Capítulo 2: "Es un Loco, Loco, ¡Loco Mundo Mágico!"


Es un Loco, Loco, ¡Loco Mundo Mágico!


Sábado, 2 de noviembre de 1991.

Un hombre apareció en la esquina, su presencia tan inesperada y silenciosa que podría haberse confundido con una ilusión. El gato, testigo silente de la llegada del desconocido, mantuvo su mirada intensa y cautelosa. El hombre era alto y delgado, su figura anciana pero elegante. Su melena plateada y barba larga, que podría rivalizar con las de un venerable mago medieval, eran tan exquisitas como sus ropas. Vestía una túnica larga de un profundo color púrpura, que parecía absorber la luz a su paso, y sus botas con hebillas brillaban con el misterio de alguien que lleva una vida llena de secretos. Detrás de unas gafas con cristales de medialuna, sus ojos azules eran penetrantes y brillantes, parecían contener la sabiduría de siglos de historia. Su nariz, torcida como si hubiera conocido muchos percances y aventuras, le confería un aire singular. Su nombre, Albus Dumbledore, resonaba con autoridad y poder en el basto mundo de la magia.

Absorto en sus pensamientos, rebuscaba en los pliegues de su capa, buscando algo que parecía preciado. Sin embargo, en medio de su tarea, percibió que no estaba solo, sintió una mirada clavada en él, y sus ojos se dirigieron hacia el gato que lo observaba desde la distancia.

La cola del gato se agitó con un deje de desconfianza y sus ojos se entrecerraron, como si estuviera evaluando al recién llegado. Pero, sorprendentemente, la visión del gato pareció divertir a Dumbledore, quien soltó una risa suave y susurrante.

Finalmente, encontró lo que buscaba en el bolsillo interior de su capa: un pequeño objeto de plata que parecía un encendedor. Con un gesto experto, lo abrió y lo alzó en el aire, desencadenando una secuencia mágica. La luz de la calle se desvaneció con un leve estallido, una tras otra, como si el encanto de Dumbledore alcanzara cada farola y bombilla. La oscuridad se apoderó de Privet Drive, y solo quedaron los destellos lejanos de los ojos del gato, que continuaba observándolo con curiosidad.

Aunque el acto de Dumbledore era asombroso, no parecía inquieto por las consecuencias de apagar las luces de la calle. Sin inmutarse, se dirigió hacia el número 4 de Privet Drive, donde se sentó en una pared cercana al gato. Aunque sus ojos no se posaron en el animal, le habló con una calma que denotaba una familiaridad poco común:

— "Me alegra verte aquí, profesora McGonagall." —Pero para sorpresa de Dumbledore, en lugar del gato, fue una mujer de aspecto severo y elegante quien le respondió con una sonrisa. La profesora Minerva McGonagall, vestida con una capa esmeralda y gafas de montura cuadrada, parecía más que una simple mujer. Era una poderosa bruja, con una sabiduría y experiencia que rivalizaba con la de Dumbledore.

— "¿Cómo supiste que era yo?" —Minerva McGonagall preguntó con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

— "Mi querida profesora, nunca había visto a un gato tan inmutable. Estaba claro que solo podía ser usted." —El anciano pícaro sonrió con una chispa de complicidad en sus ojos.

McGonagall no pareció convencida, y la preocupación se reflejó en su rostro mientras ambos compartían sus impresiones sobre los rumores y la tragedia que acababa de ocurrir. Discutieron la misteriosa supervivencia del pequeño Harry Potter y su futuro en manos de sus tíos muggles, los Dursley.

En ese momento, las calles desiertas se llenaron de un estruendo lejano que fue en aumento. Dumbledore y McGonagall se giraron hacia el cielo, buscando la fuente del ruido, y pronto una moto gigantesca descendió del cielo para aterrizar frente a ellos. El conductor de la moto era aún más impresionante que su vehículo; era un hombre enorme, tan alto que su cabeza rozaba las nubes, y su cabello negro y barba revuelta daban un aire desaliñado, pero su mirada reflejaba bondad y lealtad. Era Rubeus Hagrid, el guardián de las llaves y las criaturas mágicas en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Hagrid sostenía entre sus musculosos brazos un bulto envuelto en mantas. Dumbledore y McGonagall se apresuraron a examinar el contenido: un bebé de aspecto inocente y una curiosa cicatriz en forma de rayo en su frente.

— "Me alegra que hayas llegado, Hagrid. ¿Dónde conseguiste esa moto?" —preguntó Dumbledore con una sonrisa.

— "Me la prestó Sirius Black, profesor Dumbledore, pobre joven, se encontraba muy desconsolado." —respondió Hagrid con voz ronca. — "La traje para entregar al pequeño Harry." —

Dumbledore asintió con aprobación mientras McGonagall observaba al bebé con ternura. El pequeño Harry dormía profundamente, ajeno a su fama y destino.

— "Lo dejaremos aquí, Hagrid. Será mejor que terminemos con esto." —dijo Dumbledore, con una determinación serena en su voz.

Así, Hagrid depositó suavemente al bebé frente a la puerta del número 4 de Privet Drive y Dumbledore escondió una carta entre las mantas, una carta que contenía la verdad sobre el legado de Harry y lo sucedido con respecto a Lord Voldemort, o la teoría de lo sucedido, porque nadie sabía a ciencia cierta lo que aconteció en aquella macabra noche en el Valle de Godric, ningún alma viva al menos.

Mientras los tres contemplaban al pequeño Harry, Hagrid no pudo contener su emoción y se limpió las lágrimas con su enorme mano. —"Lo siento... no puedo soportarlo... Lily y James muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con muggles..." —

McGonagall lo reconfortó, comprendiendo la dificultad de dejar a un niño tan especial en un entorno tan mundano y no mágico como el de los Dursley. Pero Dumbledore, con su calma característica, explicó las razones detrás de su decisión. —"Sus tíos serán su mejor protección, Minerva. Su sangre muggle lo protegerá del rastro de aquellos que busquen alguna venganza. Ellos lo cuidarán y lo prepararán para el momento en que descubra quién es en realidad." —

McGonagall asintió, aceptando las razones de Dumbledore, aunque no sin reservas. Había visto suficientes prodigios y milagros en el mundo de la magia para saber que Harry Potter estaba destinado a ser algo extraordinario.

Finalmente, Hagrid se despidió conmovido y se alejó en su imponente moto, volviendo a su vida mágica y a sus deberes en Hogwarts. Dumbledore, por su parte, miró por última vez al pequeño Harry en el umbral de la puerta, sabiendo que su futuro estaba lleno de desafíos y misterios.

— "Buena suerte, Harry" —murmuró, y con un movimiento de su capa, desapareció en la oscuridad de la noche.

Una brisa ligera agitó los setos de Privet Drive, como si la magia del momento hubiera dejado su huella. La calle permanecía en silencio bajo un cielo estrellado, ajena al destino que acababa de ser sellado. Harry Potter, el niño que vivió, continuaba descansando ajeno a su fama futura, mientras el mundo mágico se preparaba para el futuro que les deparaba a todos. Aun en la oscuridad de la noche, una esperanza brillaba en lo más profundo del corazón de Dumbledore y McGonagall, y en los corazones de aquellos que sabían la verdad: Harry Potter los había salvado, cambiando el curso de la historia mágica para siempre.

~ Life 0 ~

Sábado, 23 de junio, Año 2001…

Habían pasado aproximadamente diez años desde el día en que los Dursley se despertaron y encontraron a su sobrino en la puerta de entrada, pero Privet Drive no había cambiado en absoluto. El sol se elevaba en los mismos jardincitos, iluminaba el número 4 de latón sobre la puerta de los Dursley y avanzaba en su salón, que era casi exactamente el mismo que aquél donde el señor Dursley había oído las ominosas noticias sobre las lechuzas, una noche de hacía diez años. Solo las fotos de la repisa de la chimenea eran testimonio del tiempo que había pasado. Diez años antes, había una gran cantidad de retratos de lo que parecía una gran pelota rosada con gorros de diferentes colores, pero Dudley Dursley ya no era un niño pequeño, y en aquel momento las fotos mostraban a un chico grande y rubio montando su primera bicicleta, en un tiovivo en la feria, jugando con su padre en el ordenador, besado y abrazado por su madre. La habitación no ofrecía señales de que allí viviera otro niño.

Sin embargo, Harry Potter estaba todavía allí, durmiendo en aquel momento, aunque no por mucho tiempo. Su tía Petunia se había despertado y su voz chillona era el primer ruido del día. — "¡Arriba! ¡A levantarse! ¡Ahora!" —

Harry se despertó con un sobresalto. Su tía llamó otra vez a la puerta.

— "¡Arriba!" —chilló de nuevo. Harry oyó sus pasos en dirección a la cocina, y después el roce de la sartén contra el fogón. El niño se dio la vuelta y trató de recordar el sueño que había tenido. Había sido bonito. Había una moto que volaba. Tenía la curiosa sensación de que había soñado lo mismo anteriormente.

Su tía volvió a la puerta. — "¿Ya estás levantado?" —quiso saber.

— "Casi." —respondió Harry.

— "Bueno, date prisa, quiero que vigiles el tocino. Y no te atrevas a dejar que se queme. Quiero que todo sea perfecto el día del cumpleaños de Duddy." —Exclamo con histeria tía Petunia, Harry gimió.

— "¿Qué has dicho?" —gritó con ira desde el otro lado de la puerta.

— "Nada, nada..." —

El cumpleaños de Dudley... ¿cómo había podido olvidarlo? Harry se levantó lentamente y comenzó a buscar sus calcetines. Encontró un par debajo de la cama y, después de sacar una araña de uno, se los puso. Harry estaba acostumbrado a las arañas, porque la alacena que había debajo de las escaleras estaba llena de ellas, y allí era donde dormía.

Cuando estuvo vestido salió al recibidor y entró en la cocina. La mesa estaba casi cubierta por los regalos de cumpleaños de Dudley. Parecía que éste había conseguido la computadora nueva que quería, por no mencionar el segundo televisor y la bicicleta de carreras. La razón exacta por la que Dudley podía querer una bicicleta era un misterio para Harry, ya que Dudley estaba muy gordo y aborrecía el ejercicio, excepto si conllevaba pegar a alguien, por supuesto. El saco de boxeo favorito de Dudley era… Harry, pero no podía atraparlo muy a menudo. Aunque no lo parecía, Harry era muy rápido. Tal vez tenía algo que ver con eso de vivir en una oscura alacena, pero Harry había sido siempre flaco y muy bajo para su edad. Además, parecía más pequeño y delgado de lo que realmente era, porque toda la ropa que llevaba eran prendas viejas de Dudley, y su primo era cuatro veces más grande que él.

Harry tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos de color verde brillante. Llevaba gafas redondas siempre pegadas con cinta adhesiva, consecuencia de todas las veces que Dudley le había pegado en la nariz. La única cosa que a Harry le gustaba de su apariencia era aquella pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago. La tenía desde que podía acordarse, y lo primero que recordaba haber preguntado a su tía Petunia era cómo se la había hecho.

