Hola!

De nuevo yo por aquí! Disculpad la tardanza, pero estuve de vacaciones dos semanas y apenas tuve conexión a internet, así que se me hizo algo complicado publicar.

Me ha sorprendido mucho la cantidad de gente que se ha sumado a leer esta historia, tal vez no se refleje mucho porque apenas hay reviews, pero hace muy feliz ver que tanta gente la leyó o al menos clickó y entró a curiosear jajaja

Por decir algo, deciros que este sería el último epílogo. Empecé a escribir un tercero súper cortito de un flash-back de Melissa y Deku, mitad comedia, mitad drama, pero no creo que lo publique. Si el Izoucha está bastante olvidado, el Deku x Melissa me temo que no tiene mucho interés xD. Aunque bueno, dejo esta información por aquí por si veis que esta historia se actualiza el mes que viene con un mini epílogo más.

Por otro lado, deciros que me he animado a escribir algo más de esta pareja. ¡Pronto lo publicaré! Aunque será un one-short simple (un poco largo) pero sin prólogos ni epílogos. Un Izoucha dramático y tierno, un poco en la línea de éste, aunque algo más violento.

Sin más, espero que os guste este capítulo final. Me he divertido mucho escribiéndolo y eso que nunca había escrito sobre algo así. No sé si es el final que ellos querían, pero la vida es extraña y ellos han decidido confiar en ella y dejarse fluir. También hacer caso al destino, si es que existe algo realmente como tal.

¡Nos leemos abajo!


.

JET LAG - Epílogo 2

.

.

.

Ochaco Uraraka, a tres días de su ascenso y en lo más alto de su carrera profesional como general al cargo del servicio de inteligencia japonés, pensó que su vida tocaba fin de la manera más tonta posible dentro de un cubículo del baño de un McDonald.

El corazón se le había parado en seco y el estómago se le había revuelto.

'No, no, no…'

Se repetía una y otra vez, casi como si de un mantra se tratase, incapaz de conseguir que el aire le llegara a los pulmones.

'No puede ser, no puede ser, no puede ser…'

Derramó lágrimas como una desgraciada y se maldijo por idiota. ¡Cómo le podía estar pasando eso a ella!

'No puede ser, no puede ser, por favor, no puede ser…' 'Ahora no, por favor, ahora no, ahora no…'

Lo único que la arrancó de su desdicha fue la patada que Bakugo le dio a la puerta.

—¡Eh tú, cara redonda, sal ya!—le había dicho enfadado—. Llevo una maldita hora esperándote.

Ochaco tomó aire, abrió la puerta como una valiente y lo retó con cara de pocos amigos.

—¿Qué? —preguntó él con un gruñido, con las manos en los bolsillos—. ¿Qué ha salido?

Ochaco no contestó, simplemente le tendió el objeto que tenía en la mano. El rubio lo miró, sin cambiar de expresión. Luego levantó la cabeza.

—¿Lo sabe el idiota? —preguntó entonces, algo más humano.

Ella negó, descompuesta.

—Tienes que decírselo—fue lo único que comentaría respecto al tema—. Tiene que saberlo.

Ella ya sabía que aquello era una bomba de relojería que en algún momento le estallaría en la cara, pero no sabía cómo gestionarlo. Así que optó por la opción fácil:

Ignorarlo.

Al menos los tres días siguientes.

Hacer como si nada hubiera pasado, como si su vida no se hubiese ido a la mierda. Como si no la hubiese cagado de la peor manera. Pero bueno, si lo no pensaba… no estaba en su vida. ¿No?

Y aceptó la ensoñación de aquel maravilloso ascenso y la modesta medalla condecorada por el éxito de la última misión. Y también celebró con sus compañeros estar un paso más cerca de erradicar la trata de personas y dones en Japón. Hasta improvisó un bonito discurso. Todos aplaudieron y la vitorearon. Y ella comió hasta hartarse y bailó hasta que se le destrozaron los pies. Y brindó por el futuro, uno brillante. Y rio y lloró de emoción.

Feliz.

Luego al llegar a casa la realidad le dio una bofetada.

Y se pasó toda la noche vomitando el sushi carísimo que habían cenado y buscando en internet, ahogada en un mar de lágrimas, si comer sushi era o no peligroso para las embarazas.

