Tregua


Disclaimer: Los personajes de Hazbin Hotel utilizados para ésta historia pertenecen a Vivziepop. Personas y hechos históricos que se ocupan en pos de la historia han sufrido cambios, y lo que se describe aquí no debe tomarse como cierto.


Alastor había despertado hasta la mañana siguiente, un poco antes de la salida del sol; el silencio reinaba en su hogar como siempre, sin embargo, se descubrió en una cama que no era la propia. Su mente, clarificada por el sueño reparador, viajó por sus últimos recuerdos. Usualmente, él no tardaba mucho en adentrarse en sus cinco sentidos en cuanto despertaba, pues nunca caía inconsciente por completo en sus horas de sueño, sin embargo, ésta vez, se dio cuenta de que eso no había ocurrido.

Cinco segundos de atiborramiento post despertar, cinco segundos que le podrían costar la vida. Aquello, pensó, no era lo óptimo para alguien como él. Suspiró mientras pasaba sus dedos por su cabello. Se sentía sucio, no se había lavado el día anterior, cansado de escuchar los susurros, optó por tumbarse en la cama de manera casi inmediata, evitando así la febril sensación de las voces chocando unas con otras dentro de su cabeza, y ahora, su cuerpo se sentía como si estuviese cubierto de una capa de mugre.

La imagen de la princesa del infierno, tan lastimera como la había visto horas antes, recorrió los pasillos de su memoria; había algo en ello que lo hacía estremecerse de alguna manera, y eso le chocó. En realidad, Alastor debería estar molesto debido a que ella había monopolizado su habitación y ensuciado su cama, no obstante, no lo estaba.

Silbando la tonada de My troubles are over, Alastor se dirgió al baño de la habitación de invitados que había hecho su bastión momentáneo. Lo único que vestía era una bata sobre los calzoncillos, abierta debido a su movimiento involuntario nocturno. Se miró al espejo, revisando sus globos oculares; el remanente del uso de su pacto estaba esparcido por sobre su iris, observable para quien lo viera sin sus lentes, en un color rojizo carmesí como si dentro de aquella parte del órgano hubiese reventado una hemorragia escandalosa. No sólo aquello estaba esparcido por ésa parte de su cuerpo, el sigilo del caos reptante, usualmente no visible, en su brazo izquierdo había aparecido con un dolor ardiente, y las zonas alrededor de éste quemaban y sangraban un poco.

Las viejas cicatrices en su cuerpo fueron sumergidas en la bañera de agua hirviente que había preparado luego de limpiar un poco la sangre que brotaba de su piel; su cuerpo tonificado pero delgado, se dejó llevar por la sensación del agua purificadora, removiendo el sudor febril de sus sueños de la noche pasada.

Se preguntó entonces por el estado de la princesa, así que llamó a su sombra. Una mancha oscura se deslizó por entre la madera del piso, como una especie de humo viviente.

No había novedades, Charlie se había rendido, lo suficiente como para arrojar las mantas sucias hacia una esquina de la habitación de la que se había apoderado, y tomar un baño. Luego, cansada y derrotada, se había quedado dormida tras dar tantas vueltas a la habitación y su cama que cualquiera se podría haber mareado.

Seguramente, pensó él, cuando ella despertase, estaría hambrienta.

Se apresuró en su rutina mientras su sombra le conseguía algo de su ropa del cuarto de lavado; debido a la conmoción y el claro cansancio que mostraba, Alastor estaba excusado de asistir a sus actividades de la Ahnenerbe y las reuniones con Wirth por unos pocos días. También, estaba seguro que la Gestapo asistiría a su hogar para hacerle algunas preguntas, tal y como lo tenía esperado.

Además, estaba seguro que la princesa necesitaba ayuda con algunas cosas cotidianas que no podría hacer sola, siendo parte de la nobleza del infierno, lo más probable es que ella no sabría ni siquiera cómo hervir un poco de agua.

Con un sencillo pantalón de vestir en color arena y una camisa genérica bajo un suéter de lana, Alastor empezó su día a día como cuando estaba libre en su antiguo trabajo de radiodifusor; el frío de la mañana le golpeó la cara cuando abrió un poco la ventana de la cocina. La noche anterior había nevado lo suficiente como para cubrir el piso de una gruesa y blanca capa de nieve, así que tendría mucho trabajo manual para despejar la entrada de su hogar y el congelamiento de las canaletas del techo.

