Esta es la última parte de la historia. Al fin se cumplirá un poco el deseo de Ino de ver a su hermano crecer, y aunque hasta el momento Neji e Ino no aparecen físicamente por el relato, si lo hacen en el pensamiento del atolondrado Naruto.

Hay podemos darnos cuenta, de que tan bonita es la relación de Ino y Naruto como hermanos y como ha integrado a su vida Naruto a su cuñado.

Espero sus comentarios.


—¿Se recuperará?- Naruto giró el rostro y vio a la preciosa Mei apoyada en la puerta del establo.

—Espero que sí. Sólo es un esguince, creo.- Volvió a centrar toda la atención en la tarea que tenía entre manos y siguió masajeando el ungüento en las patas delanteras de uno de los alazanes de su carruaje. A diferencia de la casa residencial, los establos estaban bien cuidados y en perfecto estado, y mantenían una temperatura excelente. A Naruto no le sorprendió lo más mínimo.

—Permítame que le eche un vistazo —murmuró ella al acercarse. Dentro de la pequeña cuadra en la que estaba instalado el animal, Naruto no pudo esquivarla. Mei se deslizó por entre el lugar donde él estaba arrodillado y el caballo, y los pantalones se pegaron deliciosamente a su trasero. A él se le secó la boca al verlo, y el cuerpo entero se le tensó al oler el perfume de ella, una suave mezcla de flores le embargó los sentidos. —Coincido con usted. —

Colocó las diminutas manos sobre los arañazos y el animal respiró por las fosas nasales. Al ver las manos de Mei acariciando el caballo, Naruto tuvo que tragar saliva. Ella no estaba haciendo nada inusual y, sin embargo, el interés que había despertado en él sí que lo era y hacía que cada uno de sus movimientos le resultase extremadamente erótico. Antes, mientras bajaba el equipaje del carruaje accidentado, Naruto no había podido dejar de mirar la melena de la pelirroja que estaba curando el brazo roto de su lacayo. Se movía muy segura de sí misma, y había algo en su comportamiento que dejaba claro que tenía la situación bajo control, y la admiraba por ello. Él se había pasado la vida entera intentando sentir esa clase de seguridad en sí mismo, pero en Mei parecía innata. La gran mayoría de las mujeres que él conocía jamás podrían ayudar a nadie, pero la ayuda de Mei había sido inestimable. Gracias a ella habían terminado más rápido y habían podido regresar a la finca a tiempo. El viento soplaba a su alrededor con tanta fuerza que no podía ver nada. Incluso ahora, los preciosos rizos rojos de Mei seguían empapados porque la nieve que los cubría se fundía con el calor del establo.

—No tendrías que haber venido —le dijo él.

—Quería asegurarme de que había encontrado el ungüento. — Todavía de rodillas, ella se giró a mirarlo y detuvo la boca a escasos centímetros de la de él.

Tenía la nariz salpicada de pecas, una cruz para muchas mujeres, pero un detalle que a él siempre le había parecido encantador. La observó confuso, en busca de algún motivo que explicase por qué le resultaba tan deseable. Mei era guapa, sí, pero él estaba acostumbrado a ver mujeres bellas. Que llevase pantalones podría explicar su permanente erección, aunque a él la ropa masculina nunca le había resultado especialmente atractiva. Seguro que su cuñado le llevaría la contraria.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó. Ella arqueó una ceja.

—Ya se lo he... —

-No. No me refiero a los establos, me refiero a aquí, en Kirigakure. - Mei se sentó en suelo y cruzó las piernas. Naruto hizo lo mismo.

—Crecí aquí. Me fui durante una época, pero ahora he vuelto. —

-¿Tu familia está aquí?- Naruto cogió una toalla que había cerca y se limpió el ungüento de las manos. Entonces cogió las manos de ella y también las limpió. Notó las asperezas y vio las manchas de tinta que le cubrían los dedos. Llevaba las uñas cortas y limpias, sin rastro de vanidad, igual que su comportamiento.

