Hajime Kokonoi.
Delgado. Cejas arqueadas. Uniforme impoluto y calzado lustroso.
Desde luego, tiene pinta de ser el mejor amigo que toda madre quisiera que su hijo consiguiera. Seishu apuesta a que es por ello que Akane le ha hablado maravillas de él. Sin embargo, lo que acaba de suceder es la primera prueba que recibe de que el tipo es, de verdad, una persona confiable.
No cualquiera habría intervenido en una pelea en la que nada tiene que ver, tampoco se habría arriesgado a fingir hacer de soplón con el director. Kokonoi hizo ambas cosas, una tras otra, y encima le ha conseguido una bebida fría para que se la coloque sobre los golpes que lleva en el rostro. Pasar a la enfermería habría sido el fin, le avisarían de inmediato a su hermana y todo se iría directo al caño. Claro, no es que crea que su compañero lo hizo todo por él, pero, al menos, se ha ganado un punto a su favor.
Seishu envuelve la lata helada en un pañuelo y la sostiene sobre su ceja izquierda, sisea al instante ante el ardor resultante.
—Akane debe gustarte mucho como para que te tomes tantas molestias conmigo.
—No sé de qué hablas.
La seriedad en la expresión de su compañero podría haber hecho pasar por verdadera su respuesta. Sin embargo, Kokonoi dirige la mirada hacia el botiquín justo antes de lanzárselo. Seishu lo atrapa en el aire con la mano libre.
—¿Vas a negarlo, en serio? —cuestiona incrédulo. No le encuentra sentido, aunque supone que debe tener sus razones—. Se te nota a kilómetros, lo único que te falta es empezar a salivar al verla.
—Nos hemos encontrado una maldita vez los tres, no sabes lo que dices.
—Con una es suficiente, créeme.
Kokonoi se levanta de la cama, ha vuelto a posar los ojos en él, pero esta vez el enojo es notable en los pliegues que se le han formado en la frente.
—Estás haciendo que me arrepienta de haberte ayudado.
—No recuerdo habértelo pedido —agrega, con un encogimiento de hombros, como si lo anterior fuera irrelevante.
Se sostienen la mirada por largo rato, hasta que es Kokonoi el primero en cansarse de la situación. Es evidente que prefiere evitar una posible confrontación más entre ellos. La racha de horas que llevan sin intentar asesinar al otro debe mantenerse. Lo contempla resoplar.
—Puedes tomarlo como mi buena acción del día.
Que saque la lengua antes de dejarlo solo en la habitación, se siente como una bofetada con guante blanco. Sí, Hajime Kokonoi definitivamente es un idiota.
En este punto, no es de extrañar que cada vez que alguien toca la puerta, lo haga como si estuviera tratando de enviar un mensaje en alguna especie de código que Seishu desconoce. Las primeras veces los ignoraba, la mayoría de las personas detrás de la puerta se aburrían pronto y se marchaban; pero existían casos especiales que rayaban en la desesperación y no dejaban de tocar hasta que abría.
Este es uno de esos casos, Rindo Haitani —hasta donde recuerda, gracias a la primera vez que interactuaron—, quien aparece cada dos por tres buscando a su compañero de habitación, igual que todos los anteriores. Lo descubre recargado de espaldas contra la pared mientras sus nudillos dejan de golpear al aire, ni siquiera va a preguntarle qué es lo que desea.
—No está aquí —Le ahorra la molestia.
—Dijo que lo estaría. —Rindo cruza los brazos.
—Te mintió.
Los pasos apresurados por el pasillo provocan que los dos dirijan su atención hacia la persona que se aproxima a ellos. Koko carga con una pequeña pila de libros, la mandíbula tensa no pasa desapercibida.
—¿Puedo saber qué haces aquí?
—Me dijiste que si no te encontraba en la biblioteca…
Seishu no necesita escuchar lo que ese par tenga que hablar. No hay nada de lo que no se haya enterado ya, y es por ello que le parece totalmente estúpido que Kokonoi haga circo, maroma y teatro para tratar de ocultar lo que hace. Ocultarlo de él, al menos.
Tras el final de la primera semana, cada uno tomó su propio rumbo con la satisfacción de haber superado la prueba de fuego. Ahora, que de nuevo es lunes, no parece que vaya a haber cambios notables en lo que ya empieza a asimilar como su rutina. Una nueva realidad: la habitación de Kokonoi e Inui.