— "En el accidente de coche donde tus padres murieron." —había dicho tía Petunia. — "Y no hagas preguntas." —

«No hagas preguntas»: ésa era la primera regla que se debía observar si se quería vivir una vida tranquila con los Dursley.

Harry suspiró y continuó preparando el desayuno mientras tía Petunia y Dudley hablaban animadamente del día especial que les esperaba en el zoológico. Aunque estuviera triste por el trato que recibía, Harry había aprendido a esconder sus emociones.

Mientras Dudley y su familia se disponían a salir hacia el zoológico, Harry miró con tristeza por la ventana. Había algo dentro de él que anhelaba la libertad y la aventura, como la moto que volaba en sus sueños, pero sabía que en ese lugar no encontraría más que aburrimiento y desprecio.

Harry se encontraba en la cocina, dándole la vuelta al tocino en la sartén, cuando Tío Vernon irrumpió como un torbellino.

— "¡Péinate!" —rugió en tono matutino.

Una vez por semana, sin falta, Tío Vernon dejaba de mirar su periódico y gritaba que Harry necesitaba un corte de pelo. A pesar de que ya le habían cortado el pelo más veces de lo que cualquier otro niño de su clase pudiera imaginar, parecía que su cabello tenía una vida propia y crecía descontroladamente en todas direcciones.

Mientras freía los huevos, Dudley, el primo de Harry, apareció en la cocina junto a su madre. Dudley se parecía mucho a Tío Vernon, con su gran cara sonrosada, poco cuello, ojos pequeños y azulados, y un espeso cabello rubio que cubría su abultada cabeza. Tía Petunia decía orgullosamente que Dudley parecía un ángel, pero Harry siempre lo comparaba con un cerdo con peluca.

Harry sirvió los platos de huevos y tocino en la mesa, que estaba repleta y apenas tenía espacio. Mientras tanto, Dudley contaba sus regalos de cumpleaños. Su rostro se ensombreció.

— "Treinta y seis." —dijo Dudley, mirando a sus padres. — "Dos menos que el año pasado." —

— "Querido, aún no has contado el regalo de tía Marge. Está debajo de este, junto al de mamá y papá." —expresó rápidamente tía Petunia.

— "Ah, entonces son treinta y siete" —dijo Dudley, poniéndose rojo.

Tío Vernon soltó una risita.

— "El muchacho quiere que se le reconozca lo que vale, como su padre. ¡Bien hecho, Dudley!" —exclamó, revolviendo el cabello de su hijo.

En ese momento, sonó el teléfono y Tía Petunia fue a contestarlo, mientras Harry y Tío Vernon observaban a Dudley desenvolviendo su bicicleta de carreras, la cámara de video, el avión de control remoto y dieciséis juegos nuevos para su computadora. Dudley estaba a punto de desempacar un reloj de oro cuando Tía Petunia volvió, pareciendo preocupada.

— "Malas noticias, Vernon" —dijo tía Petunia. — "La señora Figg se fracturó una pierna. No puede cuidar a Harry." —Luego dirigió su mirada hacia Harry.

El corazón de Harry dio un vuelco. Cada año, en el cumpleaños de Dudley, sus padres lo llevaban a algún parque de diversiones, a comer hamburguesas o al cine con un amigo, mientras Harry se quedaba con la señora Figg, una anciana excéntrica que vivía a dos manzanas de distancia. A Harry no le agradaba ir allí, pues toda la casa olía a repollo y la señora Figg siempre lo abrumaba con fotos de todos sus gatos.

— "¿Y ahora qué haremos?" —preguntó Tía Petunia, mirando a Harry con enojo, como si fuera su culpa. Harry sabía que debía sentir compasión por la pierna de la señora Figg, pero era difícil cuando pensaba en tener que pasar otro año con Tibbles, Snowy, el Señor Paws o Tufty.

— "Podemos llamar a Marge." —sugirió Tío Vernon.

Harry sintió un escalofrío recorriéndole la espalda al escuchar ese nombre. Tía Marge era la hermana de tío Vernon y, aunque no era una verdadera tía de Harry, había sido una presencia aterradora en su vida desde que podía recordar.

El simple pensamiento de tía Marge hizo que los recuerdos de los horrores que había vivido a sus manos resurgieran en la mente de Harry. Recordó las veces que ella venía de visita y se quedaba en Privet Drive, llenando la casa con su risa estruendosa y sus comentarios crueles. Tía Marge siempre encontraba algo en lo que Harry pudiera estar equivocado o hacer mal, y no dudaba en humillarlo en público.

Sus recuerdos se enfocaron en una vez en particular, cuando tenía ocho años y tía Marge estaba visitando a los Dursley. Había estado jugando en el jardín con Dudley, quien se había burlado de él por no tener amigos. Tía Marge se unió a las burlas y comenzó a imitar la forma en que Harry hablaba, ridiculizando su voz y su aspecto. Todos se reían, y Harry deseaba con todas sus fuerzas poder desaparecer en ese momento.

En otra ocasión, tía Marge había traído a sus perros grandes y feroces, que aterrorizaron a Harry hasta el punto de esconderse en el armario bajo las escaleras durante horas. Tía Marge se reía y decía que Harry era un cobarde y que nunca sería nada en la vida.

— "No seas tonto, Vernon, ella no soporta al chico." —replicó tía Petunia. Y Harry de fondo, y de forma inadvertida soltando un suspiro de alivio puro.

Los Dursley a menudo hablaban de Harry de manera despectiva, como si él no estuviera presente, o como si fuera tan tonto que no pudiera entenderlos, algo así como un insignificante gusano.

— "Podrían dejarme aquí." —sugirió esperanzado Harry. Así podría ver televisión por una vez y quizás incluso jugar en la computadora de Dudley.

Tía Petunia lo miró como si hubiera dicho algo inaudito. — "¿Y volver para encontrarnos con la casa hecha un desastre?" —replicó frunciendo el ceño.

— "No voy a quemar la casa." —dijo Harry, pero sus palabras cayeron en oídos sordos.

— "Supongo que podemos llevarlo al zoológico." —dijo Tía Petunia en voz baja. — "... y dejarlo en el coche..." —

— "El coche es nuevo, no puedo dejarlo solo ahí..." —

Dudley comenzó a lloriquear. En realidad, hacía años que no lloraba de verdad, pero sabía que si fingía un berrinche, su madre le daría cualquier cosa que quisiera.

— "Mi pequeño Dudley, no llores, mamá no dejará que él arruine tu día especial." —dijo Tía Petunia, abrazando a su hijo.

— "¡Yo... no... quiero... que... él venga!" —exclamó Dudley entre lágrimas fingidas. — "¡Siempre arruina todo!" —Lanzó una mirada burlona a Harry desde los brazos de su madre.

En ese momento, sonó el timbre de la puerta.

— "¡Oh, Dios! ¡ya están aquí!" —exclamó Tía Petunia, desesperada, y poco después, el mejor amigo de Dudley, Piers Polkiss, entró con su madre. Piers era un chico flaco con cara de rata. Solía sujetar a los chicos mientras Dudley los golpeaba. Dudley dejó de llorar inmediatamente.

Una media hora después, Harry se encontró en el asiento trasero del coche de los Dursley, junto a Dudley y Piers, camino al zoológico por primera vez en su vida. Los tíos no habían encontrado una mejor solución, pero antes de partir, Tío Vernon se acercó a Harry.

— "Escucha bien." —dijo, acercando su rostro rojo al de Harry. — "Te advierto desde ahora, muchacho: si haces algo extraño, cualquier cosa, te encerraré en la alacena hasta Navidad." —

— "No voy a hacer nada" —dijo Harry— "En serio..." —

Pero Tío Vernon no le creía. Nadie lo hacía.

El problema era que, a menudo, cosas extrañas ocurrían cerca de Harry, pero él no tenía control sobre ellas. A pesar de sus explicaciones, los Dursley siempre pensaban que él era el culpable. Hubo una vez que Tía Petunia, harta de que Harry regresara de la peluquería con el mismo cabello desordenado de siempre, tomó unas tijeras de la cocina y le cortó el pelo casi al ras, dejando solo un flequillo para "ocultar esa horrible cicatriz". Pero al día siguiente, Harry se sorprendió al descubrir que su cabello había crecido nuevamente, y por supuesto, fue castigado y encerrado en la alacena por una semana.

Otra vez, Tía Petunia intentó vestirlo con un horrendo suéter viejo de Dudley (marrón, con manchas naranjas). Por más que intentó pasarlo por su cabeza, el suéter se redujo de tamaño hasta que solo cabría en una muñeca. Pero cuando Harry explicó que no sabía cómo había sucedido eso, solo recibió un regaño y fue enviado a la alacena nuevamente. Incluso hubo una ocasión en la que lo encontraron en el techo de la cocina del colegio, lo cual le valió una carta de advertencia del director. Harry no tenía explicación para estos sucesos, pero siempre era castigado como si fuera el causante de ellos.

Aquella tarde, en el zoológico, todo parecía marchar bien. Harry disfrutaba de un día diferente junto a Dudley y Piers, aunque se mantenía alejado de ellos para evitar ser golpeado. Comieron en el restaurante del zoológico y, cuando Dudley tuvo un ataque de rabia porque su sándwich no era lo suficientemente grande, Tío Vernon le compró otro y Harry tuvo permiso para terminar el primero.

Más tarde, Harry pensaría que aquello era demasiado bueno para durar. Después de comer, fueron a ver los reptiles en un lugar oscuro y frío con vidrieras iluminadas. Dudley y Piers querían ver las serpientes más peligrosas, pero la gigantesca boa constrictor que encontraron estaba dormida.

— "Haz que se mueva." —exigió Dudley a su padre.

Tío Vernon golpeó el vidrio, pero la serpiente no se movió.

— "Hazlo de nuevo." —ordenó Dudley.

Tío Vernon lo intentó de nuevo, pero la serpiente siguió dormitando.

— "Esto es aburrido." —se quejó Dudley.

Harry se acercó al vidrio y miró a la serpiente. Le pareció tan solitaria como estar en su alacena, con gente estúpida golpeando el vidrio todo el día.

De repente, la serpiente abrió sus pequeños ojillos brillantes y levantó la cabeza hasta quedar al nivel de Harry.

La serpiente le guiñó un ojo.

— "~Me pasa esto constantemente.~" —murmuró Harry, pensando que la serpiente podría entenderlo.

La serpiente asintió.

— "~¿De dónde vienes?~" —preguntó Harry.

La serpiente señaló con la cola un cartel: "Boa Constrictor, Brasil".

— "~¿Era bonito allá?~"

La serpiente negó con la cabeza.

— "~¿Nunca has estado en Brasil?~"

La serpiente negó nuevamente. Justo en ese momento, un grito ensordecedor los interrumpió.