—No —murmuró ella casi sin aliento—. No tengo familia.- Terminó de limpiarla con la toalla y la dejó a un lado, pero retuvo las manos de ella entre las suyas. Mei no protestó, y él dio gracias porque no lo hiciera. Le gustaba tocarla, le gustaba el modo en que su propio cuerpo reaccionaba, como si estuviese despertando sensualmente. —Háblame de la duquesa. Si no le hubiese estado sujetando la mano, no se habría dado cuenta de que se tensaba al oír la pregunta. Que ella tuviese tanta práctica en ocultar sus emociones le intrigó. Era demasiado joven para ser tan experta en el arte de la evasión.

—¿Qué quiere saber? —le preguntó apartando la mirada.

—Mejor di qué no quiero saber. —Naruto se burló de sí mismo—. ¿De verdad está loca como dicen? ¿Te trata mal? ¿Por qué tiene que vivir así? Los caballos viven mejor que vosotros. ¿Por qué...? - Mei le tapó la boca con una mano.

—No, no, y porque no tiene elección. —Se puso en pie y tiró de él con la mano que tenían entrelazadas. Naruto se levantó. —Permítame que le acompañe a sus aposentos, milord. Ya verá que las cosas no están tan mal como parece a simple vista. –

—Estás esquivando mis preguntas. Ella le sonrió, con una poderosa mezcla de dulzura y tentación, y a Naruto se le encogió el estómago.

—No es verdad —le aseguró soltándole la mano—. Lo único que pasa es que hay preguntas que no quiero contestar con palabras. -

Había una promesa en el fondo de los ojos de ella, una insinuación que le dijo a Naruto que le parecía atractivo. Le alegró que así fuera, le facilitaría mucho conseguir su objetivo. Hacía un frío de mil demonios e iba a tener que quedarse encerrado en esa casa durante días. Si podía pasarse todo ese tiempo en la cama de una mujer hermosa, mucho mejor. Y Naruto deseaba a Mei con una intensidad que no había experimentado en mucho tiempo, o nunca. Se acercó a ella, observó su reacción y sonrió al ver que se quedaba donde estaba con la mirada esmeralda libre de miedo y de suspicacia.

—Gracias por haberme ayudado hoy —murmuró Naruto yendo en busca de su mano. Mei la levantó y, para sorpresa de Naruto, fue al encuentro de la de él.

—No ha sido nada. —

-Has estado maravillosa. Has curado las heridas de mi lacayo y le has colocado el hueso que se le había dislocado... Yo no sé si habría podido hacerlo. —Le pasó el pulgar por el reverso de la mano y la sintió temblar.

—Le sorprenderían las cosas que uno es capaz de hacer cuando apremia la necesidad. –

—Lo dices como si hablaras por experiencia. –

—Tal vez. — Mei ladeó la cabeza y frunció el ceño. Observó a Naruto y él tuvo la sensación de que tal vez veía demasiado—. ¿Usted no?- Naruto se encogió de hombros.

—Nunca he llegado a ese punto en mi vida —confesó en un intento de bromear, pero fracasando estrepitosamente—. Al parecer siempre me rescatan antes.- Ella le apretó la mano para reconfortarlo.

—Yo creo que hoy lo ha hecho bastante bien: ha entrado en la casa y ha conseguido convencer a su excelencia. No ha venido nadie a rescatarle, ni a usted ni a sus sirvientes; lo ha conseguido usted solo.- Naruto levantó las cejas sorprendido. Mei le tocó los labios al adivinar que iba a sonreír y añadió en voz más baja: —Se me da muy bien juzgar el carácter de las personas, milord, pero con usted me he equivocado. –

—¿Ah, sí? ¿En qué sentido?- Ella sonrió igual que él.

