Siempre trato de sonreír. Todos lo hacemos, y me alegra ser aquel que guíe a todos mis amigos por el mejor camino asumiendo el liderazgo del grupo.

Pero a veces, siento como si el peso de esa responsabilidad pudiera más conmigo.

...

Impulsivamente, arrancó la hoja de su cuaderno y la hizo bola con furia para luego botarla a la basura.

—Es fútil. Nunca podré resolver esta ecuación —farfulló llevándose las patas a la cabeza y encorvándose sobre la mesa, visiblemente frustrado. Bubba Bubbaphant se había puesto de reto resolver una compleja ecuación y hasta ese momento no lo había conseguido.

—Ey, ey, no digas eso —animé de inmediato. Era muy raro que Bubba se frustrara tanto, pero entendía que incluso un genio como él podía tener trabas de vez en cuando.

—Lo he intentado por una semana y no he obtenido nada —replicó luego de soltar un suspiro resignado. Aun así, no me iba a rendir.

—Has resuelto muchos problemas antes y este no es diferente. Solo te está tomando más tiempo. Apuesto que a Einstein le tomó más de dos semanas inventar la gravedad... Probablemente —insistí con una gran sonrisa. Sabía la gran capacidad de Bubba, y confiaba en que él era capaz de hacerlo—. ¿Recuerdas cuando Kickin no sabía si la batería de sus audífonos iba a durar lo suficiente para su paseo? No tenías idea, pero luego de una siesta, ¡BAM! ¡Lo calculaste exacto! ¡Incluso los segundos! Así que sé que puedes con esto —continué, notado cómo con cada palabra una suave sonrisa se iba formando en el rostro de mi amigo. No eran palabras vacías para subirle el ánimo, sino que, genuinamente sabía que él lo conseguiría tarde o temprano, solo tendría que persistir y no rendirse.

—¡Sí! ¡Tienes razón! ¡Lo averiguaré! ¡Los egipcios no descubrieron que la Tierra es redonda en una semana! —exclamó poniéndose de pie con gran determinación en su voz y en su rostro. Estaba alegre de que mis palabras hayan podido llegar a él y hacerlo perseverar en su objetivo. Seguro que con renovada motivación sería capaz de conseguirlo.

—¿Sabes qué? Te conseguiré una bebida energética. Dicen que también son buenas para la memoria —expresé comenzando a caminar hacia la cocina, siguiendo hablando mientras me alejaba—. Regresaré en seguida- —en eso, mi frase fue interrumpida por pequeño grito que salió de mi garganta. Frente a mí había un par de ojos penetrantes y sonrisa perpetua que me tomaron por sorpresa. Solo era Catnap, pero el hecho de que fuera él no me tranquilizaba—. ¡C-Catnap! Vaya... ¡Me diste un susto de muerte! —tartamudeé con una mano en el pecho, sintiendo cómo mi corazón latía agitadamente. Aunque era común en Catnap aparecerse de manera abrupta, nunca me acostumbraré a ello— Yo... No sabía que estabas aquí —murmuré, dándome cuenta de que Catnap había entrado a mi casa sin hacer ruido. Me preguntaba por dónde demonios había entrado y por qué simplemente no tocó a la puerta. Tampoco me rompí la cabeza intentando descifrarlo, pues a veces, las acciones de Catnap eran simplemente un misterio—. ¿Hay alguna razón por la que tú- —pero, en eso, mi frase se quedó nuevamente a medias cuando me estremecí al sentir su suave pelaje frotarse contra el mío. Catnap había comenzado a restregarse contra mí, en mi cuello y en un costado, terminando por pasar su cola por mi mentón. Al final pasó por mi lado y se dirigió a la sala.

—¡Ey, Catnap! ¡Estás aquí también! —escuché que saludó Bubba con entusiasmo. Mi mente se quedó en blanco por un momento, preguntándome qué había sido eso.

Ciertamente, últimamente me había estado sintiendo intranquilo al lado de Catnap. No es que hubiera algo mal con él, después de todo, era mi amigo, como todos lo somos. Pero siempre creí que Catnap era particular, diferente a los otros, y diferente a mí. Siempre tan callado, misterioso, a veces un poco espeluznante... Pero hay algo en esa tan característica y única forma de ser que me resulta intrigante.

...

—¡Muchas gracias, Dogday! ¡Te veo luego! —se despidió mi amigo Bubba mientras agitaba la mano en el aire. Me alegraba que se hubiera ido con una sonrisa, no había nada mejor que alegrar a mis amigos.

