Están muertos. Están muertos. Los padres de Bella… muertos.

-Carlisle -me atraganté con su nombre. Sentía como el mundo que conocía se caía a pedazos. Bella era huérfana. Había estado sola desde antes de tener uso de razón. El mundo la había abandonado. Con un escalofrío, me di cuenta de que años después yo había hecho lo mismo, dejándola en el bosque y llevándome a mi familia, su familia, conmigo.

¿Podían los vampiros tener ataques de ansiedad? El pecho. Me dolía el pecho.

-¿Papi?

No respondí. Sentí cómo perdía dominio sobre mí mismo, podía imaginarme los ojos negros, la desesperación abriéndose camino en mi interior como un ladrón en la noche, silencioso e implacable.

Sentí una mano en el hombro y giré la cabeza para ver a Rosalie. Ella no dijo nada, simplemente me abrazó con el brazo libre mientras con el otro aún sujetaba a mi hija, y yo se lo devolví, dándome cuenta en ese momento de que estaba temblando. ¿Shock? ¿Rabia? ¿Impotencia?

En un momento, me pasó a Renesmee a los brazos, y la estreché contra mi pecho. Escondió su cabecita contra mi pecho, igual que solía hacer Bella, y puso una mano brevemente en mi mejilla.

Mató a los papás de mamá.

Sin saber qué decir, asentí tristemente con la cabeza y ella dejó salir un murmullo lastimero.

Miré a mi alrededor. Los Vulturis, para empezar. Jane intercambiaba miradas nerviosas con su hermano Alec. Demetri y Félix se mostraban impertérritos en apariencia, aunque sus pensamientos eran un revoltijo, igual que el de todos los presentes. Incluso nuestros cerebros perfeccionados tenían problemas para procesar tanta información y tan nueva e irreal de golpe. Marcus seguía mirando a la nada, lo cual no era de extrañar. Lo que sí llamaba la atención era que, por primera vez, pude ver algo distintos en los pensamientos de Cayo y Aro: miedo. Cayo temía que, si todo esto era tan cierto como nos lo estaban haciendo ver, los Hijos de la Luna siguieran existiendo en manadas más allá de lo que él había creído. Aro, tenía miedo de… Bella. En su cabeza, si se parecía en algo a su madre, de repente no era tan buena idea haber amenazado la vida de Renesmee. Fue sólo un flash, pero ahí estaba. Siseé y él dio un respingo, haciendo que la Guardia se pusiera tensa antes de que con un ademán de la mano les indicase que retrocedieran.

Bien. Quizá sirva para algo después de todo.


Privet Drive, en Little Whinging, condado de Surrey, cerca de Londres.

Nos habíamos pasado la última hora viendo interaccionar a un matrimonio con un niño excesivamente obeso en su trona. Ella, delgada como un palo, rubia y de cuello muy largo. Tenía cara de estar oliendo algo horrendo casi de continuo. Él, tremendamente corpulento, rollizo, sin cuello y con un bigote inmenso. Si el niño se parecía en algo al padre, no era de extrañar el sobrepeso a aquella edad tan temprana -¿año y medio?. Tampoco sería de extrañar el carácter que desarrollaría si seguía los derroteros de sus padres.

Las luces empezaron a apagarse conforme pasaba el tiempo, y seguíamos en la misma posición que cuando habíamos llegado allí. Quería gritarle a Sebastian qué demonios estaba pasando, pero tras ver su temperamento en acción no estaba muy seguro de que fuese lo más aconsejable.

Miré curioso al gato atigrado que se encontraba a nuestro lado, preguntándome si era importante. No se había movido en todo el rato que llevábamos allí.

