Capítulo 7

Las vacaciones del colegio llegaron, y con ellas el calor y el tiempo libre. Para Aaron eran los mejores días, puesto que al contrario que el resto, su padre tenía mucho más trabajo, al menos eso es lo que le escuchó que le contaba a su madre, y pasaba muy poco tiempo en casa. Por lo menos hasta el mes de Agosto, cuando tenía tres semanas de vacaciones. Entonces Aaron volvía a desear ser invisible y pasar desapercibido durante todo el día.

El chico repartía su tiempo entre hacer las tareas escolares que le habían mandado para las vacaciones, jugar con Sean y ayudar a su madre en lo que le pidiera y pasar tiempo con Paul y Erin.

Iba con su amigo a bañarse al lago, y en alguna ocasión, se llevaba a Sean con él. El niño jugaba con Vicky, la hermana pequeña de Paul y un año mayor que él. Cuando Aaron miraba a su hermano, se preguntaba si cuando creciera, recordaría todo lo que vivían en casa. Porque aunque tanto su madre como él intentaban que se enterara de lo menos posible, el pequeño era demasiado listo para no darse cuenta de nada.

También en el lago, era donde solían darse cita la mayor parte de la juventud del pueblo. Allí solía ver a Haley con su grupo de amigas, y muy a su pesar, se ponía tan nervioso que tenía que aguantar las burlas de su amigo.

Aún así, y a pesar de haberse visto con el grupo de teatro el día del festival, no habían vuelto a hablar. Cruzaban miradas y sonrisas en el río, pero nada más.

Y a última hora de la tarde, quedaba en la cabaña con Erin. Ella ya solía estar allí, y él, normalmente volvía del río. Luego caminaban despacio de vuelta al río, y si ya no había nadie, Erin se daba un pequeño baño. Se negaba a meterse en el agua si había alguien cerca. Las cicatrices casi se habían curado, pero no quería que nadie la viera.

Después de cenar, y como era verano, volvían a quedar un rato más en la cabaña. Ese encuentro solía darle fuerzas a Erin para poder enfrentarse al monstruo con el que convivía.

Para Aaron era como todos los veranos, con la diferencia de que ahora tenía una amiga y una sensación extraña en el estómago al ver a otra chica.


A Erin solía gustarle el verano, era su estación favorita. Los días se alargaban, podía pasarse el día fuera de casa sin casi vigilancia y solía disfrutar de la vida junto a su mejor amiga.

Todo había sido así hasta el verano anterior. Laura y sus padres se habían marchado a Nueva York a mediados de Agosto, dejando desoladas a las chicas. Habían exprimido al máximo cada día hasta su marcha, y ya nada había sido igual para Erin.

Juntas iban al lago, recorrían el pueblo en bicicleta y soñaban con cómo sería comenzar en el instituto. Sin embargo, ninguno de sus sueños se había hecho realidad.

Ese verano, Erin vestía camisetas con la manga por el codo, y sólo iba a bañarse al lago cuando no había nadie.

No tenía más amigos que Aaron, y ya no disfrutaba tanto montando en bicicleta si lo hacía sola.

Se pasaba el día sola en casa, o ayudando a su madre con sus obras benéficas. Madre que aunque le había preguntado un par de veces si se encontraba bien, no insistió más cuando respondió que sí. En ocasiones se preguntaba si su madre veía más allá de sus narices.

Al menos el tiempo que pasaba con Aaron la distraía de todo y conseguía sentirse normal de nuevo.


El once de Julio, Erin llegó exultante de felicidad a la cabaña. Una sonrisa de oreja a oreja que contagió a Aaron en cuanto la vio.

-¿Vas a contarme por qué estás tan contenta?

-He hablado con Laura hace un rato. Vendrá el día quince a pasar el verano con su abuela. Es genial Aaron, estoy deseando que la conozcas. Te encantará.

-Seguro que sí -el chico se contagió de la felicidad de su amiga-. ¡Vamos a bañarnos, hace un calor infernal!

Ya no quedaba nadie cuando llegaron, y llevada por la adrenalina que corría por sus venas, Erin se quitó la ropa rápidamente sin pensar, como hacía normalmente, y se metió corriendo en el agua. Aaron la siguió riendo.

