Naturaleza
Cuando la princesa despertó, todo estaba oscuro. Lo primero que vio al abrir los ojos, envuelta en la niebla oscura de la madrugada y el atiborramiento del recién despertar, fue la mecedora con una figura conocida.
Las mecedoras eran un recuerdo que para Alastor tenían un significado profundo, algo que lo hacía viajar hacia una parte de su pasado que no odiaba o no le daba igual, ella no lo sabía, pero por ello, también le había colocado una en su habitación.
Charlie, sentada en la cama y con medio cuerpo cubierto por la colcha tejida, fijó su mirada en el hombre que la había estado cuidando hasta quedarse dormido. De pronto, el recuerdo del día anterior y lo que había pasado antes de que ella cayera en el sueño profundo la embargó. Su rostro, avergonzado, fue cubierto por sus manos en un ademán de rendición contra sí misma.
—"¡Oh, Charlie! Realmente eres una tonta." —Se reprochó.
No es que ella fuese una adicta al sexo, pero estaba en su naturaleza. Si en el infierno estuvo atada a un hombre terrible gracias a ello, quería olvidarlo; sin embargo, aceptaba que el nivel de energía que tomaba de Seviathan era demasiado, el pago por estar con una súcubo. Charlie, hasta hace poco, había experimentado sólo la parte paterna de su herencia y aquello la hacía sentirse bien. El no necesitar de un hombre o mujer para alimentarse, el no dejar que su instinto sexual ganara en su balanza, la hacía sentirse más como ella.
Y pensó que la tierra le había dado aquel regalo como bienvenida, o que, de alguna manera, su teoría de que le habían dado una oportunidad para la redención de las almas tenía que ver con aquello. Pero, tenía que aceptar que en realidad aquello no era verdad.
Quizá, su falta de apetito sexual era porque los humanos no tenían la energía suficiente para ella, no sería la primera vez que ocurría ese tipo de evento desde su despertar.
Usualmente, los demonios que habían sido humanos no le despertaban ese tipo de sensación, y su madre había dicho que probablemente era porque aquellos que no eran parte de la realeza o demasiado débiles no valían la pena y su instinto los dejaba ir.
—"No vale la pena ansiar un bocado tan insatisfactorio." —Y era verdad. Ella ya había intimado con almas humanas, y no era ni siquiera una mínima parte de divertido como cuando lo hacía con su prometido. No obstante, su prometido era una gran mierda.
Debido a su naturaleza, ella tuvo que soportar décadas y siglos de un maltrato psicológico duro y progresivo, hasta que no pudo soportarlo más.
Y ahora, ella estaba en ésta situación.
¿Qué debería hacer?
Un cosquilleo en su estómago subió hasta su corazón. Pensó en quedarse inmóvil como una estatua, hasta el amanecer, pero sus piernas no le hicieron caso. El sonido de las sábanas cayendo al costado, el gateo de ella hacia la orilla, y luego, sus suaves pasos de gato hacia donde estaba él… Alastor se había dado cuenta de todo.
Apenas si él había podido dormitar, tras la inquietud de lo que había sucedido; se quedó allí, como si las palabras de la princesa fuesen absolutas, como si en el momento que saliera de la habitación, ella le fuese a dar la espalda para siempre.
Se sentía como un estúpido al pensar de aquella manera, y, sin embargo, permaneció inmóvil, cerrando los ojos e imaginando que aquel beso pudo haberse convertido en un lienzo pintado de rojo y adornado con el corazón danzante de la princesa infernal.
Como si ella le hubiese puesto un hechizo, el pensar en el repentino deceso de la princesa lo hizo sentirse enfermo. Incluso si la ataba a él, pensó que sería una pena, algo horrible siquiera, que ella perdiera su libertad.
Deseaba tanto enjaularla y también verla explorar el universo con su sonrisa, deseaba tanto atarla a sí y a la vez, dejarla ir en su eterno vaivén de locuras extrañas para alguien como ella.
Y ahora, él la tenía allí, frente a él, sintiendo su respiración dulce y tormentosa chocando contra su rostro.
Charlie observó la cara apacible de Alastor, incluso sonriente mientras dormía, tan cerca, a fuerza de poder verlo en la penumbra de la noche; levantó su mano delicada y femenina, temblorosa. Aquella mano viajó por las mejillas del humano, siguiendo el contorno de su rostro, a tan poca distancia de su piel, que podía sentir que lo tocaba. De hecho, ella estaba a punto de caer en la tentación de colocar su mano completamente en su mejilla, de delinear sus cejas con sus dedos y sacar las gafas circulares que él tenía para poder verlo bien.