—¡Cuando quieras, amigo! —respondí devolviendo el ademán desde el umbral de mi puerta. Era ya muy entrada la tarde, no tardaría en anochecer, y comenzó a darme un sueño terrible. Entré a casa y me dirigí a mi dormitorio— ¡Muy bien! ¡Hora de ir a la cama! —dije en medio de un bostezo. Al entrar, casi de inmediato noté que había algo en mi cama— ¿Eso es un regalo para mí? —indagué en voz alta. Con emoción, lo abrí sin dudar, consumido por la curiosidad de qué habría dentro—. Vaya, creo que Bubba estaba muy agradeci- —sin embargo, al cuanto tuve en mis manos el contenido y lo miré, mis ojos se abrieron con incredulidad— ¿Un... Collar? —expresé sin realmente poderlo creer. Era un collar con una placa plateada con mi nombre. Fruncí el ceño y se me ensombreció el rostro. Aquello era sin duda una estúpida broma de mal gusto. Antes de que pudiera molestarme más, una voz familiar se hizo escuchar detrás de mí, helándome la sangre y poniéndome los nervios a flor de piel en un parpadeo.

—¿Qué pasa? ¿No te gustó mi regalo? —interrogó esa voz suave pero baja. Era Catnap. Pensé que ya se había ido, pero estaba tan concentrado con Bubba que no me había percatado que seguía en mi casa y solo supuse que se había ido.

—¡Catnap! ¿¡Fuiste tú!? —exclamé, de inmediato girando la cabeza, sin atreverme a voltearme por completo y que viera el collar— No es que no me haya gustado —expliqué tratando de amenizar mi desagrado—, es solo que... Es un poco humillante, fuera de lugar.

—Eres un perro —declaró sin más. Comencé a sentirme realmente incómodo. No me esperaba que tuviera que explicarle algo tan básico como lo era que no me gustaba ser tratado como un animal domesticado.

—Sí, pero no esa clase de perro... No soy una mascota —aclaré finalmente dándome la vuelta para enfrentarlo un poco. Aun así seguía sonriendo nerviosamente mientras me rascaba debajo de la oreja.

—Póntelo. Por favor —pidió con una sonrisa, esa sonrisa un tanto tétrica. De inmediato mi propia sonrisa se borró. No podía creer que estuviera hablando en serio y me quedé en silencio por algunos segundos.

—Bien, solo por un momento —accedí, más por la presión de su mirada sonriente que por querer realmente hacerlo. Sentía que la broma estaba yendo demasiado lejos, pero era muy amable como para quejarme al respecto. Quizás demasiado. Pensaba que simplemente en cuanto se fuera me lo quitaría y ya. Con manos temblorosas, lo puse y ajusté alrededor de mi cuello— ¿Y... Bien? ¿Qué tal me veo? ¿Te gusta?-

—Sí —y como si no pudiera sentirme incluso más humillado, de repente Catnap puso una correa en el collar de forma rápida—. Ahora eres mi perro

Me sentí profundamente indignado. No podía ocultar más mi molestia y confusión respecto a todo eso.

—¿¡Disculpa!? ¿¡Qué diablos está pasando!? —finalmente reclamé sin poder evitar fruncir el ceño. Quería una respuesta de por qué ahora se comportaba particularmente extraño.

—¿Qué? ¿Nunca has hecho juego de roles como juego previo? —respondió de lo más normal ladeando un poco la cabeza, manteniendo su amplia sonrisa habitual. Tuve que tomar un par de segundos para procesar esas palabras.

—Hacer juego de roles... ¿¡COMO JUEGO PREVIO!? —repetí y de inmediato mi rostro se ruborizó violentamente. Sentí cómo cada fibra de mi cuerpo se estremeció— ¡ESPERA! ¿¡T-TÚ HABLAS E-EN SERIO!? —pero, en lugar de responder a mis balbuceos, tiró de la correa con tal fuerza y brusquedad que me hizo caer de rodillas frente a él— ¡Espera! ¡Espera! Yo nunca-

—Tomaré las riedas. Limítate a seguir las ordenes de tu amo —declaró correa en mano, bajando la mirada para observarme con esa sonrisa. Antes, aquella sonrisa me inquietaba y perturbaba un poco, pero en ese momento, el miedo se transformaba, por raro que parezca, en excitación. Nunca había visto este lado de Catnap, pero extrañamente me sentía atraído, y no podía sublevarme. Mis rodillas y palmas se quedaron pegadas suelo, incapaces de volverme a poner en pie.

