Isabelle y Jace rodaron por el suelo, enzarzados en su particular juego de lucha. La estela de Jace salió volando del bolsillo trasero de su pantalón y Bella se apresuró a ir por ella. El artefacto de metal y cristal había entrado en uno de los recovecos semiabiertos del Instituto y rodado por una pequeña pendiente que parecía dar a una caldera. Empujando la pesada madera que para conseguir mayor espacio, Bella se inclinó, con la lengua fuera por un lado de la boca, en el gesto universal de todo niño cuando se concentraba.
Fue Alec el que interrumpió la pelea entre el rubio y la morena, que ya se estaba volviendo demasiado seria para ser consideraba un juego inofensivo. Agarró a Jace del codo y le levantó sin demasiado esfuerzo, en parte por el entrenamiento y en parte porque Jace no opuso resistencia -no demasiada, al menos.
-¡Iba a ganarla! - protestó Jace sacudiéndose el polvo de los pantalones con tono ultrajado. Isabelle resopló.
-Sigue soñando, Wayland - giró la cabeza y miró hacia donde estaba Bella.
-Peleas como una chica.
-Es que es una chica - señaló Alec y Jace le sacó la lengua.- No seas idiota, Jace.
Mientras seguían discutiendo entre ellos con sus dimes y dirites, Isabelle se acercó a Bella. Con una mirada de desdén, hizo un mohín.
-¿Tanto cuesta recuperar una estela, novata?
Bella respiró hondo, mirando a Isabelle sobre su hombro. Parecía que iba a contestar pero en el último momento decidió lo contrario y volvió a estirar el brazo, apoyándose prácticamente en la punta de los pies.
- Déjame -gruño Isabelle, acercándose por detrás y tratando de estirar el brazo por encima del de Bella. La susodicha se paró, apretando el lado izquierdo contra la puerta en un intento de contrarrestar su peso y evitar ser empujada por la puerta y por Isabelle. Ésta aprovechó y metió el brazo derecho hacia delante por un hueco entorno a la cintura de Bella, con el pecho rozando el flanco derecho de la castaña y sus brazos rozándose mientras intentaba con todas sus fuerzas alcanzar la estela. La puerta cedió un par de milímetros con un "grump" proveniente de Bella y apretó los dientes.
-Isabelle, me estás empujando -dijo Bella con un tono un poco más agudo de lo que estábamos acostumbrados.
-No estoy haciendo nada - replicó Isabelle en el mismo tono. Bella rodó lo ojos y se volvió de nuevo hacia la tarea que tenía entre manos, mientras que Isabelle le hizo una mueca nada más se dio la vuelta, haciéndole burla.
Esme frunció el ceño. Podía escuchar en sus pensamientos lo mal que llevaba el comportamiento de Isabelle para con Bella, y no era capaz de entenderlo. Siendo sincero, yo tampoco, pero hacía tiempo que me había rendido tratando de comprender a Isabelle. Nadie parecía hacerlo entre nosotros.
De nuevo, Isabelle intentó adelantarse a Bella metiendo el brazo por encima de su hombro. Bella le dirigió una mala mirada.
-¡Isabelle, para!
-¡Eres una inútil!
-¡Quítate!
-¡No estoy haciendo nada!
-¡Me estás empujando!
-¡Mentira!
-¡Nos vamos a caer!
-¡La tengo!
-¡QUÍTATE!
-¡LA TENGO!
-¡CUIDAD-!
PUM.
En un intento de quitarse a Isabelle de encima, Bella había tratado de escabullirse por debajo del brazo de la susodicha. Isabelle, con cara de pocos amigos, lo había bajado entonces. Bella se había topado con él y la joven Lightwood había aprovechado para impulsarse y coger la estela con cara de triunfo. Sin embargo, no duró mucho: ese movimiento había desestabilizado a Bella y, al estar Isabelle apoyada contra su espalda, tal y como mi ángel había repetido de manera incesante durante los últimos minutos, empujándola -Bella no estaba aquí para decir "te lo dije", así que permití ese pequeño gusto en su honor- hacia delante y cayendo ambas de bruces dentro del compartimento, la estela saliendo volando de la mano de Isabelle y la pesada puerta cerrándose tras ellas.
