Robert llevó a Bella por los pasillos, explicándole que se encontraban en una especie de cuartel general de los Cazadores de Sombras. Las paredes eran una intrincada mezcla que alternaba piedra gris extremadamente pulida y paneles negros, modernos Así mismo, conforme andábamos detrás de Bella y Robert, Sebastian al frente manteniéndose en todo momento delante de ellos y de cara a nosotros, con una sonrisa que aunque aparentaba ser amable me dejaba helado y con la peor de las sensaciones en el estómago, podía ver pasillos a los lados del gran corredor, algunos de los cuales presentaban capiteles de piedra o del mismo material negro, e incluso paredes hechas íntegramente de cristal y algún tipo de metal plateado, parecido al de las espadas. Todo estaba lleno de runas, algunas dibujadas, otras hechas con el propio material, como si lo hubieran fundido y echado en un molde. Bella tenía su pequeña frente fruncida mientras escuchaba a Robert hablar.

-El chico con el que estabas hablando es Jace Wayland. Lleva aquí cerca de año y medio. Te adaptarás, como él. -El tono de Robert no dejaba lugar a discusión y Bella apretó los labios, como si se estuviera resistiendo para no contestarle.- Su padre era un buen amigo mío. Como los tuyos, falleció. Prácticamente es otro hijo para mí -llegaron a una puerta de madera vieja que desentonaba con el resto de los pasillos, de aspecto muchísimo más moderno, negro y con paneles electrónicos. Dio un golpe con los nudillos y miró a Bella.- Nosotros cuidamos de los nuestros.

La puerta se abrió y salió un hombre que tendría la edad de Robert. El pelo era rubio oscuro y tenía una barba de varios días que, en cambio, era prácticamente negra. Tenía los ojos azul oscuro, pero no del tono de Robert, y lechosos. Llevaba una camiseta de tirantes negra que dejaba al descubierto las ya conocidas runas, pero en el lado izquierdo del cuello tenía una que no había visto aún. Eran dos círculos concéntricos, de color rojo en lugar de negro, y con un corte atravesándolo. Los bordes estaban desdibujados.

-Robert -saludó el hombre, dirigiendo a continuación la mirada hacia abajo, donde Bella se encontraba. Una de las manos del hombre se hizo visible. Portaba un cuchillo, más pequeño que la hoja que había portado Robert horas antes, pero hecho del mismo material y con el mismo acabado rúnico. Parecía tener forma cónica, por lo que el daño era mayor cuanto más profundo lo hincara. Los ojos de Bella viajaron hacia esa mano de inmediato y él siguió su mirada, riéndose entre dientes antes de oír el sonido que hizo al dejar el cuchillo apoyado en algo que desde este ángulo no podía verse. Se puso en cuclillas.- ¿Y esta pequeña shadowhunter, quién es?

-Yo no soy eso -gruñó Bella. El hombre levantó ambas cejas, mirando a Robert.

Éste ignoró a Bella por completo.

-Ella es Isabella Potter -los ojos del rubio brillaron con reconocimiento y volvió a posarlos en Bella con interés renovado.- Prefiere Bella. Bella, este es Hodge Starkweather. Profesor de historia aquí, en el Instituto de New York, así como entrenador de armas. Te enseñará a luchas.

Hodge extendió una mano, aún en cuclillas, apoyado en las puntas de sus zapatillas.

-Un placer, Bella.

Vacilante, Bella extendió la suya y la estrechó, aunque su pequeña mano se perdió en la inmensidad de la mano del hombre adulto.

-Esperaba poder hablar con ella en la vieja armería, Hodge. Si no te importa.

Quedaba patente que esa última parte Robert la había añadido como un acto de cortesía, no porque fuera a pedirle permiso. El otro hombre le sonrió cordialmente.

-Por supuesto, Director -contestó él, poniéndose en pie y haciéndose a un lado. Asintió con la cabeza.- Bella.

