Los días pasaron en calma. La convivencia era simple, Yuzuki se acopló a la familia Rengoku, sobre todo a Senjuro. El joven era muy buen cocinero y le enseñó mucho a Yuzuki, que nunca había hecho nada más que arroz blanco.

Y aunque continuaba equivocándose, Senjuro era un buen maestro, amable y comprensivo, y poco a poco le enseñó a controlar los tiempos de cocción, a picar correctamente los vegetales y la carne, a sazonar. A manejar correctamente un cuchillo de cocina, o al menos, con la suficiente habilidad para no cortarse un dedo.

Con Shinjuro era un poco distinto. Yuzuki lo trataba con el respeto con el que trataba a su padre, e intentaba hablar con él sólo cuando él se lo permitía.

Cierto día descubrió que se le daban bien los juegos de mesa, los de estrategia principalmente.

Así que, Yuzuki se sentó frente a Shinjuro en su oficina, y jugó largas partidas de Go, o de Sugoroku. Al principio, perdía a propósito, pensaba que no estaba bien vencer al Patriarca en su propia casa pero entonces, él lo notó.

"Te dejé la partida servida ¿y aún asi pierdes?" Le dijo esa vez, con una media sonrisa, y clavando esa mirada tan penetrante como la de su hijo en los ojos avellana de ella "Vamos niña, para eso me siento en un parque con algún viejo decrépito y pierdo mí tiempo allí. Muéstrame tu verdadera forma de jugar."

Entonces las partidas se volvieron más interesantes, tanto, que incluso se sumaron Kyojuro y Senjuro para realizar pequeñas apuestas.

Kyojuro notaba a Yuzuki tranquila, contenta en general.

Pero había días, tardes sobre todo, donde la veía sentada en el jardín con aires pensativos.

En esos momentos, él mantenía la distancia y la observaba desde su habitación, perdida entre sus pensamientos, mirando el cielo, o con la vista clavada en el piso, jugueteando distraídamente con alguna flor.

- Esa mujer que está cerca de una decisión ¿verdad?- Dijo Shinjuro, una tarde que fue a verlo, sentándose a un lado de su hijo.

- Es a lo que vino, en realidad.-

Kyojuro miró a su padre un momento, pero él miraba a Yuzuki.

- ¿Y estás listo para aceptarlo?- preguntó él mayor.

Kyojuro se removió en su lugar. Su padre siempre hacia preguntas que parecían filtrarse en su mente.

Hizo silencio un momento.

- ¿Qué crees que va a decidir?- preguntó entonces.

- ¿Qué quieres tú?- contestó él patriarca.

Kyojuro dudó. Realmente no había querido pensar en eso.

- No lo sé.-

- ¿Cómo que no lo sabes, Kyojuro?- Shinjuro miró a su hijo, incluso un poco sorprendido.

El primogénito pensó un instante, con la vista clavada en la doncella perdida en sus propios pensamientos, sentada en el jardín.

- Quiero que haga su vida como más la haga feliz.- contestó.

- ¿Incluso si no hay lugar para ti allí?-

- Seré feliz si ella lo es.- dijo él, bajando un poco la mirada.

-Jamás pensé que renunciarías tan fácilmente a algo. Sobre todo si es algo que realmente deseas. Te convertiste en Pilar incluso contra mí voluntad, leíste y entrenaste sólo. ¿Donde quedó ese hombre?- Shinjuro pareció molesto.

- No estoy renunciando.- aclaró Kyojuro, mirando a su padre.

- ¿Entonces qué carajos haces?-

-Le dije que podía venir aquí para pensar y aclarar su mente sin necesidad de estar huyendo, quiero haga eso justamente, sin condicionamientos. Si le digo lo que siento por ella dejará de pensar claramente. Seré sumamente feliz si decide quedarse conmigo.- dijo él.- Si decide empezar una vida nueva yo me quedaré a su lado.-

- Yo no lo vería como un condicionamiento, sino como un estímulo. La chica se derrite cada vez que te mira. Es claro que siente algo por ti.-

Kyojuro no dijo nada, pero una sonrisa floreció en sus labios, con la dulzura del amor redescubierto.

- Lo vi desde el primer momento en que cruzaron miradas cuando me la presentaste.- Agregó el patriarca.- Quizá en ese entonces era una chispa lo que vi, pero ahora estoy muy seguro de que es un fuego fuerte y hambriento.- dijo Shinjuro, con una sonrisa más bien pícara en sus rostro.- Bien hecho muchacho.-

Kyojuro desvío la mirada porque sintió como el color le subió a las mejillas. No en vano su padre era su padre, la vida le dio años y sabiduría.