Carlisle se pasó una mano por la cara, frotándose la frente y suspirando mientras se dejaba caer en la baranda en frente de la puerta. Sabía perfectamente qué estaba pensando sn necesidad de asomarme dentro de su cabeza. Por su parte, Emmett y Jasper se estaban partiendo de risa. O lo habían hecho, hasta que ambos habían recibido un fuerte golpe en la parte de atrás de la cabeza por parte de sus esposas y un gruñido de la mía, que además había prevenido a Jacob de abrir su bocaza si no quería que le saltase los dientes.
Por su parte, Tanya me miró de refilón, una perfecta ceja rubia alzada en mi dirección.
Siempre pensé que exagerabais con su mala suerte.
Me pellizqué el puente de la nariz entre el pulgar y el índice y respiré hondo. Por qué este tipo de cosas le pasaban sólo a Bella de manera sistemática era un misterio que estaba más allá de mi comprensión y que siendo realistas era digno de estudio. Entre su mala suerte y las malas decisiones que tomaba eventualmente -el salto desde el acantilado era un perfecto ejemplo de aquello, me recordó mi subconsciente, y no pude más que estremecerme ante el pensamiento- la sorpresa era que hubiese llegado viva a los 18.
-¡ABRID LA PUERTA! -llegó la voz de Isabelle desde el otro lado de la madera junto al sonido de forcejeo. La puerta no se movió ni un milímetro pese a los golpes que venían del otro lado.
Alec y Jace intercambiaron una mirada de horror. Alec se apresuró a recoger la estela del suelo y Jace miraba fijamente la puerta, más pálido de lo habitual. El mayor de los Lightwood se acercó a la puerta tan rápido que tropezó con sus propios pies, dibujando rápidamente una runa sobre la madera y tirando de ella. De nuevo, no se movió.
-Maldita sea -gruñó por lo bajo. Sus ojos azul oscuro se fijaron en su amigo rubio entonces.- ¡Jace! ¿Recuerdas qué runa se utilizaba para abrir?
-Recuerdo la que se usa para cerrar -soltó, aún paralizado en el sitio. Alec volvió a jurar en voz baja. Jace sacudió la cabeza para salir de su estupor y le hizo un gesto al pelinegro para que se apartase.
Dubitativo, Alec se echó a un lado. Los ojos de Jace adquirieron ese extraño brillo dorado y su mirada se llenó de determinación.
-¿Qué vas a…?
-¡AAAAAAH! -gritó Jace echando a correr contra la puerta, arremetiendo con toda la fuerza de la que era capaz. Tanto fue el impulso que prácticamente rebotó sobre la dura superficie y cayó al suelo, agarrándose el hombro con una mueca de dolor.
El griterío que había al otro lado de la maltrecha puerta y que se había hecho tan constante que casi parecía ruido de fondo, no perceptible hasta que se hizo el silencio, paró en seco y sólo se oyó el gemido de Jace.
-¿Jonathan? -preguntó la voz de Bella suavemente.- ¿Estás bien?
-Sois un par de idiotas -gruñó la voz de Isabelle.
-Perdón por intentar sacaros -replicó Jace con un gruñido propio conforme Alec le tendía la mano y le ayudaba a levantarse.
-Gracias -dijo la vocecita de Bella -casi podía imaginarme el sonrojo que cubría sus mejillas-, pero fue tapada por una Isabelle que sonaba iracunda.
-¡Dejad de intentarlo y hacedlo!
-VAMOS A BUSCAR AYUDA -informó Alec -aunque voceó sería más adecuado. Dirigió su mirada a Jace.- Debemos buscar a Hodge.
El rubio asintió con una media sonrisa.
-Desde luego mejor que a tus padres -se burló socarrón y Alec no pudo evitar devolverle una mueca. Su amistosa conversación se vio interrumpida por un sonido de enfado que no pude discernir si era de Bella o Isabelle.
-¡NO PODÉIS DEJARME AQUÍ!
