Sebastian soltó una carcajada, evaluando a Jasper con la mirada.

-Harías bien en hacer caso a tu esposa, Jasper -comentó con tono divertido.- No me agradaría dejarla viuda.

Un coro de gruñidos se oyó en nuestro bando, incluso alguno proveniente de los Vulturis. ¿Cómo podía este chico, sabiendo lo que éramos, tener tal grado de bravuconería? Quizá era simple estupidez, pero por sus acciones no lo parecía.

-¿Y bien? -inquirió, recorriendo todo el campo de batalla con la mirada. Sus oscuros ojos se posaron en todos y cada uno, los Vulturis incluidos, demorándose un poco más en nuestra familia, especialmente en mi, mis padres y Renesmee.- ¿Queréis saber por qué todo vuestro mundo es una mentira? -Ante la falta de respuesta, suspiró. Desenvainó uno de los cuchillos y le dio vueltas distraídamente entre los pálidos dedos antes de tirarlo al aire para luego volver a cogerlo en un ágil movimiento.- Sois tan ingenuos, todos vosotros... ¿De verdad pensáis que solo existís vosotros, los fríos y los cambia formas? Y los hijos de la luna, por supuesto -añadió mirando a Cayo, que se tensó ante aquello, maldiciendo al crío en sus pensamientos.

Aro hizo un gesto conciliador a su hermano, colocando una mano en alto para detenerlo. Podía escuchar los pensamientos del viejo líder Vulturi. Sentía... curiosidad. Por saber quién era aquel extraño y por saber si... ¿mi Bella no era humana? ¿Qué...?

Mis ojos se abrieron por la sorpresa de aquel pensamiento. ¿Se había vuelto loco Aro? Más aún, quiero decir. Hacía siglos que el ansia de poder había acabado con su moral y su estabilidad mental, si alguna vez las había tenido, pero aquello... era de estar demente.

-¿Qué ocurre, Edward? -me preguntó Carlisle en sus pensamientos, poniendo una mano en mi hombro.

-Aro piensa que Bella no era humana. Piensa... que era algo más -contesté de la forma más baja que pude, y aunque Aro no pareció oírme, increíblemente Sebastian sí, pues volvió la cabeza hacia mí como un perro de caza. Varios jadeos y cuchicheos se oyeron entre los nuestros, que alternaban la mirada entre el joven que teníamos delante y yo mismo.

-Se ha vuelto loco -murmuró Alice, meneando la cabeza.

-Estoy de acuerdo con la duende -señaló Jacob en sus pensamientos, y ambas manadas no tardaron en hacerse eco de uno de sus líderes.

-Eso sería una abominación -gruñó la voz de Paul.

-¿Quién sabía que los vampiros podían volverse tarumbas? -inquirió Quil con regocijo.

-¿Qué tienes que contarnos, joven Sebastian? -preguntó Aro, inclinando la cabeza hacia un lado.- Nos tienes a todos desconcertados. Tal y como Bella en su día...

-Puedo contaros todo, Aro Vulturi. ¿Qué tal si empezamos desde el principio? -Luego miró hacia nosotros, más concretamente, hacia Carlisle. Sus ojos brillaron, con algo que no supe identificar... ¿furia? -Además, tengo entendido que el papi Cullen es muy... curioso -la palabra resbaló sobre su lengua, como acariciándola.- Aunque quizás esto sea demasiado para él. Podría venirle grande.

Carlisle dio un paso hacia delante, convencido de que el chico estaba totalmente loco y así también lo estaba Aro, pero aún así actuando como hacía siempre: con temple y seguridad.

-Adelante -le espetó con voz dura, peligrosamente baja, sin miedo, sus ojos dorados fijos en Sebastian.

-¿Habéis escuchado hablar de los dioses del Olimpo? -inquirió, sin dejar de girar la espada entre las manos.- Hades, Poseidón, Zeus... -un trueno retumbó a lo lejos y Sebastian esbozó una leve sonrisa.

-Por supuesto -gruñó Emmett mirándole amenazadoramente desde su lugar junto a Rosalie. - No somos estúpidos, niño.