Porque sí, estaba embarazada. Sorprendente e inexplicablemente embarazada.

Bueno, lo cierto es que sí tenía explicación.

No se había quedado embarazada por arte de magia, eso estaba claro. Lo que no entendía es cómo había podido pasar, porque ella e Izuku siempre habían sido muy cuidadosos. Además, ¡si apenas se veían!

Hacía menos de tres meses que Izuku había conseguido al fin firmar su divorcio con Melissa y desde entonces el héroe se había pasado los días gestionando los papeles para su traslado. Porque sí, había decidido vender su casa de Nueva York y regresar a Japón.

El principal motivo había sido su salud mental.

Necesitaba alejarse de la prensa estadounidense y de su ruptura con Melissa, la cual ya había sido mamá de un precioso hijo caucásico clavadito a su pareja actual, lo cual alejaba cualquier rumor de que podía ser del héroe asiático. Aunque eso no fue precisamente un alivio y menos de cara la prensa rosa. Izuku agradecía que al menos Melissa fuera una mujer racional, honesta y discreta que no daba juego a los periodistas. Eso y que hubiese sido tan correcta con el tema del divorcio, el cual había sido bastante largo, desagradable y amargo para ambos.

Otro gran motivo por el que Izuku había decidido regresar era por la peculiar y suculenta oferta de formar una agencia con Bakugo y Todoroki. No lo habían hecho público todavía, pero llevaban semanas reunidos por teléfono cerrando acuerdos. O discutiendo más bien, lo cual era extrañamente divertido.

También estaba su buena madre, a la que casi le da un infarto de alegría cuando se enteró de que su hijo volvía a su tierra. Se pasaron varias horas llorando juntos por videollamada.

No obstante, por muchos motivos que hubiera, la auténtica motivación de Izuku para volver a Japón, era porque quería estar con Uraraka.

Ya había dejado morir una relación por vivir atrapado en el trabajo y en la distancia. Y no estaba dispuesto a volver a perder a Ochaco ahora que había vuelto a su vida. No obstante y mientras tanto, hacían vida por separado. Pegados a la pantalla del teléfono como dos quinceañeros que han ligado por internet.

A veces era Ochaco la que se quedaba hasta tarde para hablar con él y otras era Izuku el que se daba el madrugón.

Apenas habían coincidido físicamente en los últimos ocho meses desde su encuentro en Hong Kong. ¿Tal vez en seis o siete ocasiones?

Se habían visto en la reunión anual de héroes en África por la paz mundial y habían coincidido también en una gala benéfica en Bruselas para la protección de personas sin don y pocos recursos. Y luego en la comisión de seguridad euroasiática y luego…

Bueno, la verdad es que luego dejaron las formalidades a un lado y empezaron a verse furtivamente en hoteles en el extranjero donde básicamente se pasaban todo el fin de semana desnudos en la cama, haciendo el amor, durmiendo y viendo películas malas.

Uraraka empezó a echar cuentas.

Tal vez tampoco era tan raro lo del embarazo… cuando quedaban en los hoteles se les iba un poco la mano. Aunque nadie se queda embarazado por exceso de repetición y además ellos nunca lo habían hecho sin anticonceptivos de por medio.

Izuku siempre prefería los métodos de barrera y Uraraka por su parte llevaba años tomando anticonceptivos para regularse el periodo, ya que como deportista de élite que era, a veces dejaba de menstruar por el exceso de ejercicio.

Y siempre se las tomaba… ¿no?

La invadió el terror frío.

Empezó a contar entonces con los dedos disponibles que le quedaban en las manos. 1, 2, 3…12, 15, 23… El aire empezó a faltarle. ¿Podía ser que se despistara? Y entonces le dio náuseas y siguió vomitando sushi caro. Y luego lloró, entre tanda y tanda de sushi gourmet lanzado sin misericordia por el retrete.

Fue entonces cuando, tirada en el suelo del baño y con la cabeza todavía metida en el váter, le llegó un oportuno mensaje del susodicho coautor de su desgracia.

Deku-kun:

Un poco tarde, pero… ¡Enhorabuena! ¿Qué tal fue el ascenso? No sé si sigues despierta, pero quiero que sepas que estoy muy orgulloso de ti.

