Sueños radiantes llegarán a tus ojos.
Una suave sonrisa reposará en tu rostro.
Te elevarás con el deseo.
Del sueño sin tormento. No llores más.
Y cantaré esta canción de cuna
Para tú dulce descansar.
Mecerá, mecerá y calmará.
Mí canción dedicada para amar.
…
…
…
Barghest miró sus manos manchadas que parecía no poder limpiar.
Parpadeó un par de veces cuando se dio cuenta dónde estaba.
Estaba comiendo una vez más.
Soltó un suspiro y negó para sí al darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Nunca hubo control al comer.
Barghest se rió de sí misma viendo la carne que había preparado y que debía haber compartido con su esposo. Había estado preparando una ligera sopa para él y quería darle un poco de carne, pero al final, terminó comiendo ella sola todo lo preparado.
Algo que le solía pasar, incluso siendo una noble su raza seguía teniendo ciertos "hábitos" que se escapaban de sus posibilidades.
Una suave risa llegó en Barghest al momento de pensar en como explicar la mancha en su delantal, lo más probable es que debería quitárselo para entrar en la habitación donde su esposo dormitaba.
Tomó una servilleta y se limpió cómo pudo antes de arreglarse. Al momento de haberse aseado por completo volvió a la olla que había dejado a fuego lento para que no se enfriara.
Tomó un plato y sirvió una porción, preparó el pan y los tajos de verdura que irían en la cubierta de este, dando como resultado un plato perfecto para ella.
Tararé un poco cuando puso el agua y el plato en una bandeja antes de comenzar a subir las escaleras e ir por el pasillo y llegar hasta la última puerta.
Golpeó con los nudillos un par de veces antes de abrirla sin más.
Ahí estaba.
Bañado por la luz del sol parecía que el cabello dorado era lo que iluminaba el lugar. Barghest no pudo evitar sonreír, la vista de su esposo, tan radiante como lo recordaba y hermoso como todos envidaban.
―Adonis, voy a entrar ―una suave risa salió de Barghest al momento de entrar. Miró a su esposo en la cama, estaba sentado viendo aquella vista hermosa que estaba a la proximidad.
―Barghest… ―un susurro suave salió en respuesta cuando el joven de pelo rubio movió su cabeza hacia un lado viendo a Barghest. La sonrisa del hombre en la cama fue enorme cuando vio a como Barghest caraba la charola para bajarla en la mesa al lado de su cama.
― ¿Cómo te sientes el día de hoy? ―Barghest primero tomó el pulso de Adonis, levantando la mano y colocando suavemente los dedos sobre la muñeca de este, revisando el pulso.
―Estoy bien, ¿qué tal lograste descansar? ―Adonis respondió viendo a la mujer quien estaba sonriendo gratamente hacia el hombre.
―Dormí bien, cuando cantas parece que puedo estar en paz ―Barghest sintió como la mano que había estado revisando ahora tomó posesión de la suya, Adonis entrelazó los dedos con Barghest quien solo pudo cerrar los ojos y abrazar al hombre.
Ella estaba feliz sintiendo esta clase de tacto.
―Me alegra escuchar eso ―Adonis dio unas suaves palmaditas a la espalda de Barghest antes de que ambos se separaran.
―Deberías comer antes que se enfríe ―Barghest tomó el plato con orgullo y lo preparó para darle de comer a Adonis el cual río.
―Algunos dirían que te encanta mimarme.
Un sonrojo vino al rostro de Barghest.
―No importa lo que otros digan ―retomando su postura ella sonrió para extender la cuchara cargada de la sopa puesta―. Quiero cuidar de ti sin importar que.
Amor.
¿Cuándo fue la primera vez que sintió algo así?
El tiempo al lado de Adonis fue algo que parecía avanzar tan rápido a veces que no pudo resistir el ausentarse a sus actividades en ocasiones.
Una cucharada tras otra Barghest dio de comer a Adonis. Recordando brevemente la primera vez que si vieron.
¿No era en el bosque cuando el rubio buscaba algo para comer?
Había estado en un mal aspecto aquella vez, parecía que era un noble, al menos Barghest pensó en eso por su ropa y su porte, pero lejos de eso, fue solo alguien más.
Un hombre sin nada más allá de su propia singularidad.
Débil.
Ella pudo decir que en ese momento podría haberlo matado incluso si no hubiera querido. ¿cómo alguien con ese cuerpo había logrado sobrevivir por tanto tiempo.
Un cuerpo que podía lastimarse de seriedad con el más leve rasguño, huesos que no podían soportar incluso su propio peso y una piel semejante a la seda o el papel de lo fácil que era de cortar.
Era lo opuesto a todo lo que ella había conocido.
―Tienes un rostro muy serio ―Barghest parpadeó un par de veces al darse cuenta que el plato en su regazo estaba vacío.
Una sonrisa llegó al rostro de Barghest ante eso.
― ¡Lograste comerlo todo! ―la felicidad era más que evidente en la voz de la mujer de pelo rubio. Siendo que conocía el estado del hombre a su lado.
―Todo lo que preparas es algo que quiero terminar ―Adonis retrajo sus piernas y se quedó viendo a Barghest quien había puesto el plato en la charola una vez más.
―Sé que a veces no puedes comer mucho, es por eso que estoy feliz.
―Ya, haces que parezca que no quiero comer lo que haces ―la risa de Adonis y la vergüenza de Barghest hicieron que el ambiente se relajara.
Ambos podían disfrutar de la compañía del otro con tanta paz deseando que aquel momento.
Durara por toda la eternidad.
…
El llamado de su majestad era algo imposible de ignorar.
Barghest suspiró internamente, mantuvo su postura en público, la apariencia que mostró ante todos y el miedo que impuso a su paso.
El perro loco.
Barghest era alta, mucho más que las hadas que estaban en el reino, quizá podrían contar con los dedos de una mano a quienes podrían ser iguales a ella, tanto en altura como en musculatura.
Su físico fue una de sus mayores armas a la hora del impacto contra el enemigo, no solo fue en términos de poder, fue la forma en la que podía imponer ante los demás.
Los susurros a su paso fueron palabras que conocía de todos, el miedo ante su presencia o el respeto ante una guerrera.
Lo había escuchado todo de todos.
A excepción de una persona.
― ¿Qué haces con esa sonrisa tan patética?
Barghest se detuvo y miró de reojo hacia un lado del pasillo en el que iba cruzando. Si bien se desconectó de la realidad un momento, no pensó que hubiera roto su máscara sin más.
―Puedes irte a molestar otro ―Barghest no estaba de humor para tratar con aquella mujer que estaba sonriendo gratamente ante su reacción―. Melusine.
El desagrado no fue disimulado del extremo de Barghest, no cuando veía aquella joven de pelo blanco y armadura celeste, aquella cosa que portó la apariencia más hermosa pero con el encanto más horrendo que uno pudiera concebir en mente.
La rosa más hermosa en apariencia, pero al tacto estaba hecha únicamente de espinas.
―Temperamental ―Melusine pasó al lado de Barghest sonriente―, algo como eso no es bienvenido aquí, bueno, al igual que tú juguete-
Barghest apretó el puño y estuvo a centímetros de golpear a Melusine, pero solo golpeó la pared al lado de esta.
La sonrisa de triunfo de la mujer de pelo blanco hizo que la furia dentro de Barghest aumentara.
― ¿Reaccionando por algo tan simple?, bien, me iré, he visto algo interesante el día de hoy después de todo ―Melusine puso ambas manos en la espalda y tarareó cuando comenzó a retirarse.
