Camus se encontraba frente a la computadora, observando la pantalla fijamente mientras decidía si alguna de las imágenes en su galería podía ser usada. No sólo se trataba de una profesión, la fotografía era una de sus pasiones, así que tenía decenas de fotografías que no había usado aún, algunas de ellas por considerarlas poco adecuadas y otras por falta de tiempo.
Al final seleccionó algunas, pero la idea de salir y tomar algunas otras fotografías no quedó descartada. Sus manos dieron un suave masaje a su entrecejo y sus ojos se posaron en la hora. Ya era tarde, pero usualmente prefería trabajar durante la noche. Sin embargo, había agendado una reunión con Saga para mostrarle la primera selección de fotos. Si bien le habían ofrecido libertad prácticamente completa, Camus prefería consultar con alguno de los gemelos antes de tomar una decisión final.
En ese instante un sonido lo distrajo. Su ceño se frunció y una mueca de frustración se dibujó en sus labios. La notificación mostraba el nombre de Milo, a quien le había dado su número unos días antes, justo cuando estaba por irse del club había sido asaltado por el joven griego. Y ante la mirada insistente y la sonrisa brillante del joven rubio, no tuvo valor suficiente para negarse; además, ¿no era eso lo que necesitaba? Camus ya ni siquiera estaba seguro de ello. Recientemente sentía unas ganas enormes de mandarlo todo al diablo e irse de viaje por unas semanas.
Al día siguiente estaba sentado en la oficina de Saga, quien observaba las fotos en el monitor de su computadora.
—Algunas de esas fotos tendrán un efecto un poco distinto al ser impresas…
—Entiendo, —Saga miró a Camus con una sonrisa educada en su rostro. —y no dudo de tu capacidad, mucho menos de tus gustos… pero igual agradezco que quieras mi opinión. Me gustaría verlas impresas antes de decidir.
El francés lo miró fijamente un momento antes de decidirse a hablar.
—¿No sería un desperdicio imprimirlas todas cuando sólo unas cuantas van a quedarse al final?
—No te preocupes por eso, igual podemos imprimirlas en tamaño carta. Así no habría tanto problema.
Camus asintió aliviado. Si bien el costo estaba cubierto, le molestaba la idea de dejar impresiones grandes sin usar. Después de acomodar sus cosas se despidió de Saga y salió de la oficina dispuesto a regresar a su departamento para seguir trabajando, la sección del sótano aún estaba pendiente.
—Es una pena, venía con toda la intención de poder platicar contigo, y me encuentro con que ya te vas.
Camus giró la cabeza y vio entonces a Milo, cuyo cabello iba recogido en una cola de caballo. Finas gotas de sudor perlaban su frente, como si realmente hubiera hecho un esfuerzo físico por llegar hasta donde se encontraba. Aun así, quiso suponer que era mera coincidencia que se hubieran encontrado ahí.
—¿Qué tal? Estaba por irme a continuar esto. —Levantó la mano y señaló la tableta que llevaba.
—Ah, ¿interrumpo entonces?...
—No, en absoluto. Tengo un poco de tiempo, ¿quisieras salir?
La mirada de Milo se iluminó y en sus labios se pinceló una sonrisa amplia y radiante.
—Por supuesto, hoy no tengo planes. ¿Qué te parece si me llevas a conocer algún lugar agradable? Aún no conozco bien París, es la primera vez que vengo en muchos años y Kanon no me ha dejado disfrutar de la ciudad desde que llegamos.
Muchas preguntas surgieron en la mente de Camus, pero ante la mención del menor de los gemelos decidió limitarse a sonreír mientras seguía a Milo hasta el lugar donde había dejado su moto. Además del asunto de la sesión, la imagen de la foto que había tomado y que no se había atrevido a tirar, continuamente acechaban su mente, llenándolo de algo parecido al remordimiento.
Pero el griego se mostraba ajeno a su pesar, mostrando una expresión de grata sorpresa al ver la motocicleta del pelirrojo.
—Oh, cierto. Usas una moto para transportarte. Nunca he subido en una…
Camus sonrió inconscientemente, porque Afrodita había tenido una expresión similar al ver la primera moto de Camus.
—Sólo sujétate fuerte y ponte bien el casco.
Camus había decidido llevarlo a un pequeño café de Saint Michel, uno de sus lugares preferidos pese al flujo constante de los turistas. Milo lo había visto con un poco de sorpresa en sus ojos turquesa, pero después había reído de buena gana al notar la gran variedad de alimentos en la carta.
—Entonces, ¿al final aceptaste modelar para mis tíos?
Milo sonreía mientras movía la cuchara en la taza de café frente a él.
—Ser fotógrafo no es sencillo, y pese a que parezca lo contrario, ha sido muy halagador que ambos se mostraran tan interesados en mí. —Camus se encogió de hombros y dio un trago a su café. —Nunca me ha gustado la atención cuando se trata de mi aspecto, porque en muchas ocasiones ha sido contraproducente para mis intereses profesionales, si bien otras me han servido para poder pagar las cuentas.
El griego soltó una risa suave antes de beber su café.
—No creo que sea algo malo. Es más, admito que en un principio pensé que eras muy arrogante, como muchos de los artistas que he conocido. Pero supongo que eso me gano por ser prejuicioso. Nunca he entendido mucho de arte, casi todo el modelaje y el asunto de la moda me parece más cercano a un negocio que a algo francamente artístico.
Camus lo miró fijamente, sopesando lo que acababa de escuchar.
—Bueno, todo en esta vida gira en torno al dinero, de una forma u otra. Es imposible dedicarse a cualquier forma de arte como un profesional sin pensar en cómo ganar lo suficiente para llevar una vida digna. Quizás habrá algunas personas que crean que el artista es superior a otras personas, y la idea del arte por el arte es sin duda bella y atractiva, pero creo que también hay que ser realistas y prácticos. Mucha gente busca usar sofismos para no remunerar de forma adecuada a artistas, sobre todo a aquellos que van comenzando. Incluso pienso que a veces deberían de enseñar a los alumnos a saber cobrar por lo que hacen en las escuelas.
En ese momento Camus se dio cuenta que había hablado de más, algo que sucedía pocas veces. Miró algo apenado a Milo, quien lo escuchaba atento, con una mano sosteniendo su mentón.
—Ah, es interesante, supongo que no había pensado en ello porque no tengo a nadie cercano que se dedique al arte. Aunque no me extraña que sea tan difícil. Además, está el asunto de lo que está de moda, de las tendencias y ahora la era digital y todo lo que ello implica.
—Hum, créeme no quieres caer en ese hoyo negro. —El galo emitió una risa cargada de cierta ironía.
—No puede ser tan malo. Además, se nota que es algo que te encanta, pese a todo. No sé cómo decirlo, pero tienes un aire diferente.
—Es difícil decidir si eso es bueno o malo…
—Creo que es bueno. Eres una persona interesante Camus, aunque te hagas el difícil.
El aludido lo miró extrañado, negó con un gesto de la cabeza y levantó la mano para pedir un vaso de agua. Necesitaba distraerse de toda la atención que Milo le prestaba en ese instante. ¿Le estaba coqueteando? Quizás sí, o quizás no. Porque entonces no sabía si Saga y Kanon estaban haciendo lo mismo. Un suspiro exasperado abandonó sus labios una vez más. Realmente necesitaba ese viaje.