—Hoy me sentido muy impresionada por usted. Hasta ahora creía que era de la clase de hombre que no necesita oír estas cosas, pero lo necesita. –

Y con esa simple frase el agudo deseo que sentía Naruto llegó a su punto de ebullición. De repente, el cálido establo le pareció demasiado caluroso y el aire de alrededor de ellos vibró con energía sexual. Él jamás había sentido nada igual, esa angustia, el fuego avanzando por su piel. Y que lo hubiese causado una simple frase lo tenía muy confuso. Claro que todo lo que le había sucedido a lo largo del día lo tenía confuso. Mei también notó el cambio en el ambiente. Las pupilas se le dilataron y entreabrió los labios. Naruto dio un pequeño paso hacia atrás; no quería precipitarse y asustarla. Ella dio un paso hacia delante y eliminó la distancia que él había creado. En contra de su sentido común, Naruto tiró de Mei y la acercó a él. Al ver que ella caminaba hacia delante por voluntad propia, reevaluó la situación. Mei había aceptado sus caricias y sus insinuaciones sin temor. De hecho, ella también le había tocado y también se le había insinuado, un comportamiento que no encajaba con su inocente aspecto exterior.

— Mei. —Le acarició la mejilla con la mano que tenía libre y descubrió que era tan suave como se había imaginado—. Eres la criatura más hermosa que he visto nunca. –

—Milord... –

—Naruto —la corrigió. Él nunca se había sentido cómodo con el título, y en aquel instante creaba una separación entre ellos que no quería recordar que existía. Pertenecían a dos clases sociales opuestas y no deseaba reconocerlo. Mei movió el rostro en busca de la caricia de la mano de él y sonrió.

—Normalmente soy inmune a los encantos de un seductor. -Naruto no negó lo evidente, sino que le pasó el pulgar por los labios.

—Tu boca no es sólo preciosa, es sencillamente perfecta.- Colocó la otra mano en el hombro de Mei y la deslizó hacia abajo hasta detenerla al final de la espalda. Ella se acercó a él y sus pechos presionaron el torso de Naruto. Gracias a que Mei no llevaba ni enaguas ni falda, Naruto podía sentirla, sentir todo su cuerpo, pero seguía sin ser suficiente. Inclinó la cabeza despacio, apartó el pulgar decidido a besarla.

Tenía una boca tan preciosa, tan sensual, y le había dicho cosas tan maravillosas... El mordisco nada discreto que le dio su caballo en el hombro lo hizo volver a la realidad y recordar que estaban en un establo y que fuera caía una fuerte tormenta. Durante un instante, Naruto se planteó la posibilidad de hacer caso omiso a la interrupción y seguir adelante, pero el relincho del animal que tenía detrás le hizo cambiar de opinión.

—Deberíamos volver a la casa —dijo sin ningunas ganas—. Creo que mi caballo está celoso. - Mei lo miró confusa y tardó unos segundos en responder, visiblemente afectada por la seducción de Naruto.

—Sí, supongo que será lo mejor.-

Notar que ella tampoco tenía ganas de irse hizo más llevadera la casi insoportable frustración de Naruto. Abandonaron el establo con las manos entrelazadas y atravesaron corriendo el campo hasta llegar a la puerta de la cocina y entrar en la mansión. Estaban empapados y congelados, y la cocinera los miró boquiabierta cuando se metieron en su cocina junto con una ventisca de nieve. A Naruto se le descolocó la mandíbula al ver a esa mujer. La cocinera era la mujer más alta que había visto nunca. Era impresionantemente alta y tenía los músculos de un estibador. Daba miedo, con sinceridad. Mechones de pelo gris le salían disparados hacia todos lados de la cabeza, y con unos ojos todavía más grises lo recorrió de arriba abajo. Llevaba un resplandeciente cuchillo en una mano y con la otra sujetaba una pobre gallina en el mármol de la cocina. Naruto podría haberse pasado horas allí, plantado en estado de shock, pero Mei le cogió del brazo y tiró de él hasta hacerlo salir de la habitación.

—Dios santo —farfulló mientras la seguía por la escalera de servicio que conducía al piso superior. Mei, descarada como era, se rio.

—Espera a que llegue la hora de cenar —le prometió—. Quedarás impresionado con ella. —

-Ya lo estoy. Nunca antes había visto a una amazona. -Recorrieron varios pasillos y Naruto apenas tuvo tiempo de comprender la distribución del edificio antes de llegar a una habitación enorme y reconfortante gracias al fuego que ardía en la chimenea. Estaba decorada con unos muebles preciosos y completamente impoluta. Era difícil de creer que estuviera en la misma casa en la que había estado unas horas antes.