Entonces, la oscuridad se hizo patente. Había pasado del día a la noche con una rapidez pasmosa. Hubo un refulgir de luz, que acto seguido dejó paso a un anciano muy alto y delgado, de pelo y barba largos y plateados. Llevaba una túnica larga morada y una capa del mismo color, un tono más brillante, con dibujos hechos con hilo dorado entretejido. También llevaba un pequeño sombrero cónico azul oscuro. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera roto, algo en lo que Carlisle estuvo de acuerdo conmigo a juzgar por sus pensamientos.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención no fueron las ropas estrafalarias ni el pelo tan largo que era absurdo, sino unos ojos azules centelleantes que brillaban tras unas gafas de cristales de media luna mantenidos en un precario equilibrio en su nariz. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo.

Pegué un respingo y casi me atraganto al ver al gato transformarse, haciéndose más alto, pasando a estar sobre dos patas y cambiando su forma hasta que ya no era un gato, sino una mujer mayor de aspecto severo. El patrón atigrado del gato alrededor de los ojos se correspondían con la montura rectangular y metálica de sus gafas. Llevaba una capa de color esmeralda, y el pelo recogido en un apretado moño. Parecía claramente disgustada.

-E-Era un gato -señaló Emmett con los ojos muy abiertos.

-Sí -contesté, como si fuera idiota.

-Y ahora es humana -añadió Kate.

-Yo también lo he visto -corroboró Benjamin.

Jacob se pasó una mano por la cara.

Maldita sea, Bells… Podrías habernos dicho algo…

-Impresionante aparición, Albus -dijo con voz grave. El anciano sonrió.

-Gracias, Minerva -concedió Albus.- Quería hacer honor a los festejos.

Minerva rodó los ojos y resopló, claramente enfadada.

-Oh, sí, todos estaban de fiesta -contestó irritada.- Yo creía que serían un poco más prudentes, pero no… ¡Hasta los muggles se han dado cuenta! ¡Ha salido en las noticias, Albus! Estrellas fugaces a decenas cayendo en Kent… Seguro que ha sido Dedalus Diggie. Nunca ha destacado por tener sentido común.

-¿Qué le pasa a esta gente con los nombres raros? -murmuró Garrett para sí mismo.

-Mi querida profesora -terció Albus- hay que entender que la gente está feliz de que Voldemort, -Minerva se echó hacia atrás con temor y Albus suspiró- de que Quien-Usted-Sabe se haya ido. Minerva, una persona sensata y valiente como usted puede llamarlo por su nombre, Voldemort. Lo intenté durante 11 años.

-Sé que usted no tiene ese problema -respondió la mujer entre la exasperación y la admiración.- Todos saben que usted es el único al que Quien-Usted-Sab… bueno, Voldemort, tenía miedo.

-Me va a hacer sonrojar, amiga mía.

Minerva le lanzó una mirada dura antes de hablar.

-Todo eso no es nada con los rumores que corren por ahí. Que Voldemort apareció ayer en el valle de Godric. Que Lily y James Potter están… que están… bueno, que están muertos.

Una pena infinita me llenó entonces. Tanya me miró con pena. Podía sentir, ver en sus pensamientos, cómo quería acercarse para prestarme consuelo, pero tenía miedo de que considerase, yo o algún miembro de mi familia, que era un avance de tipo romántico. Cuando nada más lejos de la realidad. Realmente me sorprendía la madurez que finalmente Tanya parecía haber alcanzado y la forma en que procuraba respetar a Bella.

Albus inclinó la cabeza en señal de respeto y Minerva se quedó boquiabierta.

-Lily y James… no puedo creerlo… ¿Lily no usó sus poderes? Santo Dios, Poseidón va a arrasar toda Inglaterra… pero… ¿Isabella y Harry? ¿Es… es verdad? -tartamudeó.

De nuevo, Albus asintió sin decir otra palabra.

-¿Pero cómo sobrevivieron, en nombre del cielo?

-Quizá nunca lo sepamos… -convino Albus. Luego, miró al cielo como si estuviera esperando algo.- Hagrid se retrasa.

-¿Le parece… sensato… confiar a Hagrid algo tan importante?

Albus se echó a reír.

-Profesora, a Hagrid le confiaría mi vida.