Esa era Isabelle. Sí. Sin duda.
-¡Lo siento! -replicó Alec, echando a correr por el pasillo.
-¡Yo no! -añadió Jace antes de seguir a su amigo.
De repente, ya no estábamos en los pasillos del Instituto. En su lugar, era una pequeña sala con paredes de ladrillo. No debía medir más de 3 por 2. La pared sur estaba decorada con un estante de metal repleto de pedazos de algo que no podía discernir bien salvo por su brillo cobrizo. Arriba había un aparato negro, unido a la pared. Era la caldera de la habitación que antes habíamos vistos. Seguí con los ojos la pequeña rampa que iba a parar frente a la ya conocida puerta de madera que Isabelle estaba intentando derribar a golpes.
Hay que reconocer que es insistente pensó Leah, haciendo que casi me saliera una sonrisa.
La verdad es que la tenacidad de Isabelle era algo de otro mundo, quizá solo equiparable con la de Rosalie.
En la pared opuesta, Bella se había sentado en el suelo, la espalda apoyada contra el ladrillo y las rodillas hacia el pecho rodeándolas con sus delgados brazos.
-Tu Bella es muy paciente -comentó Benjamin con su marcado acento. Le dirigí una mirada interrogante y el vampiro egipcio sonrió, a lo que su compañera, Tía, soltó una risita.- Cualquier otro niño habría reaccionado hace tiempo. Ella… no lo hace, no porque no pueda, sino porque no quiere.
-Bella siempre ha sido una persona con mucho... temple -convino Carlisle, su voz pausada y con una cadencia tranquila, aunque su cerebro siguiera su propio camino a 100 kilómetros por hora, imaginando los más dispares y, aparentemente, imposibles escenarios que ahora ya no estaba tan seguro de que fueran imposible.
Emmett soltó un bufido y Jasper se rió entre dientes.
-Menos cuando le pegó un puñetazo a un hombre lobo -intervino el pelinegro con una sonrisa picarona que hizo que sus hoyuelos resaltasen. Casi inmediatamente su sonrisa decayó un poco, la melancolía mezclándose con el momento de diversión.
¿Dónde estás, enana?
Decidiendo que su cabeza no era un sitio donde quisiera estar en ese momento, bloqueé sus pensamientos a tiempo de oír a Jasper intervenir, probablemente tratando de aligerar la tensión. Una ola de calma se extendió de forma gradual antes de que hablase y sentí los músculos del cuello y los hombros relajarse. Tendría que darle las gracias en algún momento por evitar que me volviese loco.
Por su parte, Cayo dejó salir un gruñido, que fue rápidamente acallado por su hermano Aro tras una mirada de Sebastian, cuya presencia casi era capaz de olvidar hasta que salía de entre las sombras con su cabello como la sal y sus ojos negros.
-Y cuando se hizo sangrar para enfrentar a una vampira sedienta de venganza -la voz de Jasper rebosaba orgullo, y un cálido sentimiento me invadió.
Era fácil dejar pasar por alto todos esos pequeños detalles que dejaban a las claras que adoraban a mi Bella igual que yo. La culpa me golpeó con más fuerza de la esperada al darme cuenta acto seguido de que probablemente Bella no fuese consciente de cuánto significaba para mis hermanos, para la familia, porque durante la mayor parte de su tiempo con nosotros la había separado de ellos por miedo de que pudieran dañarla. Un miedo que ahora quedaba más que claro que era irracional por mi parte.
-Y cuando se enfrentó a su novio vampiro para salir con una panda de lobos adolescentes -terció Jacob, interrumpiendo mi hilo de pensamiento.
