-¿Desde cuando la Clave se interesa por las ceremonias parabatai?
Robert permaneció impasible ante el puñetazo de Charlie contra la mesa del despacho. Bella se encogió y Charlie tragó con fuerza, cerrando y abriendo la mano rápidamente, tan fuerte que la piel sobre los nudillos se tensó hasta quedar blanca.
-La Clave siempre ha enviado emisarios, señor Swan.
Ante el uso del apellido que usaba como tapadera, Charlie entrecerró los ojos. Podía oír sus dientes rechinar al chocar entre sí.
-Emisarios, Robert -replicó Charlie, sonriendo pagado de sí mismo cuando la piel en torno a los ojos azules del Cazador tembló por un segundo. Igual que a Charlie la había tocado el uso de su nuevo apellido, Robert no parecía especialmente feliz de que el tío de Bella le tutease.- No al maldito Cónsul y la Alta Inquisidora.
Lo poco que sabíamos sobre la política de los Shadowhunters se debía a las clases de Bella y los comentarios aquí y allá de los Lightwood y Hodge, y eso no era demasiado. La Clave era críptica, disciplinada y diligente a la hora de mantener su secretismo. A la cabeza se situaba un Cónsul, que era algo así como un Primer Ministro, situado a la cabeza de un Consejo y encargado de interpretar la Ley y ayudar a los Inquisidores. O mejor dicho, al Inquisidor. En este caso, la Alta Inquisidora, líder y único miembro de la dirección de los Cazadores de Sombras que actuaban como una especie de Policía.
Ninguna de esas definiciones explicaba el por qué de su presencia para una ceremonia parabatai.
Robert permaneció en silencio unos instantes antes de dirigir la mirada hacia Bella, ojos azul oscuro contra marrón. Bella tragó saliva pero se negó a retirarse de aquel juego. Finalmente, Robert sonrió ligeramente y rompió el contacto al mirar de nuevo a Charlie.
-Verás, Charlie… La mayoría de los Cazadores de Sombras nunca encuentran un parabatai. Es algo raro, razón por la cual si un Nefilim encuentra uno se considera una gran bendición -Robert juntó las manos delante de sí mismo y le dio a Charlie una mirada que no supe interpretar, pero que al parecer Charlie sí, porque soltó un "maldición" cargado de enfado. Bella alzó la cabeza hacia él, pero el sheriff la ignoró, dirigiendo su ira hacia el patriarca de los Lightwood.
-Así que esto es culpa tuya y de Maryse -casi gruñó. Robert se envaró.
-No es culpa nuestra -empezó a decir el Cazador, pero el mago le cortó de raíz levantando una mano.
-Ahórratelo. Si no hubieseis estado entrometidos en todo aquello…
Fruncí el ceño. A mi familia tampoco les había pasado desapercibido el tono de desaprobación -incluso de repulsión- con el que había hablado Charlie. ¿A qué se refería…?
-Charlie. Es suficiente -le espetó Robert, poniendo ambas manos encima de la mesa en un golpe seco. Inspiró con fuerza un par de veces, serenándose.- Además, está el hecho de que uno de mis hijos ya tiene parabatai. Entiende que para la Clave es… extraño… que se den dos en la misma familia en la misma generación.
Charlie resopló y le miró con desdén.
-Eso es un eufemismo.
-Charlie…
-Robert -gimoteó Charlie en un intento de burla. Robert le fulminó con la mirada.
-¿Me van a apartar de Isabelle? -inquirió Bella interrumpiendo a los dos adultos, que volvieron su atención a la joven Cazadora. Estaba tan preocupada que ni siquiera se mostró ligeramente arrepentida por haberles interrumpido pese a la mirada de advertencia que le envió Robert.
-Por supuesto que no -convino Charlie rápidamente antes de girarse en el asiento para fulminar a Robert con la mirada.- ¿Verdad?
El susodicho suspiró, pero luego negó con la cabeza.
-No -dijo con voz fuerte, aunque por el tono se le notaba cansado.- Verás Bella, hay ciertas… complicaciones -añadió tras intercambiar una mirada cargada de significado con Charlie.- Los parabatai son muy raros de encontrar. El vínculo permite compartir la fuerza y la runa hecha por un compañero parabatai es mucho más fuerte que la que pueda hacer uno mismo u otro nefilim.
-Lo sé -asintió Bella.
-El caso es que la Clave sabe todo esto también, y resulta impensable que dos hijos de una misma familia hayan encontrado algo tan escaso.