Un ruido sordo rompió el silencio que nos rodeaba y pegué un respingo, haciendo que Renesmee se asustara. Se agarró con más fuerza a mi cuello, con el corazón martilleando, y yo le pasé la mano por la espalda con la intención de ayudarla a calmarse y disculparme al mismo tiempo.

Tragué en seco cuando el ruido se hizo más potente y una pesada moto apareció de la nada, a través del cielo, aterrizando pesadamente.

-Hagrid -saludó Albus aliviado.

Increíble pensó Carlisle al ver al hombre que estaba sobre la moto, que pese a ser enorme parecía de juguete a su lado. ¿Será una especie de gigante? ¿Existirán los gigantes?

Si no fuera por la situación, me habría reído. Deja a mi padre, el doctor Carlisle Cullen, el quedarse fascinado con un hombre que era dos vecesnuestra altura y al menos cinco veces más ancho que estaba viendo en el recuerdo de alguien.

Tenía el cabello negro, largo y revuelto, una barba a juego que le cubría casi toda la cara y aspecto desaliñado. Sus manos tenían el tamaño de tapas de cubos de basura y tenía los pies enfundados en botas oscuras que parecían crías de delfín. A este atuendo se le sumaban unas gafas de motorista apoyadas en la parte superior de la cabeza y un abrigo largo y raído marrón. Entre los brazos, llevaba dos bultitos.

-Profesor Dumbledore, profesora McGonagall -dijo con voz mucho más suave de lo que me esperaba. Mostró una sonrisa afable y me sentí mal por mis primeros pensamientos, ya que al ver a un hombre de su tamaño mis instintos habían gritado "¡peligro!".- Aquí los tienen.

Dumbledore y McGonagall se inclinaron y ahí pude verla entre las mantas. Por un lado, Harry, con una mata de pelo negro, y por otra, Bella, acurrucada de lado con el cabello castaño rojizo alborotado, profundamente dormida. Ambos tenían una cicatriz en forma de relámpago en la frente.

-¿Fue… allí? -susurró la profesora McGonagall. Dumbledore asintió y ella soltó un suspiro tembloroso.- ¿Dónde nos dirigimos ahora?

De pronto, Hagrid soltó un aullido lastimero, como un perro herido, lo que nos hizo mirarle como si le hubiera salido otra cabeza. Aún no me acostumbraba al hecho de que siendo un vampiro pudiese sobresaltarme de aquella forma. Esperaba no tener que acostumbrarme. Y si todo esto era necesario para volver a tener a Bella entre mis brazos, lo aceptaría mil veces.

-¿Podría despedirme antes? -lloriqueó Hagrid, secándose la cara con un gran pañuelo.- Lo… si-siento. Lily y James… muertos… y los pobrecitos Harry y Bella tendrán que vivir con esos muggles…

-¿¡CÓMO DICE!? -el grito de McGonagall se solapó con el que había dado Esme, horrorizada. Extendió los brazos hacia delante, como si fuera a coger a los hermanos y a salir corriendo con ellos.

No podía culparla. Yo mismo quería impedir que eso pasara. Aquella familia era… horrible. Los padres eran personas estiradas carentes de empatía y estaban criando a un niño que era capaz de pegarle patadas a su madre en plena calle mientras pedía caramelos a gritos.

-¡No puede referirse a la gente que vive aquí! -continuó gritando la profesora, señalando la puerta número 4 con ímpetu. Parecía sentirse ultrajada.- Dumbledore… no puede.

-Les dejaré una carta -dijo Dumbledore con firmeza. La profesora McGonagall parecía respirar con dificultad en aquel momento y casi temí que le diera un infarto.

-¿Una carta? -repitió.- ¿Me está tomando el pelo? Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicárselo todo en una carta? Los maltratarán por lo que son.

Esto último se ganó un coro de gruñidos por nuestra parte. Jasper se debatía entre saltarle al cuello a alguien o controlarse y mandar olas de calma a partes iguales.

-¿Y Charlie Evans? ¡Son sus sobrinos también!

-Charlie ahora mismo se encuentra entre los aurores perseguidos por los Mortífagos que quedan sueltos.