Estuvieron nadando y jugando un raro, salpicándose uno al otro y escapando mientras reían. Luego se acostaron en la hierba, mirando cómo el sol se escondía.

-Me alegro verte feliz, Erin -murmuró Aaron arrancando trozos de hierba.

-Hacía mucho que no me sentía así. Es una pena que vaya a durar tan poco… -respondió ella, con la cabeza apoyada en el brazo del chico y las manos cruzadas sobre su estómago.

-Quédate con esta sensación. Cuando…ya sabes…-Erin hizo una mueca, aunque él no pudo verla-. ¿Se lo vas a contar a Laura?

-No, no lo creo. Se quedará algo más de un mes, y ¿luego qué hago? Me quedo igual de sola con el mismo problema.

-¡Oye, me tienes a mí! -Aaron le hizo cosquillas en el costado y ella se retorció.

Erin se rio, se levantó y se apoyó en un codo. Lo miró sonriendo.

-Por supuesto, ahora eres lo mejor que tengo, mi salvavidas -luego se puso seria y lo miró intensamente a los ojos -. ¿Alguna vez has pensado en defenderte? Eres fuerte, puedes golpearlo tú también.

-Claro que lo he pensado, de hecho alguna vez le he devuelto algún golpe. Pero eso es lo peor que puedo hacer, porque sé que las consecuencias serán fatales para mí.

Erin asintió en silencio, mirando al vacío.

-Me pasa lo mismo. También he querido resistirme muchas veces, de hecho quiero hacerlo cada noche, pero sé que será mucho peor si lo hago.

Aaron pudo sentir la angustia en su voz, y el miedo en sus ojos. Se inclinó hacia ella y posó un suave beso en su mejilla.

-No estás sola, Erin, no lo olvides -la sonrisa triste de la chica le calentó el corazón-. Y ahora vámonos, se está haciendo tarde.

Recogieron sus cosas, y se fueron hacia el infierno que eran sus vidas.


Erin pensó que con la llegada de Laura todo volvería a ser igual que antes, pero se equivocaba completamente. La estancia de la chica en la gran ciudad la había cambiado.

No dejaba de hablar de sus nuevos amigos, de los chicos que le gustaban, de lo que hacía los fines de semana. Erin apenas reconocía a la chica tímida que le había prestado su crayón azul el primer día de guardería, y que desde entonces se habían hecho inseparables.

Laura insistía cada día en ir a bañarse al río, y finalmente, tuvo que aceptar. Afortunadamente, las cicatrices se habían curado y casi no se notaban. Aún así, procuraba bañarse lo menos posible y estar casi siempre vestida.

La personalidad de Laura ahora era tan explosiva que se relacionaba con la gente con la que antes casi no hablaba. Estaba casi siempre rodeada de gente, y Erin se sentía invisible a su lado. Y casi no veía a Aaron desde que había vuelto, y lo echaba de menos.

De repente, se vio en medio de un pequeño grupo de chicos y chicas, con una Laura como líder, y ella sintiéndose perdida.


Con la llegada de la amiga de Erin, habían dejado de verse todos los días en la cabaña. Y debía reconocer que le faltaba algo.

Se la había presentado el segundo día, y le había caído bien, pero ahora, cuando se veían en el río, veía a Erin incómoda. Laura había hecho nuevos amigos, con los que estaban siempre, pero notaba a su amiga fuera de lugar.

Siempre que podía se bañaba al mismo tiempo que ella, y ahí hablaban un rato. Notaba la decepción de la chica por el cambio que había dado su amiga, aunque él siempre intentaba animarla.

Por otro lado, Paul y él seguían llevando en ocasiones a sus hermanos, y cuando iban solos, se juntaban con el equipo de béisbol del instituto. Era la primera vez, que a pesar de todo lo que pasaba en su casa, se sentía como un adolescente normal.

Seguía mirando de reojo a Haley y sus amigas, sin atreverse del todo a hablar con ella, más allá de un saludo cuando estaban cerca.

Esperaba que algún día, tuviera el suficiente valor para acercarse a ella y decirle algo.

Continuará…