Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Shiori Teshirogi.
4. Frustrante Cuando Ensucian Algo que Acabas de Limpiar.
Yuzuriha se tronó los dedos y abrió la pequeña puerta que estaba al lado del baño, donde se guardaban todos los instrumentos de limpieza. Los primeros días del año ella aprovechaba para hacer una limpieza profunda y necesaria en su hogar, por lo que solía ponerse su ropa más desgastada, amarraba una pañoleta en su cabeza para cubrir su cabello y echaba a sus hijos, padre y tío de su hogar.
Hakurei y Sage decidieron visitar a su viejo amigo, Mitsumasa Kido, quien ya les había comentado su intención de entrevistarse con ellos; Mū había decidido llevar a Kiki a la casa de uno de sus nuevos amigos y después, según sus planes, visitaría a sus propios amigos.
Así que, sola, Yuzuriha se puso manos a la obra; sacó escobas, productos de limpieza y trapos. Comenzó con la planta alta, evitó entrar en las habitaciones de sus hijos, respetando la privacidad de ambos, continuó con las escaleras, se tomó un pequeño descanso para comer algo y revisar sus mensajes pendientes, y continuó con el trabajo.
Personalmente, a Yuzuriha le gustaba hacer la limpieza, era liberador percibir el olor a limpio en el ambiente, ver las superficies limpias y todo ordenado le daba una sensación de comodidad y paz que convertía a esa actividad en una de sus favoritas.
Era posible que la limpieza fuera lo único en lo que ella y Yato estuvieran de acuerdo, puesto que él era tan limpio y ordenado como ella. Durante su matrimonio ambos habían establecido horarios de limpieza, y todos los primeros días del año eran su periodo para hacer limpieza profunda en su hogar, puesto que el medio año siempre le había pertenecido a sus hijos. Ella aún recordaba a su ex esposo en sus viejos pantalones vaqueros, cepillando minuciosamente la estufa, intentando quitarle hasta la última mancha de grasa.
Con una tenue sonrisa al recordar esos momentos, los pocos de paz que tuvo, continuó con su labor, incluso poniéndose a cantar cuando sintió que todo estaba demasiado silencioso.
Horas después, Mū abrió levemente la puerta de entrada, detrás de él, Kiki cargaba un balón de fútbol, completamente lleno de lodo (a pesar de que no había llovido). Ambos se quedaron quietos en la entrada, puesto que al interior no se escuchaba nada, ni un solo sonido. Pensando que el trabajo ya estaba hecho, Mū lideró a su hermano menor dando un paso hacia el frente, y luego otro y otro, hasta que ambos entraron por completo.
Y entonces, cuando ambos estuvieron en medio de la sala escucharon un grito proveniente del fondo de la casa, donde estaba la cocina.
—¡Todavía no termina de secarse! —gritó Yuzuriha corriendo hacia la sala y deteniéndose justo antes de entrar a la sala, señalando el piso.
Al escucharla, los jóvenes se miraron entre sí antes de voltear a ver hacia abajo, donde vieron sus huellas marcadas en el suelo, desde la puerta de entrada hasta donde estaban parados. Sin decir nada, voltearon a ver a su madre, quien veía con el ceño fruncido como su trabajo se había arruinado.
Intentando no exaltarse, Yuzuriha respiró profundamente varias veces y se quitó la pañoleta de la cabeza, con una expresión agotada.
—Era lo único que faltaba —dijo, demasiado agotada como para comenzar a reprender a sus hijos.
—Mamá, nosotros lo limpiamos, no te preocupes.
—Sí, tú vete a descansar, nosotros nos encargamos.
Mū y Kiki se acercaron a ella para quitarle los instrumentos de limpieza que ella todavía tenía consigo. Ella, en cambio, sólo asintió lentamente, optando por no decir nada puesto que cada paso que daban sus hijos más ensuciaban.
Al menos habían asegurado que limpiarían.