McGonagall frunció los labios.

-¿El Campamento? Estoy segura de que Firenze puede organizarle una charla con Quirón…

Los ojos de Dumbledore se hicieron suaves.

-Minerva, son demasiado jóvenes. Lo sabe tan bien como yo.

Ella levantó los brazos, exasperada.

-¡Póngase en contacto con la Clave! ¡Llévelos al Instituto de Londres! ¡Ambos son nefilim, y Bella tiene la Vista! Algo podrán hacer, lo que sea.

-Basta -ordenó Dumbledore. Minerva miró hacia el profesor en una muda súplica.- ¿No lo comprende, Minerva? No podemos forzar las cosas. Si viven en nuestro mundo…

-Van a ser famosos, Albus -le recordó McGonagall.

-Exactamente -dijo Dumbledore con una mirada muy seria, tomando a los bebés de brazos de Hagrid.- Famosos antes de saber andar, antes de saber hablar. Famosos por algo que ni siquiera recuerdan. No, deben estar aquí… hasta que estén listos.

McGonagall se mostró derrotada. Dumbledore pasó la verja del jardín y depositó con mucho cuidado a Harry y Bella en el umbral junto a una carta que escondió entre las mantas de Harry. McGonagall y Hagrid se unieron a él, y les observaron durante un minuto. Los hombros como barcazas de Hagrid se estremecieron. La profesora McGonagall parpadeó furiosamente. La luz titilante de los claros ojos azules de Dumbledore parecía haberle abandonado.

Los tres se dieron la vuelta entonces, Dumbledore echando un último vistazo sobre su hombro antes de partir.

-Buena suerte -susurró en la noche- Harry y Bella Potter…


El horror. El horror absoluto. Sí, sabía que iba a ser malo, pero desde luego no me imaginaba esto.

Durante los últimos 9 años de su vida, Harry y Bella habían dormido en un pequeño armario, una alacena bajo la escalera, llena de humedades y arañas. Tuve que ver cómo los trataban como esclavos, cómo apenas les daban comida o siquiera tenían posesiones propias. En las noches de tormenta, Bella lloraba, porque cada trueno hacía temblar la alacena bajo la escalera y las finas paredes olían a humedad y eran frías, lo que resultaba en Harry abrazándola contra él, tratando de compartir su calor, que tampoco era mucho.

Tanto Bella como Harry eran bajos para su edad, y ambos parecían aún más flacos de lo que eran por llevar ropa bastantes tallas por encima, heredadas del hijo de los Dursley, Dudley. Sólo pensar su nombre me ponía de mal humor. Había visto cómo Bella era obligada por su tía a limpiar las baldosas con un cepillo de raíces y cómo Dudley había pasado con botas llenas de barro justo después o tirado comida en ellas por diversión. También las marcas rojizas y moradas de pellizcos, agarres y puñetazos. Eso era apreciable también en las gafas redondas de Harry, que estaban sujetas con un trocito de esparadrapo en la nariz para evitar que se rompieran cada vez que Dudley le daba un puñetazo.

Había un rugido sordo en mis oídos cada vez que veía a Bella ser arrastrada por la oreja por haber dejado algo sin limpiar o enviada a la cama sin cenar. Veía rojo cuando Dudley la tiraba al suelo, con sus rollizas rodillas en su pecho, dejando moretones enormes en sus costillas. Y me sentía como si alguien estuviera removiéndome las tripas con un cuchillo oxidado al ver sus rodillas y codos huesudos. Me pregunté brevemente si de todo esto era de donde venía la manía de Bella de querer hacer todo siempre ella y llenarse de vergüenza cuando hacíamos algo por ella. Mi madre pensaba lo mismo, alternando pensamientos homicidas hacia los Dursley, siendo los más llamativos junto a los de Alice y Rosalie, y de preocupación maternal y horror, los cuales compartía con Carlisle.