Ochaco se limpió las lágrimas antes de contestar.

Uraraka-San:

¡Ey! Sigo aquí. ¡Muy bien! Estaba un poco nerviosa al principio, pero todo genial. Lo hemos pasado súper bien.

*Foto de equipo* *Foto con la medalla*

Deku-kun:

Mejor equipo imposible y mejor jefa tampoco. *icono*

¿Quieres que te llame un rato? Si estás cansada lo dejamos para mañana.

Ochaco se mordió el labio, nerviosa.

No podía hablar con Izuku.

No así.

No con su preciosa voz al otro lado del teléfono llenándola de halagos sinceros… mientras ella iba a destrozarle la vida a ambos.

Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Cómo se lo iba a decir? ¿Cómo se dicen esas cosas? Los ojos le hirvieron en lágrimas.

Iba a escribirle que se iba a la cama cuando el icono de llamada apareció en el teléfono junto a la foto de contacto de Izuku. Esa foto con su gorro naranja butano y la sudadera de conejo horrible que se habían comprado en Hong Kong. Le había hecho esa foto la mañana que despertaron juntos en el hotel, cuando estuvieron haciendo el idiota antes de despedirse. Se le veía tan feliz y tan guapo en esa foto…

Carraspeó antes de descolgar.

—¡Ey Deku-kun! —disimuló como pudo.

Sí, seguía llamándolo cariñosamente así.

Uraraka-San—sí, él también la llamaba así a veces, aunque se había vuelto algo íntimo y no formal—, perdona si te molesto. ¿Te pillo en la cama?

—Tranquilo—tragó saliva—, todavía estoy despierta, he llegado hace nada a casa. ¿Qué tal tú?

Ochaco se mordió el labio, intentando calmarse. Agradeció que al otro lado hubiese algo de barullo.

Yo bien, del camino al trabajo—dijo con simpleza—. ¿Estás bien? ¿Se te oye rara?

Maldijo a Izuku y a lo agudo que era, sobre todo con ella.

—Sí, es que… —decidió mentir a medias—. Me pillas en el baño, creo que me ha sentado mal la cena. Es lo que tiene dejar que el becario elija el sitio—se esforzó en reírse—. Eso o me he pasado con el sake.

Si Izuku sospechó algo de aquella respuesta tan rara, no se lo hizo saber. Al contrario, fue un alivio cuando llevó la conversación a un terreno más fácil: el becario de Uraraka. El chico era muy rarito, así que Ochaco siempre tenía alguna historia surrealista que contarle a Izuku sobre él.

¿Qué se subió a la mesa? ¿pero para qué? —se rio Izuku al otro lado de la línea.

Oír la voz de Izuku la relajó.

También era muy divertido oírlo hablar de sus vivencias en América. Sobre todo porque Izuku era una persona muy despistada que la mayoría de las veces no pillaba las indirectas, el humor ni las normas tácitas de la cultura americana. Así que siempre tenía algo tontísimo que contarle a Uraraka. La mayoría de las veces confusiones que lo dejaban en ridículo. Aunque aquella noche casi todo se centró en su ascenso y en lo orgulloso que estaba de ella.

De hecho, hablar con él hizo que hasta se le fueran las náuseas. Se puso el pijama, se lavó los dientes y se metió en la cama con la dulce voz de Izuku a acompañándola. Se sintió mucho mejor. Mucho mucho mejor. Al menos hasta que volviera a quedarse a solas con sus pensamientos para repetirse lo mala persona que era y en cómo iba a destrozarle la vida a la persona que más quería.

Bueno, tengo que dejarte, entro ya en la agencia—dijo Izuku al otro lado—. Espero que mañana te encuentres mejor de la tripa, señora jefa suprema.

Ochaco se rio, porque era un idiota. Su idiota.

Qué descanses, Ochan—le dijo cariñoso—. Te quiero, hablamos luego.

—Te quiero, Izuku—respondió desde el corazón.