El primogénito se aclaró la garganta y preguntó:

- Si decide cortar lazos con su familia y no volver allí...¿le permitirías quedarse un tiempo más?-

- No creo tener otra opción. No agregaré a mí lista de malas acciones haber echado a la calle a una muchacha indefensa.- Dijo Shinjuro. Pero luego sonrió a su hijo.- Además, me gusta jugar al Sugoroku con ella. Es buena.-

Kyojuro sonrió también.

Una tarde, cuando los últimos rayos del sol abandonaban este mundo, Kyojuro leía en una de las pasarelas. Yuzuki, que había estado en una de sus sesiones de pensamiento solitario en el jardín, se acercó despacio a él y se sentó a su lado.

- Kyojuro...- le dijo, y puso una mano sobre su hombro.

- Dime.- Dijo él, cerrando el libro, dejándolo a un lado.

Cuando la miró, vio que ella tenía la vista fija en el horizonte. Sus ojos se veían sumamente tristes, y una mueca de pesar cubría su rostro, como si se hubiera echado un velo oscuro.

Algo dentro de él hizo sonar una alarma. Hace bastante tiempo que no veía esa mirada, y su intuición comenzó a agitarse.

Había tomado una decisión.

- He... he pensado mucho...-Dijo ella, apretando con fuerza las mangas de su yukata.- Creo que...debo volver a mi casa.-

Kyojuro sintió que le arrojaron agua helada en la espalda.

Pero guardó la compostura. Dejó salir el aire de sus pulmones con mucha suavidad, y habló serenamente.

- ¿Tú crees?-

- No puedo vivir huyendo.- dijo ella, con suavidad. - Tengo que volver y... enfrentar a mí padre. Decidí plantearle que respete mi decisión de no casarme o me iré nuevamente. Además...te he puesto en una situación comprometida, siento que he abusado de la hospitalidad de tu Casa y tengo que ser lo suficientemente madura para enfrentar mi miedo.-

Su voz sonaba seria, levemente manchada de pesar, y era un tono que Kyojuro no solía escuchar en ella. Yuzuki era una mujer alegre, hablaba mucho y tenía una forma de hablar levemente cantarina, siempre clara como agua del deshielo. Pero en ese momento, su voz era densa, pantanosa, como agua estancada.

Ella tenía la vista aún fija en algún lugar del jardín, como si necesitará estar en ese lugar que le traía calma para hablar.

- Aquí eres más que bienvenida. Trajiste frescura a esta casa.- le dijo él, y acarició suavemente la mejilla de ella, que cerró lentamente los ojos e inclinó la cabeza para acomodarse en la mano de él.- Y puedes quedarte el tiempo que necesites.-

- Lo sé...pero debo volver.- Dijo ella, y puso una mano sobre la de él.- No quiero que mientas más por mí, ni quiero vivir escondida. Tengo que ir y defenderme. Mí Padre entenderá, tengo fe.-

El silencio se instaló entre ellos. Las cigarras comenzaban su serenata nocturna, ruidosa e insistente y el cielo ya tenía un azul profundo, con esponjosas nubes rosáceas que cruzaban perezosas.

- ¿Y cuando planeas hacer eso?- preguntó entonces él.

- Cuando termine de reunir el coraje.- suspiró Yuzuki, y lo miró. Kyojuro vio en su mirada miedo, tristeza. Pero también resolución y fiereza. Estaba decidida.

Él sonrió. Sin duda todo este tiempo que él le brindó en paz y con una vida normal sin horarios ni compromisos, habían rendido frutos.

- Aún le temo.- Dijo ella, muy suavemente, como si se tratara de un secreto.- Pero el temor sólo se vence cuando se enfrenta. Y no quiero vivir con miedo.- le dijo ella. Y le sonrió.

Kyojuro sintió que su alma se fragmentó, pero sonrió también. Tomó su mano y le dijo.

- Bueno...cuando eso pase, yo te llevaré y te protegeré, como prometí.-

Yuzuki miró su mano sostener la de ella. Las manos de él siempre estaban cálidas, un poco más que otras manos que ha tocado. Se preguntó si era porque el fuego era su elemento, y si alguna vez volvería a sentir un tacto similar.

Ella lo abrazó con fuerza y él le devolvió el abrazo, con los ojos cerrados. Con el corazón apesadumbrado.

Pero orgulloso del camino que ella había elegido.