Finalmente, nos vimos en una reunión en un colegio. Los Dursley habían mandado a su hijo a una academia privada muy prestigiosa, mientras que Harry y Bella acudían al colegio más barato y lo suficientemente lejos de su casa para que nadie del barrio les asociara. En ese momento, Petunia y Vernon Dursley se encontraban en una pequeña clase de niños de primaria, con Bella entre ellos.

La profesora les miraba severamente por encima de un par de gafas baratas, las manos enlazadas frente a ella.

-Bella es… especial -empezó la profesora, y Petunia se envaró. A Vernon se le movió el mostacho cuando se inclinó hacia Bella, que se encogió en su sitio.

-Como hayas hecho algo, mocosa, te vas a…

-¡No, no, no! -exclamó rápidamente la profesora, mirándole horrorizada.- ¡No tiene por qué regañarla! Es buena estudiante. Le encanta literatura, aunque creemos que tanto su hermano como ella tienen algo de dislexia.

-Cómo no. Isabella también tiene dislexia -farfulló Vernon, haciendo hincapié en el nombre completo de mi amor.

Bella miró hacia un lado, avergonzada. Renesmee era la única que se acercaba a su madre durante estas interacciones, tratando de ver algún tic o movimiento que reconociese en la versión adulta de Bella o en ella misma, aunque yo sabía que quería ver una chispa de felicidad en sus ojos y por eso no se separaba, a la espera de que, en algún momento, ésta hiciera acto de presencia.

-En el caso de Bella, esto no nos preocupa -señaló la profesora.- Harry tiene alguna dificultad, pero se esfuerza y consigue sacarlo. Bella también tiene muy buenas notas en Ciencias del Medioambiente, en especial la parte de Biología, y en Química. Cálculo le resulta más complicado -Vernon la fulminó con la mirada y los ojos de Bella se llenaron de lágrimas, mirando a las manitas en su regazo.- Puede que no sea un genio para las matemáticas, pero sus notas distan de ser malas, señores Dursley -aclaró la profesora, mirando a uno y a otro. Petunia bufó, enarcando una ceja, y una vez más quise poner las manos en torno al cuello de jirafa de esa horrible mujer.- Y, es un genio para el dibujo. ¿Quieren ver alguno? Son fantást-

-No, gracias -gruñó Vernon.- Eso no sirve para nada.

Petunia asintió y la profesora parpadeó, confundida.

-Debe haberlo heredado de su padre -continuó Petunia.- Artista -dijo con rintintín- ¡como si de algo así se pudiera vivir! Su padre era un parado, un poble diablo que acabó falleciendo en un accidente de coche -añadió en tono conspiranoico.

La profesora la miró consternada, descolocada por la reacción de los Dursley.

-D-De acuerdo… Bueno, creo que puede pasar Harry -miró a Bella entonces, los ojos suavizados y con preocupación.- ¿Bella, cariño? -La versión joven de mi Bella levantó la mirada, los pequeños hombros tensos.- ¿Qué tal si sales un rato al patio? Puedes esperar ahí.

Bella asintió y se levantó como un resorte, abriendo la puerta que daba al pasillo. Harry, igual de delgado que ella, con ojos verdes relucientes y pelo negro azabache que crecía en todas las direcciones se levantó del banquito de madera en el que estaba sentado y miró a Bella cuando pasó por su lado, sus manos dándose el más ligero de los roces, dándose ánimos de forma silenciosa.

"Buena suerte" dijo Bella sin emitir sonido, sólo con el movimiento de labios y Harry le dio una sonrisa tensa antes de entrar en el aula, cerrando la puerta.

Bella salió al patio. Aunque aún era relativamente pronto, estaba vacío. La mayoría de reuniones habían terminado, como podía evidenciar la falta de otras personas y la verja abierta para que los padres salieran con sus hijos. Sólo había otra persona, y estaba apoyado en una esquina de la puerta: se trataba de un señor de nariz aguileña, con la punta torcida hacia abajo, y pelo ensortijado oscuro. La piel expuesta parecían parches de distintos tonos, como si hubiera pasado por varios procesos de transplante; lo único que era de color uniforme era el rostro, amarillento. A sus pies había un perrito oscuro, pequeño, que temblaba.

