Él era muy joven. Joven e inexperto en casi todas las áreas, excepto en lo que a cazar se refería.
En ese específico sentido, su padre, Oropher, lo hubo entrenado muy bien. Y ahí estaba, varios años después blandiendo sus espadas con dignidad y orgullo.
Sin embargo, sentía últimamente que sus habilidades no eran apremiadas como deberían. Se sentía un niño subestimado, lo cual estaba muy mal, pues ya se consideraba un joven que pronto estaría en su temprana adultez. Eso era lo que repetía una y otra vez, pero nadie parecía escucharlo, y mucho menos su padre.
—Ya tengo edad para liderar los escuadrones de rastreo— le insistía a la figura de su progenitor, quien siempre se mostraba altivo y distante—. Si tan solo me permitieras-
—Hemos hablado de esto infinidad de veces, Thranduil—la voz del Rey del Bosque Verde se oía imponente frente al salón—. Eres muy joven aún. Pronto llegará el día que tanto ansías, pero no será hoy.
Y así acababan todas sus discusiones. Por supuesto que no se atrevía a cuestionarlo mucho más que eso, simplemente se marchaba con el semblante serio y fruncido.
Aunque hubo una ocasión que vio su oportunidad y la tomó: una semana después de aquel último debate que tuvo con su padre, este se hallaba día y noche encerrado en juntas con los consejeros y estrategas del reino, pues una amenaza inminente parecía crecer cerca de sus territorios. Temiendo que la situación se les adelantara, Oropher destinó todo su tiempo y atención a ese asunto particular, dejando las demás decisiones a cargo de los líderes de caza, de rastreo y a sus guardias, pues los consideraba altamente sabios en el desarrollo de sus disciplinas.
Fue allí cuando un joven Thranduil se vistió con su ropa de exploración, de color verde, marrón y celeste, preparó sus armas y se incorporó al equipo de caza que salía a sus obligaciones en la tarde.
—Su padre no nos avisó que venía con nosotros, su Alteza—reparó el rastreador más experimentado, notablemente más adulto que el nombrado antes—. Nos indicó que delimitáramos el territorio para impedir que el rastro de las Arañas Gigantes continuara creciendo en nuestras tierras.
—Conozco la misión, gracias.
Fue todo lo que se limitó a decir, sin siquiera dirigirle la mirada. En esa edad prácticamente púber, el carácter del príncipe del Bosque Verde era aún más socarrona e intolerante, lleno de falsas seguridades y además demasiado confiado de sí mismo… Pronto descubriría que debía filtrar de su individualidad varias imprudencias si deseaba llegar a ser Rey en algún momento.
El grupo de elfos se adentró en el bosque, más allá de los límites que Thranduil pudo recorrer alguna vez. Abatido por un sentimiento de superioridad y aventura, se adelantó por sobre los demás, a pesar de las indicaciones de ir todos juntos del líder de escuadrón.
Después de una ardua persecución, el mayor logró alcanzarlo, —pues Thranduil era mucho más veloz y ligero que él—, y no dudó en aconsejarlo:
—Su Alteza, no creo que sea beneficioso que vaya adelante. Déjeme tomar su lugar, por favor.
—¿Por qué? ¿Acaso no confías en mis habilidades?— le recriminó este, mirándolo con desprecio.
—Jamás pensaría eso, mi señor… Es solo que no recuerdo que hubiera participado en alguna otra exploración antes— le dijo, bajando la cabeza para evitar hacer contacto visual—. Estas expediciones suelen ser muy peligrosas. No quiera que se hiciera daño.
—Puede que sea joven, pero no soy tan frágil como todos creen— su voz se elevaba a medida que hablaba. Con una ráfaga feroz recorriéndole los ojos, miró a cada uno de los elfos del grupo y agregó—: Soy lo suficientemente fuerte como para ser líder de esta misión, y lo seré de ahora en adelante.
Tras decir aquello, todos quedaron atónitos. Lo observaron en aquel momento con los ojos bien abiertos, sin parpadear, y expectantes de lo que sucedería.
—¿Está claro?— inquirió al elfo que lo hubo sacado de sus casillas, quien continuaba con la mirada baja.
—Sí, señor. Se hará lo que usted ordene.
No hubo que mediar más palabras. El grupo completo siguió sus indicaciones y se dirigieron directamente hacia donde comenzaban las ramificaciones de telarañas, que se apegaban con indulgencia a la arboleda del bosque.