La puerta se cerró detrás de Robert y Bella. Ahora ambos estaban solos. La sala era pequeña, pero más grande de lo que aparentaba en un momento. Todas las paredes las copaban vitrinas y muebles de exhibición con decenas de armas, la mayoría de aspecto mucho más antiguo que las que tenían Robert o la que había empuñado Hodge: hachas vikingas, cuchillos de pedernal, espadas roperas, martillos propios de la Edad Media, sables de la Segunda Guerra Mundial y sables confederados, lo que hizo a Jasper mover la cabeza hacia ellos casi de inmediato. Todos ellos tenían algo en común: las runas. Dibujadas, talladas, no importaba, ahí estaban.

Robert se apoyó en una mesa cercana y respiró hondo mirando a Bella.

-Isabella… -empezó Robert- quiero que veas esto porque es un pedazo de nuestra historia, de tu historia.

Sin embargo, Bella no parecía escuchar. Como hipnotizada, se acercó a la runa que ella había dibujado durante tanto tiempo y que estaba grabada a fuego en la pared. Robert la observó con ojos serios pero ligeramente más suaves. Los dedos de Bella tocaron la marca y ella cerró los ojos y retiró la mano rápidamente.

-¿Q-qué…?

-Lo que has visto serán retazos de tu ritual de nacimiento -dijo Robert sin dejarla terminar. Bella frunció el ceño, mirándole completamente perdida.- James te trajo a nosotros, tan pronto como se dió cuenta de que, por alguna razón, su poder había resurgido en ti.

-¿Mi padre?

Robert asintió y a Bella se le llenaron los ojos de lágrimas.

-¿Y Harry?

Robert suspiró.

-Hasta donde sabemos, tu hermano es mundano. La sangre de nefilim se diluye con el tiempo, generación tras generación, si la persona con la que tiene hijos no es nefilim también. Tú lo eres, tu hermano… no tiene suficiente sangre de ángel para tener la Vista.

Las lágrimas caían libres ahora por el rostro de Bella.

-¿Por eso no puede venir?

Robert negó con la cabeza. Hablaba como si lo que estaba ocurriendo no fuera con él, pero entendiendo la gravedad de la situación. Todo un soldado. Si no fuera porque gracias a Jasper podía entender ese tipo de comportamiento, ya estaría haciendo planes para encontrarle. ¿Nadie tenía algo de tacto, algo de compasión, por una niña tan pequeña?

-Lo lamento, Bella. Pero podía dejarte con él, más demonios podrían aparecer y….

-Lo entiendo. -Bella asintió, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, aunque estas caían más rápido de lo que sus manos podían permitirse.- Yo… sería un peligro. Para él.

Algo de tensión dejó los hombros de Robert. Renesmee se aferró a mí, más lágrimas cayendo por su rostro.

'Papá… mamá y el tío Harry…'

Me sorprendió el uso de la palabra 'tío', aunque eso era exactamente lo que era, ¿no? Besé su frente, tratando de reconfortarla mientras mi mente iba más rápido que lo vampíricamente posible, intentando relacionar cada pedacito de información que estaba recopilando.

-Gracias por comprenderlo.

Bella vaciló antes de volver a hablar.

-¿Podré volver a verlo?

-Quizá algún día sea posible -concedió Robert.

-¿Quizá? -preguntó Bella en un susurro de voz quebrado.

Esta vez, la única respuesta que obtuvo fue el silencio.


Las paredes eran altas y oscuras. En el ala este, resaltaban dos grandes ventanales de vidrio, en cuyo cristal golpeaban las gotas de lluvia, creando una constante repiqueteo. Había una lámpara de araña colgando del techo, el cual estaba decorado con imágenes de ángeles. Tenían grandes alas y distintas expresiones en sus rostros: dolor, fiereza, determinación. Eran imponentes.

