Autor Original: Fauxstales
ID: 4825532
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Arthur se despertó cuando la luz del sol de la mañana golpeó su rostro. El sol brillaba sorprendentemente, pensó, para estar dentro de un edificio. Debería decirle a Alfred que cerrase las persianas, decidió, antes de intentar darse la vuelta con la esperanza de bloquear algo mientras tanto. Sin embargo, le costaba moverse, las sábanas apretadas alrededor de su cuerpo como si intentasen evitar que se cayera de la cama. Refunfuñó, sin recordar haber estado arropado, y logró abrir un solitario ojo.
En lugar del reconfortante entorno de esa antigua posada que habían logrado encontrar la noche anterior, las dinámicas sombras de los arboles matutinos le dieron la bienvenida. Ahora escuchaba la ráfaga del viento a través de las ramas marchitas, el canto de los pájaros que saludaban al amanecer. De hecho era hermoso… pero, ¿qué narices estaba haciendo aquí, para empezar? Con ambos ojos abiertos, se dio cuenta de que su 'cama' era simplemente otro robusto árbol en el que estaba apoyado, y que su manta era solo un trozo de tela. Una tela extrañamente conocida. Aterradoramente conocida.
Arthur alejó la cabeza de su 'almohada', sorprendiéndose al descubrir que no era otra que el hombro de Alfred, el príncipe apoyando su espalda contra la circunferencia del baúl que compartían como poste para dormir. El rostro de Alfred tenía un brillo suave e inocente con los rayos de sol que atravesaban la capa de hojas, el constante ascenso y descenso de su pecho se sincronizaba con el flujo y reflujo de la naturaleza a su alrededor.
"¿Q-Qué está pasando aquí?" exigió, interrumpiendo este orden natural y casi gritándole al joven.
Alfred hizo una mueca, parpadeó y bostezó medio despierto.
"Buenos días, dormilón. Hombre, eres un borracho loco"
"¡Bueno, gracias por eso! ¿Podrías tener la amabilidad de decime qué tiene que ver eso con nuestra situación actual?"
Alfred extendió un brazo hasta su hombro, frotándolo.
"Los árboles no son realmente buenas camas"
"¡Eso no viene al caso!"
"No, no. Creo que es un punto muy importante"
"¡No importa! Solo dime qué narices estamos haciendo en mitad del bosque. Sé muy bien que pagamos por una noche en la posada" el tono de Arthur cambió a uno de acusación, con la mirada aburrida de Alfred "¿Qué hiciste? ¿Gastaste todo lo que teníamos en otro de tus atracones de comida?"
"¡Hey, oye! ¿Por qué narices haría eso, loco Lengandiano? Administro mi dinero muy bien para mis… excursiones gastronómicas"
Arthur, removiéndose incómodo en su asiento, dio un pequeño suspiro de alivio cuando notó que su corona todavía estaba en su mano. Alfred estaba diciendo la verdad, al menos hasta ahora. Otro dejo de pánico lo golpeó cuando giró la cabeza para localizar su caballo y sus cosas, al que le complació encontrar atado a un árbol cercano junto con el de Alfred.
"Bien, entonces te creo sobre lo de no vender nuestras cosas. Pero aún tienes que responder mi pregunta" continuó, su voz subiendo de tono, a lo que agarró su palpitante cabeza. Una oleada de náuseas le llegó como un golpe en el estómago y se esforzó por corregirlo para no verse más ridículo frente a Alfred.
"Ahh, tranquilo, Artie" dijo Alfred, colocando ambas manos sobre los hombros de Arthur "Tómatelo con calma. De hecho, me sorprende que estés vivo después de todo lo que bebiste anoche"
Arthur se puso nervioso, soltó sus hombros de las firmes manos de Alfred mientras se levantaba, poniendo la mayor parte de su peso en el árbol.
"Suéltame. No necesito tu ayuda"
Las manos de Alfred se quedaron ahí, con la presencia fantasma de Arthur antes de que él también se agarrara del árbol y se pusiese en pie, elevándose sobre el otro en una proximidad inquietantemente cercana.