—"¿Qué estás haciendo Charlie? Al es un humano… sólo un humano." —Se susurró mientras trataba de alejarse, pero no pudo. Su mano, al fin sacó los lentes circulares del rostro de Alastor. —"Bueno, al menos debería ayudarlo a ponerse cómodo."
Cuando ella quitó las gafas de él, unos ojos marrones la observaron. La luz de luna que se filtraba por la ventana y golpeaba el dorado cabello de Charlie, hicieron que él la viese como una especie de ángel o hada borrosa.
—"Si me quitas los anteojos, no podré verte bien, Darling." —La voz educada del caníbal exclamó en un susurro tan delicado, que apenas si Charlie pudo oírlo. O quizá, era que Alastor sólo deseaba que ella lo escuchara.
—"Yo… uhm… No quería despertarte. Lo siento…" —Alastor tocó la mejilla suave de aquella mancha borrosa y brillante que tenía frente a él; bajó lentamente, pasando por su cuello, su hombro, su brazo, hasta llegar a su mano derecha. Ahí, ella tenía sus gafas, las cuales, tomó separando uno a uno cada dedo de la joven que estaba frente a él.
—"Realmente lo agradezco mucho, pero me siento mejor con ello puesto." —Las sensaciones que ella tuvo al Alastor tocarla de aquella manera, cosquillearon en lo más profundo de su ser. Él, al final, pudo colocarse aquel objeto que necesitaba para ver bien de cerca, y al fin, pudo disfrutar la figura de la princesa.
—"Bueno… entonces…" —Charlie no sabía qué decir, o qué hacer; pensó que, si se dejaba llevar, incluso podría matarlo; otra parte de ella pensó que, si era él, estaría bien. Si ella terminaba drenando incluso toda su vida, ¿sería libre al fin para vagar por la tierra? Sacudió su cabeza, dubitativa.
El caníbal la miró curioso, a mitad de la noche, con aquellas expresiones semi cubiertas por la penumbra. Tan suave, tan suave como los labios que rozó una y otra vez mientras ella dormía. Quería volver a sentirlos, quería acurrucarla en su regazo y apretarla hasta que ella se asfixiara y muriera.
Fue entonces que las manos de Alastor tomaron vida propia, y la empujaron hacia sí. Por la fiereza y la velocidad de aquel movimiento, Charlie quedó a horcajadas sobre él.
La respiración de Charlie se elevó, como si aquello fuese el preámbulo de lo que ella deseaba en ese preciso momento. Sus labios y los de él se mezclaron en un roce suave al inicio, que luego se hizo feroz.
El sabor de Alastor inundó su boca, tan amargo, tan fiero, con un toque férreo familiar pero desconocido. Sus labios fueron mordidos, llevándole pequeñas descargas dolorosas que se mezclaban con su deseo; ella nunca había imaginado que él fuese así, haciéndola perder un poco la cabeza, haciéndola caer en su naturaleza y casi obligándola a pasear sus manos por su corto cabello castaño y sus hombros duros.
Una chispa de culpa empezó a crecer en ella, haciéndola separarse de él por un momento.
—"Al… Al… Yo…" —La respiración entrecortada de ella lo golpeó en el rostro, salvaje y sensualmente. Se veía deliciosa con su rostro completamente ruborizado, su cabello revuelto y su vestido de dormir semi desabotonado. Un impulso diferente empezó a inundarlo, en la parte baja de su cuerpo, un algo extraño que siempre sintió desconectado, que pensaba no valía la pena, pero que sabía, ella deseaba. Se notaba en sus ojos suplicantes, en su cara avergonzada y su cuerpo tembloroso. Y sólo esa figura trémula y deseosa lo hacía pensar que quizá el siguiente pasó valdría la pena; quería verla, deseaba tanto tocarla, sentirla, beberla… De una manera que quizá ella no entendería.
—"¿Sí?"
—"No… soy… yo soy un súcubo. Podría matarte." —Los ojos llorosos y febriles de Charlie parecían empapados por culpa. Ella temía que el cuerpo de un humano normal no soportara a una linda mitad súcubo como lo era. Alastor sonrió.
—"No soy un humano normal… No desde hace mucho tiempo, sweetheart."
—"Pero..." —Los labios de Alastor sellaron las dudas de Charlie. Sabía que esto era un punto de no retorno.