Aquello a sabiendas que no importaba que hiciera Barghest.
No podría oponerse a nada por lo cual deseara luchar.
Barghest solo pudo apretar los dientes y los puños ante la risa estruendosa de Melusine que iba alejándose a cada paso que daba.
…
Un día molesto.
Barghest llegó hasta aquella mansión que se le había adjudicado como hogar. No era algo que le interesara poseer o mantener.
Pero a Adonis le gustaba pasear por el lugar.
El temperamento negativo y su día fue mejorado al instante en que su esposo volvió a tomar presencia en su vida.
Era el atardecer en el punto de transición para el anochecer. Y fue que lo vio.
Sentado bajo la glorieta en el patio, una taza de té para él y otra en frente, el humo de la taza presente fue el indicativo que había estado esperando por su regreso.
Incluso cuando era débil o no se sentía bien del todo, Adonis hacia lo mismo.
Recibirla con la más brillantes de las sonrisas y la más cálida bienvenida.
Barghest camino hasta quedar frente al hombre, el pelo enrulado en las putas y lacio en su mayor parte era un detalle casi artístico. A veces Barghest dudaba de la belleza irreal de su esposo.
Quitando el hecho de que su cuerpo se debilitaba y pedía peso constante, no impedía que la belleza de Adonis brillara.
¿Cómo era posible que alguien con un cuerpo tan demacrado pudiera tener tal nivel de apariencia?
―No era necesario salir, el viento es muy fuerte ahora ―el tono de Barghest fue uno suave, todo lo contrario a lo que cualquier residente del reino alguna vez pudiera haber escuchado.
―No te preocupes, hoy me siento muy bien, ven, siéntate, debes estar cansado ―Barghest se miró unos instantes.
La armadura que portaba estaba sucia, había tenido que tratar con algunos remanentes del último atentado de la reina.
No quería que Adonis viera esa cara de ella.
―No lo pienses mucho, Barghest es Barghest, ¿unas cuantas manchas como podrían manchar tú hermosa figura?
Un sonrojo profundo vino en el rostro de Barghest ante las palabras de Adonis. Asintió con un suave "sí" y sentarse en la silla frente al hombre.
―Me alegra verte tan bien el día de hoy ―Barghest sonrió viendo al rubio quien sonrió ampliamente.
― ¿Cómo podría estar mal este día? ―las risas y palabras de Adonis desconcertó a Barghest.
Ella dudó en preguntar, intentando hacer memoria, pero antes de que pudiera formular algo, vio como Adonis sacaba algo bajo la mesa. Una pequeña caja de regalo color verde, un listón amarillo y azul con un moño rodeaba la pequeña caja.
Barghest se quedó viendo aquella caja que se deslizó en la mesa hasta quedar frente a ella. No supo que decir o como reaccionar. Miró a Adonis quien solo le sonrió como si esperase algo.
Al momento en que lo tomó entre manos, Barghest se quedó quieta intentando recordar la razón detrás del regalo.
―Un día como hoy, fue el primer día en que nos conocimos.
Barghest abrió la boca con sorpresa y duda ante tal noticia. Siendo quien era y como trataba a Adonis, le costaba creer que algo así se le pasara.
―Yo…
Barghest cerró la boca y no supo como aclarar que se había olvidado aquel día. No era como el aniversario de bodas, pero algo como esto seguía siendo incluso tan significativo para ambos como siempre.
Fue por eso que un malestar subió en su pecho cuando pensó en que estaba prestando poca atención hacia Adonis.
―No tienes que disculparte o decir algo como que era algo que debías recordar, sé por lo que has estado pasando estos días en el reino.
Comprensión.
Barghest nunca supo que decir cuando pasaban las cosas a este punto. Ella podía cometer errores y al final nada importaría para Adonis.
Cualquier acción que hiciera sería recibida con un victoreo o con ánimos para que siguiera. Jamás hubo algo similar cómo una queja de parte de Adonis, incluso cuando ella cometía un error que podía llegar a perjudicar la salud delicada del hombre.
―Gracias… ―Barghest sonrió para estirar el listón rojo que cayó en su regazo y tomar la parte superior de la caja para abrir el regalo.
Los ojos de Barghest se quedaron fijos en el objeto en dentro del paquete.
―Pensé en que podía regalarte, no hay mucho que te pueda ayudar en tú día a día, pero vi tú armadura, los dos huecos en la unión de las hombreras parecían vacíos, y creí que sería un buen toque.
Barghest observó en silencio los dos broches que estaban hechos para resaltar, igualando el resto de su armadura en los remaches de oro que sobresalían en los lados.
Más como había señalado Adonis, las hombreras y los puntos más sobresalientes de su armadura estaban sin el mismo adorno.
Era por eso que ahora le presentó dos remaches de oro en forma de flor. Era semejante a una rosa pero la mayor diferencia era que no recordaba que fuesen las rosas que adornaban los jardines del castillo de la reina.
Más parecían las rosas del campo o del bosque.
Un recordatorio de dónde se habían conocido.
Barghest bajó la tapa una vez más y cerró con cuidado volviendo a dejar el regalo en la mesa. Adonis al ver tal acción de Barghest pensó que quizá se había equivocado en su elección.
Pero un gran abrazo de Barghest hizo que abriera los ojos ante el tacto inmediato de la mujer quien lo abrazó con fuerza mientras que podía escucharla sorber la nariz ante el llanto inminente.
Adonis no sabía si Barghest conocía el significado de aquella flor, pero incluso si la mujer desconocía de su situación, no importaba.
El que ella estuviera feliz fue todo lo que necesitó entender.
…
Los mismos comentarios de siempre, los mismos pasillos, las mismas hadas.
Todo iba en el mismo orden de siempre.
Barghest solo pudo caminar por los pasillos del castillo permaneciendo en silencio, uno el cual le otorgaba una ligera paz al no tener que lidiar con comentarios extra.
Su vida en el manejo de su ciudad junto con su llegada al palacio real era algo de lo cual se quería librar.
Estar pendiente de todo un sector para administrar solo le quitaba tiempo que podía darlo para cuidar de su esposo.
Barghest estuvo feliz con su regalo. Miró de reojo en su obrera izquierda la flor hecha en oro para adornar su armadura.
El vivo recuerdo del calor que sintió al momento en que abrazó el cuerpo de su esposo y el conforte que hubo al instante en su mente lograron que pudiera continuar incluso a día de hoy sin parar.
―Pareces más animada que la última vez.
Y el buen humor de Barghest se fue cuando cruzó un pasillo y se encontró una vez más con aquella hada que le desagradaba tanto.
Melusine estaba ahí una vez más, con las manos en la espalda y una sonrisa petulante esperando para molestarla.
Esta vez no se giró a responder o esperó para que dijera algo más, Barghest continuó simplemente su camino para evitar tener algo que ver con la mujer de pelo blanco.
―Bonitos broches.
Un cumplido vacío y con una obvia burla.
― ¿No deberías hacer guardia o controlar tú zona? ―Barghest chasqueó la lengua al final cuando Melusine solo alzó las manos detrás de la cabeza y silbó como si hubiera sido atrapada.
―Creo que hoy descansaré ―Melusine pasó a su lado tarareando antes de bajar las manos e inclinarse un poco para ver a Barghest a los ojos―, después de todo la reina confía más en alguien que no cuestiona sus acciones.
Silencio de parte de Barghest cuando la risa suave de Melusine seguía en el aire mientras que se alejaba.
