El Recorrido Insular de Alola era una de las tradiciones más conocidas de la región. Su fama entre los entendidos del mundo Pokémon era tal que personas de otras regiones viajaban hacia el archipiélago solo para tomarse fotos con los totems de las Pruebas, visitar aunque fuese las periferias de los lugares donde se realizaban y, con suerte, vislumbrar aunque fuese la sombra de uno de los gigantescos Pokémon Dominantes.

Para los alolianos era mucho más que una simple fuente de turismo. Era tradición; cultura; progreso y madurez. La gente de la región consideraba que aquel joven que pudiera completarlo no solo demostraba su fuerza, sino multitud de otras cualidades indispensables para ser un adulto funcional en la región: administración, autonomía, resiliencia, proactividad, resolución de conflictos, entre un largo etcétera que variaba en consideración de los criterios personales.

Superar el Recorrido Insular prácticamente garantizaba un puesto de trabajo, ya fuera como entrenador directamente bajo las órdenes de un Capitán, o un oficio que no tuviera relación con el entrenamiento Pokémon. Lo que contaba era el prestigio que se obtenía al completarlo, pues conseguirlo era de todo menos una tarea sencilla. Los empleadores veían en el sujeto en cuestión a una persona fiable, de principios y recursos. Eran codiciados por sus capacidades.

Pero así como completar el Recorrido Insular podía utilizarse como método para determinar el empleo de una persona, el no completarlo también era un factor que se tomaba en cuenta.

«¿Completó aunque sea una Prueba?», «¿Consiguió una Pulsera Z?», «¿Cuántos Cristales Z tiene?», «¿Logró luchar contra algún Kahuna?», «¿Derrotó a alguno?», «¿A un Capitán?», «¿Salió al menos de su isla de origen?». Todas cuestiones que se utilizaban para medir a una persona. Cuestiones que muchas veces tenían respuestas exageradamente simples. «No», «No», «Ninguno», «No», «No», «Tampoco», «No».

Completar el Recorrido Insular era estatus, no hacerlo era la norma y ni siquiera haber avanzado un poco era motivo de vergüenza. Superar aunque fuese una Prueba se consideraba como lo mínimo que un joven adulto debía hacer. Completar dos era motivo de orgullo y tres era una demencia. Eso para las Pruebas, pues superar una Gran Prueba era un logro que se consideraba apreciado de por vida, lo equivalente a un certificado universitario o un master. Se necesitaba mucha experiencia para lograr vencer a uno de los soberanos de Alola.

Una persona que completara la hazaña suprema sería respetada por la comunidad durante toda su vida. Ahora, ¿si su hijo lo lograba también? Era un respeto que se extendía por otra generación. ¿Y si el hijo del hijo lo conseguía? Entonces la familia ganaba fama de producir adultos competentes. Se hacían de un renombre intachable; la envidia de los vecinos y la familia con la que cualquier otra querría mezclarse.

Los padres harían que sus hijos convivieran con los niños de la familia en cuestión o los instarían a formar una relación que permitiera unir ambas familias. Llámalo matrimonio, amistad… o patrocinio. No eran raras las historias de jovencitas que quedaban embarazadas de un veneradísimo hijo por presión de los padres o de jóvenes que embarazaban a las hijas de dichas familias prestigiosas.

«Un heredero de la familia equis, ¡una verdadera bendición!».

«Ahora tendrán que casarse, ¿no es así?».

«¡Nacerá un niño hermoso! ¡Los genes de la familia equis mejorarán a nuestra familia!».

Eran palabras que solían escucharse. Aunque esas prácticas habían ido haciéndose más escasas con el tiempo, no eran lo suficientemente lejanas como para ser ajenas a las personas del presente.

Tal era el caso de la familia Kiauka.

Nacido en la Villa Marina en 1916, Elikai Kiauka fue el primero de su linaje en lograr una hazaña destacable. Con catorce años superó dos Grandes Pruebas, lo que le valió gran prestigio entre la gente de la Villa Marina. Abandonó el Recorrido Insular, pues pronto contrajo matrimonio con el amor de su infancia y se desempeñó como capataz de la zona durante años hasta que se mudó a Hau'oli para trabajar en sus gigantescos puertos.

Ahí, en 1931, nació Kalino Kiauka. Inspirado por las grandes hazañas de su padre y gracias a su destreza natural y arduo trabajo, Kalino logró lo que todo joven aloliano anhelaba tan desesperadamente en la vida: completó el Recorrido Insular a los dieciséis años. Era impresionante, ¡todo una proeza digna de ser alabada! El vecindario en el que creció realizó una fiesta gigantesca en su honor, pues era el primero de la zona que superaba el Recorrido Insular en más de cuarenta años. Se casó al año siguiente sin dificultad, pues pretendientes no le faltaban. El trabajo llevó a Kalino a Akala, donde hizo de supervisor para múltiples construcciones de la zona. Un año después de casarse llegó su primer hijo.

Kane Kiauka, nacido en ciudad Kantai en el año 1949, había crecido escuchando por parte de sus tíos, abuelos y madre acerca de la impresionante hazaña de su padre y de su abuelo antes de él, por lo que se esperaba que consiguiera lo mismo. Se le instruyó desde niño con diligencia y severidad para que, cuando llegara el día, estuviera preparado para superar el Recorrido Insular. Estudiaba seis de los siete días de la semana, doce horas cada día, mientras que los domingos los pasaba con su padre adquiriendo práctica de campo.

Cuando finalmente cumplió catorce años regresó a Melemele, donde sería recibido con los brazos abiertos por la comunidad que su padre había dejado atrás. Ahí no solo se enamoró de la que se convertiría en su compañera de viaje, sino que se tomó un año sabático para pasarlo con ella y formalizar un matrimonio. Tuvo que reanudar su viaje debido a las presiones de su familia y, a los dieciséis, lograría superar el Recorrido Insular. No volvió a Akala, sino que se asentó en Hau'oli permanentemente. Un año después nacería su hijo.

Kekoa Kiauka, nacido en Hau'oli en 1966, fue el primero de dos hijos. Era un niño extremadamente obstinado y terco, pero no en el buen sentido. Siempre que se obsesionaba con algo lo intentaba e intentaba de la misma manera, una y otra vez, hasta que por fin lo conseguía. Era fuerte gracias a su complexión, pero no demasiado inteligente. Comparado a su hermana menor, quien era más diligente y astuta, Kekoa nunca resaltó particularmente por su habilidad con los Pokémon. Era más bien brusco, pero no malintencionado. No podía comprenderlos como sí podía su hermana y tampoco tenía facilidad para ganarse su favor.

Como su padre, Kekoa y su hermana crecieron escuchando las historias de los impresionantes logros de la familia. Por supuesto, se esperaba que también lograran superar el Recorrido Insular. Sus padres contrataron para ellos instructores privados que se encargaron de enseñarles todo lo que necesitaban: habilidades de supervivencia, teoría Pokémon, prácticas de campo, administración, quehaceres domésticos y una larga lista más.

Kekoa lo intentaba, pero su carácter lo hacía corto de miras y no era propenso a aceptar consejo. Su hermana menor, sin embargo, era sobresaliente; de mente y cuerpo ágiles, sociable con los Pokémon y lo suficientemente inteligente para organizar el inventario de una semana con el menor presupuesto posible. Pronto la gente comenzó a hablar. Sabían cuál de los dos hijos de la familia Kiauka terminaría el Recorrido Insular.

Pero las cosas bonitas no suelen durar toda la vida. La hermana de Kekoa, con solo diez años, falleció debido a una mala caída desde la copa de un árbol. Su fallecimiento devastó a los padres de Kekoa, quienes dejaron de prestarle real atención. Sus esperanzas estaban depositadas en su hija… y Kekoa no era ella.

Dejaron de prestarle verdadera atención. El trato hacia él era tan silencioso que la casa en la que creció parecía vacía incluso cuando había tres personas en ella. Le retiraron los instructores profesionales y lo inscribieron en la Escuela Pokémon, subdivisión de Entrenadores, de Hau'oli, donde pasó sin pena ni gloria hasta que cumplió los catorce años. Las expectativas eran bajas, pero las comparativas y comentarios eran aplastantes. Kekoa no era su hermana; no tenía su talento ni diligencia. Tendría suerte si lograba superar aunque fuese una Prueba. Y lo hizo.

A los dieciséis años, Kekoa logró superar la Prueba de los Sotobosque. La Gumshoos Dominante había sido un desafío enorme para él, eso cuando lograba llegar a ella. Generalmente eran los Yungoos quienes se encargaban de hacerlo huir con el rabo entre las piernas.

Aquello que lo caracterizó de niño fue lo que le impedía superar la Prueba: no pensaba más allá de lo que estaba frente a él. No estaba hecho para ser un entrenador Pokémon.

Los padres de Kekoa, al ver la tardanza de su hijo, intentaron convencerlo de que hiciera estudios por otra parte. Su padre podría ayudarlo a entrar al Sindicato de Obreros con una buena posición, pero eso no era lo que Kekoa quería. Él quería replicar las hazañas de sus familiares, pero no por ellos, sino por cierta jovencita.

Durante su estancia en la Escuela Pokémon, Kekoa se enamoró de una chica de la subdivisión de Investigación. Su familia no tenía el mismo estatus que el de los Kiauka, pero ella era bella por naturaleza, inteligente y una oradora nata. Incluso con el prestigio de su familia, no logró hacer que ella se fijara en él. En su lugar estaba enamorada de un chico de Malíe; un transferido. Kekoa consideró que la única forma en la que ella podría fijarse en él era si superaba al menos una Gran Prueba.

Kekoa lo intentó. Luchó contra el Kahuna Hala Mahalo una y otra y otra vez, pero jamás pudo derrotarlo. No estuvo cerca de lograrlo ni una sola vez. Desesperado se dirigió a Ula-Ula, donde se enfrentó a la Prueba de los Hokulani con la esperanza de luego poder superar la Prueba de los Tapu y ganar experiencia. Kekoa no logró ninguna de las dos cosas. Cuando el dinero finalmente se acabó, tres meses después, volvió derrotado a su hogar, recibiendo la más impactante de las noticias.

Aquella jovencita se había comprometido con el chico de Malìe. Le habían robado al amor de su vida y no había podido hacer nada para evitarlo.

Finalmente aceptó la realidad. Aceptó que no tenía madera de entrenador así como la oferta de su padre. Solo un año después recibió una oferta de compromiso por parte de una familia menor de Hau'oli. Conoció entonces a la que se convertiría en su esposa: Nalani.

Fue en 1986 que nacieron su único hijo y el hijo de aquella chica que tanto había amado… y que todavía no podía superar.

A su primogénito lo llamó Guzma, y ella llamó al suyo Kukui.


Una nevada se acercaba. Los copos comenzaban a caer con mayor frecuencia y el viento a arreciar. Las faces palidecían y los cuerpos temblaban por el cada vez mayor descenso en la temperatura. Era una suerte que el camino principal estuviera tan bien iluminado, pues la visión seguía siendo clara.

La nieve, sin embargo, no era lo más frío del lugar. Lo eran los tres pares de ojos. Tres pares que años atrás se habían visto entre ellos con sueños, esperanzas y deseos. Eran las miradas de tres amigos de la infancia separados por circunstancias que estaban tanto dentro como fuera de su control.

—¿Te vas? —preguntó finalmente uno de ellos. Kukui siempre había sido el que tomaba la iniciativa.

—¿Qué te importará a ti? Era lo que querían —respondió Guzma con agresividad.

Lario negó con la cabeza.

—Queríamos hablar contigo, Guzma. Una conversación apropiada entre los tres por primera vez en años.

Guzma sintió las miradas de sus reclutas sobre él. No parecían saber qué debían hacer; esperaban su guía… Kiauka apretó un puño y entonces sintió como volvían a tirar de su manga. Vio de reojo a Francine.

NO HUYAS.

Suspiró. Aceptó la propuesta sin reducir su animosidad.

—Lo que sea de lo que quieren hablar, me da igual, pero no será aquí —sentenció, dándose media vuelta—. Mis hombres no sufrirán frío por sus asuntos.

Los Skull siguieron sin demora a su jefe, todavía nerviosos por la presencia de Lario y Kukui. Estos dos esperaron tranquilamente a que Guzma avanzara un par de metros antes de seguirlo de cerca.

Transitaron el sendero construído por la interferencia humana, el cual se mantenía libre de nieve gracias a un pequeño sistema de calefacción que la derretía y luego drenaba. La caminata fue de unos pocos minutos, deteniéndose solamente cuando llegaron a un pequeño establo donde dormitaban varios Mamoswine. Un hombre robusto hacía guardia.

—¿Quién viene? —preguntó en voz alta.

—Viajeros que van a la falda de la montaña —respondió Kukui por los Skull. El hombre lo reconoció de inmediato. A él y a los otros.

El guardia se rascó la cabeza, claramente conflictuado. Había oído de la reputación de los Skull y no estaba muy a favor de cederles voluntariamente un Mamoswine.

—Está bien. Ellos no harán nada —aseguró Lario y luego volteó a ver a Guzma—. Podemos contar con ello, ¿cierto?

No obtuvo respuesta, cosa que no sirvió para tranquilizar al guardia.

—Aunque sea usted quien me lo diga, señor Hokulani…

Lario suspiró y sacó una Poké Ball. Un Magnezone apareció ante todos, mismo que de inmediato centró su mirada en Guzma y viceversa. Ninguno emitió el más mínimo sonido.

—Magnezone los acompañará hasta que los Mamoswine regresen. ¿Con eso estará bien? —preguntó el rubio.

El guardia finalmente asintió, ligeramente avergonzado.

—Siento las molestias, señor.

—No te disculpes. Agradecemos tu duro trabajo.

Con meticulosidad el guardia contó a todos los Skull que había. No le tomó mucho.

—Seis Mamoswine para los Skull. Uno por cada cuatro y el sexto llevará a tres.

—Uno llevará a dos —corrigió Guzma, hablando por primera vez y sorprendiendo al cuidador—. Yo bajaré más tarde.

Tanto sus subordinados como Kukui y Lario reaccionaron ante la declaración. Su gente rápidamente protestó.

—¡J-jefe, no puede quedarse usted solo con estos canallas! ¡¿Quién sabe qué podrían hacerle?!

—¡No nos iremos sin usted, jefe!

—¡No puede estar hablando en serio, jefe! ¡¿Confía en esos sujetos?!

—¡Dejarlo solo con los enemigos sería inaceptable, jefe! ¡Reconsidérelo, por favor!

—H-hermana, ¿qué hacemos?...

Francine entonces sintió como todos la miraban. Todos incluído Guzma. Su gente confiaba en ella… su líder también… Ella sabía cuál era la decisión correcta.

—Confíen en el jefe —dijo ella, causando conmoción entre los reclutas.

Ella sabía que Guzma necesitaba eso. Lo sabía, pero…

—Yo me quedaré con él —añadió finalmente, sacándoles más de un suspiro.

Ni Guzma ni Kukui o Lario dijeron algo al respecto. Se quedaron en silencio todo el tiempo.

—Si nuestra hermana se queda con el jefe me quedo más tranquilo…

—Es una orden de ambos. No podemos cuestionarla.

—Entendido, hermana.

—¡P-por favor tengan mucho cuidado!

—¡Regresen con nosotros, por favor!

El cuidador cambió sus cálculos.

—Entonces son cinco Mamoswine. El quinto llevará a cinco. Será un poco apretado, pero por favor comprendan la decisión —dijo con un pequeño rastro de desconfianza en la voz. Nadie objetó nada.

—Entonces vayan —ordenó Guzma—. Los veremos en la falda de la montaña.

—¡Tendremos todo listo para su llegada, jefe!

—¡Nos aseguraremos de calentar su saco de dormir!

—Todavía tenemos algunas latas de sopa, así que podrá comer caliente, jefe.

Los dedos de Mary se movieron nerviosamente. Alguien la sujetó de las manos. Vio con sorpresa la sonrisa cálida de Francine y se animó a decir lo que quería.

—Tengan cuidado…

—Lo tendremos. Ustedes adelántese.

Mientras los Skull subían a lomos de los Mamoswine nadie hizo el menor ruido. Los tipo Hielo, junto a Magnezone, finalmente comenzaron a alejarse mientras el criador les hacía de guía. Los reclutas vieron con nerviosismo a sus líderes y entonces desaparecieron de la vista.

—Enterremos esto aquí de una vez por todas —dijo Guzma, sacando una Malla Ball.

Kukui y Lario se voltearon a ver. Hokulani asintió y Sorba bajó la cabeza.

—Siempre se nos dio mejor solucionar las cosas con una batalla —suspiró el profesor, sacando una Poké Ball de su bolsillo.

Ambas Poké Balls ascendieron con presteza, liberando a sus residentes, quienes cayeron levantando capas de gruesa nieve que no tardó en volver al suelo.

Golisopod e Incineroar se reconocieron, ¿cómo podrían no hacerlo?

Eran enemigos, rivales y, en un pasado lejano, fueron amigos.


Nació en una familia acomodada el 30 de septiembre del año 1986. Por supuesto que no recordaba nada de sus primeros dos años de vida, pero tenía algún que otro recuerdo del tercero. Hubo muchas lágrimas y gritos en su casa, pero no entendía por qué.

De mayor descubrió que se debía a la situación familiar. Su abuelo había fallecido por un coágulo en el cerebro y, sin alguien que abogara por él, su padre había sido despedido de su trabajo debido a comportamiento inadecuado. Su abuela se había muerto de tristeza unos años después, dejando lo que le quedaba de herencia a su padre.

Su economía ya no era abundante, pero tampoco estaban en problemas. La herencia contenía suficiente dinero para vivir cómodamente mientras se tuviera una fuente de ingresos. Habían tenido que vender la residencia en el corazón de Hau'oli para trasladarse a una linda casita a las afueras de la ciudad.

Recordaba ese lugar. Le encantaba todo el patio que había para él solo. Cerca reposaba el tronco de un árbol podrido que usaba para guardar todo tipo de cosas: libros de colorear, crayones, juguetes, entre otras cosas. A veces, cuando se sentía solo, acudía a ese mismo tronco para desahogar todas sus tristezas. Cosas como «Papá se enojó conmigo otra vez porque quise ver su reloj» o «Mamá también lloró anoche»..

Tristezas que no podía desahogar con sus padres. Si intentaba hablar con su papá normalmente recibía una respuesta tajante.

Agradece que tienes un techo en la cabeza.

Y si quería consolar a su mamá, ella solamente lloraba con más fuerza. Se sentía muy incómodo cuando eso pasaba, no triste como se supone que debiera sentirse. Incluso de pequeño tampoco le tenía especial apego a su madre. Ella rara vez hablaba con él y mucho menos lo miraba.

Así fue su vida desde los tres hasta los seis años. En las noches solía oír gritos y llantos, por lo que se aseguraba de no salir por ningún motivo incluso si quería ir al baño. A veces escuchaba la puerta principal cerrarse con fuerza y sabía que era porque su papá había ido a la ciudad con las «señoritas de la noche»… o eso le dijo su madre cuando él le preguntó quiénes eran las «putas» que su padre tanto mencionaba cuando gritaba.

En general, las noches no le gustaban. Por la noche pasaban cosas malas y aterradoras que su cerebro no podía explicar, por lo que le atribuía explicaciones sobrenaturales. Nadie le explicaba nada y no parecían tener intención de hacerlo. Por eso tampoco le gustaba soñar, pues todos sus sueños terminaban convirtiéndose en pesadillas por algún motivo.

Aun con todo eso, esa fue la etapa más pacífica de su vida.

Las cosas cambiaron notablemente cuando salió del jardín de infantes. Tenía que elegir un camino, pero era demasiado joven para ello, por lo que eligieron por él. Su padre, sin consultarlo con nadie, lo inscribió en la Escuela de Entrenadores de Hau'oli, en la subdivisión de entrenadores. Entonces empezó la presión.

Llegaba de la escuela y su madre lo hacía recitar todo lo que había aprendido en clase. También tenía que escribirlo, porque, de no hacerlo, cosas malas pasarían. Recordaba especialmente una ocasión en la que su madre enfermó, por lo que durmió todo el día, por lo que no hubo notas del día. Esa misma noche escuchó gritos provenir del cuarto de sus padres y, minutos después, su padre irrumpió en su cuarto. Lo vio quitarse el reloj dorado que tenía en la muñeca izquierda y lo siguiente…

El cuero del cinturón golpeó con tanta fuerza sus glúteos que plagó toda la superficie con cortes de distinta intensidad. Desde ese momento no le importó si su madre estaba indispuesta o no; él escribía todo lo que había visto en una hoja de papel, pues a su padre no le servían las notas que ya había tomado. Quería asegurarse de que lo estaba aprendiendo todo.

Las cosas transcurrieron con una relativa normalidad. Gritos, llantos y ocasionales golpes con el cinturón por cualquier pequeña cosa que hubiera hecho mal. Tenía ocho años y ya había aprendido que su padre debía ser tratado con el más alto de los respetos. También sabía que verlo quitarse el reloj era una muy mala señal.

Tenía que tener cuidado de no lastimarse o enfermarse, pues su padre despotricaba acerca del coste de las medicinas y como la enfermedad interfería con sus estudios. Cuando se enfermaba no lo golpeaba, pero solo porque los doctores podrían darse cuenta de que lo había hecho durante los chequeos.

Cumplió nueve años y todo lo que siempre escuchó de su padre fueron historias sobre su abuelo, bisabuelo y tatarabuelo; la importancia de que cumpliera con las expectativas de la familia y lo que sucedería si no lo hacía. De su madre solo escuchaba sollozos y palabras que le suplicaban que no hiciera enfadar a su padre; que fuera un niño estudioso y fuerte por ella.

¿Sus padres lo criaron? No particularmente. Su padre siempre estaba trabajando y en sus ratos libres se iba a la ciudad. El poco tiempo que le dedicaba era con la única intención de ver sus progresos o contarle historias del pasado. Su madre… bueno, ella no hacía gran cosa. Siempre estaba distante de todo y todos.

Pero las cosas tampoco estaban tan mal. La escuela al menos era divertida. Había un montón de niños de su edad con los que podía distraerse, pero no demasiado si no quería fallar en sus apuntes diarios. Los profesores solían elogiarlo con frecuencia y enviarle cartas de felicitación a sus padres. A veces, si su papá estaba de buen humor, le compraría un bote de helado.

Aunque las cosas cambiaron enormemente el verano de su noveno año de vida.

En 1995 dos niños dieron de qué hablar en toda la subdivisión de entrenadores de la Escuela Pokémon. Eran dos niños de su edad recién transferidos. Uno de ellos era un transferido de la subdivisión de Investigadores, mientras que el otro… El otro era el heredero de la familia Hokulani.

La suerte o la desgracia hizo que ambos fueran transferidos a su misma aula. Sus nombres eran Kukui Sorba y Lario Hokulani. Parecían saber de él, pues era el mejor de la clase, por lo que rápidamente entablaron amistad. Se reunían en los recesos a hablar sobre Movimientos Z y, principalmente, Pokémon. Guzma disfrutaba muchísimo esas charlas, pues podía interactuar con el Magnemite de Lario y el Litten de Kukui —quien era el motivo por el que este último era tan popular—.

Lario explicó que los Capitanes solían entrenar bajo la tutela de un Kahuna y, como el Kahuna Nanu estaba demasiado ocupado, lo habían enviado al cuidado del Kahuna Mahalo y de su joven heredero.

Kukui les había dicho que su madre lo había inscrito con seis años a la subdivisión de investigación porque ella quería que lo fuera, pero él quería ser entrenador y desafiar el Recorrido Insular como su papá.

El joven Sorba parecía haber hecho buenos amigos en el tiempo que estuvo en la subdivisión de investigación, pues ocasionalmente se le veía por la escuela con una niña llamada Burnet Keawe. Esa chica era amiga de la principal causante de que Lario no fuera el centro de atención: la heredera de Akala, Olivia Konikoni.

Aunque Olivia solo estudió en el lugar un año, se hizo buena amiga de Burnet y Kukui. Jamás supo por qué y tampoco le interesaba mucho. Las niñas en general no le llamaban la atención.

Pese a que al principio vio la llegada de Lario y de Kukui como una solución para la falta de amigos que de verdad lo comprendieran, pronto se dio cuenta de que nada llega sin consecuencias.


La nieve del lugar fue barrida por el Lanzallamas de Incineroar, el cual fue interceptado por el Hidroariete de Golisopod. El samurái forcejeó, notando que el ataque era bastante más fuerte que el de Silvally. Pese a todo, no perdió.

Ambos movimientos se neutralizaron y Golisopod no dudó en cargar contra su oponente con Acua jet.

—¡Golpe mordaza! —gritó Kukui.

La pata derecha del tigre se llenó de un aura del color del alquitrán. Recibió el ataque del enemigo con el dorso de la palma. Golisopod vio las garras que había ante él y no sintió nada. No miedo; no rabia… nada.

Pero aunque el tipo Agua no sentía nada, tampoco era indiferente. La fuerza de Incineroar era impresionante; tanta que lo hizo retroceder por un momento. Seguía algo cansado por la pelea anterior y sus escudos apenas estaban sanando, pero si se dejara derribar por algo tan pequeño entonces no sería un digno Pokémon de su entrenador.

El tipo Fuego frunció con fuerza el ceño, añadiendo su brazo libre a la ecuación. Afirmó su postura para no ceder y entonces… explosión.

Retrocedieron a toda prisa, ambos tomándose su tiempo para calcular la fuerza del otro en base al choque. Se habían fortalecido desde la última vez, de eso no había duda.

—Eres terriblemente fuerte, Guzma —admitió Kukui con gesto impasible—. ¿Has pensado en lo que podrías hacer con ello? ¿Todo lo que podrías conseguir?

—Lo que haga con mi fuerza no es de tu incumbencia —respondió Guzma sin dejar de mostrarse hostil.

Francine estaba de acuerdo… y Lario también. No eran quienes para decir qué cosa podía hacer Guzma y qué no. No eran nadie para aleccionar a un hombre adulto y tampoco querían hacerlo.

—No lo es. Te di la espalda por mucho tiempo; no puedo empezar a actuar como si nunca lo hubiera hecho —admitió, sujetando con fuerza su gorra para que el viento no la arrastrara—. Pero aun así… Simplemente no puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo desperdicias tu potencial. No estoy hablando de cambiar el mundo, de destruirlo o de salvarlo. Simplemente… ser más. Tener un verdadero propósito.

Guzma frunció con fuerza el ceño.

—¡Puya nociva! —gritó.

—¡Tajo cruzado!

Las garras de Golisopod se extendieron ante él, llenándose de una sustancia ponzoñosa. Cargó en contra de su oponente, quien recibió el ataque de lleno con su Tajo cruzado. Golisopod aprovechó que todavía tenía una mano libre para atacar el costado del tigre, quien vio venir el golpe y retrocedió a toda prisa, utilizando el brazo izquierdo del samurái como trampolín para alejarse de él.

—¡Lanzallamas!

—¡Acua jet!

El torrente ígneo persiguió a Golisopod, quien empezó a correr a cuatro patas antes de que una copiosa masa de agua lo rodeara e impulsara lejos de su alcance. Incineroar insistió en su ataque, pero no vio muy buenos resultados. Cambió su táctica.

Con Lariat oscuro, Incineroar comenzó a levantar montones de nieve a su alrededor, creando una pequeña tormenta que bloqueaba la vista de Golisopod. El samurái no pensó mucho al respecto, sino que aterrizó y utilizó un poderoso Hidroariete que despejó la nieve y chocó contra el Lariat oscuro.

Ambos ataques se impelieron entre sí. Incineroar iba a cargar con Tajo cruzado, pero una masa de nieve, tierra y roca voló en su contra. Utilizó Lariat oscuro para despejarla, chocando directamente contra el Acua jet del tipo Agua.

Forcejearon en silencio, únicamente viéndose a los ojos.

Golisopod siempre había sido escurridizo.


La escuela se había convertido en un lugar realmente divertido. Las clases eran diferentes, pues ya no les enseñaban tanta teoría sobre los Pokémon sino que ahora los instruían en la práctica. Como la edad promedio en la que un niño adquiría su primer Pokémon, ya fuera como regalo o porque habían logrado atraparlo, era entre los once y doce años, la escuela los comenzaba a preparar para cuando llegara el momento.

Las excursiones no eran raras. Salían sobre todo a lugares cercanos a Hau'oli, como sus muelles, callejuelas, el bosque cercano y la playa. Un día se aventuraron a las afueras de la ciudad, no por donde vivía Guzma, en el norte, sino hacia el sureste. Esa zona era prácticamente tierra de nadie. Únicamente había un Centro Pokémon que los entrenadores con paso a pueblo Iki utilizaban y, más al sur, había una preciosa y amplia playa de arenas amarillentas. La gigantesca colina Dequilate, cuya entrada estaba bloqueada por pedruscos, bordeaba el extremo oeste de la playa, haciendo de muro natural entre esta y ciudad Hau'oli.

Esa excursión se quedó por siempre en su memoria.

¡No vayan a irse demasiado lejos! ¡Quédense donde los adultos podamos verlos! ¡Los estoy viendo a ustedes, Lario, Guzma, Kukui!

La advertencia de su profesora no era en vano. En los dos meses que habían transcurrido desde la transferencia de Sorba y Hokulani se habían ganado una familla de buscaventuras. Solían alejarse de los terrenos de la escuela, pero su desempeño académico era tan bueno que no podían reprocharles mucho.

Magnemite y yo los mantendremos vigilados, profesora —dijo Lario, reverenciándose ante ella al igual que su Pokémon. Siempre se comportaba ante los mayores con soltura, dándoles una fingida faceta de niño inocente que le ayudaba a salirse con la suya.

Te lo encargo, Lario. —La profesora se vio mucho más tranquila, por lo que el pequeño rubio había cumplido su objetivo.

¿Se lo creyó? —le preguntó Kukui con expresión traviesa. Su Litten tenía el mismo gesto.

Lario asintió victorioso.

¡Oigan! —les gritó Guzma con fuerza—. ¡Vengan aquí! ¡Vengan!

Ninguno dudó en correr hacia donde estaba, moviéndose rápidamente entre las palmeras y pastizales. Se detuvieron de golpe, maravillados por el escenario que se desplegaba ante sus ojos. Debajo de ellos estaba la sedosa arena; delante… delante estaba todo.

Wow… —murmuró Lario—. Nunca había venido a esta playa.

¡Se…! ¡Se ve todo el mar! ¡Todo, todito! ¡Es diferente a los muelles de la ciudad! —exclamó con fuerza Kukui, el más emocionado de los tres. Comenzó a saltar de alegría—. ¡Incluso puedo ver el Volcán de Akala! ¡Aquí podrías lanzar tantos Movimientos Z como quisieras y nadie te diría nada!

¡Ah! ¡Miren, miren! —Guzma señaló a un lugar del mar, ligeramente más al sur—. ¡Es un cardumen de Basculin!

Pronto dejó de ser lo más impresionante. Abrieron la boca con sorpresa cuando un Alomomola dio un gran salto fuera del agua para volver a caer con un sonoro salpicar.

¡Este lugar es increíble! —volvió a decir Kukui—. ¡No hay edificios, ni calles, ni ruidos de autos! ¡Solo playa, naturaleza y Pokémon! —Los ojos le brillaron con fuerza y pronto su semblante adquirió determinación—. ¡Cuando seamos grandes, construyamos aquí una gran casa! ¡Viviremos los tres juntos con nuestros Pokémon!

Guzma y Lario dejaron salir sonoros «¡Ohhh!» de emoción. Magnemite y Litten se agitaron, contentos.

¡Será nuestro paraíso! —exclamó Guzma—. ¡Como el Paraíso Aether, pero mejor!

Lario asintió.

Sin tantos problemas innecesarios. Solo diversión, amigos y Pokémon.

¡Ni siquiera necesitaremos una piscina porque tendremos todo el mar solo para nosotros! —añadió Kukui, orgulloso de su propia idea.

Todos rieron, emocionados por la genial idea que Kukui había tenido. Eso hasta que Guzma vio algo a la distancia. Abrió los ojos con fuerza y vio en todas direcciones antes de hablarle a sus amigos.

¡C-chicos! —los llamó en voz baja—. ¡Un Lapras! ¡Es un Lapras!

En 1995 los Lapras eran considerados como una especie en peligro de extinción. Sus avistamientos eran genuinamente raros, por lo que ni Kukui ni Lario perdieron tiempo en ver a donde Guzma señalaba. El pequeño Kiauka tenía razón: al oeste, cerca de la colina Dequilate, un Lapras nadaba serenamente.

Los niños intercambiaron miradas de emoción y, tras asegurarse de que nadie los veía, salieron corriendo. En la niñez uno tendía a ser codicioso; había tesoros que solo querías para ti y tus amigos. El avistamiento de un Lapras era un lujo que no querían compartir con nadie más.

¡Vamos, Litten! —exclamó Kukui, siendo el primero en salir corriendo. Su gatito lo siguió de cerca.

¡Magnemite! —El llamado de Lario fue suficiente para poner en marcha al tipo Acero.

Guzma arrancó hasta el final. Sabía que era más rápido que Lario, por lo que terminaría dejándolo atrás si empezaba a correr antes que él.

Correr por la arena era complicado, pero eran niños. Energía era lo que más les sobraba y su deseo de ver a Lapras de cerca era mucho mayor que cualquier inconveniente que el terreno pudiera presentar. Empezaron a acercarse a la colina Dequilate cuando de repente…

¡S-se está alejando! —notó Kukui, apresurado.

¡C-corre más rápido, Lario! —pidió Guzma, comenzando a agitarse.

Lario aceleró todo lo que pudo, lo que no le bastó para siquiera pisarle los talones a Kukui. Comenzó a jadear con fuerza, asegurándose en todo momento de que no se le cayeran las gafas.

Cada metro que se acercaban eran dos metros que Lapras se alejaba. Para cuando llegaron a la pared rocosa de la colina Dequilate, el tipo Hielo ya era un punto en la lejanía. Dejaron salir suspiros de decepción.

¡P-pero al menos los vimos! —dijo Kukui, recuperando el aliento. Litten lo respaldó con un asentimiento—. ¡Es de buena suerte!

Lario no podía hablar por la agitación, cosa que preocupó a Magnemite. Guzma se encontraba ligeramente encorvado mientras se quitaba el sudor del rostro. De pronto tenía muchísima sed.

Debe… ríamos… volver con… la profesora… —dijo Lario entre jadeos—. Se va… a pre… preocupar…

Le dieron la razón. Los niños dieron media vuelta para alejarse del lugar, pero entonces escucharon un chillido. Aquel grito desesperado los alertó al instante, haciendo que se pusieran rectos como palos. Siguieron escuchándolo; era un grito desesperado.

¿Q-qué es eso?... —preguntó Kukui, alerta. Litten se puso frente a él, nervioso, pero dispuesto a protegerlo.

Suena… como un Poké… mon… —Lario, quien era el más alto de los tres, intentó ver si podía encontrar la fuente del ruido al ponerse de puntillas.

Guzma escuchó los chillidos y le recordaron a algo. Era como… como los gritos de su mamá. Quién fuera que los estuviera emitiendo, definitivamente tenía miedo: pedía ayuda. Algo se encendió en él; algo que lo hizo insensato.

Salió corriendo hacia la fuente del sonido.

¡G-guzma! —gritó Kukui, tratando de detenerlo. No lo consiguió.

Sorba y Hokulani llegaron a un acuerdo inmediato y se lanzaron detrás de Kiauka.

No recordaba demasiado de aquella ocasión. Solo sabía que había acelerado como si su vida dependiera de ello. ¿Lo que más se le quedó grabado? Tal vez la sensación de la hierba, que le picaba en las pantorrillas. Lo siguiente que supo fue que estaba frente a la entrada de la colina Dequilate. Ahí, rodeado por un pequeño grupo de tres Wingull, se encontraba un temeroso chiquillo.

Un Wimpod.

El tipo Bicho estaba hecho bolita, resistiendo los picotazos insistentes de las gaviotas, quienes intentaban penetrar su coraza. Guzma no lo pensó y tomó una roca del suelo que luego arrojó con fuerza.

¡D-déjenlo en paz, tontos! —gritó.

La piedra golpeó a uno de los Wingull, aturdiéndolo por un segundo. Cuando el shock inicial pasó, llegó la ira. Guzma cayó de sentón al suelo cuando un Pistola agua lo golpeó en el torso, haciéndolo agitarse por el dolor. Los otros Wingull se lanzaron en su contra, pero…

¡Impac… trueno!

¡Arañazo!

La descarga del Magnemite de Lario ahuyentó a uno de ellos, mientras que el Arañazo de Litten contuvo por un momento el Picotazo de un Wingull.