Porque por muy cursi que sonara, lo quería. Lo quería con toda su alma. Y de alguna forma sentía que lo estaba traicionando con una puñalada trapera. Le había fallado, había vendido su confianza ciega en ella. Y eso era tan doloroso… tanto que se le contraía el corazón. Y había pensado muchas tonterías, como incluso abortar en secreto y arreglar las cosas, pero luego pensó que no podía hacerle eso a Izuku.

Precisamente a él no.

Tenía que decírselo. Era la única salida. Y entonces ya decidirían juntos qué hacer, ya fuera quedárselo o no. Sólo esperaba que él pudiera perdonarla.

Que no hubiese destruido para siempre lo que estaban empezando a construir.

Vamos, tenía que echarle valor. ¡Era una heroína!

—¡Izuku, espera no cuelgues…!—dijo antes de que colgara.

Por suerte, escuchó su voz responder al otro lado.

¿Si? Dime.

—¿Haces algo este fin de semana?

Decírselo por teléfono no era una opción, recapacitó rápidamente. Izuku se quedó un rato pensativo al otro lado.

Puesel viernes he quedado con una posible compradora para la casa y el domingo tal vez almuerzo con unos amigos—dijo—, pero quitando eso, no creo que haga nada. Tengo demasiado lio con la mudanza. ¿Por?

El cerebro de Uraraka iba a 200x1000.

—¿Te apetece si voy y te ayudo?

Silencio. Un silencio prolongado que hizo que Ochaco casi se arrancara las uñas. Que el sudor frío le bajara por la espalda como una serpiente.

¿A mi casa? —preguntó confuso.

—Sólo si quieres, claro—se apresuró en añadir.

El corazón le palpitaba en los oídos.

Claro que quiero—dijo al fin—. Sólo que hoy es jueves, ¿vendrías mañana o…?

'IDIOTA' eso es lo que era Ochaco. En mayúsculas. I-DI-O-TA. Así que ahora le tocaba pensar rápido.

—Es que me voy a coger el viernes libre por el ascenso, o sea, mañana—explicó, recordando que le debían días libres y que con unas llamadas podría solucionar eso a primera hora—, y quiero celebrarlo contigo porque... Te echo de menos.

Pero es un viaje muy largo, son doce horas—expresó preocupado—. Te vas a dar una paliza. Si quieres dentro de dos fines de semana tengo varios días libres, podríamos vernos en algún sitio más intermedio… ¿No querías ir a París?

Dos semanas. Eso era demasiado. En dos semanas estaría embaraza de un mes y medio. De hecho, ya debería empezar con las revisiones a su médico. No podía esperar tanto.

—¡No! O sea, sí, pero no te preocupes—lo cortó ella—. Me apetece más ayudarte con la mudanza. Ya sabes que tengo un don maravilloso para eso y… además decías que estabas muy estresado, ¿no? Déjame ayudarte. Así nos ponemos al día y me llevas a cenar al sitio ese que te gustaba...—se sentía idiota, pero tenía que ser valiente—. Hay… hay además algo importante que quiero contarte.

Silencio de nuevo. Uno largo y terrible.

¿Seguro que estás bien? —fue lo único que dijo Izuku.

—Sí, sí, totalmente, de verdad, súper bien—mintió como una bellaca—. Estoy estupendísimamente bien.

No pareció convencido.

Bueno… okey—escuchó decir al fin al otro lado de la línea—. Hoy tengo un poco de caos en el trabajo, pero escríbeme cuando tengas comprado el vuelo y voy a buscarte al aeropuerto. ¿Recuerdas la dirección de mi casa?

—¡Sí, la tengo!

Ochaco se acordaba perfectamente. No era la primera vez que volaba a casa de Izuku, aunque aquella primera vez fue bastante agridulce.

Voló hasta Nueva York la semana que Izuku por fin se divorció de Melissa, tres meses atrás, para hacerle compañía. Porque por muy recompuesto que se mostrara el chico, aquel trámite había sido muy doloroso, sobre todo por el proceso legal. No es que hubiese sido un mal viaje, porque realmente lo pasaron bien juntos, pero Izuku había estado extrañamente callado en aquella ocasión.

Genial, pues avísame cuando tengas la tarjeta de embarque— siguió él—. Tengo que entrar ya, pero cualquier cosa llámame.

—Claro, cualquier cosa te llamo— respondió ella, sin que el aire le llegara a los pulmones—. Te quiero mucho, Izuku.