Thranduil se detuvo a evaluar la situación, advertido de que si tocaba siquiera una pequeña parte de esas redes, todas las arañas de las cercanías vendrían a devorarlos.
Por supuesto que no podrían, pensó, pero mejor era evitar una confrontación innecesaria por el momento. Mientras estaba en eso, uno de los del escuadrón pidió adelantarse por arriba de las copas de los árboles para mirar el panorama completo, pero Thranduil le ordenó quedarse. En su lugar iría él mismo.
Confiado en que los demás cubrían el terreno detrás de sí, se subió más y más arriba de las copas, con sumo cuidado de las telarañas, aunque no era tarea fácil, pues cuanto más se adelantaba, más densa era la red ante él.
Finalmente llegó a una copa, y el aire se volvió cada vez más pesado. De pie allí y en silencio, el mundo pareció dejar de girar alrededor, como si estuviera detenido en el tiempo. De pronto, escuchó una voz de alarma y ruido de espadas y flechas volando. Se dispuso a saltar y reunirse con su equipo, algo alterado por la inesperada treta que le hubieron preparado las bestias de ocho patas, cuando notó un ligero brillo rojizo un poco más delante de donde se hallaba.
Miró un poco más concentrado, entrecerrando los ojos, solo para divisar que ese brillo era un par de grandes ojos mirándolo entre las telarañas siguientes.
Debe ser él, pensó. Debe ser el Alfa.
Utilizaban la palabra Alfa comúnmente para referirse al más poderoso de una tropa de criaturas. Por lo general, ese Alfa era más fuerte y experimentado que el resto, y por eso las demás criaturas lo designaban como su amo.
Si puedo acabar con él ahora, detendré a las Arañas Gigantes.
Con esa idea en mente, persiguió aquel brillo que hubo divisado antes, sin reparar en que se encontraba solo y que su grupo todavía estaba peleando contra varias arañas detrás. No, en su cabeza juvenil solo se centraba la idea de demostrarle a su padre que era lo suficientemente fuerte como para realizar ese tipo de misiones por su cuenta. Nada más que eso.
Lentamente se fue internando en el bosque sin darse cuenta, en terrenos que no eran ni siquiera conocidos por el líder del escuadrón de caza. Esquivaba cuando podía el ramillete de telas de araña, trampas creadas para detectar a los seres mucho antes de verlos.
De pronto, las telarañas se hicieron tan densas que le imposibilitaban bastante la visión, logrando ver con claridad apenas a unos metros de sus ojos. Entonces se quedó inmóvil, confiando en su sensibilidad auditiva para adelantar los pasos de su enemigo. Oía pacientemente, hasta que un grupo de ramas cayó frente a él de repente, y su atención se desvió a eso. Dio un salto hacia atrás, pensando que el Alfa vendría por arriba, pero nada lo preparó para la dolorosa mordida que recibió en su hombro derecho, inyectado de veneno paralizante.
Aturdido por el dolor y la sorpresa, dio varios tumbos hacia varias direcciones, atrás, adelante, a un lado y luego al otro, para evitar ser atacado de nuevo. Mas nunca llegó.
Se colocó de espaldas a un árbol enorme y se sujetó la zona mordida. Parecía profunda, y de hecho ya se hallaba bastante mareado.
Advertido de que podría llegar a desmayarse en cualquier momento, comenzó a trotar ligeramente para acercarse a su grupo otra vez, pero la criatura le cerró el paso, mostrándose ante él finalmente.
Tenía la apariencia de un hombre adulto de mediana edad, con el cabello plateado largo, las cejas negras y los feroces ojos rojizos y brillantes. Además, dejaba ver una sonrisa maliciosa de la que asomaban sus colmillos prominentes.
—Joven príncipe del Bosque Verde, ¿no es así?— inquirió, divertido—. Es un honor para mí tenerlo por estos senderos.
—¿Cómo… cómo sabes que soy príncipe?— preguntó Thranduil, extrañado.
—Bueno— comenzó a decir el Alfa, dando pasos certeros hacia él—…tu ropaje se ve atractivamente más caro y cuidado que el resto, y además llevas una tiara en tu frente— dijo, apuntando la joya que poseía una piedra celestre muy brillante en el centro.
Thranduil reparó en la cercanía que quería obtener el otro, por lo que desenfundó sus espadas, al mismo tiempo que daba pasos hacia atrás.
—No te sobre-esfuerces demasiado. Esa mordida debe doler bastante, ¿eh?