¡Fue… Fuera de aquí, bravucones! ¡Aléjense, fuera! —gritó Kukui con fuerza, lanzándole una rama a los tres Wingull. Litten les siseo.

¡Impactrueno! —repitió Lario.

El tipo Eléctrico liberó otra pequeña descarga que fue lo que terminó por alejar a los Wingull. Las gaviotas se fueron y los niños pudieron respirar tranquilos… al menos por un segundo.

¡Guzma! —exclamó Kukui, dándose la vuelta y corriendo hacia su amigo—. ¡¿Estás bien?!

Con lágrimas en los ojos, Kiauka asintió. Le dolía el pecho, pero no mucho más. Se preocupó más por el pequeño insecto antes que por sí mismo.

¿Wimpod está…?

Ahí, pero se ve aterrado —señaló Lario. Tenía una mano en el pecho, intentando acompasar su respiración. La adrenalina del encuentro le había hecho ganar energías.

Guzma se puso de pie con ayuda de sus amigos y vio al isópodo. Estaba agazapado contra la gran roca que bloqueaba la entrada a la colina Dequilate, temblando como una hoja ante la brisa.

No supo por qué, pero al verlo se sintió inmediatamente conectado a él. Era como si lo conociera de toda la vida; como si fueran amigos de un tiempo pasado. Se acercó cautelosamente a él, tomando por sorpresa a sus amigos.

¡Guzma, no! ¡Recuerda lo que nos enseñaron! ¡No es bueno acercarse a un Pokémon asustado! —exclamó Kukui.

K-Kukui tiene razón, Guzma. No lo hagas —pidió Lario.

Pero fue reacio a escuchar.

Él no me hará daño, lo sé. Y si lo hace… estoy seguro de que ustedes me ayudarán —dijo en un murmuro, acercándose lentamente al pequeño.

Sorba y Hokulani tragaron saliva, nerviosos. Sus Pokémon estaban en estado máximo de alerta, listos para saltar ante el menor indicio de problemas.

Wimpod vio como Guzma se acercaba a él y, al principio, trató de alejarse desesperadamente al pegarse todavía más a la roca.

Tranquilo, pequeñito, no te voy a hacer nada malo —aseguró, caminando todavía más lento y echándose pecho tierra. Si se veía más grande que él solo lograría asustarlo más—. Te hicieron daño. Quiero ayudarte.

El miedo parecía cegar a Wimpod, quien no bajó la guardia ni por un segundo. Eso sí, estaba tan herido que tampoco podía defenderse. Dejó salir varios chillidos de terror antes de que Guzma finalmente tocara su coraza con la mano. El miedo y los chillidos desaparecieron de golpe.

Moreno y rubio voltearon a verse, extremadamente sorprendidos, mientras Guzma cargaba en brazos al pequeño tipo Agua. Kiauka encaró a sus amigos.

V-vamos. Tenemos que llevarlo a un Centro Pokémon.

Eso hicieron.

Cuando regresaron junto a todo su grupo, la profesora estaba claramente preocupada. Aceptó llevar a Wimpod a un Centro Pokémon luego de que le explicaron todo, pero prometió reprenderlos severamente luego de eso. Lo cumplió, por supuesto.

Una vez que el pequeño Wimpod se curó por completo, se negó a alejarse de Guzma. Era como si estuvieran unidos con un pegamento invisible y súper potente. Para los adultos se hizo obvio que ninguno de los dos quería dejar ir al otro, por lo que llegaron a una solución.

Toma, Guzma —le dijo su profesora, enseñándole una Poké Ball curiosa—. Recuerdas que es esto, ¿verdad?

Sí. Es una Malla Ball. Sirve muy bien para atrapar a Pokémon de tipo Agua y Bicho —respondió de memoria, tomando entre sus manos la cápsula. Tardó unos segundos en comprender el significado detrás de ella y, cuando lo hizo, sus ojos brillaron—. ¡¿Quiere decir que puedo…?!

Es más seguro que esté en una Poké Ball —dijo la profesora, sonriente.

Fue así como capturó a su Wimpod y aquella excursión se convirtió en uno de sus días favoritos. Por fin tenía un Pokémon al igual que Lario y Kukui. Podrían reunirse juntos y divertirse con sus compañeros Pokémon. Todo sería perfecto…

Pero luego llegó a casa. Le presentó a Wimpod a su madre con una alegría que esa residencia nunca había visto. Esperaba aunque fuese una sonrisa o una felicitación, pero solo obtuvo una mirada nerviosa y un rostro pálido.

Cuando llegó su papá, lo primero que hizo fue recibirlo en la puerta. Superó su mirada indiferente y, con la misma alegría con la que se lo había presentado a su madre, le mostró a Wimpod.

¿De dónde lo sacaste? —Fue lo primero que preguntó su papá.

En la excursión, señor —respondió. Su padre nunca había querido que lo llamara como tal. Exigía que lo llamara señor—. Unos Wingull estaban molestándolo y lo defendí con ayuda de Kukui y Lario.

Su padre se vio notoriamente molesto. Siempre lo hacía cada vez que mencionaba a sus amigos, por lo que supuso que no les agradaban, aunque nunca lo dijo abiertamente. Se fijó en su muñeca izquierda, temeroso de que se quitara el reloj, cosa que no hizo.

Y por "defender", ¿te refieres a que te escondiste detrás de esos amiguitos tuyos y dejaste que hicieran todo?

Negó de inmediato.

¡N-no, señor! ¡Yo fui el que corrió primero a ayudar a Wimpod! ¡Le lancé una roca a uno de los Wingull y le di! —respondió, sintiéndose nervioso por la intensa mirada de su padre.

Él lo miró fijamente por unos instantes y entonces su mirada mostró… ¿aprobación? Su padre asintió.

Bien. No hay problema que la fuerza no solucione, Guzma. Grábatelo a fuego: el mundo es de los fuertes. Los mojigatos y santurrones querrán hacerte creer que hay otra forma de solucionar los problemas, pero no es verdad. Si los convences hablando, encontrarán la forma de volverse contra ti tarde o temprano. Tienes que dejarles en claro que eres más fuerte que ellos, así nadie se meterá contigo. Nunca.

Guzma se quedó boquiabierto. Era una de las primeras veces que su padre le hablaba tanto.

Quédatelo —dijo finalmente el señor Kiauka, pasando a un lado suyo mientras se quitaba la corbata.

Una sonrisa gigantesca se formó en el rostro de Guzma.

¡G-gracias, señor! ¡Muchas gracias!

Volteó a ver a Wimpod, quien le miraba con nerviosismo, y lo abrazó.

En ese momento no sabía cuáles eran las motivaciones de su padre. No tardaría en descubrirlo.


Lario se cubrió el rostro para evitar que la nieve la golpeara. Aun con eso no se salvó de tener que limpiar sus gafas. La forma en la que ambos Pokémon se atacaban era intensa, pero también comedida. Sabían en qué lugar estaban y sabían qué podían ocasionar si no tenían cuidado. Kukui no quería poner en riesgo a ninguno de ellos y Guzma seguramente no quería arriesgar la integridad de Francine.

Entre los tres siempre habían formado un curioso trío elemental. Se suponía que Litten venciera a su Magnemite, este a Wimpod y Wimpod a Litten. Pero muy pronto Kukui se consolidó como el mejor entrenador de los tres sin que ninguno se diera cuenta.

Como Kukui, Lario estaba ahí por motivos que no alcanzaba a comprender. Tal vez era hacer lo correcto, sentirse mejor consigo mismo o simplemente ayudar a un amigo del pasado que se había descarriado. Siempre supo que Guzma tenía un potencial tan grande como él lo quisiera; su amor por los Pokémon era infinito, su fuerza considerable y de inteligencia no se quedaba corto.

Pero le habían fallado. Pecaron de ser ciegos y de ofrecer ayuda cuando eso era lo único que necesitaba. Eran jóvenes también. No podían ser culpados de todo lo que había sucedido, pero tampoco podían eludir la propia culpa que sentían. Aunque a ojos de la ley eran adultos, todavía tenían dificultades para lidiar con sus propias emociones.

En la escuela no enseñaban a lidiar con los traumas ajenos.

El giro de Golisopod le añadió energía a su Hidroariete, el cual se estrelló contra el Tajo cruzado de Incineroar. El tigre se apresuró a intentar patearle el torso, pero las garras abdominales se encargaron de que se lo replanteara. Cambió la patada por un rodillazo en el mentón, pero le había dado tiempo a Golisopod para que se cubriera con la garra izquierda, la cual bajó violentamente para intentar desequilibrar al Rudo.

Incineroar retrocedió de un salto y Golisopod lo persiguió con Acua jet. En una exhibición de agilidad, el tipo Fuego torció el torso de manera que pasó rozando por encima del movimiento y cayó al suelo. Golisopod canceló su movimiento inmediatamente, volviendo a tierra.

Cuando eran amigos, Lario nunca se sintió desplazado. Eran los tres mosqueteros: compañeros inseparables que podían divertirse incluso si faltaba uno, pero que estaban completos una vez que se encontraban juntos. Aunque su relación con Guzma había sido tan buena como la que este solía tener con Kukui, era evidente que el principal choque era entre ellos dos.

Visto en retrospectiva, a Lario realmente no le asombraba. Lejos de todo el odio que Kekoa pudo llegar a inculcarle a Guzma, su último encuentro en la juventud tampoco ayudaba en lo más mínimo.

Dio un paso hacia atrás, evitando la masa de nieve que por poco lo cubría de pies a cabeza.

La niñez era una etapa tan hermosa porque eran los años donde más ciego se estaba.


En 1996, unos meses antes de cumplir diez años, Guzma tuvo su primera batalla Pokémon real.

Unos promotores de un torneo local se acercaron a la Escuela Pokémon para anunciarse. Era una liguilla de Hau'oli que apenas estaba iniciando, ni siquiera lo suficientemente importante como para que la gente la reconociera por el nombre. Podían unirse niños desde los ocho hasta los doce años, por lo que Guzma y sus amigos supieron que era la oportunidad que tanto estaban buscando.

Querían ser entrenadores Pokémon. Sabían que el camino de Lario lo llevaría a ser Capitán, por lo que querían ser lo suficientemente fuertes para caminar a su lado. Él y Kukui superarían el Recorrido Insular y luego trabajarían junto a Lario en el Observatorio de Hokulani como sus manos derechas. De esa forma podrían estar juntos incluso cuando fueran adultos.

Se apuntaron al torneo sin pensárselo, pero necesitaban el permiso de sus padres o tutores. Esa fue la primera vez que vio en persona al papá de Kukui y al joven heredero de los Mahalo, pero solo intercambiaron un amable saludo.

Por supuesto, él también necesitaba permiso, por lo que se lo pidió a su padre. Estaba nervioso, pero dicho nerviosismo desapareció pronto cuando el jefe del hogar aceptó sin pensárselo. Le dijo —más bien ordenó— a su madre que lo acompañara el día de las inscripciones y eso hizo. Su padre también le dio permiso de quedarse fuera de casa todo lo quisiera mientras usara ese tiempo para entrenar. En su momento le pareció la gloria.

Entrenaron durante toda la semana siguiente, pero Lario era claramente superior a él y a Kukui. Su entrenamiento con el Kahuna Mahalo era evidente, por lo que tenían suerte si podían seguirle el paso. Para el día previo al torneo ya tenían unas nociones más o menos básicas de cómo tener una batalla de verdad.

Y el día llegó. Guzma se sintió nervioso por ver a tanta gente reunida, principalmente familiares de los participantes —aunque la presencia del heredero Mahalo atrajo a más público curioso—, y sintió todavía más nervios cuando vio a su papá entre el público. Era la primera vez en toda su vida que su padre se tomaba un día libre para ir a verlo en sus actividades extracurriculares, por lo que sintió… ¿motivación? Era un niño. Por mucho que sintiera que no era cercano a su padre, todavía quería impresionarlo y ganarse su afecto.

Por eso luchó lo mejor que pudo en su primer enfrentamiento. Recordaba que su oponente era un niño de unos once años y su Pokémon un Yungoos. Lo derrotó con apenas complicaciones, pues Wimpod se había asustado por un momento al recibir un Placaje.

Nunca olvidaría los aplausos de la gente ni los halagos de los comentaristas. Lo llamaron tantas cosas buenas que fue incapaz de contener una gigantesca sonrisa. Abrazó a Wimpod, contento por lo que habían logrado.

Antes de que se diera cuenta, llegó a las semifinales. Ahí se enfrentó cara a cara contra Kukui; seguramente su primer combate serio en toda la vida. Estaban realmente parejos, pero la ausencia de movimientos tipo Agua de Wimpod le jugó en contra. Aunque se defendió bien aprovechando la agilidad de su Pokémon y Ataque arena, el Arañazo y Ascuas de Litten fueron demasiado.

Perdió. La frustración que sintió en ese momento nunca la olvidaría, pero solo le duró un momento. Vio la sonrisa de Kukui y recordó lo mucho que él se había esforzado para lograr el resultado actual. Se unió a las personas que lo ovacionaron. Vio hacia el público y no encontró a su papá por ningún lado, solo a su madre. Se sintió triste.

Lo hicieron tener un combate de desempate contra el otro muchacho que había perdido en las semifinales: aquel que había enfrentado a Lario. Era un niño de doce años al que derrotó gracias a que su Slowpoke era bastante lento.

¿La final? Disputada entre Lario y Kukui, por supuesto. Aunque Kukui había dado un buen golpe, Lario terminó derrotándolo como en todos los entrenamientos que habían tenido. El rostro frustrado de Kukui sería uno que tampoco olvidaría nunca.

Al final, Lario, Kukui y él se pararon en el podio con brillantes medallas en sus cuellos. Primero, segundo y tercer lugar. El padre de Kukui quería hacer algo para celebrarlos y el heredero Mahalo se ofreció a invitarles unas hamburguesas. Todos estaban de acuerdo, pero su mamá parecía particularmente dubitativa. Le preguntaron si había problema y, tras una larga reflexión, dijo que no.

Esa debió ser la primera vez que su madre mostró un poco de carácter. Pasaría bastante tiempo antes de que volviera a hacerlo.

Felicidades por su matrimonio, señorito Mahalo —escuchó felicitar a la madre de Kukui mientras hacían fila para las hamburguesas.

El Mahalo rio levemente, rascándose la nuca.

Gracias, señor Sorba. Todos los buenos deseos son bienvenidos en esta nueva etapa de mi vida.

¡Tan joven y ya casado! —rio la madre de Kukui—. No me cabe duda de que le espera una vida llena de felicidad por delante.

Mi esposa y yo lo creemos también —asintió el Mahalo.

Era un niño, y los niños eran ligeramente impertinentes, por lo que dio una opinión que nadie le había pedido.

Las chicas son una pérdida de tiempo. ¡No puedes pasar tanto tiempo con tus Pokémon y siempre hay discusiones tontas! —exclamó.

¡G-guzma! —lo regañó su madre de inmediato, visiblemente nerviosa.

¡Pero si Lario y Kukui están de acuerdo conmigo!

Sus amigos, por supuesto, asintieron.

Escuchó las risas de los señores Sorba y del heredero Mahalo. Entonces sintió una mano sobre su cabeza. Por primera vez en toda su vida, alguien acarició su cabeza. Era un tacto gentil y cariñoso, muy distinto al toque agresivo y autoritario de su padre o al temeroso de su madre.

Puede parecer así, ¿cierto? Pero creéme, cuando conoces a la persona indicada para ti, el tiempo deja de ser importante —se rio—. Seguro que tus papás se sienten de la misma forma, ¿no crees?.

Guzma entonces sintió una presión en su clavícula. Su mamá lucía claramente agitada, por lo que simplemente asintió, sacándole una sonrisa al Mahalo.

Ya me contarás cuando llegue el momento, ¿de acuerdo, Guzma?

Okey, señor Hal…

Entonces llegó la hora de ir a casa. Su madre estuvo pálida todo el camino de regreso, pero tampoco le sorprendía. Ella siempre estaba así.

Cuando llegaron a la casa, ella lo hizo entrar primero. Lo primero que notó al entrar fue un olor agrio que le lastimó la nariz. El lugar apestaba, especialmente la pequeña cocina. Ahí estaba su papá, sentado en la mesa con varias ladas a su alrededor. Se acercó a él, pues en su inocencia creyó que querría saber de su logro.

Mire, señor —le dijo, mostrándole la medalla en su cuello—. Tercer lugar.

Entonces los vio por primera vez: Los Ojos. Dio un paso hacia atrás, pero él le impidió retroceder más. Sujetó la medalla con fuerza y le dio un tirón, lastimándole el cuello. Al ver que no podía arrancársela por la dureza de la tira de cuero, se la descolgó con brusquedad, rozándole terriblemente la piel,

¿Te enorgulleces de un puñetero tercer lugar? —le preguntó con voz contenida, poniéndose de pie. Caminó hacia la encimera de la cocina, donde estaba su maletín y a los pies el cubo de basura. La medalla la tiró para horror de Guzma y del maletín sacó una regla de metal—. Las manos.

Resistió el impulso que le decía que sacara su medalla de la basura y obedeció a su padre. Se confió porque no vio que se hubiera quitado el reloj. Le enseñó el revés de sus palmas y entonces recibió un fuerte golpe en ellas. El ardor fue tal que dio un salto, comenzando a patalear por el súbito estallido. Intentó alejarse, pero su padre lo agarró con fuerza de un brazo y lo obligó a sentarse a la mesa.

Soltó un chillido de dolor cuando volvieron a golpearlo y buscó con la mirada a su madre. Ella ni siquiera lo estaba mirando.


Golisopod dio amplias brazadas que Incineroar se encargó de evadir. Una repentina burbuja fue lanzada en su contra, por lo que la neutralizó con Lariat oscuro. El contacto con el agua, especialmente a esa temperatura, no era particularmente agradable. El Rudo tomó distancia y luego saltó por encima de la cabeza de Golisopod. Antes de que pudiera aterrizar detrás de su espalda, este se elevó con Acua jet, golpeándole las piernas y haciéndolo caer de cara al suelo.

Incineroar dio un salto con los brazos que le permitió alejarse del Puya nociva del tipo Agua. Golisopod no dejó las cosas ahí, sino que siguió acosándolo hasta finalmente lanzarle una abundante plasta de veneno que fue destruida con Lanzallamas.

Francine desconocía casi completamente las personalidades de Kukui y Lario a parte de lo que su jefe le había dicho. Debía admitir que, visto en retrospectiva, todas las descripciones habían sido extremadamente parciales. Guzma se había encargado de venderlos como unos incompetentes santurrones que pensaban demasiado y actuaban poco.

Durante mucho tiempo, ella pensó que Guzma odiaba más a Kukui, Lario y Hala que a sus propios padres. Nunca entendió y seguía sin entender por qué. ¿De qué se trataba todo el asunto? No estaba segura. Conocía bien a Guzma, pero tampoco podría definir con exactitud de donde había nacido ese odio tan fuerte hacia quienes fueron sus amigos tiempo atrás.

Lo que no podía evitar notar era lo fuerte que parecía haber sido ese vínculo, pues quedaban retazos incluso tras más de una década de haberse roto. Era como si cada uno de ellos recordara a la perfección cómo peleaba el otro.

¿Cuántas veces habrían luchado? Francine no lo sabía, pero no podían ser pocas.


Desde ese momento participó en varios torneos más, cuatro o cinco tal vez. Quedó tercero en la mayoría, pero una vez quedó como el segundo debido a que Lario había regresado por las vacaciones a su casa en ciudad Malíe.

Fue castigado cada una de las veces, aunque el segundo lugar le valió una reprimenda menos severa. Cuando su padre le golpeaba las manos lo enviaba con guantes sin dedos a la escuela. Una vez le dio un revés tan fuerte en la mejilla que no fue a la escuela por tres días en lo que la hinchazón bajaba y el cardenal desaparecía. Desde entonces pareció comprender que el mejor lugar para golpearlo era en la espalda o en las piernas, aunque si estaba demasiado enfadado no temía en tocarle el rostro. Había dejado de quitarse el reloj a partir de esa ocasión.

Su padre se enojaba todavía más si llegaba a llorar, por lo que tenía que aguantarse las lágrimas hasta que el castigo terminara. Siempre que eso sucedía se retiraba a su cuarto y sollozaba silenciosamente mientras abrazaba a Wimpod con fuerza.

Y así pasaron los meses.

Cuando el invierno de 1997 estaba terminando, alguien tocó el timbre de su casa. Era temprano en la mañana, pero él ya estaba despierto. Su padre le había ordenado que entrenara incluso cuando no iba a la escuela, por lo que tenía que hacerlo.

Como era un miércoles, su padre no estaba en casa y su mamá siempre solía quedarse dormida hasta tarde tras hacer el desayuno. Siendo la única persona que podía atender la llamada, lo hizo. Él y Wimpod abrieron la puerta principal y entonces… Siendo niño creía que abrir demasiado la boca haría que se le cayera la mandíbula, por lo que lo evitaba, pero no pudo en esa ocasión.

Frente al umbral de su puerta, con una sonrisa bonachona, estaba el venerado Rey de Melemele: Hala Mahalo. Era uno de esos escenarios ficticios que los niños imaginaban, como conocer a Santa Claus, Superman o Mario. Este era mucho menos fantasioso, pero no menos impactante —tal vez un poco menos—.

Guzma, ¿verdad? —Fue lo primero que escuchó salir de su boca—. Soy Hala Mahalo, el Kahuna de Melemele. Lario me ha hablado mucho de ti, por lo que quiero hacerte la propuesta que ya le hice a tu amigo Kukui.

Era Hala Mahalo, de eso no había duda. En la escuela había un retrato suyo en la pared y lo había visto muchísimas veces en libros de texto y televisión. Su parecido con el señor Hal, con quien había interactuado bastante desde entonces, también era innegable. Pero aun con todo eso… ¿una propuesta de él? ¿Qué había dicho Lario?...

¿Qué te parecería si entrenas junto a nosotros para volverte más fuerte? —El Kahuna se fijó en el pequeño que se encontraba a los pies de Guzma, por lo que su sonrisa se volvió más amplia—. ¡Estoy seguro de que a tu Wimpod le encantaría volverse más fuerte! ¿Tú no?

Guzma volteó a ver a su compañero, quien lo miraba nerviosamente. El joven Kiauka titubeó, pues no estaba acostumbrado a tratar con gente tan importante, pero su condición como niño pequeño le hacía perder bastante del pudor que los más grandes tenían.

¿Qué tan fuerte?...

Tan fuerte como tú quieras, Guzma.

¿Tanto como Lario?

Por supuesto. Los entrenaré con el mismo esmero a los tres.

¿T-tan fuerte como para ganar torneos? ¡¿Para usar los Movimientos Z?!

¡Todos los primeros lugares y todos los Movimientos Z que quieras! Aunque tendrás que esforzarte muchísimo para lograrlo. La recompensa no viene sin trabajo —rio el Kahuna.

Tantos primeros lugares como él quisiera… Tantos Movimientos Z como quisiera usar… Eso quería decir que su padre ya no tendría excusas para golpearlo. Ya no tendría que volver a ver nunca a Los Ojos. Se sintió lleno de entusiasmo. Podría utilizar Movimientos Z; cumplir su mayor sueño…

¡Quiero ser más fuerte! ¡Tanto como Lario y Kukui! —exclamó con fuerza.

Hala asintió, complacido.

En ese caso, ¿puedo hablar con alguno de tus padres? Necesitamos su aprobación si queremos entrenar juntos.

No dudó ni un segundo en ir a despertar a su madre. Nunca lo había hecho porque suponía que estaría exhausta de tanto llorar, pero esta vez no le importó mucho lo cansada que pudiera estar. Corrió hacia la habitación, abrió la puerta y la sacudió con fuerza.

Por supuesto que ella no le creyó cuando le dijo que el Kahuna Hala Mahalo estaba en la puerta, dispuesto a entrenarlo. Tuvo que arrastrarla fuera de la cama y sacarla del cuarto para que, finalmente, viera al hombre que estaba en la puerta al otro lado de la sala.

Su madre se quedó en blanco, totalmente anonadada por lo que estaba sucediendo. El Kahuna se presentó con amabilidad, pero ella le pidió cinco minutos para arreglarse. Fue la primera vez en toda su vida que Guzma vio a su madre colorada y no pálida.

Ambos adultos le dijeron a Guzma que saliera a jugar con Wimpod mientras ellos charlaban, por lo que hizo exactamente eso. Se quedó en el frente de la casa, viendo al cielo en la espera de que nieve cayera de algún lado.

Se llevó una sorpresa gigantesca cuando, de la nada, el auto de su padre se estacionó frente a la casa. El adulto salió del vehículo con paso apresurado y cruzó miradas con su hijo por menos de un segundo. Aún con eso, Guzma fue capaz de ver la sonrisa que tenía en la cara. Seguramente fue la única vez que lo vio sonreír en su vida.

Veinte minutos pasaron antes de que la puerta volviera a abrirse.

Entonces estaré contando con su apoyo, señores Kiauka —dijo Hala, alejándose de la entrada con una sonrisa.

Por supuesto, señor. Guzma se esforzará todo lo posible para estar a la altura de sus enseñanzas. —Esa también fue la primera vez que Guzma vio a su padre tan sumiso y débil. No sería la última.

Hala asintió, dirigiéndose luego hacia él.

Nos veremos los viernes, sábados y domingos, Guzma —le avisó, poniendo una mano sobre su cabeza. Era el mismo tacto que el de Hal—. Habrá ocasiones en las que no podré estar con ustedes, pero mi hijo se encargará de supervisarlos.

Kukui y Lario también estarán, ¿verdad? —preguntó, emocionado.

Por supuesto. Los tres trabajarán juntos para convertirse en grandes entrenadores. —Le quitó la mano de la cabeza y se dirigió a sus padres—. Entonces si me disculpan, yo paso a retirarme. Lamento haber hecho que saliera del trabajo, señor Kiauka, y lamento haber interrumpido su rutina, señora Kiauka.

No se preocupe por eso, señor. Fue un honor recibirlo —aseguró su madre. Era sorprendente lo mucho que podía sonreír cuando el Kahuna estaba cerca.

Hala asintió antes de darle un último vistazo a Guzma y alejarse.

La familia Kiauka vio como el Rey de Melemele se alejaba de su hogar. Lentamente, cuanto más lejos estaba el Kahuna, el ambiente de siempre volvió.

Los fines de semana te encargarás de llevar a Guzma a pueblo Iki sin demora ni falla —le dijo su padre a su madre, rompiendo el silencio—. Voy a dejarte el auto, así que más te vale que no falte.

Sí, querido… —respondió su madre con voz trémula.

Y tú, Guzma. —Se agachó y lo sujetó de los hombros. Había ambición en su mirada—. Se te está ofreciendo una oportunidad que no tuvieron ninguno de tus antepasados. Vas a entrenar con un Kahuna, y será con el Kahuna Mahalo, uno de los más fuertes que Alola ha visto. Vas a esforzarte el doble de lo que lo haces normalmente, ¿me entendiste? No quiero que pierdas contra el niño Hokulani y mucho menos contra Kukui.

No sabía cómo responder a eso, por lo que dijo lo que sabía que su padre siempre quería oír.

Sí, señor.

Su padre entonces se puso de pie y se dio media vuelta hacia la entrada de la casa.

Ven, Nalani —le ordenó—. Hoy voy a tomarme el día libre en la oficina.

Su madre asintió en silencio, siguiéndolo de cerca. Guzma quiso entrar a la casa también, pero su padre se lo impidió.

Tú vete a la biblioteca. Repasa tus lecciones. —Sacó un billete de su bolsillo y se lo entregó—. No te quiero de regreso hasta la noche, ¿entendiste?

Apenas tenía diez años, pero se había vuelto increíblemente bueno en detectar el humor de una persona. Tenía que hacerlo si no quería encontrarse a su padre de mal humor. Por eso se sintió disgustado. La mirada de su padre era… primitiva; repulsiva. Sintió un escalofrío y apartó la cabeza.

Sí, señor. —La puerta se cerró ante él, cosa que lo alivió. Trató de no pensar en nada más y volteó a ver a Wimpod—. Vamos, amigo.

Ese día fue perfecto. No solo se reunió con Kukui, con quien habló ilusionado sobre lo que acababa de sucederles, sino que comieron todo tipo de golosinas gracias al dinero que su padre le había dado y hasta pudieron cenar hamburguesas.

El día perfecto no tuvo un cierre perfecto, sino más bien ordinario. Llegó bien entrada la noche a su casa y por supuesto que no había nadie para recibirlo. De su padre no había ni rastro, pero estaban sus zapatos, por lo que seguramente estaba dormido. A su madre la escuchó llorar en la regadera. Recientemente había comenzado a sentirse más y más incómodo cada vez que la escuchaba llorar, porque pensaba en las cosas malas que podría haberle hecho su padre y que, por extensión, podría hacerle a él. Precisamente por eso trataba de alejarse lo más posible de ella.

Se fue a dormir, esperanzado por el mañana.


¡Vamos, chicos, más entusiasmo! ¡Kukui, haz que Litten flexione más el brazo! ¡Extenderlo demasiado es malo para sus ligamentos! ¡Guzma, que Wimpod no aparte los ojos del contrincante! ¡Lario, recuerda lo que te dije! ¡Magnemite debe estar a una distancia equivalente a dos veces la longitud de tu oponente!

Como instructor, Hala era intachable. Sus lecciones eran duras, pero no lo suficiente como para que no pudieran seguirlas. Él y Kukui llevaban ya tres meses entrenando bajo su tutela y, esporádicamente, la de Hal, aunque últimamente el heredero había estado indispuesto debido a cierto acontecimiento importante de su vida.

Fue ese día que conocieron al causante de la situación de Hal..

En medio del entrenamiento habitual, Hala perdió la compostura. Su semblante adquirió preocupación y salió corriendo lejos de ellos.

¡Hal! ¿Está bien que estés aquí afuera con el niño? ¿No es demasiado pronto? —preguntó, temeroso.

Tranquilo, papá, está bien. Los doctores dijeron que debe tomar algo de aire fresco —dijo, tranquilizándolo. Sus ojos entonces se posaron sobre ellos tres—. ¡Ah, chicos! ¡Vengan, vengan!

Ninguno de los niños era tonto. Vieron el montón de cobijas entre los brazos de Hal y supieron de qué se trataba. Se secaron el sudor con toallas que Hala les había dado y salieron corriendo al encuentro de Hal.

Con cuidado, niños —les dijo Hala.

Eso hicieron. Con cuidado y muchísima curiosidad, se acercaron a lo que fuera que Hal tuviera entre sus brazos. Se asombraron al ver un rostro tan pequeño y arrugado.

Ante ellos estaba un bebé de apenas semanas de nacido. Tenía los ojos cerrados, protegidos de la luz del sol por la mano de quien lo cargaba. Los tres pensaron que estaba un poco feo por todas las arrugas, pero sus mejillas y nariz ciertamente eran tiernas.

El nombre de este pequeño es Hau. Se parece bastante a mí, ¿eh? —rio Hal, orgulloso.

Lario nos dijo que ya era papá, pero no nos lo podíamos creer, señor Hal —dijo Guzma, sorprendido.

Mi mamá dice que dieciocho años es muy poco para tener un hijo —añadió Kukui, intentando ver si Hau podía abrir los ojos.

¡¿Y qué si soy un padre muy joven?! —preguntó Hal, falsamente indignado—. ¡Eso solo me dará más tiempo para pasarlo con mi hijo!

Lo malo es que el señor Hala dice que ya no podrá entrenarnos cuando él no pueda —se quejó Kukui, llevándose las manos a la nuca.

No digas eso, Kukui —lo regañó Lario—. En estos momentos es cuando se debe felicitar a los papás del bebé.

Si Hau te escucha quejarte de esa forma seguramente se pondrá triste, Kukui —dijo Guzma.

Sí. No le agradarás cuando sea mayor. ¡Va a odiarte! —exclamó Lario.

¡No es cierto! Los bebés no saben qué pasa a su alrededor, así que Hau no recordará nada de nada —se defendió el pequeño Sorba.

¿Y cómo lo sabes? —preguntó Guzma.

¡Porque nos lo enseñaron en la escuela, duh! ¿Tú recuerdas algo de cuando eras tan pequeño como Hau?

Yo tengo recuerdos de cuando tenía un año —respondió Lario, sobresaltando a Kukui.

¡Eso es falso! ¡Nadie recuerda cuando era así de pequeño!

Eso tú no lo sabes, Kukui —dijo Guzma.

Hala y Hal voltearon a verse entre sí, compartiendo una misma risa.

Aunque, pasando a otros temas… —La voz de Hal llamó la atención de los tres niños—. Kukui, Lario, Guzma. Ustedes tres son como pequeños hermanitos para mí, así que cuando el día llegue y yo falte… ¿podrían ver por mi hijo?

Eran niños, pero no eran tontos. Sabían cuando un adulto estaba hablando en serio, y ese era uno de esos momentos.

¡No se preocupe, señor Hal! ¡Cuando Hau sea mayor, nos encargaremos de entrenarlo como usted y el señor Hala nos entrenan a nosotros! —aseguró Kukui.

Aprenderá mucho de nosotros —asintió Guzma, golpeándose el pecho—. ¡Y siempre seremos buenos con él!

Por supuesto, yo me encargaré de enseñarle sobre la teoría. Guzma y Kukui la odian —dijo Lario, riéndose.

¡No es que la odie! ¡Es solo que prefiero pensar en batallas Pokémon antes que en tontas matemáticas! ¡Las matemáticas no me servirán para nada cuando sea entrenador! —se defendió Kukui.

Bueno, yo… —Guzma no pudo decir por qué odiaba la teoría. Fue del todo incapaz.

Escucharlo me pone realmente feliz, chicos —dijo Hal, dándoles una tierna sonrisa. Ambos le correspondieron el gesto y entonces… —¡Ahora dejemos de lado el sentimentalismo! ¡¿Quién quiere tener un combate contra mí?! ¡¿Con quién debería barrer el suelo primero?!

La mano de Kukui se elevó de inmediato.

¡Yo, yo primero! ¡Ya lo dije! ¡Yo voy primero!

Hal se levantó con cuidado entre las quejas de Lario y Guzma.

¡Ah, siempre eres el primero en lanzarse, ¿eh, Kukui?! —vio a su hijo y, cuando estaba por entregárselo a su padre, alguien más habló.

Vaya, ¿llegamos en mal momento?

A sus espaldas apareció una familia de tres. El padre era un hombre guapo y esbelto de piel morena, cabello rosado y ojos castaños, mientras que la madre era una mujer —la más guapa que los niños habían visto jamás— de largo cabello marrón y profundos ojos celestes. El pequeño que los acompañaba era la mezcla perfecta de ambos: pelo rosado, piel canela, ojos celestes y una ternura sin igual.

¡Señor Anthony, señorita Amélie! ¡Alola! —exclamó Hal, sonriente. Se giró rápidamente hacia los tres niños—. Disculpen, chicos. Aplacemos un poco el combate, ¿quieren?

Ninguno de los tres estuvo particularmente contento, pero aceptaron.

Escuchamos de Ace que el pequeño ya podía recibir visitas, así que quisimos venir a presentar nuestros respetos —explicó el formal hombre.

Agradecemos las molestias, señor Anthony. No debe de ser fácil para ustedes tomarse un tiempo de su apretada agenda —Mahalo hizo una reverencia tan amplia como Hau se lo permitió.

He de admitir que me encanta verlos tan enérgicos, Hal, señor Hala —dijo la esplendorosa Amélie.

Hacemos lo que podemos —rio Hal—. Un niño no es cosa sencilla, como seguramente saben. Alola, Liam. ¿Cómo estás?

Bien, señor Hal. Me da muchi… muchitantísimo gusto verlo —respondió el pequeño de apenas tres años.

Los Mahalo se rieron.

Tan joven y ya tiene un vocabulario tan colorido —Hala se llevó las manos al estómago, el cual recientemente había comenzado a abultarse.

Anthony Sotobosque se fijó en los tres muchachos detrás de los Mahalo.

Lario, Alola, pequeño —saludó primero al rubio.

Alola, señor Anthony. —Lario trazó un círculo con sus manos.

¿Todo bien en Ula-Ula? —preguntó el Sotobosque—. Espero que el pequeño Chris siga sano.

Lario asintió.

Papá me mandó una postal el otro día. Dice que Chris es bastante glotón, por lo que seguramente será muy alto. Me mandó una foto y todo.

Los Sotobosque sonrieron.

Enséñanos esa foto cuando tengas tiempo, ¿sí?

El rubio asintió ante el pedido.

Alola también a ustedes dos, jovencitos —Anthony los saludó con una mano—. Guzma y Kukui, ¿verdad? El señor Hala se ha encargado de contarnos las grandes expectativas que tiene en ustedes.

