A Sara. Por estar ahí y ser como es ella.


Prólogo

Aro permaneció un momento mirando a Alice, que había avanzado hasta situarse a nuestro lado, arrastrada por Jasper, que no se fiaba un pelo de la "realeza" de nuestra especie. Y con razón. Sus tropas no retrocedieron, pese a las pruebas aportadas por mis dos hermanos. Nahuel y Huilen estaban ahí, pero parecía que al jefe Vulturi le importaba más bien poco.

-Vosotros sostenéis que la niña no es peligrosa... -comenzó Aro, mirando a mi hija, montada a lomos de Jacob. Un bajo siseo escapó de mis labios y un gruñido reverberó en el pecho de Jacob, haciendo eco rápidamente entre los miembros de la manada.- Habéis aportado pruebas de ello... -Aro sonrió de forma escalofriante, abriendo sus brazos para señalarnos a todos nosotros antes de continuar con su perorata, y me tensé al leer su mente. Sentí como mis ojos se tornaban negros. - No obstante, amigos míos, ni siquiera su madre está lo suficientemente segura de eso como para no marcharse.

Alice me miró con los ojos abiertos como platos, asustados.

-¿Qué? -susurró a voz de cuello.

Jasper puso las manos en los hombros de su esposa, moviendo los pulgares en círculo sobre sus clavículas, intentando tranquilizarla. Ella se deshizo de él con un movimiento brusco, avanzando hacia mí; sus pensamientos eran un galimatías.

Le dejé instrucciones claras...

Abrí los ojos, sorprendido.

-¿Fue por ti por lo que actuó tan raro las últimas semanas? -murmuré apenas moviendo los labios, con el tono de voz suficiente como para que mi hermana la vidente me oyese. Ella asintió imperceptiblemente.

¿Cuándo desapareció?

-Ya va para dos semanas -repliqué, mi voz temblorosa, replicando su propia preocupación por mi esposa. Ella frunció el entrecejo, confundida.

Eso no tiene sentido, Edward. No la he visto, ni consigo verla ahora. Se suponía que era porque estaba aquí, con los lobos, con Renesmee. ¿Edward, crees que la pudo pasar algo?

Aro dio una palmada que nos sacó de nuestras cavilaciones, haciendo que mi cabeza se volviera hacia él como un perro de caza ante la presa. El anciano vampiro suspiró trágicamente, sin una gota de pena real ni intento de aparentarla.

-Ya lo veis. Ni siquiera su madre confía en ella.

-¡ESO ES MENTIRA! -gritó Renesmee, sus ojos color chocolate estaban llenos de lágrimas y tenía la manita cerrada entorno al medallón que llevaba en torno al cuello. El regalo de Bella.

Más que mi propia vida.

-Bella no es una cobarde -gruñó Rosalie, sorprendiendo a todos. -Mi hermana no es una cobarde.

Mi hermana rubia estaba que echaba humo. Al leer sus pensamientos, pude ver por qué. El que Bella hubiese tenido el valor de llevar a cabo el parto de Renesmee, con los riesgos que eso conllevaba, y enfrentándose a Carlisle, a Alice y a mi por el camino habían hecho que se diera cuenta de cómo era realmente. Valiente. Leal. Dispuesta a dar todo por los que amaba.

Rosalie estaba en lo cierto, Bella no era ninguna cobarde.

Fisgué en los pensamientos de Aro y Cayo, tratando de encontrar cualquier información sobre mi mujer. Dudaba muchísimo que ella se hubiera marchado por su propia voluntad, como Alice. Si fuera así, lo habría hecho para buscar pruebas que respaldasen la defensa de nuestra hija, y ya estaría de vuelta.

No, aquí había algo más. Algo que olía a chamusquina.

-¿Ah no? -se burló Cayo, sonriendo jocosamente al ver las reacciones de mi familia.- ¿Y cómo llamarías a abandonar a vuestro patético intento de familia, Rosalie Hale? Isabella se dio cuenta del peligro que entrañaba ese monstruito -hizo un gesto en dirección a Renesmee, cuyas lágrimas habían comenzado ya a surcar sus mejillas mientras llamaba a mi Bella mentalmente. Contuve el impulso de ir corriendo a consolarla, debía centrarme en la batalla que parecía cada vez más inevitable- y finalmente decidió irse de vuestro aquelarre, buscando otro más digno de ella y de su don. Seguramente a estas alturas ya está en Volterra, esperando para ponerse una capa negra.

Esta vez fue Carlisle quien casi no pudo contener el impulso de soltar un rugido, furioso al pensar en aquellos vampiros llevándose lejos de él a su niña pequeña. Esme se aferró a su brazo, apretando los dientes y mirando a nuestros enemigos con ojos de hielo.