Bella parpadeó.
-Oh.
-Y más con alguien que no es del todo de los nuestros -finalizó Robert, ignorando la mirada de advertencia de Charlie.- Os pondrán a prueba. Más emisarios, y un interrogatorio con la Espada Alma… Y la decisión dependerá de la Alta Inquisidora.
-¿Incluso superando todas las pruebas? -preguntó Bella, escéptica, mordiéndose el labio.
Parándose a mi lado, Alice se mordió el labio, cruzando los brazos fuertemente.
No es justo.
Tenía que darle la razón. No me parecía un gran modelo teniendo en cuenta que podían superar todas las pruebas y, aún así, no lograr su objetivo si aquella mujer, Imogen, así lo decidía.
-Bella… -suspiró Charlie, poniendo una mano sobre su hombro.
-Para la Clave eres una extraña, algo diferente -indicó Robert, haciendo caso omiso de Charlie. El sheriff parecía a punto de tirarse al cuello de Robert para estrangularlo con sus manos desnudas.- No logran entenderte. Entenderlo.
Bella permaneció callada un minuto, la mirada clavada en el suelo, las manos aferrándose a la silla en la que estaba sentada y el ceño fruncido hasta que, de repente, su cuerpo entero se relajó e irguió la espalda. Cabeza alta, ojos resueltos y postura fuerte, sacó la estela de su bolsillo y dibujó un enkeli con una rapidez pasmosa sobre el dorso de la mano, dejando a un Robert impresionado, las cejas oscuras formando un perfecto arco sobre sus ojos azules.
-Yo haré que lo entiendan -le aseguró Bella, aferrando la estela. Una sonrisa fiera se abrió paso en su rostro y no pude menos que sentir una punzada de orgullo.- Seré la mejor Cazadora de todos. E Isabelle y yo demostraremos que somos parabatai. Lo juro por el ángel.
Las pruebas de la Clave eran complicadas. Los emisarios parecían desconfiar de todos los miembros del Instituto de New York, incluidos los Lightwood, y Bella e Isabelle habían tenido que aprender a morderse la lengua para no saltar a la garganta de nadie. Tanto Alec como Jace procuraban pasar tiempo con las chicas, entrenandolas y dándoles consejos. Mientras que Jace despotricaba de la Clave a la primera oportunidad que se le presentaba, Alec rodaba los ojos e insistía en el mismo mantra que tantas veces le habíamos oído: "La Ley es dura, pero es la Ley".
Conforme pasaban las semanas, Bella cada vez tenía menos tiempo para sus propios quehaceres, incluyendo cartearse con Annabeth -un método que había sido rápidamente sustituido por mensajes iris- y Harry, el cual había sido castigado la primera vez que había utilizado la ayuda de la Diosa del Arcoiris para contactarla. Al parecer, algo grave estaba sucediendo en Hogwarts y al profesor Snape, como más tarde Harry había explicado que se llamaba, no le había hecho gracia la intrusión de otro tipo de magia en la escuela -"¡Diez puntos menos para Gryffindor!".
Sin embargo, a Bella le había dado tiempo a conocer a los amigos de su hermano.
Ron Weasley era un muchacho pelirrojo de ojos azules con una sonrisa amable y orejas ligeramente de soplillo que quedaban ocultas por el cabello, corto pero abundante y que peinaba en dos cortinas separadas. Tras las primeras miradas llenas de asombro y lo que parecía ser admiración, Ron había salido de su estupor y disparado a Bella mil y una preguntas que ella había respondido casi instantáneamente, divertida por su actitud.
Por otra parte, estaba Hermione Granger, con grandes ojos oscuros llenos de curiosidad, pelo castaño ondulado bastantes tonos más claro que el de Bella y pecas en lo alto de los pómulos y el puente de la nariz. Si bien se habían mirado con recelo durante unos instantes, Hermione dándole a Bella una sonrisa incómoda, no habían tardado en conectar. Si era sincero, me daba la impresión de que Hermione era bastante torpe en el terreno de las amistades y que deseaba más que nada caer bien y tener una amiga con quien hablar, no solo a los chicos. Eso junto al carácter más cerrado de Bella no eran buena combinación, pero tras oír a Hermione señalar un par de cosas que iba diciendo su hermano su parecido con la semidiosa rubia se hizo patente y, ocultando una sonrisa, Bella se abrió, más dispuesta a entablar amistad, para el alivio de la otra chica, que parecía a punto de llorar de la emoción.