Ambos niños voltearon a verse con grandes sonrisas en el rostro. Sabían que Anthony Sotobosque era el Capitán de la Prueba de Melemele, por lo que conocerlo a él también era un gran sueño hecho realidad.

¡N-nos estamos esforzando muchísimo! —exclamó Kukui, siendo secundado por las cabeceadas de Guzma.

¡Queremos desafiar el Recorrido Insular cuando tengamos catorce! —anunció Guzma—. ¡A-así que definitivamente iremos a verlo!

Anthony se ajustó la corbata.

Entonces tendré que asegurarme de darles un desafío a la altura. Aunque tal vez para ese entonces sea Liam quien los ponga a prueba —dijo, tocando la cabeza de su hijo, quien se rio ante el contacto.

Guzma no lo dijo… pero sintió mucha envidia. Le daba envidia ver a padres siendo tan cariñosos con sus hijos, mientras que los suyos… No quiso pensar mucho en eso, porque no quería ponerse triste. Pensar en su padre, específicamente, no solo lo pondría triste, sino también muy nervioso.

¿Creen que podamos ver a Ace? —preguntó Amélie—. No hay problema si no quiere visitas, lo entenderemos y nos contentaremos con al menos haber visto al bebé. Ser madre no es para nada sencillo. La pobre debe de estar exhausta, especialmente considerando que son las primeras semanas.

Hal asintió.

Ahora mismo está en cama. Mis suegros están con ella y se veía bien, pero le preguntaré por si acaso —dijo, girándose hacia la gran casona de los Mahalo.

Y si Ace se siente indispuesta, por favor al menos pasen a tomar algo de café —pidió Hala—. Es rara la ocasión en la que podemos reunirnos así.

Aceptamos con gusto —dijo Anthony.

Se encaminaron hacia la gran casa. Los Sotobosque voltearon a ver a su hijo, quien se había rodeado de los Pokémon de Kukui, Guzma y Lario.

¿Hay problema si lo dejamos con ustedes un momento, muchachos? No creo que quiera alejarse de los Pokémon pronto —dijo Amélie, recibiendo el rápido asentimiento de Lario.

Lo cuidaremos, señorita Amélie. Será un gran entrenamiento para cuando tengamos que cuidar de Hau y Chris —respondió.

¡Puede contar con nosotros! —exclamó Kukui.

¡Sí! —Guzma asintió con fuerza.

Los señores Sotobosque siguieron a los Mahalo con tranquilidad.

Cielos, realmente están naciendo muchos niños de las Familias Fundadoras, ¿eh? —Guzma volteó a ver a Lario—. Hau, tu primo y el año pasado nos dijiste que había nacido la bebé de los Saltagua.

¡Se llama Lana! —exclamó Liam de pronto, dejando de acariciar a Litten—. La conocí en navidad. Es pequeña, pero no como Hau. De Chris no sé, porque no lo he visto.

Ohhh, eres muy listo, Liam. —Kukui le dio unas palmaditas en la cabeza—. Y solo tienes…

¡Tres años! Nací el catorce de febrero de 1994.

Guzma aplaudió, sorprendido.

¡Es realmente listo! ¡Muy, muy listo! —exclamó—. Seguro que ya es más listo que yo.

Liam sonrió, orgulloso.

Vas a ser un gran Capitán, ¿verdad, Liam? —Lario se rio.

¡Como mi papá!

Entonces tendremos que enseñarte todo lo que sabemos si quieres estar preparado, ¿verdad, chicos? —Kukui sonrió ampliamente con las manos en la cintura.

¡Sí! —exclamaron Lario y Guzma.

Litten, Magnemite y Wimpod los apoyaron con sus respectivos gritos de batalla. Las siguientes dos horas fueron tremendamente divertidas. Jugaron con Liam en el centro, corriendo alrededor del campo de batalla ceremonial. El atardecer llegó pronto y también la hora de decir adiós.

¡Recuerda todo lo que te enseñamos, Liam! —gritó Kukui, despidiéndolo con una mano.

¡Iré a visitarte después! —aseguró Lario.

¡Tengamos una batalla pronto, Liam! —dijo Guzma, sonriente.

El niño pequeño, agotado, se fue en brazos de su padre y se perdió de la vista cuando bajaron las escaleras. Guzma se grabó a fuego la imagen de la familia; una familia que tenía los mismos integrantes que la suya.

Un papá, una mamá y un hijo. Eran lo mismo, pero… ¿por qué su familia no era como la de ellos? Lo pensó y lo pensó y, por primera vez en su vida, llegó a una conclusión de lo más lógica.

Todo era culpa de su papá.


Incineroar lanzó una brazada que Golisopod cubrió, luego otra que también fue bloqueada y finalmente una patada en el costado. El tipo Agua se retorció levemente antes de asestarle un brutal cabezazo a su oponente. Ambos retrocedieron, adoloridos y aturdidos.

Kukui era fuerte, eso Guzma siempre lo supo. Era fuerte, rápido, flexible en batalla y parecía tener la capacidad de adaptarse a cualquier situación. Era tan parecido a ese chico Ketchum que le irritaba de sobremanera.

¿Por eso había sentido tanta furia las dos veces que perdió contra él? Sí, la respuesta era que sí. Creía que su yo de aquella época sería capaz de derribar a Kukui, por lo que perder contra un Kukui todavía más joven fue insoportable.

¿En qué momento había nacido su rencor hacia Kukui y Lario? No lo recordaba, pero se forzó a hacerlo. Francine le había hecho darse cuenta de que, por años, había estado viviendo sin saber el por qué de sus actos. Antes de cometer un error garrafal como el que había cometido durante su batalla contra Gladio, se forzó a recordarlo todo.


Fue al finalizar el vigésimo tercer torneo junior de ciudad Hau'oli. Aunque al inicio estaba realmente reacio a entrar, tuvo que hacerlo pues Lario y Kukui insistieron bastante.

Era el último torneo al que Lario podría entrar antes de que cumpliera los once años y, por ende, partiera en su propio Recorrido Insular como la mayoría de hijos de Capitanes y Kahunas.

Había quedado en tercer lugar, por supuesto. Kukui había logrado derrotar a Lario y arrebatarle el perpetuo primer lugar que ostentaba. Se sintió feliz por él, pero no de corazón, pues sabía qué era lo que le deparaba. Lo supo en cuanto Los Ojos lo vieron desde el público antes de desaparecer.

Buen trabajo como siempre, muchachos —los felicitó Hal, dándoles unas palmaditas a cada uno—. ¿Qué les parecen unas hamburguesas? Por supuesto, yo invito.

¡Yo me apunto! —exclamó Kukui, sonriente como el que más. Por fin había conseguido vencer a Lario.

No estoy muy de humor, pero si va Hau, yo también —accedió Lario, viendo que a la distancia se acercaban Malvácea Mahalo y su hijo de ahora meses de edad.

¿Qué dices tú, Guzma? —Hala lo vio con una sonrisa orgullosa—. Tenemos que celebrar tus excepcionales progresos.

Lo siento, no puedo —se excusó para sorpresa de todos—. Tengo que ir a casa. Mamá dijo que papá quería hablar conmigo sobre el torneo.

No era una mentira. Su padre seguramente querría hacer algo con él, pero no precisamente hablar. Mientras las palabras salían de su boca, solo un pensamiento llenó su cabeza: «Por favor dénse cuenta».

Ya veo… Tu padre tiene muchos motivos para estar orgulloso de ti, Guzma —asintió Hala, contento—. Ser el tercero de entre doscientos niños no lo logra cualquiera.

«Por favor dénse cuenta».

¡Si te da algún consejo para fortalecerte, asegúrate de decírmelo, Guzma! —exclamó Kukui—. ¡No es justo guardar secretos a los amigos!

«Por favor dénse cuenta».

Si te llevan a comer a un lugar sabroso, nos lo cuentas. Estoy preparando una lista de lugares a los que llevar a mis papás y tíos a comer cuando vengan a visitarme —contó Lario, dándole un pequeño golpecito en el brazo.

«Por favor dénse cuenta».

Puedes contar con nosotros, Guzma —Hal le acarició la cabeza, dirigiéndole una mirada ligeramente más seria—. Cualquier cambio de planes, avísanos. Iremos por ti sin demora.

En su momento no se dio cuenta, pero visto en retrospectiva era bastante obvio. No sabía si Hal había visto algo en el rostro de su padre o si simplemente no le agradaba, pero la seriedad en su mirada no era otra cosa sino desconfianza. «Si te hace algo, llámanos. Estaremos ahí para ayudarte».

Pero incluso si lo hubiera entendido, Guzma jamás les habría dicho nada. No lo habría hecho porque estaba absurdamente aterrado de su padre. Sus castigos se habían hecho más brutales, había comenzado a beber con todavía más frecuencia y ya no disimulaba los maltratos a su madre. Intentó defenderla, pero eso solo le valió una paliza… y ella ni siquiera trató de ayudarlo.

Si tan solo mi hijo fuera Kukui…

Ni siquiera una palabra hacia él. Ni el más mínimo remordimiento. Eso fue lo único que le dijo tras apalearlo cuando volvió a casa. Todo siempre se trataba de él; de lo que quería y esperaba de los demás. La vida de Guzma no era suya, sino que le pertenecía a los sueños frustrados de su padre.

Ese hombre jamás había amado a su madre ni a él. Los veía como un premio de consolación; como algo que había obtenido por no quedar el primero en una repugnante competición a la que ni siquiera se apuntó.

Era un niño, sí, pero uno que había visto la mirada de una bestia por años. Podía reconocer sus cambios de humor, y lo que veía en sus ojos cada vez que se enfocaban en la madre de Kukui… era tan aterrador como vomitivo.

Lo quería muerto. Quería que desapareciera. Tanta gente buena moría en el día a día, como la señora de la repostería cercana. ¿Por qué no podía Arceus hacer desaparecer a un hombre malo?

¿Por qué lo había hecho tan cobarde?


Sin Lario en la ecuación, las cosas se habían tornado un poco más tranquilas pero menos complicadas para él. Ganar segundos lugares se había facilitado muchísimo, por lo que los castigos no eran tan duros como antes, pero extrañaba muchísimo a su amigo. Los entrenamientos también eran un poco menos divertidos, pues él y Kukui conocían de memoria la forma en la que peleaba el otro. No es que no conocieran a Lario a la perfección, pero tenerlo cerca añadía un poco más de dinamismo al asunto.

Aunque sin Lario ahí, la atención de los Mahalo se dividía entre menos personas.

Suspiró. Debía de ser bueno poder tener esa libertad tan pronto. A él todavía le faltaban tres años antes de poder partir en su Recorrido Insular y ni hablar de cuánto tiempo faltaría antes de que pudiera tener su propia Pulsera Z como Lario. Tendría que conformarse con el dije de madera que Hala había hecho para él… Aunque era bonito, de eso no había duda.

Guzma. ¿Guzma? ¿Me estás escuchando, Guzma? Holaaaa…

Sobresaltado, centró su mirada en Hal, quien estaba sentado sobre el campo de batalla tradicional de Iki mientras que él se encontraba tumbado en el suelo. El Mahalo rio.

Ahora que volviste con nosotros, puedes repetirme lo que te estaba diciendo.

Repetir cosas, imitarlas, se le daba de maravilla. Era la única cosa real que su padre le había enseñado… al menos de forma indirecta.

Hablaba sobre la Prueba de los Umbría… —dijo, apenado y nervioso por igual. Ese tipo de descuidos normalmente acarreaban un castigo por parte de su padre—. La Jungla Umbría es un entorno hostil con los descuidados debido a las plantas autóctonas de la zona como enredaderas y hongos venenosos. También hay un sistema de cavernas que puede desorientar, aunque sirve como atajo si uno sabe moverse por él. Los Morelull, Shiinotic, Fomantis y Lurantis también son abundantes. Los dos primeros son peligrosos porque se alimentan de la energía de los viajeros descuidados, mientras que los dos segundos son extremadamente territoriales.

Hal asintió repetidamente.

Perfecto como siempre, Guzma. —Se cruzó de brazos—. Pero hay una diferencia entre repetir y aprender. Necesito estar seguro de que estás haciendo tuyo el conocimiento que te entrego. Lograrlo o no podría marcar la diferencia entre la victoria y la derrota, o, en casos más extremos, la vida y la muerte.

Lo entiendo, señor Hal —murmuró, apartando la mirada—. Lo siento por distraerme.

Sintió la mano de Hal sobre su cabeza y escuchó su risa, por lo que levantó la mirada.

No te preocupes, Guzma. No pasa nada si tu mente divaga una o dos veces, nos pasa a todos —dijo en un esfuerzo por reconfortarlo. Al ver que el semblante del chico no cambiaba, siguió hablando—. ¿Te preocupa Lario?

Negó con la cabeza.

Lario es fuerte. Sé que para el otro año nos enteraremos de que ya superó al menos dos Grandes Pruebas.

El tiempo promedio que un chico talentoso tardaba en terminar el Recorrido Insular, sin distracciones, era de un año y medio aunque podría alargarse casi con total seguridad. Para los hijos de Kahunas y Capitanes, que partían con once años —tres menos que los demás—, el tiempo estimado era de unos dos años.

Hal siseo.

Hacer el Recorrido Insular con esa edad es difícil, sí —asintió mientras parecía recordar su propio periplo—. Entonces si no es Lario, ¿qué te tiene distraído, bichito?

Guzma se agitó, intranquilo. En ese momento le gustaría ser un poco más como Wimpod, quien al menos evitaba la charla al haberse quedado dormido.

Supongo que me da miedo que me dejen atrás… Más atrás todavía —respondió, temeroso—. Me esfuerzo mucho, tanto como ellos, pero no sé por qué no puedo vencerlos. No soy tan fuerte como Kukui, ni tan inteligente como Lario y sigo… perdiendo…

Y no quería perder. Quería que su padre dejara de golpearlo y era algo que solo lograría si ganaba el primer lugar. Había intentado a entrar a torneos donde no estaría Kukui, pero su padre no se lo permitía porque consideraba que estaba "huyendo de él" y que "no tendría sentido obtener un oro que no era suyo por derecho".

No sé si puedo empatizar completamente con lo que sientes, Guzma —dijo Hal, acariciándose el mentón—. Soy más joven que la mayoría de Kahunas y Capitanes de mi generación. Olivia tiene tu edad, el tío Nanu es bastante más mayor y bueno… Hapu será más bien la compañera de Hau. Está Wai, pero él me saca más o menos la edad que yo le saco a Kal'au, así que no somos realmente de la edad. Se podría decir que no crecí con rivalidades tan fuertes como las tuyas.

Kiauka asintió. Había cosas que la gente sabía y otras que no. Tan simple como eso.

Pero puedo empatizar con esa sensación de no querer perder —añadió el Mahalo, sonando más animado—. No contra otra persona en específico, sino contra mí mismo.

¿Perder contra uno mismo? Era la primera vez que Guzma había escuchado eso en su vida. Estaba tan acostumbrado a que la competencia fuera contra alguien más que jamás se le cruzó por la cabeza que también podría competir contra sí mismo.

Sé lo mucho que la gente de Alola espera de mí. No quiero decepcionarlos, por supuesto, pero tampoco quiero decepcionarme a mí mismo —explicó, sacando una Poké Ball de su bolsillo para luego empezar a jugar con ella como si fuera una pelota normal—. Aspiro a ser tan grande como papá y como el tío Nanu. No porque nadie realmente lo espere, pues son zapatos difíciles de llenar, sino porque es lo que quiero para mí. —Se rio—. Mi orgullo como papá y mentor también entra en juego, por supuesto. Nada me haría más feliz que, a futuro, ustedes y Hau se enorgullecieran de decir que yo les enseñé algo, por más pequeño que sea.

Era la primera vez que alguien decía algo así. Competir contra uno mismo… El simple concepto lo llenaba de una curiosidad tan abundante como desconcertante. Si se podía competir contra uno mismo, entonces también se podía perder.

¿Y si no lo logra, señor Hal?... —preguntó en un murmullo tímido—. ¿Y si no puede ser mejor que los señores Nanu y Hala?

Hal pareció detectar lo decaído que estaba. No era normal que mostrara esa faceta fuera de casa, pero los últimos meses habían sido tan estresantes que era imposible que ese ambiente no lo siguiera hasta pueblo Iki.

Hay cosas que no podrás hacer, Guzma, y hay algunas en las que serás el mejor, pero aunque no puedas hacerlas, debes tratar y tratar hasta que tu alma se sienta satisfecha. —Una risa bonachona se le escapó, similar a la del propio Hala—. Aunque, ¿qué sabré yo?... —Abrió la boca, dispuesto a seguir hablando, cuando algo lo golpeó por la espalda. Se giró con curiosidad y luego se le iluminó la cara—. ¡Ah, Hau! Estoy hablando con Guzma, hijo, ¿puedes esperar un poco?

Ver al niño Mahalo siempre ponía de buen humor a Guzma. La primera vez que lo vio pensaba que era un poco feo, pero el tiempo se había encargado de volverlo un bebé realmente tierno.

No creo que Hau pueda entenderlo, señor Hal. Ni siquiera sabe caminar.

Aunque ya está dando sus primeros pasos —dijo Mahalo, orgulloso, mientras sentaba al bebé en su regazo—. Es un niño realmente talentoso… aunque ¿de dónde saliste?

Tanto Hal como Guzma vieron detrás del primero. Malvácea entraba a la casona de los Mahalo, despidiéndose con una mano de ambos.

Ah, ya toca el cambio de turno —rio Hal, rizando uno de los pequeños mechones de Hau en su dedo índice.

Recuerde que la señorita Ace siempre le da de comer a las cuatro.

Hal soltó una sonora carcajada que sobresaltó ligeramente a Hau, quien comenzó a balbucear inentendiblemente. No esperaban mucho de un bebé de diez meses.

Te preocupas mucho por Hau, Guzma. ¿Te da miedo que no le dé de comer apropiadamente? —preguntó, pasándose una mano por el lagrimal derecho.

Guzma frunció el ceño ligeramente, no por el comentario, sino porque sabía lo que era pasar hambre. Su madre a veces se quedaba dormida hasta tan tarde que él era quien tenía que hacerse de comer junto a Wimpod. En ese sentido agradecía muchísimo las clases de economía doméstica, pero había sido realmente difícil cuando sus manos eran bastante más pequeñas de lo que eran en ese momento.

¡Es broma, es broma, no me mires con esa cara! —exclamó Hal, haciendo que Guzma se diera cuenta del rostro que estaba poniendo.

N-no es…

Gracias, Guzma —interrumpió el Mahalo, sonriéndole ampliamente—. Tienes un corazón tan gentil.

Kiauka enrojeció levemente. Se rascó la nuca, avergonzado.

No, yo…

¿Quieres cargar a Hau un rato? —le preguntó de golpe, acercándole el bebé al rostro.

Guzma se le quedó viendo fijamente al pequeño y viceversa. Escuchó su dulce risa y frunció el ceño.

¡Démelo! No se puede confiar en usted, señor Hal —dijo, indignado.

Lo escuchó reírse a carcajadas.

¡Es que le gusta más cuando tú lo cargas, Guzma! —aseguró.

Si me vomita encima como la otra vez, tendrá que comprarme una camiseta nueva, señor Hal.

Si te vomita encima como la otra vez, te compraré algo incluso mejor.

¡Malasadas no, señor Hal! ¡No volveré a caer!

No malasadas, aunque tampoco es una mala idea… ¿Qué te parecen esas deportivas nuevas que tanto les gustaron a ti y a Kukui?

¡¿Lo dice en serio?!

Solo si te vomita, por supuesto. —Volvió a carcajearse.

¡Más vale que no se retracte, señor Ha…!

... Vamos por mi billetera, Guzma…

¡Sí!

¿Por qué suenas tan contento?...

Adoraba a Hal. No era el único, por supuesto. Kukui y Lario lo querían tanto como él, pues cada segundo a su lado era tan entretenido como educativo. Si hubiera tenido un hermano mayor como Hal Mahalo, la vida seguramente habría sido mucho más sencilla. Aunque odiaba ser hijo único, también estaba un poco feliz de no tener hermanos de sangre, pues su padre seguramente los trataría de la misma manera y él no podría ni dar la cara por ellos. Repudiaba a su padre y lo último que quería era ser como él, pero también odiaría ser como su madre.

Aunque tal vez ya lo era.


Una y otra vez, una y otra vez. Mientras más se acercaba la fecha para que iniciara su Recorrido Insular, más autoritario y violento se volvía su padre. Era como si estuviera apresurado por algo; como si sintiera que se estaba quedando sin tiempo. Tal vez sabía que él pronto sería un hombre libre, por lo que quería tenerlo bajo su control todo lo que pudiera antes de que ese momento llegara.

Sus maltratos no se limitaban únicamente a los torneos. Su alcoholismo había incrementado proporcionalmente a su irrazonabilidad. Bastaba una sola mirada, un desliz al hablar o una falla en la postura para que lo reprendiera, y todo eso pasaba con mucha frecuencia considerando lo poco que Guzma apreciaba la presencia de su padre. Los golpes también se habían vuelto más violentos. Sabía que ya no era tan frágil como antes, por lo que se desquitaba con todavía más fuerza. Llegó a sospechar que los castigos de su padre eran, para este, terapéuticos, como si al golpearlo se sintiese mejor consigo mismo.

Por Tapu Koko, ¿qué te pasó, Guzma?

Kukui le preguntaría eso con curiosidad cuando lo veía llegar con una venda en el brazo, en la pierna o con un parche en la mejilla. Él se excusaría diciendo que se había golpeado entrenando en casa y le creerían porque les había dado motivos para hacerlo. Durante los entrenamientos era descuidado a propósito, haciéndose heridas que podía usar para camuflar las infringidas por su padre.

¿Pero por qué? ¿Por qué defendía a ese hombre? No comprendía por qué comprometía su propio bienestar solo para que a esa persona no se le cayera la fachada. Era como si, con el tiempo; con cada golpe, aceptara que esa era su vida y que no cambiaría pasara lo que pasara. Tal vez su padre encontraría la forma de liberarse de las consecuencias y haría de su vida algo todavía peor de lo que ya era o quizás ni siquiera habría consecuencias en primer lugar.

Veía a su alrededor y todo el mundo parecía estar cambiando; avanzando… todos menos él. El Litten de Kukui había evolucionado a Torracat, Lario los sorprendió con la noticia de que había terminado su Recorrido Insular y él… él seguía siendo el mismo. Él y Wimpod seguían siendo los chiquillos asustadizos que eran años atrás. Lo comprobó un noviembre de 1999.

El Kahuna Hala había hecho un descubrimiento impresionante: dos Piedras Z habían sido encontradas en una misma veta a las orillas del río debajo del puente que llevaba a las Ruinas de la Guerra. Una de ellas podría usarla para el joven por el que había partido a buscar una en primer lugar, mientras que la otra la disputaría en un torneo. Un niño de Melemele podría tener la oportunidad de hacerse con una Piedra Z que se convertiría en una Pulsera Z de forma garantizada en el futuro.

Cuando él y Kukui se enteraron, sobra decir que estaban extasiados… al menos Kukui lo estaba. Una Pulsera Z era el sueño de toda una vida; la madurez materializada. Tantas veces habían practicado en el pasado los pasos de los Movimientos Z, a la espera de que llegara el día en el que podría hacerse con una. Podrían reemplazar sus dijes por el objeto auténtico.

Aunque Guzma sabía que no ganaría.

Hala, Hal, Kukui y el recién llegado Lario quisieron llenarle la mente con palabras bonitas.

«Nunca sabrás el resultado si no lo intentas, Guzma. Nunca podrás empezar a hacer un camino sin antes poner primero una piedra».

«Tú y Wimpod no tienen nada que pedirle a Kukui y a su Torracat, Guzma. Esfuérzate, cree en ti y cree en los que creemos en ti».

«¡Participa, Guzma! ¡Esta vez podría ser la buena!».

«Te estaré apoyando, Guzma. Derrota a Kukui por mí».

Por una vez en su vida; solo por una vez… quiso que todos se callaran. Que se guardaran las palabras amieladas y que dejaran el optimismo sin sentido. Nunca había vencido a Kukui, nunca. ¿Por qué lo haría ahora?

Estaba resignado a que así fueran las cosas. La gente a su alrededor avanzaba, pero él no. Había dejado de pensar en lo que pasaría cuando por fin derrotara a Kukui y, en su lugar, había enfocado su poco ánimo a mentalizarse para lo que haría cuando perdiera. Pensaba en la mejor combinación de camisetas para ponerse; la que menos le diera calor y la que mejor resistiera los golpes de su padre. ¿Cuál era la mejor manera de recibir un golpe? ¿De detenerlo sin que el atacante se diera cuenta? Porque sabía que su padre se pondría furioso si notaba que se estaba defendiendo.

«¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO, GUZMA?! ¡¿Me estás desafiando?! ¡¿A mí?! ¡Maldito inútil, ¿con qué autoridad crees que puedes desafiarme en mi casa?! ¡No eres nada, Guzma! ¡NO ERES NADA! ¡NADA! ¡¿Crees que puedes defenderla a ella?! ¡PREOCÚPATE POR TI!».

Sin fuerza para respaldar la rebeldía, esta era inútil. Había descubierto eso muy pronto en la vida. Solamente alguien fuerte podía desafiar a alguien fuerte.

Por eso solo sintió desesperanza cuando el Torract de Kukui venció a Wimpod. Era el resultado lógico, pero saber cuál sería su destino no dejaba de ser desesperanzador.

Ver la Piedra Z en manos de Kukui, de quien lo había derrotado vez tras vez, y saber cuáles serían las consecuencias de su derrota… Era una pesadilla hecha realidad. Nada de lo que quería era suyo. Todo lo que anhelaba y deseaba se le era arrebatado. No tenía una buena familia, tampoco era el más fuerte de sus amigos y mucho menos el más inteligente.

«Si tan solo mi hijo fuera Kukui».

Y si tan solo Kukui no existiera… Se dio cuenta de lo que estaba pensando y se reprendió con tanta fuerza como le fue posible. Kukui era su amigo; prácticamente su hermano. No podía tener ese tipo de resentimientos; no hacia él o hacia Lario. Ellos no tenían la culpa de lo que estaba pasando… por mucho que, muy en el fondo, sintiera que sí la tenían. Si Kukui pudiera ver a través de sus mentiras o si Lario utilizara su gran cerebro para descifrarlo todo, entonces tal vez…

Entonces tal vez no habría dolor. Pero era solo un tal vez.

Sabía que ni siquiera necesitaba ir a verlo por mí mismo —dijo su padre apenas entró a la casa. Se alzaba imponente ante él, convirtiendo los quince centímetros de altura que le sacaba en metros y metros de un miedo que solo se intensificó cuando vio la ira en su mirada—. ¿Tienes idea… de lo humillante que es para mí que todos mis amigos me digan: «Tu hijo fue derrotado por Kukui», apenas me ven? ¿Te haces una idea de lo mucho que tengo que esforzarme para mantener una buena cara frente a ellos?...

¿Esfuerzo? ¡¿ESFUERZO?! ¡Tenía el descaro de hablarle a él de esfuerzo! ¡A ÉL! A pesar de todo lo que había invertido en los entrenamientos y lecciones, ese maldito hombre tenía el descaro para hablarle de esfuerzo. ¿Qué sabía ese alcohólico maldito sobre el esfuerzo? ¿Qué sabía siquiera de la vergüenza y de la humillación? Vergüenza le daría a Guzma ser un hombre como él.

Debió notar su mirada rencorosa, pues le lanzó un golpe en el estómago sin mediar palabra. Cayó al suelo, sujetándose el abdomen y retorciéndose del dolor; luchando por conseguir una bocanada de aire. El miedo era… primitivo. Sentir miedo era un detonante para que ideas irracionales e impulsos innecesarios se apoderaran del ser. Por eso mismo se dejó vencer por los pensamientos; porque tenía miedo.

¡Ma..! —Fue la patética súplica que pudo pronunciar antes de quedarse sin aire. Ella, su madre, solamente apartó la mirada. Prefirió quedarse en su rincón, agazapada y temblorosa, antes que ayudarlo. Ni siquiera tuvo el valor de ver cómo sucedía.

Había sido su culpa, por supuesto. ¿Por qué esperar algo distinto en una rutina que se había repetido hasta el hartazgo? Eso era una locura; una completa y absoluta demencia. Había sido un necio.

¡¿Tienes idea de lo que significa una Pulsera Z?! —le espetó su padre, encolerizado—. ¡Son un símbolo de estatus! ¡Quieren decir que eres diferente a todo el maldito proletariado que va por ahí! ¡Solo un miembro respetable de la sociedad tiene una!

«¿Por eso tú no la tienes?». Quiso decirle eso. Arceus sabía cuántas ganas tenía de decírselo. Oh, si tan solo hubiera sido un poco más valiente…

Sintió como sus cabellos azabache eran jaloneados, haciéndolo sentir un profundo dolor en el cuero cabelludo. Intentó liberarse, pero el agarre de su padre era fuerte. Olió su aliento alcohólico y sintió una repulsión tan intensa que le provocó arcadas.

¡¿Dónde está la tuya?! ¡¿La piedra que te daría una Pulsera Z?! —Le abrió las manos a la fuerza, liberando su cabello, y lo tomó por las muñecas. Las agitó con brusquedad—. ¡¿La perdiste acaso?! ¡No! ¡Ni siquiera conseguiste una en primer lugar! ¡Esa piedra debía de ser tuya y, ahora mismo, está en manos de alguien más!

Lo miró como si no fuera nada; como si fuera menos que basura. Ningún hijo debería de ser visto de esa manera por su padre… y Guzma sabía que ningún hijo merecía un padre como el suyo.

¡¿Vas a permitir que otros te quiten lo tuyo y simplemente lo vas a ver?! ¡¿Qué será lo siguiente?! ¡¿Verás cómo alguien se queda con tu mujer o con tus Pokémon y simplemente se lo permitirás?!... —Su voz perdió intensidad, pero no agresividad—. Te faltan agallas y te falta hombría. Eres… —Buscó en lo más profundo de su mente por una palabra que fuera suficiente para describirlo— insuficiente… como hombre y como entrenador… Eres… Eres como…

Ese había sido un comentario personal. Guzma supo que no estaba hablándole a él, sino que se estaba refiriendo a sí mismo. Por fin Guzma lo comprendió todo. Los trece años le habían dado una perspectiva mucho más madura del mundo; le había abierto puertas del conocimiento que antes eran una simple molestia.

Aquel hombre era… pequeño. Era pequeño en espíritu, pero grande en cuerpo. Y Guzma era pequeño en ambos sentidos.

«¿La debilidad de todo hombre? Las mujeres y los Pokémon, por supuesto» .

Eso fue lo que Hal les dijo una vez que había bebido un poco. Nunca le puso atención a esas palabras, pues odiaba ver, oler o siquiera estar cerca de cualquiera que tuviera que ver con el alcohol, pero incluso borracho había sabiduría en las palabras de Hal.

Porque el sufrimiento de toda su vida se resumía en esas dos cosas: mujeres y Pokémon.

Ese hombre debió haber sentido; debió haber percibido de alguna manera que, por fin, tras tanto tiempo, su hijo había descubierto todo. Pudo ser eso, o pudo ser cualquier otra cosa, pero indudablemente estalló.

¡GUZMAAAAAAAAAAA!

Había soñado incontables veces, más que nada despierto, con tener entre sus manos una Piedra Z. Soñaba con sentir su textura; ver su resplandor y soportar su peso. Alguien se la quitaría de las manos, por supuesto, pero solo para entregarle la tan codiciada Pulsera Z. Se la pondría en la muñeca derecha y luego partiría a buscar su primer Cristal Z. El Insectostal Z, sí.

Había sentido su textura, visto de primera mano su esplendor y soportado su peso. Alguien se la había quitado de las manos, pero solo para entregársela a otra persona. Una persona que no era él.

No podía entenderlo. Cada vez que su padre dejaba caer el puño contra su cuerpo, se lo preguntaba. ¿Cuál era el objetivo? Si su padre quería vivir sus sueños frustrados a través de él, ¿por qué golpearlo como si quisiera matarlo? ¿Era alguna retorcida forma de fortalecerlo? Si era así, ¿hasta qué punto? ¿Lo insensibilizaría al dolor? ¿Esos golpes le harían resistir explosiones? ¿Descargas como las que lanzaba Magnemite? ¿Lo haría inmune al fracaso? ¿Invencible?

Primero derrotaría a Kukui y a Lario… y luego ¿qué? ¿Cuándo se detendría? ¿Cuándo decidiría ese hombre que ya era suficiente? ¿Hasta que fuera el mejor de Alola? ¿Del mundo?

Se sintió como un náufrago en medio de un enorme océano. Mientras lloraba, se preguntaba cuándo terminaría todo. La fuerza empezaba a escasear y ya casi no sentía los brazos. ¿Iba a matarlo por fin? Que lo terminara todo pronto, fue lo único que suplicó. Que por favor terminara todo de una vez.

Pero alguien intercedió.

La Poké Ball de Wimpod se abrió, tomando por sorpresa a los integrantes de la casa. Un rápido y fuerte Estoicismo golpeó a su padre, haciéndolo retroceder a tropezones hasta chocar contra la mesa del comedor.

Guzma alzó la cabeza, sorprendido y aterrado por igual. Wimpod lucía tan asustado como él o incluso más.

Su madre se había llevado las manos a la boca y su padre… él enfureció todavía más.

¡ESCORIA! —gritó, corriendo hacia el pequeño Pokémon.

Wimpod preparó otro Estoicismo, pero el puntapié del padre de Guzma lo mandó a volar contra una pared, aturdiéndolo. El pequeño se retorció, aterrado por el golpe y el dolor.

Guzma vio como su padre caminaba hacia Wimpod y supo que iba a matarlo. Si no hacía algo, si no intervenía, entonces Wimpod moriría. Pelear… Debía pelear, por supuesto… pero no pudo. No pudo pelear, solo defender.

Obligó a sus piernas a moverse. Las obligó a acelerar y a flexionarse. Se arrodilló entre Wimpod y el pie de su padre, recibiendo con la espalda el pisotón que iba destinado a su Pokémon. Siguió recibiendo pisotón tras pisotón, pero él no se movió. Abrazó a Wimpod con tanta fuerza como pudo mientras ambos lloraban.

Era fuerte, era fuerte, era fuerte. Su piel era dura como una coraza; resistente como el acero. Si pensaba eso, si se convencía de que su cuerpo era una armadura impenetrable, entonces nada lo lastimaría. Nada podía herir a quien había nacido para protegerse del dolor.

Su padre entonces se detuvo y retrocedió mientras farfullaba.

No… No podrá ir a entrenar… Tiene que ir… debe entrenar… —dijo para sí mismo mientras se tambaleaba. El alcohol por fin había vencido a la rabia. Retrocedió otro poco antes de dejarse caer sobre una silla, quedándose dormido en el acto.

Y él por fin pudo derrumbarse.


¿De verdad no podemos verlo, señora Kiauka?

L-lo siento, Kukui. Le dio rubéola y dice que tiene miedo de contagiarlos.

¿Rubéola?...

S-sí, señor Hal. Puedo… puedo mostrarle la receta si quiera. Es peligroso que incluso estemos hablando ahora mismo. Yo… yo también podría estar contagiada.

Sería malo si llevara la rubéola a su casa, señor Hal.

Lario tiene razón, señor Hal. Hau podría enfermarse.

... Bien. Volveré a visitar a Guzma cuando se recupere. Por favor llámeme.

Por supuesto, señor Hal… Yo… muchas gracias por haberse tomado la molestia de venir…

¡No es nada, señora Kiauka! Dígale a Guzma que se recupere. ¡Lario y yo encontramos un lugar genial al que queremos ir con él!

Cuídese usted también, señora Kiauka.

Gracias, Lario, Kukui… Le… le comunicaré sus buenos deseos a Guzma.

Escuchó la puerta cerrarse y las voces ahogarse. Se oyeron pasos que se hacían cada vez más y más intensos y su puerta se abrió. Wimpod, a su lado, se sobresaltó, pero pareció relajarse al ver quien era.

Se sentía muy mal. Tenía una fiebre altísima y el cuerpo le dolía, pero no era por la rubéola que se había inventado la mujer que ahora se sentaba a su lado. La paliza del otro día era la causante de su malestar.

Sintió como su madre ponía las manos sobre la suya y sintió un rechazo total. Quería apartar la mano; alejarla de la de ella. Se sintió tan asqueado como cuando su padre lo tocaba.

Lo siento, Guzma… —murmuró ella, comenzando a sollozar.

Hirvió de rabia.