Casi pudo oír la sonrisa al otro lado.

Y yo a ti, Ochan. Descansa.

Pero lo último que hizo esa noche fue descansar.

Se pasó la noche llorando y buscando vuelos de avión. Por primera vez en su vida le dio igual incluso el precio. Hubiese pagado un millón de yenes si hubiese habido algún servicio de teletransporte.

Luego buscó si las embarazadas podían hacer ejercicio y de qué tipo. Y se puso a hacer varias series de flexiones en su cuarto porque estaba demasiado nerviosa. Flexiones normales, espartanas, de diamante, con una mano, con la otra…

Antes del amanecer ya había llamado a sus compañeros y había pedido cuatro días de asuntos propios. Y a las ocho de la mañana estaba en el aeropuerto de Tokio, con los nervios a flor de piel. Ni siquiera llevaba maleta, solo una mochila con lo básico.

En ese momento sintió que no necesitaba llevar nada. No le hacía falta nada. Nada de nada. Sólo Izuku. Él era lo único que necesitaba en ese instante.

Tomó aire… tenía que ser valiente. Y tenía qué pensar qué le iba a decir y cómo.

La angustia la invadió. Aquello era su culpa por despistada. ¿Y si Izuku se enfadaba con ella? No había pensado en esa posibilidad hasta ahora. Tal vez porque nunca lo había visto enfadado con nadie. Con nadie que no fuera un criminal. Aunque lo cierto que ella se sentía un poco así ahora.

Estaba segura que se había quedado embaraza aquel fin de semana en México. Sonrió al recordarlo. Al recordar el bar de cumbia colombiana donde habían bailado sin descanso como dos adolescentes muy torpes. Y luego el hotel junto a la playa. Y el día de la acampada.

Estaba segura que había sido esa noche.

Esa noche en la que recorrieron 30 kilómetros a pie para acampar en mitad de la nada, cerca de unas montañas que al parecer eran mágicas. No recordaba ahora el nombre. Y habían hecho una hoguera, cenado unas mazorcas y montado una ridícula tienda de campaña. Se habían reído tanto… Siempre se reía como una tonta cuando estaba con él. Y luego habían hecho el amor, hasta el amanecer. Lento, frenético, suave, tierno, pasional…

Fue la primera vez que Izuku verbalizó en voz alta que quería pasar el resto de su vida con ella.

Ya se lo habían dicho de alguna forma anteriormente, como algo que se da por supuesto, pero aquella noche se lo dijo sin rodeos, con el corazón desnudo en la mano.

No habían usado condón esa noche.

Y Uraraka le había convencido de que no pasa nada, de que ella tomaba anticonceptivas. Porque las tomaba y como persona adulta y responsable que era, tenía cuidado con esas cosas. Sin embargo, se las había dejado en el hotel, al igual que los preservativos. Se repitió mentalmente que tenía que tomarlas nada más llegar, pero se perdieron por el bosque y llegaron tarde. Casi pierden el avión de vuelta. De hecho, se despidieron a la carrera en el aeropuerto con la promesa a gritos de que se verían pronto. Nada más subir al avión recordó que le enviaron unos documentos de un chivatazo que complicaba mucho una de sus nuevas misiones. Y se había pasado casi las doce horas de vuelo leyendo y ordenando información. Al bajar del avión fue directa a la oficina. La necesitaban. Y ella estaba preocupada por la peligrosidad de todo aquello, de la seguridad de los que estaban infiltrados.

Esas cosas siempre le ponían mal cuerpo y le traían malos recuerdos… muy muy malos recuerdos.

Llegó a su casa casi dos días después, cuando recordó que tenía que tomarse las anticonceptivas. Le subió la adrenalina al recordarlo, pero leyó en internet que no tenía por qué pasar nada. No era tan fácil quedarse embarazada y menos pasados los treinta. Además, no era la primera vez que se saltaba una o dos pastillas y siempre le bajaba la regla. Claro que… Izuku nunca se había corrido dentro antes.

Y ahí estaba ahora de nuevo, doce horas en un avión, con un nudo en el estómago que la hubiese hecho vomitar si no fuera porque había sido incapaz de comer nada después de lo de anoche. La boca le sabía a bilis y la angustia le dormía las piernas. Al menos el mensaje de su madre la tranquilizó.