— "¡DUDLEY! ¡VENGAN A VER A LA SERPIENTE! ¡NO VAN A CREER LO QUE ESTÁ HACIENDO!" —

Dudley acudió rápidamente, contoneándose todo lo que podía.

— "Quita de en medio." —ordenó, golpeando a Harry en las costillas y haciéndolo caer al suelo de cemento. Pero lo que ocurrió a continuación fue tan rápido que nadie supo cómo había pasado: Piers y Dudley, que estaban inclinados cerca del vidrio, saltaron hacia atrás aullando de terror.

Harry se levantó rápidamente y se quedó boquiabierto: el vidrio que cerraba el cubículo del boa constrictor había desaparecido. La enorme serpiente se había desenrollado rápidamente y ahora se deslizaba por el suelo. Las personas presentes en la casa de los reptiles gritaban y corrían hacia las salidas.

Mientras la serpiente pasaba junto a él, Harry podría haber jurado que una voz baja y sibilante susurró:

— "~Brasil, allá voy... Gracias, amigo.~"

— "Pero... ¿y el vidrio?" —repetía el encargado de los reptiles — "¿A dónde ha ido el vidrio?" —

Mientras el pánico se apoderaba del zoológico, una joven de unos diez años caminaba con su padre, por la salida, ya habían paseado por el zoológico y se dirigían a tener un almuerzo. La niña tenía una mirada curiosa y vivaz en sus ojos, mientras observaba a las personas correr y gritar, sin entender muy bien qué estaba pasando.

— "Papá, ¿por qué la gente está tan asustada?" —preguntó la niña con inocencia, agarrando la mano de su padre.

Su padre frunció el ceño y miró a su alrededor, tratando de encontrar una explicación. No estaba acostumbrado a situaciones así, o al menos de manera normal, pero intentó mantener la calma para no alarmar a su hija.

— "No lo sé, Irina-chan. Parece que algo ha ocurrido en el zoológico" —respondió, tratando de sonar tranquilo. — "Tal vez sea mejor que nos alejemos de aquí por si acaso." —

Irina, siendo el nombre de la pequeña niña, asintió, aunque todavía se mostraba un poco confundida. A medida que se alejaban del zoológico, se cruzaron con más personas que corrían en dirección contraria, lo que hizo que Irina se aferrara con fuerza a la mano de su padre.

De repente, entre el bullicio, Irina notó algo que le llamó la atención: una serpiente enorme y majestuosa deslizándose cerca de ellos. A diferencia de las personas que huían, la serpiente parecía tranquila y serena.

— "¡Mira, papá!" —exclamó Irina, señalando a la serpiente. — "Es tan bonita." —

Su padre siguió la mirada de su hija y se sorprendió al ver la serpiente. Aunque le resultaba inusual encontrar una serpiente en un lugar como ese, sus malas costumbres le hicieron creer que era algo peor, aunque no dejaría de estar alerta.

— "Sí, es hermosa" —respondió él, sin quitarle los ojos de encima.— "Pero creo que deberíamos seguir nuestro camino, Irina-chan." —

Mientras se alejaban, Irina se dio la vuelta para echarle otro vistazo a la serpiente. Para su sorpresa, la serpiente parecía mirarla directamente a los ojos y, de alguna manera, Irina tuvo la extraña sensación de que la serpiente la entendía.

— "¡Adiós, serpiente!" —dijo Irina con una sonrisa, agitando su manita en dirección al reptil.

Su papá no pudo evitar sonreír ante la ingenuidad y la dulzura de su hija. Después de salir del zoológico, Irina y su padre, Touji continuaron su paseo.

El encargado estaba conmocionado, pero no había rastro del vidrio. Sin embargo, lo peor, al menos para Harry, llegó cuando Piers se calmó y le dijo:

"Harry le estaba hablando, ¿verdad, Harry?" —

Tío Vernon esperó a que Piers se marchara antes de enfrentarse a Harry. Estaba tan enfadado que apenas podía hablar.

— "A... alacena... quédate... no hay comida. ¡Ahora!" —logró decir antes de desplomarse en una silla. Tía Petunia tuvo que servirle una copa de brandy. Tío Vernon estaba furioso con Harry.

Horas después, Harry yacía en su oscura alacena, deseando tener un reloj. Vivía con los Dursley desde que sus padres murieron. A veces recordaba un intenso fuego verde y una calidez reconfortante, pero no sabía qué significaba, pensó que su mente solo se lo inventaba para calmar su constante angustia. Además, no tenía recuerdos de sus padres, ya que los Dursley nunca hablaban de ellos, y tenía prohibido hacer preguntas. Tampoco había fotos de sus padres en la casa.

De niño, Harry solía soñar con algún pariente desconocido que vendría a buscarlo y llevarlo lejos, pero eso nunca sucedió. Los Dursley eran su única familia. A veces, sin embargo, pensaba o más bien deseaba que hubiera personas desconocidas que actuaban como si lo conocieran. Eran extraños muy peculiares. Un hombrecito con un sombrero violeta lo saludó una vez mientras estaba de compras con tía Petunia y Dudley. Cuando Harry le preguntó enojado si conocía al hombre, tía Petunia los sacó rápidamente de la tienda sin comprar nada.

Una vez, una anciana con un extravagante atuendo verde lo saludó alegremente en un autobús. Y otro día, un hombre calvo con un largo abrigo morado le estrechó la mano en la calle y se alejó sin decir una palabra. Lo más extraño de todos estos encuentros era cómo parecían desvanecerse en el momento en que Harry intentaba acercarse.

En la escuela, Harry no tenía amigos. Todos sabían que el grupo de Dudley odiaba al extraño Harry Potter, con su ropa vieja y holgada, y sus gafas rotas, y nadie quería enfrentarse a la banda de Dudley.

~ Life 1: ¿Soy un mago? ~

La fuga de la boa constrictor fue el castigo más largo de su vida para Harry. Cuando finalmente le permitieron salir de su alacena, las vacaciones de verano ya habían comenzado y Dudley, con su típica torpeza, había causado estragos. Atrapar a Harry volvió a ser el pasatiempo favorito de Dudley y su pandilla, quienes lo acosaban constantemente.

Harry ansiaba que las vacaciones terminaran para dejar atrás esa pesadilla y comenzar la secundaria, aunque significara no compartir aula con Dudley. Mientras esperaba el inicio del nuevo ciclo escolar, su vida con los Dursley no mejoraba. Un día, tía Petunia llevó a Dudley a Londres para comprar su uniforme escolar mientras dejaba a Harry con la señora Figg. A pesar de la fractura de pierna de la señora Figg, Harry encontró cierto alivio en su compañía.

La cocina de los Dursley estaba repleta de tensión mientras la correspondencia llegaba con su inesperada carta. Un sobre grueso y pesado, de pergamino amarillento, dirigido a Harry Potter, causó una conmoción inusual en la casa.

Señor H. Potter

Alacena Debajo de la Escalera

Privet Drive, 4

Little Whinging

Surrey

— "¡Es mía!" —exclamó Harry tratando de recuperar la carta que le pertenecía.

— "¿Quién te va a escribir a ti?" —dijo con tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta y cambiando su rostro de color en segundos.

Tía Petunia no podía ocultar su asombro y murmuró: — "¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon!" —

La tensión aumentó cuando Dudley exigió leer la carta también, pero fue rápidamente echado de la cocina por su padre.

Harry y Dudley, silenciosamente, trataron de espiar por la cerradura para descubrir el contenido de la misteriosa carta. Mientras tanto, tío Vernon y tía Petunia discutían cómo lidiar con el asunto.

— "No pienso tener a uno de ellos en la casa, Petunia." —declaró tío Vernon con determinación, recordando antiguos juramentos.

Aquella noche, cuando regresó del trabajo, tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry en su alacena.

— "¿Dónde está mi carta?" —dijo Harry, en el momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta. — "¿Quién me escribió?" —

— "Nadie. Estaba dirigida a ti por error." —dijo tío Vernon con tono cortante. — "La quemé." —

— "No era un error" —dijo Harry enfadado. — "Estaba mi alacena en el sobre." —

— "¡SILENCIO!" —gritó el tío Vernon, y unas arañas cayeron del techo. Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose tanto por hacerlo que parecía sentir dolor.

— "Ah, sí, Harry, en lo que se refiere a la alacena... Tu tía y yo estuvimos pensando... Realmente ya eres muy mayor para esto... Pensamos que estaría bien que te mudes al segundo dormitorio de Dudley." —con una sonrisa forzada, tío Vernon sugirió que Harry se mudara al dormitorio de Dudley.

— "¿Por qué?" —dijo Harry.

— "¡No hagas preguntas!" —exclamó Vernon. — "Lleva tus cosas arriba ahora mismo." —

Desde abajo llegaba el sonido de los gritos de Dudley a su madre.

— "No quiero que esté allí... Necesito esa habitación... Échalo..." —

Harry, en su nuevo espacio, se sentó en la cama rodeado de objetos rotos y viejos juguetes de Dudley. Aunque habría dado cualquier cosa por estar en esa habitación el día anterior, ahora prefería tener la carta que tanto ansiaba.

La llegada de la carta misteriosa marcó un cambio en la monotonía de su vida. Dirigida a él, Harry estaba emocionado por recibir su primera carta. Sin embargo, tío Vernon se aseguró de que no llegara a sus manos, quemándola para evitar que Harry la leyera. Pronto, más cartas comenzaron a llegar, y tío Vernon decidió huir con su familia para escapar de los remitentes.

A la mañana siguiente, el ambiente en la cocina de los Dursley era pesado y silencioso. Dudley estaba conmocionado y había protagonizado una serie de estallidos de ira y actos inaceptables, pero aún no había logrado recuperar su habitación. Mientras tanto, Harry lamentaba no haber abierto la carta en el vestíbulo, pensando amargamente que hubiera sido más sabio hacerlo.

El cartero llegó con una nueva entrega de cartas, y esta vez Dudley fue el encargado de recogerlas. Su grito desató una frenética carrera hacia el recibidor, donde todos se enfrentaron por la misteriosa correspondencia. Tío Vernon logró arrebatar la carta dirigida a Harry, pero no sin una disputa agitada.

Harry se encontraba en su nueva habitación, lidiando con la intriga y tratando de averiguar cómo sabían que había dejado su alacena. ¿Lo intentarían de nuevo? Estaba decidido a estar preparado.

Al día siguiente, Harry decidió anticiparse al cartero y esperarlo en la esquina de Privet Drive. Pero fue sorprendido cuando tropezó con su tío escondido en un saco de dormir en la puerta, listo para frustrar sus planes. Tío Vernon continuó frustrando las entregas, tapiando la puerta y evitando la llegada de cartas.

Sin embargo, los intentos para evitar que las cartas llegaran a Harry solo empeoraron las cosas. Los sobres comenzaron a llegar por chimenea, ventana y hasta con el lechero. Tío Vernon se sintió derrotado, pero en un intento por escapar, llevó a la familia lejos de casa, perseguido por una avalancha de cartas.