Mi hermano rubio se rió entre dientes, recordando cómo me había tirado tanto de los pelos en aquella situación que Alice casi me inmoviliza para evitar que me lo arrancase y quedara calvo. Conseguí formar un amago de sonrisa que no duró mucho por lo avergonzado que me sentía por haber mantenido a Bella lejos de su familia, nuestra familia. Una hija para Carlisle y Esme, una hermana pequeña para Emmett, Jasper, Alice y Rose. Tenerla más tiempo alrededor habría hecho que se acostumbrasen más a su esencia, al latido de su corazón, y quizá todo lo que habíamos pasado habría resultado más sencillo. Al igual que antes hiciera con la culpa, la vergüenza se atenuó y dirigí una mirada de agradecimiento a Jasper, que simplemente asintió con la cabeza. Las comisuras de los labios le tiraban hacia atrás en una sonrisa divertida ante la estruendosa risa de Emmett y las risitas de Alice acompañadas del "wow" impresionado de Garrett. Kate y Tanya parecían divertidas y curiosas al mismo tiempo. Estaban deseando poder conocer a Bella más a fondo.
Primero tiene que haber un después a todo esto…
-Al final vas a hacerte daño -murmuró Bella. Isabelle paró con sus golpes y se giró hacia Bella, fulminándola con la mirada.
-¿Entonces qué? ¿Mejor quedarnos aquí dentro?
Bella se encogió de hombros.
-Han ido a buscar a alguien. No va a ser para siempre. Puedes salir de una pieza o con la mano rota.
Isabelle resopló, descontenta, pero no dijo nada. Se dejó caer sobre una pierna, la otra estirada delante de ella y los brazos cruzados a la altura del pecho. Hubo unos momentos de silencio en los que estudió a Bella de refilón con la mirada antes de que volviese a hablar.
-¿Cómo puedes estar tan tranquila? -inquirió, entrecerrando los ojos. Bella suspiró y se encogió de hombros una vez más.
-No es la primera vez que estoy encerrada en un espacio pequeño -reconoció con un hilo de voz. Aquella admisión me hizo estremecer y se ganó unos cuantos gruñidos por parte de mi familia.- De hecho, este es más grande que el último -añadió pensativa tras un instante.
-¿En serio? -preguntó Isabelle. Sonaba genuinamente intrigada.- ¿Dónde vivías, bajo una roca?
-Con mi hermano, Harry, en una alacena -al ver la expresión confundida de Isabelle, Bella se lo aclaró.- Es parecido a un armario, se usa como despensa. Estaba bajo la escalera.
-Sé lo que es una alacena -le cortó Isabelle, poniendo los ojos en blanco.- ¿Pero por qué no teníais una habitación? Aunque fuera compartida.
-Porque nuestros tíos no nos querían.
Isabelle parpadeó, sorprendida. Sus brazos perdieron tensión y los descruzó dejando uno sobre la pierna flexionada y el pasando la mano del otro por el negro pelo. Bella había hablado con claridad y sinceridad, y no parecía lo más remotamente dolida por las palabras que acababan de salir de su boca -era la realidad, una a la que se había acostumbrado y de la que no dudaba. Esa afirmación era desgarradora en su cruda verdad e infinitamente triste en la forma en que la había expresado. Y, por primera vez, Isabelle parecía coincidir con esos sentimientos con el resto de nosotros.
Su rostro mostraba sentimientos encontrados. La sinceridad de Bella la había dejado descolocada, o quizá la situación en sí misma. Titubeó un momento antes de volver a hablar.
-¿Y siempre habéis vivido con ellos?
Bella asintió.
-Menos nuestro primer año.
-Antes de que ese mago loco matase a tus padres -Bella tragó saliva con fuerza e Isabelle apretó los labios al ver su reacción.- Lo siento -dijo, y parecía sincera.
Bella le devolvió una débil sonrisa y se pasó la mano bajo la nariz, disimulando las lágrimas que siempre acudían a sus ojos inevitablemente cuando se hablaba de aquel tema.
¿Papá?
El pensamiento de Renesmee me sacó brevemente de mis cavilaciones y rápidamente volvió a mis brazos, donde la alcé y apreté contra mí, su rostro a la altura del mío para que ella pudiera apoyar su cabeza en mi cuello, como sabía que le gustaba hacer. Besé su coronilla y ella respondió acurrucándose más.
No era justo. Nada de aquello era justo. Que Bella hubiera perdido a sus padres, que mi hija no supiera dónde estaba su madre, que tuviera que verla sufrir. No era justo, para nada.