La había llamado esa misma mañana, porque necesitaba hablar con alguien y se lo había contado. Era su madre después de todo. Y necesitaba compartir esa angustia con alguien. Alguien que no fuera el insensible de Bakugo, el único que lo sabía hasta ahora y sólo porque la había pillado infraganti comprando el test en una farmacia.

—Chaco, cariño, no pasa nada—le había dicho—. No es nada malo, ¡es una noticia preciosa! Además, decidas lo que decidas, tú padre y yo vamos a estar ahí para ti. E Izuku es una buena persona, todo va a estar bien. ¡Ya había perdido la esperanza de que me hicieras abuela!

Sus padres, al igual que el resto de la humanidad, se habían enterado de lo suyo con Izuku a través de la foto que publicaron de ellos dos en la prensa. Esa foto que había dado la vuelta al mundo. Esa foto donde ambos se miraran como si no existiesen más personas en el planeta.

Y se habían alegrado mucho. Ambos sabían que su hija siempre había estado enamorada de ese chico. Y después de verla sufrir tanto por circunstancias tan complejas… se merecía ser feliz. No les hacía mucha gracias el hecho de que Izuku hubiese estado casado cinco años con una yankee, pero aquello no era objeto de debate. Ochaco ya lo había dejado muy claro en toda su familia. Además, ella también tenía un pasado. Uno que no le debía importar a nadie más que a ella. Estaban en pleno siglo XXII en un mundo super global, sus padres podían ahorrarse ese tipo de tradicionalismos.

Cuando oyó a su madre decir la palabra 'abuela', algo en su mente eso clic. Hasta ese momento sólo había pensado que había traicionado la confianza de Izuku al quedarse embaraza por su maldito despiste y en cómo se lo iba a decir, cómo reaccionaría él a la noticia.

No había pensado más allá.

No había pensado que iba a ser madre. Ella. Madre. De un bebé. Un bebé de Izuku. ¿De verdad estaba preparada para eso? Inhaló con fuerza. Hasta ahora había dado por hecho que no iba a tenerlo. Que no tenía tiempo para eso. Que no era el momento. ¿Pero y si Izuku quería tenerlo? ¿Quería ella? ¿Y si ella quería y él no? Él ya le había dicho que no quería ser padre. Y le había contado el terror que le causaba que su hijo fuera quirkless como él y sufriera todos los abusos y frustraciones por las que había pasado en su infancia y adolescencia. ¿Pero eso significaba que las personas quirkless no debían tener hijos? Eso era cruel e inhumano. A ella le daba igual si su hijo o hija no tenía poderes. ¿Pero y a Izuku? Bueno… pensar eso sería caer en la misma trampa que le hizo Melissa. ¿Cómo podía ser tan horrible y pensar eso de Izuku? Sabía de sobra que una cosa eran sus miedos y otra lo que él realmente pensaba. ¡Cómo iba a rechazar a un niño quirkless si él había nacido así!

Bajó del avión derrotada. Era la misma hora a la que había salido desde Japón.

Ay… qué irónico el Jet Lag.

Su vida con Izuku era un Jet Lag. Uno que hacía que el tiempo siempre se parara para ellos. Uno que trastornaba la percepción de la realidad.

Había salido a las ocho de la mañana del viernes y ahora estaba a las ocho de la mañana de ese mismo día en Nueva York. Como su deseo de teletransportarse, pero con doce horas de cansancio encima. Izuku había pedido también el día para estar con ella.

Lo vio nada más salir del control aéreo, tras rellenar la documentación básica de su estancia en el país. Gracias a ser una heroína internacional, podía saltarse la cola y ahorrarse mucho papeleo. Eso siempre era un buen punto.

Y ahí estaba él, esperándola medio disfrazado, con su bonita y sincera sonrisa.

—¡Uraraka-san!

Cuando la abrazó, sintió al fin los pies sobre la tierra. Y desapareció la angustia, el cansancio, el mareo, la fatiga, las náuseas, la culpa… Sólo su olor a menta y té verde. Su calor a hogar. Sus cálidos brazos. Nada podía estar mal si él la abrazaba con aquellas ganas.