-Está bien saberlo, McCarty -se burló Sebastian y el rostro de Emmett se quedó lívido al oírle nombrar su apellido de humano.- Hace eones, en Grecia, surgieron las leyendas con respecto a ellos, y se han mantenido hasta nuestros días. Hay una razón para ello: existen -hubo una serie de risitas entre los grupos, e incluso carcajadas, como la de Emmett.

-Gracias por confirmarnos que estás loco -dijo mi musculoso hermano con una sonrisa de arrogancia ante tal disparate.

Sebastian no dio muestra alguna de inmutarse.

-Al principio, yo tampoco lo creía. Pero los dioses del Olimpo son reales. Y a veces tienen hijos con los humanos, llamados mestizos -miró a su alrededor, mortalmente serio.- Mitad humanos, mitad dios.

Hubo un momento de absoluto silencio, salvo por las risitas aquí y allá, hasta que los ojos de Jasper se abrieron con sorpresa. Miró hacia atrás, hacia Maggie, y mis ojos también se pusieron tan anchos que parecía que se iban a salir de sus órbitas al leer el pensamiento de ambos.

-Está diciendo la verdad... -exclamó con voz ahogada.

Las risas pararon en el acto. El don de Maggie era detectar cuando alguien mentía. Sebastian tiró su espada al aire y cayó sobre su mano totalmente en vertical, donde permaneció en equilibrio sobre su palma.

-Por supuesto que sí, nómada -resopló Sebastian.- ¿Por qué habría de mentir? No me serviría de nada -centró su mirada en Carlisle, ignorando totalmente a Aro, lo que a éste último no le pasó desapercibido. Pensaba en si él sería uno de esos semidioses y si podría encontrar a más para... transformarlos.- En fin. El caso es que cada cierto tiempo bajaban a la Tierra y ¡BUM! -pegó una palmada, sobresaltándonos a todos.- Bebé semidiós. Hay muchísimos en todo el mundo. Algunos no lo saben y llevan vidas normales. Otros son famosos, muy, muy famosos. Y luego, los hay realmente especiales...

Tras la Segunda Guerra Mundial, los Tres Grandes, es decir, Zeus, Poseidón y Hades, hicieron un pacto: No volver a tener hijos con mortales. Sin embargo, no lo cumplieron...

Había una profecía que dictaminó que uno de sus descendientes sería aquel que podría destruir o salvar el Olimpo, y, en consecuencia, el mundo tal y como lo conocemos; ese fue el verdadero motivo del Pacto. Zeus tuvo hijos, tanto en su forma romana como griega; Hades igual; y Poseidón... él es especial. Rompió el pacto, sí. Pero lo hizo antes incluso de lo que la mayoría piensa.

Hace treinta y siete años, antes de tener al hijo al cual la profecía hacía referencia, Perseus Jackson, Poseidón tuvo un romance con una humana... Esta estaba casada, fue un pequeño desliz... Se quedó embarazada; se lo contó a su marido -Sebastian meneó la cabeza, divertido.- De ahí nació una hermosa niña con los ojos verde esmeralda, heredados de su padre, Poseidón, el Dios del Mar. Su marido no pudo resistir los encantos de la niña. Perdonó a la mujer y la crió como si fuese suya.

Sin embargo, conforme la niña crecía quedó en claro que no era como los demás niños -Sebastian suspiró, sonriendo de forma que envió un escalofrío por mi espalda.- Y no por el hecho de quien era su padre... la niña era una bruja -esta vez no hubo risas, sino jadeos de sorpresa. Maggie no iba a negarlo, yo podía leer en su mente que todo lo dicho era rigurosamente cierto.

-A los once años recibió la carta de Hogwarts, el mejor Colegio de Magia y Hechicería del mundo. Y allí comenzó sus estudios.

Hubo un momento de tenso silencio, hasta que Aro se aclaró la garganta.

-¿Eso es todo?

Sebastian soltó una carcajada.