Condujeron sin rumbo fijo, sin detenerse a comer o beber. Dudley estaba descontento y hambriento, lamentando la falta de comodidades tecnológicas. Finalmente, se detuvieron en un hotel sombrío, donde pasaron una incómoda noche.

Al día siguiente, el desayuno en el hotel fue interrumpido por la dueña, quien entregó una abundante cantidad de cartas dirigidas a Harry. Las misteriosas cartas continuaban persiguiéndolos sin descanso.

El plan de tío Vernon de mudarse de lugar para evitar las cartas resultó inútil, ya que los remitentes, aparentemente, conocían su paradero en todo momento. Finalmente, durante una tormenta, huyeron hacia una cabaña en un acantilado frente al mar. La tormenta arreció, y mientras Harry esperaba ansiosamente su cumpleaños número once, escuchó un ruido extraño afuera.

Cinco minutos. Harry oyó algo que crujía afuera. Esperó con preocupación que no fuera a caerse el techo, aunque tal vez hiciera más calor si eso ocurría. Cuatro minutos. Tal vez la casa de Privet Drive estaría tan llena de cartas cuando regresaran, que podría robar una.

Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas? Y faltaban dos minutos, ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar?

Un minuto y tendría once años. Treinta segundos... veinte... diez... nueve... tal vez despertara a Dudley solo para molestarlo... tres... dos... uno...

BUM.

Toda la cabaña se estremeció, y Harry se enderezó, mirando fijamente la puerta. Alguien estaba afuera, llamando.

En el momento en que cumplió once años, alguien llamó a la puerta de la cabaña

BUM.

Un nuevo golpe resonó en la puerta. Dudley se despertó de golpe.

— "¿Dónde está el cañón?" —preguntó estúpidamente.

Un crujido se escuchó detrás de ellos, y tío Vernon apareció en la habitación con un rifle en las manos, sabían lo que contenía el paquete alargado que había llevado.

— "¿Quién está ahí?" —gritó. — "¡Les advierto que estoy armado!" —

Una pausa, y luego...

¡UN GOLPE VIOLENTO FUE TODO LO QUE SE ESCUCHO!

La puerta se desplomó con un estruendo y un hombre gigantesco surgió en el umbral. Su rostro estaba prácticamente oculto por una tupida melena de pelo y una desaliñada barba, pero sus ojos, brillantes como escarabajos negros, eran visibles bajo la maraña.

Con facilidad, el gigante recolocó la puerta en su lugar y se abrió paso hacia ellos. La tormenta seguía rugiendo en el exterior, pero su presencia parecía calmarla un poco. Se acomodó en el sofá, donde Dudley estaba petrificado de miedo.

— "Levántate, bola de grasa." —dijo el desconocido.

Dudley huyó y buscó refugio junto a su madre, quien también estaba asustada y escondida tras tío Vernon.

— "¡Ah! ¡Aquí estas Harry!" —dijo el gigante.

Harry levantó la mirada hacia el rostro feroz y barbudo, encontrando una sonrisa en sus oscuros ojos.

— "La última vez que te vi, eras solo un bebé." —dijo el gigante. — "Te pareces mucho a tu padre, pero tienes los ojos de tu madre." —

Tío Vernon hizo un extraño ruido, como si fuese un chillido.

— "¡Exijo que se vaya inmediatamente, señor!" —dijo tio Vernon. — "¡Esto es allanamiento de morada!" —

— "Cállate, Dursley, grandísimo tonto." —respondió el gigante, estirándose y tomando el rifle de tío Vernon, al que le dio un giro tan sorprendente que lo arrojó a un rincón.

Otro ruido extraño surgió de tío Vernon, como si hubieran aplastado un ratón.

— "De todos modos, Harry." —dijo el gigante, ignorando a los Dursley. — "Te deseo un muy feliz cumpleaños. Tengo algo aquí. Puede que lo haya aplastado un poco, pero seguro que está delicioso." —

Sacó una caja un tanto destartalada del bolsillo interior de su abrigo negro. Harry la abrió con manos temblorosas y encontró un generoso pastel de chocolate, con un mensaje en verde que decía "Feliz Cumpleaños, Harry".

Harry miró al gigante, a punto de agradecerle, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta, y en cambio preguntó:

— "¿Quién es usted?" —

El gigante soltó una risita. — "Es verdad, no me he presentado. Soy Rubeus Hagrid, Guardián de las Llaves y Terrenos de Hogwarts." —

Estrechó la mano de Harry, pero su saludo fue tan contundente que prácticamente le sacudió todo el brazo.

— "¿Qué tal ese té, entonces?" —dijo, frotándose las manos. — "Aunque no diría que no a algo más fuerte." —

Harry, aún asombrado, no podía quitarle los ojos de encima a Hagrid, hasta que finalmente se atrevió a preguntar:

— "Lo siento, pero todavía sigo sin saber quién es usted." —

Hagrid, tomando un sorbo de té, respondió:

— "Llámame Hagrid, todos lo hacen. Como te dije, soy el guardián de las llaves de Hogwarts. Ya lo sabrás todo sobre Hogwarts, por supuesto." —

— "Pues... yo no..." —dijo Harry, sintiéndose un poco perdido.

Hagrid parecía impresionado.

— "Lo lamento." —se apresuró a decir Harry.

Pero Hagrid estaba furioso con los Dursley.

— "¿Me van a decir que este muchacho, este muchacho, no sabe nada... sobre NADA?" —bramó Hagrid, mirando a Harry con incredulidad.

Harry, desconcertado, trató de defenderse:

— "Yo sé algunas cosas." —dijo. — "Puedo hacer cuentas y todo eso." —

Pero Hagrid no se refería a eso en absoluto.

— "Me refiero a nuestro mundo. Tu mundo. Mi mundo. El mundo de tus padres." —

— "¿Qué mundo?" —preguntó Harry, confundido.

— "¡DURSLEY!" —bramó Hagrid, quien parecía a punto de estallar.

Los Dursley retrocedieron, asustados.

— "¿No se lo ha dicho? ¿No le ha hablado sobre la carta que Dumbledore le dejó? ¡Yo estaba allí! ¡Vi que Dumbledore la dejaba, Dursley! ¿Y se la ha ocultado durante todos estos años?" —dijo Hagrid, indignado.

Harry estaba anhelante por saber más.

— "¿Qué es lo que me han ocultado?" —preguntó Harry.

— "¡DETÉNGASE!" —rugió tío Vernon, aterrado.

Pero Hagrid ya no podía contenerse.

— "Voy a romperles la cabeza." —dijo Hagrid. — "Harry, debes saber que eres un mago." —

La noticia dejó a Harry en shock.

— "¿Que soy qué?" —dijo Harry con voz entrecortada.

— "Un mago." —respondió Hagrid, sentándose otra vez en el sofá. — "Y muy bueno, debo añadir, en cuanto te hayas entrenado un poco. Con unos padres como los tuyos, ¿qué otra cosa podías ser? Y creo que ya es hora de que leas la carta." —

Con manos temblorosas, Harry cogió el sobre amarillento, dirigido al "Señor H. Potter, El Suelo de la Cabaña en la Roca, El Mar". Y entonces, finalmente, comenzó a leer...

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA

Director: Albus Dumbledore

(Orden de Merlín, Primera Clase,

Gran Hechicero, Jefe de Magos,

Jefe Supremo, Confederación

Internacional de Magos)

Querido Señor Potter:

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el Colegio Hogwarts de Magia. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios.

Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.

Muy cordialmente, Minerva McGonagall.

Las preguntas estallaban en la cabeza de Harry como fuegos artificiales, y no sabía cuál era la primera. Después de unos minutos, tartamudeó:

— "¿Qué quiere decir eso de que esperan mi lechuza?" —

— "¡Cierto! De eso me encargo, tranquilo" —Hagrid exclamó, golpeándose la frente con fuerza, como si quisiera derribar un caballo. De otro bolsillo sacó una lechuza real, viva y con las plumas algo erizadas, también una gran pluma y un rollo de pergamino. Con la lengua entre los dientes, escribió una nota que Harry pudo leer al revés.

Querido señor Dumbledore:

Entregué a Harry su carta. Lo llevo mañana a comprar sus cosas.

El tiempo es horrible. Espero que usted esté bien.

Hagrid.

Hagrid enrolló la nota y se la entregó a la lechuza, que la tomó con el pico. Luego, la liberó en medio de la tormenta y volvió a sentarse, como si nada fuera fuera de lo común. Harry, asombrado, cerró rápidamente la boca que había quedado abierta.

— "¿Por dónde iba?" —dijo Hagrid, retomando la conversación. Pero en ese momento, tío Vernon, aún pálido y enfadado, se acercó a la chimenea.

"Él no irá." —dijo tio Vernon, con aire de finalidad y enfado.

Hagrid gruñó.

"Me gustaría ver a un gran muggle como tú intentando detenerlo." —dijo. — "Un muggle es como llamamos a la gente no mágica. Y tuviste la mala suerte de crecer en una familia de los más grandes muggles que haya visto." —

"¿Un qué?" —preguntó Harry confundido.

"Un muggle." —respondió Hagrid. — "Eso es lo que son tus parientes, gente 'no mágica'. Y sí, ellos sabían que eres un mago. Sabían que tú eres..." —

"¡¿Saber?!" —interrumpió tía Petunia. — "¡Por supuesto que lo sabíamos! ¿Cómo no ibas a serlo, sabiendo lo que era mi condenada hermana? Siempre haciendo cosas extrañas, recibió cartas de ese colegio mágico, y luego... luego desapareció. Vuelta a casa con bolsillos llenos de ranas y convirtiendo tazas de té en ratas. ¡Era una monstruosidad! Pero para mis padres, no, para ellos era "Lily hizo esto" y "Lily hizo lo otro". Estaban orgullosos de tener una bruja en la familia." —

— "¿Ustedes lo sabían?" —preguntó Harry. — "¿Sabían que yo era... un mago?" —

— "¡Por supuesto que lo sabíamos!" —chilló tía Petunia. — "Y luego conoció a ese Potter en ese colegio y se casaron, y luego te tuvieron a ti, y claro que sabíamos que serías igual de raro, un... un anormal. ¡Y luego, como si fuera poco, ocurrió esa explosión y nosotros tuvimos que quedarnos contigo!" —

Harry palideció al escuchar parte de la verdad.

— "¿Explosión?" —inquirió Harry. — "¡Me dijeron que eran unos borrachos que murieron en un accidente de coche!" —

— "¡Un accidente de coche!" —exclamó Hagrid dando un salto, enfadado, mientras los Dursley se encogían en un rincón. — "¿Cómo podrían haber muerto Lily y James Potter en un accidente de coche? ¡Eso es un ultraje! ¡Un escándalo! ¡Que Harry Potter no conozca su propia historia, cuando cada chico de nuestro mundo sabe su nombre!" —

Hagrid prosiguió explicando los oscuros acontecimientos del pasado: un malvado mago, cuyo nombre evitaba pronunciar, que se volvía más poderoso y buscaba seguidores para extender el caos y la oscuridad. Los padres de Harry fueron víctimas de este mago, pero él sobrevivió milagrosamente. Algo sucedió aquella noche que confundió a ese mago y, desde entonces, nadie se atrevió a nombrarlo.