"Bueno, no es eso lo dijiste anoche"
Arthur clavó las uñas en la áspera corteza con los hombros encorvados y no se atrevió a mirar tras él al otro príncipe. ¿Qué narices había dicho?
Alfred cruzó las piernas y colocó los brazos detrás de la cabeza, utilizando el árbol como apoyo.
"Sí, estabas bastante indefenso anoche. Fuiste tan ruidoso y escandaloso que nos echaron de la posada y tuve que llevar tu patético trasero por la mitad del pueblo para sacarte y que los del pueblo no pudiesen escuchar la cadena de blasfemias que soltabas cada vez que abrías la boca. Luego, cuando finalmente llegamos a algún lugar lejano, comenzaste a llorar y a mencionar sobre un tal 'Francis', o algo de eso. Debes haber tenido una historia muy mala con las chicas cuando eras joven, ¿eh? De todos modos, después de que terminases, simplemente colapsaste en el suelo… No podía simplemente dejarte, así que tuve la amabilidad de ofrecerte mi capa como una manta y acomodarte"
Alfred frunció el ceño y puso mala cara.
"¿Y este es el agradecimiento que recibo por hacer todo eso? ¿Una alarma grosera y ser llamado idiota?"
Arthur tenía una mirada mortificada en sus rasgos, escondiendo su rostro entre sus manos mientras Alfred relataba los eventos de anoche. Que vergonzoso. ¡Qué embarazoso! Lo que lo empeoraba aún más era que estaba frente a él, de entre todas las personas. Sin embargo, ahora no era el momento de pensarlo. Él, siendo el miembro de la realeza Lengandiana que era, seguiría siendo responsable de sus acciones. Se enderezó tanto como pudo en un esfuerzo por recuperar lo que quedaba de su dignidad.
"Gracias, Alfred. Fue grosero, inmaduro y muy incorrecto por mi parte haber puesto esas responsabilidades en ti. Como tu compañero de viaje y rival, no puedo ofrecerte nada más que mi más profundo y sincero arrepentimiento por causarte tantos problemas…" se inclinó profundamente, algo que nunca pensó que le haría a Alfred en esta vida o en la siguiente.
Alfred solo sonrió, mostrando esos blancos dientes nacarados y ofreciéndole un guiño juguetón.
"Venga, vamos, no te obsesiones demasiado. Acepto tu disculpa, después de todo" dudó solo un segundo para mantener la anticipación "te ves muy lindo cuando duermes"
Arthur se quedó con la boca abierta, instantáneamente girándose y colocando su corona firmemente sobre su cabeza.
"¡S-Solo sube al caballo! Todavía tenemos una princesa a la que rescatar" se dirigió hacia los corceles que esperaban, haciendo su mejor esfuerzo por no vacilar a pesar de que su cabeza se partía en dos.
Alfred se dio cuenta de esto y se apresuró a seguirlo, uniéndose a él a su lado durante unos pasos hasta que Arthur aceleró, intentando intencionalmente de evitar estar en contacto cercano con él.
"¿Estás seguro de que estás a la altura, Artie? Quiero decir, estabas muerto para el mundo hace unas horas, y es un dragón lo que tenemos que matar"
Arthur llegó hasta Elizabeth en un tiempo record, desató sus riendas y se subió sobre su silla, su expresión facial imperturbable.
"Es Arthur. Y sí, estoy bien. Mejor preocúpate por ti mismo. Pronto llegará el momento en que ya no seremos amigos, sino enemigos. Solo hay una princesa. Nadie ha contado la historia de dos príncipes viviendo felices antes, ¿verdad, chico de cuento de hadas?"
Alfred se detuvo en seco, la sonrisa se desvaneció mientras Arthur dirigía su caballo oscuro por el camino, una gran torre se alzaba en la distancia. Alfred se preguntaba por qué no había cuentos de príncipes. ¿Realmente tendrían que enfrentarse entre sí para ver quién puede reclamar el premio? En ese momento, el pensamiento de su hermano Matty, sentado en su trono al lado de esta que sería SU princesa, pasó por su mente, y con un nuevo fervor, cargó tras Arthur. Lo alcanzó fácilmente con la ayuda de las zancadas más grande que pudiese dar su semental.
