Autor Original: Fauxstales

ID: 4825532

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Primer encuentro

El sonido de los cascos. El sutil roce de la hierba. La llamada ocasional de un pájaro mientras revoloteaba entre los dispersos árboles. Todos estos ruidos se fusionaban en el constante zumbido de la existencia del príncipe Alfred. No sabía cuánto tiempo había estado viajando, ni cuánto más tendría que viajar para alcanzar su objetivo.

… ¿Cuál era ese objetivo? ¡Ah, cierto! Localizar, rescatar y casarse con una princesa. El mismo 'derecho de paso' que se esperaba de todos los príncipes de su categoría. Aunque un día se había ido de casa por nada más que un capricho, su misión estaba ahora establecida y el fracaso significaría humillación y burla. Sin mencionar que su hermano gemelo, Matty, sin duda se lo restregaría por la cara. Su fantasmal y voluble hermano no tenía mucho de qué presumir, aparte de tener casi la misma apariencia elegante que Alfred, pero no estaba dispuesto a darle nuevas oportunidades.

"Dios… este camino es ETERNO" gimió, sin hablar con nadie más que con el semental blanco puro sobre el que cabalgaba. La montura movió las orejas hacia el jinete, resoplando para mostrar su acuerdo. Sin embargo, había un matiz de resentimiento en ese bufido, ya que Alfred no era el que caminaba todo el tiempo; ERA ÉL. Alfred, que siempre había sido muy consciente de ese misterioso mundo del lenguaje animal, notó esto y acarició suavemente el cuello de su corcel para tranquilizarlo "Lo sé, George, gracias por traerme hasta aquí. No te preocupes" afirmó, recostándose en su asiento mientras alzaba una mano, triunfante, hacia el cielo, con determinación en su voz "¡Todo esto valdrá la pena cuando tenga la mano de una hermosa doncella esperando mi heroico rescate!"

Los ojos del caballo se giran hacia el jinete una vez más, proporcionando solo un breve relincho en respuesta. 'Héroe': una palabra que se usa con demasiada frecuencia en el vocabulario de su dueño. Al menos era amable con él… y lo alimentaba con avena. La avena era lo importante.

Continuaron en silencio durante lo que parecieron horas, cada árbol que pasaban tenía un extraño parecido con el anterior. Alfred puede o no haberlos perdido varias veces a través de esta parte particularmente densa del bosque. Finalmente llegaron a un claro borde bordeado de la más hermosa variedad de flores. Flores de todos los tonos y tipos cubrían el campo como un tapiz antiguo, representando la creación misma de la tierra. Alfred tiro de las rindas de George y se detuvo justo antes del campo. Miró hacia afuera, algo aturdido por su belleza, pero rápidamente desvió la mirada hacia el oeste, donde vio una carretera.

"¡Ja! ¡La carretera!" anunció, espoleando a George hacia adelante una vez más "Mira, te dije que saldríamos de ahí"

Mientras descendían de la colina, un coro de cascos se unió a los suyos, sorprendiendo tanto al caballo como al jinete. Acercándose desde el sur, Alfred vio una yegua de tono negro, envuelta en tela azul y roja; un signo del reino de Lengand. Los colores eran un marcado contraste con su propio caballo, que tenía los colores de su derecho de nacimiento: rojo y dorado, la tierra de Rimaeca. Sobre el lomo del caballo estaba sentando un joven, con traje a juego, con una corona en miniatura colocada de manera torcida en su cabeza. Su pelo rubio pálido rebotaba ligeramente con cada caída de los cascos de la yegua, sus cejas impresionantemente espesas parecían hacer lo mismo. No tenía un aspecto muy impresionante. De complexión pequeña, pálido, parecía que no había visto un día de sol en su vida. Pero algo llamó la atención de Alfred: esos distantes ojos verde pálido. Había una tristeza interior en ellos, confusión y abandono. Este hombre estaba en una misión… la misma misión en la que estaba él.

¡Un rival! Pensó Alfred, agarrando las riendas con fuerza, frunciendo el ceño. ¡Le mostraré que de ninguna manera dejaré que se debilucho me robe a mi princesa!

Alfred condujo su corcel hacia adelante, corriendo hacia el intruso a toda velocidad a través del claro. La cabeza del otro hombre se dirigió hacia Alfred, apretando los dientes mientras giraba su propio caballo para enfrentarlo.

"¡Woah! ¡¿Qué cojones estás haciendo?!" gritó con un fuerte acento de Lengand.

Alfred no perdió el tiempo con formalidades y sacó su espada, mirando al rival directamente a los ojos.

"¡Prepárate, Lengandiano! ¡Porque la princesa de la torre es mía y nadie como tú puede detenerme!"

Empujó a George hacia adelante, sintiendo que los costados del caballo se agitaban con cada inhalación profunda. En cuanto estuvo dentro del alcance, balanceó su espada en un movimiento amplio, con la probable intención de golpear la cabeza de su oponente limpiamente. Para su disgusto, solo se encontró con el sonido metálico del acero contra el acero, cuando el príncipe de ojos verdes desenvainó su espada justo a tiempo para detenerlo.

"Estúpido…Rimaecarianos… Siempre atacando primero y haciendo preguntas después" murmuró con los dientes apretados.

Alfred empujó contra la espada del otro, sorprendido cuando el extraño se mantuvo firme a pesar de la sombrosa cantidad de fuerza que estaba usando. Allí se sentaron, montados uno al lado del otro, ninguno retrocedió a pesar del creciente dolor en sus antebrazos. Entonces, tan repentinamente como había comenzado la pelea, terminó; Alfred alzó su espada, se la colgó del hombro y dejó escapar una estruendosa carcajada.