Harry se sintió abrumado por la revelación y recordó la cicatriz en su frente. Hagrid trató de animarlo y le explicó que él era famoso en el mundo mágico por haber sobrevivido a aquel ataque.

La conversación se calentó cuando los Dursley intentaron evitar que Harry fuera a Hogwarts, pero Hagrid los enfrentó con determinación, incluso hizo un intento de magia que terminó convirtiendo a Dudley en un cerdo.

Finalmente, Hagrid le dio su abrigo a Harry y le explicó que irían a la ciudad al día siguiente para comprar sus libros y demás. Aunque Hagrid no podía hacer magia de manera legal, le contó a Harry cómo fue expulsado de Hogwarts pero recibió un permiso especial para entregarle la carta de admisión.

Harry estaba asombrado ante todo lo que había descubierto y, aunque tenía dudas sobre sus habilidades mágicas, Hagrid estaba seguro de que sería famoso en Hogwarts.

Harry despertó temprano aquella mañana, manteniendo los ojos cerrados aunque sabía que ya era de día. Convencido de que todo había sido un sueño, recordó el encuentro con el gigante Hagrid y su noticia sobre ir a un colegio de magia. Pero al escuchar un golpeteo en la puerta, Harry se dio cuenta de que no estaba en casa, sino en la cabaña en medio del mar junto a Hagrid.

Decidió levantarse y encontró a Hagrid dormido en el sofá, mientras una lechuza golpeaba la ventana con un periódico en el pico. Después de un breve intercambio con Hagrid sobre el pago de la lechuza, Harry observó las extrañas monedas mágicas y se preocupó por no tener dinero para sus compras escolares.

Hagrid le aseguró que sus padres le habían dejado algo y mencionó que debían visitar Gringotts, el banco de los magos, para obtener lo que necesitaba. Juntos, subieron al bote y Hagrid utilizó su paraguas para propulsarlo con magia. Durante el viaje, Hagrid explicó que Gringotts era un lugar seguro y que estaba custodiado por gnomos y, según los rumores, dragones.

Harry se sorprendió por la existencia del Ministerio de Magia y preguntó por su función. Hagrid explicó que su principal labor era mantener en secreto la existencia de los magos a los muggles. Al llegar a la estación, Hagrid le dio a Harry las monedas para comprar los billetes y juntos abordaron el tren hacia Londres.

En el tren, Hagrid llamó mucho la atención de la gente y compartió su deseo de tener un dragón. Mientras tanto, Harry sacó la carta y encontró una lista con los artículos necesarios para su ingreso a la escuela de magia.

Harry desdobló otra hoja, que no había visto la noche anterior, y leyó:

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA

UNIFORME

Los alumnos de primer año necesitarán:

Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).

Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.

Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).

Una capa de invierno (negra, con broches plateados).

(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)

LIBROS

Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:

El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.

Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.

Teoría mágica, Adalbert Waffling.

Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.

Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.

Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.

Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.

Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.

RESTO DEL EQUIPO

1 varita.

1 caldero (peltre, medida 2).

1 juego de redomas de vidrio o cristal.

1 telescopio.

1 balanza de latón.

Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE ALOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.

—"¿Podemos conseguir todas estas cosas en Londres?" —se cuestionó Harry en voz alta.

—"Claro que sí, siempre y cuando sepas dónde buscar." —respondió Hagrid.

Harry no había estado antes en Londres. Aunque Hagrid parecía saber adónde iban, era evidente que no estaba acostumbrado a hacerlo de la forma ordinaria. Se quedó atascado en el torniquete de entrada al metro y se quejó en voz alta porque los asientos eran muy pequeños y los trenes muy lentos.

—"No sé cómo los muggles se las arreglan sin magia." —comentó, mientras subían por una escalera mecánica estropeada que los condujo a una calle llena de tiendas.

Hagrid era tan corpulento que separaba fácilmente a la muchedumbre. Lo único que Harry tenía que hacer era mantenerse detrás de él. Pasaron ante librerías y tiendas de música, ante hamburgueserías y cines, pero en ningún lado parecía que vendieran varitas mágicas. Era una calle normal, llena de gente normal. ¿De verdad habría cantidades de oro de magos enterradas debajo de ellos? ¿Había allí realmente tiendas que vendían libros de hechizos y escobas? ¿No sería una broma pesada preparada por los Dursley? Si Harry no hubiera sabido que los Dursley carecían de sentido del humor, podría haberlo pensado.

Sin embargo, aunque todo lo que le había dicho Hagrid era increíble, Harry no podía dejar de confiar en él.

—"Es aquí" —dijo Hagrid deteniéndose— "El Caldero Chorreante. Es un lugar famoso." —

Era un bar diminuto y de aspecto mugriento. Si Hagrid no lo hubiera señalado, Harry no lo habría visto. La gente, que pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado, a la tienda de música, al otro, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante. En realidad, Harry tuvo la extraña sensación de que sólo él y Hagrid lo veían. Antes de que pudiera decirlo, Hagrid lo hizo entrar.

Para ser un lugar famoso, estaba muy oscuro y destartalado. Unas ancianas estaban sentadas en un rincón, tomando copitas de jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa. Un hombre pequeño que llevaba un sombrero de copa hablaba con el viejo cantinero, que era completamente calvo y parecía una nuez blanda. El suave murmullo de las charlas se detuvo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid. Lo saludaban con la mano y le sonreían.

—"¿Lo de siempre, Hagrid?" —preguntó una persona de aspecto algo decrepito, que resulto ser el cantinero.

—"No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts." —respondió Hagrid, poniendo la mano en el hombro de Harry y obligándole a doblar las rodillas.

—"Querido Merlín…" —dijo el cantinero, mirando atentamente a Harry. —"¿Es

éste... puede ser...?" —

El Caldero Chorreante había quedado súbitamente inmóvil y en silencio.

— "¡Jodido Merlín!" —susurró el cantinero.— "Harry Potter... todo un honor."

Salió rápidamente del mostrador, corrió hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.

—"Bienvenido, Harry, bienvenido." —

Harry no sabía qué decir. Todos lo miraban. La anciana de la pipa seguía chupando, sin darse cuenta de que se le había apagado. Hagrid estaba radiante.

Entonces se produjo un gran movimiento de sillas y, al minuto siguiente, Harry se encontró estrechando la mano de todos los del Caldero Chorreante.

— "Doris Crockford, Harry. No puedo creer que por fin te haya conocido." —

— "Estoy orgullosa, Harry, muy orgullosa." —

— "Siempre quise estrechar tu mano... estoy muy complacido." —

— "Encantado, Harry, no puedo decirte cuánto. Mi nombre es Diggle, Dedalus Diggle." —

— "¡Yo lo he visto antes!" —dijo Harry, mientras Dedalus Diggle dejaba caer su sombrero a causa de la emoción. — "Usted me saludó una vez en una tienda." —

— "¡Me recuerda!" —gritó Dedalus Diggle, mirando a todos.— "¿Habéis oído eso? ¡Se acuerda de mí!" —

Harry estrechó manos una y otra vez.

Un joven pálido se adelantó, muy nervioso. Tenía un tic en el ojo.

— "¡Profesor Quirrell!" —dijo Hagrid.— "Harry, el profesor Quirrell te dará clases en Hogwarts." —

— "P-P-Potter" —tartamudeó el profesor Quirrell, apretando la mano de Harry.— "N-no pue-e-do decirte l-lo contento que-e estoy de co-conocerte." —

— "¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?" —

— "D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras." —murmuró el profesor Quirrell, como si no quisiera pensar en ello.— "N-no es al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter?" —Soltó una risa nerviosa.— "Estás reuniendo los u-utiles s-supongo. Yo tengo que b-buscar otro l-libro de va-vampiros." —Pareció aterrorizado ante la simple mención.

Com…

"¿Qué fue eso?" —se preguntó mentalmente Harry, creyó escuchar algo pero no sabia que o quien, rápidamente se le olvido debido a que los demás no permitieron que el profesor Quirrell lo acapararan.

Éste tardó más de diez minutos en despedirse de ellos. Al fin, Hagrid se hizo oír.

— "Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar. Vamos, Harry." —

Doris Crockford estrechó la mano de Harry una última vez y Hagrid se lo llevó a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos.

Hagrid miró sonriente a Harry

— "Te lo dije, ¿verdad? Te dije que eras famoso. Hasta el profesor Quirrell temblaba al conocerte, aunque te diré que habitualmente tiembla." —

— "¿Está siempre tan nervioso?" —pregunto Harry, recordándole un poco a algo.

— "Oh, sí. Pobre hombre. Una mente brillante. Estaba bien mientras estudiaba esos libros de vampiros, pero entonces cogió un año de vacaciones, para tener experiencias directas... Dicen que encontró vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable problema con una hechicera... Y desde entonces no es el mismo. Se asusta de los alumnos, tiene miedo de su propia asignatura..." —

¿Vampiros? ¿Hechiceras? La cabeza de Harry era un torbellino. Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.

— "Tres arriba... dos horizontales..." —susurraba— "Correcto. Retrocede un paso, Harry." —indicó mientras examinaba su trabajo. Golpeó la pared tres veces con la punta de su paraguas. El ladrillo que había tocado se movió, retorció y en el centro apareció un pequeño agujero que se hizo cada vez más grande. Al instante, se encontraban contemplando un pasaje abovedado lo suficientemente amplio incluso para Hagrid, un pasaje que conducía a una calle empedrada, serpenteando hasta perderse de vista.

— "Bienvenido" —anunció Hagrid— "al Callejon Diagon." —

Sonrió ante la asombrada mirada de Harry. Ingresaron al pasaje. Harry miró rápidamente por encima de su hombro y vio cómo la pared se cerraba de nuevo. El sol brillaba, iluminando numerosos calderos en la puerta de la tienda más cercana. Un letrero colgaba sobre ellos con la inscripción: "Calderos - Variedad de Tamaños - Bronce, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables".

— "Sí, necesitarás uno…" —comentó Hagrid— "pero primero vayamos a conseguir el dinero." —

Harry hubiera deseado tener ocho ojos más. Movía la cabeza en todas direcciones mientras avanzaban calle arriba, tratando de observar todo al mismo tiempo: las tiendas, sus productos y la gente que hacía compras. Una mujer regordeta negaba con la cabeza en la puerta de una droguería cuando pasaron junto a ella, murmurando: "Hígado de dragón a diecisiete sickles la onza, están locos...". Un suave ulular provenía de una oscura tienda con un rótulo que decía: "El Emporio de las Lechuzas. Marrón, castaño, gris y blanco". Varios chicos de la edad de Harry se apretujaban junto a un escaparate lleno de escobas. "¡Miren!", exclamó uno de ellos—, la nueva Nimbus 2.000, la más veloz". Algunas tiendas vendían ropa; otras, telescopios y extraños objetos de plata que Harry nunca había visto. Escaparates llenos de órganos de murciélago y ojos de anguila, montones temblorosos de libros de encantamientos, plumas y rollos de pergamino, frascos con pociones, globos con mapas de la luna...

