Autor Original: Zeplerfer

ID: 3863429

Nota de la autora: Hay algunas referencias a la novela, pero no grandes spoilers.

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Capitulo 4: La Princesa Pérfida

En el cual Arthur lanza un hechizo mágico, Ivan recibe algún consejo y Alfred se da un baño.

Por alguna razón, Alfred tenía la sensación de que la nueva princesa de Kiku no le quería mucho, pero estaba decidido a no dejar que la aversión mutua se metiese en medio de la misión de rescate. Todas las princesas tenían sus peculiaridades, aunque tenía que admitir que la Princesa Arthur era particularmente desconcertante e intrigante – en un momento clamaba no saber nada además de inútiles habilidades de princesas, y al siguiente decía que podía usar dagas y hechizos mágicos.

Era extraño de otras maneras. Las princesas se suponía que eran hermosas o bellas, pero Arthur no lo era. Su ceño fruncido de manera constante no hacía nada por su apariencia y su pelo parecía un nido de pájaros. Arthur claramente había fallado en la 'Clase de Sonrisas' de la Escuela de Princesas dado su malhumorado y gruñón exterior.

Y Alfred sospechaba que las cejas de Arthur eran resultado de una terrible maldición. Eso explicaría por qué la princesa era tan sensible a los comentarios sobre estas.

Pero el caballero tenía igual de oportunidades como rescatador de princesas, así que no iba a dejar que una personalidad ligeramente desagradable y un pelo desordenad le detuviesen de completar su misión auto impuesta. Ahora que todo lo que tenía que hacer era el modo de encontrar los ingredientes que Arthur pidió para su hechizo mágico y nunca tendría que hacerse cargo de Arthur de nuevo…

"¿Recuerdas lo que te prometí de una princesa normal?" le dijo Alfred a su caballo.

"Lo siento por eso"

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Contrariamente a las apariencias, Alfred no era estúpido. Sabía que conseguir un tablón de madera del Bosque Mágico era una Mala Idea (una idea tan mala que necesitaba de Letras Mayúsculas). Los árboles se protegían entre sí y a ver quién era el que intentaba cortarlos. El último leñador que entró en el bosque había sido devorado por un ent.

Así que Alfred regresó a la Taberna de Elizabeta y pidió ayuda a su amiga. Ella aceptó felizmente, una vez que Alfred le contó su historia de lo que ella llamaba su 'primera cita' con la Princesa Arthur.

"Un paseo a caballo por el bosque es tan romántico" dijo soñadoramente.

"Eh, claro. ¡Gracias por las cosas, Liz!"

Alfred de verdad no sabía de lo que estaba hablando Elizabeta la mitad del tiempo, pero había aprendido hace mucho tiempo que era más fácil sonreír y estar de acuerdo, y entonces irse a la primera oportunidad. Alfred esperó hasta que Eliza fue distraída por un bardo de pelo oscuro entrando a su taberna e hizo su huida.

En su camino de regreso a la cueva de Kiku, Alfred rescató un gatito de un árbol, ayudó a una viejecita a cruzar la carretera, y provocó sin querer un brote de tensiones internacionales cuando sus direcciones mal dadas atrasaron una delegación de paz de Gallia. Con todo, lo consideró un buen día de trabajo y no era ni siquiera el mediodía.

Alfred silbaba alegremente para sí mismo mientras se acercaba a la entrada de la cueva. No podía esperar a encontrar a Kiku, resolver el acertijo, rescatar esta princesa y entonces encontrar una princesa que fuese más buena, más amistosa y más educada.

Alfred gritó por Arthur y rápidamente atrajo a la princesa de ceño fruncido fuera de la cueva. Arthur debía de estar horneando – todavía llevaba un delantal rosa con volantes. Alfred alzó la madera y la pintura pero sonrió y alejó los objetos del alcance de Arthur cuando la princesa intentó cogerlos.