Aquella situación era algo normal si se podía llamar así, pero no por ello significaba que se había acostumbrado.
La burla continúa de Melusine hacia Barghest solo eran combustible a una animosidad que estaba en auge, era fácil saber que Barghest no soportaba en lo absoluto a la mujer que disimulaba actuar inocente.
Una apariencia hermosa era lo único que cargaba Melusine cuando todo de parte de ella era nada más que horrible.
Sacudió la cabeza y caminó hasta la sala del trono. Los guardias la miraron y asintieron antes de darse la vuelta y abrir las puertas.
Barghest caminó en silencio dentro de la sala del trono, la vista de los demás nobles nunca fue una bienvenida, ni para ella o para la reina.
Ahí estaba con la mirada dirigida hacia ella, la reina del lugar y quien movía lo que deseaba y como deseara, el reino podía quererla u odiarla, pero era algo indiscutible entre todo eso.
El que no podían cuestionarla.
La reina Morgan estaba con un rostro inexpresivo viendo a Barghest quien caminó hasta llegar frente al trono y arrodillarse.
No hubo un saludo o una bienvenida.
Solo una orden que tuvo que cumplir.
…
Barghest llegó a casa tarde aquel día.
No por decisión propia pero había muchos problemas últimamente en la estabilidad política, si bien en cuanto a poder no había nadie que se opusiera a Morgan de frente, no quitaba que hubieran redadas o intentos de descentralizar el poder o fragmentar el peso político de la reina.
Barghest se había encaminado por el lado de la lealtad, ella seguía al pie de letra toda opción que pudo haber tomado quien era su ídolo.
Sir Gawain.
Una sonrisa delicada llegó al rostro de Barghest al pensar en la noche, el momento del día en que su esposo leía relatos de los caballeros de la mesa redonda.
Barghest había tomado inspiración de estos, especialmente a quien admiraba quien era el caballero Gawain, particularmente le pareció "genial" de entro los caballeros que servían a su rey.
La noche ya había caído hace un tiempo, le preocupó el que no pudo cuidar de su esposo en el día. Tampoco confiaba en la administración del lugar para que dieran el trato que quería hacia él.
Al final ella fue la que sintió que debía cuidar de su esposo, por egoísta que sonara, ella deseaba ser la única que estuviera a su lado.
Egoísmo.
Barghest miró al suelo y se detuvo a medio camino cuando se dio cuenta de un pequeño pensamiento que había pasado por su cabeza y al mismo tiempo que había estado rondando su mente desde que conoció a su esposo.
Y era el hecho que deseaba que siempre estuviera enfermo.
Barghest apretó los puños y se mordió el labio inferior. La rabia hacia sí misma incrementaba cada vez que aquella idea iba dentro de su mente. No había algo tan bajo que eso, el desear el mal a alguien que amaba tanto, pero incluso así.
Jamás pudo quitar la idea que si Adonis se recuperara entonces en algún punto iba a consumirlo.
Miedo.
Los puños apretados pasaron a manos temblantes ante el miedo generado por la idea de perder a su esposo. Barghest solo deseaba vivir su vida en paz, descansar al lado de Adonis y no pensar en lo que pasaría al día siguiente como si fuera una preocupación más.
Ella quería simplemente ayudarlo y seguir a su lado.
…
Había cometido un error.
Barghest ahora estaba vestida nuevamente de manera casual, con los pantalones largos cómodos junto con una camisa remangada.
La culpa cayó dentro de Barghest cuando el titubeo en su camino de regreso llevó a que su esposo estuviera desatendido por horas.
Adonis había caído enfermo el día que volvió tarde. Lo había encontrado en el primer piso intentando aferrarse a las escaleras, alrededor de este había pastillas esparcidas y un vaso roto con agua.
Era evidente la razón de aquel resultado.
Había ido a buscar medicina cuando no se sintió bien pero al final no logró si quiera alcanzar a beberlo.
Fue su error.
Barghest estaba al lado de la cama de Adonis viéndolo dormir. Después que ella había llegado lo cuidó y preparó para que descansara.
Era su culpa.
Barghest había dejado la medicina de su esposo en el primer piso cuando tuvo que salir apurada por el llamado de la reina Morgan.
Algo como eso podría ser insignificante para cualquiera, pero para Barghest solo significó una carga más en su mente, fue el cometer un error que ahora le complicaría incluso más cuidar de su esposo.
Con el levantamiento de algunos rebeldes una vez más y la ausencia de la reina a la hora de tomar una acción real generó que ellos, los caballeros que la defendían, terminaran con mayor trabajo.
Podía asociar en parte a como el resto de los "caballeros" desempeñaban sus funciones, tampoco ayudaba que la nobleza estuviera tan en contra de la reina en el mal sentido.
A veces Barghest dudaba de que debía hacer o a quien debería seguir cuando momentos cómo estos se daban, que impedían estar con las personas que uno más amaba.
Un leve quejido hizo que Barghest saliera de su estupor y mirase a su esposo quien había comenzado a recobrar consciencia.
―Barghest…
Un llamado suave que hizo que la mirada de Barghest fuera al rostro del hombre quien tenía los ojos semi abiertos, apenas logrando que estuvieran abiertos, pero eso fue suficiente para identificarla.
Una mano se alzó con cuidado de parte de Adonis. Barghest tomó aquella mano extendida en alto y la puso su rostro, una muestra que ella estaba ahí.
Porque dudaba que Adonis pudiera ver más allá de unos centímetros una vez más.
―Sí, estoy aquí ―sujetó la mano de su esposo con cuidado. Siempre fue así, conteniendo hasta el último instante de su fuerza para evitar lastimarlo.
Incluso un leve toque podía hacer que el estado de Adonis decayera, algún esfuerzo en sobre medida era algo que atentaba en contra, pero incluso con eso.
No hubo algo así como una deficiencia en ese lado de Adonis, Barghest lo sabía, de las veces que se esforzaba por ella, que incluso cuando su cuerpo no estaba en condiciones, él se ponía a su lado y la amaba.
―Ah… es bueno que estés aquí, no puedo ver nada, pero incluso así, en esta oscuridad, resplandeces como el sol en alto a cada mañana.
Palabras que solo decían la verdad y expresaban la sinceridad del alma. Barghest miró al suelo sin poder sostener la mirada al rostro de Adonis que como siempre, le mostró aquel amor incondicional.
¿Cómo podía ella estar frente a él cuando había tenido aquel pensamiento tan egoísta?
El deseo de estar a su lado, de quedarse como estaban ahora, pero con la diferencia que no esperó por su recuperación, sino por una situación como esta.
―Lo siento…
Una disculpa que Barghest no supo porque soltó, no había hecho nada más allá de desear el tiempo con su esposo, pero incluso si fuese solo ese caso, la culpa vino dentro de ella al pensar en lo que ella quería.
No la hizo mejor que cualquier a de las hadas que conocía.
―No tienes porqué disculparte ―una suave risa salió de Adonis, Barghest levantó un poco la vista viendo como no había retraído las piernas como de costumbre.
Era obvio cuando se había lastimado ambas piernas cuando cayó de la escalera.
―Yo… simplemente quiero estes mejor ―una mentira y una verdad. Barghest no pudo decir más allá de eso, no sin sentir que su mundo se venía abajo.
―Ah, no te preocupes, ha pasado un tiempo que estuve postrado en cama, creo que la silla de ruedas está en la habitación contigua, podré manejarme con eso ―Barghest no contestó de inmediato.
Porque ella sabía cuando Adonis odiaba estar sujeto a algo como eso.