Con curiosidad, Bella se acercó, con su pequeña mochila al hombro, agachándose al lado del perrito, que de cerca ya no parecía tan pequeño, ya que tenía fácilmente el tamaño de Renesmee, algo menos que Bella en esos momentos. Un escalofrío me recorrió la columna y miré a ese hombre sin saber qué era, pero sabiendo que no era humano.

Quería gritar a Bella que corriera, pero sabía que no serviría de nada.

El hombre la miró con curiosidad, inclinando la cabeza hacia un lado.

-¿Cómo se llama? -preguntó Bella, tratando de romper el silencio, algo incómoda por la forma de mirarle.

-Eluthied -respondió el hombre. Bella le miró frunciendo el ceño.

-Es… un nombre algo extraño -miró al perro de nuevo y sus ojos mostraron preocupación.- No parece encontrarse bien.

-Tranquila -respondió el hombre.- Simplemente está cansado, Isabella.

Bella se envaró, poniéndose de pie de un salto. Un siseo salió de mis labios.

-¿Q-qué? ¿Quién es usted? ¿Cómo sabe mi nombre?

El hombre se rió, unos dientes repentinamente afilados relampagueando. Renesmee vino corriendo a mi lado, asustada. La Bella del recuerdo no estaba mucho mejor. Miró a un lado y a otro de la calle. Había gente caminando pero nadie parecía darse cuenta del hombre de rostro amarillento y dientes chorreantes con saliva que tenía delante.

-Isabella Lilian Potter -dijo con voz chirriante. El abrigo que llevaba comenzó a fundirse con su cuerpo, los trozos parcheados de piel dejando paso a un plumaje de los mismos tonos. La parte de atrás se desgarró dejando salir unas alas hechas de hueso, las manos transformándose en garras chirriantes. El perro miró a Bella con ojos oscuros como la brea y comenzó a gruñir de un modo muy poco natural. Bella trastrabilló, dando un par de pasos hacia atrás. El corazón iba a salírsele del pecho.- Has estado jugando a algo que no debías, niña. Dibujando esas cosas… -su voz sonaba como una licuadora.

¡Corre! quería gritarle a Bella, pero los labios no me respondían.

-Maldita sea, Bella -gruñó Emmett, desesperado al ver que no podía proteger a su hermana de aquella cosa, fuera lo que fuera.- ¡CORRE!

Como si hubiera oído a Emmett, Bella echó a correr, metiéndose en la primera calle que encontró y que resultó ser un callejón. Cómo no… Bella y su maldita suerte. Al intentar frenar para ir a otro lado, se resbaló y cayó sobre sus rodillas.

Un duro golpe se oyó detrás suya y se dio la vuelta para ver a la criatura y al perro, que ahora doblaba el tamaño de Bella y ya no era un perro: tenía 8 patas poderosas, múltiples ojos negros, como una araña, y una mandíbula llena de colmillos. La criatura humanoide tampoco tenía pantalones ya, sino unas mierdas musculadas de color azul verdoso terminadas en garras de pájaro. Una risa como el arrastrar de un tenedor por una pizarra me estremeció de pies a cabeza, apenas consciente de nada salvo de Renesmee escondiendo su cara en mi cuello y de Bella temblorosa en el suelo, casi un borrón.

-Niña tonta, llamando la atención… -gorjeó la criatura, mostrando una sonrisa terrorífica.- Te buscan, ¿sabes? Me han mandado a por ti, pero… tengo tanta hambre… -dijo con tono lastimero, sacando una lengua afilada que repasó por sus labios.- Y tu sangre, querida, huele demasiado bien… ¡inundada de adrenalina! Estoy seguro -alzó las alas, preparado para dar un golpe- de que por un bocadito no pasará nada.