"Si es un reto lo que quieres, un reto es lo que tendrás. ¡Pero no digas que no te lo advertí! Esa princesa era mía desde el principio"
Hundió los talones en George y echó a galope hacia adelante, dejando a Arthur atrás.
A medida que se acercaban a la torre, las nubes comenzaron a oscurecerse a medida que estaban más cerca. Haciendo caso omiso de las protestas de George, Alfred siguió adelante hasta que el cielo estuvo casi negro alrededor de ellos. Podía distinguir débilmente los cascos de Arthur bastante atrás, pero intentó ignorarlo. Tenía que permanecer concentrado en su objetivo. A esto es a lo que había dedicado su vida. Ese príncipe no valía la pena el esfuerzo. Después de todo, era su rival.
Alfred detuvo a George abruptamente cerca del borde del barranco que rodeaba la torre. El caballo pateó la tierra, caminando de un lado a otro. Sabía lo que había más allá de esas murallas, podía sentirlo.
"¡Ahh, George! Cálmate – es solo un poco –"
Un rugido titánico estalló desde las profundidades del barranco, sacudiendo la tierra y todo lo que lo rodeaba con su retumbante llamada.
"Dragón…"
"¡Vamos, Alfred Jones! No te echarás atrás ahora, ¿verdad?" Arthur pasó galopando a su lado como un rayo negro, un relámpago, caballo y jinete fundiéndose en uno mientras corrían por el estrecho pasadizo que conducía a la arena "¡Esto es demasiado fácil!"
Alfred apretó los dientes, cargando a George hacia adelante, quien, al ver pasar a su amor, estaba mucho más dispuesto a dar el paso. Se abrieron paso a través de la puerta que daba a una amplia arena circular, bordeada por estalagmitas y columnas de piedra. Vio a Arthur trotando por el borde exterior y fue a reunirse con él.
"Entonces, ¿dónde está ese dragón del que hablaron?"
"No cuentes los polluelos antes de que nazcan… Y no creas que estamos trabajando juntos en esto solo porque los dos estamos aquí. Tú peleas tus propias batallas"
"No lo estaba planeando…" mintió Alfred. Giró a George en la dirección opuesta a donde Arthur estaba llevando a Elizabeth para rodear la base de la torre "Dios… ¡Esa cosa es ENORME!"
"Bueno, ¿qué esperabas? ¿Una escalera sencilla que llevase hasta la cima con un letrero que dice 'ven a salvarme, por favor' en la parte de arriba?"
"Algo así…"
Podría haber jurado que escuchó a Arthur murmurar algo, pero no tuvo tiempo de responder cuando otro rugido partió el aire en dos. Ambos caballos se encabritaron, sus jinetes hicieron todo lo posible para mantenerlos firmes mientras los ojos se dirigían hacia el cielo. Allí lo vieron.
Sentado en lo alto de la torre había una gran figura con escamas tan negras como la noche. Ojos como rendijas rojas observaban cada uno de sus movimientos con lujuriosa atención, la criatura movía ansiosamente su cola de un lado a otro antes de que esta se estrellase contra el lateral del edificio. Abrió sus alas, alzando el vuelo sin esfuerzo y aterrizó con un crujido, las garras se clavaron en el duro suelo como una roca. Tenía al menos doce caballos de altura, dientes y garras como dagas. Siseó, mostrando sus colmillos en espera de su primer oponente.
Arthur no perdió el tiempo y cargó hacia este con su valiente yegua.
"¡TE TENGO, MONSTRUOSA BESTIA!"
Con la espada alzada y lista, fue hacia el flanco del dragón, la bestia conocía esta táctica demasiado bien y lanzó su cola para derribarlo. Arthur corrigió su dirección y trazó un amplio círculo, esquivando por poco la afilada cola.