Vuelve a la cama, luego de cerrar la puerta. Que cada uno se haga cargo de sus propios asuntos. El suyo ahora mismo es terminar de ver la revista de motocicletas que Draken le prestó durante el almuerzo. Para cuando su compañero ingresa a la habitación, Seishu revisa las últimas páginas, y quizá podría mantener la atención en ello si no lo escuchara suspirar con tanta frustración mientras se recarga contra la pared. Kokonoi parece estar agotado; siendo francos, Seishu también.
Agotado de todo este circo que su compañero arma alrededor, para ocultar aquello que en realidad es.
Mantiene la mirada fija en los diversos modelos de motocicletas que tapizan la página, después, decide que es momento de tener la charla más patética desde que sus padres lo regañaron por ponerse los tacones de Akane, hace ya varios años.
—No me importa lo que hagas,Kokonoi —comenta sin ganas—, puedes estafar al director y me seguiría dando igual.
—Otra vez estás hablando estupideces, Inui.
Cierra la revista, la abandona a un lado y cruza los brazos. Puede que tenga miles de defectos, andarse por las ramas nunca ha sido uno de ellos.
—¿Acaso no sabes que cuánto más intentes ocultar algo, más evidente es?
Kokonoi finalmente le dedica una mirada, eleva la ceja y sigue de largo hasta su propia cama. Le sorprende verlo sentarse en el borde, como a la espera de una explicación.
—Y, según tú, ¿qué se supone que trato de ocultar?
—Pregúntaselo a la consola de videojuegos que el tipo de hace un momento vino a buscar.
Por la manera en la que su compañero se echa a reír, así, tan libre y descarado, cualquiera podría asumir que no miente, pero… Seishu no es cualquier persona.
—Entonces… —Kokonoir ríe un poco más. Se pasa una mano por el cabello—. ¿Tengo un supermercado bajo la cama?
—Bueno, nunca dije donde.
Es en ese momento cuando todo rastro de diversión se esfuma.
—¡¿Has estado revisando mis cosas, entrometido de mierda?!
—Por si no me escuchaste bien —insiste, sin caer en provocaciones—, dije que no me interesa nada de lo que hagas.
—Pues para ser alguien al que no le interesa nada de lo que hago, estás demasiado bien informado.
Seishu se rasca la cabeza. Sabía que no sería tan sencillo.
—Sé que crees que eres un genio, y que todos aquí piensan lo mismo sobre ti, pero si incluso yo pude darme cuenta de tu secreto desde el primer día, tal vez deberías cuestionar si realmente lo estás haciendo bien.
No espera una respuesta. Se da la vuelta para dirigirse al baño, de modo que pueda darle espacio para respirar y asimilar que sus esfuerzos han sido en vano. Ya adentro, Seishu se humedece el rostro, luego se mira al espejo. Debe ser asfixiante vivir de apariencias.
Recuerda los tiempos en los que él mismo solía hacerlo, ser uno en casa y otro fuera de ella, porque los principios de la familia tradicional debían respetarse. Recuerda la luz que Shinichiro trajo a su vida, ese paseo en moto mientras llevaba tacones y le sonreía a cualquiera que le gritaba maricón desde otro vehículo. Recuerda el sonido del puño de su padre sobre la mesa la tarde que volvió a casa con una sudadera magenta y tacones rojos.
A Seishu le llevó tiempo encontrar un balance y, aunque todavía tiene problemas para moderar su conducta, ahora vive más feliz y en paz consigo mismo.
Por supuesto, su postura en cuanto a Kokonoi no tiene la intención de darle lecciones de vida —él no es Shinichiro después de todo, y su compañero de cuarto es un imbécil de principio a fin—, solo espera aligerar la tensión en el ambiente. Por lo menos lo suficiente para no tener que fingir que no se da cuenta de nada durante el tiempo que compartan habitación.
Al salir del baño, descubre que Kokonoi continúa en el mismo lugar.
—¿Vas a contárselo a Akane-san?
Claro, debió imaginar que lo preguntaría.
—¿Qué ganaría con delatarte con ella? —discute. Pudo haberlo hecho durante el fin de semana, oportunidades no le faltaron—. Claro, suponiendo que de verdad no está enterada de nada.
—No lo sé. —Kokonoi entrecierra los ojos—. Dímelo tú.
—Escucha, si te sirve de algo, creo que todos guardamos secretos bajo la alfombra.