—"Nada de peros, my dear, ¿acaso no te dije que me gustan las niñas obedientes?" —Alastor llevó sus manos hacia la clavícula de la rubia, en un movimiento que iba desde su lindo y tentador cuello. Sintió bajo la piel la pulsación de las venas, dando un ligero masaje sobre ellas, soñando con el líquido que rebosaba dentro.
No había mejor sensación que su piel sobre el sistema sanguíneo, el olor de su respiración dulce y caliente llegando a su nariz, el sabor de su saliva mezclada con pequeños rastros de sangre por las mordidas que Alastor le propinó. Lo suficiente para tenerla, lo suficiente para no matarla.
Lo suficiente para marcar su alma como suya.
Ella desabotonó la camisa del hombre que ahora bebía de su boca. Sintió como la parte baja de quien ahora era su amante se endurecía bajo ella, rozando su entrepierna; ella acarició el torso de Alastor, lleno de surcos de cicatrices viejas, acariciando cada una de ellas, sintiendo los contornos que dibujaban en aquel maltratado cuerpo.
No pudo pensar en nada más que en Alastor y el placer que le llegó cuando, de pronto, él soltó sus labios y atacó su cuello.
La respiración cálida del caníbal y las pequeñas mordidas que le dio allí le hicieron perder la cabeza con un cosquilleo que llegó hasta sus partes íntimas. Entonces, ella empezó a moverse rítmicamente sobre él.
Alastor sintió los pezones endurecidos de Charlie cuando sus manos bajaron hacia su pecho, sintiendo el contorno de su figura. Pensó que toda ella era suave, y, sin embargo, aquella parte semejante a un pétalo de cerezo podría adquirir aquella característica.
El deseo de jugar con ellos lo inundó, los pellizcó mientras dejaba que el vestido que apenas si se sostenía sobre ella, resbalara hasta su trasero, haciendo gemir a una Charlie con la respiración entrecortada que danzaba suavemente sobre él.
Alastor se alejó un poco de ella, mirando todas y cada una de sus reacciones y sus gestos; bebiendo cada uno de sus suspiros y tratando de atrapar en su mente aquella mirada perdida en la neblina de eso que llamaban placer. Se dio cuenta de que ella no llevaba prácticamente nada bajo el vestido de noche, tan sólo una pequeña pieza de ropa íntima que cubría su monte de venus y lo que era necesario ocultar. Pensó en la belleza de la figura que ahora observaba con sus ojos fascinados, lamentando el pensar si quiera en su muerte. ¿Qué es lo que le estaba pasando? Él, en realidad, deseaba matarla, pero también, deseaba que se quedara así, como ahora, con su mirada fija sobre él, una mirada sin temor ni odio, si no llena de algo que él no había deseado experimentar nunca en lo que iba de su existencia.
Charlie, recobrando un poco la compostura, se abalanzó sobre él, como una gatita mimada, buscando algo entre sus piernas. Las delicadas manos de la princesa del infierno bajaron peligrosamente hasta aquella parte que ahora había adquirido vida propia, liberándolo de la opresión de sus pantalones.
Una llamarada de curiosidad se instaló en él, cuando sintió como las manos de ella resbalaban en torno a lo largo de su parte íntima luego de que ella se había lamido una de sus manos de la manera más extraña y curiosa que había visto. No obstante, aquello se sentía bien, lo suficientemente bien como para dejarlo pasar.
El calor que se había apoderado de las partes que él no podía controlar de sí mismo, empezó a extenderse sobre su mente; pensó que tal vez, el rostro de ella bañado en su color sería hermoso, que tal vez, ella impregnada con su aroma podría ser la antesala de su juego final, aunque sabía que aquel juego final no llegaría, no ahora, no con ella.
El rojo que tanto buscaba, el rojo aromático y pegajoso que anhelaba sacar de ella, se había transformado en un rojo diferente, un carmesí que se instaló en su cara, en sus pechos y en sus hombros, brillante a la luz de la luna, iluminándola como si ella fuese una flor rara y única.
El movimiento rítmico de sus delicadas manos, cubriéndola de suciedad y fluidos tanto de él como de ella, el aroma de algo que él reconocía se despedía de la entrepierna de la princesa, el pensamiento de anhelar más, un poco más, lo suficiente como para saciar su hambre y necesidad de la ninfa que danzaba un baile que le era desconocido, lo orilló a levantarse y llevarla consigo, haciendo que ella lo soltara y se aferrara a su cuello.