―La traeré antes de irme ―cuando Barghest se estaba por levantar una mano se extendió y la tomó por la muñeca―. ¿Adonis?
La cabeza del hombre estaba gacha, miraba la cama y sus piernas inmóviles, al menos ahí fue donde apuntaba sus ojos, porque Barghest lo sabía.
Que no podría ver en mucho más tiempo del que había planteado.
―Está bien, solo quédate a mí lado, ¿sí? ―un temblor en las manos de Adonis hizo que Barghest lo mirase al rostro. La sonrisa de siempre había colapsado.
―Me quedaré aquí ―una respuesta suave cuando se sentó en la cama al lado de Adonis quien no se movió de su posición gacha.
―Gracias, si estás aquí… siento que puedo estar más tranquilo.
― ¿Adonis?
―Tengo miedo de morir.
Esas palabras helaron a Barghest quien paralizada.
―No pasará-
― ¡No quiero morir! ―las manos de Adonis subieron a su cabeza apretó los dientes, Barghest vio al hombre temblante a su lado y la culpa volvió incluso más fuerte en ella.
¿Cómo podría haber querido que siempre estuviera enfermo?
―Siempre que abro los ojos, tardo bastante en ver perfectamente, la caída más pequeña hace que no pueda seguir adelante y mí cuerpo rechaza todo lo que intento consumir… ―Adonis estaba quieto viendo un punto fijo, pero incluso con el tono desesperado y el cuerpo temblante, no hubo lágrimas saliendo de su rostro―. ¿Por qué cada día parece que la muerte se acerca?
Adonis sabía la respuesta pero no podía decirlo, no podía contarlo o insinuarlo.
El abrazo de Barghest fue lo que hizo que pudiera seguir sin derramar una sola lágrima, no quería preocupar a la mujer más de lo que se notaba que estaba.
No quería apagar ese sol que tanto lo iluminaba.
Incluso si es que lo quemara.
…
"Estoy perdiendo el tiempo"
Barghest estaba en guardia en el castillo real.
No es que tuviera opción de asistir o no, pero ahí estaba ahora, incluso cuando le dijo a su esposo que no lo dejaría tuvo que moverse para venir frente a la reina.
Estaba cansada.
Barghest no se molestó si quiera en escuchar las palabras de Melusine o de cualquier que no fuese la reina.
―Sir Gawain es increíble, ¿no?, poniendo siempre su deber delante con su lealtad, ¡me encantaría ser como él!
Palabras dichas por Barghest que ahora venían en su memoria como si fuesen algún indicio de culpa.
Le costaba creer que la lealtad dada por Gawain quien tanto admiraba fuese algo fácil de llegar, algo que incluso si uno intentara replicar era imposible de lograr.
Darlo todo por la mínima orden dada por su rey.
¿Cómo podría reprimir toda emoción existente?
Aquella pregunta vino con un incremente en el respeto hacia Gawain a quien admiraba.
"Estoy perdiendo el tiempo"
Una opresión vino en el pecho de Barghest cuando pensó en aquella frase que comenzó a repetirse desde aquella última noche.
Ahora estaba perdiendo el tiempo haciendo algo que no quería acosta de no ver a quien quería.
¿No era lo mismo que dejar que el tiempo corra como un grifo de agua sin cerrar?, viéndolo circular pero sin reaccionar.
Estaba dejando que los momentos que podría compartir con quien deseaba pasaron sin más por una negación necia de un deseo infantil.
Nadie tenía asegurado el mañana, y el ahora parecía tan irrelevante que no hubo momentos en que uno apreciara los recuerdos formados.
Solo cuando aquellas acciones tomadas en el momento cambiaban a ser simples memorias era cuando uno podía darle valor al tiempo que había gastado.
Y en este momento sentía que estaba perdiendo el tiempo.
¿No podría estar al lado de quienes quería?
No estaba obligada a responder siempre, pero ella así lo quiso, como si de verdad pudiera alcanzar algo que se había propuesto pero había en duda si era lo su yo quería.
Estaba perdiendo el tiempo.
Barghest no cambió de expresión en el tiempo que estuvo en el castillo, tampoco en el camino y mucho menos cuando estuvo al lado de Adonis.
¿Valía la pena haber perdido el día completo al lado de quien amaba a costa de un deseo mundano?
Obligación.
Barghest se convencía que lo que hacía era algo que no podía evitar, que no podía cuestionar y no estaba en su posibilidad de objetar.
¿Pero y si hubiera tal posibilidad?
Un temblor llegó a su cuerpo recordando aquellos quienes habían ido contra los deseos de la reina Morgan.
Podría ser considerada una gobernante justa como una tirana al mismo tiempo. Podría dar la protección necesaria como la destrucción requerida.
Al final no hubo una elección real para nadie más que la reina misma.
Quedarse en guardia hasta que cayera el sol fue una orden que no pudo evitar o alejarse.
Tenía hambre.
Probablemente Adonis también tendría hambre ya en este punto, incluso si comiera poco, no quitaba el hecho que era necesario darle algo para que pudiera seguir.
Barghest estaba preocupada.
Conocía de la situación de Adonis, sus miedos y la tristeza que cargaba, pero en vez de quedarse a su lado estaba cumpliendo un deber estúpido que ella consideró como "correcto".
"Estoy perdiendo el tiempo"
El mantra de aquella línea de pensamiento no soltó la mente de Barghest en ningún momento.
Un recordatorio que no pudo evitar, siendo quien era y lo que deseaba para sí en aquel instante.
― ¡No quiero morir!
Barghest abrió los ojos de golpe cuando el grito de su esposo vino en su cabeza. El tono desesperado y en busca de cualquier hilo para sujetarse fue un golpe a su mente y no la dejó descansar.
Incluso con la canción de cuna de Adonis sintió que no podía dormir sin tener pesadillas.
"Estoy perdiendo el tiempo"
Un golpe a la pared a su lado fue dado. Barghest estaba respirando de manera irregular, como si se hubiera despertado de un mal sueño que quería olvidar.
Pero la realidad simplemente no la dejó descansar.
― ¡No quiero morir!
Alzando ambas manos y cubriéndose los oídos apretó los dientes antes caer de rodillas.
Dignidad y nobleza.
Características que tenía idealizadas de Sir Gawain, pero ahora le parecían imposibles de lograr.
No con la voz de su esposo gritándole que quería vivir, que tenía miedo a morir y no deseaba partir.
Quería estar ahí al lado de Adonis y decirle "Estoy aquí", que no estaba perdiendo el tiempo y que podían seguir compartiendo.
Pero incluso con todo eso.
No se movió de puesto.
…
La carne era la de siempre, a veces no podía evitarlo, era algo que le encantaba comer.
No podía ir contra sus instintos después de todo.
Carne cruda e incluso los huesos. El goce que sentía al comer algo así era alto, iba en contra de toda su etiqueta y formación, pero fue un placer que su cuerpo disfrutó.
Consumir sin parar carne que le encantaba preparar.
Antes de darse cuenta toda la carne que había puesto para preparar, había desparecido sin más hasta que llegó su saciar.
Barghest suspiró al ver sus manos sucias y su delantal manchado una vez más.
Había dejado su desenfrenar diera rienda suelta a su actuar.
Vio la olla que había preparado para Adonis, Barghest se limitó a soltar un breve suspiro e irse directamente a cambiarse.
No quería dar aquella vista espantosa a su esposo quien estaba comenzando a recuperarse.