—¿Por qué no está tan bien conservado el resto de la mansión? —le preguntó mirándola de nuevo. Mei se estremeció en el umbral; tenía el pelo y la ropa cubiertos de nieve que iba derritiéndose. Él le tendió una mano. —Ven, acércate al fuego. –

—Aún no. -El «aún» le inquietó: era una clara insinuación de que en un futuro esperaba estar en esa habitación calentándose junto al fuego. Sus ojos se encontraron: los de él la interrogaron en silencio, los de ella lo miraron abiertos y sinceros.

—Ve a cambiarte, entonces —le dijo Naruto—. Antes de que te mueras de un resfriado. Ya me lo explicarás más tarde, cuando hayas entrado en calor.- Ella asintió.

—Volveré dentro de un rato para acompañarte a cenar.- Naruto arqueó una ceja.

—Te esperaré tanto como sea necesario. –


—¿Cuánto rato ha tardado en empezar a hacerte preguntas?- Mei suspiró.

—Más del que me había imaginado. –

—¿Y qué le has contestado? —

-No le he contestado. –

—Pero algún día tendrás que hacerlo.- Mei asintió y empezó a quitarse la ropa mojada. Tenía la piel de gallina y se acercó al fuego de la chimenea.

—Uzumaki es muy interesante, tal como sospechabas. —

-Y guapo. –

—Sí, es muy guapo, y también un seductor. —Sonrió al recordar cómo le había limpiado las manos y la preocupación que había mostrado por el bienestar de su lacayo—. Pero es mucho más agradable de lo que creía. Y un poco vulnerable, y eso sí que nunca me lo habría imaginado. Creía que era uno de esos hombres arrogantes, pero, debajo de su aspecto exterior, creo que incluso duda un poco de sí mismo.-h

—Oh... ¡Sí que es interesante! Tal vez no sea tan malo que se haya detenido aquí. Tú eres joven y hermosa, y es una lástima que hayas decidido dedicarte a mí en cuerpo y alma. Aunque no te creas que algún día dejaré que te vayas, tú eres la única que evita que me vuelva loca de aburrimiento. - Mei se rio.

—No es ningún sacrificio, y lo sabes perfectamente. –

—Pero es una vida por completo distinta a la que llevabas.-

—Eso no es malo. — Mei se hundió en la bañera de agua caliente y siseó de placer—. Mi antigua vida tenía sus ventajas, supongo, pero tenía ganas de cambiar de aires y de encontrar cierta paz. - Pasaron unos minutos en silencio.

—He estado estudiando el mapa mientras no estabas.- Apoyó la cabeza en el respaldo de la bañera y cerró los ojos.

—Estoy harta de quemarme las pupilas inspeccionando ese maldito trozo de papel. Cuando llegue la primavera nos subiremos a un barco e iremos a buscarlo en persona. Tal vez descubriremos algo interesante.

—Su excelencia estaba muy enfermo cuando te dio el mapa —le recordó su joven acompañante—.

-Tal vez no estaba del todo en sus cabales. -Mei se hundió más en el agua.

Ella también había considerado esa posibilidad muchas veces. Los libros que Glenmoore les había dejado al morir eran, en el mejor de los casos, crípticos. Y el mapa, aunque mostraba una superficie de agua muy similar a la de otros planos, poseía unas características indescriptibles que todavía no habían logrado descifrar. Pero ¿qué alternativa les quedaba? El nuevo duque de Glenmoore era muy rácano con ellas y...

—¿Te has planteado alguna otra posibilidad? —le preguntó la propietaria de una voz que Mei había llegado a adorar.

—No —reconoció—. Pero supongo que tendré que hacerlo muy pronto.-

—Bueno, mientras, puedes disfrutar de la compañía del conde. —El sonido de la tela delató que se movía—. Esta noche deberías ponerte este vestido de seda roja. Estás arrebatadora con él. Será imposible que se te resista.-

—Él no quiere resistirse —señaló sarcástica. A Mei nunca le habían gustado los hombres libidinosos como Uzumaki que sólo buscaban placer, aunque los había tolerado cuando le había hecho falta. Naruto, sin embargo, no era lo que aparentaba. De hecho, parecía sentirse solo. Igual que ella.