No le servían las disculpas. Él quería justicia. Quería que se hiciera verdadera justicia, que murieran. Ambos. No solo su padre, sino también ella. Los quería muertos a los dos.

Balbuceó algo que de inmediato captó la atención de su madre.

¿Q-qué pasa, Guzma? ¿Necesitas algo? ¿Te duele en algún lado?

Volvió a balbucear.

A-arceus… No te entiendo, Guzma… No entiendo lo que me estás… Arceus, por favor déjame entender lo que está diciendo…

Guzma imploró lo mismo. Imploró con todas sus fuerzas a Arceus porque le diera la fuerza suficiente para decirlo a pleno pulmón.

«Zorra asquerosa».


—¡¿Quiénes se creen que son?! ¡¿Se atreven a aparecer ante mí y a hablar de solucionar las cosas?! ¡¿Me están jodiendo?! —preguntó Guzma en un grito—. ¡¿Y se atrevieron a traerlos a ellos?! ¡¿A esos cerdos asquerosos?!

Golisopod interceptó el puñetazo de Incineroar y lo zarandeó, haciéndolo perder el equilibro. Lo azotó contra la nieve dos veces antes de que el Rudo pudiera ponerse de pie con una rápida pirueta, pateando el rostro de Golisopod. .

—¡Vinieron por voluntad propia! —exclamó Kukui—. ¡Sabían que estarías aquí, Guzma! ¡Quisieron enmendar las cosas!

—¡NO HAY NADA QUE ENMENDAR! —espetó Kiauka—. ¡Esas escorias no son nada mío! ¡Romperé todos los huesos de ese hombre si se me acerca! ¡Le destruiré la cara a esa mujer si se atreve a hablarme! ¡Yo tengo una familia y no son ellos!

—¡Nadie espera que los veas como familia, Guzma! ¡Solo míralos como un cierre! ¡Ponle un punto final a esa etapa de tu vida, no tienes que perdonarlos! ¡No lo hagas por ellos, hazlo por ti!

—¡NO ME SERMONEES! ¡No tienes derecho, Kukui!

—¡No lo tengo y esto no es un sermón! ¡Es una petición! ¡Por favor, Guzma, libérate de tu odio!

—¡No tienes derecho ni siquiera a una petición! ¡NO TIENES DERECHO A NADA! —Guzma apretó los puños con fuerza—. ¡HIDROARIETE!

—¡Lariat oscuro!

El terreno nevado hacía que girar fuera difícil, por lo que el tipo Fuego tuvo que acelerar si de verdad quería moverse libremente. La nieve comenzó a derretirse, convirtiéndose en un pequeño charco bajo sus pies que no ayudó precisamente a que girara con soltura. La espada que chocaba contra sus garras era poderosa, mucho, por lo que seguirle el ritmo era realmente complicado. Tuvo que pensar en algo para liberarse y ejecutarlo con todavía más rapidez.

Se dejó caer al suelo, de modo que el filo pasó rozando por encima suyo, y se levantó de un salto. Justo cuando lo hizo, otro Hidroariete empuñado con la mano izquierda golpeó su costado. Retrocedió a tropezones, sujetándose las costillas y gruñendo por el dolor. Había sido un golpe crítico.

Qué velocidad… —pensó Kukui, sorprendido. La Liga Pokémon lo había hecho incluso más versátil.

—¡Los odiaré mientras viva y ellos tendrán que soportar ese peso en sus conciencias! ¡No escaparán de su tormento! ¡No será tan fácil como decir «perdón»! ¡SUS PECADOS NUNCA SERÁN EXPIADOS! —gritó Guzma con ferocidad.

—¡De esa forma tu tormento tampoco acabará nunca, Guzma! ¡Mereces algo mejor que… —Kukui, con las manos, señaló lo que había a su alrededor; frente a él— todo esto! ¡No mereces llevar una existencia manchada por los rencores y el odio!

—¡Hablas y hablas como si quisieras hacer algo por mí, pero todo esto lo haces para enmascarar tu culpa! —Guzma lo miró directo a los ojos— ¡Puedo verla, Kukui! ¡Puedo ver toda la culpa y el arrepentimiento que sientes! ¡LOS ERRORES NO DESAPARECEN SIN MÁS!

Sorba entrecerró los ojos, frustrado.

—¡Lo sé! ¡Lo sé, pero tenemos que comenzar a hacer algo! ¡Los errores no desaparecer por arte de magia; debes enmendarlos! ¡No puedes comenzar a construir un camino sin antes haber puesto una piedra! ¡¿No nos enseñó eso el señor Hala?!

Las palabras de Hala Mahalo llegaron a su memoria. Era como si le estuviera hablando directamente, aun estando muerto.

—¡Otro que murió por sus arrepentimientos! ¡¿Crees que lo hizo todo desinteresadamente?! ¡Quería verse bien ante los jueces de la otra vida! ¡¿Qué otra opción tenía ese vejestorio?! ¡¿Después de cómo le falló a Hal?!

—Te equivocas, Guzma. —Lario intervino—. El sacrificio del señor Hala fue la piedra final de su propio camino. Él sabía mejor que nadie los errores que había cometido y la lucha que llevó a cabo para perdonarse a sí mismo.

—¡Perdonarse a sí mismo, tú lo dijiste! ¡Todo lo que hizo lo hizo por él! ¡No pensó en Malvácea, ni siquiera en Hau! ¡Lo hizo todo por él! —gritó con todavía más fuerza.

—Lo hizo por todos. Por su familia y por nosotros. Por ti también. Incluso en sus últimos momentos, nunca dejó de pensar en ti. —Lario se ajustó las gafas, dándole una mirada serena a Guzma—. Sabía que su mensaje sería escuchado por todo el mundo y por eso te incluyó en él. Lo hizo con la esperanza de plantar una semilla; de que todos vieran el lado tuyo que te ocultas incluso a ti mismo.

A Guzma, por favor, compréndelo…

El líder Skull cerró los ojos con fuerza.

—La redención y el perdón de otros es solo parte del camino que uno mismo cruza para finalmente perdonarse a sí mismo. Deja atrás lo que te hizo daño, Guzma. Permítete, por primera vez en tu vida, ser realmente feliz. —Kukui se había relajado. Debía agradecer la presencia de Lario.

—Entonces… ¿Perdonar a esos dos significa que ellos se perdonarían a sí mismos? —La mirada de Guzma se volvió feral—. ¡ESO NO SUCEDERÁ! ¡NUNCA!

Los ceños de Lario y Kukui se fruncieron levemente.

Incineroar sujetó con sus dos patas la pesada brazada de Golisopod. Las rodillas se le doblaron por un momento debido al repentino impacto, pero empezó a recuperarse lentamente. El samurái se le acercó repentinamente y, a discreción, sus garras abdominales lo apuñalaron siete veces en total.

Lanzallamas fue evadido gracias a Acua jet, pero este no pudo penetrar la defensa proporcionada por Tajo cruzado. Incineroar levantó una rodilla que golpeó el mentón de Golisopod, haciéndolo perder el equilibrio. El tigre se apresuró a saltar sobre la cabeza de Golisopod, haciéndole una llave constrictora. Por supuesto que el isópodo no se quedó quieto, sino que volvió a utilizar Acua jet para dañar al enemigo con el agua a presión.

Francine solo veía la espalda de su líder, pero podía sentir su odio acumulado. Aun cuando había dejado de lado el plan de destruir la Liga Alola, su ser seguía lleno de resentimiento. ¿Pero hacia quién? ¿Qué era lo que tanto odiaba Guzma? ¿Sus padres, los que fueron sus amigos y mentores? ¿A Alola?

No podía permitirlo. Si quería que su jefe fuera libre de esa coraza en la que se había encerrado, primero tenían que cortar las cadenas que lo mantenían unido a ella.

Debía dejar de ser un esclavo de su pasado.


Entonces el día llegó. Él y Kukui se graduaron de la Escuela de Entrenadores el verano del año 2000, cuando ambos todavía tenían trece años.

La graduación fue vistosa, por lo menos. Todos los chicos de su generación estaban sentados en sillas bajo el sol de julio, vestidos con togas negras y birretes. El director Oak estaba dando algunas palabras que no se molestó en recordar, mientras que la gente a su alrededor lloraba y de más.

Volteó hacia su derecha, encontrándose a Kukui. Su amigo estaba dándole una sonrisa a esa chica Burnet y luego lo miró a él, sonriéndole también. Le devolvió el gesto, aunque no se sentía con ganas para hacerlo.

Lario no estaba, por supuesto. Había regresado a Ula-Ula para completar su entrenamiento en el Monte Hokulani, donde desempeñaría su labor como Capitán cuando llegara el momento. No verlo ahí lo puso un poco triste, pero no demasiado.

¿Qué palabras fueron dichas? No lo recordaba. Algo sobre un futuro brillante, la grandeza de la tierra que pisaban y el legado que dejarían a futuras generaciones. Todo demasiado cursi como para siquiera intentar memorizarlo.

Lo que sí recordaba eran las fotos. Él y Kukui eran la envidia de todo el mundo porque el futuro Kahuna de Melemele, Hal Mahalo, había ido al lugar exclusivamente por ellos. La foto que se tomaron él, Kukui, Hal, Malvácea y Hau fue la única que realmente disfrutó porque también fue la única en la que no salieron sus padres.

Recordó sentirse asfixiado cuando lo hicieron tomarse una foto entre sus dos padres. No los miró a ninguno de los dos y se aseguró de mostrarle su expresión más neutral a la cámara. No tenía ni una sonrisa para esos dos, ni siquiera una falsa.

Quería que la farsa terminara ya. Mientras antes pudiera alejarse de todo ese falso ambiente de comunidad feliz, mejor. Por eso, cuando vio a Hala llegar, fingió. Fingió que le dolía el estómago… aunque en realidad no lo hizo. Se puso tan nervioso que un súbito retortijón en el estómago lo hizo doblarse, cosa que preocupó a todos aunque su padre no se preocupó de verdad, por supuesto—.

Sabía que Hala querría regalarles algo por la graduación. A él le regalaría algo bonito, seguro, pero a comparación de la Pulsera Z que tendría preparada para Kukui, eso no sería nada. A Guzma no le importaba eso; que se quedara con esa y otras dos si quería. Lo que él no quería era que su padre viera la entrega de los obsequios. A saber qué podría hacerle después.

Por eso se excusó. Él y sus padres tuvieron que retirarse pronto para la decepción de los Mahalo y los Sorba, pero no le importó.

Luego le darían su regalo, que era un estuche con varias MT que en el año 2000 todavía eran de un solo uso—. Un regalo bonito, sí, pero no era la Pulsera Z que Kukui ahora lucía en la muñeca con tanto orgullo pese a que faltaban meses para que pudieran salir de viaje.

Se pasó esos meses poniendo excusas de todo tipo para no entrar a ningún torneo. Ponía como excusa su pronta partida al Recorrido Insular y los entrenamientos diarios que los Mahalo les impartían a él y a Kukui.

Entonces llegó su cumpleaños número catorce. La fiesta que le hicieron en la casona de los Mahalo fue tan grande como la que habían hecho para Kukui tres semanas antes. Asistieron las personas que más le importaban: los Mahalo, los Sorba y Lario. Ese día festejaron su mayoría de edad e independencia, pero él festejó su libertad.

Al día siguiente partiría en su Recorrido Insular al igual que Kukui, motivo por el que este no había salido de viaje apenas cumplió los catorce años.

¡Tenemos que salir juntos por la gran puerta, Guzma! Le había dicho.

Cortaron un pastel para él y le dieron todo tipo de obsequios que necesitaría en su viaje. El pequeño Hau, de ahora tres años, se sentó en su regazo, soplando las velas junto a él. Ambos rieron junto a todos los demás presentes.

¿Y bien? ¿Qué deseo pediste, Guzma? —le preguntó Hala, poniéndole las manos en los hombros mientras le sonreía.

No va a cumplirse si se lo cuento, señor Hala —respondió, sacándole una carcajada al Mahalo.

¡Chico listo!

La casa de llenó de risas… incluidas las de ellos. Ese cumpleaños pudo haber sido perfecto, como todos los que tuvo después de llegar bajo la tutela de los Mahalo, pero ellos siempre tenían que presentarse.

Por eso su deseo era simple. Quería no volverlos a ver nunca.

La noche siguió sin complicaciones hasta que Hala propuso un brindis. Pidió que todos dieran unas palabras en honor al festejado, cosa que lo puso algo incómodo pero le dio un poco de esperanza. Era… lindo que lo elogiaran.

¡Yo primero, yo primero! —exclamó Kukui, poniéndose de pie.

Siempre el primero en saltar a la acción —dijo Hal, haciendo reír a los demás.

El moreno se aclaró la garganta.

Brindo por Guzma, porque es uno de los mejores amigos que jamás tendré en la vida. La escuela era increíblemente aburrida hasta que los conocí a él y a Lario. A partir de ese día, todos los demás fueron diversión sin parar. No sabía lo genial que podía ser tener amigos, y sé que nunca conoceré a amigos mejores que ellos. ¡Brindo porque su vida sea tan divertida como la que me dio a mí! ¡Salud!

¡Salud!

Lario fue el siguiente en ponerse de pie.

En mi vida, jamás vi a una persona lanzarse a sí misma al peligro para proteger a otro ser vivo. Creí que eran cosas que solo sucedían en comics o vídeojuegos, pero Guzma me mostró que la valentía reside en todos nosotros sin importar el tamaño o nuestra fuerza. Brindo porque siga manteniendo su coraje incluso en los momentos más oscuros.

¡Salud!

Hala fue el que siguió.

Cuando conocí a Guzma pude ver una determinación sin límites en sus ojos y un potencial que estaba esperando para despertar. He tenido que entrenar y supervisar a muchas personas en mi vida, pero pocos han sido tan talentosos como el joven adulto al que hoy celebramos. Brindo porque el sol, la luna y las estrellas guíen a esta joven promesa y le den fortuna en todas las metas que llegue a proponerse.

¡Salud!

Hal iba a ponerse de pie, pero Hau comenzó a saltar con desesperación en su regazo.

¡Yo quiero! ¡Yo quiero! —exclamó repetidamente, obligando a que su padre volviera a sentarse.

Todo tuyo, Hau —rio Hal, adolorido.

Se aseguró de escuchar con atención al pequeño.

Guzma es… fuerte y… amable. Me cae bien y quiero que sea mi amigo por siempre, siempre, siempre. ¡Y… lo quiero mucho! —exclamó, levantando los brazos al aire.

Suspiraron con ternura, él incluído. Hal puso en el suelo al niño, quien corrió hacia Guzma para abrazarlo.

Esta vez sí fue el turno de Hal. Recibió la mirada expectante de Guzma, pues de todos los presentes, no había otro de quien esperara elogios más que de él.

Cuando veo a Guzma, no puedo evitar verme a mí mismo —dijo, recorriendo la estancia con la mirada—. Veo muchas cosas en él que me conflictuaban cuando era más joven. Puedo ver su duda, su miedo e incertidumbre… pero pese a eso, puedo ver algo que yo no supe mostrar a su edad: su resolución. Guzma no se rinde; no deja que ningún golpe de la vida lo haga caer y se esmera día a día por ser la mejor versión de sí mismo. Muchas veces le pedí a nuestros Sagrados que me dieran un hermano menor, y en su lugar me bendijeron con tres. Lario, mi hermanito sabelotodo; Kukui, mi hermanito salvaje… y Guzma, mi hermanito; el chico con el corazón más grande que alguna vez haya conocido.

Vio la sonrisa cariñosa de Hal así como sus ojos llenos de confianza y no pudo evitar llorar. Se cubrió el rostro con la mano, permitiendo que las lágrimas bajaran sin preocuparse por cómo podría percibirlo el hombre al que ya no rendía cuentas. Hau lo abrazó con fuerza.

Brindo por Guzma y por su gentileza. Brindo por su futura grandeza y por la brillante vida que sé que le espera. —Hal levantó su copa en alto—. ¡Salud!

¡Salud! —exclamaron todos al unísono.

Guzma se puso de pie y corrió a abrazar a Hal mientras seguía cargando a Hau. El príncipe aceptó el abrazo, dándole varias palmaditas en la espalda y sonriendo.

Vamos, bichito, todavía hay algunas personas que quieren decirte algo —le dijo, reconfortándolo.

Asintió y se despegó de él. Le sonrió a Hau para mostrarle que sus lágrimas no eran malas; que no estaba triste.

O no lo estuvo hasta que ese hombre se levantó y caminó hacia él. Guzma levantó la mirada con expresión neutral y entonces lo escuchó hablar.

La mano.

Un escalofrío recorrió su cuerpo de pies a cabeza. Abrió con fuerza los ojos al ver como se quitaba el reloj de la muñeca izquierda. Volteó a ver a Hal, quien cargó a Hau y le sonrió. Luchó por tranquilizarse. Frente a todos ellos, ese hombre no podría hacer nada.

Casi habría preferido que lo hiciera.

Su muñeca izquierda fue cubierta por el reloj dorado que su padre usaba a diario. Lo vio y por dentro ardió. La rabia y el rechazo se combinaron para crear un poderoso sentimiento que no pudo manifestar por uno incluso más grande: el miedo.

Tu bisabuelo, Kalino Kiauka, le regaló este reloj a tu abuelo Kane cuando cumplió la mayoría de edad. Tu abuelo me lo dio a mí el mismo día y ahora, yo te lo doy a ti —dijo, terminando de ajustarle la correa—. Nuestra sangre; nuestra familia, se encuentra en este reloj. Tus antepasados te estarán observando en cada paso de tu viaje, Guzma. Asegúrate de enorgullecernos.

Sí, señor —respondió con voz mecánica.

No supo si la gente a su alrededor había aplaudido, pues los oídos le zumbaban.

Así fue como su decimocuarto cumpleaños terminó.


Regresaron a casa en el más fúnebre de los silencios. Al menos agradeció que dejaran el acto de la familia feliz en pueblo Iki, pues no podría soportarlo en ningún otro lado.

Entraron a la casa y de inmediato se excusó, retirándose a su habitación bajo el pretexto de que estaba agotado. Durmió un par de horas antes de poner en marcha su plan; aquel que había estado elaborando por meses.

A las tres de la mañana hizo la maleta. Tomó una mochila que llenó con todos los obsequios que le habían regalado en la fiesta, puso la ropa necesaria para el viaje y sacó de un cajón los ahorros que había acumulado en los últimos años. Wimpod le ayudó con lo que pudo, principalmente pasándole cosas para que las guardara.

Finalmente estuvo listo tras veinte minutos de pánico y apuro.

Le habría encantado reunir el valor para dejarles una nota dramática a sus padres; una donde expusiera sus verdaderos sentimientos, pero no tuvo las agallas. En su lugar hizo algo que había deseado por años.

Tomó de la encimera el reloj que su padre le había dado, lo tiró al suelo y le dio un talonazo que rompió el cristal y dañó la maquinaria. Lo pisó dos veces más para asegurarse de que ese maldito reloj estuviera roto de una vez por todas y, cuando lo vio inutilizable, sonrió con satisfacción.

Entonces saltó por la ventana con Wimpod en el hombro. No le importó dejarla abierta a su paso, lo único que le importó fue salir corriendo y alejarse lo más posible de ese maldito lugar.

Corrió hacia Hau'oli, viendo como detrás suyo quedaba el hogar de las pesadillas, y rio. Comenzó a reírse mientras las lágrimas salían a borbotones. Era libre. Era malditamente libre.

Sus asquerosos padres; su asquerosa vida… todo había quedado atrás.

Que se pudrieran. Que se pudrieran los dos. No planeaba volver a verlos nunca más. Nunca volverían a acercársele, ni a dirigirle la palabra. Por fin, después de tanto tiempo, era libre de todos y de todo.

Pero antes debía hacer algo más.

Su camino lo llevó a una casa que había visitado cientos de veces en el pasado: a la casa de los Sorba.

El barrio de Kukui, Nuuanu, era bastante silencioso a esas horas de la noche. Faltaba poco más de una hora para que despuntara el alba, pero todavía no había movimiento. Tomó una pequeña roca y la lanzó hacia la que sabía era la ventana de Kukui, en el segundo piso.

Tuvo que lanzar dos más antes de que la ventana por fin se abriera. Kukui lo vio con sorpresa y dijo:

¿G-guzma? ¿Qué haces aquí a esta hora? —Reparó en lo que llevaba a cuestas—. ¿Por qué…?

Me voy, Kukui —respondió, viéndolo con determinación.

Pudo ver la sorpresa en su rostro.

¡¿Eh?! ¡¿Por qué de repente?! —interrogó. Guzma le hizo una seña para que bajara la voz, cosa que hizo. Su rostro mostró acongojo—. Se supone que íbamos a salir juntos por la puerta grande…

Lamento haberte retrasado en tu propio viaje, Kukui, pero necesito esto. Necesito probarme a mí mismo. Necesito probar que puedo lograrlo yo solo —dijo con convicción—. Necesito salir de tu sombra y de la de Lario.

Esas palabras causaron una impresión gigantesca en Kukui, pues se sujetó del marco de la ventana.

Guzma…

Sabíamos que este día llegaría, Kukui. —Pese a todo lo que sentía; pese a que sabía que estaba mintiendo, le sonrió—. Algún día nuestros caminos se desviarían y cada uno tendría que seguir el suyo.

Kukui bajó la mirada y, en silencio, aceptó.

Entonces… ¿te irás ya? ¿No vas a despedirte del señor Hal o del señor Hala? ¿De Hau o Lario? ¿Siquiera le dijiste algo de esto a tus padres?

Guzma abrió la boca y luego la cerró. Quería decírselo. Quería decirle que no podía seguir en esa casa maldita con esa familia maldita. Las palabras no obedecían sus deseos, sino que se aferraban egoístamente a su garganta, negándose a salir.

Algún día lo entenderás, Kukui —respondió, sonriéndole con la última pizca de falsedad que le quedaba.

Había vivido mintiendo toda su vida. Esperaba, por una vez, haber dicho algo real.

Kukui se le quedó viendo un momento más, como si quisiera grabarse su imagen en la retina. Después de lo que se sintió como una eternidad en silencio, asintió. Le correspondió la sonrisa.

Confío en ti, Guzma. Sé que debes tener tus motivos. —Recargó los brazos en el marco de la ventana—. Pero sé que todavía no es un adiós, ni siquiera un hasta pronto. Tenemos que vernos en la prueba del señor Anthony, ¿no?

Sí. Ahí nos veremos, Kukui.

Sorba suspiró antes de rascarse la nuca.

Entonces… cuídense, Guzma, Wimpod.

Cuídate, Kukui.

Wim.

Se dio la vuelta, dispuesto no a regresar por donde había venido, sino con la intención de dirigirse al este. Ir a la Cueva Sotobosque era más rápido si seguía una línea recta a partir de su casa, pero no quería volver a cruzar por ahí si no era necesario. Tomaría el camino largo; el de la verdadera aventura.

Vio una última vez a Kukui y, desde la lejanía, pudo divisar un brillo en su rostro. ¿Una lágrima? Tal vez se lo había imaginado. Finalmente, tras asentir una última vez, se fue.

Se fue para no volver.

O eso creyó.


¡Mi Pokémon necesita atención! —Entró gritando al Centro Pokémon, corriendo hacia la enfermera Joy.

La mujer, acompañada por un Comfey, salió de detrás del mostrador a toda prisa para ir a su encuentro.

¡Enseguida! —exclamó, tomando a Wimpod de entre sus brazos y corriendo hacia la trastienda.

Guzma solo pudo ver como se alejaba. Retrocedió, tratando de recuperar el aire lo mejor que pudo, pues el camino entre la Cueva Sotobosque y el Centro Pokémon de la ruta 2 no era precisamente corto.

Llevaba dos semanas de su Recorrido Insular y, por fin, había llegado ante Anthony Sotobosque. No se encontró a Kukui en ningún momento, pues él había llegado diez días antes gracias a que había tomado la ruta corta. En el fondo eso lo alivió.

La Prueba había ido bien… hasta que de pronto ya no fue tan bien. La primera parte había sido sencilla, pues Wimpod era mucho más rápido que esos Yungoos a los que tenía que atrapar y derrotar. El verdadero problema fue esa mastodonte de la Gumshoos Dominante. Su aura no solo era imponente como la de una reina, sino que su fuerza era impresionante y, lo peor de todo, era que llamaba refuerzos para que la ayudaran.

La Gumshoos era como siempre se había imaginado a un Dominante, incluso había superado sus expectativas, pero la experiencia no evitó que se sintiera realmente desanimado por haber fracasado en su primer intento.

«La fuerza individual no siempre será suficiente, Guzma. Wimpod no podrá hacerlo todo solo, y tú tampoco», fue lo que le dijo el Capitán cuando fracasó la Prueba. Pudo ver, en su mirada, que sabía todo lo que había ocurrido. Sabía sobre su fuga y, seguramente, sabía cuál había sido la reacción de todos los demás. Podía ver cierta desaprobación, cosa que lo frustró.

¿Quién se cree?... Yo sé cómo peleo… —murmuró.

La brecha entre Kukui, que había logrado superar su primera Prueba al primer intento, y él solo se hacía más grande. Tenía que darse prisa… pero… ¿y si el Capitán tenía razón? Escuchó de él que Kukui había capturado a un Rockruff por el camino. ¿Necesitaba él más Pokémon?

Y tampoco le ha dicho a nadie dónde estoy… —dijo para sí mismo.

Solo estaba molesto. No había necesidad de descargarse con nadie más. Era cosa suya; solo suya…

«¡¿Qué estás haciendo, Guzma?!«». La voz de su padre reverberó en su cerebro, cosa que solo lo hizo enfadarse más.

Debía dejar de pensar en ese hombre y centrar sus esfuerzos en el desafío que se plantaba frente a él. Se dio unos golpecitos en las rodillas, tratando de evitar que se le acalambraran.


El tiempo promedio para que un chico talentoso terminara su Recorrido Insular era de un año y medio. Tras ocho meses de viaje, Guzma había superado tres Grandes Pruebas.

Con la ayuda de un Grubbin que había capturado en la Ruta 2, logró vencer a la Gumshoos Dominante en el tercer intento. Tuvieron que adaptarse a su estilo de combate; comprender sus patrones y forma de pensar. Entre medio tuvieron ciertas complicaciones, pero no fue nada que los retrasara demasiado.

Sentir el Normastal Z entre sus dedos… Eso fue una experiencia que jamás lograría olvidar. Tenerlo a su alcance lo hizo sentir que todo el esfuerzo había valido la pena… Aunque no servía para mucho más sin una Pulsera Z.

¿La Gran Prueba de Hala? No la hizo. No la hizo porque sabía que harían un pequeño festival en pueblo Iki para celebrarla y eso era lo último que quería. No quería ver a sus padres, quienes sin duda se enterarían de que se encontraba ahí. Por eso se fue de Melemele.

Tomó un ferry hacia Akala, el lugar que había visto a la lejanía tanto tiempo atrás junto a sus amigos. Desembarcó en ciudad Kantai el 29 de octubre del año 2000 y nunca olvidaría lo que sintió en ese momento. Estaba en una isla completamente distinta a aquella en la que había crecido. Nadie lo conocía; era un extraño para todos… El mundo era suyo.

Sabía que había varios Kiauka en la ciudad, pero ignoró por completo su existencia y partió hacia el norte. Recorrió la Ruta 4, pasó por el Rancho Ohana y, en una semana, ya se encontraba en la Colina Saltagua. Por el camino había capturado un Spinarak.

La Colina Saltagua era hermosa; mucho más bonita de lo que las fotos mostraban. La Prueba de Wei Saltagua, por otro lado, fue difícil. Condenadamente difícil.

Su equipo fue derrotado dos veces por el Araquanid Dominante. Tuvo que entrenarse a fondo por las cercanías varios días más para poder hacerle frente al rival que le aguardaba en el interior de las aguas.

Logró derrotarlo gracias al apoyo repentino de un pequeño Surskit al que él había ayudado en el pasado, antes de llegar a la Colina Saltagua, al que había salvado de unos Spearow que lo tenían acorralado.

Finalmente, el trece de octubre del 2000, Guzma superó la Prueba de los Saltagua y obtuvo el Hidrostal así como noticias de Kukui. Su amigo había pasado por el lugar hacía dos semanas y, según lo que el Capitán le dijo, esa había sido su última Prueba antes de la Gran Prueba de la Kahuna Olivia.

Se sintió todavía más apresurado, pero aun así tomó la ruta larga.

Fue hacia el norte, donde afrontaría la Prueba de los Umbría. Kal'au Umbría era un chico interesante, de unos dieciocho años. Bastante excéntrico y un amante de las plantas como ningún otro: la clase de persona que sabría decir exactamente cuáles hierbas tenía en su jardín y dónde estaban colocadas incluso con los ojos vendados. Le gustaba viajar por Alola con la esperanza de encontrar plantas nuevas, y solía embarcarse en viajes de pesca con el Capitán Wai Saltagua para encontrar plantas submarinas únicas.

Parecía estar enamorado, pues se la pasó toda la Prueba hablando sobre flores con significados románticos y el efecto que podría tener recibir una. La primera vez… y la segunda. A Guzma no le interesaba el romance, solo los Pokémon. Él quería pelear y lo hizo.

El combate contra la Lurantis Dominante fue duro, pero su equipo de Pokémon tipo Bicho era fuerte contra ella. Perdieron una vez contra ella, pero la derrotaron en la siguiente ocasión. Mientras salía de la Jungla Umbría con su Fitostal Z, fue asaltado por un Pinsir salvaje al que derribó y posteriormente capturó.

Entonces partió hacia el Wela Volcano Park por la Ruta 8. Vivió muchas aventuras en el camino y combatió contra varias personas, encontrándose a alguna que otra de forma frecuente en su camino.

Cuando bordeó toda la Ruta 8 y llegó a la mitad de la Ruta 7, torció su camino hacia el oeste. Ahí fue donde conoció a Pyros Wela por primera y última vez, aunque su relación fue fuerte el tiempo que duró. Era un hombre intenso; realmente fogoso y fuerte hasta límites insospechados. Hala le había hablado de él un montón de veces —del mismo modo que Pyros había oído un montón sobre Guzma—, pero nunca le creyó cuando le decía que era más fuerte que él… hasta que lo vio.

La Prueba de Pyros Wela fue dura. Derrotar al Marowak Dominante era el requisito previo para acceder a la verdadera Prueba: derrotar a uno de los Pokémon del Capitán.

Su equipo de tipo Bicho sufrió muchísimo al realizar la Prueba, tanto que perdieron seis veces consecutivas. Dos contra el Marowak Dominante y cuatro contra Pyros. Estuvo tanto tiempo atorado en esa Prueba que la navidad llegó. El Capitán Pyros lo invitó a celebrar las festividades con su familia, pero se negó. Se habría sentido fuera de lugar estando en medio de una familia unida y feliz como la de aquel hombre. Ahí no había sitio para él.

Obtuvieron la victoria gracias a una de las MT que Hala le había regalado: Escaldar. Una quemadura azarosa y la repentina evolución de Spinarak a Ariados le dio la victoria. Pyros no estaba precisamente contento, Guzma no sabía por qué, pero aceptó su derrota. Así fue como se hizo con el Pirostal Z.

Recibió el año nuevo en la Avenida Royale. De niño se había reunido con Kukui y Lario cientos de veces para ver los increíbles Battle Royale, por lo que se sintió en un país de sueños cuando pisó el lugar donde la magia ocurría. Se quedó una semana más para poder presenciar en vivo uno de los eventos.

Para el quince de enero del 2001, Guzma había regresado a ciudad Kantai. Tres días después, el dieciocho, llegó a ciudad Konikoni con la intención de superar la Gran Prueba. Para ese entonces su Grubbin hacía tiempo que había evolucionado a Charjabug y su Surskit a Masquerain.

Ahí conoció a la madre de Olivia: Maile Konikoni. Era una mujer imponente pese a ser diez centímetros más baja que Guzma —que había pegado el estirón poco antes de los catorce—. Era preciosa, eso Guzma podía decirlo sin miedo a equivocarse, y, si él hubiera sido otra persona, hasta pudo haber sido su primer amor. Pero a Guzma no le interesaba el romance; él quería pelear.

Aunque no pudo hacerlo. La agenda de la Kahuna estaba llena por dos semanas debido a unas reuniones pendientes y varios otros retadores. Por ello no tuvo más opción que quedarse en Konikoni por esa cantidad de tiempo.

Esos días se encontró varias veces con Wai Saltagua por la calle, e incluso pudo ver a su hija Lana, así como a la princesa de la isla. Olivia parecía reconocerlo, aunque él hacía mucho que habría olvidado su rostro si no fuera por su estatus.

¿Sus impresiones? Era una chica agradable. Muy torpe, pero agradable. Como compañía era interesante, pues le daba actualizaciones sobre el viaje de Kukui —quien ya se encontraba en Poni a esas alturas—, pero como compañera de entrenamiento era incluso mejor. No pudo derrotarla ni una sola vez, cosa que tampoco le sorprendió demasiado. Le faltarían un par de años para convertirse en Kahuna, era normal que fuera así de fuerte.

¡Te pareces mucho a Lario y Kukui! —le dijo ella, riéndose.

Supuso que se refería a su personalidad. Era normal, habían crecido juntos.

Finalmente, el primero de febrero del 2001, pudo enfrentarse a la Kahuna. Decir que estaba emocionado sería quedarse corto. Todo era nuevo para él: el rito previo, la tensión, el ambiente. Esto era importante. Él era importante… lo suficientemente importante como para llegar ante ella.

Y entonces perdió.

Lo intentó ocho días después y también perdió.

Trató de nuevo diez días después y, como era de esperarse, fue derrotado.

Fue en su tercera derrota que Maile se le acercó con gesto disconforme y las manos en la cadera.

Deja de imitar a otros, Guzma. Veo en ti tácticas que no son tuyas y un estilo de pelear que tampoco te pertenece. Eres tu propia persona, pulete a ti mismo.

No lo comprendió. ¿De qué podría estar hablando? No pudo preguntarselo porque su agenda se ocupó por otras dos semanas, por lo que no le quedó de otra que esperar en el lugar mientras entrenaba.

Una noche, la previa a su nuevo enfrentamiento contra Maile, solo y bajo la luz de las estrellas, Olivia se le acercó y lo retó a una batalla fortuita. Se sorprendió, pero aceptó el desafío. Pelearon con todo lo que tenían, sin importarles el despertar a alguien más, y perdió.

Se sintió terriblemente frustrado. En un inicio culpó la incompatibilidad de tipos, pero Olivia se rio en su cara cuando le dijo eso. Se enfadó, por supuesto, pero la mirada de Olivia, tan imponente como la de Maile, lo tranquilizó.

¿No te lo dije? Te pareces demasiado a Kukui y a Lario. Deja de imitarlos, Guzma.

¿Estaba… imitándolos? ¿Inconscientemente? Olivia se fue, dejándolo solo bajo la luna y las estrellas. Repasó esa idea una y otra vez hasta quedarse dormido.

Al día siguiente combatió contra la Kahuna por cuarta vez. Luchó junto a Wimpod y Pinsir en un combate dos contra dos en el que enfrentó a un Lycanroc nocturno y a un Rhydon.

La batalla fue dura, más que ninguna otra, pero la suerte le sonrió. En un despliegue de coraje, Wimpod bloqueó uno de los ataques de Rhydon con su dura coraza, la cual se volvió todavía más resistente cuando evolucionó a Golisopod ante los sorprendidas miradas de todos los presentes.

Concha filo fue la clave para la victoria, pues gracias a ella pudo derrotar a Rhydon de un golpe. Derrotar a Lycanroc fue una tarea un poco más laboriosa, pero ya no imposible como antes.

Lucharon hasta que finalmente cayó derrotado. Celebró la victoria con fuerza, llegando incluso al borde de las lágrimas. Corrió hacia sus Pokémon y los abrazó, especialmente a Golisopod. Verlo tan cambiado lo llenó de una emoción que ni siquiera pudo empezar a describir.

Olivia y Maile lo felicitaron por su victoria… pero supo que no eran del todo sinceras. En sus miradas percibió decepción, incluso cuando se estaba haciendo entrega del Litostal Z… incluso cuando le entregaban una Piedra Z.

Maile reconoció su gran logro regalándole una preciosa Piedra Z que relucía ante los rayos del sol. Le dijo que con ella podría hacerle una Pulsera Z que se adecuara a sus gustos y que la llevara a su taller al siguiente día a primera hora. No lo hizo.

Esas miradas, tan parecidas a la de su padre, lo hizo huir de Konikoni esa misma noche sin siquiera despedirse. Quería tener una Pulsera Z, pero no quería volver a ver a ninguna de ellas. Era como si todos los buenos recuerdos que había hecho junto a las Konikoni se hubieran desvanecido por culpa de esos ojos.