-Es tu turno -comentó Isabelle. Bella la miró, confundida, y ella se echó a reír. Le dio una tentativa sonrisa, aunque sus orbes azules seguían mirándola con desconfianza, aunque parte del resquemor que siempre brillaba en ellos había desaparecido.- De preguntar.
-Oh.
-Si quieres, claro -añadió la pelinegra rápidamente.- Yo llevo viviendo aquí desde que tengo uso de razón -comentó distraídamente, como si quisiera quitar hierro al asunto. Se levantó y se encaminó a los estantes con las piezas color cobre, que hizo girar en sus manos, dejándome ver que se trataba de trozos de armas -espadas, cuchillos, lanzas- que bajo la luz sí podía identificar debido a sus bordes afilados. Isabelle siguió habkando como quien no quiere la cosa.
¿A qué viene este repentino interés en contarle cosas? pensó Rosalie, alzando una ceja. Me encogí de hombros.
Renesmee me miró con una expresión extraña y puso su manita en mi cuello. Una imagen del rostro de Isabelle siempre que hablaba con Bella y el rostro de Isabelle ahora apareció en mi cabeza. Ella también me miró expectante, pero yo sólo pude negar con la cabeza. Haciendo un mohín, se volvió a mirar lo que estaba ocurriendo con gesto de desconfianza.
-Con Alec y Hodge. Ambos hemos pasado algún tiempo en la Academia, en Idris. Pero fue muy poco. Hace año y medio llegó Jace, y está bien porque así tenemos a otra persona con la que hablar que no sea un adulto -los adultos siempre se empeñan en hacernos de menos, ¿sabes? No como tus tíos, probablemente, pero aún así...
-¿Por qué me odias? -inquirió Bella en un susurro desde su posición, sentada en el suelo al lado de la caldera e interrumpiendo la perorata transformada en soliloquio de la joven Cazadora. Isabelle se dio la vuelta entonces, los puños cerrados en torno a lo que parecía el mango partido de una jabalina o lanza. La miró; parecía confusa.
-¿Qué?
-Ya me has oído -suspiró Bella.- ¿Por qué me odias?
Isabelle se mordió el labio y dejó lo que tenía entre las manos en el estante antes de mover los dedos enérgicamente con los ojos clavados en ellas. Parecía sentirse... ¿culpable?
-No te odio -replicó con un hilo de voz, dejando que su espalda resbalase sobre la esquina metálica hasta que ella también estuvo sentada en el suelo. Cruzó los brazos sobre el pecho entonces.- Yo… No es justo, ¿sabes? Apareces un día, de repente, y él te… te hace caso.
Ahora fue el turno de Bella de no entender.
-¿Eh? ¿Quién?
-¡Mi padre! -exclamó Isabelle, dejando caer la cabeza hacia atrás. Ahora sí que parecía sentirse culpable.- Te envidio, Bella.
Y con esas palabras, todo cobró sentido. Su actitud resentida, sus malas miradas, sus palabras duras. Nunca había tratado de esa forma a Bella porque fuese la "chica nueva", sino por haber conseguido llamar la atención -incluso si no había sido su intención en ningún momento- de un hombre que apenas pasaba tiempo con sus hijos.
Los pensamientos de todos los presentes se llenaron de comprensión y emociones que variaban entre la pena -compadecían a Isabelle-, el enfado -¿por qué tenía que pagarlo con Bella?- y la empatía -este último se mezclaba con vergüenza en el caso de Rose, quien había estado en la posición de Isabelle y ahora ponderaba cuán ridícula había sido al actuar como una niña de 9 años.
La castaña parpadeó varias veces y la miró con el rostro en blanco.
-¿P-por qué? -parecía tan pequeña, tan... confusa. Isabelle echó los brazos al aire.
-¡Todo el mundo ha oído hablar de ti! ¡De tu familia! Eres… Eres Bella Potter, la primera Shadowhunter en generaciones en tu familia -Isabelle elevó las cejas mientras la miraba, llevándose una mano al rostro y frotando una de sus sienes con nerviosismo.- ¡Mi padre fue a buscarte! A mi... Yo… yo apenas siquiera le veo –su voz se perdió en un susurro. Los ojos se le llenaron de lágrimas y ella parpadeó rápidamente, evitando derramarlas.