— "Gringotts" —dijo Hagrid.

Llegaron a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Frente a las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, se encontraba un duende.

— "Sí, eso es un duende." —dijo Hagrid en voz baja, mientras subían por los escalones de piedra blanca. El duende era una cabeza más bajo que Harry. Tenía un rostro moreno e inteligente, una barba puntiaguda y, Harry pudo notarlo, dedos y pies muy largos. Cuando entraron, los saludó. Luego encontraron otras puertas dobles, esta vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas.

Entra, desconocido, pero ten cuidado

Con lo que le espera al pecado de la codicia,

Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

Deberán pagar en cambio mucho más,

Así que si buscas por debajo de nuestro suelo

Un tesoro que nunca fue tuyo,

Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

De encontrar aquí algo más que un tesoro.

— "Como puedes ver, sólo un loco intentaría robar aquí. "—comentó Hagrid.

Dos duendes los dejaron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un amplio vestíbulo de mármol. Un centenar de duendes estaban sentados en altos taburetes detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuentas, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestíbulo eran demasiadas para contarlas, y otros duendes guiaban a las personas para entrar y salir. Hagrid y Harry se acercaron al mostrador.

— "Buenos días" —saludó Hagrid a un duende desocupado— "Hemos venido a sacar algo de dinero de la caja de seguridad del señor Harry Potter." —

— "¿Tiene su llave, señor?" —consultó rígidamente el duende.

— "La tengo por aquí" —dijo Hagrid y comenzó a vaciar sus bolsillos sobre el mostrador, esparciendo un puñado de galletas para perros sobre el libro de cuentas del duende. Este frunció la nariz. Harry observó al duende que estaba a la derecha, pesando rubíes tan grandes como carbones brillantes.

— "Aquí está" —dijo finalmente Hagrid, mostrando una pequeña llave dorada.

El duende la examinó de cerca.

— "Parece estar todo en orden." —

— "Y también tengo una carta del profesor Dumbledore." —dijo Hagrid, dándose importancia— "Es sobre lo-que-usted-sabe, en la cámara setecientos trece." —

El duende leyó la carta cuidadosamente.

— "Muy bien" —dijo, devolviéndosela a Hagrid— "Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Griphook!" —

Griphook era otro duende. Cuando Hagrid guardó todas las galletas para perros en sus bolsillos, él y Harry siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.

— "¿Qué es lo-que-usted-sabe en la cámara setecientos trece?" —preguntó Harry.

— "No puedo decirte…" —respondió misteriosamente Hagrid— "Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió." —

Griphook les abrió la puerta. Una nube de humo verde los envolvió. Cuando se disipó, Harry estaba jadeando. Dentro había montones de monedas de oro. Montones de monedas de plata. Montañas de pequeños knuts de bronce.

— "Todo tuyo" —dijo Hagrid sonriendo.

Todo de Harry, era increíble. Los Dursley no debían saberlo, o se habrían apoderado de todo en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba mantener a Harry? Y durante todo ese tiempo, una pequeña fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía.

Harry comenzó a poner una cantidad en una bolsa.

— "Las de oro son galeones" —explicó Hagrid— "Diecisiete sickles de plata hacen un galeón y veintinueve knuts equivalen a un sickle, es muy sencillo. Bueno, esto será suficiente para un curso o dos, dejaremos el resto guardado para ti." —Se volvió hacia Griphook— "Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?" —

— "Una sola velocidad" —contestó Griphook. Internamente, por pura adrenalina, Harry estaba muy feliz por esa respuesta.

Fueron más abajo y a mayor velocidad. El aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos. Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada subterránea, y Harry se inclinó hacia un lado para ver qué había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó y lo enderezó, cogiéndolo del cuello.

La cámara setecientos trece no tenía cerradura.

— "Un paso atrás" —dijo Griphook, dándose importancia. Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y ésta desapareció— "Si alguien que no sea un duende de Gringotts lo intenta, será succionado por la puerta y quedará atrapado" —añadió.

— "¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se haya quedado nadie dentro?" —quiso saber Harry.

— "Más o menos cada diez años" —dijo Griphook, con una sonrisa maligna.

Algo realmente extraordinario tenía que haber en aquella cámara de máxima seguridad, Harry estaba seguro, y se inclinó ansioso, esperando ver por lo menos joyas fabulosas, pero la primera impresión era que estaba vacía. Entonces vio el sucio paquetito, envuelto en papel marrón, que estaba en el suelo. Hagrid lo cogió y lo guardó en las profundidades de su abrigo. A Harry le habría gustado conocer su contenido, pero sabía que era mejor no preguntar.

— "Vamos, regresemos en ese carro infernal y no me hables durante el camino; será mejor que mantengas la boca cerrada." —dijo Hagrid.

Después de la veloz trayectoria, salieron parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Harry no sabía adónde ir primero con su bolsa llena de dinero. No necesitaba saber cuántos galeones había en una libra, para darse cuenta de que tenía más dinero que nunca, más dinero incluso que el que Dudley tendría jamás.

Juntos, recorrieron varias tiendas mágicas, comprando libros, ingredientes para pociones y otros objetos necesarios para el primer año en Hogwarts. Harry también obtuvo su primer regalo de cumpleaños: una lechuza que Hagrid le obsequió.

En una tienda llamada Flourish y Blotts, adquirieron los libros de Harry. Los estantes estaban repletos hasta el techo, exhibiendo diferentes títulos. Algunos libros eran magníficos, con forros de piel, mientras que otros eran diminutos, con tapas de seda. Había volúmenes con símbolos extraños y algunos sin contenido impreso. Incluso Dudley, quien nunca leía, anhelaba tener alguno de esos libros. Hagrid prácticamente arrastró a Harry para que dejara un libro titulado "Hechizos y Contrahechizos" del profesor Vindictus Viridian, que prometía venganzas como "Pérdida de Cabello", "Piernas de Mantequilla", "Lengua Atada" y muchas más.

— "Estaba intentando averiguar cómo maldecir a Dudley." —explicó Harry.

— "No digo que no sea tentador, pero no puedes usar magia en el mundo muggle, a menos que sea en circunstancias muy especiales" —le recordó Hagrid. — "Además, aún no estás listo para realizar hechizos, necesitarás estudiar mucho más antes de llegar a ese nivel". —

Hagrid también evitó que Harry comprara un caldero de oro sólido (a pesar de que en la lista decía que era de peltre), pero en su lugar, compraron una bonita balanza para pesar los ingredientes de pociones y un telescopio plegable de cobre. Después, visitaron la droguería, a pesar del desagradable olor a huevos pasados y repollo podrido. En el suelo había barriles con una sustancia viscosa y botes llenos de hierbas. Raíces secas y polvos brillantes decoraban las paredes, mientras que del techo colgaban manojos de plumas y filas de colmillos y garras. Mientras Hagrid hablaba con el hombre detrás del mostrador sobre los ingredientes básicos para pociones, Harry exploraba los cuernos de unicornio plateados, que valían veintiún galeones cada uno, y los pequeños y brillantes ojos de escarabajos, que costaban cinco knuts la cucharada.

Cuando salieron de la droguería, Hagrid revisó nuevamente la lista de Harry.

— "Ahora solo nos falta la varita... y cierto, todavía no te he buscado un regalo de cumpleaños." —

Harry se sintió un poco incómodo. — "No es necesario..." —espeto rápidamente.

— "Lo sé, no es necesario. Pero déjame decirte lo que será: te compraré una mascota. Nada de sapos, están pasados de moda, y los gatos no me agradan, siempre me hacen estornudar. Te regalaré una lechuza. Todos los chicos quieren tener una. Son muy útiles para llevar tu correspondencia y más cosas." —Hagrid asintió amablemente.

Veinte minutos después, salieron de la tienda de lechuzas, un lugar oscuro lleno de ojos brillantes, susurros y aleteos. Harry llevaba una jaula con una hermosa lechuza blanca, que estaba medio dormida con la cabeza bajo el ala.

Harry agradeció el regalo, balbuceando como el profesor Quirrell.

— "No hace falta que lo menciones." —respondió Hagrid bruscamente. — "No creo que los Dursley te hagan muchos regalos. Ahora solo nos queda Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y allí encontrarás la mejor." —

El último establecimiento era estrecho y desaliñado. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: "Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.". En el escaparate polvoriento, sobre un cojín morado desteñido, se mostraba una única varita.

Una campanilla sonó cuando entraron, y se encontraron con un lugar pequeño y vacío, con excepción de una larga silla en la que Hagrid se sentó a esperar. Harry se sintió un tanto extraño, como si hubieran ingresado a una biblioteca extremadamente silenciosa. Se contuvo de hacer un montón de preguntas que recién se le ocurrían, y en su lugar, observó las miles de cajas estrechas, cuidadosamente apiladas hasta el techo. Extrañamente, sintió un ligero cosquilleo en la nuca, como si el polvo y el silencio conspiraran en algún tipo de magia secreta.

— "Buenas tardes" —saludó una voz amable.

Harry dio un respingo. Hagrid también pareció asustarse, ya que se escuchó un crujido cuando se levantó apresuradamente de su silla.

Un anciano estaba frente a ellos; sus grandes ojos pálidos brillaban como lunas en la penumbra de la tienda.

— "Hola" —respondió Harry torpemente.

— "Ah, sí" —dijo el hombre. — "Sí, sí, esperaba verte pronto, Harry Potter." —No era una pregunta. — "Tienes los ojos de tu madre. Parece que fue ayer cuando ella vino aquí a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para hechizos." —

El señor Ollivander se acercó a Harry. El joven deseó que parpadeara. Esos ojos plateados resultaban un tanto inquietantes.

— "En cambio, tu padre prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poco más poderosa y excelente para transformaciones. Aunque, en realidad, es la varita la que elige al mago." —

El señor Ollivander estaba tan cerca que él y Harry casi estaban nariz con nariz. Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos velados.

— "Y aquí es donde..." —el señor Ollivander tocó la cicatriz brillante en la frente de Harry con un largo dedo blanco— "lamento decir que vendí la varita que hizo esto. Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivocadas... Si hubiera sabido lo que esa varita haría en el mundo..." —

Negó con la cabeza, y entonces, para alivio de Harry, se centró en Hagrid.

— "¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegra verte nuevamente... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así?" —

— "Así era, sí, señor." —respondió Hagrid.

— "Buena varita. Pero supongo que la partieron en dos cuando te expulsaron." —dijo el señor Ollivander de repente, con tono severo.