¿La insatisfacción de Pyros al perder era lo mismo que habían sentido Olivia y Maile? ¿Decepción? Parecía que, sin importar el lugar al que fuera, siempre terminaba decepcionando a alguien. La noche de su mayor logro en vida, Guzma durmió entre lágrimas.

¿Cuándo se libraría de Los Ojos?... No lo sabía.


Incineroar embistió a Golisopod, sosteniendo sus garras abdominales antes de que pudieran apuñalarlo. El samurái le dio un golpe de martillo a cada uno de sus omóplatos, pero no consiguió apartarlo. Una feroz llamarada comenzó a abrasar al tipo Bicho, quien de inmediato convocó copiosas cantidades de agua para que lo protegieran.

Golisopod comenzó a volar al ras del suelo, arrastrando a Incineroar por la nieve y el rocoso suelo, pero ni así lograba que se soltara. Podía sentir como el agua se ponía cada vez más y más caliente, por lo que también sabía que era cuestión de tiempo antes de que empezara a ser insoportable. Debía hacer algo; debía…

Pelear con más fuerza.

Comenzó a secretar veneno, intoxicando el agua que los envolvía a ambos, y causando que Incineroar apretara la mandíbula con fuerza. El ardor producido por la sustancia ácida y el agua hirviendo hizo de las suyas, pues Incineroar finalmente lo soltó. El tigre quedó tendido en el suelo mientras Golisopod ganaba altitud.

El tipo Fuego se puso de pie, siguiendo con la mirada al enemigo. Golisopod comenzó a descender a toda velocidad, listo para impactar su Acua jet contra él. Se preparó para recibirlo con Lariat oscuro, sabiendo que ganaría ese intercambio.

Golisopod se acercaba y Kukui esperaba. Esperaba el momento adecuado hasta que, repentinamente, su mente rescató un recuerdo. Abrió los ojos. Vio la respiración agitada de Incineroar y como el agua hirviendo todavía rodeaba a Golisopod. Lo entendió todo.

—¡Incineroar, aléjate…!

Tarde. Golisopod estaba a solo centímetros de él; una colisión era inevitable, pero aun así Incineroar intentó evadirlo al dar un largo salto. El tigre se quedó de piedra cuando el isópodo no lo persiguió, sino que frenó bruscamente en el lugar en el que había estado antes. El agua que rodeaba a Golisopod desapareció en una fracción de segundo, solo para transformarse en un largo filo que se abalanzó contra sus costillas.

La impresión, sumada a otro detalle importante, hizo que Incineroar reaccionara tarde. No fue capaz de cubrirse con los brazos antes de que Hidroariete le diera un golpe crítico, pero sí alcanzó a sujetar la hoja con sus garras, por lo que no salió volando. Sus pies se arrastraron forzosamente por el suelo hasta que Golisopod se quedó sin impulso y sin movimiento en la cadera.

Incineroar cayó sobre una rodilla para sorpresa de Lario y Francine.

Aprovechó que el choque térmico había fatigado a Incineroar y mantuvo a Golisopod rodeado por el agua caliente para que él no lo sufriera, pensó Kukui, frunciendo el ceño. Ha cambiado desde su combate con Gladio. Es más fuerte… mucho más fuerte. ¿Cómo es posible?

Se vio obligado a dejar de pensar en ello.


No quería ir a Ula-Ula todavía, pues seguramente se encontraría a Lario. Fue el hecho de que Olivia le dijera que Kukui estaba en Poni lo que le hizo ir hacia la isla.

El once de marzo del 2001, Guzma llegó a la Aldea Marina. De inmediato buscó a la Capitana del tipo Hada: Jasmine Kauai. Era… excéntrica, como la hija. Mientras que su chiquilla, Mina, era realmente seria y hasta parecía falta de alma, Jasmine era todo lo contrario. Eso sí, las dos tenían una fuerte pasión por las artes.

¿Tienes un Ariados? ¡Qué adecuado! —le dijo Jasmine—. Téjeme algo bonito con la seda de tu Ariados y, si me gusta, pelearas contra mí.

No lo entendió. ¿Las Pruebas de la Capitana eran todas así?

No digas tonterías, chico. ¡Cada Prueba se adecúa a cada aspirante! ¿No es más lindo el mundo cuando te dan algo personalizado? —respondió ella.

Ariados y él tuvieron que trabajar muchísimo para conseguir algo que siquiera se acercara a aceptable para los estándares de la Capitana. Para llegar a ese nivel tuvieron que pasar días en la Aldea Marina, esperando conseguir un buen resultado. Eso sí, fueron días muy agradables.

Hasta que escuchó decir algo a la hija de la Capitana.

¿Lo escuchaste? Dicen que Kukui ya terminó el Recorrido Insular. Al parecer es la persona que más rápido lo ha terminado en la historia. Impresionante, ¿no?

Eso lo dejó frío. Absolutamente frío. Sintió un mar de emociones indescriptibles azotar su interior, humedeciéndolo y languideciéndolo. ¿Cómo? ¿Cuándo?

¿Hace como… un mes?

¿Hace un… mes?... ¿Le había tomado tres meses completar el Recorrido Insular? Pero, ¿por qué nadie se lo había dicho? Hacía un mes todavía estaba en Konikoni. Olivia debió haberse enterado… a menos de que no se lo dijera a propósito. ¿Por qué? ¿Por qué se lo habían ocultado? ¿Por qué nadie le había dicho nada? ¿Era su culpa? ¿Era un castigo por haberse ido y no haber tenido contacto con nadie durante meses? No lo sabía. Arceus, Guzma en ese momento no sabía nada.

Podía sentir la mirada intranquila de Ariados mientras los dos tejían, pero era lo único. Su mente estaba llena de pensamientos de todo tipo; preguntas que nadie le respondería… sus manos, por otra parte, se movían solas.

Terminó entregándolo un feo mantel a la Capitana, quien lo examinó durante unos profundos diez segundos.

Qué trabajo tan expresivo… —murmuró ella para sorpresa de Guzma. Le dio la más cálida de las sonrisas—. ¡Aprobaste!

Habría sonreído si ella no hubiese seguido hablando. Sin cambiar su gesto en lo más mínimo, Jasmine prosiguió:

Pero ten cuidado, Guzma. Tu ira, inseguridad y tristeza son combustibles fuertes, pero muy volátiles. Estas emociones pueden quemarte si no las controlas.

Estaba harto de esa mujer. Constantemente demeritando su trabajo, retrasando su progreso con una Prueba estúpida y sonriendo incluso cuando le decía la más cruel de las cosas. Estaba frustrado y, por primera vez, no era con nadie más que él mismo. Por primera vez en su vida fue grosero con alguien.

Estoy aquí para que pelee conmigo, no para que me sermonee. Ya he perdido demasiado tiempo con sus… —Barajó un millar de palabras antes de elegir la adecuada— ridiculeces. Pelee contra mí de una buena vez.

Vio como la sonrisa de Jasmine se hacía más pequeña, sin nunca desaparecer, antes de finalmente asentir.

Como gustes, Guzma.

Y pelearon. Como Jasmine le dijo, todas las emociones negativas que estaba sintiendo fueron un excelente combustible. Peleó con tanta ferocidad que apenas se reconoció a sí mismo. Gracias a Golisopod logró derribar al Granbull de la Capitana, quien aceptó el resultado con un asentimiento.

Jasmine le entregó el Feeristal Z y, por primera vez desde que Guzma había llegado, reparó en la ausencia de Pulsera Z . Eso lo sorprendió, pues la había tomado por una persona observadora.

Fuera como fuera, Guzma ya no se sentía cómodo alrededor de ella, por lo que intentó despedirse a la brevedad. Cuando estaba dándose la vuelta para irse, ella lo sujetó de una mano y lo obligó a verla.

Sé que el dolor es aterrador, Guzma… pero no siempre puedes huir de él. Llegará un momento crucial en tu vida, uno en el que ya no podrás escapar, y tendrás que enfrentarlo.

¿Dolor? ¿Huir? Ella… ¿qué estaba insinuando? Se sintió, sorprendentemente, ofendido. Muy ofendido. Era como si le hubieran faltado al respeto de alguna manera. Después de todo, ¿qué sabría un miembro de las Familias Fundadoras sobre dolor? Sus vidas eran perfectas; tenían todo lo que deseaban desde nacimiento y todo cuanto querían sería siempre suyo. Ella no era nadie para hablarle de dolor.

Apartó la mano con brusquedad, sorprendiendo a la Capitana. Con el ceño fuertemente fruncido dijo:

No… no hable como si me conociera o supiera por lo que he pasado. No lo hace.

Y por primera vez en el tiempo que llevaba conociéndola, no la vio sonreír. Jasmine bajó la mirada y asintió.

Sí. Tienes razón, Guzma. Lo lamento.

Caminó hacia atrás a paso lento, como si temiera que Jasmine volviera a detenerlo, pero ella no hizo nada de eso. Ni siquiera volvió a levantar la mirada. Con el corazón en un puño y una terrible sensación en la cabeza, se fue.

Sintió que había perdido algo en ese momento. Algo que ya no podría recuperar.

Las instrucciones de los Mahalo lo habían preparado para saber cuál debía de ser su siguiente destino, por lo que partió sin demora hacia la casa del Kahuna Sofu'u Honua. Había visto al anciano hombre una que otra vez en pueblo Iki, pero la cantidad de palabras que intercambiaron fue más bien poca.

Aunque estaba dispuesto a no perder más tiempo, las circunstancias lo obligaron a hacerlo. Un Scyther, el líder de una manada de Pokémon salvajes, lo asaltó por el camino y le robó todos sus suministros. El Pokémon era extremadamente arrogante, por lo que dejó que sus secuaces lidiaran con él y se retiró con su botín.

Guzma derrotó a los Pokémon que fueron en su contra con relativa sencillez, pero debía buscar sus provisiones. Eso le costó cuatro días de vagabundeo por todo el Prado de Poni.

Cuando finalmente encontró la guarida de aquel Scyther, se batió en un duelo contra él y todo su séquito. El encuentro fue mucho más complicado, pues el tipo Bicho enemigo era condenadamente fuerte. Lucharon con valor, pero no parecía ser suficiente. Solo cuando Guzma reparó que estaba enfrentando a un Pokémon salvaje decidió que no era necesario pelear siguiendo las reglas.

Hizo regresar a Golisopod muchísimas veces a su Poké Ball, ordenándole que usara Escaramuza una y otra vez, de forma que desgastara a Scyther. Golisopod se salvó de un Tajo aéreo gracias a que le llenó los ojos de arena al enemigo, quien finalmente cayó gracias al Rayo de Charjabug.

Guzma decidió que Scyther sería suyo, y lo fue. Capturó a ese arrogante Pokémon, el cual se encargaría de desafiarlo una y otra vez, todos los días.

Habiendo recuperado sus provisiones, Guzma partió hacia la casa del Kahuna Honua. Ahí, tras dos días de viaje —culpa de lo lejos que se había adentrado al Prado de Poni para buscar a Scyther—, Guzma conoció al mítico Sofu'u Honua.

Era un hombre pequeño, encorvado y arrugado por la edad, pero nada de eso le impedía ser el hombre más aterrador que Guzma hubiera conocido en su vida. La persona ante él era un auténtico monstruo, lo supo simplemente viéndolo. El aire a su alrededor era distinto, superior en intensidad y opresión al que desprendían Hala y Pyros.

Y luego estaba su nieta. La pequeña Hapu Honua, de seis años, era una niña trabajadora que no se distraía por nada del mundo. Lo saludó con la cortesía propia de una princesa, pero trabajó los campos de sus abuelos con la diligencia de una obrera.

Sofu'u, por supuesto, lo recordaba y sabía por qué estaba ahí.

Me preguntaba cuando llegarías tú. Kukui estuvo aquí hace casi dos meses, por lo que sabía que era cuestión de tiempo antes de que llegaras —le dijo.

Se guardó sus comentarios y declaró sus intenciones: La Prueba del Cañón de Poni. Quería hacerla.

¿Estás seguro? Es una Prueba a la altura de muy pocos. Kukui tuvo que pedir prestado uno de mis Pokémon cuando supo que no podría ganar con su propia fuerza.

Lo que Kukui pudiera hacer, él también lo haría. Aceptó.

El camino hacia el interior del Cañón de Poni fue duro. Fueron días y días de intensa caminata que ni siquiera parecían desgastar al anciano que iba a su lado. El calor era insufrible, pero había llegado muy lejos como para echarse atrás. No ayudaba que cada día, sin falta, Scyther buscara pelea y tuvieran que aplacarlo; tampoco que el Kahuna se quedara despierto hasta altas horas de la noche haciendo Arceus sabrá qué cosa.

Luego de cinco días de caminata a través de tortuosos senderos, llegaron a su destino. Era una caverna realmente alta y ancha, con un techo lleno de agujeros irregulares que filtraban la luz del sol.

Sofu'u le prestó a uno de sus Pokémon en combate y le dijo que utilizara a todos los que tenía junto a él. Guzma hizo exactamente eso. Dejó salir a su equipo de seis y Scyther no tardó en buscar pelea. Lo único que lo evitó fue el estruendoso rugido que sacudió la caverna.

Ante Guzma apareció una pandilla de Jangmo-o y Hakammo-o, así como la imagen de todo lo que alguna vez imaginó en un Pokémon Dominante. Ante él se encontraba un colosal Kommo-o y esta, sin duda, fue la batalla más difícil de su vida.

El Palossand del Kahuna Sofu'u fue de una ayuda tremenda para el combate, pues distrajo al Kommo-o Dominante mientras Guzma se encargaba de los más pequeños con extrema dificultad. Scyther, al ver la magnitud de la pelea, no tuvo de otra más que unirse a él.

Lucharon y lucharon hasta que la luz que entraba por el techo se volvió naranja. Llegados a ese punto, el séquito del Dominante había caído, pero Palossand también se encontraba fuera de combate debido a que había perdido la pala que coronaba su cabeza, la cual había salido volando hacia la cima de la caverna.

Intentaron luchar sin la ayuda de Palossand, pero no tenían la fuerza necesaria para lograr defenderse de sus poderosos ataques sonoros: estaban demasiado desgastados. Necesitaban a Palossand.

Dividió su equipo. Mientras que Charjabug, Ariados y Masquerain distraían al tipo Dragón, Golisopod y Pinsir lo atacaría. Confió su vida a Scyther para subir hacia el techo de la caverna, donde recuperaron la pala y pudieron devolvérsela a Palossand.

Con el tipo Tierra de vuelta al combate y la evolución de Charjabug a Vikavolt, las cosas cobraron otro rumbo. Kommo-o finalmente cayó. El cinco de abril del 2001, Guzma superó la Prueba del Cañón de Poni.

El Dominante aceptó humildemente su derrota y le hizo entrega del Dracostal Z, pero eso no fue todo, pues Sofu'u le hizo entrega de algo más.

En su muñeca izquierda fue puesta una Pulsera Z. Guzma la vio con extrema sorpresa, pero de inmediato sintió un profundo rechazo. Antes de siquiera pedir explicaciones, se cambió de muñeca la Pulsera Z. Para entonces, la emoción ya había pasado.

¿Por eso se quedaba despierto tan tarde? —le preguntó.

Sí. Maile me envió una carta. Dijo que si te llegaba a ver, tomara la Piedra Z que seguramente llevabas contigo y te hiciera con ella una Pulsera Z. Te envía saludos, por cierto.

Guzma se rascó la nuca y vio la Pulsera Z. Debía de estar emocionado, sabía que tenía que estarlo… pero lo único que sintió fue una gigantesca incomodidad que no se iba con nada. Al final simplemente dio las gracias.

De nada —dijo Sofu'u—. ¿Nos vamos?

Aunque Guzma se preparó para otro viaje de cinco días, eso no sucedió. En su lugar fueron cargados por el Golurk del Kahuna, el cual se alejó volando del lugar. A la distancia, Guzma pudo ver el gigantesco Altar del Eclipse. Era bonito… pero no le interesaba demasiado.

Últimamente nada lo hacía.

Después de ese día, Scyther nunca más volvió a rebelarse.

Lo que siguió fue la Gran Prueba. El impacto que sintió al hacer los ritos previos fue menor al que sintió la primera vez, pero la ansiedad seguía estando ahí. Sabía que tendría que dar un combate a la altura si quería salir victorioso… y perdió.

Perdió esa vez, la siguiente, la que le seguía a esa y la que vino después de esa. Perdió cinco veces consecutivas, cada derrota más frustrante que la anterior.

Era una batalla de seis contra seis, utilizando Pokémon que el Kahuna Sofu'u había elegido como apropiados para su nivel, pero ni así podía derrotarlo. ¿Cómo lo había conseguido Kukui? ¿Qué truco había usado para superar el Recorrido Insular en solo tres meses y tres semanas? ¿Los Mahalo le habían enseñado algo que a él no? ¿Era la diferencia de talento? ¿Tanta brecha había entre el segundo y el tercer lugar? ¿Entre el primero y el segundo?... ¿Entre el primero y el tercero?,,, Se obsesionó tanto con el asunto que se olvidó por completo del cumpleaños número cuatro de Hau. Lo recordaría meses después.

Hasta que un día, Sofu'u se lo preguntó.

¿Por qué no usas los Movimientos Z?

Se quedó en blanco. No supo qué responder y Sofu'u se negó a decir nada más que esa pregunta. Al final se quedó solo, en su tienda de acampar, pensando y pensando. ¿Por qué, después de un mes de conseguir su Pulsera Z, no la había usado ninguna vez? Lo pensó largo y tendido hasta que llegó a una conclusión.

No los necesitaba. Todo su viaje, el camino hasta el momento, lo había recorrido él solo junto a sus Pokémon. Habían superado cada desafío únicamente con esfuerzo, como siempre lo habían hecho. De no ser por los Cristales Z que le entregaban, habría olvidado por completo la existencia de los Movimientos Z.

Esos ataques milagrosos que prácticamente garantizaban la victoria eran un arma de doble filo. Usarlos contra alguien más implicaba que alguien más también podría usarlos en tu contra. Poseer una Pulsera Z le daría excusa a tu rival para atacar con un Movimiento Z. Eran una solución milagrosa… y la vida de Guzma nunca había sido resuelta por un milagro.

Había sobrevivido toda su vida sin ningún milagro de por medio, sin que nadie fuera nunca a salvarlo. No necesitaba nada más que su propia voluntad, fuerza e inteligencia. El Poder Z no era parte de lo que hacía a uno poderoso. Era únicamente un añadido artificial; un burdo insulto al verdadero poder.

No necesitaba los Movimientos Z.

Con ese pensamiento en mente guardó su Pulsera Z en su mochila y se fue a dormir. Al día siguiente venció a Sofu'u. Tras siete meses y dos días de haber iniciado su Recorrido Insular, Guzma Kiauka había superado dos Grandes Pruebas.

Al día siguiente su despedida con los Honua fue más bien normal. La convivencia se había limitado a un par de charlas casuales con Haua y Hapu, mientras que el mayor vínculo lo desarrolló con Sofu'u.

Cuando se estaban diciendo el último adiós, Sofu'u le estrechó con fuerza la mano y le dio unas sonoras palmadas en la espalda que lo hicieron pararse firme.

Enderézate, muchacho. Hazlo antes de que sea tarde —le dijo con severidad.

Guzma ni siquiera se había dado cuenta de que últimamente se encorvaba inconscientemente. Asintió, agradeció el aviso y partió hacia su siguiente destino, no sin antes intercambiar unas últimas palabras con las Honua.

Regresó a la Aldea Marina ese mismo día, se aseguró de no cruzar cerca de donde vivían los Kauai, y tomó un barco que lo llevó directamente hacia Ula-Ula.

El ocho de mayo del 2001, Guzma llegó a ciudad Malíe.

Sabía que los Tapu estaban destruidos desde hacía poco más de tres años. Había sido un escándalo terrible. Los Tapu habían olvidado el respeto que le debían a Tapu Bulu y este los arrasó del mapa junto a toda la Aldea Tapu.

¿No era eso… absurdamente horrible? ¿No se suponía que Tapu Bulu debía proteger al pueblo de Alola, no destruirlo? Si una deidad era capaz de hacer un acto tan deplorable como ese, entonces Guzma no tenía ninguna fe que entregarle.

Guzma no se sorprendió al ver la inmensidad de ciudad Malíe, pues era más pequeña que ciudad Hau'oli, pero debía admitir que el lugar era grande. Tenía sentido, considerando que toda la población de la isla se encontraba concentrada en el lugar.

Sabía que la Aldea Tapu, al sur, había desaparecido por culpa de Tapu Bulu… ¿pero qué había vaciado por completo de gente al pueblo Po? Había oído cosas de Hal sobre el estado del lugar y como nadie se acercaba a él. Una lluvia perpetua parecía haberse apoderado del cielo sobre la zona. Guzma pensó que sonaba peligroso y, cuando se lo contó, a Masquerain no le gustó la idea de una lluvia que nunca terminaba.

Fue por eso que supo que no tenía demasiado sentido quedarse en ciudad Malíe. Finalmente, luego de todo lo que lo había pospuesto, Guzma partió hacia el este: hacia el Monte Hokulani.

El camino fue largo, pero no aburrido. Ver el progreso que había logrado con sus Pokémon hacía que esa falta de interés por todo repentinamente desapareciera.

Le tomó tres días de viaje a pie llegar al Monte Hokulani. Llegó por la noche a bordo de un camión más bien normalucho pero de asientos bastante cómodos.

Bajó del autobús y tomó el aire de la cima. Aspiró, dándose cuenta de que a esa altura era más complicado. Vio a su alrededor atentamente, una y otra vez…

Ese era el lugar en el que Lario trabajaría como Capitán… El lugar en el que prácticamente había crecido y pasado sus vacaciones. Estaba en el Observatorio Hokulani.

Guzma miró las estrella y se quedó embobado con la vista. El trabajo seguramente tenía sus pegas, pero ser Capitán empezaba a sonar como un trabajo envidiable cuando ponías a los Saltagua y Hokulani como ejemplo. Apreciar esas vistas todos los días… debía de ser cansado.

Sí. Supuso que la belleza de la naturaleza debía perder su encanto cuando la veías una y otra vez. Aprovechó que él todavía no se cansaba de ella para apreciarla un poco más.

Vio la hora y se fue a registrar al Centro Pokémon, pues sabía que era tarde para que lo recibieran por muy amigo que fuera de los Hokulani… aunque tras todo el tiempo que llevaba incomunicado, le sorprendería que siquiera siguieran considerándolo como tal.

Al día siguiente, cuando se despertó, lo primero que hizo fue entrar al Observatorio de Hokulani. En la recepción preguntó acerca de la Prueba y la recepcionista rápidamente le dijo que esperara mientras llamaba al Capitán, por lo que hizo justo eso.

Se quedó sentado en la recepción, rodeado de un montón de personas y con los nervios a flor de piel. El lugar era todo un ajetreo incluso desde temprano en la mañana. Sin duda era el lugar perfecto para turistear, aunque tampoco es que él estuviera ahí por eso.

¡Disculpen, me dijeron que hay un retador del Recorrido Insular!

Los vellos se le erizaron a Guzma cuando escuchó esa voz y los ojos se le comenzaron a poner vidriosos. Inconscientemente sonrió.

Ahí estaba él, con un sujetapapeles en la mano y un lápiz en la otra, analizando cuidadosamente el documento que estaba leyendo.

¿El retador del Recorrido Insular? —repitió en voz alta.

Entonces se puso de pie.

Soy yo —declaró con suficiente fuerza como para hacerse oír por encima del ruido.

Pudo ver como la expresión semi indiferente se le borraba del rostro, dando paso a la incredulidad. Lario apartó la mirada del documento y lo vio directamente a él. Los brazos le cayeron a los costados, carentes de fuerza para mantenerse arriba, y las piernas se movieron.

Guzma caminó también hacia él, sonriéndole.

Guzma… —murmuró, con los ojos abiertos de par en par.

Hola, Lario… —saludó, apartando levemente la mirada y rascándose la nuca—. Lamento… bueno… tú sabes…

Un repentino golpe con el pisapapeles lo hizo sobresaltarse y, cuando estaba por abrir la boca, fue atrapado en un abrazo.

¡Al menos escríbenos, idiota! —lo regañó el rubio con voz trémula—. ¡Todo lo que sabíamos de ti era por las actualizaciones de los Capitanes y Kahunas!

El entrecejo de Guzma tembló y devolvió el abrazo.

Lo siento… —dijo, también con voz temblorina.

El rubio negó con la cabeza y lo soltó, esta vez sonriéndole.

Vayamos a otro lado. Estamos haciendo un escándalo aquí.

Guzma barrió el lugar con la mirada y se dio cuenta de que varias decenas de ojos estaban posadas sobre ellos. Rápidamente, con el rostro colorado, asintió.

Sí, vamos.

Siguió con confianza a Lario, quien no tardó en guiarlo ante una gran puerta de metal que se abrió cuando digitó una contraseña en un tablero.

Amigo, siempre había querido mostrarles esto —dijo Hokulani, riéndose— ¡Bienvenido a mi cuarto!

Ante él estaba el paraíso de todo niño. Guzma nunca había visto una pantalla tan grande, ni tantas vídeoconsolas juntas, mucho menos esas pilas y pilas de cajas de vídeojuegos. Lario incluso tenía una recreativa y la que debía de ser la computadora más increíble que jamás hubiera visto. Su mandíbula prácticamente tocó el suelo.

¡¿T-todo esto es tuyo?! —preguntó, impresionado.

Todo. Es la colección que he construido con los años —respondió con orgullo—. Me dolía mucho dejarla atrás cuando tenía que volver a Melemele.

A mí también me dolería un montón —dijo Guzma, embobado mientras veía de cerca la PlayStation de Lario.

Algo más le llamó la atención. Era una especie de rectángulo grueso pegado a otro un poco más pequeño. Vio unas siglas azules que decían PS2, por lo que no tardó en voltear a ver a Lario.

¿Y esta cuál es?

El rubio lució incrédulo por un segundo antes de romper en carcajadas.

¡Cierto! ¡Te fuiste antes de que saliera! —Corrió hacia Guzma y, con una sonrisa, señaló la consola—. Guzma, te presento… a la PlayStation 2.

La mandíbula de Guzma volvió a tocar el suelo.

Te estás burlando de mí…

Para nada, mi amigo. ¡Estás ante la nueva PlayStation 2 que por fin llegó al mercado occidental!

¡¿No era un rumor?! ¡¿La PlayStation 2 realmente existe?! —preguntó, agachándose y analizando con lujo de detalle la consola.

Salió en marzo del año pasado en Japón, pero ya sabes cómo son esos orientales. ¡Lo mejor solo para ellos! —rio, ajustándose las gafas—. Aunque seguramente fue temas de importación. ¡Ah, y no es todo! ¡Salieron juegos increíbles! Está este juego que se llama Los Sims…

Antes de que se dieran cuenta, habían pasado horas hablando sobre videojuegos. Horas que, se suponía, usarían para otra cosa. Se sentaron en los mullidos cojines de Lario, riéndose tras haber terminado de jugar.

¡Ojalá Kukui estuviera aquí! —exclamó Lario—. Extraño que la triada esté reunida.

Guzma asintió, relajándose un poco más.

Sí. Sería grandioso.

Pero suficiente de eso, Guzma. Hablemos de lo importante. —Lario se acomodó en su cojín para verlo mejor—. ¿Superaste la Gran Prueba del señor Sofu'u? ¡Eso significa que superaste dos Grandes Pruebas en siete meses! ¡Yo me tardé un año y tres meses!

Guzma rio, nervioso.

Tenías once años, Lario.

Doce en ese entonces, pero para lo que importa. ¿Sabes lo impresionante que es lograr eso a tu edad? Sin mencionar que podrías retar al señor Hala en cualquier momento. —Extendió los brazos hacia los costados—. ¡Amigo, eres un genio! ¡Podrías entrar fácilmente al top de los entrenadores que más rápido han terminado su Recorrido Insular de todos los tiempos!

Aunque seguro que no sería tan impresionante como tres meses y tres semanas —dijo, arrellanándose en su cojín.

Lario lo volteó a ver con una expresión ligeramente preocupada.

¿Te enteraste?

De la boca de la niña Kauai.

Mina, ¿eh?... Tiene una bocota, eso sin duda… —Recuperó rápidamente la sonrisa y le puso una mano en el hombro—. Pero no pienses en eso, hombre. Tú y yo siempre hemos sabido que Kukui era una especie de bestia extraña. Como si un Pokémon tomara forma humana.

Lario se carcajeó y él hizo lo que pudo por corresponder su risa.

Supongo que tienes razón.

Claro que la tengo, amigo. —Le dio una golpe con el revés de la mano en el brazo—. Tú solo disfruta de tu éxito. Dos Grandes Pruebas en solo siete meses… Estoy rodeado de súper genios…

Guzma realmente se la estaba pasando bien, pero las prioridades en su mente eran distintas a las de hacía unos meses.

Lario, ¿no deberíamos…?

Olvida eso por el momento. De cualquier momento ya es un muy tarde para poner una Prueba, seguro que mi papá ya se ocupó con otras cosas —respondió despreocupadamente—. Dejemos eso para mañana. Por hoy, solo cuéntame qué ha sido de ti.

Lo hizo. Le explicó con lujo de detalle todo sobre su Recorrido Insular. Habló sobre sus victorias, así como de sus abundantes derrotas; de sus pericias y dilemas. Omitió, sin embargo, los detalles más incómodos de su viaje. Evitó hablar sobre Olivia, Maile y Jasmine en la medida de lo posible.

El reloj en la pared marcaba las nueve de la noche cuando Guzma terminó su relato. Lario se quedó viendo al techo con fijeza.

Entonces Wimpod ya evolucionó…

¿Es lo único que sacas de toda la historia? —preguntó, riéndose.

Ambos charlaron hasta bien entrada la noche. Guzma regresó al Centro Pokémon y Lario le prometió que llevarían a cabo la Prueba al día siguiente.

Al día siguiente, el padre de Lario, Marlon Hokulani le puso su Prueba: derrotar a Lario. La sorpresa no fue poca, ni para él ni para su amigo, pero el Capitán parecía inflexible en su decisión.

Tomaron sus posiciones y repentinamente se sintió confiado. El recuerdo de todo su viaje le llegó a la mente. Había superado desafíos increíblemente difíciles por su cuenta; ya no era el mismo de antes. Podía vencer a Lario.

Pero no lo hizo.

Estuvo a punto de derrotarlo las tres primeras veces que lucharon, siendo incapaz de lograrlo gracias a que Lario había utilizado sus Movimientos Z en el último momento. Le frustraba, pero no le impedía volver a intentarlo. Había decidido que lo vencería sin nada de eso. Si no podía ser la persona que más rápido terminara el Recorrido Insular, entonces sería la primera persona en la historia de Alola que lo lograra sin usar Movimientos Z.

Incluso con su resolución no pudo vencerlo ni la cuarta ni la quinta vez. Ya no porque Lario utilizara sus cartas de triunfo, sino porque él mismo había ofrecido un peor desempeño. Ya no era un combate parejo en el que luchaban uno contra uno, al borde de sus fuerzas, sino que el Pokémon de Lario que derrotaba al suyo se encontraba considerablemente sano a la hora de hacerlo.

Ni siquiera desafiar a los Kahunas había sido tan complicado como esta batalla. ¿Por qué motivo no podía derrotar a Lario? No lo sabía… No lo sabía y eso lo frustraba en demasía. ¿Es que no sabía absolutamente nada? ¿Por qué demonios parecía estar condenado a la eterna ignorancia? ¿Estaba destinado a nunca escapar de sus sombras?

Su sexto combate contra Lario coincidió con una visita por parte del Kahuna Nanu Malíe. Habían oído hablar mucho el uno del otro, por lo que se reconocieron de inmediato e intercambiaron algunas palabras. Hablaron principalmente de Hal.

El sexto combate tampoco lo ganó, pero obtuvo algo que fue vital para él. Al finalizar la batalla, Nanu se le acercó y, con una expresión completamente indescifrable, le dijo:

¿Por qué no intentas atacar por debajo o por la espalda? Tienes cara de que los ataques furtivos se te darían mejor.

Toda su vida había peleado de frente, sin huir del enemigo, tal como… lo hacían Lario y Kukui. ¿Era eso a lo que se referían las Konikoni? Quiso intentarlo; ser más evasivo.

Los resultados fueron excelentes.

Logró derrotar a Lario. No con facilidad, pero sí acorralarlo y obligarlo a usar su Movimiento Z incluso antes del final. Tras eso, y gracias a su Scyther, lograron darle el golpe final al Bisharp del contrincante.

Recibió el Metalostal, pero solo por compromiso. No había necesitado los Movimientos Z y dudaba que fuera a usarlos, pero supuso que tampoco estaría mal tenerlo a su disposición para el futuro. El regalo que realmente le sacó una sonrisa fue el Recubrimiento metálico que Lario le obsequió por la victoria. Tras equiparlo en Scyther y dos intercambios con Lario, su Scyther se convirtió en un Scizor.

Y así llegó la despedida. Lario le aseguró que se volverían a ver cuando hiciera la Gran Prueba de Hala y él le prometió que lo llamaría para cuando el momento llegara. Así, el 31 de mayo del 2001, Guzma partió de regreso a ciudad Malíe.

Llegó tres días después y lo primero que hizo fue buscar a Nanu. El oficial, por suerte, estaba donde se suponía que debía de estar: en la comisaría. Le pidieron que esperara antes de que pudieran atenderlo, pero no fue demasiado. Nanu sabía por qué estaba ahí y no perdió el tiempo. Se excusó con su secretaria, le dijo que se tomaría un descanso de media hora, y guió a Guzma hacia un lugar en particular: el Parque de Malíe.

El lugar era precioso e increíblemente amplio. Guzma se sorprendió cuando Nanu le dijo que ahí se llevaría a cabo la Gran Prueba, sin ceremonias ni nada. Por un lado lo agradeció, pues no estaba particularmente emocionado por mostrarle respeto a Tapu Bulu y por el otro se sintió ligeramente indispuesto: el lugar era demasiado bonito como para arriesgarse a dañarlo en un combate Pokémon.

Nanu lo hizo perder el miedo. Estaba permitido combatir en el lugar, por lo que no había problema. De inmediato le avisó que no utilizaría Movimientos Z, pues realmente le molestaban por lo falto de energía que se sentía luego. Guzma consideró eso como algo bueno.

La batalla inició.y las personas rápidamente se conglomerado a su alrededor. Fue una pelea de tres contra tres realmente reñida. Guzma tenía la gran ventaja de que sus tipo Bicho eran fuertes contra los tipo Siniestro de Nanu, pero eso no hizo que el combate fuera coser y cantar.

Tuvo que darlo todo para enfrentarlo y seguirle el ritmo. Era un hombre que lucía ligeramente perezoso a primera instancia, pero cuando se ponía serio… Tenía una chispa inextinguible. Tuvo que pelear de forma evasiva y escurridiza para lograr girar las tornas a su favor.

Llegó un momento en el que creyó que iba a perder, pero… no lo hizo.

Golisopod derribó al Persian de Nanu con su recién aprendido Hidroariete y, con ello, logró superar su tercera Gran Prueba. El ocho de junio del año 2001, Guzma logró vencer al Kahuna Malíe. Se sintió… poderoso.

Sintió que podía lograrlo todo. Por primera vez en su Recorrido Insular, había ganado en su primer intento. Por primera vez había tenido la habilidad necesaria para derrotar a un rival increíblemente poderoso.

Un vigor sin precedentes recorrió su cuerpo de pies a cabeza, pero rápidamente se desvaneció cuando recordó cuál era el último paso de su viaje: tendría que regresar a Melemele.

La mano de Nanu, cediéndole un Nictostal Z, le hizo volver a la realidad.

Te dije que se te daban bien los ataques furtivos —le dijo, dedicándole una pequeña sonrisa.

Agradeció enormemente las palabras y recibió las ovaciones de las personas a su alrededor. Con un sentimiento de verdadero éxito en el pecho y una sonrisa inmensa, Guzma se despidió del Kahuna Malíe.

Y entonces todo se torció.

Postergó su regreso a Melemele todo lo que pudo, pero su conciencia solo le permitió hacerlo por una semana y media. Fue así que regresó a la isla que lo vio nacer el día dieciocho de junio del 2001.

Volver a pisar los puertos de Hau'oli, tras casi ocho meses de ausencia, se sintió casi irreal. Todo a su alrededor era tan extremadamente familiar, pero a la vez lejano. La ciudad que lo había visto nacer parecía un viejo amigo de la infancia al que no había visto en años.