—Ah, bueno, entonces mucho mejor.- Mei se rio. —Estoy convencida de que no debería hablar de estos temas contigo. Seguro que no es apropiado. –

—¿Y a quién le importa si no lo es? Nosotras nunca hemos hecho nada apropiado. –


Naruto volvió a mirarse al espejo y se colocó bien la corbata por enésima vez antes de volver a pasear de un lado al otro. «¿Qué le ha pasado a Mei para que tarde tanto, maldita sea?». Le daría unos minutos más e iría a buscarla. Podrían haberle pasado cientos de cosas en aquel museo de los horrores. Se estremeció sólo de pensarlo. Era un crimen abominable que una criatura tan bella estuviese encerrada en esa casa en medio de Kirigakure. Una locura que él tenía intención de remediar en cuanto el tiempo decidiera cooperar. Cuando por fin llegó el ansiado golpe en la puerta, Naruto la abrió tan rápido que Mei se tambaleó sorprendida. Él también se quedó estupefacto. Llevaba un vestido de seda roja extremadamente sencillo que le arrebató el aliento y el ingenio. Las mangas le caían por los hombros, el escote era bajo y la cintura alta, y no llevaba ningún adorno. Mei tampoco lucía joya alguna y carecía de guantes, y los rizos pelirrojos estaban recogidos en lo alto de su cabeza. La piel, pálida como la luz de la luna, y el perfume, fresco y floreado, le excitaron tanto como la mirada seductora que ella le regaló. Naruto tuvo que recurrir a todo su autocontrol para no cogerla en brazos y llevársela a la cama. Mei le atraía de tantas maneras distintas que le costaba pensar en todas. La observó fascinado mientras ella esbozaba una sonrisa. Ella era perfectamente consciente del efecto que le causaría a cualquier hombre verla con ese aspecto.

—¿Bajamos a cenar? —le preguntó.

—¿Tenemos que hacerlo?- Los ojos verdes de ella brillaron divertidos.

—La verdad es que estoy hambrienta.- Y Naruto también, pero no de comida.

Pero al pensar que cenaría con ella se apaciguó un poco. Salió del dormitorio y le ofreció el brazo. La suave caricia de los dedos desnudos de Mei atravesó la tela de la levita y de la camisa y le quemó la piel e hizo que la desease más. Ella era menuda, su cabeza apenas le llegaba al hombro a Naruto, y gracias a su altura él podía verle la curva de los pechos. Apartó la mirada y la mantuvo fija en la galería por la que avanzaban. A diferencia de las demimondaines con las que solía relacionarse, no se sentía bien mirando a Mei como si sólo fuera su próximo polvo. Ella era inteligente y buena, así lo demostraban los actos que había llevado a cabo durante todo el día. Lo cierto era que Mei le gustaba, al menos lo poco que sabía de ella, y dado que iba a tener que quedarse allí unos cuantos días, había decidido averiguar todo lo posible. Pasaron de ese pasillo a otro y después bajaron la escalera principal. Naruto tuvo la sensación de estar viajando en el tiempo. La zona iluminada y bien amueblada de la mansión se fue transformando en la que estaba en ruinas y cubierta de polvo.

—Es mejor que los sirvientes dediquen su tiempo y esfuerzo a cuidar las habitaciones que utilizamos a diario —le explicó Mei antes de que pudiese preguntárselo.

Al recordar el variopinto grupo de sirvientes que había conocido, Naruto supuso que Mei tenía razón. Suspiró aliviado al ver que el comedor estaba limpio y en relativo buen estado, pero le decepcionó ver que sólo había dos juegos de cubiertos en la larga mesa de caoba.

—¿Su excelencia no cenará con nosotros?- Mientras formulaba la pregunta se dio cuenta de que era extraño que una dama de compañía pudiese llevar un vestido tan bonito y cenar con él, y que no tuviese que hacerlo con su señora. Pero se negó a preguntar por qué. Ningún hombre en su sano juicio se cuestionaría su buena fortuna.