Se alegró que pudo conseguir algo de medicina nueva, al parecer ayudó bastante a la recuperación de Adonis, siendo que pudo volver a caminar, quizá apoyado por un bastón pero era un gran avance igual.
Ya no estaba limitado a depender de la silla para moverse.
Llegó hasta la ducha donde se aseó brevemente, fue ahí que se dio cuenta que la sangre de la carne que había estado comiendo había salpicado incluso a su cabello.
Barghest negó para sí ante el poco control que tuvo a la hora de comer.
No debía tardarse demasiado de todas formas. Tomando la ducha lo más rápido que pudo dejó que el agua recorriera su cuerpo. Siempre fue vista como algo "extraño" al no encajar en los estándares de los demás, siendo el músculo que llevaba "asqueroso" para algunos.
Pero no para Adonis.
Una sonrisa floreció en el rostro de Barghest cuando los elogios de su esposo volvieron pasaron como recuerdos.
Si había algo que podía dar como un hecho era el amor que Adonis le brindó, no fue nada por cuidarlo o por estar a su lado, él realmente la amaba incondicionalmente.
Fue por eso que el miedo de que sus instintos llegaran por el más fuerte nunca se calmara.
Pero con Adonis era diferente. Podría ser algo egoísta al principio por parte de Barghest, el buscar a alguien débil adrede para evitar que ella reaccionara a su fuerza. Pero no se arrepintió de la decisión que tomó, incluso ahora, ella estaba disfrutando el tiempo con Adonis.
Ya había pasado mucho más tiempo que cualquiera de sus otros amantes.
Feliz.
Una paz mental que no podía reconocer inundó la mente de Barghest ante esa idea. Que podía estar al lado de quien amaba sin lastimarlo. El miedo seguía presente de vez en cuando, pero incluso así, no hubo ese punzar constante en su mente de que eventualmente todo terminaría.
Era en momentos como estos que reflexionaba de su pasado que sacaba esas conclusiones, pero después de eso, al pasar tiempo con su esposo solo podía disfrutar del momento y dejar atrás los lamentos.
Agradecía tan profundamente a su esposo por haber llegado a su lado a darle una nueva oportunidad de amar.
…
La noche había caído.
Adonis estaba algo más delgado, Barghest se preocupó por él, su estado había empeorado incluso más de lo usual, las mejillas de su esposo ahora estaban demasiado delgadas, casi marcando el hueso.
Su estado físico que también había cambiado. Si bien estaba flaco, no es como si tuviera comiendo hace semanas. Lo peor fue que habían llegado visitantes desconocidos.
No podía manejar el asunto de manera individual y cuidar de Adonis al mismo tiempo.
Rebelarse contra las ordenes de la reina tampoco fueron una opción.
Una noche más y a pesar del estado actual de Adonis, este estaba con un libro en mano que reconoció al instante. De donde había quitando aquel poema que la tranquilizó, aquella canción de cuna le brindó paz.
―Parece que tienes mucho trabajo delante ―Barghest no sintió ninguna animosidad contra ella. Adonis hablo nuevamente desde el punto de vista de la comprensión.
―No podré estar en casa por un tiempo pero tú…
―Está bien, siempre está bien ―Adonis se rio brevemente al momento cerrar el libro y ver a Barghest a los ojos―, eres tú quien me preocupa.
―Pero tú estado actual…
―Tengo miedo a morir.
Aquellas palabras no parecían desesperadas o con algún aire de tristeza como aquella vez. Eso confundió a Barghest.
―Entonces deberíamos hacer algo y-
―Tengo miedo a morir porque no quiero perder lo que tengo ante mí ―Barghest levantó la mirada que había estado gacha hasta hace unos instantes.
Los ojos de Adonis reflejaban la vida que no estaba en su cuerpo, el deseo ferviente de seguir con vida.
El deseo de seguir a su lado.
―Incluso ahora, velas por estar a mí lado ―Barghest bajó la cabeza y sonrió.
Fue raro como de la nada sintió un ardor en sus ojos seguido de una vista nublosa. Algo cayó en el dorso de su mano que había estado en la cama.
―Estaré aquí esperándote, no te preocupes ―Barghest cedió y se abalanzó en un abrazo hacia Adonis, enterró su rostro en el hombro de este para por fin desahogarse.
¿Cuánto tiempo estuvo conteniéndose para no llorar ante él?
Algo como aguantarse no tenía sentido en este punto cuando todo lo que hizo fue restringirse a sí misma y dejar de lado las emociones que debía liberar, todo lo que necesitaba liberar ahora se derramó en el único recipiente que podía contenerlo.
Barghest no podía estar más agradecido del esposo que había logrado tener.
¿Qué importaba si era fuerte o débil?
¿Qué importó si al principio se acercó por la curiosidad de si es que podría vivir junto a él puesto que siendo débil no se activaría su deseo de devorar?
Ahora todo lo que sentía era genuino, no había nada que pudiera hacer contra ello o que decir en contra, quizá pudiera haberse estado mintiendo a sí misma con el egoísmo falso.
Ahora solo quería estar al lado de su esposo de manera permanente.
…
Un día de paz.
No había asistido al palacio de la reina, no había dicho nada pero en vista que no hubo nadie que viniera a buscarla no importó. Pudo agradecer la oportunidad porque ahora estaba disfrutando de un día tranquilo al lado de su esposo.
Barghest no supo cuando fue la última vez que algo como eso pasó, siendo que cada vez parecía que las cargas y las necesidades de su cargo aumentaban, llegó el punto en el cual se preocupó que no podría hacer nada más que quedarse al margen y no disfrutar de la compañía de Adonis.
Ahora las cosas eran diferentes.
Habían ido al bosque a caminar, un paso lento pero lo suficientemente consistente para llegar al claro de este, uno cubierto de las mismas rosas que Adonis había regalado con anterioridad a Barghest, las mismas que habían ido en el detalle de la armadura de la armadura.
Aquellas rosas silvestres que estaban presentes ante la vista de ambos, brillantes y hermosas, en su punto más álgido de madurez dejando a la vista aquella apariencia tan hermosa.
Un día de hablar y caminar, de dormir abrazados y mirarse el uno al otro, disfrutar de la compañía de cada uno para contemplar el tiempo que ahora parecía tener un valor cuando avanzaba.
…
La hora de la cena llegó y Barghest sintió su mente viajar conforme pasaba tiempo con Adonis, lo vio en la cocina a su lado, le preocupó un poco el que la viera como lo hacía antes de servirle, por lo cual lo acompaño hasta el cuarto.
Barghest vestía una corona de flores que había sido hecha por su esposo en el transcurso de su estadía en el claro.
Había sido un día relajante, tanto que olvidó pequeñas cosas, como la taza que había dejado al lado de la mesa de noche en la cama de Adonis.
Este cuando iba a acostarse la movió y la tiró al suelo sin querer, Barghest parpadeó ante ese hecho, se dio la vuelta y le preguntó cómo estaba, si todo estaba bien y solo recibió una sonrisa cuando Adonis se agachó a tomar uno de los fragmentos de la taza que se había fragmentado.
Un olor fragante llenó los sentidos de Barghest.
Una cortadura había sido dada en el dedo de Adonis al intentar levantar el fragmento roto.
Adonis no escuchó ninguna replica por lo que decidió juntar otros fragmentos, pero un tirón de su ropa de manera brusca hizo que los soltara, estos cortando aún más la piel de su mano por el movimiento brusco.
No entendió que pasó.
No pensaba que Barghest estuviera lo suficiente molesta para que algo como esto se diera, pero al verla a los ojos pudo decir que era lo que pasaba.