Tras ser interrumpidos por Snape y decidiendo que escribirse era mejor, eventualmente Bella había empezado a recibir cartas a través de lechuzas, ante el asombro de Carlisle y la diversión de Emmett, que no paraba de soltar bromas respecto a que los magos parecían estar atrapados en el pasado -"¿No han oído hablar del e-mail?". La sorpresa fue que no sólo le escribía Harry. Tras las dos primeras cartas, en las que el joven mago le enviaba recuerdos de parte de sus amigos, Hermione empezó a escribirle de forma asidua. Mediante carta Bella presentó a Hermione y a Isabelle, en ocasiones escribiendo ambas a la bruja intercambiando turnos para rellenar la carta.
También Ron le había escrito en un par de ocasiones. Incluso había recibido un paquete que, al ser inspeccionado por Robert al llegar al Instituto, tal y como era costumbre, había "explotado" de una manera bastante peculiar, dejándole con el cabello rosa chillón durante una semana y haciendo que sus hijos y Bella lo pasasen muy mal cada vez que tenían que dirigirse a él -era muy complicado no reírse. El paquete venía acompañado de una tarjeta de presentación. Al parecer, Ron tenía dos hermanos gemelos mayores, Fred y George, dedicados en cuerpo y alma a las bromas y esta había sido su forma de presentarse a Bella y hacerle saber que estaban impacientes por conocerla, haciendo reír a todos los Shadowhunters -con la excepción de Alec, que se había negado a tomar parte en tribulaciones tan "inmaduras".
Conforme pasaba el tiempo, las cartas que recibía Bella desde Hogwarts estaban cada vez más espaciadas en el tiempo y las noticias no eran las mejores -alguien estaba atacando a los hijos de muggles -magos y brujas de ascendencia no mágica, como había explicado Sebastian- y la situación empeoraba por momentos, ya que gran parte del profesorado y el alumnado había empezado a culpar a Harry debido a que solían encontrarle en las cercanías del sitio donde se había producido el ataque -"La mala suerte sí parece ser cosa de familia" había comentado Jasper riéndose entre dientes mientras yo le fulminaba con la mirada- y a su habilidad para hablar con serpientes -la idea de que Bella pudiese también hablar y entender ese lenguaje, al que Ron se había referido como "pársel", tenía a Garrett fascinado, cada vez más encandilado por mi mujer, mientras que su compañera, como la mayoría de las mujeres presentes exceptuando a Tía, se habían estremecido en diferentes grados ante la idea.
Era marzo cuando los Cazadores viajaron a Idris, el país natal de los Shadowhunters, situado, al parecer, entre Alemania, Francia y Suiza. Su capital y única ciudad era Alacante. Nada más verla, su sobrenombre -la Ciudad de Cristal- cobró sentido: altas torres con un estilo antiguo se erguían desde lejos, con techos y contrafuertes de vidrio que parecían de mil colores diferentes al darles la luz del Sol, reflejando haces brillantes que se perdían entre las montañas que les rodeaban. Las torres rodeaban la ciudad, dentro de la cual había edificios casi igual de altos hechos del mismo material.
-Esas son las torres de los demonios -indicó Isabelle a Bella tras llegar. Aunque el viaje se debía a la ceremonia parabatai, que con un poco de suerte no tardaría en llegar, lo primero que habían hecho fue acomodarse en las instalaciones cedidas por la Clave y saludar a Maryse y, por supuesto, al pequeño Max, que ya no lo era tanto -el bebé que habíamos conocido había dado paso a un chaval de cinco años tímido pero travieso que igual que corría de un lado para otro como pollo sin cabeza se sentaba durante diez horas a leer sin descanso.- Son las salvaguardas de la ciudad.
Bella inclinó la cabeza hacia un lado, aún mirando por la ventana.
-¿No es vidrio normal, verdad? -inquirió en un susurro. Las torres se elevaban hacia el cielo como los remates de una corona celestial, rompiendo la continuidad de las nubes y llegando más allá de lo que alcanzaba la vista, como si tuvieran acceso directo a los ángeles, afiladas como dagas.- Parece el mismo material que el de los cuchillos serafín.