Acabando de decir aquello, se sonrió ampliamente, mostrando sus colmillos de manera amenazante.
—Aún soy capaz de acabar contigo.
Aseguró el príncipe, pero la verdad era diferente. Lo cierto era que sus músculos comenzaban a sentirse adormecidos y su visión se nublaba de vez en cuando. El veneno que le hubo inyectado estaba haciendo efecto mucho más rápido de lo que pensaba. Debía marcharse de allí cuanto antes.
En un atisbo de agilidad, se dio la vuelta repentinamente y comenzó a correr, intentando acercarse más a sus compañeros. Recorrió grandes metros y dio un salto, para evitar ser alcanzado. Saltó a una rama, y luego a la siguiente. Así por al menos diez ramas más, hasta que uno de sus pies resbaló, entorpecido por el veneno. Esto hizo que perdiera estabilidad y cayera.
Aterrizó sobre sus manos, y el simple peso de su propio cuerpo le repercutió en los nervios, especialmente en su hombro dañado. Echó un quejido audible, maldiciendo por no haber sido capaz de continuar un poco más, cuando oyó pasos detrás de él.
—Ven. Dame esos juguetes para que no te hagas daño— dijo, mientras quitaba de sus cercanías las espadas y las arrojaba lejos de allí. Luego lo sostuvo por la espalda y lo elevó, llevándolo al árbol más cercano—. Sabes, hace un buen tiempo que no recibo visitas, y justo cuando creí que solo obtendríamos comida al emboscar a tu grupo… apareces tú.
Tras decir eso, dio vuelta a Thranduil para que quedaran de frente, y luego lo sostuvo del cuello, acorralándolo contra el árbol.
El joven elfo lo miró apenas entre las cortinas de sus pestañas, pues el dolor era tanto que lo obligaba a entrecerrar los ojos. Sumado a eso, el fuerte agarre a su cuello solo aumentaba la miseria, privándolo de una respiración regular. Llevó ambas manos al brazo del Alfa, y ni aún con eso logró que lo soltara. Su fuerza era innegable.
De repente, notó cómo el otro acercaba su rostro al suyo de una manera innecesaria y descarada al mismo tiempo que le esbozaba esa sonrisa que no dejaba de darle un mal presentimiento.
—¡A—aléjate de mí!— exclamó, apenas con un hilo de voz en su apretujada garganta. Extendía sus manos y sus piernas, en pro de golpear al Alfa y soltarse de alguna forma.
—El veneno no te va a matar, pero sí te irá adormilando de a poco, hasta que quedes totalmente paralizado— comentó, arrojándolo hacia un lado con violencia. El movimiento inesperado le ganó otro quejido al elfo, pues cayó con demasiada brusquedad sobre su hombro lastimado—. Mientras tanto, podemos divertirnos un rato, ¿no te parece?
Sin prestar atención a lo que decía, Thranduil trató de incorporarse, pero sus miembros inferiores empezaron a temblar de debilidad. Ya no tenía fuerzas… Eso estaba muy mal.
Se dio la vuelta entonces, para evitar darle la espalda a su enemigo. Si lo atacaba nuevamente, al menos quería predecirlo esa vez. Mas nada lo prepararía para lo que sucedería a continuación:
El Alfa se sentó sobre su vientre ni bien giró para enfrentarlo, y ahora estaba allí, sobre él, quien se encontraba tirado en el suelo sin fuerzas y sin oportunidades de escapar.
Una exclamación se ahogó en su mandíbula cuando el arácnido, todavía con esa cara desencajada y llena de maldad, lo tomó de sus ropajes y de un solo tirón rasgó la tela, dejando a la vista su pecho completo.
Thranduil intentó detenerlo, sus manos temblorosas agarraron los puños del enemigo e hicieron la mayor fuerza posible para evitarlo. Claramente, no hubo nada que pudiera hacer. Ahora observaba su propio pecho lampiño y pálido al descubierto, y cuando elevó la vista —algo confundido por lo que acababa de suceder— notó destellos enfermizos en los ojos que lo miraban desde arriba. Esa clase de maldad, esa lujuria, Thranduil no era consciente de que siquiera existía en el mundo. Era, pues, muy joven aún… Su cuerpo pueril no había sido tocado ni siquiera por él mismo, ya que su mente nunca se lo pidió.