Alfred solo pudo mirar con horror, sacudiendo la cabeza para recomponerse y ayudarlo. No era de extrañar que todos los demás príncipes hubieran fracasado solos. Nadie podría acabar con esta criatura por su cuenta.
Pero ellos no estaban solos.
"¡Arthur!" llamó Alfred a todo pulmón "¡Encárgate del lado derecho, lo distraeré para que puedas prepararte para golpearle por la espalda!"
Arthur, que parecía entender la situación, hizo lo que se le ordenó y retrocedió para esperar la señal de Alfred. Alfred iba al frente, el dragón cayendo en la trampa y le lanzaba mordiscos mientras pasaba rápidamente. George se resistió, pateando el hocico del dragón. Este rugió en protesta y bajó su garra sobre el par, tirando a Alfred de la silla de George.
"¡ALFRED!" gritó Arthur, el relincho de Elizabeth armonizando con su propio grito agonizante por el príncipe caído.
Alfred yacía en el suelo, George no muy lejos de él, luchando para enderezarse antes de que el dragón atacara de nuevo. Los ojos de Alfred se abrieron de golpe justo a tiempo de rodar para quitarse del camino de una de las grandes garras de la bestia, buscando refugio en una estalagmita destrozada. Su respiración se tornó dificultosa, el miedo se apoderó de su pecho. Así que esto es lo que significaba ser un príncipe real, luchar contra monstruos reales, por razones reales.
Fue sacado de su ensoñación cuando escuchó el fuerte chillido de la criatura tras él. Agarró firmemente el borde de la estalagmita y se incorporó lo suficiente como para ver que el dragón tenía ahora un corte bastante grande en el muslo izquierdo. Arthur estaba montado a poca distancia de él, sangre fresca y negra goteaba de su espada.
¡Arthur estaba bien! ¡Todavía estaba luchando!
El dragón, habiendo olvidado por completo que Alfred estaba presente, ahora centró sus esfuerzos en derribar al príncipe y batió sus alas, creando una ráfaga que amenazaba con derriba a Elizabeth y a su jinete. Alfred ya no podía quedarse quieto y mirar. Cogió su arma y, utilizando las grandes rocas como escudos, se dirigió al otro lado.
El sonido del metal contra mental mando escalofríos por su columna, captando la escena justo a tiempo para ver a Arthur ser tirado de espaldas contra el suelo, la parte de atrás de su cabeza golpeando con fuerza una roca, su cuerpo cayendo inerte. La rabia llenó el corazón de Alfred, las manos apretadas sobre la empuñadura de su espada. Esa maldita bestia…
Elizabeth había huido hacía mucho tiempo acercándose a la seguridad de la pared, dejando a Arthur ahí tirado y vulnerable a otro ataque. El dragón, viendo su oportunidad, giró su hacia atrás para darle el golpe final. Justo cuando estaba a punto de acabar con él, Alfred se dio la vuelta y cortó su pata delantera, partiéndola en dos.
El grito de agonía del dragón estremeció a Alfred hasta la médula, pero no se detuvo. Corrió hacia adelante, con el objetivo de hacer lo mismo con la otra pierna del dragón, solo para ser detenido por la cabeza del dragón, que lo empujó hacia atrás. Gruñó, deslizándose unos metros, con la espada todavía en la mano. Intentó ponerse de pie, pero se dobló mientras se agarraba las costillas. Al menos tres de ellas estaban rotas.
"¡TE MALDIGO!" protestó, tosiendo sangre.
El dragón chasqueó los dientes y avanzó cojeando mientras un líquido oscuro cubría el suelo del lugar. Le siguió una profunda inhalación. Alfred sabía que vendría después, el arma más mortal del dragón: el fuego. Mientras se arrodillaba allí, el dolor atravesaba su cuerpo, sin saber si Arthur estaba vivo o muerto, comenzó a preguntarse. ¿Era esto realmente lo que había querido desde el principio? ¿Era esto realmente toda su vida, el tiempo juntos que habían pasado? ¿Comida para un demonio inmundo cuyo único propósito era presentar un desafío a príncipes demasiado orgullosos y justificar su propio derecho para ver que todo era un engaño? Arthur había estado en lo cierto… Arthur.