-Lo es -intervino Alec, que acababa de entrar en escena. Llevaba unos pantalones oscuros que parecían ser del mismo material con textura de cuerdo que el uniforme de los Shadowhunters, una camiseta de manga corta negra que dejaba al descubierto los músculos bien definidos de sus brazos, cubiertos de runas, y una expresión orgullosa mientras miraba a Bella.- Cada día eres más observadora, Bella. Bien hecho.
Bella se puso colorada y desvió la mirada, y yo no pude evitar una punzada de celos, incluso sabiendo que actuaban como hermanos.
"Eso es porque Bella aún es joven" susurró una vocecita en la parte de atrás de mi cabeza. "¿Seguirá siendo así cuando cumpla los 13, los 14, y empiecen a interesarle los chicos? Al fin y al cabo, ha crecido con él…".
"Quizá Alec habría sido mejor para ella" añadió una segunda voz, haciéndome apretar los labios en una fina línea. "Él tiene alma".
De repente, una ola de calma me invadió, calmando mis celos irracionales y haciéndome perder el hilo de pensamiento. Miré de soslayo a Jasper, que se limitó a mirar hacia delante como si no hubiese ocurrido nada, enviándole toda la gratitud que pude reunir.
-El adamas es muy preciado, pero también difícil de encontrar -continuó Alec.- De ahí la gran labor que hacen las Hermanas de Hierro. Izzy quería ser una de pequeña.
Bella abrió la boca, sorprendida, y se giró hacia su amiga con los ojos ligeramente abiertos.
-¿Querías dedicarte a eso? -inquirió, curiosidad tiñendo su tono de voz.- No te habría tomado por una creyente, Isabelle.
Isabelle se puso colorada, aunque rodó los ojos en un gesto condescendiente.
-Son grandes luchadoras y quienes forjan nuestras armas -le recordó la chica Lightwood.- Además, dejé de quererlo hace tiempo...
-¿Ah, sí? -replicó Bella, divertida.
Jace, que acababa de entrar por la puerta, se rió entre dientes apoyando una mano en el hombro de Alec.
-En cuanto se enteró de que no pueden tener parabatai.
-¡Eso no es cierto! -exclamó Isabelle con tono indignado, aún más roja que antes. Se volvió hacia Bella tan rápido que el negro cabello casi la golpea, cayendo a continuación como una cortina azabache que cubrió parte del rubor. Miró hacia la versión joven de mi esposa con gesto serio, tratando de convencerla.- Fue una combinación de eso y el saber que había que renunciar a los chicos para serlo… ¡y para siempre!. Como las monjas -se estremeció exageradamente haciendo una mueca.- Créeme, eso es lo que pesó más.
-Te creo -respondió Bella ocultando una sonrisa.- De verdad. Completamente.
Isabelle le hizo un mohín y todos estallaron en carcajadas. Rodeando su cuello con un brazo, se encaramó sobre Bella revolviendole el pelo y haciendo que ésta soltase un gritito.
No pude evitar sonreír. Pese a todo, la vida era buena para ella. Y eso era todo lo que yo podría desear.
No hubo que esperar demasiado para saber el por qué de la visita a Idris. Al día siguiente de su llegada, Bella e Isabelle fueron conducidas por dos emisarios de la Clave hasta su lugar de reunión, una fortaleza de piedra oscura que los Nefilim llamaban el Gard. Las torres de los demonios más pequeñas que habían vislumbrado al llegar se encontraban en los cuatro puntos cardinales del gran edificio, apoyado sobre pilares negros marcados con múltiples runas.
Las puertas eran altas y elaboradas. El olor me indicaba que estaban hechas de hierro y plata, lo cual tenía sentido, ya que de esa forma servían por sí mismas como salvaguarda contra ciertas criaturas -espíritus y hombres lobo, concretamente. En ambos portones sobresalían palabras del mismo metal que no conocía de nada.
Carlisle dudó un momento y vi un flash de algo en su mente que me hizo darme la vuelta y mirarle con los ojos entrecerrados. Esme apoyó una mano en su pecho, mirando entre ambos.
-¿Cariño?
-¿Dónde las has visto? -le pregunté a mi padre, el rostro serio. De nuevo, parecía tener un conflicto interno que no sabía cómo solucionar. Me avergüenza reconocer que me impacienté.- Carlisle…
Carlisle meneó la cabeza, saliendo de su estupor.
-Esas palabras… no sé lo que significan, pero juraría que vi a mi padre escribirlas más de una vez -frunció el ceño.
"Hace más de 3 siglos de aquello, Edward… Lamento no recordar más".