—Puedo escuchar tus latidos acelerados desde aquí— le dijo el Alfa, sin dejar de disfrutar cada segundo que perturbaba al más joven—. ¿Esto te avergüenza? ¿Le habías mostrado tu desnudez a alguien anteriormente?
¿Desnudez? No había pensamiento lógico que pudiera centrarse y resolver lo que el otro quería decirle… ¿Por qué se mostraría sin ropa frente a alguien? ¿Y por qué esa criatura ante él quería verlo así?
Convencido de que solo quería humillarlo moralmente, le lanzó una mirada altiva y orgullosa desde su posición, detalle que divirtió aún más a su atacante.
—Mira nada más, qué chico tan valiente…— se bufó el arácnido, mostrando nuevamente sus colmillos al torcer los labios en gesto de victoria—. Sabes, al principio pensé que era una lástima que no fueras mujer. Ellas se asustan mucho más rápido, pronto comienzan a suplicar piedad y eso, aunque es divertido, suele cansarme fácilmente luego de un rato… Pero tú— se detuvo ahí mismo y antes de continuar colocó una mano sobre el pecho del elfo—. Tú aprenderás a temerme.
De un solo movimiento rápido, giró a Thranduil, obligándolo a permanecer boca abajo. Luego, con otro tirón igual de intenso, elevó sus caderas, poniéndolo de rodillas. La mente del elfo, ahora febril y mareada, daba infinidad de vueltas sobre sí misma, tratando de permanecer consciente para evitar ser devorado.
Lo que no sabía era que las intenciones de su acechador lo enfrentaban directamente con una hambruna mucho peor que la de una bestia; era hambre de placer, un lujurioso veneno que recorría cada centímetro del cuerpo del Alfa y lo dotaba de vigor, pero que corroería a Thranduil hasta hacerlo caer a un estado peor que la muerte.
Sus caderas levantadas permitieron el desgarro fácil de sus prendas, lo que sorprendió al joven elfo casi al punto del espanto. Solo con ese simple hecho, estaba rozando el estado de shock.
—¡¿Qué…?!— intentó formular, pero su cabeza estaba demasiado febril y su cuerpo muy débil como para defenderse de alguna manera, o siquiera razonar lo que ocurría.
—Ten paciencia, esto llevará tiempo.
Oyó la risa despiadada de fondo, y sin entender lo que sucedía, sus ojos se ampliaron de más cuando un primer dedo se filtró por su entrada.
Enmudeció. Sentía el agudo dolor, la incomodidad crecía en cada poro de su cuerpo noble, pero no lograba asimilar palabras. En cambio, apretó los dientes dentro de su boca y comenzó a temblar. ¿Qué estaba pasando?, se preguntaba, ¿qué era ese escenario de locura que estaba viviendo? Aún aturdido por el inesperado acto de abuso, su cuerpo reaccionó de repente cuando sintió el segundo dedo colarse dentro de él.
—¡A—alto!— la voz pareció salir de sus mismas entrañas, pues carecía de aire. Se estaba hiperventilando y la fiebre pareció aumentar—. ¡Quita tus… s-sucias manos!
Acabar esa simple frase le costó horrores. Ciertamente, con el inmenso temblor de su cuerpo y el dolor creciente en sus partes más delicadas, sus pulmones no estaban aptos para sobre-esforzarse en una exclamación como la anterior. Sin embargo, con sus extremidades adormiladas casi por completo, lo único que podía hacer era manifestar su furia verbalmente.
Para cuando llegó el tercer dedo, su boca entera era un nudo de sílabas inentendibles. Tenía la certeza de estar delirando todo aquello, como si su mente agotada desvariara las sensaciones e imaginara cosas. Eso no podía estar ocurriéndole…
Finalmente, un breve alivio lo acompañó durante unos minutos cuando el Alfa se aburrió de esa fase y quiso continuar con la siguiente, por lo que quitó sus dedos del interior de Thranduil de un solo jalón.
Dejó que la respiración del más joven se normalizara un poco, y permitió también que reposara su cuerpo completo en el suelo. Mirándolo desde arriba, no podía estar más deleitado con lo que observaba: una fina capa de sudor bendecía la piel brillante del príncipe. Su cabello desordenado le daba un aspecto atrevidamente invitador, además de que su espalda era demasiado amplia para la edad que aparentaba tener.