"¿Cuál es la palabra mágica?" preguntó en broma.

"Jodido idiota" murmuró Arthur y se cruzó de brazos. Suspiró y apretó los dientes "Por favor"

Alfred sonrió y le entregó la madera y la pintura. No le importaba realmente si Arthur decía por favor, pero era realmente asombroso el molestar a la princesa. ¿Cómo podía resistirse cuando Arthur reaccionaba tan fuertemente a cada ofensa imaginable? Era como tirar una peonza y verla girar furiosamente.

"Entonces, ¿puedo ver el hechizo? Nunca he visto magia antes" preguntó Alfred mientras seguía a Arthur de vuelta a la cueva. Frunció el ceño mientras reconocía el olor del humo "… ¿algo se está quemando?"

Arthur maldijo y corrió a la cocina. Alfred observó desde la puerta mientras el joven como el otro sacaba una bandeja llena de carbón del horno. Tosió mientras el humo llenaba la cocina.

"Parece que están bien hechos" dijo el caballero con otra tos, asumiendo instantáneamente que la comida quemada estaba destinada a dragones – no humanos.

"¿Eso crees?" preguntó Arthur con ansiedad. Por una vez, su expresión no tenía ningún indicio de ceño, mueca, malas miradas o cabreo. De hechos, sus ojos estaban muy abiertos y brillantes y las esquinas de su boca se habían alzado ligeramente, casi en una sonrisa.

Alfred sonrió "Bueno, sí, a los dragones les gusta que su comida esté bastante quemada. Les ayuda a digerirla. ¿No te molesta arruinar tu comida de este modo? La mayor parte de las princesas no pueden soportar que su comida se queme"

Entonces, tan pronto como la expresión ansiosa apareció, desapareció. Arthur le miró enfadado "Esos scones no son para Kiku. Está desaparecido, ¿recuerdas?"

"… ¿Scones?"

Alfred miró la tan llamada comida, entonces de nuevo a Arthur, de nuevo a la comida. Tomado en conjunto, eso significaba que Arthur planeaba comerse esos asquerosos scones. Alfred se quedó en estado de shock, hasta que se dio cuenta de la ventaja de esa cocina malísima. Si Arthur quemaba toda su comida hasta carbonizarla, no era de extrañar que tuviese esa facilidad para cocinar para dragones.

"¿Aún quieres ver el hechizo?" preguntó Arthur con frialdad.

Alfred asintió, aunque el tono frío hizo sonar las campanas de alerta en su cabeza. Se apoyó contra la pared y observó con creciente inquietud cómo Arthur preparaba un diseño de pentagrama en el suelo de la cueva. Sentía que estaban invocando al diablo más que a un dragón. Cogió el libro de magia y miró la página marcada. Describía el hechizo para invocar al peor enemigo de alguien. Se suponía que Kiku podía ser categorizado como su enemigo, pero parecía un hechizo extraño para intentar.

Arthur se puso una capa negra y empezó a cantar unas palabras que sonaban muy mal. Los bordes del pentagrama brillaron con una misteriosa luz verde. Una cabeza se alzó lentamente desde el centro de la marca, hasta revelar a un hombre de pelo platino con brillantes ojos morados.

El hombre parpadeó y miró los alrededores de la cueva, antes de clavar su mirada en Arthur "¿Habéis visto a una chica loca con falda de volantes y dagas?" preguntó con una ligera expresión preocupada.

Arthur negó con la cabeza.

El hombre dejó escapar un suspiro de alivio "¿Puedo esconderme aquí un par de horas hasta que mi hermana deje de buscar?"

Arthur miró hacia atrás y adelante, entre el misterioso hombre de pelo plateado y el caballero, como si esperase algún tipo de reconocimiento. Sus expresiones mostraban confusión y decepción. Alfred podía entender ambos – estaba decepcionado de que el hechizo no hubiese traído a Kiku y confundido de que su peor enemigo fuese alguien al que nunca había visto antes.