—Su excelencia está acostumbrada a comer sola. –

—Qué raro —murmuró al apartarle la silla a Mei. Él prefería estar rodeado de mucha gente, y mejor con un grupo animado y alegre, casi nunca estaba solo. Comer sin la compañía de nadie le parecía muy... solitario.

Naruto tomó asiento y se dispuso a disfrutar de la cena, pero entonces un sonido que le resultó muy familiar captó su atención, que dirigió hacia la puerta de la cocina. Sacudió la cabeza y suspiró. La puerta se abrió y apareció la joven doncella temblorosa. La sopera temblaba alarmantemente en sus manos y el cucharón que salía por un extremo repicaba con tanta fuerza la cerámica que era el único sonido que se oía en el comedor. Pegado a los talones de la joven, y con una jarra en la mano, apareció Toby, el hombre con un ojo vago que había ayudado antes a Naruto. Los dos sirvientes estuvieron a punto de chocar por culpa del incesante balanceo de la puerta. Juntos bailaron una extraña danza, tambaleándose hacia delante y hacia atrás para evitar derramar los líquidos que ambos transportaban. Durante unos segundos, Naruto observó atónito los movimientos malabares, hasta que soltó una maldición y se puso en pie para rescatar a la doncella con la sopa (o a la sopa con la doncella, según se mirase).

—Es un milagro que no te mueras de hambre —farfulló Naruto, y Mei se rio.

—Seguro que no habría pasado nada, no hacía falta que intervinieras. -Él la miró incrédulo. —De verdad —insistió ella.

—¿Eres la única persona normal de esta casa? —le preguntó cuando volvió a sentarse. Los sensuales labios de Mei dibujaron una sonrisa muy erótica.

—Depende de lo que consideres normal.-

-Hay mucha gente que diría que no es normal que una chica joven, sin marido, quiera quedarse a vivir con una duquesa que está loca. —Miró a la doncella que seguía temblando al otro extremo de la mesa—.

-Ya puedes servirnos la Sopa, Tayuya .-

La guapa morena intentó sonreírles y se dispuso a llenarles los cuencos de sopa. Naruto comprobó que, a pesar de su tribulación, conseguía servir la sopa sin derramar ni una gota en el mantel blanco. La cena consistió en una variedad de platos deliciosos entre los que se incluían faisán al curri y jamón braseado, y la compañía de Mei fue refrescante y muy estimulante. Ella le hizo reír con sus comentarios sarcásticos y estuvo pendiente de llenarle la copa de vino cuando la vaciaba. Naruto intentó sacar el tema de la duquesa, pero como si de un consumado político se tratase, ella dirigió la conversación hacia otros temas, como por ejemplo el baile de primavera que se celebraba en el pueblo o lo poco apetecible que era el delgado cerdo del señor Edgewood. Perdido en el placer de su compañía, Naruto la dejó salirse con la suya con las evasivas. Por el momento. Al terminar la cena subieron a la biblioteca que se encontraba en el piso superior de la mansión, y Naruto aprovechó para observar a Mei con más detenimiento. Le resultó fácil llegar a la conclusión de que era algo más que una dama de compañía. La elegancia de sus movimientos y su profundo conocimiento de las costumbres de un hombre con privilegios la delataba. Ella le dio un habano que había encendido a la perfección. Después se acercó al aparador y le sirvió un brandy que calentó sobre la llama de una vela antes de entregárselo. Balanceó las caderas al acercarse a él y echó los hombros hacia atrás para resaltar la forma de sus pechos. La invitación en los ojos de Mei estaba clara.

—Estás intentando seducirme —murmuró Naruto con una sonrisa, complacido en extremo. No era inusual que una mujer se le insinuase, pero lo que estaba sucediendo esa noche era especial. Dejó el habano a un lado y cogió la muñeca de Mei, cuando ésta le dio la copa, para tirar de ella y sentarla en su regazo—. ¿Quieres que te lleve conmigo lejos de este sitio?- En cuanto las palabras salieron de su boca, Naruto se dio cuenta de que acababa de tener una idea excelente. Mei era demasiado preciosa para estar escondida en esa casa y él podía imaginarse a sí mismo teniéndola como amante durante un tiempo.