En el medio de la sala había una cama, con un bultito bajo las sábanas. Otro rayo resonó y Bella gritó, su cuerpecito temblando, hecha una bola bajo el edredón. Esme, sentada a su lado en la cama, la mirada con dolor.

Había intentado, sin éxito, abrazarla para reconfortarla cuando había comenzado la tormenta y ella a removerse bajo las mantas. Era desgarrador verla llorar así, como nunca la había visto, salvo aquella vez tras el beso con Jacob, cuando me había elegido a mi en lugar de a él... Sacudí la cabeza, tratando de despejarme.

-Harry… -sollozó Bella; las lágrimas manchaban sus mejillas y ella trataba de ocultar el rostro en la almohada.- Hermano… Lo siento, Harry…

Esme cerró los ojos, tratando de contener su propio sollozo.

-Mi niña… -suspiró. Carlisle envolvió los brazos a su alrededor, tratando de darle el ánimo que ninguno podíamos dar a Bella.

La puerta se abrió bruscamente, haciendo que todos nos girásemos. Bella calló de inmediato, aunque las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas.

En la puerta había dos niños: una chica y un chico. El chico era el mismo que había acompañado a Robert a buscar a Bella cuando ella estaba con Jace. Seguía llevando el mismo suéter azul marino desgastado en los puños y unos pantalones negros de algodón, a modo de pijama. En cuanto a la chica, era de la edad de Bella, quizá unos meses mayor, como mucho un año. El pelo largo y negro le caía liso hasta el pecho; era algo más alta que Bella, y delgada, aunque no tanto como mi ángel.

Sin embargo, se notaba que aquella chica estaba así a causa del ejercicio y tenía un buen estado de salud, mientras que Bella estaba en los huesos, al igual que su hermano, por culpa de sus tíos. Los ojos de la pequeña niña eran igual de oscuros que los de Robert y observaban a Bella con recelo.

-Ho-hola… -saludó Bella, la voz tomada por el tiempo que había estado llorando.

-Algunos queremos dormir, ¿sabes? -le espetó la chica con tono duro y Bella se encogió.

Renesmee frunció el ceño.

-No me gusta esa niña -gruñó, mirando como la versión niña de su madre bajaba la mirada, dolida y avergonzada.

-Ni a mi -corearon las dos chicas Denali, Alice y Rosalie a la vez. Me limité a esperar. Tampoco me había gustado Jace al principio de su primer encuentro, y sin embargo…

Sebastian se rió entre dientes. Parecía estar disfrutando de alguna broma privada.

-¡Isabelle! -exclamó el chico, mirándola con reprobación.

Vaya pensó Carlisle sorprendido Isabella e Isabelle. Qué coincidencia.

Asentí de acuerdo. La verdad es que había sido extraño.

-¡Pídele disculpas! -reclamó de nuevo el niño, que se parecía demasiado a ella como para no ser familia.

Isabelle miró al chico escandalizada.

-¿Qué? ¿Por qué? ¡Quiero dormir y su lloriqueo se oye por todo el Instituto! -exclamó con fastidio. Bella hipó.

-L-lo sient-to -se disculpó temblando aún, con lágrimas contenidas.- Echo de me-menos a mi hermano, Ha-Harry.

Isabelle la fulminó con la mirada. No parecía nada contenta con el hecho de que Bella hubiera vuelto a abrir la boca.

-Ya, bueno. Mi hermano Alec, aquí presente -dijo señalando al chico, que miró a Bella con tristeza en sus ojos azules- y yo queremos dormir. A diferencia de ti, hemos entrenado durante el día, y queremos dormir, y tú no nos dejas. Así que, ¿por qué no te callas de una vez, niña de mamá? Estoy segura de que papá, mamá y ese Harry están muy contentos de no tener que aguantarte -con eso último se cruzó de brazos fuertemente.

Un rugido desgarró mi garganta en aquel momento. No había habido sensación equivoca, aquella chica era cruel.