—Bien... —murmuré mirándolo avergonzado. En el fondo me sentía decepcionado de mí mismo por dejarme tratar así, pero en ese momento sentía la necesidad de dejarme llevar. No podía negar que Catnap me despertaba una extraña atracción por él, y que en ese momento estaba disfrutando de mi posición.

—Buen perrito —elogió dulcemente mientras se acercó y se inclinó un poco a acariciar mi cabeza. Estaba avergonzado, pero también estaba encantado con sus caricias, visiblemente reflejado en el movimiento frenético de mi cola. Sus suaves almohadillas pasaron por mi rostro hasta llegar a mi mentón donde también rascó un poco. Podía sentir sus garras un poco salidas, pero extrañamente no estaba asustado. Entonces se alejó un poco, haciendo que de mí escapara un suspiro. No iba a admitirlo en voz alta, pero deseaba tenerlo cerca. Y, sin advertirlo, frente a mí el pene de Catnap se había puesto erecto. Enrojecí de inmediato, su miembro frente a mi rostro— ¿Qué estás esperando? Te estoy dando un premio —indicó mirándome. Era extraño verlo sonreir mientras tenía una erección, no comprendía lo absurdos que eran los niveles de estoicismo que podía tener Catnap.

—Catnap, yo-

—Los perros no hablan —espetó con cierta firmeza en su voz, callando mi protesta. Los ojos se me ensancharon con sorpresa. A pesar de que Catnap podía dar un poco de miedo a veces, también podía transmitir autoridad sin dejar de sonreír dulcemente—. ¿No te dije que te limitaras a seguir ordenes? —preguntó para luego dar un tirón de la correa, acercándome más a él y dejándo mi cara a centímetros de su miembro— Lámelo —ordenó y guardó silencio, esperando mi obediencia.

No pude evitar mirarlo con interés al principio. Tenía una forma casi puntiaguda, de un rosa brillante, y cubierto de varias protuberancias blancas parecidas a pequeñas espinas. No estaba seguro de si era buena idea metérmelo a la boca. Con nerviosimo, me acerqué y lo lamí. Las protuberancias no eran para nada agradables, así que dudé sobre si seguir con eso. Sin embargo, al mostrarme dubitativo, Catnap me tomó de la nunca y me hizo metérmelo a la boca— Sé bueno y haz lo que te digo —expresó cuando me escuchó chillar.

No es que fuera muy grande, al contrario, era de hecho pequeño, pero las espinas blancas de su miembro me lastimaban la lengua y el paladar. Tenía puesta su mano en mi cabeza, así que no podía echarme hacia atrás aunque tratara. Me resigné y terminé lamiéndolo, tratando de hacerme el menor daño posible, aunque no podía hacer mucho. Finalmente luego de un rato Catnap me soltó y pude dejar salir un par de chillidos de dolor al separarme. Me había hecho daño, pero él seguía sonriendo. Luego volvió a acariciarme.

—Buen perrito —volvió a decir con una sonrisa mientras jugueteaba un poco con la correa. Su mirada penetrante seguía clavada en mí, y mientras me acariciaba no pude evitar volver a agitar mi cola— Date la vuelta —ordenó. Suavemente obedecí, todavía en cuatro patas, y me di la media vuelta sin sospechar qué quería hasta que sentí algo húmedo frotarse en mi entrada. Me separé haciéndome hacia adelante ante el inesperado contexto.

—Espera, Catnap-

—Te dije que los perros no hablan —declaró y tiró de la correa, volviendo a ponerme en mi lugar inicial y volviendo a sentir su miembro en mi trasero. Luego se inclinó y me tomó de las mejillas, sintiendo sus garras sobre mi piel— ¿Tengo que ponerle un bozal a este perrito para que guarde silencio? —interrogó retadoramente. Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho, y jadeé suavemente ante su agarre brusco. Negué ante su pregunta, quedándome callado, y eso pareció haberlo hecho sentir satisfecho. Se separó un poco, y pude sentir su miembro presionando en mi entrada. Pensé que lo haría lento, pero entonces lo metió todo de una sola vez, haciéndome ver borroso por el dolor un instante

—¡Catnap, duele! ¡Sácalo, sácalo! —