Intrépida, ella hizo lo mismo que él le había hecho momentos antes, mordisqueando su cuello alternándolo con pequeños besos que hicieron que su parte íntima se endureciera aún más. ¿Cómo es que ella lograba eso en él? Alastor, quien había sido orgulloso pensando que tenía control completo sobre su cuerpo, ahora caía por una princesa que había reclamado aquella parte suya como propia.
Soltó un suspiro mientras la dejó caer sobre la cama, presionándola con su peso completo. Ahora, ella estaba atrapada bajo él, sintiendo cómo el peso de Alastor caía sobre ella, así como su aroma, así como sus ojos que empezaban a adquirir un tono carmesí.
Eso no le importó. Charlie pensó que, si aquella parte de él era realmente de él, no debía por qué temerle. Aquella parte extraña que le había mostrado una vez, también era Alastor. Y él, hasta ahora, no la lastimaría. No… él había tenido infinidad de momentos para hacerlo, incluso, él la había cuidado de esos seres que se parecían a la presencia que él también tenía dentro de él.
Alastor era simplemente Alastor.
Él no se dio cuenta, pero sus ojos estaban mutando. El sigilo de su cuerpo, el color de su cabello, lentamente empezaron a cambiar. Y ella, tan fragante, tan pura, tan corrompida por él, se le estaba entregando tan plácida y fácilmente… si ahora lo quisiera, ella podría ser atada a él eternamente, ella podría dejar ese cuerpo como un caparazón y ascender a la verdadera inmortalidad junto con él, para siempre.
La vista de él, con la camisa desabotonada por completo, los pantalones abajo, el cabello revuelto, no distaba mucho de cómo es que Charlie también se encontraba.
Su vestido se había perdido en el camino hacia la cama, y tan sólo con el trozo de tela de satén que cubría sus partes íntimas, se ofrecía con las piernas abiertas a aquel hombre que parecía un depredador sobre su presa.
Si hubiese un eufemismo para lo que ellos estaban viviendo, Alastor parecía un lobo y Charlie un pequeño cordero a punto de ser devorado.
Y esa sensación de ser una presa, algo nuevo para ella, la había excitado demasiado. No sabía si aquel temor de ser devorada había nacido con la existencia de aquella parte de Alastor que era completamente extraña para ella, pero al mezclarse con su deseo carnal y las circunstancias, la hicieron sentir un placer que ella nunca había experimentado.
Por otro lado, la vista de Charlie ofreciéndose así, tan descarada y dócilmente a alguien como él, lo llenó de una especie de ansiedad que él no había experimentado previamente. Un placer diferente al que se desataba cuando asesinaba, cuando consumía la carne de sus víctimas.
Un impulso desconocido lo llevó a que sus manos viajaran por el abdomen de la chica; un abdomen plano y suave, tierno y lleno de vida. Sus dedos rozaron la orilla de su ropa interior, levantándola un poco mientras observaba como ella se retorcía a la espera. Necesitaba escuchar de los labios de aquella princesa su nombre, necesitaba exprimir hasta el último de sus suspiros y marcarla como suya, empapándola en su aroma.
—"¡Oh…! Al… Alastor… por favor." —Los dedos masculinos de Alastor rozaron la piel mientras la ropa interior bajaba por las piernas de la princesa, pasando por las venas y arterias de su ingle, olfateando como un sabueso aquella parte mientras bajaba cada vez más, hasta llegar a sus pies. Una pierna subió a los hombros del caníbal, una hermosa y jugosa pierna que podría alimentarlo por un par de días, la cual llevó a sus labios, chupando la parte baja de la rodilla, mordisqueándola hasta sacar un poco de sangre mientras una mano juguetona subía desde su ingle hasta su parte media.
Charlie se estremeció, con un jadeo que nombraba al hombre que ahora era el objeto de sus deseos, suspirando entrecortadamente mientras la presión de un dedo mojado por sus propios jugos sobre su clítoris.
El movimiento circular acompasado con el vaivén de las caderas de Charlie, aunado con la pequeña mordida que sangraba y de la que la boca de Alastor estaba prendida, la hicieron sentir una gran sacudida, con un grito placentero que surcó la oscuridad y llegó a los oídos del caníbal como apertura de una sinfonía que él estaba esperando.
El sabor de la sangre celestial que Charlie portaba cubrió las papilas gustativas de Alastor, haciéndolo caer en un frenesí que pensó nunca terminaría. Su miembro, de alguna manera, estaba reaccionando tanto a aquello que empezó a palpitar dolorosamente, mientras sus ojos estaban fijos en ella, en cómo se retorcía bajo su mando.