La nostalgia, sin embargo, fue superada por el nerviosismo. Le daba miedo que alguien lo reconociera y le diera un chivatazo a sus padres, por lo que se movió por las callejuelas como si fuera un sucio ladrón. Tomó un atajo que le hacía cortar un montón de camino entre el embarcadero y la oficina de turismo de Hau'oli. A partir de ahí, supo que rumbo tomar.

Fue directamente a pueblo Iki y ahí comenzó la verdadera nostalgia.

Pasó frente a la Escuela de Entrenadores y sonrió, pues el lugar todavía le traía recuerdos muy frescos. Era increíble para él el pensar que ya casi había pasado un año desde su graduación.

Llegó al crucero que estaba junto al Centro Pokémon de las Afueras de Hau'oli y supo que tenía que ir al norte… pero hizo una parada obligatoria en el sur. Él y Golisopod disfrutaron de medio día en la playa, simplemente viendo el oleaje del lugar en el que se habían conocido.

Entonces retomaron su viaje hasta finalmente llegar a pueblo Iki.

Se preguntó quiénes estarían en casa. ¿Todos los Mahalo, con suerte? Se preguntó también cómo lo recibirían. No todos tendrían la misma buena reacción de Lario, al menos eso pensó él. La idea de que los Mahalo lo vieran como un desagradecido que solamente había huido con sus enseñanzas comenzó a generarle un creciente pánico.

Meditó profundamente sobre lo que debía hacer a continuación, pero tuvo que darse prisa debido a las miradas curiosas de varios transeúntes del pueblo. Tocó la puerta tras llenar de oxígeno sus pulmones y esperó.

La puerta se abrió de golpe y, para sorpresa de Guzma, no había nadie delante de él… a primera vista. Bajó la mirada y ahí se encontró con un niño pequeño que pareció reconocerlo, pues le sonrió ampliamente nada más verlo.

¡Oye, Hau, no abras así la puerta! —Una voz familiar regañó al pequeño—. Primero tienes que preguntar quién es…

Se detuvo. Hal abrió los ojos con fuerza y de inmediato caminó hacia él.

¿Guzma? —Una enorme sonrisa apareció en su rostro—. ¡Regresaste! Eso quiere decir que…

Completé… tres Grandes Pruebas, señor —dijo, presa de los nervios.

El rostro de Hal, iluminado como la más incandescente de las farolas, le quitó un peso gigantesco de encima a Kiauka. No pasó mucho antes de que el príncipe lo envolviera en un afectuoso abrazo.

¡Me alegra tanto oír eso, bichito! —exclamó, riéndose—. Lario me llamó cuando partiste del Observatorio de Hokulani, pero no esperaba que lograras derrotar al tío Nanu tan pronto. No se rindió, ¿verdad?

Guzma negó rápidamente con la cabeza.

No creo que el señor Nanu fuera capaz de hacer eso.

Hal se carcajeó.

¿Verdad? No lo parece por su rostro, pero el tío Nanu es muy trabajador. —Le palmeó la espalda con fuerza—. ¡Entra, Guzma, entra! Quiero hablar largo y tendido contigo.

Una sensación cálida y reconfortante se asentó en su pecho. Con una sonrisa contenida, Guzma asintió y se adentró a la residencia Mahalo. En el proceso le acarició la cabeza a Hau, que rio.

¿El señor Hala? —preguntó.

Papá no está. Salió por unos asuntos oficiales, aunque debería estar de regreso en unos tres días —explicó Hal, buscando algo con la mirada—. Por cierto, ¿tus padres ya saben que estás aquí?

Y la calidez se esfumó. Se le hizo un nudo en el estómago y la garganta se le cerró. La falta de respuesta debió alertar a Hal, quien volteó a verlo con intriga.

¿Guzma? —La intriga se convirtió en preocupación al verlo palidecer—. ¿Qué pasa? ¿Está todo bien?

Quería inventarse una excusa. Trató de mentir, pero volver a sus viejos hábitos tras tanto tiempo fue casi imposible. No se le ocurría nada coherente, pero pensó… pensó que si era Hal…

Yo… ahora mismo no quiero verlos, señor Hal… —murmuró en la voz más baja que pudo.

Hal lo escuchó. Lo escuchó y no hizo preguntas.

De acuerdo, Guzma —dijo con voz tranquila, alborotándole los cabellos—. ¿Qué hay de Kukui? ¿Sabe que estás aquí?

Guzma negó con la cabeza.

Hal reflexionó al respecto hasta que una sonrisa se dibujó en su rostro.

¿Qué tal si le pido que venga pero sin decirle a nadie? —sugirió el moreno—. Sabes que Kukui no es el tipo de persona que va por ahí contando secretos. Estoy seguro de que no hay nada que quiera más que volver a verte.

Esa idea… no sonaba para nada mal. Asintió, sintiéndose paulatinamente más relajado.

Entonces espera aquí. Iré a traerte algo de comer, porque conociéndote no has probado bocado pensando en lo que pasaría cuando llegaras aquí —rio Hal, haciéndolo sonreír nerviosamente.

No puedo ocultarle nada, señor Hal.

Quédate aquí con Guzma, Hau. Porque recuerdas a Guzma, ¿verdad?

El pequeño asintió rápidamente.

Me acuerdo… de la fiesta de Guzma. Y de que es amigo de Lario y Kukui. ¡Y de que es mi amigo! —exclamó.

Hal asintió, complacido.

Bien, recuerda mostrar cortesía como te hemos enseñado. Vuelvo en un momento. ¡Querida, Guzma regresó!

¡¿Eh?! ¡¿Guzma?!

Estar en casa de los Mahalo era como estar en casa. Todo era tan tranquilo y ameno; no tenía que preocuparse por ser quien no era. Ahí lo valoraban, desde los más pequeños hasta el más grande de ellos.

Pasó un rato hablando con Hau, preguntándole cosas que distraían con bastante éxito a un niño de cuatro años, hasta que Hal y Malvácea llegaron de la cocina con comida y varios postres. Procedieron a preguntarle sobre su Recorrido Insular, pero de inmediato se retractaron: seria mejor hablar de ello hasta que Kukui llegara.

Y Kukui llegó.

¡Estoy aquí, señor Hal! ¿Cuál era el asunto secreto del que…? ¡¿GUZMA?! —La incredulidad en el rostro de Kukui no tenía precio.

Hola, Kukui —saludó él con una sonrisa nerviosa. Se levantó del sillón en el que estaba sentado.

¿En qué…? ¿Cómo…? ¡GUZMA! —Corrió hacia y lo abrazó con fuerza—. ¡Amigo, han pasado… ocho meses sin saber nada de ti! Quiero decir, los Capitanes y Kahunas nos daban noticias… bueno, más bien se las daban al señor Hal, pero… ¡Olvídalo! ¡Es tan bueno verte, amigo!

Guzma rio por lo bajo.

También me da gusto verte, Kukui. Felicidades, por cierto.

¿Eh? ¿Por qué?

¿Cómo que por qué? Por superar tu Recorrido Insular, por supuesto.

¡Ah, cierto! ¡Tienes razón! ¡Gracias, Guzma!

Escucharon unas palmadas, por lo que voltearon a ver a Hal.

Bueno, ya que estamos todos aquí, ¿qué tal si Guzma nos cuenta sobre su viaje? Tres Grandes Pruebas en solo ocho meses no es un logro cualquiera.

Kukui inspeccionó la casa de arriba a abajo.

¿Todos? ¿Pero y los papás de Guzma?

El joven Kiauka se tensó, pero Hal acudió rápidamente a su rescate.

Ese es el asunto secreto, Kukui. Vamos a mantener la llegada de Guzma en secreto y la anunciaremos hasta que tenga su Gran Prueba contra papá.

¡Ah, ya veo! Eso tiene sentido. En ese caso se lo mantendré en secreto a mis papás. Papá es un chismoso de primera —rio, caminando hacia los sofás.

Fue así como por fin pudo contarles todo sobre su Recorrido Insular. El viaje que le tomó ocho meses de su vida fue resumido en unas cuantas horas. La noche llegó pronto, por lo que también lo hizo la hora de dormir.

Los Mahalo hicieron espacio para Guzma y Kukui, quienes hablaron hasta altas horas de la noche antes de caer dormidos.

Así pasaron dos días. Tres días de relajación, risas y mucha nostalgia. Aunque Hal y Kukui le insistieron en tener una batalla, Guzma les pidió tiempo. Les dijo que estaba algo cansado de tanto combatir, lo que no fue mentira. En ese momento lo único que quería era relajarse. Lo hizo. Hau y todos los demás estaban maravillados por ver a sus Pokémon, especialmente a Golisopod. Fue realmente divertido.

Y luego llegó la noche del tercer día. La puerta se abrió repentinamente y una gran figura se adentró por el umbral.

¡Familia, ya volví! —exclamó Hala.

¡Abuelo! —gritó Hau, corriendo hacia él.

¡Ah, mi pequeño! Veo que me extrañabas —rio el Kahuna, cargando entre sus brazos a su nieto.

Ey, papá, ¿qué tal si abres los ojos un momento? —preguntó Hal de forma burlona.

El Kahuna no entendió a lo que se refería su hijo, al menos no al inicio. Sus párpados se separaron con fuerza —una imagen inusual— al ver a Guzma. Kukui y Hal rompieron en carcajadas.

Mis ojos me engañan… ¡Guzma! —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Ven aquí, muchacho!

Kiauka obedeció, permitiendo que Hala lo envolviera en un abrazo.

Me da mucho gusto que hayas vuelto con nosotros, hijo —le dijo Hala, palméandole un hombro.

También me da gusto volverlo a ver, señor Hala, aunque… ¿podríamos omitir lo de contar mi viaje?

¿Oh? ¿Eso por qué, muchacho?

Es que ya lo conté hace tres días.

El Kahuna le obsequió una de sus sonoras carcajadas.

Al menos tendrás que hacerme un resumen. No pretenderás que me quede con la intriga.

Guzma también se rio y aceptó.

No pudieron quedarse despiertos mucho tiempo más, pues ya era bastante tarde cuando Hala regresó a casa. Al final todos partieron caminos y se fueron a dormir hasta la mañana siguiente. O eso parecía.

Guzma se levantó a mitad de la noche porque escuchó voces a la lejanía. Su sentido del oído siempre había estado muy bien desarrollado, pues toda su vida había tenido que mantenerse alerta a los pasos de su padre.

Salió del cuarto de invitados hacia la sala de los Mahalo, donde pudo escuchar a padre e hijo discutir.

... hay algún motivo por el que Guzma no quiere verlos, papá. Tenemos que respetar eso.

Son sus padres, Hal. Tienen el derecho de saber que su hijo está aquí. No podemos mentirles.

Pero tampoco podemos pasar por encima de los deseos de Guzma. Lo que él quiera es lo más importante. No podemos hacerlo que regrese a casa de sus padres si no quiere.

Estoy de acuerdo con eso, Hal. No digo que Guzma tenga que irse ni mucho menos. Puede quedarse aquí todo el tiempo que quiera, pero pienso que al menos debería ir en persona a verlos; hacerles saber que está bien. Desapareció sin dejar rastro durante ocho meses, Hal. Como padre, ¿no sentirías una desesperación agónica? Ponte en sus zapatos, hijo.

... No te equivocas, pero…

Yo…

Ambos Mahalo voltearon rápidamente la cabeza hacia donde estaba Guzma. Pudo ver sus miradas de sorpresa.

Guzma, muchacho… ¿Cuánto escuchaste? —preguntó Hal, preocupado.

Yo… lamento haberme ido tan de repente… Sé que seguramente los preocupé y… sé que tal vez nadie me ha reclamado nada porque temen que vuelva a hacer lo mismo, pero…

Hala se acercó a él con paso precavido. Le puso las manos en los hombros.

No hemos dicho nada porque la felicidad de tener de regreso con nosotros supera con creces cualquier preocupación que hayamos sentido, hijo —aseguró con voz serena—. No sé qué haya sucedido entre tus padres y tú, ni por qué no quieres verlos, pero ¿no crees que tu regreso podría hacer que las cosas se resuelvan? ¿Que la felicidad de tu retorno aliviaría las cargas en sus corazones?

Guzma lo dudaba inmensamente, aunque tampoco sabría como reaccionarían esos dos. Había superado tres Grandes Pruebas en solo ocho meses, lo que todo el mundo consideraba un logro impresionante. En ese sentido, ya era bastante superior a todos sus antepasados… ¿No pondría eso feliz a aquel hombre? ¿Lo suficiente como para no estallar nada más verlo?

Has madurado como persona en estos ocho meses, Guzma, solo mírate. No lo has notado, pero seguramente ya seas más alto que tus padres y has ganado músculo. Sin embargo tus cambios no han sido solo físicos. Puedo ver en ti un carácter endurecido por las adversidades y un espíritu indoblegable.

Tenía razón. Ya no tenía que subir tanto la cabeza para ver a Hala, lo que quería decir que debía de estar rondando el metro con 75 centímetros. También tenía a sus amigos Pokémon, todos increíblemente fuertes. ¿Por qué le seguía temiendo a aquel hombre? Además, seguramente no estaría en casa. El día siguiente era un viernes. Podría ir, ver a esa mujer, y regresar.

Podemos preparar un terreno neutro, Guzma. Llamarlos aquí para que se reencuentren.

Hal entonces habló:

Aunque no tienes que hacer nada de eso si no quieres, Guzma.

Pero Kiauka negó.

Yo…. entiendo. Los estoy poniendo en una mala situación al hacer que oculten mi paradero a mis padres. Iré… iré a hablar con ellos mañana por la mañana. Seguro que todo se soluciona…

¿Estás seguro, hijo? —preguntó Hala.

Sí. No me gustaría involucrarlos en esto —respondió Guzma, esforzándose por poner una buena cara.

Lo que Guzma no quería era ensuciar su paraíso. Pueblo Iki era su lugar seguro; la zona donde podía ser él. No quería que la presencia de esos dos arruinara su sitio especial.

Y por ello lo perdió.


El camino a casa de sus padres fue tortuoso. Había salido temprano por la mañana, siendo despedido por Hala y Hal. Ambos le desearon suerte y le aseguraron que irían a ayudarlo si los necesitaba.

No quería inmiscuirlos en la situación de la familia Kiauka. Lo último que Guzma quería era que ambos mundos se mezclaran. Tal vez esos dos eran sus progenitores, pero los Mahalo, Kukui y Lario eran su familia. No quería que su familia cargara con sus problemas.

Pensó en simplemente darse la media vuelta y decirle a los Mahalo que lo había hecho, pero no quería mentirles a ellos. No quería que se decepcionaran de él. Cada paso era más difícil que el anterior, pero el pensamiento de que podría ser la última vez que se relacionara con ellos lo impulsaba a avanzar.

Comenzó a arrepentirse en el momento en el que divisó su antigua casa a la distancia. Vio el auto de su padre estacionado frente al lugar y el arrepentimiento se hizo mayor. ¿Qué estaba haciendo él ahí? Todavía no era fin de semana, debería estar en el trabajo. Tomó aire y se obligó a avanzar.

Llegó ante la puerta y tocó tan pronto como lo hizo, pues sabía que si lo pensaba demasiado terminaría por no hacerlo.

¿Q-quién es? —escuchó decir tras casi un minuto. La voz al otro lado de la puerta sonaba nerviosa y muy queda.

Tomó aire una vez más antes de, finalmente, abrir la boca.

Guzma…

Se sobresaltó por lo rápido que la puerta se abrió. Su madre tenía los ojos abiertos de par en par, llenos de incredulidad. Lo inspeccionaba de arriba a abajo, como si lo que estaba ante ella fuera una alucinación.

Guzma la veía… peor que antes. Estaba mucho más desaliñada, definitivamente había perdido peso —todavía más si acaso— y las profundas ojeras bajo sus ojos no le favorecían en lo absoluto. Pasó la mirada de ella hacia el interior de la casa, dándose cuenta de que estaba realmente oscura y hecha un desastre. Le llegó el olor inconfundible y vomitivo del alcohol.

Nalani, ¿quién diablos…?

Desde la cocina apareció él: el protagonista de sus pesadillas. Con andar torpe y vestido con ropa interior y camisa de tirantes, su padre posó su mirada sobre él, haciéndolo sentir un escalofrío. Tras procesar quién era la persona del otro lado de la puerta, habló:

Guzma…

La garganta se le secó y su rostro se llenó de sudor. No podía hacerlo, seguía teniendo miedo. Estaba aterrado, pues sabía que era cuestión de tiempo antes de que Los Ojos aparecieran. Por un momento había querido creer que su partida mejoraría la vida de sus padres, pero parecía haber sido todo lo contrario. Ambos se veían incluso peor que antes.

Al final, su boca se movió sola.

S-señor… Yo… solo quería avisarles que había regresado —dijo con voz trémula.

Sin apartar la vista de él, su padre caminó hacia el sofá individual de la sala, en el que siempre se sentaba tras llegar de trabajar. Se dejó caer sobre él, como siempre lo había hecho.

Si vienes a mi casa a decirme algo, entras y me lo dices —sentenció.

Vio los ojos de su madre y pudo detectar súplica en ellos. Incluso después de tanto tiempo, el miedo que ella le tenía a su padre era incluso mayor que el amor que sentía por él… pero aceptó. Sintió compasión por ella.

Entró.

Cierra la puerta, Nalani.

Su madre obedeció de inmediato, cerrando delicadamente la puerta detrás de ella. Caminó en silencio detrás de Guzma, quien se paró frente a aquel hombre.

Entonces… Volviste —dijo su padre con voz desinteresada.

A esa distancia, Guzma pudo ver la barba mal afeitada de su padre y oler la peste a cerveza que parecía rodearlo.

Sí, señor… Vine para terminar mi Recorrido Insular. No sé si lo escuchó, señor, pero… ya he superado tres Grandes Pruebas.

Su padre entonces chasqueó los dedos, dirigiéndose a su madre.

Tráeme una cerveza, mujer.

Ella obedeció. Casi corrió hacia la cocina, abriendo el refrigerador y pasándole un paquete de seis latas a su esposo, quien chasqueó la lengua.

Perra tonta, te dije que una. Son las nueve de la mañana, ¿quién crees que se va a beber las otras cinco? ¿Tú?

Lo siento mucho, cariño… —murmuró en voz baja, llevándose las cinco latas de regreso al refrigerador.

Guzma vio con gran tensión como su padre abría la cerveza, convencido de que ese hombre había tocado fondo. La forma en la que le hablaba a su madre también era nueva, como si hubiera perdido el poco sentido o paciencia que le quedaba.

¿Y a qué viniste aquí? —preguntó su padre tras darle un trago a su bebida—. Te fuiste hace como… ¿diez meses? ¿Nueve?

Ocho, señor… —corrigió Guzma.

Ocho. Te fuiste hace ocho meses. Simplemente desapareciste en mitad de la noche. Tu habitación estaba hecha un desastre, la ventana abierta de par en par y, para colmo de males, el reloj que te regalé estaba roto.

Guzma había olvidado por completo el detalle del reloj, cosa que lo puso todavía más nervioso. Ese había sido su forma de decirle «jódete» a ese hombre. ¿Cómo siquiera comenzaba a explicar por qué se había roto sin hacerlo enfurecer? Su mente se llenó de un sinfín de excusas, cada una más inverosímil que la anterior.

Su padre le dio otro trago a la cerveza.

Creímos que alguien había robado la casa. Nalani estaba muerta de miedo, ¿no es así, Nalani?

Ella asintió en silencio.

Movilizamos a todo el vecindario, pero no encontrábamos ni rastro tuyo. Kukui fue el que tuvo que decirnos lo que había pasado. Te buscamos en la Ruta 1. Nalani se pasó tres días recorriéndola de pies a cabeza intentando encontrarte. ¿Yo? Yo me rendí al primer día. —Le dio una mirada fría—. ¿Qué sentido tenía buscar a un hijo malagradecido?

Señor, yo…

¡Tú te callas cuando yo hablo, Guzma! —espetó él, sobresaltándolo—. ¿Pensabas que iba a darte un abrazo cuando regresaras? ¿Que simplemente iba a dejar pasar tu falta de respeto? ¿Que rompieras mi reloj? Te di un techo, comida y educación durante catorce años, Guzma. ¿Y esa fue la mejor idea que se te ocurrió para pagármelo? ¡RESPONDE!

Creí que me dijo que guardara silencio, señor… —murmuró.

La lata de cerveza que su padre sostenía en la mano salió volando contra él, golpeándolo en el pecho y desparramando lo que quedaba sobre su ropa.

¡No te hagas el listo conmigo, mierda! —le gritó con fuerza—. ¡¿Te haces una idea de lo mucho que hablaron de nosotros en el vecindario?! ¡Todo el mundo murmuraba sobre cómo habías escapado de casa y empezaron a crearse rumores! ¡Amigos míos, amigos de toda la vida, dejaron de hablarme por tu culpa!

Esa no era mi intención, señor…

¡Me importa un carajo cuál fuera tu intención! ¡Avergonzaste a los Kiauka con tus acciones, Guzma! ¡Casi me corren de mi trabajo porque algunos de los rumores llegaron hasta la oficina!

Incluso después de ocho meses de completa ausencia, a su padre no le importaba nada más que lo que pensaran otras personas de él o de los Kiauka. Si ese era el caso…

Yo… Yo completé tres Grandes Pruebas, señor. Tres Grandes Pruebas en ocho meses —dijo, tratando de mantener la compostura—. Si consigo derrotar al señor Hala, habré terminado mi Recorrido Insular en menos de un año. Habré superado a todos nuestros antepasados.

En el silencio sepulcral de esa casa, lo único que Guzma escuchó fue el rechinar de los dientes de su padre.

¿Y lo celebras? ¡Era obvio que tenías que superarlos! ¡Era lo mínimo que se pedía de ti! ¡Tú tuviste la oportunidad de entrenar con un Kahuna desde los diez años! ¡¿Crees que lograr lo mínimo te hace especial?! —interrogó con agresividad—. ¡Especial es lo que hizo Kukui! ¡Hizo historia; marcó un antes y un después en Alola! ¡Tres meses y tres semanas! ¡¿Qué es lo tuyo comparado a lo de él?! ¡NO ES NADA!

¿Nada?... ¿Lo suyo no era nada?... Incluso cuando había superado todas las expectativas, habiendo partido de casa únicamente con lo poco que tenía, sin ningún patrocinador ni ayuda de terceros… incluso tras todo eso, lo suyo era nada… ¿Cómo se atrevía a decir eso? ¿Cómo tenía él, un bueno para nada, las agallas para demeritar sus logros? Guzma, por primera vez en su vida, vio rojo.

¡Eso no es verdad! ¡Yo logré algo! ¡Lario dijo que…!

¡Lario! ¡El chico que va a ser Capitán pronto! ¡¿Crees que lo tuyo es algo comparado a lo que serán Lario y Kukui?! ¡Ellos son verdaderos hombres! ¡Respetables, fuertes, inteligentes!

¡Yo soy todo eso! —espetó Guzma—. ¡Soy fuerte y soy inteligente! ¡Logré superar todos los desafíos frente a mí!

¡¿Qué sabrás tú de fuerza, niño imbécil?! ¡Vences a uno o dos sujetos y crees que eres poderoso! ¡El verdadero poder se consigue solo cuando la gente te mira con respeto! ¡¿Crees que ahora mismo alguien te mira de esa manera?! ¡¿Crees que eres inteligente por saber un par de cosas sobre Pokémon?! ¡Inteligente es aquel que aprovecha todos los recursos para cumplir sus objetivos! ¡Qué sabrás tú sobre nada de eso, maldito pusilánime!

Guzma apretó la mandíbula con fuerza. ¿Cómo se atrevía?... ¿Cómo se atrevía ese maldito asalariado de cuarta a decirle lo que era el éxito, el poder o la inteligencia? ¿Cómo ese maldito nepotista se creía con el derecho de hablarle sobre ser respetado?

¡Durante años has avergonzado a esta familia! ¡Los Kiauka somos un linaje fuerte y respetado, pero tú perdiste y perdiste contra Kukui una y otra vez! ¡Cualquier logro que consigas será poco para compensar tu incompeten…!

¡NO ME IMPORTAN LOS KIAUKA! —gritó Guzma a todo pulmón—. ¡Me importan un carajo los malditos Kiauka! ¡No me importa tu papá, ni tu abuelo o bisabuelo! ¡Ninguno de ellos me importa! ¡Todo lo que hice lo hice por mí, no por un montón de vejestorios a los que jamás conocí!

Guzma vio la incredulidad en los ojos de sus padres, la cual se comenzó a convertir en ira en los de su padre.

¡Por eso rompí tu estúpido reloj! ¡Tú y los Kiauka solo me han traído desgracia! ¡No hay nada de lo que me avergüence más que de tu estúpida familia y de ti! ¡Eres un bueno para nada! ¡No conseguiste nada en toda tu vida! ¡Todo lo que tienes, esta casa y ese auto de allá afuera; el trabajo del que tanto hablas, todo eso lo conseguiste por tus padres! ¡Todo lo que yo conseguí lo conseguí por mí mismo! ¡¿Crees que tuve el apoyo que tus padres te dieron a ti durante tu Recorrido Insular?! ¡PUES NO LO TUVE! ¡Nadie me envió dinero! ¡Nadie me dio suministros! ¡Tuve que trabajar para financiar mi viaje! ¡Tuve que administrar mis recursos para no quedarme varado en mitad de camino!

Lo vio enojarse, ponerse rojo de la ira, pero no le importaba. Se había callado por demasiado tiempo, pero ya no era un niño asustadizo. Era un adulto y era fuerte. Tenía aliados poderosos; ese hombre no podría tocarlo. Sabía lo que pasaría si lo hacía; lo que los Mahalo le harían.

Por eso se envalentonó.

¡Y cuando te tocó a ti conseguir algo por tu cuenta, no pudiste! ¡Superaste solo una Prueba y estuviste intentándolo por tres años antes de rendirte! ¡¿Y crees que no lo sé?! ¡¿Crees que nadie se ha dado cuenta de la forma en la que mirabas a la mamá de Kukui, maldito pervertido?! ¡¿Crees que no sé por qué fantaseabas día y noche con que Kukui fuera tu hijo?! ¡¿Que no sé por qué me dijiste eso aquella vez que no gané la Piedra Z?! ¡PUES LO SÉ! ¡SÉ TODO! ¡Eres insuficiente! ¡Como entrenador y como hombre! ¡FUISTE INSUFICIEN…!

El piso se movió debajo de él. Sus oídos comenzaron a zumbar con fuerza y la vista se le nubló. La fuerza en sus piernas lo abandonó, haciéndolo trastabillar. Comenzó a sentir la cabeza caliente… el ojo derecho le ardió. Un líquido caliente se escurrió por su rostro hasta comenzar a gotear de su mentón. Se palpó la cabeza, sintiéndola mojada, y vio la mano con la que lo había hecho. La oscuridad de la casa le impidió ver con total claridad el color carmesí de la sangre.

Le habían arrojado una botella de vidrio que se hizo añicos contra su cabeza. La adrenalina producido por el golpe hizo que comenzara a recuperar los sentidos. Pudo escuchar el grito aterrado de su madre y vio como su padre se levantaba de su sofá.

¡GUZMAAAAAAA! —lo escuchó gritar a todo pulmón.

Kekoa caminó hacia él con paso iracundo y se paralizó. Debió ser la sangre, pues fue completamente incapaz de moverse de su lugar o de reaccionar de alguna manera. Cayó de espalda al suelo cuando su padre le golpeó el mentón con todas sus fuerzas. Fue ese golpe el que lo quebró.

Toda la resolución que había adquirido desapareció de golpe; la fuerza y madurez que pensaba haber ganado también se esfumaron. Era como si volviera a ser un niño de seis años, asustadizo e impotente. Cada pisotón de su padre le recordaba esa sensación.

Se cubrió la cabeza, pues su padre se abalanzó sobre él y comenzó a golpearlo directamente en ella. Era como si… quisiera matarlo.

¡HIJO DE PERRA MALAGRADECIDO! ¡MALDITO MARICA BUENO PARA NADA! ¡¿ERES CONSCIENTE DE LO QUE HAS HECHO?! ¡¿DEL ERROR QUE ACABAS DE COMETER?! —Escuchaba sus gritos, pero sentía más sus golpes—. ¡TODO LO QUE HE HECHO! ¡TODO LO QUE ME ESFORCÉ CONTIGO! ¡TE HAS CAGADO EN TODO ELLO! ¡¿DÓNDE ESTÁ AHORA TU VALENTÍA, GUZMA?! ¡¿DÓNDE ESTÁ TU REBELDÍA?!

La única respuesta que podía dar eran gruñidos y gemidos de dolor. Se esforzaba lo más posible por hacerse un ovillo, pero su padre no se lo permitía.

¡¿TE CRIÉ PARA QUE FUERAS UN MALDITO PERDEDOR?! ¡¿HE SACRIFICADO TANTO PARA QUE ME HAGAS SER UN MALDITO HAZMERREÍR?! ¡TODO LO QUE HE HECHO POR TI, ¿PARA QUÉ?! ¡¿PARA QUÉ, GUZMA?!

Iba a morir. Su padre estaba más furioso que nunca; el tiempo lejos solo lo había hecho acumular rencor que no podía liberar y ahora su saco de boxeo favorito había regresado. Lo mataría antes de recobrar el sentido común; terminaría lo que había empezado aquella vez. Estaba muerto… lo iban a matar…

Pero se negó. No quería morir, ¿por qué debía hacerlo? Estaba vivo. Su vida era suya, nadie podía arrebatársela, ni siquiera quien se la había dado. No quería ni iba a morir, por eso gritó. Pidió auxilio, pero no a ella, sino a quien siempre estaba ahí para él. Lo llamó.

¡GOLISOPOD!

La Poké Ball se abrió y de ella emergió su tipo Bicho. Kekoa vio con los ojos bien abiertos al gigantesco isópodo, quien lo tiró al suelo con una brazada. Golisopod estaba colérico y se encargó de demostrarlo con su alarido. Pese a su furia, el samurái no se apartó de él porque temía lo que podría pasar si lo hacía.

Guzma logró ponerse de pie, sintiendo como si su cuerpo estuviera por colapsar, y vio que la rabia había dominado la sorpresa y el miedo de su padre.

¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO, GUZMA?! —gritó enfurecido—. ¡¿CREES QUE PASARÉ POR ALTO ESTA FALTA DE RESPETO?! ¡ESTÁS MUERTO, ESCORIA!

Su padre se levantó, rodeando a Guzma y a Golisopod, para luego dirigirse lentamente a la cocina. Guzma abrió los ojos con fuerza.

¡HIDROARIETE!

Golisopod lanzó un débil corte contra las piernas del padre de su entrenador. Incluso ese ataque incompleto y carente de toda su potencia original fue capaz de hacer caer al humano de cara al suelo. Guzma corrió hacia su padre y se colocó encima de él, inmovilizándolo. Sabía que si lo dejaba ir, haría una locura.

¡SUÉLTAME, BASTARDO! ¡VOY A MATARTE, GUZMA! ¡ESTÁS MUERTO! —gritó mientras se agitaba. Logró liberar uno de sus brazos y comenzó a golpear las costillas de su hijo, quien se retorció por el dolor.

Guzma, por primera vez en su vida, lo golpeó. Concentró la fuerza de su marchitado cuerpo en un puño y lo conectó contra el rostro de aquel hombre. El impacto dejó perplejo a Kekoa, quien no parecía esperar que su hijo tuviera las agallas para golpearlo directamente. Como Guzma imaginaba, la perplejidad pronto se convirtió en combustible para su furia.

¡GUZMAAAAAAAAAAAAA!

Comenzó a retorcerse con más fuerza, por lo que Guzma volvió a golpearlo en el rostro. Estaban débiles, ambos. Guzma por la paliza y su padre por el ataque de Golisopod y el alcohol. Por primera vez en toda su vida, el joven agradeció a los cielos que su progenitor fuera un alcohólico, pues sin la borrachera seguramente no habría podido contenerlo. Comenzaron a intercambiar golpes, pero Guzma pronto se impuso. Su padre trató de cubrirse de los cada vez más rápidos y coléricos puñetazos que llovían contra su rostro, pero Guzma le apartaba las manos antes de seguir golpeándolo.

Guzma jamás había golpeado a alguien, o siquiera algo. Sus golpes eran torpes, carentes de técnica, pero estaban cargados de una fuerza colosal amplificada por la adrenalina.

Los gruñidos de ese hombre comenzaron a debilitarse, sus brazos opusieron menos resistencia y sus piernas dejaron de patalear. Aquellos ojos que tanto lo habían atormentado en sueños eran un reflejo opaco de lo que solían ser; sus puños antaño tan fuertes ahora reposaban a los costados como despojos por los que nadie quería ni iba a responder.

Iba a matarlo; estaba seguro de que iba a matarlo.

Quería que muriera. Era el único pensamiento que tenía en la mente. Años de abuso y terror por fin lo habían hecho explotar. Ahora que tenía el poder para defenderse, se había visto embriagado por el mismo. Lo mataría, para asegurarse de que no podría ponerle ni un solo dedo encima en el futuro. Se encargaría de él de una vez por todas.

Lo sujetó del cuello, golpeándolo con fuerza y haciendo presión para intentar estrangularlo, pero alguien lo empujó. Cayó de sentón sobre los pies de su padre, incrédulo por la intervención de quien menos creyó que intervendría.

¡Detente, Guzma! —gritó su madre, cubriendo a Kekoa con su propio cuerpo. Con los ojos llenos de lágrimas y una expresión aterrada, gritó:— ¡Y-ya detente!

Su mente fue un blanco impoluto hasta que miles de pequeñas manchas carmesí comenzaron a estallar sobre su superficie. La furia comenzó a apoderarse de su ser, cada vez un poco más, por la imagen ante sus ojos.

Esa mujer… estaba defendiendo a ese hombre. Por primera vez en su vida, Guzma se había defendido; había peleado de vuelta… y por primera vez en su vida, esa mujer había intervenido. Intervino para protegerlo a él.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? No tenía sentido; simplemente no lo tenía. ¿Él era peor que esa escoria maltratadora? ¿Su vida valía menos que la de ese hombre? Tenía que ser el caso, de lo contrario no tendría sentido que su madre hubiera salvado de la muerte a su padre, pero que fuera incapaz de mover un dedo las dos veces que estuvo a punto de ser asesinado por él.

La simple idea de que su existencia valiera menos que la de Kekoa hizo a Guzma rabiar. Cargó toda la fuerza de su cuerpo en su puño y lo abalanzó contra el rostro de su madre, quien cayó pesadamente al suelo mientras de la nariz le brotaban borbotones de sangre. Guzma sintió un dolor agudo en el dedo pulgar, pero no era ni siquiera comparable a lo que sentía en el pecho.

¡¿POR QUÉ?! —preguntó con voz rota—. ¡¿POR QUÉ A ÉL SÍ Y A MÍ NO?!

Pero su madre no le respondió. Se quedó tendida en el suelo, llorando como siempre lo había hecho.

Guzma se puso de pie con la intención de acomodarse para seguir golpeando a cualquiera de los dos, pero sus ojos se encontraron con los de su padre. Aquellos ojos rabiosos, frustrados y aterradores lucían empañados, luchando por tratar de enfocar la luz. Lo vio a él y luego vio sus manos.

Vio la sangre de tres personas en ellas.

Fue en ese momento que el peso de sus actos cayó sobre él. Había intentado matar a un hombre y lo habría hecho de no ser por su madre. Retrocedió a tropezones, sintiéndose cada vez más mareado. Estuvo a punto de caer, pero Golisopod lo sujetó con cuidado.

Guzma vio la escena ante él una vez más… y supo que para él no había vuelta atrás. Pero todavía podía hacer algo. Podía intentar redimirse de algún modo.

Con ese pensamiento en mente, se apartó de Golisopod con torpeza. Caminó hacia el teléfono que se encontraba en la mesita al lado del televisor y lo levantó. Marcó un número y esperó, con una calma fuera de lugar, a que contestaran.

9-1-1, ¿cuál es su emergencia?

... Sí… mi… mi papá trató de matarme y me defendí, pero… creo que tal vez va a morir… Está sangrando mucho de la cabeza y… creo que va a morir…

Señor, ¿cuál es su dirección?

Palama, calle Hikina 222.

Hemos enviado a una unidad a su domicilio, señor, ¿puede quedarse al teléfono conmigo?

Sí.. sí, sí puedo…

¿Cuál es su nombre señor?

Guzma Kiauka.

¿Y su edad?

Catorce.

¿Dijo que su padre intentó matarlo? ¿Por qué motivo, señor?

Estábamos discutiendo… Le alcé la voz por primera vez y me lanzó una botella en la cabeza… Me tiró al suelo y comenzó a golpearme en la cabeza, pero mi Pokémon me defendió.

