Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Toei Animation.


23. Molesto Cuando Te Castigan por Algo que No Hiciste.

*Kazuma es el santo de la cruz del sur en Omega; también es el padre de Soma, el compañero del nuevo Pegaso)*


Kazuma escuchó como su hijo único, su ya no tan pequeña adoración, lo miraba con la furia destellando en sus ojos justo antes de irse, azotando la puerta de su habitación para darle más énfasis a su enojo.

Kazuma acababa de castigar a su hijo, cosa que no le gustaba pero era necesaria, para que el muchachito aprendiera la lección. Sin embargo, ver esa destellante llama de furia en su hijo le recordó a un episodio de su juventud, cuando era aún más joven que su hijo.

No debía pasar los seis años. A esa edad disfrutaba mucho jugar afuera de su casa con sus vecinos y amigos; el deporte principal que disfrutaban jugar era el clásico y mundialmente conocido fútbol. Después de la escuela, Kazuma solía aventar su mochila en el suelo de su habitación, tomaba su balón de fútbol y salía corriendo, gritándole a su madre que regresaría para la hora de comer.

En una de esas ocasiones, después de salir de su casa, se reunió con sus acostumbrados amigos para comenzar un gran partido. Todo avanzó con normalidad, jugó con sus amigos, anotaron goles, los empataron, corrieron, rieron y se divirtieron. Y entonces uno de sus amigos, ya no recordaba cual, pateó el balón con más fuerza de la necesaria, provocando que este saliera volando, directo hacia una de las ventanas de uno de los vecinos. Apenas escucharon el vidrio romperse en pedazos, los jóvenes palidecieron y entraron en pánico.

El vecino, un hombre mayor y malhumorado que siempre les gritaba que no fueran tan escandalosos, no tardó en salir de su casa con el balón en mano y una expresión asesina.

—¡¿De quién es esta cosa?! —había gritado, furioso.

Los niños, asustados, habían mirado a Kazuma, sellando así su funesto destino.

A pesar de que había intentado explicarle a su madre y al hombre que sí, el balón era de él, él mismo no había provocado el accidente, pero todo fue en vano. Sin hacer nada más que participar en el juego, había terminado castigado, obligado a limpiar todas las ventanas de la casa del vecino y trabajar para pagar el vidrio roto.

Recordar eso lo hacía fruncir el ceño, por eso no le gustaba castigar a su hijo sin tener toda la información necesaria para estar seguro de que su retoño se lo merecía. Y en esa ocasión estaba por completo seguro de que Soma necesitaba aprender una lección.