Encendió la radio mientras empezaba a cocinar; colocó la cafetera en la estufa a gas y buscó en la nevera algunos ingredientes para el desayuno. La comida alemana era bastante simple para él, sin embargo, no podía quejarse más que en la soledad de sus adentros. ¡Lo que daría por un poboy de cangrejo o un buen gumbo casero!

Charlie se despertó temprano aquella mañana debido a su estómago; lo último que ella había probado había sido el pastel de la cafetería a la que había ido con Alastor, antes de que pasara todo el desastre. Aún estaba dolida, y estaba segura de que no quería verlo, pero tampoco quería morir de inanición. Se quedó en la cama, viendo el techo, pensando en lo que debería hacer para conseguir algo comestible. Quizá, si se escabullía a la cocina, podría obtener algo sin necesidad de cruzarse con él.

Probablemente, él estaría dormido. Era muy temprano aún, con el sol apenas asomándose tímidamente por el horizonte. El reloj de pared que estaba cerca del pequeño escritorio de la habitación marcaba las seis y media de la mañana. Hacía frío, tenía hambre, no tenía más ropa encima que la interior y también estaba molesta todavía, en realidad, su día actual había empezado de una manera muy mierda, tal y como había sido su día anterior.

Cubierta con la colcha tejida, entonces, se dispuso a salir de ahí para buscar algo comestible y luego regresar a encerrarse como la reclusa que era. Un toque de la puerta la hizo saltar de vuelta a la cama y sumirse entre el enredo de cobijas, tratando de cubrirse lo más posible, no sólo por el frío, si no también por pudor. Lo único que se asomaba de aquel amasijo cálido era media cabeza rubia, con unos ojos amarillos tímidos, cubiertos aún por la somnolencia de la mañana.

Charlie, en pánico, pensó en hacerse la dormida para evitar la confrontación, pero era muy tarde, demasiado tarde. Ignorarlo, tal vez, funcionaría.

La puerta se abrió lentamente, dejando a la vista a Alastor con una charola con comida. El fragante olor que empezó a filtrarse hacia donde estaba, la hizo olvidar un poco lo que estaba pensando. Su estómago, traidor como aquel que le presentaba el alimento, rugió involuntariamente.

—"Sabía que tendrías hambre, my dear." —Su sonrisa cálida, así como la humeante taza de café que venía acompañando la comida, la hicieron trastabillar. No, ella no caería en sus juegos sucios conciliadores. Todavía estaba molesta, lo suficiente como para, al menos, no hablarle. Aunque parecía que su estómago tomaba la palabra por ella, muy efusivamente.

Charlie se encogió en sí misma, envuelta como lo estaba, volteando la cara hacia un lado en una especie de puchero que se supone debería hacerla ver molesta, pero a los ojos del caníbal, se veía adorable. Aquel pensamiento repugnante que reptó por su mente fue empujado por otro más acorde. Deliciosa era la palabra que también describía aquello; sintió como algunas opiniones ajenas a él se filtraban poco a poco, lento y suave como las olas del mar en primavera.

Suave… hermosa… deliciosa… tentadora.

Su mirada turbia, enfocada en el rostro de la encantadora demonio, bajó luego hacia su nuca. El cabello de la joven ya estaba un poco más ordenado, pero el desorden natural de quien apenas se despierta por la mañana se mantenía, dándole un aspecto desaliñado, pero no terrible. El estómago de la princesa volvió a rugir mientras Alastor colocaba la charola en un mueble cercano y lo suficientemente grande y despejado para contenerla.

—"Entonces, lo dejaré aquí para tu comodidad… cuando termines, puedes dejarlo fuera de la puerta si te es más cómodo." —El caníbal no hizo ademán alguno para acercársele, le estaba dando espacio. Por supuesto, él quería estar un poco más allí, oliendo el perfume de la princesa, observando un poco sus movimientos y sus gestos, obsesionado por su naturaleza, alimentando esa obsesión con los susurros, sin otra opción más que empujarlos un poco si se salían del límite.

Charlie, esperó un poco hasta que Alastor se ubicó en la puerta, más que nada, porque estaba dubitativa. En realidad, ella no quería pedirle nada, ni tener nada que ver con él, sin embargo, ella estaba en un predicamento.

No tenía ropa disponible.