-Yo… lo siento, Isabelle -suspiró mi pequeño ángel. Incluso tras el infierno que había pasado por la actitud de la otra muchacha, no podía ver un ápice de rencor en su rostro. Sólo pena, y no porque le diese lástima.
Empatía era la palabra que resonaba en la mente de Jasper, y podía imaginar por qué. No sentirse querida era algo con lo que esta Bella estaba muy familiarizada por desgracia.
-Yo… Bueno, tú sabes que mis padres están muertos –dijo entonces Bella y le dedicó una sonrisa triste.- Además, soy demasiado torpe, esto se me da de pena. Me caigo diez veces por sesión, no tengo a Harry aquí y soy una debilucha. ¿Pero tú? -Bella la señaló y negó con la cabeza, incrédula.- Eres igual de mayor que yo pero eres rápida, fuerte y decidida. Tienes a Alec y a Jace… No estás sola, y puedes valerte por ti misma -no como yo fueron las palabras que quedaron implícitas pero que no fueron dichas en voz alta. Se pasó los dedos temblorosos por entre el cabello castaño.- Si tu padre no puede pasar tiempo contigo, él se lo pierde –Bella se encogió de hombros.
-¿De verdad lo crees? -preguntó Isabelle dudosa, mirándola de hito en hito. Aún resistiéndose a creerla, sus ojos se suavizaron y me permití tener un rayito de esperanza. Quizá las cosas cambiarían en su relación de ahora en adelante. Quizá realmente habíamos juzgado a la chiquilla demasiado rápido.
Bella asintió vigorosamente.
-Me gustaría luchar como tú -la joven Lightwood estuvo en silencio un momento antes de volver a abrir la boca.
-¿Sabes? Podría darte clases, ayudarte con tu equilibrio –una pequeña sonrisa jugó entonces en los labios de la pelinegra.- Soy mejor profesora que Alec -bromeó- y yo soy una chica.
-¿Harías eso? -preguntó Bella sorprendida.
Isabelle le dio una sonrisa.
-¡Claro! -dudó un momento, pero finalmente se levantó y se acercó a Bella, sentándose a su lado.- ¿Sabes? No se lo digas a nadie pero a mi me gustaría dibujar runas con la facilidad que tú lo haces.
-¡Tienes que sacarlas de ahí antes de que se maten! -gritó un joven Alec nervioso a Hodge, que estaba de rodillas frente a la puerta con la estela en la mano dibujando una runa de apertura sobre la oscura madera.
Jace permanecía sin decir nada pero con una mirada de determinación en el rostro, y me pregunté brevemente si iba a volver a cargar contra la puerta. Con un par de florituras, Hodge dio los últimos toques a la runa. Al terminar, el dibujo brilló. Antes de poder tomar el picaporte, el chico de los ojos dorados se había colgado de la puerta y la había abierto de par en par. Y lo que vio le dejó boquiabierto.
Momentos después, Isabelle y Bella salían del cuartucho hablando amigablemente, alejándose de los chicos que las vieron alejarse incrédulos. Alec y Jace compartieron una mirada de estupefacción. ¿Qué demonios había ocurrido?
¡Hola!
Siento mucho haber tardado tanto en actualizar esta vez. Primero tuve un examen y luego he tenido unos días regulares. Me realizaron la segunda prueba médica y creo que es importante decirlo: ¡no tengo cáncer! Aún no saben qué tengo, pero está descartado el peor de los resultados posibles, y cualquier otra cosa será más fácil de tratar, así que, pequeña victoria.
¿Qué os ha parecido el capítulo? Dejádmelo saber en un review! Porfa pls. Incluso si es sin loggear en la cuenta, significan mucho para mí.
¡Dentro de poco (calculo 2-3 caps) introduciremos el mundo de Percy Jackson! ¡Y HABRÁ UNA SORPRESA EXTRA NO MUCHO MÁS ADELANTE!
Un abrazo,
Ceci.