-¡ISABELLE! -exclamó Alec de nuevo, sus ojos abriéndose con horror.

-Mis padres están muertos -le espetó Bella con voz fría. En su rostro sólo se veían ahora las marcas de las lágrimas, ya que las declaraciones de Isabelle parecían haberla cortado en seco. Bella apretó los labios. La tristeza había dejado paso a la rabia.

Hubo un momento de incómodo silencio. Isabelle había retrocedido un paso con ojos llenos de dolor y pena, como si le hubieran dado una bofetada. Casi parecía arrepentida de lo que había dicho. Miró a su hermano, a Bella y de nuevo a su hermano. Los orbes oscuros de la chica se enfriaron de nuevo y salió de la habitación; desde el pasillo sonó un golpe de algo rompiéndose. Alec suspiró, miró a Bella con disculpa y se encaminó a la puerta de nuevo, siguiendo a su hermana. Mi compañera apagó la luz y lloró en silencio; el cuarto aún iluminado por los rayos de la tormenta que ocurría fuera.


Los días se sucedieron. Todos eran diferentes, había entrenamiento, pruebas, discusiones con Isabelle, recelo con Alec y Jace -la relación se había enfriado bastante tras ese primer encuentro, y más aún cuando había visto lo bien que se llevaba con Isabelle.

Con un gruñido, Bella cayó sobre su espalda. Isabelle resopló.

-Hodge, necesito entrenarme para recibir las runas -se quejó Isabelle, haciendo rotar el palo entre sus dedos. Era grueso, con empuñadura de cuero, similar a un bastón. El de Bella había salido volando al minuto de empezar el ejercicio. De hecho, había salido volando un total de 32 veces, y sólo en ese día. Lo máximo que había aguantado de pie había sido un minuto y 22 segundos. Tenía el cuerpo lleno de moretones e inclusive un labio con sangre de tantos golpes, algunos de los cuales, propinados por Isabelle, estaba seguro de que habían sido fuertes a propósito. Sin embargo, tenía que reconocer que estaba impresionado: ni una sola vez Bella se había echado a llorar, levantándose una y otra vez, apretando los dientes.- Si me pones con la novata, no puedo.

Bella se levantó y andó hacia su palo, tomándolo con brazos débiles. Los músculos le temblaban.

Hodge hizo un movimiento con la mano en dirección a Bella y ella se tiró hacia Isabelle, que se giró rápidamente, ambos palos chocando, entrecruzados.

-¿Por qué me toca a mí más que a Jace o a Alec? -inquirió Isabelle, girando sobre su eje y apuntando un golpe a la rodilla que Bella bloqueó, para la sorpresa de todos los presentes.

-¡ESO ES, BELLA! -gritó Emmett, que celebraba cada pequeño triunfo como si fuera una victoria. Sin embargo, su alegría duró poco.

Isabelle echó el puño hacia atrás y golpeó a Bella en el costado, que se encogió, la fuerza del impacto haciéndole soltar el bastón.

-Porque eres la que se parece más a ella, Isabelle Lightwood -respondió Hodge, girando en torno a ellas mientras Alec y Jace se limitaban a mirar desde un lado, su entrenamiento terminado hace rato.- Y la que más se queja.

Isabelle gruñó.

-Ella y yo no nos parecemos en nada.

Aprovechando la posición gacha en la que estaba debido al golpe, Bella se tiró hacia las piernas de Isabelle, haciendo que el palo saliera volando de su mano también y que ambas acabaran en el suelo.

-¡To-ma! -exclamó Jace, ganándose una mirada iracunda de Isabelle, que forcejeaba con Bella en el suelo, mientras que Alec las miraba con ojos sorprendidos.

Bella salió rodando hacia un lado para evitar otro puñetazo de Isabelle y se puso en pie apoyada sobre la rodilla derecha. Isabelle siguió su ejemplo y fue tras ella, dirigiendo un golpe primero a la cabeza, y luego al pecho. Sorprendentemente, Bella paró ambos, pero no así cuando Isabelle se tiró sobre su espalda y aprovechó el propio movimiento para tirar a Bella por encima de ella, cuya espalda de nuevo tocó la lona.