La que el señor Crowley había preparado para ella, Charlie la había arrojado por la ventana en su arranque de ira luego que Alastor se había ido, ¡por supuesto, ella no pensó que aquello sería mala idea horas después! Y ahora, estaba entre la espada y la pared, con las únicas opciones de continuar vistiendo sólo una manta sobre su ropa interior, o pedirle al hombre frente a ella que le proporcionara algo que ponerse.

—"Charlie, tonta, ¡tonta!" —se maldijo.

La voz suave, casi inaudible, como un suspiro, de la princesa llegó a oídos de Alastor. Sensible por lo que había ocurrido días antes, y con el sigilo de caos reptante aun intoxicando su cuerpo, su piel se erizó. Por supuesto, no estaba lo suficientemente corrupto con la influencia de los dioses antiguos como para sucumbir ante la menor provocación, pero era un poco incómodo para él. Incómodo y placentero.

Ropa… —Ella había susurrado.

—"Por supuesto" —Respondió para luego irse. Charlie, muerta de hambre, entonces, saltó de la cama hacia donde estaba la charola. Bebió ávidamente el café, caliente aún, mientras comía bocados de pan con el queso y las salchichas que le habían traído.

La comida no duró mucho tiempo debido a la hambruna que le acosaba; a poco rato, el sonido de la puerta siendo golpeada suavemente la hizo esconderse bajo las sábanas otra vez.

Alastor entró, mirando sonriente la charola de la comida con los platos vacíos, con un cambio de ropa de mujer en sus manos. Colocó su carga en la mecedora, y luego fue a por los platos sucios.

Charlie siguió estoica y silenciosa. Aquello no molestaba a Alastor, al contrario, la prefería así para apaciguarse en lo que el sigilo del caos reptante se desvanecía. Sabía que ella ya había aceptado el hecho de que no podría salir de casa, así que no estaba preocupado por ideas extravagantes que se le cruzaran por la cabeza, o maniobras arriesgadas que ella pudiese hacer para huir.

Darle su espacio era la mejor opción a seguir.


La batalla silenciosa de parte de Charlie continuó. Recibiendo el alimento sin mirarlo o dirigirle la palabra más que para pedir algo en específico, ella, poco a poco, decidió entonces que saldría de la habitación, porque estar encerrada en aquel lugar la estaba volviendo loca.

Habían pasado dos días, y Alastor tenía que volver a sus actividades cotidianas. Empezó a dejar comida en la nevera que pudiese consumirse sin ser calentada demasiado, dejando instrucciones escritas, sabiendo que Charlie ahora se aventuraba a deambular por la casa, como un fantasma silencioso que robaba comida a veces, o que dejaba las cosas más extrañas en cualquier lugar, como libros, revistas o incluso objetos que llamaban su atención.

El caníbal, deliberadamente, había dejado abiertas todas las puertas de la casa, excepto la que daba al sótano, además, había apostado su sombra al acecho. Por otro lado, Lucifer, hasta ahora, no había dado la cara.

El gobernante del infierno seguramente conocía a su hija, lo suficiente como para saber qué tan molesta estaba y qué tan infructífero sería tratar de contactarla en aquellos momentos.

Entonces, el vaivén de dejar comida, retirarse a sus actividades, retornar a su hogar por la tarde y encontrar a su fantasma leyendo en algún rincón, sumida en silencio, se volvió una rutina. Una suave rutina que lo empezó a atrapar entre sus redes apacibles, como si aquello fuese normal.

Para Charlie, aquello era el infierno de aburrido. Había leído todos los libros que podía, sin embargo, se encontraba con tiempos muertos, contemplando el techo o el horizonte frente a ella.

En algún momento, se encontró hablando con objetos inanimados, lo que la llenó de una risa desenfrenada, aceptando que, probablemente, empezaba a perder la razón.

Con el objeto que más hablaba, era con el peluche de Dazzle. Lo había encontrado en el estudio, mientras buscaba libros con los qué entretenerse; a veces, encendía la radio, como un ruido de fondo para no sentirse tan sola. Cuando tenía hambre, comía en compañía de aquel afelpado conocido, suspirando con el constante deseo que le respondiera en su conversación unidireccional.

Hasta que un día, Dazzle empezó a moverse a voluntad.