Una sonrisa llegó al rostro de Adonis al ver aquella mirada perdida, los dientes afilados y la baba cayendo de la comisura de los labios de Barghest, pero incluso si la intención era clara.
Las lágrimas cayendo del rostro de la mujer hicieron que el corazón del rubio quedara en paz. Incluso en aquel estado descontrolado y de perdida de cordura total, aún lloró por él.
Era suficiente recompensa por la vida que había estado viviendo hasta ahora. De lo único que se arrepentía Adonis era no haber podido estar al lado de la mujer por más tiempo.
Sueños radiantes llegarán a tus ojos.
Adonis hizo lo que pudo para calmar el llanto de Barghest quien estaba respirando en su cuello, rasgando la ropa que llevaba y temblando.
Una suave sonrisa reposará en tus ojos.
Adonis alzó la mano y la coló en la nuca de Barghest, cuando la mujer puso los dientes sobre su hombro lo escuchó con facilidad.
El hueso romperse y la carne rasgarse.
Adonis se mordió el labio, intentó lo máximo que pudo reprimir el grito mientras que con el brazo que aún podía mover abrazaba a Barghest quien al mismo tiempo que lloraba comía y masticaba, desprendiendo la carne y huesos, estirando los tendones que conectaban a su extremidad.
Los ojos de Adonis estaban rojos, estaba llorando del dolor, pero no se atrevería a gritar, no podía hacerlo.
No podía darle un último mal recuerdo.
Te… elevarás con deseo.
Adonis apretó los dientes cuando el hueso de su ante brazo comenzó a ser roído. Había apretado los dientes y movido los pies queriendo huir, un instinto básico, pero sabía que no lo lograría.
Era imposible que lo hiciera.
Del sueño sin tormento. No llores más.
No supo como lograba seguir dando aquellas oraciones cuando sintió como su brazo derecho se desprendió por completo del hombro para abajo. La sangre estaba cayendo alrededor de la cama y por todos lados.
Probablemente moriría desangrado a este ritmo.
Al menos el llanto de Barghest se había detenido.
Y cantaré esta canción de cuna.
Escuchar crujir los huesos de uno mientras que eran masticados era una experiencia totalmente aterradora, el cuerpo de Adonis no dejó de temblar y retorcerse.
Pero nunca liberó su abrazo de Barghest a pesar del dolor.
Para tú dulce descansar.
La mirada de Adonis estaba perdida en el techo, las lágrimas habían dejado de caer y el dolor lo despertaba cuando se desmayaba.
Pero la paz en Barghest estaba llegando, más que sufrir ahora parecía que estaba disfrutando comer. Él la conocía, sabía cómo era y como comía cuando no la veía, le encantaba la carne, incluso si siempre actuó con un buen porte, había momentos en el que perdía los modales.
Y este era como no de esos momentos.
Mecerá, Mecerá-
No pudo continuar cuando una de las manos de Barghest fue a su garganta, comenzó a estrujarlo para morder cerca del hombro una vez más.
Y calmará.
Adonis terminó el penúltimo verso antes de buscar aire. Ya no podía respirar y su garganta estaba siendo aplastada, así que lo usó todo, acercó con su brazo que estaba en la espalda de Barghest para que el oído de la mujer estuviera frente a la boca para poder susurrarle.
El aire apenas pasaba por su garganta cuando las mordidas estaban dándose cada vez más cercad de su cuello.
A ese ritmo sería imposible seguir.
Infló tanto como pudo los pulmones e intentó gritar, grito que salió como un susurro desganado al final pero logrando su objetivo.
Terminar aquella canción para que Barghest pudiera descansar, y una vez que ella pudiera despertar.
Los dulces sueños serían lo único que podría desear.
Mí canción… de cuna para amar…
…
Barghest se despertó en su propia habitación, bostezó cuando se sentó y miró a todos lados, sin recordar bien que pasó a la noche. Pero no importaba, se sentía realmente y había pasado un día increíble con su esposo.
La canción de cuna que siempre le cantaba para dormir estaba resonando en su cabeza, a lo que ella no pudo evitar sonreír.
Un olor fuerte llamó su atención y observó su ropa manchada.
Barghest suspiró y recordó que antes de ir a la habitación había querido comer algo de carne, a lo cual seguro que después de que conciliara el sueño se levantó a comer una vez más.
¿Pero no había olvidado ir de casa esa noche?
Negó para sí para ir una vez más a asearse. El agua que golpeaba el cuerpo desnudo de Barghest la relajó notablemente, a diferencia de los demás días, se sintió bien.
Se sintió libre.
El sonido de la campana indicando una visita hizo que no pudiera hacer nada más que cortar su aseo a medio camino y preparase para bajar.
Emisarios de la reina habían llegado ante su puerta pidiendo que se presente directamente ante su majestad. Aquello fue algo que era obvio que iba a pasar, el faltar un día sin avisar generaría algo como esto.
Pero al menos enviaría a alguien que cuide de su esposo mientras que estaba fuera. Dudaba que lograra volver en poco tiempo por las palabras de la reina que había dado con anterioridad.
Hablaba de que "el niño de la profecía" había aparecido y junto a este, personas que causarían un gran daño al reino.
No tuvo más opciones que abandonar su hogar antes de tiempo y sin poder mirar atrás, al menos le hubiera gustado despedirse de Adonis antes de partir.
―El tiempo esta corriendo mí señora ―Barghest vio al guardia con uniforme completo y caso dejando solo ver la parte inferior del rostro.
Incluso si estuviera completamente cubierto el resto del rostro podría ubicar fácilmente a los soldados por quienes eran.
― ¿Eres nuevo? ―Barghest preguntó al guardia quien asintió con una gran sonrisa.
―Soy nuevo en el castillo, desconozco muchas cosas y espero aprender a proteger el reino como usted ―Barghest vio el ánimo del nuevo pero no le dio importancia.
Se alejó sin más dejando que los soldados caminaran tras ella.
Así que no vio la amplia sonrisa que se formó en el rostro de aquel guardia que había dejado atrás.
…
La situación iba escalando con cada día.
Barghest estaba harta de estar en el palacio, no pudo abandonarlo y las únicas veces que logró salir fueron para misiones.
Logró ir a casa brevemente pero solo encontró a Adonis durmiendo en la cama, como siempre se tapaba por completo cuando tenía frío excesivo.
Le hubiera gustado consolarlo un poco pero no podía despertarlo, poco después de eso le tomaría mucho tiempo volver a dormir, así que no le quedó más opción que dejar el lugar.
Habían dejado al chico nuevo para custodiar el lugar. Algo que no le hubiera gustado de primeras, pero fue una elección de la reina, que no se desperdiciaran números en lugares innecesarios.
Aquella declaración lastimó un poco a Barghest porque directamente aquello significaba que Adonis no era necesario.
Para ello lo fue todo.
Miró el broche una vez más y recordó aquella tarde en el calor rodeados de rosas silvestres y margaritas blancas. Era bastante increíble aquel lugar y una vez que todo termine le gustaría ir ahí con Adonis una vez más.
…
Sueños radiantes llegarán a tus ojos.
Una suave sonrisa reposará en tu rostro.
Te elevarás con el deseo.
Del sueño sin tormento. No llores más.
Y cantaré esta canción de cuna
Para tú dulce descansar.
Mecerá, mecerá y calmará.
Mí canción dedicada para amar.