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El Rey Ivan – como el hombre se presentó – pasó el tiempo bebiendo té con Arthur (aunque estaba triste por la falta e vodka) y jugando al ajedrez con Alfred. Después de meses enseñándole a Feliks, Alfred encontró estimulante el competir contra un jugador experto.

Pronto el sonido del movimiento de las piezas fue el único sonido en la habitación. El juego progresaba lentamente mientras las piezas marchaban cuidadosamente por el tablero. El número de piezas se redujo gradualmente hasta que solo quedaron cinco.

Ivan movió su torre e hizo una marca nueva en el papel a su lado.

Arthur inspeccionó el tablero. Su interés inicial se había desvanecido hace al menos una hora, pero ahora que el juego parecía a punto de acabar, dejó su bordado y le preguntó a Ivan "¿Por qué cuentas los movimientos?"

"Si consigue cincuenta, puede clamar un empate" explicó Alfred. Dos movimientos después, Ivan hizo exactamente eso.

"Ese fue un buen juego, da?"

"Debes tener unos inviernos muy fríos en tu reino" remarcó Arthur mientras llenaba su taza de té con la tetera en el fuego.

Alfred se rio "¿Es por eso que tu hermana intenta matarte?"

"Oh, no quiere matarme" Ivan parecía avergonzado "Quiere casarse conmigo"

Arthur escupió su té "¡¿Qué?!"

"Pagué a un dragón para que la secuestrase. Pero algún idiota," pronunció la palabra con su fuerte acento de como que sonó como ee-die-ota "la rescató y no se casó con ella. Era un buen plan, cuando los héroes rescatan princesas, se supone que se casan con ellas"

Alfred dejó caer la pieza que había estado cogiendo mientras guardaba el set de ajedrez de viaje. La recogió del suelo y esquivó la mirada de Ivan. Ahora sabía por qué el hechizo de Arthur había invocado a esta persona – el hermano de Nataliya tenía una buena razón para odiarle.

"Alfred rescata princesas. Quizás sepa qué idiota fue" dijo Arthur con una pequeña sonrisa.

"Eh, de lo que he escuchado, todos los que lo intentaron, fracasaron"

Ivan suspiró "Solo desearía poder parar su obsesión"

Arthur asintió "Mis condolencias. Hay muchas personas que no pillan una pista"

"Hey, ¿qué tal un matrimonio acordado con un reino vecino? Si realmente te ama, debería ayudarte a asegurar una valiosa alianza geopolítica"

"Prometió que si hacía eso, alzaría un ejército imparable, conquistaría mi reino y haría que nuestras tierras fuesen una" dijo Ivan, su voz temblando en algún punto por el miedo y el orgullo.

"Buena chica" respondió Arthur débilmente.

"Deberías intentar con el Dragón Vash. No sigue las mismas reglas que los otros dragones" ofreció Alfred, esperando desviar la conversión lejos de cualquier cosa que hiciese que Ivan se diese cuenta de que estaba sentado al otro lado de la mesa de la persona que había devuelto a su hermana.

Ivan asintió pensativo. Prometió enviarle a Arthur una recompensa por salvarle de su hermana, y entonces desapareció de nuevo en el círculo mágico.

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Una semana más tarde, Alfred se detuvo frente a una señal de 'Carretera cerrada' y frunció el ceño. El camino había estado perfectamente aceptable la última vez que lo vio. Se preguntaba que podría haber ocurrido. Empezó a darse la vuelta, pero su caballo insistió en continuar hacia adelante. Siguieron el camino hasta la entrada de la cueva sin descubrir ningún obstáculo. Confundido, Alfred volvió a mirar atrás a la señal y se dio cuenta de que estaba hecha con la plancha de madera y la pintura negra que le había dado a Arthur.