¿Cuál es su Pokémon?

Un Golisopod.

¿Su Golisopod fue la causa de que su padre esté en peligro?

No. Solo me lo quitó de encima. Mi papá… él… intentó ir a la cocina por un cuchillo, así que lo derribé…

¿Derribar en qué forma?

Lo tiré al suelo. Intenté que dejara de pelear, pero siguió golpeándome… Yo… me enfurecí y lo golpeé en el rostro muchas veces…

¿Su padre sigue respirando?

Sí.

¿Cree que podría hacer regresar a su Pokémon a su Poké Ball cuando lleguen las autoridades?

Sí, señora.

Escucho un llanto de fondo, ¿quién es?

Mi madre.

¿Su madre estaba en el domicilio? ¿Hizo algo durante el conflicto?

No, señora. Ella… se quedó asustada viendo como mi padre me golpeaba… pero intervino para proteger a mi padre antes de que yo pudiera matarlo, así que la golpeé en la nariz. Creo que se la rompí. Y creo que me rompí el pulgar.

¿Iba a matar a su padre, señor?

No lo sé… No lo tengo claro…

Dijo que se rompió el pulgar. ¿Tiene alguna otra herida?

Me sangra la cabeza. Por la botella, supongo… Y… me duele el cuerpo. Todo está un poco borroso, ¿podrían apresurarse?

Por supuesto, señor, las unidades están a pocos minutos de su casa.

Bien… Los esperaré afuera.

¿Señor? ¿Podría quedarse conmigo en la…?

Dejó de escucharla. Caminó lentamente hacia la puerta principal, apoyándose en la pared. Golisopod lo veía con gran preocupación, tratando de ayudarlo. Guzma, en silencio, lo hizo regresar a su Poké Ball. No podían mostrarse hostiles ante la policía. Lo último que quería era que hirieran a Golisopod de alguna forma.

Salió al exterior, donde la luz fue demasiado brillante para sus aturdidos sentidos. Se quedó quieto frente a la puerta y, en cuestión de unos pocos minutos, escuchó sirenas.

Luego no escuchó nada.


Lo habían arrestado, pero primero le habían llevado al hospital para atender sus heridas. Incluso cuando estaba en la camilla se encontraba esposado. ¿Qué fue de sus padres? Ni idea. No le importaba.

¡Por favor, déjenos verlo! ¡Es nuestro amigo!

Lo siento, chico. No puedo dejar que nadie entre a este cuarto, ni siquiera… ¡¿Kahuna Hala?!

Por favor, necesito entrar a ver al chico. Es mi protegido.

Señor, yo… Bueno… Pase, por favor, pero solo usted.

¡Señor Hala!

Quédate aquí, Kukui. Entraré yo.

La puerta se abrió y por ella entró Hala. El Kahuna de inmediato se llevó una mano a la boca en cuanto lo vio.

Guzma, hijo… —murmuró con voz trémula—. No…

Pero él no le respondió. No sentía que tuviera cara para siquiera voltearlo a ver.

Háblame, hijo, por favor… Yo… todo esto es mi culpa, Guzma… —Sollozó—. Si no te hubiera hecho ir a verlo… Nunca me di cuenta de lo que él…

De todo lo que dijo el Kahuna, Guzma solo se quedó con una cosa.

Sí… Había sido su culpa.


Fue acusado de intento de homicidio. Su caso fue enviado directamente hacia ciudad Malíe, pero no supo por qué los primeros días. Recordaba haber salido del hospital y ver una multitud gigantesca frente a la salida. Periodistas de todos los tamaños y formas lo cegaban con los flashes de sus cámaras y, entre todos ellos, pudo distinguir caras familiares. Caras que no quiso ni voltear a ver.

Lo subieron a una patrulla y de ahí a un bote que lo llevó directamente hacia Ula-Ula. A partir de ahí no subió a otra patrulla, sino que montó un gran camión en el que serían trasladados él y otros criminales a la espera de ser procesados. Se pasó todo el viaje en silencio, incapaz de pensar en nada más que en el paradero de sus Pokémon.

Le habían quitado sus Poké Balls cuando lo arrestaron, por lo que no sabía dónde podrían estar en ese preciso momento. Pensar que no volvería a verlos fue lo que más lo aterró.

Cuando llegó a la cárcel de Malíe, creyó que lo llevarían directamente a una celda, pero no fue el caso. En su lugar fue llevado a una sala de interrogatorios donde se sentó en completa soledad por casi diez minutos hasta que la puerta se abrió.

Quien entró fue el Kahuna Nanu Malíe. Había sido por él que lo habían extraditado a Ula-Ula, pero jamás le dijo por qué y, si lo hizo, no lo escuchó.


Intentaron visitarlo varias veces, pero él se negó a ver a nadie. No creía tener la capacidad para siquiera mantener una conversación con ellos. Un intento de asesino como él no podía estar entre gente buena, por lo que sus días se vieron envueltos en la más absoluta soledad.

Fue entonces cuando la conoció a ella.

Aunque legalmente era un adulto, Guzma fue separado de los prisioneros de mayor edad y colocado en un módulo de la prisión que solo admitía a personas menores de veinte años. Estaba completamente solo ahí.

Tras varias semanas de estar solo en una celda, escuchó un ajetreo en la entrada del módulo, pero no le puso mucha atención hasta que el ajetreo llegó a la puerta de su celda.

¿Ves a ese chico de ahí, niña? Intentó matar a su padre.

Levantó la cabeza, viendo a dos oficiales de policía con gestos burlones y a una niña menor que él. Sus ojos eran amarillos y su pelo negro como el alquitrán. La chica se veía claramente asustada.

Te vamos a dejar con él. Tal vez eso haga que tu lengua coopere, ¿no crees? Abre la celda.

Uno de los guardias sacó una llave, abriendo rápidamente la puerta de la celda de Guzma. Sujetó con brusquedad a la niña por el brazo y la lanzó al interior, cayendo a un lado de Kiauka.

¡N-no! —gritó la chiquilla, poniéndose de pie rápidamente y corriendo hacia la puerta. No logró alcanzarla antes de que se cerrara—. ¡Por favor! ¡Yo no lo hice, se los juro! ¡No fui yo!

Vámonos. Volvamos cuando se sienta más cooperativa.

Guzma escuchó los pasos alejándose y el sonido de los barrotes agitándose, pero fue indiferente a ellos. Se quedó con la cabeza gacha hasta que la escuchó llorar. Solo entonces la miró de soslayo, pero solo por un segundo. Volvió a bajar la cabeza.

Dos semanas pasaron y, en esas dos semanas, aquella chica apenas y se había movido del rincón en el que se había asentado. Temblaba de miedo y jamás le quitaba la mirada de encima, lagrimeando intensamente cada vez que volteaba a verla.

¿Qué creía esa niña que iba a hacerle? ¿Matarla? ¿Algo peor? A Guzma no le gustaba esa sensación de ser juzgado. Había comenzado a odiar la situación, extrañando la antigua soledad. Finalmente, una noche, estalló.

¡Ya deja de verme así! —gritó, sacándole un chillido a la chica—. ¡No tienes ni idea de lo que pasó! ¡Deja… deja de verme como un monstruo! Solo… Solo me estaba defendiendo… ¡Si no hubiera hecho eso, me habría asesinado! ¡Yo… Yo no quise hacerlo! ¡O al menos no así!... —Se sintió increíblemente frustrado al darse cuenta de que la chica solo lo veía con más miedo que antes—. ¿Por qué me ves así?... ¡No soy un monstruo, ¿me oíste?! ¡Yo no soy…! No soy…

Era un monstruo. Se llevó las manos al rostro y rompió en llanto por primera vez desde su arresto. Por primera vez se permitió derrumbarse, llorando con todas sus fuerzas.

Su vida… ¿en qué momento su vida se había torcido de esa manera? Era feliz. Todo iba a salir bien; solo le faltaba una Gran Prueba y entonces… ¿Por qué?...

Quería ver a sus Pokémon.

Quería ver a Hal.


Quebrarse ante la chica pareció dar resultados, pues por fin había salido de aquel rincón y había dejado de tenerlo bajo vigilancia constante. Guzma ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado cuando, de repente, tuvieron su primera conversación.

Todo comenzó con un estornudo.

No supo si se encontraba particularmente de buen humor ese día, o si se había cansado de no hablar con nadie, pero le respondió:

Salud.

... Gracias.

Se quedaron en silencio por horas antes de que la niña volviera a estornudar.

Salud.

... Gracias.

Ni tres minutos después, ella volvió a estornudar. Guzma arqueó una ceja y esta vez no dijo nada. Ella estornudó de nuevo. Guzma vio hacia la pequeña ventana abarrotada y sintió una brisa de aire fresco entrar por ella. Se preguntó qué mes sería con exactitud. ¿Agosto? No tendría mucho sentido, considerando el viento que acababa de entrar.

Está poniéndose frío… —murmuró para sí mismo, viendo fijamente los barrotes.

No realmente —respondió ella con voz baja, tomando por sorpresa a Kiauka.

No te lo decía a ti.

Oh… Lo siento…

Guzma negó con la cabeza.

No, está bien… Lamento si sonó rudo.

Está bien.

Esa fue su primera conversación.


Las semanas pasaron y Guzma y aquella chica entraron y salieron de la celda un montón de veces con distintos propósitos. Guzma no sabía lo que hacían con la chica, pero sí sabía lo que hacían con él. Veía a abogados y era interrogado ocasionalmente pese a que ya le habían sacado todos los detalles. Acudió a varios jurados que postergaban las sesiones una y otra vez. Le dijeron que su caso estaba tardando tiempo porque todo dependía de cómo evolucionara la situación de su padre. Al parecer había quedado en un estado comatoso tras el encuentro.

Finalmente, tras tres meses, le dieron una fecha: diez de octubre del 2001.

Lo único que lo ayudó a no perder la cabeza en ese tiempo fue la compañía inesperada que había conseguido: esa chica, con quien había intercambiado palabras de forma cada vez más frecuente. Al final se terminó enterando de su nombre, pero no por ella, sino por los oficiales que iban a verla. Se llamaba Plumeria Palakiko, de doce años.

Era media noche cuando un llanto lo despertó. No era raro, pues Plumeria lloraba bastante por las noches, y no la culpaba, él también lloraba de vez en cuando. Abrió los ojos y vio atentamente el cielo estrellado que podía apreciarse tras los barrotes.

¿Cuándo cumples años? —le preguntó de pronto, interrumpiendo su llanto.

¿Q-qué?...

Tu cumpleaños, ¿cuándo es?

... El 24 de junio…

Guzma recordaba que lo habían arrestado el 22 de junio. Hizo cálculos y llegó a una conclusión ligeramente perturbadora. Volteó a verla.

¿Te arrestaron después de tu cumpleaños?

Un día después —murmuró Plumeria, abrazándose las piernas.

Sentía curiosidad. Mucha curiosidad. Plumeria se hacía una idea de por qué estaba él ahí, ¿pero ella? ¿Una niña en prisión? La curiosidad fue tan intensa que no pudo evitar hacer la pregunta que potencialmente le daría otro rumbo a sus vidas:

¿Por qué?

En ese momento no supo por qué Plumeria le contó toda la historia. ¿Tal vez quería sacárselo del pecho? No lo sabía. Guzma incluso se había comenzado a arrepentir, pues no quería conocer información delicada sobre cualquier crimen que ella hubiera cometido.

Pero la historia que escuchó pronto arrastró todo rastro de indecisión. Quería escucharlo todo. Interrumpió una y otra vez por la estupefacción, pues era incapaz de procesar todo lo que estaba escuchando.

¿Cómo era posible? ¿Cómo podía existir gente tan podrida en Alola?... ¿Qué clase de enfermos comprometerían a una niña de doce años con su propio primo de dieciocho? Se sintió asqueado, tanto como cuando el nauseabundo olor de su padre se colaba por sus fosas nasales. ¿Qué demonios estaba mal con Alola?

Adorar a una deidad asesina, permitir que casos como el de Plumeria sucedieran… permitir que casos como el suyo ocurrieran. ¿La gente de esa región había perdido la cabeza?... Era como si cada cosa sobre la cultura aloliana hiciera menos sentido cuanto más lo pensaba.

¿No estaba el poder de Alola concentrado en muy pocas manos? ¿No era el departamento de policía demasiado… ineficaz con ciertas cosas? La investigación del caso de Francine estaba detenida debido a que las autoridades habían llegado a un punto muerto. ¿Catorce años no era demasiado poco para la mayoría de edad? ¿No sería mejor quince o dieciséis como en otras regiones?... ¿Por qué el Recorrido Insular era tan importante? Entendía que era una tradición milenaria, pero… ¿que tuviera la capacidad de dictaminar la vida de tantas personas?

Guzma nunca se había detenido a pensar que, de alguna u otra manera, el Recorrido Insular había sido el que había hecho a su padre lo que era…

Hablaron largo y tendido por primera vez. Plumeria le pidió que le diera un nuevo nombre y solo se le ocurrió Francine. Al final, Guzma terminó por contarle que seguramente ese día era su cumpleaños. Francine lo felicitó con el poco ánimo que tenía y él agradeció con el poco ánimo que tenía.

Al día siguiente liberaron a Francine.

Una fuga de gas, dijeron los oficiales. El sitio había volado por los aires, pero habían encontrado pruebas que señalaban a la inocencia de Francine. Eso fue lo único que Guzma pudo escuchar antes de que la sacaran de la celda.

Mientras era liberada, Francine le dio un último vistazo a Guzma.

Ninguno se despidió del otro, tan solo vieron como sus caminos se separaban, tal vez para siempre.


En el caso de Guzma Kiauka, declaro al acusado inocente.

El martillo del juez quitó un peso enorme de los hombros de Guzma, quien sintió que se quedaba sin fuerzas. Defensa personal, esa fue la conclusión a la que llegaron los miembros del jurado y el juez. La declaración escrita de esa mujer también ayudó, pues por fin levantó la voz sobre el abuso al que Kekoa los sometió durante años.

Él había sido declarado inocente, pero su padre no corrió la misma suerte.

Siempre recordaría el día diez de octubre como el día en el que había recuperado su libertad. Recordaba haber salido de prisión y ver el extenso cielo gris sobre su cabeza. Pese a las fuertes ráfagas de viento y la llovizna otoñal, sintió que podría llorar en cualquier momento, pero se había quedado sin lágrimas para derramar… o eso creyó hasta que le devolvieron a sus Pokémon.

Lloró como nunca en su vida lo había hecho mientras era rodeado por sus compañeros de viaje. Había llegado un momento en el que creyó que nunca más volvería a verlos, por lo que tenerlos ahí junto a él fue la mayor de las bendiciones, mayor incluso que la libertad.

Entonces, cuando la idea de ser un hombre libre se asentó en su cabeza, pensó en lo que seguía a continuación. ¿Qué debía hacer?... ¿Podría continuar su vida como si nada hubiera pasado? No. Estaba confundido y, principalmente, estaba enojado. Había tanto en su interior que ni siquiera sabía cómo empezar a expresarlo. Su tiempo en prisión lo había hecho reflexionar; notar las carencias de un sistema que siempre había visto como bueno.

Quería respuestas, y las quería de la única persona a la que de verdad quería ver. Por eso mismo tomó el primer ferry de regreso a Melemele.

No sabía qué tan famoso se había hecho su caso en la isla que lo había visto nacer, pero no quiso arriesgarse. Se cubrió la cara lo mejor que pudo y se dirigió directamente a pueblo Iki.

Tocó la puerta de los Mahalo esperando encontrarse con Hal, pero en su lugar fue recibido por otra persona. Ambos se miraron entre sí con inmensa sorpresa. En el rostro de Hala, sin embargo, se formó una gran sonrisa.

¡Guzma! —exclamó, abrazándolo con rapidez—. No puedo… Escuché de Nanu, pero… ¡Se suponía que Hal iría por ti!

¿El señor Hal no está aquí? —preguntó Guzma con gran decepción.

Primero que nada pasa, muchacho. El cielo se ve gris. —Cerró la puerta detrás de él una vez que Guzma entró—. Hal, Ace, Hau y Kukui salieron a primera hora de la mañana hacia Ula-Ula. Hal insistió en ir por ti porque creyó que no tendrías forma de regresar, pero… ¡de alguna forma estás aquí, Guzma! No tienes idea de…

¿Qué hacía? Quería respuestas. Necesitaba que alguien contestara todas sus preguntas, y quería que ese alguien fuera Hal. Pero… ¿no era Hala una opción igual de buena? Era el Kahuna de Melemele y confiaba en él. Confiaba en él, ¿verdad?...

Señor Hala —lo interrumpió de golpe—. Yo… estoy en mi límite.

¿Guzma?...

Entonces lo liberó. Liberó todo lo que siempre había querido decir pero nunca había podido.

Toda mi vida he estado aterrado de mi padre. Me maltrataba si no cumplía con sus expectativas. No ganar un primer lugar ameritaba una golpiza. Nunca saqué una mala nota por miedo a lo que me haría. Todo lo que me hizo, todo lo que sufrí, fue para prepararme para el Recorrido Insular, pero ni siquiera lo que conseguí lo hizo feliz. ¿Pero por qué? ¿Por qué es tan importante el Recorrido Insular? No lo entiendo. Desde que soy un niño me han dicho que es el acontecimiento más importante de mi vida; que sería un antes y un después, pero… pero lo único que hizo fue arruinarme la vida…

Guzma… Puedo entender que te sientas confundido, pero el Recorrido Insular es parte de nuestra identidad como alolianos. No permitas que los actos deplorables de tu padre afecten tu propio camino ni manchen la huella de tus antepasados.

Guzma frunció con fuerza el ceño.

Todo el mundo habla de los antepasados. Es como si solo viviéramos para enorgullecer a personas que nunca conocimos y que seguramente nunca nos conocieron. ¿Por qué me tienen que importar esos sujetos? Yo quiero vivir para mí, no para gente que no conozco… ¡Fueron ellos los que hicieron que ese hombre se obsesionara tanto con la reputación y el estatus! ¡Si no hubieran hecho nada de lo que hicieron, seguramente mi vida sería diferente!

Si no lo hubieran hecho, seguramente no habrías nacido, Guzma —corrigió Hala—. Nuestros ancestros forman parte de nuestra esencia lo queramos o no. Es gracias a ellos…

¡No me interesan mis ancestros, señor Hala! —interrumpió Guzma—. ¡Mis ancestros no me salvaron de esa casa de los horrores! ¡Ningún miembro de la maldita familia Kiauka se preocupó nunca por mí! ¡Nadie lo hizo! ¡Nadie me salvó cuando necesitaba que lo hicieran!

Apretó con fuerza los puños, haciendo un último esfuerzo por contener su frustración. No lo consiguió.

¡Ni siquiera ustedes! ¡Ni usted, ni Kukui, ni Lario! ¡Ninguno de ustedes se dio cuenta! —Apretó los puños con fuerza, sintiendo como se le llenaban de lágrimas los ojos—. ¡Solo el señor Hal se daba cuenta de que no quería estar con mis padres! ¡Solo él sospechaba de ellos! ¡Ninguno de ustedes se dio cuenta de que estaba sufriendo! ¡Y puede que el señor Hal tampoco me salvara, pero él lo intentó! ¡Intentó mantenerme lejos de ellos, pero usted…! ¡USTED ME ENVIÓ CON ELLOS!

Hala dio un paso torpe hacia atrás, conmocionado.

Eso… eso es cierto, Guzma… Tienes toda la razón. Fue mi culpa que las cosas salieran así; que atentaran contra tu vida y te privaran de la libertad… Todo eso fue mi culpa —aceptó el Kahuna, bajando levemente la cabeza—. Entiendo que no puedas perdonar mi insensatez. Es cierto que debí haber notado las señales que hoy son obvias, pero me cegué por completo… Eras un niño tan feliz cuando estabas con nosotros, que jamás podría imaginar lo que sucedía en tu hogar…

Guzma no había terminado. Quería cuestionar más; quería poner todo en duda. Quería que lo escucharan. Que por una vez en su vida, alguien lo escuchara de verdad. Eso era todo lo que quería. Abrió la boca, pero Hala siguió hablando solo para decir lo peor que pudo haber dicho.

Pero aunque no puedas perdonarme a mí o a tus padres, debes intentarlo, Guzma —dijo, poniéndole una mano en el hombro—. El resentimiento es el caldo de cultivo ideal para la destrucción del ser. Debemos aspirar a ser mejores; a romper el molde dejado por nuestros ancestros, y sé que no quieres oírlo, pero es gracias a ellos que sabemos lo que podemos mejorar. Combate el odio e inseguridad de tu padre con cariño y comprensión. Comprende las circunstancias ajenas; lo que lo llevó a ser quien es hoy en día. Compréndelas y perdónalas, Guzma. Solo mediante el perdón podemos dejar de ser esclavos de nuestro pasado.

Guzma se quedó de piedra. El Kahuna estaba… él estaba sugiriéndole que…

¿Quiere decir… que debería perdonar todo lo que me hicieron? ¿Todo el dolor? ¿La indiferencia?... —preguntó, desconcertado.

Sé que será fácil, Guzma, pero guardar ese dolor solo te destruirá. Encuentra el perdón en tu corazón y úsalo como tu escudo para enfrentar los sentimientos de tu padre. Perdona para que puedas…

¿Ahora tenía que perdonarlos? ¿Tenía que reunirse con ellos y recibir unas disculpas que no quería y que tampoco le ofrecerían? ¿Se suponía que simplemente hiciera como si nada hubiera ocurrido? ¿Fingiría que esos quince años de dolor y sufrimiento no habían existido? ¡¿Debía negar su dolor y mentirse a sí mismo por toda su vida?! Enfureció.

¡DEJA DE DECIR ESTUPIDECES! —gritó a todo pulmón, haciendo callar a Hala. Se apartó bruscamente de él y retrocedió—. ¡¿ESCLAVO DE MI PASADO?! ¡¿CIRCUNSTANCIAS AJENAS?! ¡¿PERDONAR?! ¡¿QUÉ HAY DE LO QUE YO SIENTO?! ¡¿QUÉ HAY DE MIS CIRCUNSTANCIAS?

¡Pensar en ello no te hará ningún bien, Guzma! ¡Debes de hacer las paces contigo mismo y avanzar! ¡Dejar ir ese odio y…!

¿Por qué todo el mundo insistía en querer darle una lección de vida que no había pedido? ¿Por qué no podían simplemente cerrar la boca y escucharlo hasta el final? ¿Era tan difícil pedir que alguien, por una vez, simplemente lo dejara desahogarse?

¡NO VINE A QUE ME SERMONEES, VIEJO ESTÚPIDO!

Sus ojos se llenaron de lágrimas como los de Hala de un dolor inmenso.

¡NO QUIERO SERMONES! ¡NO QUIERO LECCIONES DE VIDA! ¡SOLO QUIERO…! ¡Solo…! ¡SOLO QUIERO QUE ALGUIEN ME ESCUCHE!

Hala se sobrepuso al dolor, esmerándose por mantenerse firme.

¡Puedo escucharte, Guzma, pero también quiero ayudarte! ¡Podemos eliminar ese dolor jun…!

Pero Guzma no quería que lo ayudaran, ese tiempo ya había pasado. Él solo quería que lo escucharan, y Hala no lo estaba haciendo. Por eso dijo lo más insensible que pudo haber dicho.

¡¿QUÉ SABRÁS TÚ DE DOLOR?! ¡TÚ ÚNICO MOMENTO DE DOLOR FUE CUANTO TU MUJE…!

¡GUZMA!

El grito severo de Hala lo hizo retroceder. Su ira se apaciguó por un instante que usó para ver el rostro del Mahalo, el cual se vio iracundo. La ira se convirtió en arrepentimiento increíblemente rápido.

L-lo siento mucho… —Hala intentó acercarse a él, extendiendo la mano derecha para tratar de sujetarlo—. Sé que estás dolido y que no era tu intención… No debí de…

Tú también… —Guzma pronunció sus palabras con un tono rasposo que detuvo el avance de Hala—. Tú también eres esclavo de tu pasado… Hablas de forma sabia y altanera, pero no eres más que un hipócrita…

Guzma, eso no…

¡Tú y todos los habitantes de esta región son una panda de malditos hipócritas! ¡Adoran a un dios asesino que acabó con cientos de vidas inocentes, encarcelan a niñas pequeñas sin evidencias, le dan puestos de poder a los que ya nacieron poderosos y determinan el valor de las personas por lo bien que se desempeña en un estúpido viaje de peregrinación! ¡Cierran al público los lugares de Alola más preciosos y luego tienen el descaro de usarlos como sitios para pelear!

Se descolgó la mochila a toda prisa ante la mirada afligida de Hala y sacó de su interior una Pulsera Z así como una bolsita donde había guardado todos sus Cristales Z.

¡Miles de niños salen al mundo con la esperanza de conseguir una de estas estupideces! ¡Es su maldita sociedad la que los hace creer que no valen nada si no la consiguen! ¡¿Se han puesto a pensar en ello?! ¡¿En lo que provocan en todos esos niños que no logran completar el Recorrido Insular?! ¡¿Qué pasa con los que están enfermos y nunca podrán salir por su cuenta?! ¡¿De aquellos que no piensan como nosotros o no pueden moverse como la gente normal lo hace?! —Guzma vio con rencor su Pulsera Z, incapaz de contener las emociones que habían despertado en él hacía tanto tiempo—. ¡Fueron ustedes los que crearon a mi padre! ¡Fueron ustedes y sus expectativas las que me arruinaron la vida! ¡FUERON USTEDES Y ESTA PULSERA DE MIERDA!

Con toda la fuerza que pudo reunir, lanzó la Pulsera Z y el saco con los Cristales Z al suelo. La pulsera se estrelló en el impacto, rebotando hasta quedar a los pies de Hala. El Kahuna solo fue capaz de reaccionar cuando escuchó como la puerta principal se abría.

¡GUZMA! —lo llamó, intentando alcanzarlo con la mano, pero él ya había salido corriendo y adentrado a la lluvia que arreciaba.

Esa fue la última vez que Hala y Guzma se vieron frente a frente.


Se fue de Melemele. ¿Hacia dónde? No importaba. No se molestó en tomar un ferry, sino que montó sobre la espalda de Golisopod y se fueron allá donde el mar los llevara. Terminaron llegando a las orillas de la Colina Saltagua. Tal vez ese fue su error, pues fue reconocido por varios entrenadores del lugar. Los ignoró a todos y salió del lugar tan pronto como entró, pero ya lo habían visto y la alerta fue dada.

Era cuestión de tiempo antes de que volviera a encontrarse con él.

Durante dos meses estuvo vagabuneando por Akala, yendo de un lado a otro mientras dormía en la intemperie. Cada día que pasaba era un día en el que veía más y más errores en el sistema de Alola. Lo que antes habría considerado injusticias y lo habría hecho enfurecer ahora eran herramientas.

Los alolianos valoraban la fuerza pese a que ellos mismos eran debiluchos. Guzma se dio cuenta de que muchos entrenadores de la región apenas tenían la aptitud para dar un combate decente conforme se iba fortaleciendo. Alola era una región tan pacífica que su gente había perdido la necesidad de defenderse por sí misma. Confiaban tanto en sus dioses, tradiciones y reyes que habían delegado a ellos la tarea de protegerlos.

Entonces volvieron a verse, frente a frente.

Un día, cuando Guzma caminaba por las cercanías de la Ruta 8, alguien gritó su nombre. Había pasado tiempo desde que alguien lo había usado, pero no el suficiente como para que dejara de reconocer esa voz.

Bajo el frío invernal, oponiéndose al viento afilado como navajas, estaba Kukui.

¡Guzma! ¡Regresa, por favor! ¡Todos estamos preocupados por ti!

Guzma frunció el ceño con fuerza.

Nunca pedí que nadie me buscara. Me dejaron a mi suerte por años, síganlo haciendo. —Se dio la vuelta para irse, pero Kukui lo sujetó con fuerza por el hombro.

¡No me iré sin ti, Guzma!

Le apartó el brazo de un manotazo.

¡DÉJAME EN PAZ, KUKUI! ¡Por una vez en mi vida estoy haciendo lo que yo quiero! ¡¿Dices que te importo?! ¡Acepta mi decisión y lárgate! ¡Vete de aquí!

Sorba entrecerró los ojos, dolido.

No puedo hacer eso, Guzma. Eres mi amigo…

Guzma retrocedió un par de pasos y sacó una Poké Ball.

Entonces tendré que asegurarme de que ya no lo seamos.

No lo hagas, Guzma… No así…

¡SILENCIO! ¡Enfréntame o vete!

Kukui frunció el ceño y por fin sacó una Poké Ball.

Incineroar y Golisopod salieron al campo de batalla.


Incineroar lanzó un certero puñetazo que desequilibró a Golisopod. Continuó con una patada voladora en contra de su brazo derecho y luego utilizó un Lariat oscuro que hizo retroceder levemente al tipo Bicho. Cuando iba a usar Lanzallamas, Hidroariete lo obligó a retroceder.

Acua jet impactó a los pies de Incineroar, quien saltó para evadir el movimiento. Golisopod lanzó un Puya nociva a distancia contra el tigre, quien esta vez sí logró usar Lanzallamas para cubrirse. Partió el fuego con su katana de agua y la extendió lo suficiente como para que llegara hacia Incineroar.

El tipo Fuego utilizó Tajo cruzado para protegerse del movimiento, pero no lo consiguió del todo. La feroz carga de Golisopod lo hizo caer de golpe al suelo, levantando montones de nieve. Tuvo que dar una rápida pirueta para evadir el nuevo Acua jet que se lanzó en su contra.

El puñetazo de Incineroar chocó contra el zarpazo de Golisopod y ambos retrocedieron.


Golisopod atacó nuevamente con Hidroariete a Incineroar, quien se echó al suelo para posteriormente abalanzarse contra el pecho del tipo Bicho. Lo abrazó con fuerza, ignorando los ataques de sus garras abdominales, y utilizó Corpulencia para aplicar más presión y aumentar sus estadísticas.

El tipo Agua dio dos certeros golpes de martillo sobre la espalda de Incineroar, seguido de un poderoso zarpazo contra la misma zona. El tigre, pese a los golpes, no parecía tener intención de soltarlo. Golisopod comenzó a utilizar Hidroariete repetidamente contra él cuando, de pronto, Incineroar se envolvió en fuego gracias a Envite ígneo.

Golisopod entonces salió del campo de batalla para sorpresa de Kukui e Incineroar. Antes de que cualquiera de ellos pudiera reaccionar, el samurái regresó con un poderoso Escaramuza que hizo temblar al tipo Siniestro de la cabeza a los pies.

Hidroariete golpeó en el rostro a Incineroar, haciéndolo caer de espaldas.


Incineroar corrió hacia la espalda de Golisopod y pateó sus corvas gracias a un barrido. El samurái cayó sobre sus rodillas, pero recuperó el equilibrio gracias a Acua jet. Se lanzó rápidamente en contra del tipo Fuego, quien apenas y pudo evadir el veloz movimiento.

El tigre aterrizó mal, pero aprovechó Lariat oscuro para recuperar la postura tan rápido sus piernas se lo permitieron. Disparó un fuerte Lanzallamas y el torrente de siempre se convirtió en una espiral que engulló a Golisopod por completo.

Pero el isópodo no se rindió.

Salió del otro lado del fuego con un filo que abalanzó contra el cuello de Incineroar, que apenas logró poner una mano para bloquear el movimiento. El retroceso fue extremadamente violento, pero no logró derribarlo.


Golisopod ejerció todavía más fuerza en su espada, haciendo que Incineroar retrocediera a tropezones. El tigre se opuso, por supuesto, pero Golisopod era tenaz. Empujó con más y más fuerza hasta que llegaron a un punto muerto en el que ninguno podía avanzar.

Incineroar se tiró al suelo de repente, pateando las piernas del tipo Bicho. El dolor fue mínimo, pero la acción hizo que el tipo Bicho perdiera el equilibrio. Aprovechó que el enemigo estaba a sus pies para atacarlo con un Cuchillada.

Las zarpas de Golisopod arañaron el suelo, pues Incineroar logró apartarse a tiempo de ellas para luego abalanzarse en su contra con Envite ígneo, el cual chocó contra el poderoso Hidroariete. Fueron impelidos por el choque de movimientos e Incineroar fue el primero en lanzarse al frente, pero no recibió una confrontación directa, sino un puñado de arena en los ojos.

Cayó al suelo, llevándose las garras a los ojos, cuando un poderoso Hidroariete lo impactó en el estómago, haciéndolo retorcerse y trastabillar por el dolor.


Golisopod le lanzó un golpe al mentón que Incineroar no pudo evitar. Trató de defenderse con Lariat oscuro, pero Puya nociva detuvo sus giros de forma prematura. Una feroz embestida desequilibró al tigre, quien lanzó un golpe desesperado en contra del enemigo.

Las zarpas del isópodo rasguñaron el abdomen del tipo Fuego, haciéndolo tropezar y caer de sentón. Levantó su katana de agua al cielo, dejándola caer sobre el enemigo, quien giró a toda prisa pero sin llegar más lejos. Golisopod le pisó la cola y blandió de nuevo su espada, golpeando esta vez la espalda de Incineroar.

El tipo Fuego tuvo que usar Lanzallamas para que Golisopod se le quitara de encima y, solo entonces, pudo alejarse con una pirueta.


Incineroar retrocedió a tropezones, exhausto, pero la determinación en su mirada no flaqueó. Su cuerpo se irguió cuando Kukui mostró su muñeca izquierda.

Era una Pulsera Z con un Pirostal incrustado en ella.

Guzma supo de inmediato que era lo que planeaba hacer su rival. Sabía lo que quería hacer… y no tenía planeado permitirlo. Sabía que Golisopod no era lo suficientemente rápido como para llegar e interrumpir a Incineroar… al menos no con métodos convencionales.

Mientras que Kukui brillaba con intensidad, Golisopod regresó a su Poké Ball, volviendo al campo en el momento en el que Incineroar se llenó del Poder Z.

—¡HECATOMBE PÍ…!

Pero Escaramuza era más rápido que su boca.

Golisopod se movió a una velocidad de vértigo, motivado por la idea de no permitir que ese Movimiento Z fuera lanzado. Avanzó tan rápido, con tanta fuerza desmedida, que sus garras no se contentaron con solo golpear la carne de Incineroar, sino que la perforaron.

El Poder Z abandonó el cuerpo de Incineroar, quien vio con incredulidad como las enormes garras del brazo derecho de Golisopod se incrustaban en su abdomen. Levantó la cabeza, viendo la mirada confundida de Golisopod, quien rápidamente reparó en lo que había hecho. Ambos retrocedieron y la sangre cayó.

Kukui abrió los ojos de par en par al igual que Guzma. Ellos, al contrario que sus Pokémon, avanzaron.

Inci… ¡INCINEROAR! —gritó Kukui a todo pulmón. En su voz se oía un terror que Guzma jamás había escuchado.

Kukui corrió al encuentro de su Pokémon, el cual cayó de espaldas contra el suelo. El moreno sacó de su mochila un vendaje y con él comenzó a rellenar la herida de Incineroar para tratar de frenar la hemorragia.

Golisopod vio sus garras ensangrentadas, luego a Guzma y finalmente activó Retirada, regresando a su Poké Ball. Kiauka, solo en el lugar, vio con horror lo que había sucedido… Lo sabía. Sabía que no había vuelta atrás para él. Sabía que no podía volver con ninguno de ellos. Lo sabía, pues no había lugar para él entre gente como ellos y esto era la confirmación… pero…

Fue tu culpa, Kukui —le dijo con voz trémula—. ¡Te dije que te fueras y no me hiciste caso! ¡Tú te hiciste esto! ¡Lo que acaba de pasar es todo tu culpa! ¡No puedes proteger a nadie, Kuk…!

¡CÁLLATE! —gritó con fuerza el moreno, volteandolo a ver con una mirada cargada de desprecio—. ¡Reza porque Incineroar salga de esta!

Guzma retrocedió un par de pasos y frunció el ceño.

¡Vete al demonio, Kukui! ¡Tú y todos los demás! ¡Muéstrales las cicatrices como una señal de advertencia! ¡No volveré nunca, malditos hipócritas!

Dijo eso y se alejó del lugar a toda prisa.

Aunque sería más exacto decir que escapó.


Incineroar dio varios pasos apresurados hacia atrás, evadiendo torpemente los tajos del Hidroariete de Golisopod, quien parecía estarse moviendo cada vez con más soltura. El tigre sujetó la espada con ambas manos, rugiendo a causa del dolor producido, e intentó utilizar Lanzallamas. Golisopod le dio una patada en la pantorrilla, haciéndolo perder el equilibrio y caer a merced de Hidroariete.