— "Eh..., sí, eso hicieron, sí." —respondió Hagrid arrastrando los pies. — "Aunque, todavía tengo los pedazos." —agregó con entusiasmo.

— "Pero no los usas, ¿verdad?" —preguntó con severidad.

— "Oh, no, señor" —respondió Hagrid rápidamente. Harry notó que sostenía con fuerza su paraguas rosa.

— "Mmmmm" —dijo el señor Ollivander, mirando inquisitivamente a Hagrid. —"Bueno, ahora, Harry... Déjame ver." —Sacó una cinta métrica plateada de su bolsillo. — "¿Con qué brazo empuñas?" —

— "Soy zurdo." —respondió Harry.

De repente, Harry se dio cuenta de que la cinta métrica, que en ese momento estaba midiendo la distancia entre sus fosas nasales, lo hacía sola. El señor Ollivander revoloteaba entre los estantes, sacando cajas. — "Bueno, ahora, veamos qué podemos hacer."—dijo, y la cinta métrica se enrollo en si misma. — "Bien, Señor Potter, prueba esta. —sosteniendo una caja de varitas. Harry miraba con curiosidad las cajas apiladas desde el suelo hasta el techo, preguntándose qué aspecto tendría su varita. — "Madera de caoba y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexible. Agárrala y agítala". —

El anciano asintió a si mismo y le entregó una varita de caoba. Harry la tomó con la mano izquierda y la sacudió, pero nada sucedió. La varita permaneció inerte, sin emitir ni una sola chispa.

— "Interesante…" —musitó Ollivander, frunciendo el ceño— "No es común, pero a veces ocurre. Probemos con otra." —

Así, continuaron probando varias varitas, pero ninguna reaccionaba con Harry. Parecía como si hubiera un bloqueo.

— "Es extraño, muy extraño." —murmuró Ollivander, pensativo— "No había encontrado algo así con anterioridad." —

Harry comenzaba a sentirse desalentado. ¿Acaso no encontraría su varita adecuada?

— "Permíteme intentar algo diferente." —dijo Ollivander, con una mirada esperanzada. Le entregó una varita de sauce blanco y pelo de cola de unicornio— "Pruébala con tu otra mano, aunque no seas la dominante." —

Harry obedeció y, en el momento en que sostuvo la varita con su mano derecha, algo mágico ocurrió, o algo asi, por que explotó repentinamente una vidriera pero una reacción es una reacción.

— "Eh... ¡Fu-funcionó!" —respondió Harry, la agitó en el aire, pero el señor Ollivander se la quitó rápidamente.

— "Extiende el brazo, así está bien." —El señor Ollivander midió nuevamente a Harry desde el hombro hasta el dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y mientras medía, comentó: — "Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Señor Potter. Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, igual que no hay dos unicornios, dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago." —

Harry tomó la varita y (sintiéndose algo tonto) la agitó en el aire, pero el señor Ollivander se la quitó rápidamente.

— "No, no es esta. ¿Qué tal esta? Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, inténtalo". —

Harry lo intentó, pero en cuanto levantó el brazo, el señor Ollivander le quitó la varita.

— "No, no es esta. ¿Qué tal esta? Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, inténtalo". —

Harry lo intentó, pero en cuanto levantó el brazo, el señor Ollivander le quitó la varita.

— "No, no... esta. Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, inténtalo". —

Harry lo intentó. No tenía ni idea de lo que el señor Ollivander buscaba. Las varitas ya probadas, que estaban sobre la silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor Ollivander, más contento parecía estar.

— "Qué cliente tan difícil, ¿no?" —comentó. — "No te preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual: acebo y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible". —

Harry tocó la varita. Sintió un cálido cosquilleo en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y de repente, una corriente de chispas rojas y doradas estalló en la punta, como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que danzaban en las paredes. Hagrid lo ovacionó y aplaudió, mientras el señor Ollivander comentaba: "¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente, qué curioso...".

Colocó la varita de Harry en su caja y la envolvió en papel de embalar, mientras seguía murmurando: — "Curioso... muy curioso". —

— "Perdón" —dijo Harry— "pero ¿qué es tan curioso?" —

El señor Ollivander lo miró fijamente con sus ojos pálidos.

— "Recuerdo cada varita que he vendido, Señor Potter. Cada una de ellas. Y resulta que la pluma de fénix de donde salió la pluma que está en tu varita dio lugar a otra pluma, solo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieras destinado a esa varita, cuando fue su hermana la que te hizo esa cicatriz." —

Harry tragó, sin poder hablar.

— "Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente curioso cómo suceden estas cosas. La varita escoge al mago, recuérdalo... Creo que debemos esperar grandes cosas de ti, Señor Potter... Después de todo, El-que-no-debe-ser-nombrado hizo grandes cosas... Terribles, sí, pero grandiosas." —

Harry se estremeció. No estaba seguro de que el señor Ollivander le cayera muy bien. Pagó siete galeones de oro por su varita, y el señor Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.

Una vez que Harry Potter se fue de la tienda con su nueva varita de acebo y pluma de fénix, Ollivander quedó pensativo, reflexionando sobre la extraña falta de reacción hacia las varitas mágicas en la mano izquierda del joven mago. Se preguntaba qué podría haber causado esa interferencia y por qué ninguna varita había respondido.

El anciano fabricante de varitas se acercó a la ventana y miró hacia el callejón Diagon, perdido en sus pensamientos. Las varitas siempre tenían un modo peculiar de elegir a sus dueños, y esa era una de las partes más enigmáticas de su oficio. Había visto a lo largo de los años cómo las varitas escogían a sus magos, a veces de formas tan inesperadas como misteriosas.

En el caso de Harry Potter, la elección de la varita de acebo y pluma de fénix había sido inusual. Aunque el muchacho era zurdo, la varita había decidido escogerlo a pesar de esa particularidad. Era algo que no había experimentado antes, y le dejó con una sensación de intriga y asombro.

Ollivander se preguntaba si existía algún significado especial detrás de esta peculiaridad. Sin embargo, por el momento, solo podía especular. Con una sonrisa enigmática en su rostro, Ollivander volvió su atención a su tienda.

Con su varita en mano y todas las compras hechas, Harry se preparó para el comienzo de su aventura en Hogwarts, sintiéndose emocionado y ansioso por descubrir qué le deparaba el mundo mágico.

Al ocaso, con el sol hundiéndose en el cielo, Harry y Hagrid emprendieron nuevamente su recorrido por el callejón Diagon. Atravesaron la pared y volvieron al Caldero Chorreante, que en esta ocasión se encontraba vacío. Durante su salida a la calle, Harry permaneció en silencio, sin prestar atención a la multitud que los observaba con sorpresa mientras cargaban extraños paquetes, con la lechuza dormida en el regazo de Harry. Ascendieron por la escalera mecánica y llegaron a la estación de Paddington. Cuando Harry se percató de dónde estaban, Hagrid le dio un ligero golpecito en el hombro.

— "Antes de que salga el tren, tenemos tiempo para que comas algo." —dijo Hagrid.

Compró una hamburguesa para Harry y se sentaron en unas sillas de plástico. Harry echó una ojeada alrededor, todo le parecía desconocido y extraño.

— "¿Te encuentras bien, Harry? Te veo muy callado." —dijo Hagrid.

Harry no estaba seguro de cómo expresarse. Había tenido el mejor cumpleaños de su vida y, sin embargo, mientras masticaba su hamburguesa, buscaba las palabras adecuadas.

— "Todos piensan que soy especial." —dijo finalmente— "Toda esa gente en el Caldero Chorreante, el profesor Quirrell, el señor Ollivander... Pero desconozco por completo la magia. ¿Cómo pueden esperar tanto de mí? Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué. Desconozco qué sucedió en aquella noche cuando Vol... Perdón, quiero decir, la noche en que mis padres fallecieron." —

Hagrid se inclinó sobre la mesa. Detrás de su desaliñada barba y sus espesas cejas, asomaba una sonrisa compasiva.

— "No te preocupes, Harry. Aprenderás rápidamente. Todos somos principiantes cuando llegamos a Hogwarts. Te irá bien. Entiendo que es complicado. Has estado lejos y eso siempre es difícil. Pero te aseguro que disfrutarás en Hogwarts, yo lo pasé muy bien y, en realidad, todavía lo paso." —

Hagrid ayudó a Harry a la estación de tren que lo llevaría de regreso a la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre.

— "Este es tu billete para Hogwarts." —dijo— "El primero de septiembre, en Kings Cross. Toda la información está en el billete. Si tienes algún problema con los Dursley, solo envíame una carta con tu lechuza, ella sabrá cómo encontrarme... Nos vemos pronto, Harry." —

Antes de que el tren llegase a la estación, Harry deseaba ver a Hagrid hasta que ya no pudiera divisarlo. Y cuando estaba por preguntarle algo más, parpadeó, y Hagrid ya no estaba allí.

— "Pero ¿qué sucedió con... con Quién-tú-sabes?" —se preguntó Harry a sí mismo.

Mientras Harry se quedó esperando el tren, hundido en sus pensamientos, preguntó a la nada— "¿Realmente debo volver con los Dursley?" —

~ Extra Life x Divine Life ~

Halloween, 1991.

El Gran Salón del Cielo brillaba con la luz celestial, mientras los Serafines entonaban cánticos de alabanza. En ese majestuoso lugar, los Arcángeles, seres divinos de inmenso poder y sabiduría, se reunieron para discutir asuntos que afectaban al mundo sobrenatural y a la humanidad.

El Arcángel Michael, líder de los Arcángeles y protector del planeta Tierra, se encontraba en el centro de la sala, rodeado de Gabriel, Rafael, Uriel y los demás arcángeles, cada uno representando una esfera de influencia divina. En medio de la reunión, mientras debatían sobre la protección de los seres queridos en la Tierra, el "Sistema Sacred Gear", un sistema celestial diseñado por Padre, encargada de supervisar y mantener el equilibrio de los Sacred Gears, emitió una señal inusual.

Un resplandor rojo profundo surgió del Sistema, y una voz resonó en toda la sala celestial:

"Incinerate Anthem, Sacred Gear Clase Longinus de Alto Nivel, no ha sido encontrado."

"Incinerate Anthem, Sacred Gear Clase Longinus de Alto Nivel, no ha sido encontrado."

"Incinerate Anthem, Sacred Gear Clase Longinus de Alto Nivel, no ha sido encontrado."

El Gran Salón se sumió en el silencio, y todos los arcángeles se miraron con asombro y confusión entre ellos. Era algo sin precedentes, algo que nunca había ocurrido antes.