—Parece que estás bastante entrenado, ¿no?— le preguntó, acariciándole la columna de arriba hacia abajo, justo donde se comenzaba a dibujar la redondez de sus glúteos—. Tus músculos tienen buena forma y tonicidad. Creo que serías capaz de aguantar bastante…
Con la frase a medio terminar, Thranduil no podía caer en la cuenta de la nueva tortura a la que sería sometido. Lo primero que sintió fue el peso del Alfa sobre él, y por lo que su piel erizada le contaba, podía darse cuenta de que el arácnido se hubo quitado los ropajes también.
Trató de incorporarse pero sus brazos habían agotado toda energía, caídos en la totalidad del veneno anteriormente inyectado por la mordida. Todo su ser ya estaba inmóvil y había perdido la libertad, solo su mente continuaba despierta… para su mala suerte.
En el instante siguiente, el miembro del Alfa empezó a adentrarse en él, quebrando la voluntad del elfo, haciendo que este cierre los ojos ante el profundo dolor que le seguía. Un quejido desgarrador inundó el ambiente, donde se hallaba abandonado a su suerte, amarrado a una horrible red de actos enfermizos.
Las lágrimas cayeron una por una de sus cuencas, lavando su orgullo y mancillando su honor. Esto tiene que ser una pesadilla, se dijo. ¡Una maldita pesadilla!
Por su parte, el Alfa soltaba suspiros cada tanto, tratando de mantener la calma para no adelantar su orgasmo. Hacía muchos años que no tenía una presa como el príncipe, tan joven y tan hermoso. Poseerlo así era sucumbir a un éxtasis que casi nunca tenía la oportunidad de disfrutar.
Sentirlo retorcerse, temblar, e incluso lloriquear debajo de él… Era el placer más inmenso, tanto así que su miembro comenzó a latir en la profundidad de la entrada expandida.
Segundo a segundo, sus embestidas se hicieron más violentas, y la hinchazón previa al clímax se vio venir. Completamente acaparado por la lujuria, se elevó un poco y con una mano tomó los cabellos rubios del príncipe, apretujándolos con su puño con una saña que solo era digna de una bestia.
Un nuevo grito se dejó oír de la boca de Thranduil, quien aún era incapaz de moverse, por lo que solo pudo quejarse al respecto. Todo su cuerpo dolía en partes que prefería no mencionar, pues la vergüenza latía en el rubor de su cara y en su corazón lastimero.
Finalmente llegó lo que más anhelaba en ese momento: con un gruñido audible, el Alfa liberó su carga, y el joven elfo, —pese al escalofrío que le dio por sentir ese abundante líquido colarse dentro de él—, sintió alivio porque significaba que había culminado.
En efecto, después de unos minutos de reposo, su atacante se retiró, levantando su cuerpo pesado y alejándose unos pasos.
—Esto fue divertido, príncipe del Bosque Verde— se bufó, colocándose las ropas mientras hablaba—. Ojalá podamos volver a encontrarnos algún día.
Ante la provocación, Thranduil solo pudo observarlo, y en el destello de esos ojos cansados el Alfa logró discernir un enojo desafiante, lo cual lo maravilló por completo. Nunca nadie se había atrevido a verlo de aquella manera luego de lo ocurrido, pero el elfo ante él no parecía tenerle miedo en absoluto. Su mirada era más una promesa de aniquilación… Fascinante, pensó, esbozando una gran sonrisa perversa.
Pasaron algunas horas y la noche ya casi caía en el bosque cuando lograron hallar a Thranduil, quien hubo caído inconsciente por la dolencia de todo su cuerpo. El escuadrón de caza se horrorizó de encontrar en aquellas condiciones al hijo del Rey Oropher, e hicieron lo imposible para socorrerlo velozmente y darle un antídoto que le devolvería la movilidad.
Aún así, el alivio de que estuviera vivo era gigante. Las heridas que encontraron no eran graves, y más allá del abuso, confiaron en que se repondría con el tiempo.
Pasados algunos días, notaron que tenían razón. El espíritu de Thranduil era demasiado orgulloso para resignar su existencia a la de una simple víctima. Estaba furioso consigo mismo por no haber sido capaz de detener al Alfa, ni a las Arañas Gigantes… Solo trajo más problemas al reino, y todo a causa de su arrogancia.
Eso le dio una gran lección, y se enfocó en su progreso personal y su entrenamiento día a día, mes a mes. Preparándose para afrontar nuevamente al Alfa, rastrearlo hasta el rincón más insólito de la Tierra Media si era necesario y arrancarle, diente por diente, esa enferma sonrisa del rostro.
FIN