La inhalación se hizo más profunda, los pulmones del dragón se llenaron al máximo de su capacidad antes de abrir la boca para liberar el torrente de llamas. Justo cuando se encendía una chispa, un poderoso y sólido golpe en el cuello terminó con la bestia, separando su cabeza del resto de su cuerpo. El dragón ya no lanzó más gritos, ni las colinas volverían a resonar con su tremenda llamada. Estaba muerto.
Alfred se arrodilló, jadeando, con los brazos alrededor de su pecho para aliviar lo que pudiese el torrente de dolor que lo invadió. Miró con incredulidad el cuerpo asesinado del dragón, perdido en lo que acababa de ocurrir.
"Merci, príncipe"
Una voz baja y tranquilizadora habló detrás de él. Alfred se giró rápidamente para ver a un hombre, no mucho más mayor que Alfred, de pie con una hoja reluciente y ennegrecida preparada para defenderse. El hombre envainó la espada, comentando lo sucia que había acabado, antes de sonreír a Alfred, moviendo su pelo rubio hasta la barbilla tras él.
"¿Qu…é?" Alfred estaba aturdido, maravillado por este milagroso individuo.
"Sin tu ayuda y la de ese de cejas espantosas, no podría haber matado al dragón. Por lo tanto, Merci"
Ese acento… debía de ser de Racfen. El vistoso traje y los movimientos igualmente frívolos lo delataban también. ¿Era otro príncipe? ¿Venía a reclamar a la princesa? ¿O era algún salvador, un ángel caíd del cielo en su momento de necesidad? Fuera lo que fuese, Alfred se alegraba de verlo.
"Gracias" balbuceó, haciendo lo que pudo para limpiarla sangre de su cara "Estoy en deuda contigo"
El hombre, aparentemente complacido, puso una mano debajo de su barbilla
"Non, mon ami. Creo que ambos están en deuda conmigo, y no dejes que esa rata lo olvide"
Los ojos de Alfred se abrieron de par en par.
"¡ARTHUR!"
¿Cómo pudo haberlo olvidado? Bueno, en realidad, era bastante fácil ver cómo pudo haberlo hecho con el gigante dragón devorador de hombres, sus tres costillas rotas y al hombre imposible que había venido a salvar sus vidas. Todo eso no importaba ahora, ya que ignoró el latido en su pecho, tanto así de sus costillas rotas como de su corazón ansioso. Cruzó la distancia que le separaba de Arthur, donde su cuerpo yacía roto, sin vida.
Tiernamente tomó a Arthur en sus brazos, acunando su cabeza, su mano manchada de sangre
"Arthur… ¿Puedes oírme? Por favor, Arthur, despierta"
El príncipe no movió ni un pelo mientras Alfred bajaba su espada, envolvió su otro brazo alrededor de los hombros de Arthur y lo abrazó.
"Artie… ya no me importa la princesa, no me preocupan las riquezas, las abundantes cosechas… solo me preocupo por…"
Alfred sintió algo frío tocar su mejilla. La corona… la corona de Arthur. Qué podría hacer una corona a cualquier príncipe si estaba muerto. Y, sin embargo, Arthur la había usado hasta el final. La verdadera marca de la realeza. Estaba decidido, haría su nueva misión en la vida el devolver la corona de Arthur a su padre, transmitir sus heroicas hazañas y demostrar de una vez por todas que cualquier persona, con cualquier sangre, merecía ser tratada de la misma manera.
Alfred movió lentamente su mano para coger la corona de la cabeza de Arthur, las lágrimas brotaron de sus ojos antes de caer en cascada por sus mejillas. Cuando comenzó a quitarle la corona, un suave tirón lo atrajo hacia él.
"I…Idiota. Pensé que te lo había dicho la última vez… No toques mi corona"
Alfred se mordió el labio, mirando el rostro sonriente de Arthur con una insondable sensación de alivio. Ahogó una risa llorosa y abrazó a Arthur con más fuerza, el príncipe Lengandiano no hizo nada para protestar.
"Idiota"