Barghest abrió los ojos y miró a su alrededor. Se había quedado dormida de espaldas en un pilar del castillo, por lo cual le costó entender porque había escuchado el canto de Adonis a pesar de que no estuviera junto a él.
Era curioso, como desde que había dejado por última vez su hogar ahora parecía que no faltaba nada, cómo si Adonis lo acompañara a todos lados.
Podía oír su canto y sus palabras que la reconfortaban, la forma en la que le susurraba a cada que podía y como este siempre la apoyaba.
¿Pero por qué ahora quien parecía tan distante sonaba tan cerca?
No podía decir desde dónde estaba recibiendo el arrullo que tanto había querido escuchar pero no estaba molesta en lo absoluto.
¿Cómo podría ante la voz que tanta le brindó?
La compañía que buscó fue la que obtuvo y consiguió. Ya no estaba sola en aquel mundo frío que la atormentó.
Podía vivir en paz por fin, depender de alguien más que de sí misma y relajarse compartiendo penas.
― ¿Qué debería de cocinar una vez que esté de vuelta en casa? ―Barghest sabía que ya habían pasado dos semanas, y probablemente su esposo habría perdido más peso del que ya había no contaba.
Era imposible no preocuparse, pero a mismo tiempo en que la preocupación rondaba su mente, la calma la invadía como si supiera que ya nada estaba mal.
Un deseo cumplido y un sueño dado fueron lo que la consolaron.
…
¿Cómo había terminado ante los demás en un aspecto tan lamentable?
Cansada.
La palea por la defensa había llevado mucho de sí. Su cuerpo estaba cansado, nunca había pensado que los invasores llegarían al punto de amenazar al reino de forma seria.
Pero eso no fue lo que le preocupó.
Un informe le había sido dado y la ciudad la cual custodiaba había estallado en llamas.
No le brindaron la razón de porque tal hecho, no cuando se había esforzado hasta el último instante para darle una buena calidad de vida a todo aquel que estuviera bajo su cuidado.
Fue por eso que conforme se acercaba a la ciudad y veía la columna de humano alzarse que su mundo se estaba viniendo abajo.
No pudo distinguir de donde, pero primero pasaría por en medio de la ciudad, era lo mínimo que podía hacer en su desesperación.
Pero la vista que encontró hizo que Barghest se detuviera en la ciudad al ver lo que había pasado.
Los cuerpos de quienes no eran hadas estaban esparcidos por todos lados, pudo reconocer quienes eran los causantes al verlos festejando.
Eran las mismas hadas que ella había estado cuidando.
¿Cómo había llegado aquel resultado?
Se acercó gritando para encontrar con un victoreo ante su presencia. Barghest dudó de porque podrían estar tan contentos por ella cuando era obvio que estaban contra todo lo que quería, pero ante una breve explicación de uno que parecía en euforia lo entendió.
Aquellos quienes estaban consumiendo y disfrutando eran los que creían que lo hacía a gusto y canto.
Cobró sentido ahora la situación actual con revuelo en la capital.
Simplemente habían mostrado su verdadero actuar.
…
Barghest sabía que podría encargarse después de todo lo que había pasado en la ciudad, pero ahora tenía una prioridad.
Encontrar a Adonis y ayudarlo a escapar.
Una vez que estuvo por fin frente a su hogar fue que pudo ver a aquel guardia que fue encomendado tirado en el suelo sin moverse. Una parte de la edificación estaba en llamas y derrumbada.
El corazón de Barghest no lo soportó antes de gritar e ir directamente hacia el interior.
Aún había una posibilidad, al menos eso fue lo que se quiso decir, no podía simplemente dejar que la historia que tanto había buscado escribir terminase ahora sin más.
No podía dejar que la persona que tanto amó desaparezca sin más.
Derribó las puertas necesarias hasta llegar al interior, el fuego afortunadamente no se había propagado hacia el interior, por lo que pudo llegar hasta las escaleras y saltar para ir corriendo a la habitación de Adonis.
―Eh, aún no puedes entrar.
Silencio.
El cuerpo de Barghest no se movió, no fue lastimada o algo parecido, pero incluso así, sentía que todo su cuerpo pesaba.
―Ah, no querida, no puedes darte la vuelta ―como si las palabras de aquella persona fueran un peso real en su consciencia, Barghest sintió como todo su cuerpo se quedó estático.
¿Qué es lo que estaba pasando y quien era la persona tras ella?
Varios insectos parecían subir por la puerta de la habitación de Adonis.
Le preocupó e intentó salir del control que estaba sintiendo.
―Aún no es el momento, por favor, no te pongas así, tienes que guiar a unos amigos hasta un lugar, ¿no?
La fuerza que había estado recuperando cayó de golpe, Barghest sintió sus rodillas flaquear y la mano sobre el picaporte caer.
Sin siquiera poder luchar había caído en un sueño del cual no pudo escapar.
Solo pudo ver la misma sonrisa de aquella vez, del soldado que había llegado a custodiar su hogar.
…
Era como si estuviera durmiendo todo este tiempo.
Barghest sintió su mente apagada, a pesar de cumplir con su deber y dar lo mejor en su rol, sintió que había algo que faltaba.
¿No estaba aquella canción susurrante en ella impidiendo que pudiera pensar con claridad?
¿Por qué había ayudado al grupo de invasores otra vez?
Ese no era su rol.
¿Pero no lo estaba cumpliendo ya?
Adonis lo estaba esperando, le estaba cantando para que se preparara y pudiera descansar una vez más, sin pesadillas, sin molestias, solo un suave y cómodo lugar al cual volver y no salir jamás.
Solo siendo una bestia enjaulada por su propio deseo de amar.
Fue casi como si su cuerpo se moviera por sí solo hasta que volvieron a la ciudad que ella tanto resguardó en el pasado, la vista tétrica aún continua de las hadas masacrando a los humanos, riendo y gozando solo hicieron que Barghest se quedara quieta viendo todo eso desde la distancia.
Una voz que no era la de Adonis le susurró al oído.
―Despierta.
Barghest solo abrió los ojos más ampliamente de poco para recordarlo todo.
Ella lo sabía.
Internamente lo supo y por eso es que pudo tomarse la libertad de mirar el cielo sin más, como este parecía estar en llamas con el humo saliendo de todos lados.
Se giró y vio a los invasores una vez más.
¿Por qué habían estado hasta aquí con ella?
No importó la respuesta.
Gawain no habría cuestionado nada de lo que ella cuestionó, hubiera seguido firmemente la voluntad de su rey.
Ella fue tonta al creer que la justicia de Morgan era prejuiciosa.
Ahora entendía la imparcialidad real detrás de las decisiones de su reina y como todo lo que ella había construido se iba cayendo lentamente por culpa de quienes dudaron de ella y de sus decisiones.
Era estúpido que un sirviente cuestione a un rey que lo había dado todo por su pueblo, pero ahí estaba ella, había sido no solo arrogante, sino que también egoísta al punto que ahora podía ver el resultado de todas sus acciones.
Una risa salió de la garganta de Barghest.
Pudo reír libremente por primera vez en su vida. Una risa que parecía amena pero la mirada con los ojos rojos de la ira y las lágrimas cayendo de los lados fue lo que hizo que aquel invasor llamara por su nombre en un susurro bajo con la esperanza de consolarla.
No se merecía ningún consuelo.
Llevando ambas manos al pecho de su armadura se arrancó aquella armadura prístina y pulida, aquella armadura hecha para un caballero y un noble.
Pero no era algo que se mereciera.
¿Por qué una bestia tenía que vestir en oro cuando esta estaba sujeta a carne que devoraba?