Alfred miró por la cueva, hasta que finalmente encontró a la princesa en las aguas termales en la parte trasera de la cueva. Unas antorchas bien colocadas y el vapor alzándose desde los manantiales creaban un cómodo resplandor. Podía ver una pequeña piscina con bancos tallados en las rocas, así como un área mucho más grande en forma de dragón de Kiku. El aire olía ligeramente a huevos podridos, haciéndole preguntarse si Arthur había estado cocinando de nuevo. La princesa – recostado hacia atrás con los ojos cerrados y los hombros hundidos en el agua – no se dio cuenta de su acercamiento.

"Hey, Arthur"

Los ojos de Arthur se abrieron "¿Qué estás haciendo aquí?" farfulló. Empezó a levantarse de su posición, pero se sentó de nuevo al darse cuenta de que la única cosa cubriéndole era una toalla pequeña.

Alfred se arrodilló junto a la piscina y metió la mano en el agua. Se sentía maravillosamente cálida. Sonrió "Planeamos reunirnos después de una semana para que pudieses pensar modos de encontrar a Kiku, ¿recuerdas? Y yo que pensaba que descubrirías algo bueno, porque escuché de algunas personas que Kiku ha estado aquí todo el tiempo. Extraño, ¿eh?" conforme hablaba, se sacó las botas, se arremangó los pantalones y deslizó las piernas en el agua.

Arthur no dijo nada, así que Alfred siguió hablando.

"Cazar agachadizas, invocar a Ivan, y poner una señal hecha con la madera y pintura que te di… Mira, sé que las princesas se supone que mandan a las personas a hacer tareas extrañas, pero no tienes que dejarte llevar tanto"

"No lo entiendes, ¿verdad?" respondió Arthur cabreado "No te quiero aquí, no quiero tu ayuda, ¡y no quiero ser rescatado!" gritó.

Alfred parpadeó, sorprendido por la vehemencia ardiente de las palabras de Arthur. Se recuperó rápidamente y sonrió "Oh, de acuerdo, entonces. No te preocupes, hay muchas princesas que son más agradables que tú. También más bonitas y educadas"

"¿Qué? Soy un perfecto caballero"

"Pff, más como un mentiroso perfecto"

Sonrió, aliviado por el pensamiento de que no tendría que seguir esforzándose para intentar rescatar a Arthur. La Princesa de Alban compartía la misma sensación de alivio, relajándose la atmósfera entre ellos.

Alfred sonrió y chapoteó con sus pies, disfrutando del cosquilleo del agua caliente. Decidió que quería sentir el agua en todo su cuerpo. Arrojó su camiseta y pantalones y se metió en el agua. Se sentía asombrosa. El rostro de Arthur se volvió de un interesante rojo mientras protestaba en voz alta tanto por la falta de modestia de Alfred como por la invasión de las aguas termales privadas.

"Está bien, somos dos chicos" replicó Alfred. Se apoyó en la roca formada en la pared de la piscina, disfrutando de la sensación relajante mientras el calor relajaba su espalda. Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro de satisfacción.

Después de unos momentos, Alfred abrió los ojos para ver porqué Arthur estaba tan tranquilo. La piel normalmente pálida de Arthur estaba sonrojada desde el cuello hasta la punta de sus orejas. Arthur miraba resueltamente a la pared – a todos lados menos a Alfred.

"Hey, estás realmente rojo. ¿Has estado en el agua demasiado tiempo?"

"Ah… si, cierra los ojos para que pueda salir"

"¿Por qué?"

"Solo hazlo"

Alfred suspiró y lo hizo. Escuchó el sonido del agua cayendo mientras Arthur salía fuera de las aguas termales y empezó a alejarse. Giró la cabeza hacia el lado y alcanzó a echar un vistazo de la princesa, llevando una toalla alrededor de su cintura.

Se le pasó a Alfred que, aunque Arthur fuese una princesa extraña, realmente tenía unas buenas piernas.