—¿Y cuál es el tuyo? —Lo observa ladear la cabeza con interés—. Porque si pasaste una temporada en la correccional, no fue por santo.
Seishu concluye que es justo darle un voto de confianza para estar en igualdad de condiciones. Se acerca de nuevo a la cama, pero en lugar de sentarse, mete la mano bajo el colchón. Debe admitir que vaciló un poco antes de introducirla en su maleta previo a venir acá.
—Hanma se salvó porque no la traía conmigo. —Extiende la mano para revelar su contenido, una navaja sencilla con detalles en el mango—. ¿Es suficiente prueba para ti?
Cuando lo nota pasar saliva y apartar la mirada, Sesihu contiene una sonrisa.
—Lunático.
Tal vez, que la clase de cálculo vaya justo antes de la hora del almuerzo, no ayuda a los alumnos a concentrarse en los ejercicios que les esperan. Hajime lo confirma cuando el resto de sus compañeros invaden el aula con comentarios negativos e insultos hacia el profesor Tanaka, porque la confianza para hacerlos solo se manifiesta cuando el profesor en cuestión no se halla presente.
Se abstiene de unirse a la queja grupal. En su lugar, guarda los libros de la clase que acaba de terminar y se prepara para sacar los del cálculo. Es ahí cuando alcanza a divisar una silueta conocida. Seishu Inui se abre paso por la última fila de la izquierda, con la mochila al hombro y la prisa que delata sus intenciones.
Oh no, no mientras Hajime pueda hacer algo al respecto.
Sin pensarlo mucho, va detrás de él. Conforme avanza por los pasillos, justifica sus acciones con el argumento de que se lo prometió a Akane y nada más. Incluso se toma la molestia de pedirle al profesor un momento para arreglar un tema de la habitación. Esto le va a salir caro a Inui en cuanto se le presente la oportunidad de cobrarle el favor.
El final de la travesía llega tan pronto como ponen un pie en el último escalón hacia la azotea. Ahí, con un movimiento casi automático, Hajime se asegura de tomar a Seishu del brazo de un modo que raya en lo brusco. Lo importante es que funciona.
—¿Y ahora qué?
—Es lo mismo que te pregunto a ti —rebate, agitado—. Deja de hacerte el tonto y regresa al salón. Todavía no es la hora del almuerzo, queda una clase más.
Inui se libera de su agarre tras chasquear la lengua.
—.¿Qué eres? ¿Mi niñera?
Hajime tuerce el gesto. Nadie le paga por soportar a este chico.
—¿Sabes qué? Haz lo que te dé la gana. Pero le diré a Akane-san que te saltaste la clase.
Da la vuelta con la esperanza de que la advertencia sea tomada en serio, porque lo es. Cree que al haber involucrado a Akane conseguirá que su compañero se vea obligado a comportarse y cumplir con sus obligaciones de estudiante. Es cuando está por comenzar a descender los escalones, que se da cuenta de que Inui se ha acomodado en el borde, con el fin de quedarse a apreciar las casas alrededor.
No sabe qué es lo que le molesta más: si es que lo ignore como a una mosca o que se atreva a fallarle así a los esfuerzos de Akane. Quizá sean ambas, y de ser así la rabia es mayor.
Antes de ser plenamente consciente, Hajime ha vuelto sobre sus pasos hasta quedar parado de nuevo frente a él.
—Es un malagradecido, Seishu Inui —le apunta hacia el pecho con el dedo índice—. Un malcriado. No mereces que Akane-san se preocupe tanto por ti. No lo vales.
Y, para colmo de sus males, su compañero continúa ahí, inalterable.
—Así es —susurra Inui, mientras le aparta la mano del pecho—.No merezco nada. Sé más creativo y dime algo que no sepa.
La clase de cálculo termina con ambos dentro del salón y la tarea para la siguiente sesión anotada en el pizarrón. Sin embargo, los pensamientos de Hajime no están ahí. Se han quedado atorados en la azotea, en la expresión vacía con la que Inui intentó hacerle creer que no sintió nada.
Ahora, cada vez que cierra los ojos, solo puede ver el rostro de su compañero y la mirada cristalizada por apenas un segundo. Ahora, cuarenta y cinco minutos más tarde Hajime tiene claro que sus palabras sí que lo hirieron.