Sebastian decidió hacer otra de sus apariciones estelares, riéndose entre dientes y sobresaltándonos a todos.
"Estúpido niñato, le voy a-", bloqueé los pensamientos de Rosalie, tratando de concentrarme únicamente en Sebastian, que seguía parado a un lado con su sonrisa sádica y sus ojos oscuros desprovistos de emoción, como siempre.
-Son interpretaciones caligráficas de marcas -comentó. Su mirada se tornó burlona.- Parece que tu padre conocía las runas. Sabía más del Mundo de las Sombras de lo que tú le dabas crédito, ¿no?
Carlisle apretó la mandíbula y dirigió la mirada al suelo, haciendo una búsqueda exhaustiva por todos sus recuerdos, que resultó infructuosa.
Mirando de nuevo hacia el Gard, distinguí a cada lado de las puertas una estatua de piedra de lo que parecían ser una mezcla entre el guerrero Nefilim y un ángel. Las alas se desplegaban en un amago protector, ambos portando una espada tallada y situándose por encima de unas criaturas moribundas que identifiqué como demonios.
Al pasar, la iluminación me hizo cerrar los ojos -los corredores, las paredes… todos presentaban runas de poder angelical que brillaban con una luz potente y profunda capaz incluso de calentar mi frío cuerpo.
No tardando, Bella e Isabelle fueron conducidas a una sala similar al resto de la fortaleza pero cuyo suelo estaba hecho de mármol blanco. En la parte opuesta a la entrada, centrado en el círculo externo, había una especie de atril, a medio camino entre un trono y el punto de apoyo de un Juez. Ahí, con las manos entrecruzadas y mirando impertérrita hacia delante, se encontraba Imogen. A su derecha estaba el Cónsul Malachi. Un paso por detrás, a ambos lados de la Inquisidora, se distribuía toda una serie de sillas que se elevaban hasta las gradas, que rodeaban la sala como los asientos de un Coliseo y donde se sentaban multitud de Cazadores de Sombras.
-Miembros del Consejo -saludó Imogen con un gran desto que recogía a todos los Shadowhunters presentes. Así que eso era lo que eran… El Gobierno de los Cazadores de Sombras.- Os presento a Isabelle Lightwood y a Isabella Potter.
Algunos dieron ligeras sonrisas, aunque la mayoría se limitaron a mirar fijamente a las dos adolescentes o a asentir brevemente con la cabeza antes de pronunciar simultáneamente el lema de los Shadowhunters.
-Descensus facilis Averno est.
Bella tragó saliva con fuerza e Isabelle rozó levemente su mano con la suya, tratando de transmitirle sus ánimos. Imogen pareció fijarse en el gesto, ya que alzó una ceja en su dirección.
-Jóvenes Nefilim -anunció la Alta Inquisidora proyectando su poderosa voz.- Os hemos llamado a nuestra presencia para dictar una vista de interrogatorio en la cual decidiremos sobre vuestro futuro como parabatais.
Bella e Isabelle asintieron, la primera mordiéndose el labio inferior y la segunda tan seria como cuando formaba ante sus padres junto a Alec y Jace.
-El proceso es simple -intervino el Cónsul Malachi.- El Consejo ha decidido que se celebrará como cualquier otro juicio, en la necrópolis de los Cazadores de Sombras y hogar de los Hermanos Silenciosos, la Ciudad de Hueso.
-¿Estamos siendo juzgadas? -inquirió Bella con un hilo de voz, amplificado por la Cámara y el silencio enmudecedor que le siguió. La mirada dura que le dirigió Malachi se ganó varios gruñidos por parte de mi familia, especialmente Carlisle, Esme y yo mismo. Bella se encogió en el sitio y murmuró un "Lo siento, señor" antes de agachar la cabeza en un gesto sumiso.
Fue Imogen quien continuó, ignorando la pregunta de Bella y todos los hechos que le habían seguido.
-Bajo la supervisión de los Hermanos Silenciosos, se empleará la Espada-Alma -tanto Bella como Isabelle se envararon, aunque ninguna de las dos reaccionó emocionalmente.
-¿Es realmente necesario? -preguntó uno de los Cazadores del Consejo. Era joven, de la edad de Robert Lightwood, de tez morena y ojos brillantes.