Las garras descendieron poderosamente y Bella cerró los ojos, pero el golpe no llegó. En su lugar, hubo un repiqueteo metálico cuando estas se agarraron a la punta metálica que le sobresalía del pecho. Bella gritó y la criatura abrió los ojos como platos justo cuando otra cuchilla le cercenó la cabeza, desapareciendo en unas volutas amarillas que dejaron olor a azufre. Todo lo que quedó fue una garra oscura, que repiqueteó al caer al asfalto.

El perro-araña se lanzó contra ella entonces, pero quien quiera que fuese aquel extraño que la había salvado la primera vez, pegó una patada girando sobre una de las espadas, enviándole contra la pared, antes de murmurar "Castiel". La hoja se iluminó y agarrándola con ambas manos, arremetió contra la criatura, clavándola hasta el esternón y haciendo que esta explotara en en un remolino de cenizas y chispas anaranjadas que se dobló sobre sí mismo hasta desaparecer. El hombre tomó la espada, limpiándola de sangre negruzca en un protector a la altura de la espinilla, antes de envainarla a su espalda. La segunda hoja, que había usado para cortar la cabeza a la criatura, era de un cuchillo curvo, similar a una hoz, con símbolos negros tallados -runas. Éste se lo colgó al cinturón antes de volverse hacia la temblorosa niña.

Puso una rodilla en el suelo y una mano reconfortante en su hombro. Parecía tener mucha confianza en sí mismo y apenas mostraba emoción por lo que acababa de pasar.

-¿Isabella?

Bella miró a todas partes, visiblemente asustada mientras aquel hombre la tomaba por los hombros. Era alto, musculoso. Tenía diversos de aquellos tatuajes cubriendo la poca piel expuesta, como los de Sebastian. Eran runas. Solo que estas eran de color negro, no del rojo sangre que recorría la piel del chico tiburón. El pelo negro era corto y lacio, y tenía ojos de un azul muy oscuro.

-¿Eres Isabella Potter? -Bella se quedó callada y el hombre gruñó, exasperado- ¿¡Sí o no!?- la zarandeó y yo no pude reprimir un gruñido, que subió raspándome la garganta.

-Be-Bella -contestó la niña. El hombre asintió.

-Yo soy Robert, Bella. Vengo a llevarte a casa, en New York -Los ojos de Bella se abrieron de par en par.

-¿Qué...? ¡No! Yo vivo en Privet Drive, con mi hermano Harry -trató de hablar Bella, pero Robert se limitó a sonreír con indulgencia. Sin embargo, sus músculos tensos indicaban que no estaba para nada relajado.- ¡Y... USTED TIENE UNA ESPADA! ¿¡QUÉ LE HACE PENSAR QUE ME IRÉ CON USTED!?

-Bella... ¿sabes qué era eso que te ha atacado? -inquirió haciendo un gesto hacia la pared. Bella frunció el ceño, fulminándole con la mirada.

-No me ha atacado nada -dijo tercamente, apretando los labios.- Ha sido una imaginación. Nadie más lo ha visto... en el colegio, ni en la calle. Yo… a veces, me imagino cosas -Bella meneó la cabeza.

-¡Ah, ah, ah! -negó Robert, meneando su dedo índice delante de ella de un lado a otro para hacer énfasis en sus palabras, ayudándola a incorporarse.- Ellos no podían verlo, Isabella, porque son mundanos. Yo podía verlo, porque no soy un mundano. Igual que tú.

Bella retrocedió un par de pasos, temblando ligeramente.

-¿Qué es un mundano? -Robert la miró con los rasgos algo más suaves.

-Eso eran un monstruo y un demonio, Isabella -susurró, poniéndose en cuclillas para quedar a su altura. A Bella se le atascó la respiración en la garganta.- Un ker y un demonio eluthied, para ser exactos.

-Está loco, yo... los demonios no existen -Bella meneó su cabecita de niña de nueve años, amarrando su cuaderno con más fuerza.