- Sé que no aceptará mi planteo.- Dijo Yuzuki p, hundida en el abrazo, cálido, protector.- Supongo que luego seguiré un nuevo camino. Aún soy joven y puedo trabajar, tengo una excelente formación en muchas áreas, eso debería facilitar las cosas.-

- Puedes volver aquí, a casa, hasta que encuentres un lugar donde vivir.- Ofreció él, la apartó delicadamente, miró sus ojos tristes y le dijo- Este será tu lugar mientras tanto.-

Ella lo quedó mirando un momento y él sonrió.

Ojalá pudiera volver.

"Ojalá tu padre no te arranque de mi lado y te aprisione contra tu voluntad. Ojalá piense con el corazón y no con el cerebro." Pensó Kyojuro.

Era una posibilidad. Su padre tenía los medios para obligarla a quedarse y a él sacarlo del camino.

Si de alguna forma descubría que él la tuvo consigo todo este tiempo y que las numerosas cartas fueron una mentira, lo mínimo que haría Tetsuo Gotō sería prohibirle la entrada a su casa.

Kyojuro quiso pensar que no lo haría...que movido por la felicidad de tenerla a su lado nuevamente, recapacitaria.

- Te debo tanto...que no sé cómo pagartelo.- susurró ella.- A toda tu familia.-

Kyojuro miró fugazmente los labios húmedos de la chica.

"Pagame con un beso. Déjame besarte una sola vez al menos, porque sé que hay una chance de que no pueda hacerlo nunca más." Pensó, pero se contuvo.

- No hago las cosas esperando algo a cambio...pero...si debes prometerme algo.- dijo en cambio y acomodándose, se sentó a lo indio.

- Dime.- dijo ella, sentándose frente a él, de rodillas.

Y así, frente a frente, él le habló mirándola a los ojos.

- Prométeme que buscarás ser feliz aunque eso implique romper tradiciones y comportamientos. Eres fuerte e inteligente. Alza tu voz. Marca tu historia. Estoy muy orgulloso de que seas tan valiente como para volver y enfrentar lo que te da miedo. Es mucho más de lo que muchísima gente hace.-

Él vio cómo a Yuzuki se le vidrió la vista, el labio inferior le tembló y dos enormes y pesadas lágrimas rodaron por sus mejillas. Kyojuro las secó suavemente con los pulgares y volvió a abrazarla, mientras ella lloraba.

Yuzuki se subió a sus piernas, sentándose sobre él, y poniéndole una pierna a cada lado de la cadera, ocultó su rostro en el cuello de él.

El corazón del Pilar de la Llama intentó salirsele por la boca. Al principio no supo cómo reaccionar pero entonces volvió a abrazarla, acarició su cabello y su espalda. Aspiró con delicadeza el aroma de Yuzuki.

Olia a hierba, a tierra, a piel que ha besado la tarde, a calidez.

- Nunca...nadie me había dicho nada así.- dijo ella, entre sollozos.- Si tan sólo lo hubiera escuchado antes...-

- Supongo que las cosas suceden cuando tienen que suceder y si es que tienen que suceder.- dijo él, aún un poco abrumado por el contacto tan repentino y absoluto, pero embelesado por tenerla tan cerca, tan suya en ese momento.

Yuzuki lloró un poco más y luego se calmó, poco a poco. Él notó su respiración más relajada, pero ninguno de los dos se movió.

Lo cierto es que ella se hubiera quedado allí toda la vida de ser posible. Se sintió segura, contenida, tranquila.

Además...el cuerpo de él emanaba algo que hacía que su propio cuerpo pareciera vibrar por dentro. Era algo imperceptible, invisible... pero estaba ahí. Sintió su pulso gritarle en las sienes y una bandada de mariposas se adueñó de su estómago.

Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, ella se reincorporó, dejó salir un largo suspiro y se secó las mejillas con ambas manos. Después, muy suavemente, acarició la mejilla de Kyojuro, y el alzó su mano para entrelazar los dedos con ella de ella.

- Gracias por ser parte de mi vida.- le dijo. Y se puso de pie.-

- Gracias al destino por habernos cruzado.- Dijo él, sin soltarla.

- ¡Yuzuki! - La voz de Senjuro la llamó por los pasillos.- ¡Yuzuki! ¿quieres ayudarme con la cena?-

- Me llama mí jefe.- Bromeó ella, se inclinó, y dejó un beso en la mejilla de Kyojuro.- Será mejor que no lo haga esperar, que luego me pone a cortar cebollas.-

Él dejó salir una pequeña risa, así que ella fue adentro, llamando a Senjuro a su paso.

Kyojuro la vio irse y mientras ella se alejó, él intentó volver a su libro.

Pero ya no pudo concentrarse. Ese beso parecía arderle en la piel.

Una tristeza densa llenó su cuerpo y la garganta se le anudó.

La decisión estaba tomada.