La nieve se agitó bajo el peso del tipo Fuego, quien cayó de espaldas entre jadeos y sudor. Intentó ponerse de pie, pero unos gigantescos filos se posicionaron ante sus ojos.

Golisopod apuntaba sus garras directamente contra el rostro de Incineroar, quien se encontraba en jaque. No había forma de salir de esa situación.

Incineroar había perdido.

—Así es como siempre debió haber sido.

Guzma vio a Kukui. Su expresión iracunda adquirió retazos de incredulidad.

—Lo siento, Guzma. —Kukui se sujetó la gorra con una expresión que dejaba entrever su pesar—. Si hubiera sido más perceptivo en aquel entonces, te habría evitado mucho sufrimiento. Esas victorias, esos torneos, ahora mismo no son nada más que escalones de un camino que dejó de seguir hace mucho. Para ti habrían significado mucho más. Le habrían dado un rumbo distinto a tu vida. Por eso, lo siento.

La mandíbula de Guzma se apretó con fuerza y la nieve bajo sus pies se revolvió mientras avanzaba hacia Kukui. Llegó frente a él y, con brusquedad, lo sujetó por la chaqueta. Incineroar intentó moverse, pero Golisopod y el propio Sorba se lo impidieron.

—¡¿Crees que habría aceptado que me hubieran regalado una victoria?! ¡¿Crees que eso habría sido siquiera un poco mejor a todo lo que ese cerdo me hacía?! ¡¿Te dejaste vencer aquella vez?! ¡¿Te dejaste vencer ahora mismo, hijo de perra?! —Lo zarandeó—. ¡Si es así, que Incineroar se ponga de pie! ¡No necesito compasión ni piedad! ¡No quiero que nadie me regale nada! ¡Lo que yo obtenga será por cuenta! Ustedes dos… Significaron algo para mí porque eran fuertes; mis iguales. ¡Una victoria regalada solo habría hecho que los mandara a la mierda!

—¿Y no habría sido eso mejor? —preguntó Lario con auténtica curiosidad—. Considerando todo el sufrimiento que llevamos a tu vida, ¿no habría sido mejor que nuestros caminos nunca se hubieran cruzado en primer lugar?

Guzma volteó a verlo y entrecerró los ojos con frustración.


Tras aquel encuentro con Kukui, Guzma se fue de Akala para no volver. Fue hacia donde sabía que nadie podría encontrarlo, pues nadie residía ahí. Se mudó al sur de Ula-Ula, residiendo entre los restos de la desolada Aldea Tapu. Había suficiente civilización como para vivir, no plenamente, pero para vivir.

Iba del Centro Pokémon cercano a las ruinas y de ahí a un lugar llamado Casa Aether de reciente creación. Intercambiaba con ellos cosas que encontraba en sus exploraciones y se llenaba los bolsillos con lo que podía encontrar en el centro comercial arrasado que se encontraba en las cercanías de la Aldea Tapu. Apostaba en batallas contra entrenadores que pasaban por la zona y los derrotaba con fiereza, quitándoles una buena cantidad de dinero.

Había suficiente civilización como para vivir, no plenamente, pero para vivir, y ese fue su error.

En ese día lluvioso, a las afueras de la Aldea Tapu, Lario lo encontró. Fue un encuentro azaroso producto de la casualidad, uno de los que no puede preverse.

Guzma…

Mentiría si dijera que no estaba sorprendido de verlo, porque lo estaba, pero no permitió que él lo viera. En los últimos dos años apenas había pasado tiempo con esas personas. Para él perfectamente podrían ser desconocidos. Su cerebro intentó jugar con él, recordándole momentos que no quería recordar.

No respondió, no porque no quisiera, sino porque sentía que estaba enfadándose. ¿Era imposible para él escapar de su pasado? ¿Era demasiado pedir que lo dejaran en paz? Había llegado a una comunión con su nuevo status quo. Todo lo que pertenecía a su anterior vida estaba manchado; era indigno de ser recordado. Los mundos se habían mezclado y ya no había solución para ello.

¿Es aquí donde has estado los últimos ocho meses?... ¿Entre estas ruinas? Había escuchado rumores de un entrenador problemático que se había asentado en la zona, pero pensar que eras tú… —Lario bajó la cabeza, afligido—. Apenas y puedo reconocerte…

Entonces olvida todo lo que creas saber de mí, Capitán —dijo con severidad—. Tú y yo ya no tenemos nada que ver. No tengo ninguna relación con ninguno de ustedes.

Podrías…

No digas estupideces. ¿Por qué una víctima querría relacionarse con los culpables de todas sus desgracias?

¿Qu…?

Ustedes son parte del problema. Parte de lo que pudre Alola; son la ponzoña que intoxica la vida de tantas personas. Tú y todas las Familias Fundadoras se contentan con una normalidad que impulsa a las personas como yo a hacer lo necesario para sobrevivir; son los causantes del rechazo a quienes no encajan en su sistema. ¿Me pides que regrese con los sujetos que arruinaron todo?

Los ojos de Lario entonces mostraron cierto enfado.

Cruzaste una línea, Guzma. Lamento no haberte podido ayudar. Todos lamentamos no habernos dado cuenta antes, pero lo que has vivido no justifica todas tus acciones. Eres tu propia persona, y has hecho lo que has hecho por tu propia voluntad. Kukui intentó hacerte entrar en razón. Él quería que volvieras a ser quien fuiste… y tú, a cambio, casi mataste a su Incineroar.

Lo que lamenten o dejen de lamentar me importa una mierda. Ustedes, su Recorrido Insular, sus costumbres y todo lo que representan… Todo me importa una mierda. —Lo señaló con el índice derecho—. Mientras vivas, no vuelvas a acercarte a mí o será lo último que hagas.


Guzma no pudo responder afirmativamente. Era por Lario que había conocido a la única persona que alguna vez anheló volver a ver. Kukui y Lario fueron su familia, pero le dieron la espalda; se rindieron con él. Estaba bien con eso, no le importaba. Pero él… él jamás se rindió. Nunca lo hizo.


¿Cuántas veces tuvo que ocultarse de Hal Mahalo? Cuando Kukui y Lario se convirtieron en nada más que un recuerdo lejano, Hal Mahalo seguía siendo un espejismo; una sombra que lo perseguía eternamente sin importar adónde fuera.

Había tenido que dejar el sur de Ula-Ula casi media decena de veces debido a que Hal de alguna forma volvía a encontrarlo una y otra vez, una y otra vez. Se ocultaba en troncos de árboles, entre arbustos espinosos y en zanjas lodosas. Se escondía de él porque era la única persona que no quería que viera en el renegado que era actualmente.

Guzma había cambiado y eso era algo que aceptaba. Sabía que jamás podría ser el mismo después de tratar de asesinar a una persona. Su tiempo en prisión, la realidad que vio ahí, le hizo darse cuenta de los errores de Alola. La vida de un vagabundo solo reforzaba la latente creencia de que todo en esa región estaba mal. No le importaba que la gente lo percibiera de una u otra manera; se había hartado de fingir ser quien no era… pero si era Hal… Quería que al menos Hal lo recordara de la forma en la que había sido. La que les daba era una máscara triste, desesperada y rota, pero era mejor que el rostro real.

Al menos Hal… Al menos Hal…

Quería mantener intactos los recuerdos tan preciosos que había creado con él. No quería que su memoria de quien había sido un hermano se manchara por la diferencia de ideas, porque sabía que Hal también era parte del problema; de la nefasta realidad de Alola que tanto despreciaba.

Por eso, cuando se encontraron en la Ruta 17, Guzma sintió que un pedazo de él había muerto. Vio, por primera vez en su vida, los ojos desconsolados de su héroe. Todos los días, todas las noches, esa mirada lo perseguía. Deseaba, rogaba, porque cualquier entidad pudiera borrar esa imagen de su cabeza.

Pero no era posible.

Lo único que pudo hacer en ese momento fue gritarle. No quería rogarle que se fuera, pues no lo haría, así que en su lugar se lo exigió. Le mintió a medias, diciéndole que no quería volver a verlo, pues quería hacerlo, pero no quería que él lo viera. Declaró cada una de sus ideas, de sus dolores y de la incapacidad de los supuestos gobernantes para gobernar.

Le dijo las peores de las cosas, pero Hal no retrocedió, sino que avanzó. Ese hombre… ese hombre… ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué no podía repudiarlo como ya había hecho con tantos otros? ¿Por qué no podía ocultar lo que en verdad sentía por él con esa máscara de rencor e ira como había hecho con todos los demás? Si no podía odiarlo, entonces tendría que hacer que él lo odiara.

Se lanzó en su contra, pues atacarlo con sus Pokémon no sería tan efectivo, y lo golpeó en el rostro. Había tenido que luchar a puño limpio contra muchas otras personas para sobrevivir al borde de la ley, por lo que los golpes inexpertos que recibió su padre se habrían sentido como caricias a comparación de los que podía dar ahora.

Golpeó a Hal en el rostro, pero él no retrocedió. Sintió que los ojos se le saldrían de las cuencas cuando su agresión fue respondida con una afecutosa sonrisa, una que no había recibido en años. Y lo golpeó.

Sentía como sus puños chocaban una y otra vez contra él. Lo quería lejos; no quería que se acercara. Ya era tarde para todo esto. No había vuelta atrás para lo que era ahora. Lo golpeó desesperadamente, pues era la única forma de que se fuera. Intentó convencerse de que era porque lo quería lejos, pero sabía que solo era una fachada. Se detuvo, sobresaltado, al sentir que era rodeado en un cálido abrazo.

Lo… siento… Tu dolor… Todo tu dolor… Compártelo… Compártelo conmigo… Guzma —murmuró Hal con voz queda, estrechando el abrazo.

No veía su rostro, pero sabía que definitivamente estaba sonriendo. Hal Mahalo siempre le había dado fuerzas para sonreír incluso cuando sentía que no podía hacerlo. Lo había convencido cuando nadie más podía. Sabía que, si aquel día hubiera sido Hal quien lo hubiera encontrado y no Kukui, las cosas habrían salido diferente. Lo sabía y por eso lo quería lejos, pues ya era tarde.

Tarde para ellos.

Le dio un fuerte cabezazo que lo obligó a soltarlo, seguido de un fuerte golpe en el estómago. Hal cayó al suelo, jadeando, y le dio a Guzma una mirada que lo aterró. ¿Cómo podía alguien mostrar tanta esperanza en una situación así?

Volvamos juntos… Guzma…

Gritó y se abalanzó en su contra, dándole un puñetazo en el rostro que lo dejó inconsciente. Retrocedió con los ojos llenos de lágrimas y las manos doliéndole no por los golpes, sino por lo que habían hecho. Se llevó las manos a la cabeza y se encorvó.

La boca entreabierta, los ojos desenfocados y el rostro ensangrentado de Hal Mahalo no fue lo último que vio de él, pero definitivamente lo que recordaría por siempre, antes incluso que todo lo bueno.

Trató sus heridas con lo poco que tenía, lo dejó en el tronco de un árbol y se fue.


—No quieres compasión ni caridad. No quieres venganza, dinero o fama. —Francine le puso una mano en el brazo a Guzma, obligándolo a verla—. Te haré la misma pregunta, Guzma y… si no puedes responderla, al menos permíteme ayudarte a hacerlo… ¿Qué es lo que quieres?

Soltó a Kukui y retrocedió un par de pasos, frunciendo el ceño y apretando la mandíbula. La vio a ella y no lo supo. Lo tenía todo. Todo lo que podría querer; lo que había querido como un niño, todo lo tenía.

Y todo gracias a ella.


Coincidencia o destino, llámalo como quieras. Meses después de todo lo sucedido con Hal, Guzma se adentró a las calles de ciudad Malíe, a sus barrios más peligrosos, pues esperaba encontrar provisiones para sobrevivir el mes siguiente. Se había asentado en pueblo Po, en los restos de ella, por lo que el refugio ya no era un problema.

Se dirigió a cierto callejón, pues ahí había una clínica clandestina que vendía medicamentos sin necesidad de receta. Cuando estaba entrando a la callejuela fue asaltado por una persona encapuchada que llevaba en los hombros a un Salandit.

El dinero… ¡Dámelo! —le exigió con voz firme. Era la voz de una chica, de eso no había duda.

Por la forma en la que hablaba, Guzma supo que tenía experiencia, pero no la suficiente. Lo dejó usar las manos para sacar el dinero, pero claro que él no alcanzó su billetera.

Scizor salió de su Poké Ball a una velocidad impresionante, apresando al Salandit contra la pared gracias a Puño Bala. Apretó con fuerza su cuello, haciéndolo perder rápidamente el conocimiento.

Guzma vio la contradictoria postura de la chica. Estaba claro que quería huir, pero también era obvio que no quería abandonar al Salandit. Le tenía apego, lo cual era malo. Alguien tan débil como ella no podía darse ese lujo. Kiauka le arrancó la capucha de un tirón y sus ojos se encontraron con los de ella. Reconoció esos ojos amarillos.

¿Francine?

Ella lo miró con incredulidad y, al poco tiempo, se dio cuenta de quien era.

Guzma… —Sus ojos pasaron a mostrar una fuerte determinación y agresividad, similar a la de un Pokémon acorralado—. ¡Suelta a Salandit!

Ella se agachó, tomando una botella de vidrio que estaba tirada en el suelo, y se abalanzó con ella en contra de Guzma. El joven adulto de ahora diecisiete años le detuvo el brazo con una facilidad pasmosa, la desarmó y le dio una fuerte bofetada que resonó por todo el callejón.

Francine retrocedió, claramente aturdida, y los ojos comenzaron a llorarle. No eran lágrimas de dolor, por supuesto. Guzma reconocería la desesperación incluso sin ver. Ella se postró ante él, pegando la frente al suelo.

Por… por favor… Por favor, suelta a Salandit… Es mi única compañera; es lo único que tengo en el mundo… Te daré todo. Todo lo que me pidas. Mi dinero, mis cosas, mi ropa, mi cuerpo… Todo, pero por favor… por favor perdónala… —suplicó, arrastrándose en el lodoso suelo.

Guzma lo miró a ella y luego a Scizor. Su Pokémon estaba a la espera de instrucciones, pero no pudo evitar ver a Francine con cierta… compasión. Era como si Scizor se viera a sí mismo reflejado en aquella chica que imploraba por su Pokémon. Él parecía entender lo que era creerse dueño del mundo solo para ser devuelto a la realidad por alguien más fuerte.

Eres débil. No tengo ni idea de cómo es que alguien como tú ha sobrevivido por tanto tiempo aquí afuera —dijo, agachándose para verla mejor—. Cada vez que haces esto estás tirando una moneda al aire. Atacas ciegamente a perros zarrapastrosos con la esperanza de que ninguno de ellos sea un lobo. ¿Era esto lo que planeabas hacer cuando la suerte dejara de jugar a tu favor? No me parecías así de estúpida cuando nos conocimos.

... que sea…

Arqueó una ceja.

¿Qué?

Haré lo que sea…

Guzma frunció levemente el ceño.

Desafiar al poderoso es únicamente derecho del poderoso. Si ni siquiera tienes la fuerza para rebelarte contra aquellos más fuertes que tú, entonces no sobrevivirás. —Se puso de pie y le dio una mirada a Scizor—. Espérame aquí. Que no se mueva.

Le echó un último vistazo a la situación antes de entrar a la tienda que tenía planeado visitar desde un inicio. Cuando salió, las cosas estaban exactamente igual que antes: Scizor sometiendo a Salandit y Francine postrada.

La vio fijamente. Ante él se encontraba una víctima del sistema aloliano. Otra víctima de la maldición de un apellido; una persona que, como a él, le habían impuesto unas expectativas solo por la sangre en sus venas. Pero la de Francine era una sangre sucia, contaminada por los actos atroces que sus antepasados llevaron a cabo. Alola no perdonaría al linaje maldito de Francine, pero Guzma iba en contra de todo lo que Alola representaba.

Sígueme —dijo finalmente.

Francine se levantó en silencio y Scizor le entregó a su Salandit. Ambos caminaron detrás de Guzma en completo silencio.

Se preguntó por qué la chica no intentaba huir ahora que tenía a Salandit entre brazos. No iba a detenerla si lo hacía, pero parecía sentir que no podría escapar de él incluso si lo intentaba.

Llegaron a las afueras de ciudad Malíe, en el camino que llevaba hacia la planta de reciclaje. Ahí, en un claro cercano, se encontraba el escondite que Guzma utilizaba en sus excursiones a ciudad Malíe. Cuando llegó fue inmediatamente recibido por Ariados, Masquerain y Vikavolt, quienes vieron con desconfianza a la recién llegada.

Guzma señaló la tienda de acampar mientras se sentaba en un tronco que había acomodado cerca.

Adentro hay media poción. Úsala.

Francine volteó a verlo, anonadada, pero él no dijo nada más. Comenzó a hacer el inventario de las cosas que había obtenido. De reojo vio como ella se movía con inseguridad, asustada por la mirada de los Pokémon que la rodeaban, pero apurada por el temor de que Guzma fuera a cambiar de opinión.

Francine salió de la tienda a los pocos segundos, tendiendo a su Salandit en el suelo y rociándolo con la poción. Una pequeña sonrisa se pintó en su rostro cuando vio como el semblante de su Pokémon mejoraba. Se quedó sentada a su lado para asegurarse de que nada más le pasara.

Se hizo el silencio por cerca de una hora. En ese tiempo, Guzma había preparado una fogata y preparado una sopa desabrida con agua cercana y un montón de bayas. Hizo lo suficiente para que sus seis Pokémon pudieran comer, así como un plato extra.

Francine se quedó de piedra cuando Guzma le entregó la única ración que le quedaba. Su mirada preguntaba «¿por qué?», pero sus manos ignoraron el pensamiento racional. Se apresuró a comerse la sopa, mientras que Guzma se conformó con una triste manzana.

Finalmente, tras media hora de haber terminado de comer, Francine habló:

Creí que ibas a violarme… Que por eso me habías traído hasta aquí… —murmuró, abrazándose las piernas.

Guzma sintió nostalgia al verla hacer eso de nuevo.

No me interesan esas cosas. Tampoco lo haría aunque me interesaran.

Francine dio una débil cabeceada. No lo mostraba, pero le aliviaba escuchar eso. El alivio terminaba donde la curiosidad iniciaba.

¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó finalmente.

Guzma lo pensó largo y tendido. Reflexionó tanto su respuesta que Francine no escuchó palabra de él por casi cuarenta minutos.

Porque eres como yo.

¿Solo por eso? —preguntó Francine, desconfiada—. Hay… muchas otras personas que son como nosotros. ¿Harías esto por todas ellas?

Los ojos de Guzma se abrieron gradualmente, reflejando la gran revelación que había llegado a su mente. ¿Lo haría? ¿Ayudaría a todos aquellos que, como él, fueran víctimas del sistema de Alola? Abrió la boca y respondió:

Sí. Sí, voy a hacerlo.

Francine frunció el ceño.


Francine frunció el ceño.

¿Estás seguro, Guzma?... Diez personas son…

No seremos sus niñeras, Francine. Tendrán que seguir luchando, pero al menos tendrán un lugar al que poder llamar hogar.

Pueblo Po se había convertido en el destartalado reino de Guzma. Había sido el primero en llegar, por lo que se asentó en la gigantesca mansión que había en el punto más alto del pueblo y, por supuesto, permitió que Francine se quedara con él.

Guzma comenzó a entrenar especialmente a Francine. Le enseñó lo que él sabía, cada una de sus tácticas para sobrevivir y su forma de pelear. La orientó para que aprendiera a usar su inteligencia y educación a su favor. Francine pareció abrumada al inicio, claramente sin estar acostumbrada a que alguien le ofreciera tanto. Desconfió de Guzma, pero al cabo de los meses dicha desconfianza se fue esfumando.

Para cuando Francine cumplió quince años y Guzma estuvo a punto de cumplir los dieciocho, dieron un primer paso histórico, uno que, genuinamente, cambiaría el rumbo de Alola y del mundo para siempre.

Dieron la bienvenida a diez renegados a Pueblo Po. Les permitieron instalarse en cualquier casa que fuera de su gusto, solo con dos condiciones: la primera era que, a futuro, tendrían que aceptar que más gente se quedara en dichas casas; la segunda era que lo vieran en el gran salón de su mansión.

Y ahí estaban. Guzma y Francine estaban parados sobre la gran escalera central que se bifurcaba para llevar al segundo piso. Ambos veían a los diez nuevos residentes. Sin dilación, Guzma habló:

Voy a empezar diciendo que no me importa su pasado. No me interesa por qué terminaron aquí, lo que hagan cuando están fuera de los límites de mi pueblo o si me dicen sus verdaderos nombres o no. A mis ojos, todos ustedes son iguales: tipos a los que el mundo jodió.

La voz de Guzma era realmente gruesa, por lo que resonaba con intensidad entre las paredes de la gran mansión, haciendo la lluvia y los rayos de coro para ella. La presencia de sus seis Pokémon, estacionados en puntos estratégicos del lugar, añadieron imponencia a la figura de Guzma.

Alola no los quiere y nosotros no tenemos que querer a Alola. Aquí no necesitamos seguir sus reglas ni vivir bajo sus expectativas. Somos hombres y mujeres libres. Quieranlo o no, ahora somos una familia. Me preocuparé por ustedes como si fueran mis hermanos y espero que ustedes se protejan el uno al otro de la misma manera.

Los recién llegados intercambiaron miradas nerviosas, unos incluso murmurando. Guzma veía que la gran mayoría era como él y Francine: chicos asustados, rechazados y vulnerables; chicos contentos de escuchar que podían pertenecer a algún lado. Pero también vio a la minoría. Vio ojos depredadores posándose sobre él y sobre los demás. Por eso se puso serio. Debía demostrarles quién era el rey del lugar.

Hagan lo que quieran, no me importa, pero solo hay una regla. —Reflejó la seriedad de sus palabras mediante la mirada—. Nunca atenten contra sus hermanos. Contra ninguno, de ninguna manera. No les pido que se lleven bien entre todos, peleense todo lo que quieran, pero cualquiera que rebase estos límites… No tendrá que molestarse en volver nunca más. No es algo irrazonable, ¿cierto?

Por la forma en la que murmuraban, Guzma pudo notar que estaban de acuerdo.

Esto no es una regla, sino una realidad que quiero que se metan bien en la cabeza: este lugar es mío y de Francine. Ustedes viven aquí porque nosotros lo permitimos. No me hagan retirarles ese permiso. ¿Estamos?

Alguien levantó una mano de forma dubitativa. Guzma lo vio fijamente, concediéndole permiso para hablar.

E-entonces… para sobrevivir…

Aquí todos son responsables de sus propios actos. Ni Francine ni yo somos sus niñeras. El cómo sobrevivan es asunto suyo. Si tienen algún problema, los ayudaremos en medida de lo posible, pero no abusen de ello. Mientras mantengas a la familia alejada de tus problemas, entonces haz lo que te dé la gana.

Otra mano se alzó. Guzma vio en los ojos de aquella persona algo… familiar. Era familiar, pero mucho más intenso. Aquel joven de cabello castaño tenía una mirada casi vacía.

Por "hacer lo que nos dé la gana…"

Hacer lo que te dé la gana es hacer lo que te dé la gana.

Bien…

Otra mano se alzó.

Sobre los Pokémon…

Sus Pokémon, sus decisiones. Punto.

Nadie más parecía tener dudas. Guzma asintió.

Si van a vivir aquí, necesito al menos un nombre para referirme a ustedes. Los tres que preguntaron, empiecen ustedes. —Los señaló a uno por uno.

El primero volvió a levantar la mano.

Manu.

Luego el segundo.

Rony.

Y el tercero.

Seymour.

Frec.

Ezequiel.

Miley.

Lulú.

Gonzo.

Caster.

Jet.

Guzma intercambió una mirada con Francine, quien dejó salir un pequeño suspiro. Seguía viéndose ligeramente desconfiada.


Desde su habitación, Guzma veía todo el panorama de Pueblo Po. Anteriormente era un lugar vacío y, aunque no había recuperado su antiguo esplendor, ahora era mucho más agitado. De vez en cuando, si se esforzaba, podía ver a personas caminando por entre las calles. No sonrió, pues cada día que pasaba lo veía como algo más innecesario, pero pudo haberlo hecho.

Te ves contento, Guzma.

Volteó a ver a Francine, apartándose del frío de la húmeda ventana.

¿Ah, sí?

Sí. He aprendido una o dos cosas sobre ti en el tiempo que llevamos juntos —afirmó ella, sentándose en la cama de él—. Cuando estás feliz, tus cejas se alzan un poco.

Esta vez sí sonrió. Francine era única. Parecía ser la única persona con la que podía permitirse ser… más él. Había otros sujetos en el lugar que le agradaban, algunos cuantos que no, y otros que habían llamado su atención, pero solo a Francine le permitía ver sus fortalezas y debilidades. Aunque ocultaba algunas.

Al principio tenía mis dudas, Guzma —admitió Francine, sonriéndole—. Pero lo que estamos creando aquí… Lo que estás creando aquí…

Estamos —corrigió Guzma—. Tú y yo.

Francine dejó salir una risita.

Sí, estamos. Es impresionante. Todo es gracias a tu liderazgo y fuerza. De alguna forma logras tener bajo tu control a todos estos sujetos. —Se recostó—. Eres increíble, Guzma.

Aprovechó que Francine no lo estaba mirando para dejar de sonreír.

Había pasado años deseando que alguien volviera a elogiarlo, y ahora que había más de cien personas que lo hacían a diario, no se sentía contento. Esos elogios; esa adoración que todas esas personas sentían por él, no era diferente a la devoción que sentía un Pokémon abandonado por su salvador.

Guzma se dio cuenta de que no quería elogios de gente que veía todo lo que hacía como excepcional, sino de gente que considerara sus proezas como algo cotidiano pero lo suficientemente increíbles como para resaltarlas.

Tal vez fue por eso que, años después, cayó bajo la influencia de Lusamine Aether.


Pero eso era antes.

Lo que sucedió con Lusamine fue un antes y un después. Se dio cuenta de que las únicas personas en las que podía confiar era en aquellas que se reunían bajo la bandera del Team Skull; en Francine.

Y ahora ella estaba ahí, preguntándole por lo que quería.

¿Qué quería? Era una cuestión interesante. ¿Respeto? Solo necesitaba el de los Skull; las únicas personas que eran importantes para él. ¿Compasión? A la mierda con eso. No vivía para que otros le tuvieran lástima. ¿Fama, reconocimiento? Lo tenía; tenía las dos cosas pero no era lo que quería. Ni siquiera cuando era niño se imaginaba a sí mismo siendo un entrenador famoso, sino más bien como un sujeto que había tenido su buena cantidad de aventuras antes de retirarse. ¿Podría ser poder, entonces? Tenía todo el poder que necesitaba… ¿Venganza?...

¿Quería vengarse de aquellos que habían arruinado su vida? ¿Quería hacerle a todos ellos lo mismo que Gladio les había hecho a Seymour y Rony? No. No era un trastornado; repudiaba la barbarie porque fue la misma la que lo hizo tocar fondo. ¿Entonces quería devolverles la moneda? ¿Hacer que todos conocieran su historia para que despreciaran a Alola y a su pueblo? Se contradecía directamente con el hecho de que no quería caridad ni compasión.

Venganza era lo que más fuerte sonaba en su cabeza, pero tampoco era eso. Retribución sonaba mejor aún, pero sabía que tampoco era eso.

Ellos, sus padres, le habían arruinado la vida, pero… ¿de verdad lo habían hecho? Vio los profundos ojos amarillos de Francine, la forma en la que lo veían… y supo que nunca encontraría a nadie que se preocupara tanto por él como ella. Supo que Francine era su familia predestinada; que en todas las vidas posibles que podría vivir, jamás encontraría a alguien como ella.

Amaba a Francine, pero no en el sentido romántico de la palabra. El amor que sentía por ella era… Sí, era el tipo de amor que una persona debería sentir por su familia. Era un amor ciego, fuerte y resiliente; un vínculo único que no podía repetirse. Ella era la que le había hecho sentir, por primera vez en su vida, dicho amor.

Y la había conocido a ella, a todos los chicos que lo seguían, gracias a sus padres. Sus padres habían arruinado su vida, pero en el proceso habían salvado la vida de Francine y de muchos otros. El monstruo que crearon fue el responsable de darle una segunda oportunidad a personas que no creían tenerla.

Gracias a él se habían formado parejas, creado relaciones fraternales tan fuertes como la suya con Francine y forjado amistades indestructibles. El Team Skull era consecuencia de una crianza deficiente; el producto de un sistema que valoraba las tradiciones por encima de todo.

Pero —porque siempre había un pero—… Guzma no podía aceptarlo.

No podía aceptar que esos dos hubieran hecho algo bueno en su vida. Podía justificar, nunca olvidar, los actos de todos los demás. Kukui y Lario eran niños, Hala había elegido incorrectamente por su desconocimiento, Hal seguramente no quería actuar de forma imprudente para no afectarlo. Podía intentar excusarlos a todos… pero no a ellos.

¿Cómo siquiera podrían empezar a reparar el trauma que causaron en él? ¿Cómo podrían empezar a compensar el haberle hecho creer que…?

Que no era suficiente.

Se dio cuenta de que todo lo que había hecho en el último año, lo había hecho para probar ante todo el mundo que era importante; que su vida tenía valor… porque sus padres le hicieron creer que no la tenía.

¿Por qué otro motivo un padre golpearía a su hijo hasta casi matarlo en dos ocasiones? ¿Por qué sino aquel hombre lo trataba como aire viciado? ¿De qué otra forma podría explicarse que su propia madre no moviera ni siquiera un dedo para protegerlo? Su madre le temía más a su padre de lo que lo amaba a él. Valoraba más su propio bienestar y seguridad que la de su propio hijo. Su padre estaba más obsesionado con el pasado de su linaje que con el futuro del mismo. Veía más por hombres que nunca lo tuvieron en cuenta que por la sangre de su sangre; quién lo habría visto como su mundo.

Le habían hecho creer toda su vida que no importaba, y habían sido sus propios padres. Sus propios padres lo hicieron sentir como nada y le dieron propósitos que no eran suyos. «Complace a tu padre», le decía su madre. «Preserva la grandeza del linaje», le decía su padre. Lo habían criado como nada más que un caparazón vacío que podían llenar con sus propios deseos.

Solo cuando Guzma se dio cuenta de que no era más que un niño en la búsqueda de aprobación de quienes lo miraron como menos, fue que supo qué era lo que quería.

Quería justicia. Justicia contra las personas que le dieron una existencia vacía, pero había otra cosa que quería más: un propósito.

Odiar a sus padres y a Alola le daba un falso propósito. Le hacía sentir que desempeñaba un rol importante en algo incluso más grande. Utilizaba su odio como excusa para no mostrarse vacío al mundo, como sabía que lo estaba.

No anhelaba nada, no deseaba nada, no esperaba nada.

Vivía día tras día no porque quisiera, sino porque era lo que estaba acostumbrado a hacer.

No podía perdonar a sus padres, ni olvidar lo que le habían hecho, porque estaría perdiendo la única emoción que le quedaba en la vida. Aunque amaba a Francine, ese amor era un sentimiento que tenía hacia ella. Guzma no sentía nada por sí mismo.

—Solo quiero… algo que sea mío… Algo por lo que luchar… —admitió finalmente, sintiéndose horriblemente frustrado porque Lario y Kukui escucharan lo que estaba diciendo—. Estoy hueco, Francine. No tengo nada en mi interior. Absolutamente nada…

Francine lo miró con tristeza.

—Supongo… que el Team Skull no es eso que buscas…

Y Guzma por fin fue sincero. Por fin dijo lo que tanto tiempo quería decir.

—No puedo cuidar de otras personas cuando ni siquiera puedo cuidar de mí mismo.

Francine asintió débilmente.

—Entonces… busquemos juntos un propósito para ti, Guzma. Algo que te haga levantarte cada mañana de la cama; que te haga pensar que quieres ser mejor día con día… Recorramos el mundo entero si es necesario… pero hagámoslo juntos… —Sujetó con fuerza sus manos—. Perdóname… Perdóname por ser egoísta, Guzma… Yo… te necesito…

Él también apretó sus manos.

—Yo también, Francine. Yo también te necesito.

Ella levantó la cabeza y le dio una pequeña sonrisa para posteriormente abrazarlo. Guzma le correspondió el gesto. Se separaron.

—Suficiente, Golisopod. Esta batalla terminó —dijo Guzma, caminando hacia su Pokémon.

El isópodo se alejó de Incineroar, quien se puso de pie lentamente, y siguió de cerca a su entrenador. Comenzaron a alejarse, empezando a adentrarse en la nieve, pero los detuvieron.

—¡Guzma!

La voz de Kukui les hizo darse la vuelta.

—Todo lo que pasó… Yo…

—Éramos niños, ahora lo entiendo —dijo Guzma, dándose media vuelta—. Solo éramos niños que trataban de ser adultos. Mayoría de edad a los catorce… Que mala broma…

Lario y Kukui vieron sin poder decir nada como Golisopod, Guzma y Francine desaparecían en la oscuridad del Monte Lanakila.

—Al final no fuimos necesarios —dijo Lario, ajustándose las gafas.

Kukui reconoció en la voz de su amigo cierto dolor, mismo que compartía.

—Creo que nunca lo fuimos. Guzma ya está con la única persona que ha necesitado, necesita y necesitará. —Se quitó la gorra con un gesto lánguido—. Es triste… pensar que la vida de alguien habría sido mejor sin ti en ella.

—No creo que Guzma piense eso —dijo Lario—. Creo que, si acaso, al menos hicimos un poco más ameno su camino antes de que llegara a la línea de partida.

Kukui asintió.

—Tal vez tienes razón.

Pasos apresurados se escucharon en la nieve, por lo que Lario y Kukui se giraron a toda prisa. Se llevaron una sorpresa enorme cuando, ante ellos, apareció el comentarista: Jeekyo.

—¿Jeekyo? ¿Qué haces aquí? —preguntó Kukui con intriga.

—Y-yo… escuché… que el participante Guzma estaba aquí… Quería… tratar de obtener unas últimas palabras de él… —dijo entre jadeos—. ¿Ustedes… qué hacen aquí… señor Kukui… señor Lario?...

Ambos volvieron la mirada al frente.

—Solo nos despedíamos de un viejo amigo.

—Sí.


La falda del Monte Lanakila era considerablemente menos fría que su cima o su ladera. Ahí abajo había un montón de ruido, voces alegres y cantarinas que llevaban conversaciones pintorescas.

—Por cierto, ¿tuvieron oportunidad de hablar con Caster? —preguntó Manu.

—¿Caster? ¿Quién es ese? Yo solo conozco a "Jeekyo" —rio otro a carcajadas.

—¡No podía parar de reír cada vez que hablaba con esa voz tonta! ¡Hace cinco años ni siquiera me habría imaginado que ese sujeto sería comentarista!

—Siempre le gustó hablar. Bien por él, supongo.

—"¡Damas y caballeros de Alola! ¡Hoy estamos reunidos para ver como me cago en los pantalones!" —Uno de ellos imitó la voz de Jeekyo, exagerando su tono hasta lograr una parodia del original.

—¡Basta, basta! —pidió un recluta entre carcajadas—. ¡El que se va a cagar en los pantalones voy a ser yo!

Guzma y Francine se encontraban sentados frente a una fogata, ambos viendo fijamente la diversión de los reclutas.

El Team Skull no era el objetivo final de ninguno de los dos, pero podrían seguir junto a esos chicos hasta que llegara el momento en el que pudieran encontrarlo.

La vida de Guzma nunca había sido tranquila, y seguramente tampoco lo sería pronto.

Al menos, por una vez en su vida, podía tener la satisfacción de decir que había completado algo, incluso cuando parecía que era demasiado tarde.

—¿Cansado, jefe?

—Mucho.


Esto se me fue de las putas manos, chicos, ¿qué puedo decir? Ya ni siquiera voy a intentar excusarme. Me resigné a la idea de que así es mi puta vida, loco, siempre igual, siempre extendiéndome. Lo bueno es que esto ya se va a acabar, joder, me cago en la vida.

En fin, esto fue el pasado de Guzma. Intenté que me quedara algo corto, como de 20k palabras o eso, pero no fue posible. Es que ya ni sé qué decir, joder, pues ya estaría.

Nada, mi gente, ojalá les haya gustado y pues si llegaron hasta aquí me alegro un montón, sino pues no pasa nada, que tampoco es obligatorio leerse esto.

El título del siguiente capítulo es: Él y yo.

Pues ya solo faltarían siete capítulos, seis si no contamos el epílogo.

Nos leemos y Alola, chicos.