-Cada día, vives tu vida... Corriente. Normal. Pero no podías esconderte de la verdad para siempre, Isabella. Nadie puede. -Inclinó la cabeza hacia un lado, recorriéndola con ojos curiosos, pasando desde su cara hasta el cuaderno.- ¿Nunca te has sentido... fuera de lugar? -Los ojos de Bella recorrían el lugar mientras Robert hablaba. De pronto, se tiró bajo sus piernas y se levantó al otro lado, tratando de huir. Apenas le dio tiempo a llegar al final del callejón cuando resbaló y se cayó; las hojas de su cuaderno se desparramaron por el suelo.

Robert la tomó en brazos, reteniéndola contra su pecho, y miró los dibujos. Una sonrisa asomó a sus labios.

-¿Hace cuánto que dibujas eso?

-¡Y A USTED QUE EL IMPORTA! -gritó Bella, revolviéndose.- ¡DÉJEME IR!

-Hace cuánto -repitió Robert, rodando los ojos ante la valentía y ferocidad de una niña tan pequeña. Tenía que admitir que, incluso yo, conociendo a Bella, estaba asombrado de que siempre hubiera sido así.

Bella gruñó, dándose cuenta de que Robert era demasiado fuerte, y, rindiéndose con un resoplido, contestó.

-Desde hace 3 años. Se me vino a la cabeza cuando empezamos a dibujar en primero de Primaria. Nos dejaban hacer lo que quisiéramos -el dibujo mostraba una figura que simulaba un gran lazo, pero romboidal. Los extremos salían del rombo y se volvían a meter hacia dentro.

Sin dejar de sonreír, Robert le mostró a Bella el mismo dibujo, en el dorso de la muñeca del brazo con el que no la sujetaba. Bella abrió unos ojos como platos.

-¿Pe...? ¿Cóm...? ¿Qué...? -Bella parecía haberse quedado muda de asombro y dirigió sus enormes ojos chocolates a Robert.

-Es la runa del ángel. Todo Nefilim recibe esta runa en su iniciación. Significa nuestro vínculo con los ángeles -tocó la nariz de Bella.- Y tú, pequeña, la reconoces porque lo llevas en la sangre. Y por eso tienes que venir conmigo a New York y alejarte de los estúpidos de tus tíos y tu primo.

El rostro de Bella se iluminó enormemente ante aquello, y Esme suspiró con alivio al ver que iban a sacarles de ese infierno.

-¡TENGO QUE DECÍRSELO A HARRY! -exclamó Bella, sonriendo a Robert. El rostro de este se endureció.

-Bella... Harry no puede venir -Bella se quedó desolada y oí a Rosalie gruñir a coro con Alice.

-¡No pueden separarles así! -exclamó Rosalie, mirándonos como si buscase apoyo.

-¡NO PIENSO DEJARLE! -tronó Bella. Robert suspiró.

-Él no puede venir, Bell... ¡JODER! -Bella le había mordido el brazo y había vuelto a correr, dejando atrás su mochila y su cuaderno.

Se fue metiendo por callecitas y callejones, tratando de despistar a Rober, supongo. Finalmente, tras diez minutos de carrera en los que se tropezó y se hizo unos cuantos raspones, haciendo honor a su torpeza, se detuvo. Apoyó la espalda contra la pared de un edificio cercano, respirando con rápidos jadeos, y asomó ligeramente la cabeza por la esquina.

Una mano salió de la nada y cubrió su boca con un pañuelo.

Carlisle gruñó cuando vio que quien estaba conectado a esa mano era Robert.

Bella se aferró a la mano y comenzó a patalear, pero en pocos segundos su pequeño cuerpo se relajó y cayó inconsciente en los brazos del hombre. Robert se levantó con ella en brazos, apretándola contra su pecho.

-Era necesario, Bella... -suspiró.- Espero que puedas sobrellevarlo -y sin más, levantó una esfera con una réplica de New York en su interior que tenía un brillo casi hipnótico. La estrelló contra la pared y apareció un portal. Robert lo atravesó, con Bella en brazos, y nosotros les seguimos, andando hacia lo desconocido.