Ella no dijo nada, sino que giró el rostro y colocó sus seductores labios encima de los de él. Eran muy carnosos y sabían a vino, y el beso que le dio fue embriagador. Naruto se quedó inmóvil; aquella sencilla caricia le había emocionado y excitado de una manera sorprendente. Él, un maestro en todo lo relacionado con el placer carnal, se había quedado prendado sólo con un beso. Fue Mei la que tomó el control durante unos instantes; ella la que le lamió los labios con la lengua para pedirle que los separase y la dejase entrar. Lo único que pudo hacer Naruto fue gemir y acercarla más a él.

—Uzumaki —susurró ella apoyando la frente en la de él.

—Naruto. —

-Naruto... —dijo su nombre en un susurro y el aliento se mezcló con el de él antes de que lo inhalase y se lo quedase para siempre—. Soy una mujer de mundo. No necesito que me salves.-Tener a Mei en brazos era un placer y una tortura al mismo tiempo. Estaba completamente erecto y su miembro temblaba bajo las nalgas de ella, ansioso por poseerla.

—¿Entonces qué quieres, Mei? —le preguntó con la voz ronca —. Te daré todo lo que desees.- Ella levantó una mano y pasó los dedos por el pelo de él, masajeándole la cabeza, hasta que Naruto no pudo evitar cerrar los ojos y dejarse llevar por el placer. El aire se calentó a su alrededor y se espesó por un deseo tan intenso que a Naruto casi le dio miedo. El ruido de algo rompiéndose en el pasillo los sobresaltó a ambos... —Maldita sea —exclamó apartándola del regazo antes de ponerse en pie y dirigirse a la puerta. La abrió y sacó la cabeza, y se encontró a Tayuya con una jarra hecha añicos a sus pies. Al ver la sangre que empapaba la mano de la doncella, buscó el pañuelo que siempre llevaba y corrió hacia ella. —Pobrecita —murmuró limpiándole la herida—. Tiene que dolerte mucho. –

—No es nada. Por favor...- Era la primera vez que Naruto la oía hablar, y el suave sonido de la voz de la joven lo llevó a levantar la cabeza y mirarla. Estaba llorando. Sobrecogido por esas lágrimas, intentó consolarla.

— Mei te curará y estarás como nueva en un abrir y cerrar de ojos. –

—No es eso —lloró—. He roto la jarra. –

—¿Ese viejo trasto? —le quitó importancia—. Cuando pase la tormenta iré a comprar una docena y así podrás romper tantas como quieras.- Tayuya dejó de esconder el rostro e intentó sonreírle para darle las gracias. Naruto tosió para disimular la vergüenza que sentía y apartó la vista. Se sintió aliviado cuando Mei apareció a su lado y cogió la mano de la doncella; entonces dio un paso hacia atrás y se quedó en segundo plano. Mei examinó la herida.

—Tenemos que ir a la cocina a curarte bien la herida. —Buscó a Naruto y se disculpó con la mirada—. Puedes irte a descansar, ya me ocupo yo de esto. —

-Me gustaría ayudar. —

-No, de verdad, no hace falta. Lo único que podrías hacer es mirar cómo la curo. Hoy ha sido un día muy largo. Te veré mañana.- Naruto dudó un instante antes de asentir. Era obvio que Mei estaba acostumbrada a resolver sola sus propios asuntos y que le estaba echando. Esa noche no volvería a verla.

Él no entendía el súbito deseo que sentía por ayudarla con ese incidente y con cualquier otro que pudiese surgir. Siempre rehuía cualquier responsabilidad, y sabía que Mei era una mujer muy fuerte. Y, sin embargo, allí estaba ese inconfundible deseo de cuidar de ella. Después de que las dos mujeres desaparecieran por la esquina del pasillo, Naruto volvió a su dormitorio y cerró la puerta con llave. Ahora que ya no estaba distraído por la atracción que sentía hacia Mei, su mente se centró en analizar dónde estaba y en qué situación se encontraba. En alguna habitación de ese pasillo le estaba esperando la loca duquesa. Él nunca había sido un hombre nervioso. De hecho, era célebre por tener unos nervios de acero, algo que le había sido muy útil para sobrevivir a los dos últimos duelos y le había creado la fama de ser un hombre al que temer. Debido a su naturaleza inquieta, el misterio que rodeaba a la decrépita mansión y la leyenda de la duquesa le resultaban muy emocionantes.