No había experimentado una sensación que superara lo que estaba pasando justo ahora. El dominio de la princesa mientras se embriagaba con su sangre y su aroma, suplicante por algo que sólo él podría darle.
—"Oh… Charlie… mon amour. Eres tan… deliciosa."
Mareado con el sabor de Charlie, se acercó a ella, a su parte baja. Parecía una flor abierta exponiendo su néctar para cualquiera que deseara beberlo. El aroma dulce que emanaba, tan parecido al que tenía su sangre, lo llamó. Los ojos enrojecidos de Alastor se fijaron ahora en su nuevo objetivo mientras escuchaba suspirar a su presa.
Bebió, primero, lentamente de la fuente para luego pegarse tan ávidamente como un sediento a un manantial. Sintió como se estremecía mientras las piernas de Charlie se envolvían en su cuello y sus manos sostenían su cabello; la sensación extraña entre sus piernas aumentó cuando ella empezó a soltar gemidos con su nombre entrecortado, suplicando con pequeños no, cuando su cuerpo expresaba claramente un sí rotundo.
Alastor separó su rostro de la fuente cuando la respiración de Charlie colapsó luego de un estremecimiento de su delicado cuerpo. Observó cómo sus ojos, embellecidos con lágrimas de una naturaleza diferente a la que había visto antes, lo miraban fijamente, como si pudieran atravesar su piel. Se acercó a su rostro, acariciando sus mejillas sonrosadas y saboreando el contorno de sus labios sonrientes con la yema de sus dedos.
El caníbal se perdió en aquella boca enrojecida por la sangre que había manado de ella, en aquellos ojos febriles que habían llamado su nombre, y entonces acercó su boca nuevamente, sediento por algo más. Ésta vez, no era sangre lo que Alastor buscaba en aquellos labios y aquella lengua, era otra cosa. Era la pulsación de sus instintos primitivos que empezaban a aflorar en él, así como su otra naturaleza empezaba a hacerse presente en una pequeña cornamenta de ciervo que lentamente crecía sobre su cabeza, de ahora cabellos rojizos.
Ella lo aceptó en un abrazo cálido, con todo su cuerpo. El calor de sus partes íntimas se frotó húmeda y lentamente, mientras los suspiros se entrelazaban en un beso profundo que hizo estremecer a ambas partes.
Alastor pensó que podría fundirse en la mirada dorada de Charlie, perderse en aquel aroma que despedía por cada parte de ella; pensó en que no quería dejarla ir, en que debía mantenerla consigo como único dueño, como el único que podría reclamar esa sangre, ese cuerpo, ese rostro ruborizado y esa voz suplicante que ella podría dar.
La sensación de urgencia, de comérsela de alguna manera sin hacerlo, creció. Alastor no sabía cómo llamar a aquella presión que sacudía su entrepierna mientras la humedad y el calor de Charlie lo envolvía. Tan rápido, tan fiero, tan necesario mientras escuchaba su nombre de los labios de ella, en un suspiro que semejaba un canto celestial.
Y todo terminó, en un estallido de sensaciones placenteras y confusas, mientras el rostro del objeto de su deseo se teñía de sólo él. Alastor sintió una satisfacción vacía en su parte baja, pero otra especie de satisfacción que le recorrió la médula espinal llegó a su persona y lo cubrió por completo cuando observó detenidamente el rostro de Charlie, cuando ella, al final, se aferró a su pecho y le susurró palabras suaves, como un canto de sirena.
Cuando ella, simplemente, cantó su nombre, aliviada de que él permaneciera allí.
—"Alastor." —Suspiró Charlie, como si con aquel nombramiento, lo convirtiera en un esclavo, en algo completamente suyo.
oooooooooooooooooo
Notas de autor:
Y he aquí. Algo por lo que me desvelé, por lo que he estado escribiendo todo este delirio mágico extraño, tratando de imaginar cómo sería la interacción de aquel tipo por primera vez entre éstos dos.
Básicamente, todo el capítulo trató de esto, así que digamos que esto no cuenta mucho como un capítulo en realidad. Ahora, lo que sigue es… ¿Charlie preguntándose sobre la naturaleza de Alastor y lo que la persigue? ¿Será que ella (y nosotros) sabremos sobre el origen de los dioses exteriores y la guerra en la que el mismo Lucifer participó?
¿Será que luego de esto, Alastor dejará que los que van tras Charlie se la lleven?
No lo sé, lo único que sé, es que de alguna manera, esto se va a descontrolar.