La cantidad de veces que Hajime ha experimentado remordimiento a lo largo de su vida, pueden contarse con los dedos de una mano. Jamás imaginó que una de ellas estaría directamente relacionada con una persona como Seishu Inui.
—¿A quién buscas? —Izana asoma la cabeza detrás de él e imita sus movimientos.
—A un idiota —contesta sin prestarle atención. Hay varias cabezas rubias en las mesas alrededor, pero ninguna es la que le interesa justo ahora..
—El comedor está lleno de ellos, tendrás que ser más específico.
Koko reacciona al fin, al sacudirse para que Izana se aparte.
—No es de tu incumbencia.
Da un paso largo a la derecha. Izana lo estudia en silencio, un minuto después, truena los dedos.
—Ah, ya lo tengo —anuncia victorioso—. Estás buscando a Inupi.
—¿Por qué no vas a pedir tu comida y me dejas en paz?
—Porque tengo que entretenerme en lo que Kakucho está formado por mí. —Izana lo codea—. ¿Problemas en el paraíso?
—Piérdete.
Su búsqueda no da resultados. Inui parece haberse saltado el almuerzo por algún motivo que Hajime intuye, solo que prefiere ignorar y achacarle la culpa al menú del día. Brócoli al vapor como guarnición deja sin apetito a cualquiera.
Por supuesto, él se alimenta en una mesa apartada del bullicio que rodea al resto. Desde ahí, mantiene vigilancia en la mesa predilecta del grupo de amigos de Mikey, donde su objetivo nunca llega a integrarse como ya es costumbre. A ratos, tiene que desviar la atención a otro lado, porque Draken y Takemichi voltean a mirar en su dirección. Es como si lo culparan por la ausencia de Inui, y no podrían estar más en lo cierto.
Intenta enterrar la culpa. ¿Por qué tiene que ser él quien se sienta como la peor basura sobre la tierra, cuando era Seishu el que quería saltarse una clase? Debería agradecer que se haya tomado la molestia de hacerlo entrar en razón, pero no. Inui tenía que decir aquello, tenía que darle la razón acompañada de esa expresión en su rostro.
Por otro lado, piensa que se está dando una importancia que no posee. Tal vez está alucinando, tal vez Inui está justo ahora divirtiéndose por ahí. Tal vez su comentario no tuvo mayor repercusión. Tal vez…
El tiempo para el almuerzo se le escapa como agua entre las manos. El comedor empieza a vaciarse y es ahí cuando Hajime agarra valor para intentar enmendar el daño. O, al menos, el peso que siente llevar sobre los hombros desde hace unas horas.
Es una suerte que la cocinera no lo cuestione por el platillo extra que pasa a solicitar antes de abandonar el comedor, ella le dedica una mirada y niega con la cabeza. De camino al dormitorio, nadie parece interesado en averiguar por qué carga con comida hasta la habitación; no es la primera vez que lo hace. El cambio está en el hecho de que, en esta ocasión, es para otra persona. Para un idiota.
Está a un par de metros de la puerta cuando capta algo nuevo, el sonido tenue y relajante del tarareo de alguien más al interior de la habitación. El tono es conocido, puede que después de varios días de convivencia forzada, Hajime se haya vuelto capaz de identificar la voz de su compañero en un instante. En definitiva, la canción le es familiar, quizá de aquellas que se escuchan sin querer en una caminata por el centro de la ciudad. Sin embargo, la forma en la que Inui la tararea la impregna de sentimientos, la convierte en una puerta de entrada hacia un rincón de su alma.
Hajime duda, con una mano sobre la manija y la comida en la otra.
Debe romper la magia si quiere arreglar lo que sea que haya roto, incluso si no sabe por qué le importa más allá de Akane.
Incluso si se trata de Inui. El idiota de Seishu Inui.
La melodía muere en cuanto pone un pie dentro de la habitación. La vacilación de sus pasos pasa inadvertida, ya que, al parecer, Inui carece de intenciones de mirarlo, concentrado en la música que brota de los audífonos. Coloca el platillo cubierto sobre la cama, de manera que casi roza la tela del pantalón del otro. Entonces, es cuando su compañero se digna a posar la vista en él. Hajime contiene la respiración; el primer paso siempre es el más complicado.
Elige ir a instalarse en su propia cama para evitar más complicaciones. Una vez que se ha acomodado, descubre a Inui a la espera de una explicación sobre lo que acaba de hacer.