-El Consejo así lo decidió mayoritariamente, señor Monteverde -le recordó Malachi arqueando una ceja. Asintiendo de forma reluctante, el tal Monteverde tomó asiento de nuevo, apretando los labios. Malachi se volvió hacia las chicas.- Como sin duda sabrán -continuó con tono beligerante- la Espada Mortal es uno de los tres elementos que forman los Instrumentos Mortales y que fueron un regalo del Ángel a Jonathan Shadowhunter. Tal y como en el resto de juicios de la Clave, ambas deberéis sostener la espada y jurar decir la verdad. La Alta Inquisidora Herondale será quien realice las preguntas que deberéis contestar.
Imogen se levantó entonces, bajando de su atril, los tacones repiqueteando sobre el suelo de mármol. Se dirigió hacia Bella e Isabelle con rostro mortalmente serio, pasando por el lado de Malachi, que dio un paso atrás como gesto de respeto.
Una vez delante de las chicas, la mujer se paró y miró a ambas, analizándolas. Parecía que sus ojos grises podían atravesar a cualquiera y leer su alma.
-La Espada-Alma obliga a quien la toma a decir la verdad -aunque seguía hablando en voz alta, estaba tan concentrada en las dos jóvenes frente a ella que pareció que el resto del Consejo se desvanecía.- Señorita Lightwood, señorita Potter, el proceso puede llegar a ser muy doloroso si el interrogado se resiste a contestar. Así que les recomiendo mirar en el fondo de su alma y responder como lo harían ante el Ángel Raziel. ¿Me han entendido?
Bella e Isabelle asintieron y con ello, el recuerdo se desvaneció.
Cuando Hermione se sumó a la lista de víctimas en Hogwarts, fue necesario que un brujo -un tal Magnus del que ya habíamos oído hablar anteriormente- sellase mágicamente las salidas del Instituto. Esto había supuesto una gran discusión, gritos y lágrimas, pues Bella insistía en que necesitaba ir allí y ayudar a su amiga. Cómo no, Isabelle estaba de acuerdo y Jace estaba encantado de partir en una misión improvisada, pero Alec se había puesto de parte de su padre, a quien se había chivado de los planes de sus amigos, resultando en un desastre de proporciones épicas, malas miradas, respuesta bordes y hacerle el vacío.
La situación no mejoró con el paso de las semanas hasta que, durante un entrenamiento a principios de junio, Bella cayó sobre sus rodillas dejando salir un grito desgarrador que Renesmee replicó. La versión joven de mi amor se agarraba la cabeza con ambas manos, apretándose la frente justo donde se encontraba la cicatriz en forma de rayo, mientras que Isabelle, Jace y Alec la rodeaban.
El mayor de los Lightwood tomó a Bella entre sus brazos, tratando de calmarla, al tiempo que Hodge interrumpía en la habitación estela en ristre. El profesor de los chicos procedió a dibujar sobre la piel de Bella una runa curativa tras otra, pero los iratze no estaban haciendo efecto alguno, desapareciendo rápidamente sin dejar rastro.
De pronto, igual que había comenzado, el grito de Bella se cortó en seco y su cabeza cayó hacia atrás, lo único que la impidió darse con el suelo los brazos de Alec a su alrededor, el cual la tomó entre sus brazos, permitiéndonos ver que estaba inconsciente, y siguió a Hodge hacia lo que supuse era la enfermería.
Al despertar, Isabelle le contó a Bella lo que su padre les había confiado -que Harry se había enfrentado al recuerdo de Voldemort, literalmente; que él había sentido el mismo dolor ardiente que ella; y que casi había muerto destruyendo al monstruo responsable de todo aquello: un enorme basilisco.
Pese a todo lo que estaba aconteciendo, no pude evitar sentir curiosidad -y la correspondiente vergüenza por permitirme ser curioso en un momento tan delicado- al saber la existencia de otra criatura. ¿Acaso todo ser de cuentos de hadas y de terror era real? ¿Existía algún punto de la mitología que fuera sólo eso, un mito?
La preocupación por su hermano se evaporó con rapidez cuando Isabelle le confirmó que no sólo estaba perfectamente -había sido curado gracias a las lágrimas de un fénix, ¡wow!- sino que Hermione estaba despierta y bien, así como el resto de alumnos afectados, lo que le había hecho soltar una carcajada de alivio.
El verano no se hizo esperar, y los jóvenes Cazadores prepararon sus petates inmediatamente con la intención de ir al Campamento Mestizo. Bella había accedido a pasar parte de los veranos en el campamento con la condición de que el resto de sus amigos Shadowhunters pudieran ir también si así lo deseaban -y siempre que no hubiera alguna misión, ya que Alec cumpliría los 16 en septiembre y eso implicaba que podría salir a cazar de forma oficial.