-Oh no, Aro... Esto es solo el principio -con un movimiento de cabeza, el flequillo de su pelo casi blanco dejó de estar sobre su frente, también pálida.- Hace mil años, los demonios -de nuevo los jadeos, incluidos los míos. ¿Dioses griegos, magos y brujas, y ahora... demonios? ¿Qué era lo siguiente? ¿Ángeles?- asolaban este planeta, a miles. Un joven llamado Jonathan decidió invocar al ángel Raziel... -Vale, no me esperaba llevar razón.- Le pidió su ayuda y Raziel vertió su sangre en un cáliz, donde Jonathan también vertió de la suya. Bebió, transformándose en el primer Cazador de Sombras... O como vosotros lo llamáis por la Biblia: Nefilim -Carlisle se envaró. Había oído hablar a su difunto padre de los Nefilim, los salvadores de la humanidad, en diversas ocasiones. Y ahora, después de casi cuatro siglos, le decían que era todo cierto.- Esos hombres fueron conocidos como los Cazadores de Sombras, al igual que sus hijos y los hijos de sus hijos. Se les dio el primer Libro Gris, enumerando todas las runas -se levantó las mangas entonces, dejando ver unos tatuajes de aspecto tribal sobre su piel, pintados con tinta rojo sangre... Las runas. ¿Este chico era descendiente de ángeles? Imposible. Parecía más bien un demonio, salido del mismísimo abismo del Infierno. Los ojos de Aro brillaron al fijarse en aquellas marcas. Me estremecí al pensar en lo que podía hacer en caso de que cayesen en sus manos.- Todos para usar en su lucha contra los demonios.

Hace casi 86 años, un Nefilim se enamoró perdidamente de una diosa... Atenea, Diosa de la Sabiduría. Tuvieron una preciosa hija -comentó Sebastian con voz burlona- mitad Nefilim, mitad diosa.

-Según los mitos, Atenea es un diosa que... bueno... es virgen -señaló Carlisle, frunciendo el ceño y pasándose una mano por el cabello rubio, un gesto que había adquirido a fuerza de pasar tanto tiempo entre humanos. Sebastian se rió de nuevo, echando la cabeza hacia atrás. Un escalofrío me recorrió la columna. Era un sonido que ponía los pelos de punta.

-Los hijos de Atenea no nacen de la manera convencional, digámoslo así. La niña fue criada en el mundo de los Cazadores de Sombras, hasta que se enamoró a sus 20 años, de quien no debía: un mago sangre limpia, hijo de otros brujos. -La historia estaba dando vueltas y vueltas, y, sinceramente, no sabía hacía donde iba aquello. ¿De qué servía? Quería acabar la pelea con los Vulturis de una vez, pero, a mi pesar, me encontraba realmente... intrigado.- No un sangre sucia, como la hija de Poseidón, bruja sin tener ni gota de sangre de magos o brujas en las venas.

Decidió abandonar a La Clave, el gobierno de los Nefilim. Se casó con el mago, haciéndose pasar por bruja, y tuvo un hijo 3 años después... Charlus Potter, que se casó 25 años después con Dorea Black. Así, también hace 37 años, nació un niño, supuestamente sangre limpia, con sangre mágica, divina y angelical. Los poderes de Nefilim, sin embargo, no se desarrollaron, aunque lo llevaba en la sangre. Y respecto a la sangre de Atenea... -Sebastian se rió entre dientes.- Bueno, por su comportamiento impulsivo parecía más bien hijo de Ares, Dios de la Guerra. Era lo que se denomina un legado. Cuando cumplió once años, el niño fue a Hogwarts.

Y aquí es donde los caminos de nuestros dos protagonistas se cruzaron. La joven bruja, que tenía poderes extraordinarios, capaz de controlar las aguas y sus habitantes, y el mago descuidado y travieso que atraía los problemas. -Centró los ojos en los míos entonces, inclinando la cabeza hacia un lado.- Un auténtico 'imán para el peligro'.

¿Qué?

Me quedé helado; mis músculos estáticos y tensos.

¿Cómo sabía que yo le decía eso a Bella? ¿Nos había estado espiando?

Un leve gruñido salió de mi pecho, solo atenuado cuando Carlisle puso una mano en mi hombro.

"Tranquilo, hijo", aunque a él tampoco le gustaba ni un pelo que él supiera aquellas palabras. Ninguno de nosotros creía que pudiese ser una coincidencia.

-Los niños crecieron; el joven, enamorado perdidamente de la pequeña bruja, y ella, realmente cabezota, ignorándole por completo. Hasta que al final... no pudo resistirse. Después de todo, el impulso del amor era demasiado fuerte, incluso para ella. Se enamoraron, y poco después de acabar el colegio, se casaron.