La medio sonrisa de Jace se esfumó cuando Isabelle se colocó a horcajadas encima de Bella, sujetando con la rodilla el brazo que ella había extendido para tomar uno de los bastones, que ahora estaba más cerca, y apretando el codo contra su pecho.

-Isabelle -comandó Hodge. La aludida sonrió, apretando la rodilla un poco más de la cuenta y haciendo que Bella soltase un siseo.

-Isabelle -dijo Hodge un poco más fuerte.

-¡Izzy, ya basta! -intervino Jace poniéndose en pie.

Isabelle resopló y se levantó de encima de Bella, que se quedó tumbada recobrando la respiración pese a la mano extendida de Jace.

Isabelle puso los ojos en blanco.

-Como decía, una pérdida de tiempo -miró de soslayo a Bella, que le devolvió la mirada, esta vez con dolor, no entendiendo qué le ocurría a la otra chica con ella.- Novata.


Bella terminaba todos los días de la misma forma, llorando en su cuarto, y aquel no iba a ser la excepción. Era el séptimo día desde su llegada al Instituto. Tras el entrenamiento, se había saltado la cena y pasado horas bajo la lluvia en los patios del edificio. Cuando la noche ya era apabullante, Bella volvió a su habitación para de nuevo ocultarse en las mantas. Pero esa noche algo algo diferente ocurrió: mientras lloraba, unos brazos la rodearon y Bella gritó.

Comencé a gruñir pero entonces el recuerdo se aclaró al mismo tiempo que Bella miraba hacia atrás: era Alec. Su pelo negro le caía sobre la frente y miraba a Bella con compasión.

-Shhhh. Perdón, ¡perdón! No quería asustarte -susurró Alec en la oscuridad, sus ojos ansiosos. Bella respiró profundamente, tratando de calmar su errático corazón.

-¿Y entras sin llamar? -inquirió entre rápidos jadeos. Alec parecía confuso.

-He llamado, 3 veces. También te ha hablado -Bella se sonrojó. No se había dado cuenta de nada.- He supuesto que la falta de respuesta a que si querías que me fuera era un no, yo… -había comenzado a hablar atropelladamente y ahora sus mejillas también estaban teñidas de un suave tono rojo. Bella interrumpió su diatriba.

-¿Qué haces? ¿Por qué has venido? -el chico le sonrió sin alegría realmente.

-Quería… ayudarte. Ser tu protector, como ese Harry -las comisuras de los labios de Bella temblaron un poco hacia arriba.- Sé lo que es sentirse solo aquí.

-¿Y tu hermana? -Alec hizo una mueca.

-No me necesita, no tiene miedo a las tormentas -Bella se sonrojó más profundamente.

-Yo tampoco -replicó de inmediato, y Alec rió, una risa dulce y natural, diferente a las risitas de Jace, aunque igualmente reconfortante.

-Bueno, pues entonces me voy -las manitas de Bella se cerraron en torno a la pechera del pijama de Alec y enterró el rostro en su cuello.

-No te vayas, por favor… -el susurro sonó desgarrado y sentí que se me partía el alma. Alec tragó en seco y la apretó contra sí.

-No me iré, Bella -le prometió en voz baja.- Lo siento... de verdad. Te ayudaré, te protegeré, ¿vale? Isabelle… ella es así. Pero terminará haciéndose a ti. Y yo estaré ahí. Te lo prometo.

-¿Siempre? -los ojos azules del chico destellaron mirando a la niña entre sus brazos, sus orbes azules llenos de determinación y un sentimiento protector que solo había visto en los ojos de Jasper y Emmett.

Alec no dudó cuando la respondió:

-Siempre.


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Un abrazo,

Ceci.