Fue estúpido desde el primer instante, una bestia que buscaba el amor no podría existir, no sin consumir lo que más anhelaba.
Una sonrisa suave o un canto apacible solo eran medios que una bestia jamás comprendería. Y ella era aquella bestia que se quedó atrás con respecto a seguir el juego de la justicia.
Había sido una tonta, Barghest lo sabía, que incluso si quisiera imponer aquella justicia que creyó que era la correcta, no era nada más que un engaño creado en la ilusión de la idealización de ser el caballero que siempre deseó.
Adonis no necesitó que ella fuera un caballero, alguien fuerte o amable, solo necesitaba que ella fuera su propia persona y ese fue el egoísmo que Barghest ganó al desear algo más allá de su posibilidad.
Ya no había vuelta atrás.
No podía buscar imponer una justicia vacía o un deseo muerto cuando su único objetivo para seguir ya había sido consumido.
Nunca tuvo control de sus acciones.
De lo único que pudo decir que de verdad fue suyo, fue el amor que sintió hacia su esposo incluso hasta al final.
Los recuerdos del día que lo devoró llegaron una vez más.
Él no la repudió, no le pidió perdón ni mucho menos soltó una maldición.
Adonis solo le dio un abrazo y le susurró el canto que más anhelo, esperando que ella no tuviera ninguna pesadilla al día siguiente cuando despierte.
Toda su vida fue un cuento falso a excepción de la única figura que se había mostrado para contar los hechos mundanos.
Aquel lugar y aquellas hadas que cantaban en alabanza a la masacre se merecían no el tipo de justicia que ella anhelaba dar.
Sino la justicia que su majestad podía brindar.
El fuego y el mana brotaron de su cuerpo, los invasores la miraron con miedo y retrocedieron, el grito de preocupación fue dado hacia ella como si quisieran ayudarla, pero ya no había sentido en algo como eso.
Solo perderían tiempo tratando con una sucia bestia que no podía razonar.
El mana subió. Las hadas se detuvieron cuando el punto en medio de la ciudad se alzó y el cielo rojo por pasó a estar en llamas ante el despertar de quien había estado resguardando aquel último pesar.
―Fue mí error.
Fueron las últimas palabras dadas por la boca humana de Barghest porque la bestia dejó de imitar algo que no podía alcanzar.
La intensidad del mana subió y la carne se transformó.
El hada cayo y la bestia se alzó.
Un grito que pasó a un aullido clamó.
El cielo ardió cuando este se consumió.
La bestia que lo devoraría todo se asomó.
Y la batalla comenzó.
…
¿Era amar un pecado tan grande para ella?
Barghest estaba perdida viendo a la nada, sus ojos fijos en la lejanía donde el palacio de la reina estaba en llamas.
Pero ya nada importó.
¿Qué podía hacer una bestia más que consumir o morder lo que tenía delante?
Era obvio que algo como eso pasaría cuando traían algo salvaje y sin razón al lado de quienes intentaban mostrar su corazón.
Pero a Adonis no le importó.
Movió la mirada al suelo y casi como si fuese un recordatorio más de su fracaso y su error, el remache de flor llegó a su visión.
Aquella rosa silvestre le recordó aquella primera vez que se encontró a Adonis en el bosque, no tembló a pesar de no poder defenderse contra ella.
Un libro en una mano y un bastón para caminar en otra. Adonis estaba viéndola como si no hubiera encontrado una bestia salvaje que podría devorarlo.
La vio como si hubiera encontrado un hada con una belleza absoluta.
Le hubiera gustado sonreír por aquel recuerdo pero su cuerpo ya no se movía.
Había sido derrotada y su sangre bañaba el suelo a su alrededor, la herida en su pecho y en el ojo le impidieron moverse más allá de girar un poco la cabeza o el ojo que le quedaba.
Moriría en cualquier instante pero pensando en la única persona que le abrió su corazón.
No se merecía su amor.
No se merecía ser amada como lo fue.
Viendo el remache en el suelo solo deseó poder acunarlo contra su peco y llorar para que quizá así volviera a ser consolada.
Ella ya no quería ser un caballero o una bestia, una guerrera o una doncella de la nobleza.
Solo quería ser Barghest la esposa quien amaba ser mimada, cocinar para su esposo y cuidarlo, verlo mejorar y pasar tiempo juntos.
Ya no estaba llorando lágrimas en este punto, su cuerpo había sido dañado y transformado, una bestia no podía llorar como un humano sino como un monstruo, fue por eso que los hilos de sangre que salían a modo de lágrimas por sus ojos fue algo que vio como justo para ella.
Nunca se mereció un buen final o la buena voluntad de alguien más.
Estaba cansada y quería descansar.
Sueños radiantes llegarán a tus ojos.
Barghest sintió como sus parpados estaban cerrándose ante aquel susurro que vino de la nada, la canción que le brindó paz.
Una sonrisa reposará en tú rostro.
Sí. Barghest sintió que incluso si su cuerpo no se movía aún estaba sonriendo, que a pesar de no ser ella podía sonreír.
Te elevarás en el deseo.
¿Deseo?, a ella le gustaría despertar en su cama una vez más, con la mano de Adonis en su cabello acariciándola con cuidado.
Del sueño sin tormento. No llores más.
¿Ya no necesitaba sentir dolor?, sí, eso era bueno, de esa manera ya no tendría que llorar más. Si Adonis estaba a su lado no habría porqué llorar.
Y cantaré esta canción de cuna.
Sí, podía oírla, así que ya no había necesidad de llorar. La voz de Adonis siempre lograba calmarla al final.
Para tú dulce descansar.
¿Ya podía dormir entonces?, eso estaba bien, se sintió cansada seguir consciente hasta ahora, lo mejor sería cerrar los ojos y dormir un rato. Cuando se despierte ella intentaría arreglarlo todo. si hablaba con la reina podría hacer algo, así que solo dormiría un poco.
Mí canción dedicada para amor.
…
Barghest cerró por completo el ojo que tenía semi abierto y dejó que por fin su consciencia se fuera a descansar.
En la isla en llamas con un cielo ardiente en medio de un gran cráter solo quedó una bestia tirada en el sueño ya muerta y sin poder seguir.
El sueño con el que había ido a dormir fue el de un mundo donde ya no había nada que debiera consumir, donde pudiera amar, donde su amor se pudiera expresar.
Un sueño que se hizo realidad.
Al estar durmiendo sin la necesidad de despertar, ya no hacia falta que debiera devorar, ya no necesitaba dar una justicia o un comportamiento que no quisiera dar.
Ahora en aquel sueño brillante sin que nadie la pudiera molestar, pudo soñar con un único futuro.
En el que expresaba su amor y este iba con ella hasta final.
…
Y bueno.
Pensé en escribir un recuento en chaldea pero eso ya iba a ir un poco fuera de lo que era lo que pudo hacer.
Adonis sale en el manga de FGO from lost belt en el capítulo 19, así que no es inventado.
Espero que el resultado se adecuado a quien comisionó esto, es lo único que siempre me da miedo a la hora de publicar una comisión.
Bien, dejando eso de lado.
¿Les gustó?
Ver sobre el personaje de Barghest y demás fue interesante, el mito y lo relacionado a ella en el LB6.
Y tal, veré para poder seguir con las publicaciones que aún me quedan dos comisiones más. Creo que la próxima vez que las abra pondré un número más limitado de estas.
En todo caso gracias por el apoyo como siempre y espero que disfruten de la historia.
Rey de picas fuera.