En aquella época, existía un mago oscuro... un descendiente de uno de los fundadores de Hogwarts, Salazar Slytherin, que defendía los ideales de sus antepasados: Acabar con los sangre sucia.

Un Hitler mágico. Alguien que quería conseguir la pureza de la raza por una obsesión oscura nacida Dios sabe de dónde. Simplemente genial. Sebastian pareció leer mis pensamientos, porque asintió con la cabeza.

-Reclamaba que la culpa de todo lo malo ocurrido en el Mundo Mágico era de los Sangre Sucia y de personas como vosotros cuando erais humanos... muggles -se regodeó con desprecio.

-¿Muggles? -preguntó entonces Tanya, haciéndome pegar un respingo. Se me había olvidado que ellos estaban allí, que mi familia y yo no éramos los únicos que nos íbamos a enfrentar a los Vulturis.

-Gente no mágica -aclaró Sebastian, mirando al cielo, como si aquellas preguntas le aburrieran.- En cualquier caso, nuestros dos jóvenes enamorados se unieron a una sociedad secreta, la Orden del Fénix, para luchar contra el Señor Oscuro, pues así era como le llamaban, y sus aliados... los Mortífagos -inclinó la cabeza hacia un lado, con ojos brillantes.- Similar a vuestros nazis o a los camisas negras de Mussolini, supongo.

Se enfrentaron a él en tres ocasiones... y sobrevivieron. Solo otra pareja consiguió hacer lo mismo que ellos, los Longbottom, y recibieron un castigo peor que la muerte... la locura. Ni siquiera recuerdan a su propio hijo... -Sebastian se encogió de hombros ante el horror pintado en la cara de mi madre.- En fin, ¿qué se le va a hacer, Esme Cullen-Platt? Era... irremediable.

Mi padre gruñó entonces; no le gustaba que aquel chico se hubiese referido a su mujer de forma directa. ¿Cómo podía saber todos nuestros nombres, y, además, quién era cada uno?

-La bruja-semidiosa se quedó embarazada, de gemelos no idénticos, lo que vosotros llamáis mellizos..., aunque este pequeño detalle no se supo hasta más tarde... En principio era un solo bebé. Una profecía respecto a éste salió a la luz, y era clara: ''Ninguno de los tres podrá vivir mientras uno de ellos siga con vida''. Hacía referencia a su hijo, al Señor Oscuro y a un tercero que, al desconocerse que era un embarazo múltiple, no se sabía quién era.

Por su parte, un Nefilim se había comenzado a hacer preguntas acerca de los Cazadores de Sombras, cuestionando a la Clave y su gobierno. Éramos una raza en peligro de extinción, pues cada vez había -y hay- más demonios que asolaban la Tierra. Se llamaba Valentine Morgenstern -dijo mirándonos a nosotros y llevándose una mano al pecho.- Mi padre.

Estaba decidido a acabar con los subterráneos, fuera como fuese -al ver a Rosalie abrir la boca, levantó una mano, rodó los ojos y lo explicó con un gruñido- los Hijos de Lilith, los brujos (y sí, son distintos de los magos; no, no son lo mismo) -respondió antes de que nadie pudiese preguntarle, como si pudiese ver a través de nosotros.- Hijos de la Luna, los hombres lobo; las hadas; y... los Hijos de la Noche. Los verdaderos vampiros, que se queman a la luz del Sol, no como vosotros, copias baratas -se burló, lo que le hizo granjearse varios gruñidos.

-Esperad -negué con la cabeza, extendiendo un brazo e impidiendo que atacaran aquellos que querían hacerlo porque les había ofendido. A regañadientes, quizá por la influencia de Jasper o quizá por mi tono de pocos amigos, se quedaron en sus sitios. Quería saber qué tenía que ver todo esto con Bella, por qué Sebastian la había mencionado.

-Valentine experimentó conmigo cuando estaba aún en el vientre de mi madre, alimentándola, y por tanto alimentándome, con sangre... sangre de demonio -hubo un jadeo por parte de Rosalie, que se llevó una mano a la boca, sin habla.

¿Cómo puede un padre hacerle eso su propio hijo?

-Mi madre me consideró una abominación. -Sebastian se encogió de hombros, como si no le importase, aunque pude vez el odio en sus ojos. Sonrió de forma oscura.- Pensaba que yo era un ser... maligno.