-Parece ser que después de todo la inocente humana era la más inteligente -añadió Alec, conectando sus ojos con los míos mientras pensaba en mi Bella de formas nada apropiadas. Sonrió de lado, invitándome silenciosamente a que parase aquello.

-Oh, Alec -oí la voz de mi Bella gimiendo en su mente, mientras las manos del chico Vulturi recorrían su espalda, ambos sobre la fría piedra de alguno de los cientos de pasillos que recorrían su castillo de Italia. Desnudos, enredados, las manos de mi compañera aferradas a su cabello y las de Alec a sus nalgas.- No pares. Oh Dios, no pares.

-Edward, detente -escuché decir a Jasper en mi mente. -¡EDWARD, NO TENGO NI IDEA DE QUÉ ESTÁ PENSANDO, PERO ESTO ES LO QUE QUIEREN! ¡ES UNA TRAMPA!

Una parte de mi cerebro era consciente de que así era, que querían que reaccionásemos sin pensar, tal y como habían intentado antes con las hermanas de Irina al asesinarla de aquella manera cruel. Pero Bella, mi Bella, con ese niñato...

¡Oh, Alec!

Vi rojo.

Mis músculos se tensaron listos para saltar, pero entonces escuché una carcajada, fría y calculadora.

Por las lindes del bosque apareció un chico, un adolescente. Aparentaba tener unos diecinueve años. Era alto. Musculoso. Iba vestido con un traje extraño de color rojo sangre, muy, muy oscuro. El traje tenía refuerzos en diversos lugares, como a la altura del pecho, simulando un chaleco antibalas, solo que parecía muchísimo más resistente; también en los hombros y los lados de las piernas, aunque estos últimos apenas se apreciaban por unas botas de piel oscuras que le cubrían hasta la mitad de la espinilla.

A la altura de la cadera llevaba un cinturón oscuro de cuero con diversas armas colgando, en especial cuchillos, de todas las formas y tamaños inimaginables. Al lado derecho le colgaba una enorme espada negra y plata con estrellas de cinco puntas decorándola de lado a lado. La empuñadura estaba manchada con sangre, humana. Podía olerlo desde que había entrado, aunque él seguí avanzando. Se limitaba a moverse hacia delante, sin reparar en nosotros y nuestros aliados o los Vulturis. Sonreía de oreja a oreja.

Era atractivo, incluso yo podía verlo. Parecía tallado en hielo. Piel casi tan blanca como nuestra, más que la de Bella antes de ser convertida; pómulos pálidos y muy marcados; cabello del color de la sal caído sobre la frente. Y los ojos... Me estremecí. Eran ojos de tiburón, negros y profundos como la noche, inexpresivos y fríos.

-¿Humana? -resopló, y me pareció ver un asomo de diversión en sus ojos.- Permíteme decirte, vampirito... que no sabes nada de nada.

¿Vampiro...?

¿Qué dem...?

¿Cómo lo sabe?

¿Conoce a Bella?

-¿Quién te crees que eres? -gruñó Alec, mirándole de forma especuladora.

Así que ellos también lo habían sentido, la sensación que ese chico irradiaba por cada poro de su maldito cuerpo...

Peligro.

-Oh, claro... Disculpa mis modales -el chico sonrió una vez más, levantando su espada e inclinándose apenas un par de milímetros, burlándose en silencio del Vulturis.- Mi nombre es Jonathan Morgenstern, pero vosotros podéis... -y debéis, si sabéis lo que os conviene- llamarme Sebastian.

Alice fue la primera en abrir la boca, envalentonada, dispuesta a saber el por qué de la intrusión de Sebastian, el chico tiburón.

-¿Qué has querido decir con lo de antes?

El muchacho evaluó a Alice con la mirada antes de guardar la espada, manteniendo la mano en la empuñadura.

-¿Qué me dirías si te cuento que el mundo en el que has vivido es solo una burda mentira, Marie Alice Brandon Cullen? -inquirió con voz sedosa.

¿La conoce?

¿Pero cómo...?

¡No es posible...!

Todos nos quedamos estáticos. Alice jadeó y en un parpadear Jasper estaba a su lado, tenso, dispuesto a proteger a su esposa.

-¿Cómo sabes el nombre de mi esposa? -gruñó Jasper, sus dientes apretados.

-¡Tío Jazz! -gritó Nessie a mi espalda; su voz temblando. Mi pobre niña...

-Yo lo sé todo, Mayor Jasper Whitlock Hale Cullen -replicó, sus ojos evaluándolo.

Voy a borrar esa estúpida sonrisa de su cara.

La mano de Alice se aferró a su brazo, pidiéndole en una súplica silenciosa que no lo hiciese. Estaba ciega. No había podido ver venir al chico, ni tampoco la salida de Bella.

¿Qué estaba ocurriendo?