Por supuesto, antes de esto estaba el cumpleaños de Bella, que cumpliría sus 13 y no mucho después del cumpleaños del chico Lightwood tanto ella como Isabelle pasarían al juicio montado por la Clave respecto a su unión como parabatai.
También recibieron una invitación de Ron Weasley para pasar unos días en su casa -a la que por alguna extraña razón llamaba "La Madriguera"- junto a su familia para que todos pudieran conocerse en persona. Robert parecía menos que encantado con el hecho de que sus hijos pasasen tiempo entre magos y brujas, pero Charlie había intercedido con unos comentarios muy poco sutiles acerca del "secuestro" de Bella. Estaba claro que eso iba a ser motivo de discusión constante entre ellos, aunque tampoco podía culpar a Charlie. Incluso si era por su propia seguridad, se habían llevado a Bella lejos de su familia -tenía que recordarme con dientes apretados que lo era, incluso si el único que realmente merecía ese título era Harry- y Charlie, Policía o no, era como un perro con un hueso.
Julio pasó entre juegos de capturar la bandera, clases de tiro con arco, visitas a la playa, en el extremo norte del campamento, y noches junto a la hoguera. Annabeth presentó a uno de sus amigos, un chico de la edad de Bella de piel dorada, pelo rubio y ojos azules, Lee Fletcher, hijo de Apolo. Aunque en un primer momento se había puesto rojo como un tomate mirando alternativamente a Bella e Isabelle, no tuve tiempo de sentirme amenazado por el muchacho -aunque fuera pasado-, ya que una vez pasada esa primera impresión trató a ambas igual que a los demás, sonriendo cálidamente e invitando a los Cazadores a pasar por la cabina 7 cuando quisieran.
También conocimos a Malcom Pace, uno de los hermanos de Annabeth, y a otros tantos campistas, aunque ninguno consiguió el nivel de cercanía que tenía la hija de Atenea con los Shadowhunters.
El misterio del nombre del hogar de los Weasley se aclaró durante la segunda semana de agosto, cuando Charlie preparó un método de transporte al que denominó "traslador", cuyo funcionamiento me era confuso y desconocido, para llevar a Jace, Alec, Izzy y Bella. Aparecieron frente a una casa -si podía llamarse así- acurrucada entre colinas, con una gran pradera verde en frente. Lo que en un principio debió ser una casa de piedra de un piso había sido modificada de alguna manera, probablemente magia, para construir hacia arriba, de tal forma que la casa tenía ahora varios pisos de altura, con habitaciones que salían de la nada y cinco chimeneas repartidas que coronaban el tejado rojo de madera. Cerca de la puerta, clavado en el suelo, había un cartel torcido de madera que rezaba "La Madriguera".
-Madre mía -dijo Jace separando las palabras, una enorme sonrisa en el rostro, al tiempo que Emmett decía con una sonrisa similar: Increíble.
Antes de que alguien pudiera añadir cualquier cosa, se escuchó un estruendo seguido de una voz de mujer gritando.
-¡FRED! ¡GEORGE!
Charlie se rió entre dientes al tiempo que dos muchachos, gemelos, pelirrojos y con el rostro lleno de pecas aparecieron corriendo desde detrás de la casa, parando en seco al ver a los Cazadores. Una sonrisa peligrosamente parecida a la que compartían Emmett y Jasper cada vez que confabulaban para gastarme una broma pesada se extendió por sus caras.
-Fred, esto va a ser maravilloso -comentó uno de ellos.
El otro se rió entre dientes.
-George, no podría estar más de acuerdo.
¡Perdón, perdón, perdón!
Estuve de exámenes y no me daba tiempo. ¡Lo siento mucho! Pero aquí tenéis por fin otro capítulo, largo como el anterior.
También tengo que decir que en un momento me quedé algo atrancada porque me surgió inspiración para escribir escenas que vienen más adelante en la historia. Sé que os dejé con la miel en los labios, pero, o lo escribía, o lo perdía.
He aprovechado para contestar a los comentarios de los dos últimos caps (revisad mensajes privados).
¡Prometo actualizar pronto! ¡O al menos, intentarlo! (Todo depende de cómo vaya mi madre con la quimio)
Un abrazo,
Ceci.