Y tenía razón, añadí mentalmente, sus ojos negros removiéndome hasta lo más profundo.

Valentine experimentó con otros niños, mis hermanos, a los que optó por inyectarles sangre de ángel -hizo una mueca, como si la simple idea le repugnase.- Como si eso fuera a hacerles diferentes de mí.

Al poco, mi padre se enteró del embarazo del matrimonio de jóvenes fenómenos; un hijo con sangre de Nefilim, de Dioses y de magos, todo en uno. Unos niños, o como se pensaba entonces, un niño, tan sumamente poderoso que no debería haber siquiera sido planeado... -se quedó callado un momento, pensativo.- Al igual que yo, como si nosotros tuviésemos la culpa de quienes o qué son nuestros padres.

Un día, mientras la mujer se hacía un chequeo en el Hospital Mágico de San Mungo, y aprovechando un descuido, Valentine la dejó fuera de combate. Y aprovechó el momento: inyectó directamente sangre de ángel en su vientre, esperando que el o la bebé desarrollase así las cualidades de Nefilim que llevaban en la sangre gracias a su padre biológico, aunque éste no las hubiese presentado en sí mismo. La sorpresa fue que nacieran dos hermanos, un niño y una niña -meneó la cabeza, contrariado.- Mi padre solo había puesto dosis para uno, que fue absorbido por la niña. Nacieron hace 17 años, un 31 de julio.

La pareja decidió esconderse para proteger a sus hijos, tanto del Señor Oscuro como del resto del mundo. Ambos tenían habilidades mágicas y divinas, y para colmo la niña tenía la Vista de los Nefilim. Ningún glamour, hechizo, podría ocultar eso... Confiaron en uno de sus amigos para protegerles, pero éste... les traicionó -sentí la necesidad de gruñir ante aquello, y entonces escuché también ligeros rugidos desde los miembros de mi familia. Todos se enderezaron y se miraron entre sí, sorprendidos de aquel sentimiento de protección que nos había asaltado.

Algo que solo habíamos sentido por los miembros de nuestra familia. Jasper frunció el ceño, tanteando el ambiente.

-El Señor Oscuro atacó el 31 de octubre de hace dieciséis años, el año cuando mi hermana más pequeña, Clary, nació. Mató a la pareja e intentó acabar con los críos... Pero no pudo. Utilizó un hechizo al que nunca, nadie, había sobrevivido, y al que nadie jamás ha vuelto a sobrevivir. Su propio hechizo rebotó, destruyendo su cuerpo.

Y así, los niños quedaron huérfanos y con el peso del mundo sobre sus hombros.

Un silencio sepulcral cayó entonces sobre todos nosotros, intentando asimilar todo lo que acabábamos de oír, sabiendo que todo era rigurosamente cierto por la falta de reacción de Maggie, tan aturdida por el exceso de información como el resto. Sorprendentemente, mi hija fue la única que, a su corta edad, tuvo la sangre fría para volver a hablar.

-¿Y qué tiene que ver todo eso con nosotros?

Sebastian se golpeó la frente con la palma de su mano, abriendo los ojos con fingida sorpresa.

-¡Oh claro, se me olvidó mencionarlo! -exclamó con teatralidad. Entonces sonrió, sacando una especie de palo plateado de uno de los múltiples bolsillos de su pantalón.- ¿No os he dicho los nombres de los hermanos, verdad? -comentó mientras dibujaba algo en el aire, una extraña marca que debía de ser una runa.

Apareció una foto en el aire. En ella se veía a un chico alto, pálido, de 17 años con el pelo corto, negro azabache; ojos verde mar y gafas redondas de montura metálica. Llevaba un collar de cuero con unas pocas cuentas de madera y hueso engarzadas en él, y tenía una cicatriz en forma de rayo en la frente.

-Harry Potter.

La imagen se desdibujó y apareció otra, una chica vestida de negro, con el mismo collar de cuero al cuello y la misma cicatriz: pelo rojizo color caoba, ojos chocolate, labios rosados y llenos, piel de porcelana... Sentí el aliento atascarse en mi garganta, mis ojos abriéndose de sobremanera.

Imposible.

-Bella Potter. Los Niños que Sobrevivieron.