Los colores del ocaso se filtraron por las cortinas de la cocina, mientras Charlie preparaba un poco de café. Aún no era experta y, honestamente, su bebida era desabrida y lo único que la salvaba era añadirle al menos tres cucharadas de azúcar para que lo considerara decente, o al menos, ingerible. La cafetera empezó a hacer el sonido que usualmente hacía cuando el café estaba listo, y ella, un poco distraída, empezó a buscar el trapo de cocina para poder tomar el objeto caliente y servirse.

Aquello era una escena muy común, demasiado común en su día a día, si no fuese porque, quien encontró el paño no fue Charlie, si o Dazzle. Un Dazzle de felpa que se movió por sí solo y ahora, le extendía el trapo a su dueña.

El grito de Charlie se escuchó por toda la casa, temiendo que lo poco que le quedaba de cordura se hubiese esfumado.

En aquel momento, Alastor estaba llegando a casa, dejando su abrigo en el perchero. Cuando escuchó el grito aterrorizado de la princesa, corrió enseguida, sin importarle si el abrigo caía al piso.

Encontró a Charlie, agachada en el piso, con las manos ocultando su cabeza, mientras que Dazzle le acercaba algo con sus manos de tela.

El caníbal empezó a reir. El peluche había tardado demasiado en recargarse porque la princesa estaba en la casa y no había tenido tiempo de traer más ofrendas a sus dominios para hacerlo directamente. Un poco más de una semana de inmovilidad es la que el objeto maldito había tenido; lentamente, se acercó a Charlie, quien, al escucharlo reír, lo miró ofendida.

—"Al fin terminó de recargarse." —Señaló a Dazzle. —"Creí que sabías que funcionaba de ésta manera."

Charlie suspiró de alivio, agradeciendo que no estaba volviéndose loca. Pero, también, moría de ganas de hablar con alguien. Su ira aún no estaba completamente difuminada, y tenía más preguntas que cualquier otra cosa al respecto de Alastor, pero no quería quedarse de esa manera, en el silencio infernal de los días monótonos sin más contacto con otros seres que una simple mirada a la lejanía.

Ella, entonces, decidió hacer una tregua.

No lo iba a perdonar tan fácilmente, pero necesitaba hablar con alguien, de lo que sea, con quien sea. Nunca había permanecido en silencio absoluto por tanto tiempo, ni en soledad como hasta ahora.

—"Debiste haberme dicho." —La chica se abrazó a sí misma, frotándose los brazos lentamente, como para darse ánimos.

Alastor se sorprendió con el cambio de actitud de la princesa. Inicialmente, creyó que tardaría un poco más, si no, que ella permanecería así voluntariamente, en un silencio cómodo pero un tanto extraño que lo hacía añorar su voz. Ahora, ella empezó a hablarle como si nada, dejando a un lado temas que, seguramente, no debería tocar por el bien de conservar el gesto actual.

—"La próxima vez, lo hare, tenlo por seguro, Darling." —la aludida asintió lentamente; el ruido de la cafetera seguía allí, insistente, ante el desinterés de los presentes. Entonces, como si de pronto la hubiesen sacado de un trance, ella corrió hacia la estufa para apagar la llama.

—"¡Por el infierno! Había olvidado que estaba tratando de hacer café." —Alastor la miró divertido. Usualmente, a ésta hora, él empezaría a preparar la cena mientras ella huiría a la habitación que le había usurpado hasta que le llevara la charola con los alimentos.

El caníbal se acercó a la estufa, haciendo que Charlie se alejara un poco. Ella había tenido dificultades para saber cómo funcionaban los utensilios de cocina, y en especial, para medir las proporciones de lo que intentaba cocinar. A veces, incluso encontraba comida un poco quemada que le había dejado para que ella se alimentara.

—"¡Oh! My dear, creo que deberíamos pensar seriamente en mostrarte cómo hacer esto adecuadamente." —Suspiró mientras limpiaba los restos del café que se había regado por el exceso de agua que Charlie le había puesto al recipiente.

La princesa asintió, un poco avergonzada. Por supuesto que ella había puesto todo su empeño en aprender por sí misma, pero a falta de un profesor adecuado, sus pruebas y error guiadas por papeles con instrucciones que obviaban cosas que seguramente eran de lógica común para los humanos, resultaban en desastres.

—"Pero primero, creo que deberíamos preparar la cena, ¿quieres ayudarme un poco?"

Charlie suspiró, tratando de verse molesta, luego, se dejó guiar. Ya no se sentía tan sola, aunque le había costado un poco de su sanidad mental y también, algo de su orgullo.