejillas de la chica y negó con un dedo aquella invitación.
—"Me temo, sweetheart, que lo único dulce que puedo soportar eres tú." —Ella cubrió su boca con una de sus manos mientras él disfrutaba de la reacción. En verdad, aquello que decía era descarado y si Lucifer se enterase, probablemente terminaría no sólo en el infierno, si no con un tormento personal impuesto por el mismo gobernante, sin embargo, era una delicia mirar la cara de Charlie cuando él le daba una de aquellas frases. Se estaba acostumbrando peligrosamente a ella, y aun así, no le podía importar menos.
—"Entonces, ¿me vas a contar cómo es que conseguiste a Razzle y Dazzle?"
—"Bueno, es una larga historia y un poco aburrida, pero en resumen, tu querido padre logró traerlos con mi ayuda y mi conocimiento del Vodoo. Básicamente, es una posesión en un objeto inanimado, sin embargo, sólo pueden hacer ciertas cosas como convertirse en un doppelgänger de nosotros por cierto tiempo."
Charlie asintió con una mirada de sorpresa. Realmente, había cosas que no sabía de Alastor y las daba por sentado. Sabía que él podía hacer magia, y creía que aquella capacidad la había adquirido por su padre, pero él había mencionado el vodoo. La princesa sabía que el vodoo era una especie de arte que usaba a los espíritus ancestrales y muy pocos practicantes de aquello tenían tratos o creían siquiera en la existencia de Lucifer. Aquello significaba que Alastor había adquirido la magia por sí mismo, sin pedirla a su padre. Entonces, la curiosidad sobre qué tipo de trato había hecho con Lucifer nación en la cabeza de Charlie.
—"Uhmm… Pero… ¿no crees que la gente sospeche? Ellos originalmente no pueden hablar."
—¡Oh! Querida, eso no es ningún problema… Originalmente tú no conversas mucho con los guardias y el personal, además, a Dazzle le hice algunas modificaciones, y estoy seguro que, al menos, podrá saludar adecuadamente a la gente. Lo máximo que podría pasar es que crean que estoy enfermo o quizá un tanto molesto por algo."
Era verdad que sus guardianes no eran realmente nativos del infierno ni algo nacido o existente. Lucifer los había creado para su pequeña como ayudantes, amigos y compañeros de juegos, eran más como lo que eran ahora: un par de muñecos que habían adquirido vida. Seguramente, su padre había hecho algo para poder llevarlos a la tierra y de paso modificarlos. Ella sabía que su padre podía hacerlo, desde que él era un celestial que había vivido entre los humanos desde hace mucho, sin embargo, luego del nacimiento de su primogénita él no pudo regresar a la tierra con su forma física. De hecho, aunque él tuviera la capacidad de hacerlo, él no podía salir del infierno así lo deseara. Charlie no sabía el por qué, pero algo ataba a Lucifer en su posición, por ello, él no había podido correr hacia ella para auxiliarla.
Sospechaba, que aquello había sido un castigo adicional por su interferencia durante el corto periodo de tiempo que el enviado de dios había vivido en la tierra, sin embargo, aquello no estaba ni cerca de lo que había pasado realmente.
Por supuesto, ni su padre ni su madre habían tenido la oportunidad de hablar del porqué de aquella situación, hasta aquel momento en el que la curiosidad de Charlie al respecto empezó a brotar.
Salieron del café una hora más tarde, con dirección hacia la casa de Alastor.
Afortunadamente, él había tenido la audacia de planear todo adecuadamente y había aparcado un auto que había comprado a través de un prestanombres en un bosque cerca del orfanato. Desde allí, se habían dirigido a la ciudad, y ahora, hacia su hogar.
A esas alturas, aunque aún permanecía una capa de agua en las carreteras, la nieve empezaba a derretirse.
Charlie sostuvo su pecho al llegar a la vieja construcción de estilo clásico victoriano. Nadie salió a recibirlos, siendo franca, lo esperaba, pero se sintió un poco intranquila al pensar que estaba a solas con un hombre en su casa. No es que ella y él tuviesen aquel tipo de relación, y tampoco es que él fuese alguien que pudiese aprovecharse de la situación, pero, algo dentro de ella se movía y revoloteaba, haciéndola pensar cosas extrañas.
Quiza… ¿a ella le empezaba a gustar Alastor? No, inmediatamente empujó la idea lejos de sí. En primer lugar, él era su amigo.
Y lo más importante, él era un humano.
Desestimó aquello como producto del nerviosismo que seguramente tenía al estar tan cerca de ver a su padre, y con un suspiro, atravesó el porche de aquella casa.