—Aliméntate. —prácticamente ordena—. Apuesto a que no has comido nada.
—No tengo hambre. —Inui empuja el plato con la pierna levemente.
De nuevo, nadie le paga para aguantar a un compañero de cuarto con tales características.
—Por si no te has dado cuenta, el comedor no es un restaurante. —Cruza los brazos—. Si no comes a la hora establecida, no comes hasta el otro día.
Espera que con su explicación sea suficiente para que comprenda cómo son las cosas aquí adentro.
—No me gustan las verduras.
—Es solo brócoli. Hazlo a un lado si no lo quieres —Por mucho que considere ridículo el motivo por el que se niega, trata de no echarse a reír—. Aprovecha los fines de semana para comer lo que quieras en tu casa.
—¿Qué casa?
Hajime espera que sea una broma, una de esas preguntas tontas y sin sentido que cualquier adolescente promedio hace con el objetivo de fastidiar. Sin embargo, la carcajada de Inui nunca llega. Lo que sigue en lugar de ello es un silencio pesado, acompañado de la mirada expectante del otro sobre él, como si aguardara por otra explicación.
—Pues… la casa de tus padres y los de Akane-san —agrega, aunque le parezca obvio—. ¿Me estás vacilando, verdad?
—Oh. —Inui eleva las cejas y termina por bajar la cabeza un momento—. Creí que ya lo sabías.
—¿El qué?
Inui se toma su tiempo para responder, supone que mientras decide si es prudente contarle o no. Hajime siente la curiosidad aumentar.
—No vivo con mis padres, ellos se desentendieron de mí cuando caí en la correccional. Así que, desde que salí, me quedé en el departamento de Akane, y ahí es donde pasaré los fines de semana. —Hace una pausa y se acomoda mejor contra el respaldo de la cama—. O bueno, solo aquellos fines de semana en los que sea posible.
Es información nueva. Información importante con la que Hajime no tiene idea de cómo lidiar, por lo que se conforma con asentir y responder que lo entiende, aunque no lo haga del todo.
Por alguna razón desconocida, haber tenido esta conversación tan íntima con un chico al que, hasta hace una semana, planeaba echar a patadas de la habitación, le sienta… raro. Siempre ha sido consciente de que las personas a su alrededor también atraviesan por situaciones difíciles, que tienen problemas y pesares de los que no hablan con nadie. Sabe, mejor que nadie, que muchas veces se puede pretender ante el mundo que no duele, que no pesa.
—¿Qué fue lo que hiciste para terminar en la correccional? —se atreve a preguntar, antes de que el momento pase, de que la complicidad en sus gestos, se esfume.
Contra todo pronóstico, Inui no se inmuta tras el cuestionamiento. Al contrario, se muestra dispuesto.
—Defender a Akane. —Por el modo en el que frunce el ceño ligeramente, Hajime sospecha que lo que está por venir es grave—. Un hijo de perra la acosaba de camino a la parada de autobuses, ella nunca dijo nada, pero yo lo vi un día mientras regresaba a casa. Entonces lo cacé y lo golpeé con un tubo de metal hasta dejarlo medio muerto en un callejón.
Si antes había sido difícil decir algo, ahora mismo es peor. Hajime siente la garganta seca, sus manos buscan aferrarse a la almohada para tener con qué descargar la ola de emociones que experimenta. Le han quedado claras varias cosas, la más importante tal vez sea que… de haber estado en el lugar de Inui, también habría reaccionado igual.
Hay tanto que todavía desconoce del par de hermanos. Hoy ha logrado un gran avance sin siquiera proponérselo.
Ahora que contempla a su compañero acercarse al platillo para distraerse de lo que acaba de contarle, la empatía gana terreno. Sí, él, Hajime Kokonoi, quisiera darle una palmada en el hombro y decirle con ello: ya somos dos. En su lugar, mete la mano hasta el fondo del cajón de la cómoda a un costado, luego le lanza la última barra de chocolate que reservaba para cuando tuviera que estudiar.
Se arrepentirá después.
El chocolate cae a un lado del brócoli. Inui lo mira con los ojos bien abiertos.
—Ahí tienes —dice, con ese aire de altivez que lo caracteriza, porque debe balancear la atmósfera—. Por haber sido un buen chico.
Esta vez, no recibe insultos ni gestos con las manos. Quizás escucharlo resoplar cuente como una sonrisa.