Recientemente su vida se había convertido en un sinfín de aburridas reuniones de negocios, de mujeres cuyos nombres ni siquiera podía recordar y de amigos de conveniencia. Estaba aburrido y harto de todo, y por ese mismo motivo había decidido a última hora ir a visitar a Ino. Mientras se desvestía intentó recordar qué sabía acerca del viejo duque y de su postrero y precipitado matrimonio. Glenmoore siempre había sido un excéntrico, un espíritu libre al que le encantaba compartir sus historias con cualquiera que estuviese mínimamente interesado en escucharle. Naruto sabía que el hijo de Glenmoore siempre se había avergonzado de su padre. Ahora se arrepentía de no haber prestado más atención a los chismes que habían circulado sobre ese tema. Cuando su hermana se casó con Neji Hyuga, Naruto se convirtió en un experto en evitar los chismes de cualquier clase.

De cara al futuro debería reevaluar la eficacia de esa decisión, a ver si al final le resultaría útil escuchar las habladurías de vez en cuando. Mei era un enigma a resolver. De una dama de compañía se esperaba que tuviera una reputación impecable, pero a juzgar por cómo se vestía y movía Mei, la suya no lo era tanto. Todos los sirvientes de la mansión padecían algún trastorno o enfermedad. Era muy posible que en el caso de la seductora pelirroja fuese su mala reputación. «¡Maldita sea, tengo mucha sed!» Después del incidente del té de esa tarde, Naruto había decidido beber sólo vino, pero miró de reojo la jarra de agua fresca que había dejado Tayuya en el dormitorio. Resignado, se acercó a ella y se sirvió un vaso. No tenía elección, no podía pasar todos los días que estuviese en esa casa bebiendo alcohol. Con todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, necesitaba estar sobrio. Levantó el vaso y se bebió el contenido. Después se metió a rastras en la enorme cama que le habían adjudicado y se quedó dormido de inmediato.


Naruto se tensó, pero no hizo ningún otro movimiento. Con los sentidos completamente alerta, agudizó el oído en busca del sonido que le había despertado.

«Aquí está otra vez...» El susurró de una tela rozando con otra. Había alguien en la habitación. Se quitó la sábana de encima y saltó de la cama para coger por sorpresa al intruso que estaba en el otro extremo. Se abalanzó hacia delante con los brazos extendidos para agarrar al espía. Y acabó dándose de bruces contra la alfombra. Sorprendido —estaba convencido de que iba a capturar a su visitante nocturno—, se puso en pie y giró sobre los talones con la esperanza de encontrar algo, pero sólo tocó aire. Corrió hacia la mesilla de noche para encender el quinqué y, cuando lo logró, dio media vuelta y comprobó que no había nadie y que la habitación estaba intacta. Soltó una maldición y se puso el pantalón. Ésa había sido la gota que colmaba el vaso, ya estaba harto. Fue a por la vela y se fijó en la jarra de agua que había dejado al lado, y las palabras que salieron de sus labios habrían quemado los oídos del marinero más rudo de los siete mares. Si todo eso era culpa del agua, iba a pasarse los próximos días borracho como una cuba. Y seguro que se lo tomaría todo mucho mejor. Estaba convencido de que no se había imaginado al espectro que se había detenido junto los pies de la cama, igual que estaba seguro de que no se había desvanecido en el aire. Tener a Hyuga de cuñado le había enseñado unas cuantas cosas, como que no debía fiarse de las apariencias, y por eso mismo se puso a buscar la entrada de un pasaje secreto por las paredes del dormitorio. Tardó menos de una hora en dar con una palanca diminuta; la empujó y la pared se abrió sin hacer ruido, demostrándole lo bien conservado que estaba el mecanismo. Con una discreta mueca de satisfacción y emocionado por el descubrimiento, cogió la vela y se metió en el pasadizo.