Michael, con su semblante sereno y ojos penetrantes, fue el primero en romper el silencio, preguntando con una voz firme— "¿Qué significa esto? ¿Cómo es posible que un Sacred Gear haya sido desaparecido del sistema?" —

— "No lo sé…" —respondió Gabriel, sacudiendo la cabeza. — "Nunca había escuchado que un Sacred Gear de esta categoría desapareciera de esta manera." —

Los demás arcángeles también mostraron desconcierto, intercambiando miradas llenas de incertidumbre. Gabriel, continuo y trató de obtener más información— "¿Podría ser un error en el Sistema?" —

Uriel, frunció el ceño mientras intentaba analizar la situación— "Es improbable que sea un error. El Sistema Sacred Gear es infalible y preciso, puede que no funcione en su total capacidad desde lo que ocurrió con Padre, pero este tipo de información no la daría por un simple error. Si ha sido borrado, debe haber una razón detrás de esto." —

Rafael, expresó su preocupación— "¿Podría ser que alguien haya intervenido? ¿Alguien ha manipulado el Sistema?" —

Las preguntas seguían surgiendo mientras los arcángeles trataban de encontrar una explicación para lo que habían presenciado. Pero la verdad seguía envuelta en la niebla, sin respuestas claras ni certezas.

Michael, siendo el líder, tomó una decisión— "Por ahora, mantengamos esto en secreto. No queremos causar pánico o dar información vital a los enemigos de la iglesia. Investigaremos esta situación con discreción y prudencia. Nuestro deber es proteger a la humanidad a como dé lugar." —

Los demás arcángeles asintieron en acuerdo, aceptando la sabia decisión de Michael. El misterio detrás de la desaparición de Incinerate Anthem se convirtió en una prioridad para ellos, y trabajarían juntos para descubrir qué había sucedido.

Aunque confundidos y en shock por lo ocurrido, los arcángeles se unieron en un pacto silencioso para desentrañar el enigma.

El Gran Salón del Cielo se sumió en un silencio solemne, mientras los Arcángeles se encontraban perdidos en sus pensamientos, reflexionando sobre lo que acababan de presenciar. La desaparición de Incinerate Anthem, no solo era un hecho sin precedentes, sino que también planteaba una serie de preguntas inquietantes que resonaban en sus mentes divinas.

Michael, el líder de los Arcángeles, sintió la pesadez del deber sobre sus hombros. Su mirada penetrante escudriñaba la lista de Sacred Gears, buscando respuestas donde parecía no haber ninguna. — "¿Cómo es posible que un Sacred Gear tan poderoso haya desaparecido sin dejar rastro?" —se preguntaba en silencio.

En medio del misterio, Gabriel, habló con una voz suave y melodiosa— "Hermanos, este evento nos plantea un dilema trascendental. ¿Qué fuerza tan poderosa podría haber borrado de la existencia un Sacred Gear de tal calibre?" —

Rafael, se acercó a Michael y compartió su inquietud— "No puedo evitar sentir que esto no es una simple casualidad, sino más bien una advertencia. ¿Qué peligro podría representar Incinerate Anthem para que su presencia sea eliminada de esta manera?" —

Uriel, asintió con solemnidad— "Estoy de acuerdo, Rafael. Algo siniestro está ocurriendo. Es como si una fuerza desconocida intentara ocultar la existencia de este Sacred Gear y a su portador, como si quisiera evitar que su poder cayera en manos equivocadas." —

El Sistema Celestial, ahora parecía ser un testigo silente e impotente ante este enigma. El "Sistema Sacred Gear", parte del mismo sistema, permanecía inmutable, sin revelar más información sobre lo ocurrido. Cada intento de obtener respuestas solo condujo a más preguntas sin resolver.

El corazón de Michael se llenó de determinación. Como líder del cielo, sabía que debía descubrir la verdad detrás de la desaparición de Incinerate Anthem, sin importar los desafíos que se presentaran. — "Investigaremos cada pista, cada rastro de magia que podamos encontrar. No descansaremos hasta encontrar la verdad." —proclamó con firmeza.

Los días siguientes estuvieron llenos de intensa actividad en el Cielo. Los Arcángeles rastrearon los registros celestiales y los eventos relacionados con Incinerate Anthem, pero cada pista parecía desvanecerse como humo en el viento. La magnitud del misterio se profundizó, y la inquietud creció en los corazones de aquellos seres.

El drama y el misterio crecían con cada día que pasaba. La sombra de lo desconocido se cernía sobre los Arcángeles, y la urgencia por encontrar respuestas se hizo más fuerte. La desaparición de Incinerate Anthem no solo planteaba preguntas sobre el Sacred Gear en sí, sino también sobre el destino del mundo sobrenatural y la seguridad de la humanidad.

Michael se encontraba en una encrucijada, sin saber si enfrentaba una amenaza invisible o un simple suceso aleatorio. A pesar de los esfuerzos incansables de los Arcángeles, el misterio persistía, y la incertidumbre amenazaba con minar la confianza que siempre habían tenido en el Sistema Celestial.

Los Arcángeles, en su búsqueda por la verdad, se enfrentaron a dilemas morales y cuestionaron su propia comprensión del mundo sobrenatural. ¿Qué fuerza tan poderosa podía haber dejado a todos ellos en la oscuridad? ¿Y qué otras verdades inquietantes permanecían ocultas?

En medio de la tensión y el drama, los Arcángeles no podían evitar preguntarse si la desaparición de Incinerate Anthem era solo el principio de una amenaza aún mayor que se avecinaba. Un presagio oscuro se cernía sobre ellos, y solo juntos podrían enfrentar lo desconocido.

Los Arcángeles, acostumbrados a mantener la armonía y el equilibrio entre los mundos sobrenaturales, ahora se enfrentaban a un enigma sin precedentes. Sin pistas ni explicaciones, la desaparición de aquel Sacred Gear era un misterio envuelto en la niebla del desconocimiento. Sabían que en si mismo, era una perdida gigantesca para la facción del Cielo, el pasar de los años demostró aquello.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, un sentimiento inexplicable comenzó a tomar forma en el corazón de Miguel. Como si el viento susurrara secretos insondables, una idea vaga se abría paso en su mente, pero siempre se le escapaba.

Aunque Miguel no podía entender completamente lo sucedido aún hoy en día, sentía que había algo más detrás de la desaparición de Incinerate Anthem. Un poder más allá de la comprensión humana y celestial, algo que trascendía las leyes místicas y se sumergía en la esencia misma de la existencia.

A medida que esta intuición crecía, una pregunta se planteaba en la mente de Miguel y lo mantenía despierto por las noches. ¿Podría la humanidad haber sido la causa de esta misteriosa desaparición? Pocas fuerzas podrían lograr tal hazaña sin entrar en la divinidad.

Por lo tanto, esta pequeña subestimación permitió que el secreto de lo ocurrido con Incinerate Anthem permaneció en las sombras, sin que los Arcángeles lo descubrieran. El "Sacred Gear System" ocultó esta verdad escapista, permitiendo que la historia de Lily Potter y su sacrificio por su hijo, Harry, permaneciera en la oscuridad.

Y así, mientras los Arcángeles continuaban su labor, el enigma quedó sepultado en el olvido, sin que nadie sospechara el poderoso amor que había desencadenado su desaparición. En la inmensidad del universo, la verdad se desvaneció en el tiempo, convirtiéndose en un misterio perdido en los anales del tiempo.

Pero, en el trasfondo de este intrigante misterio, una verdad aún más extraordinaria permanecía oculta. Un acto de amor desinteresado y puro había sido el verdadero protagonista tras el velo del secreto. Lily Potter, madre amorosa y valiente, había entregado hasta la última partícula de su alma para proteger a su hijo, Harry.

Sin embargo, los cielos no habían prestado atención al mundo mágico como merecía. Los Arcángeles, encerrados en sus asuntos celestiales, habían pasado por alto esta posibilidad excepcional, incapaces de concebir que el poder del amor humano podría haber sido la fuerza detrás de la desaparición de Incinerate Anthem.

El poderoso Sacred Gear había reconocido el sacrificio definitivo de su portadora y, en un acto de correspondencia al último deseo de Lily, había decidido manifestarse plenamente para salvar a su hijo, Harry. Y así, en la ignorancia de los seres celestiales, la verdad permanecía escondida, como una joya preciosa sepultada en el fondo del océano. Incinerate Anthem había sido más que una herramienta poderosa; se había convertido en un reflejo del amor incondicional de una madre, en una fuerza que desafiaba todas las probabilidades y barreras.

El tiempo había transcurrido y Azazel, el antiguo líder de los ángeles caídos se encontraba en su estudio, sumido en sus pensamientos mientras analizaba la inaudita información que había llegado a sus manos. Hacía diez años, Incinerate Anthem, un poderoso Longinus de Alto Nivel, había sido completamente borrado del registro del "Sacred Gear System". Tal noticia lo había dejado atónito y desconcertado, pues nunca había presenciado la desaparición total de un Sacred Gear de tal magnitud.

El pelinegro se sorprendió cómo era posible que los propios Arcángeles fuesen tan buenos guardando tal información durante tanto tiempo. Aunque comprendió los motivos de sus hermanos, una información de tal calibre seria peligroso que saliese a la luz.

Aun así, sus hermanos no son consientes de las muchas fallas de seguridad que hay, el mismo, incluso habiendo caído hace tantos milenios, encontró una manera de acceder a los cielos. ¿Decírselos? No, sus hermanitos podían averiguarlo por ellos mismos.

En su mente, teorías e hipótesis se entrelazaban, pero no tenía nada concreto con lo cual trabajar. Solo contaba con la certeza de que esta desaparición no podía ser ignorada ni pasada por alto. Azazel era un ser astuto y perspicaz, y sabía que debía continuar investigando hasta encontrar alguna pista que le permitiera desentrañar este enigma.

Antes de que pudiera sumirse más en sus pensamientos, una voz familiar lo interrumpió. Vali, su joven hijo adoptivo y portador del poderoso Sacred Gear Divine Dividing, había vuelto de entrenar con Barakiel, uno de los ángeles caídos más poderosos y mentor de Vali.

Vali entró en el estudio con energía y una sonrisa traviesa en el rostro. Con solo 12 años, ya mostraba un gran dominio de sus habilidades mágicas y una determinación inquebrantable para convertirse en un poderoso guerrero.

— "¡Viejo!" —exclamó Vali— "¡Estoy aburrido! ¿Por qué no tenemos una pelea?" —

Azazel soltó una carcajada ante la propuesta de Vali. El joven demonio siempre estaba ansioso por poner a prueba su fuerza y mejorar sus habilidades.

— "¿Sabes qué? De acuerdo. Será un buen estiramiento para ambos." —respondió Azazel con una sonrisa traviesa mientras dejaba su vaso de whisky a un lado.

Ambos salieron, y en un abrir y cerrar de ojos, el campo de entrenamiento se transformó en un escenario de destellos mágicos y poderosos ataques.

Padre e hijo se pasaron toda la tarde luchando, Azazel realmente estaba agradecido con Vali, realmente su vida se volvió menos monótona desde que lo adopto hace tanto tiempo, aunque… Su hijo adoptivo era realmente un maniaco de las peleas.