"¡JAJAJAJA! ¡Eres bastante bueno, rubito!"

El hombre casi se cae de su caballo por el abrupto cambio de comportamiento, se tambaleó con su espada antes de ajustarla lo suficiente para mirar a Alfred con asombro.

"¡¿Qué significa esto?!" preguntó, molesto y confundido por este giro de los acontecimientos. ¡Qué descaro! "¡Y a quién llamas rubito! ¡No eres menos rubio que yo!"

Alfred detuvo su ataque de risa, regresando su espada a su vaina mientras se secaba las lágrimas que habían rodado.

"Solo te estaba probando, ¿ves? ¡Y has pasado! ¡Eres digno de ser el rival del príncipe Alfred Jones!"

Una sonrisa iluminó todo su rostro, sus ojos azules brillaban con picardía mientras le daba un guiño juguetón. El hombre parecía agotado por solo un momento más antes de regresar su propia espada a su vaina y fruncir esas peludas cejas suyas.

"Te haré saber que no aprecio presentaciones tan maleducadas. Especialmente no de un Rimaecariano. ¡Soy un príncipe de Lengand! El príncipe Arthur Kirkland para ti" los ojos de Arthur miraron al frente "No estoy pidiendo ser rival de nadie, así que si eres tan amable de apartarte de mi camino, tengo mucho trabajo que hacer"

Con eso, dio un golpecito a las riendas de su yegua y la hizo avanzar por el camino a un ritmo constante. Un malestar menor, sin duda, pero no iba a permitir que nada se interpusiera en su propia misión.

"¡Oh, vamos, hombre!" comenzó Alfred, acercándose para unirse a él mientras caminaban por el largo tramo de camino de tierra "Fue sólo una broma, ¿verdad? Dios, vosotros los Lengandianos os tomáis todo muy en serio"

Arthur le lanzó una mirada de reojo antes de cerrarlos, frunciendo el ceño "Tal vez para ti todo esto sea una broma, pero algunos de nosotros estamos en una misión seria. No he pedido un compañero de viaje o un rival así que, ¿por qué no nos separamos aquí y pretendemos que nunca nos hemos encontrado? Los dos saldremos ganando"

Alfred puso los ojos en blanco y suspiró profundamente. Se debatió en mencionar la actitud engreída de la realeza Lengandiana una vez más, pero por el rabillo del ojo vio a su caballo. George parecía… feliz, de alguna manera. Más feliz que de costumbre. Mientras que Alfred y Arthur caminaban a la par discutiendo, George se había vuelto bastante amigable con la yegua negra de Arthur. Alfred no pudo evitar sonrojarse cuando notó que George le acariciaba el hocico con amor y la yegua le devolvía el afecto.

"Uh…" comenzó Alfred, habiendo ignorado cualquier despotricación que Haru sin duda había estado soltando todo este tiempo.

"¿Qué pasa ahora, idiota?" comenzó Arthur, siguiendo los ojos de Alfred hacia el incipiente romance. Su rostro enrojeció demasiado cuando tiró hacia atrás de las riendas "¡Elizabeth! ¡Elizabeth, no! te prohíbo que te asocies con personas como él y los de su clase"

La yegua relinchó, sacudiendo la cabeza para liberarse de su agarre y regresar a su hermoso semental. Alfred estaba teniendo igualmente problemas para controlar a George, quien había desobedecido las órdenes de su jinete de trotar hacia atrás, revolviendo las flores del abundante claro y volviendo al lado de la yegua.

"Elizabeth, ¡¿qué dije?!" Arthur intentó todo lo que pudo para alejarla, incluso hasta el punto de desmontar de su caballo, pero los dos eran inseparables. Tenía que admitir que el semental blanco era sorprendentemente dulce y le ofrecía las flores a Elizabeth mientras los dos se tocaban con la nariz. Alfred, aunque avergonzado, se aclaró la garganta para hablar primero.

"Parece que no iremos a ningún lado pronto, amigo. Al menos no por nuestra cuenta"

Su sonrisa más segura regresó, ese brillo travieso en sus ojos.

"Dime, ¿por qué no intentamos viajar juntos? Podría ser útil para detectar damiselas en apuros o princesas en peligro. Dicen que dos cabezas son mejores que una, y como estamos pegados de todas formas, ¿por qué no hacerlo lo mejor posible?"

Arthur miró sin comprender al príncipe más joven, con total disgusto y desgana en sus rasgos. Se sentó allí, paseando la mirada entre el rostro de Alfred y el afecto de Elizabeth hacia George, soltando un suspiro desesperado. O viajar con este alegre bárbaro o no completar su misión. El fracaso no era una opción.

"Eso parece… tienes un punto válido. Supongo que no haría daño si viajamos juntos durante un corto tiempo"

En cuanto fueron dichas las palabras, Alfred dejó escapar una carcajada resonante una vez más.

"¡Muy bien! pero no creas que te dejaré ir tan fácilmente ahora que somos socios. ¡Sigues siendo el rival del gran príncipe Alfred Jones! ¡La primera princesa que encontremos me pertenece!"

Con eso, cogió las riendas de su corcel con ambas manos y trotó hacia el frente, siendo Arthur incapaz de evitar que su propia yegua lo siguiera ciegamente.

¿En qué me he metido…?