—¿No traes maleta? —preguntó confuso.

Ella siguió abrazada a él, incapaz de soltarle. De romper el abrazo. De romper todo cuanto habían construido juntos en aquellos meses. Después de tantos años perdidos buscándose sin encontrarse.

—No… como eran sólo unos días he preferido venir liviana. Estoy… en modo zen.

Izuku la miró algo extrañado. Modo zen o no, no creía que en esa mochila le cupieran ni tres mudas limpias. Y ella no era lo que se dice precisamente 'derrochadora'.

—Bueno, así no tenemos que esperar a que salga tu maleta—resolvió Izuku—. ¿Seguro que estás bien? Tienes mala cara.

Aquello lo preguntó preocupado al notar que Ochaco seguía sin romper el abrazo.

—Te he echado de menos—dijo ella, aferrándose a él.

—Y yo a ti tonta. —La besó con cariño en la cabeza, rodeándola.

Definitivamente le pasaba algo.

—¿Estás muy cansada?

Ella negó, aunque lo cierto es que después de tanto estrés, se podría haber quedado dormida ahí de pie abrazándolo.

Dado que Uraraka prefería evitar caer en la trampa del Jet Lag, le dijo a Izuku que no quería dormir hasta la noche porque temía que sino no se pudiera deshacer del sueño en toda su estancia en América. Así que fueron juntos a desayunar por ahí.

Izuku la llevó a un sitio de tortitas donde le preguntó por los detalles de su ascenso y le preguntó interesado en qué nuevo proyecto iba a trabajar ahora.

Uraraka le contó con lujo de detalles la velada anterior, aunque seguía extraña y algo ausente.

Por la tarde, como ya le había advertido Izuku, quedaron con la posible compradora para la casa, que resultó ser una empresaria de una compañía de batidos deportivos. Por supuesto, se esforzó en intentar convencerles de que hicieran una colaboración con la marca.

—Lo siento, es que estas cosas las lleva mi representante…—intentó esquivar el tema Izuku, algo hastiado de que los compradores siempre resultasen ser, irónicamente, vendedores.

Tras esto fueron al centro a pasear. Izuku quería enseñarle a Ochaco el alumbrado Navideño que habían empezado a montar, incluso cuando todavía era noviembre.

Estuvieron hablando de todo y de nada, abrazándose y compartiendo anécdotas del día a día que a cualquiera le podía parecer mundano, pero que para ellos era como un privilegio. Una cercanía que no siempre que querían podían tener.

Al llegar las ocho de la tarde, Izuku vio que Uraraka era incapaz de seguir en pie, así que decidió que era hora de volver a casa.

Ochaco se sorprendió de lo mucho que había cambiado esa casa en tres meses. Desde la última vez que estuvo allí hasta ahora. Estaba casi todo empaquetado y desmontado. Sinceramente, entre eso, la vajilla y la ropa sucia, parecía más un piso de estudiantes que el de un héroe profesional.

—Lo tengo bastante mal, perdona—se excusó Izuku—. No me ha dado tiempo a recogerlo como quisiera y el chico de la limpieza no viene hasta el martes. Deja la mochila aquí si quieres.

—¿Me traerías un vaso de agua?

—¡Claro! —se apresuró servicial.

Ochaco cayó rendida sobre unas cajas a modo de asiento. Llevaba casi treinta y dos horas despierta, con los nervios a flor de piel. Desvió la mirada cansada a la única esquina de la casa que no había cambiado, donde seguían las mismas cajas de la otra vez.

Izuku nunca se había terminado de adaptar a esa casa.

Ya se lo dijo la última vez que estuvo allí. Le parecía demasiado grande y fría para una sola persona. También demasiado moderna y vanguardista. Y ella lo entendía. Tal vez la gente rica esté acostumbrada al glamour de los techos de cuatro metros y escaleras de caracol, pero para la gente como ellos, que vienen de familias muy humildes, era difícil llamar a aquello un 'hogar'.

Recordaba vagamente la antigua casa de Izuku, la de los Ángeles, cuando vivía con Melissa. Aquella casa sí que era bonita, con jardín, piscina, barbacoa… Izuku los invitó una vez recién comprada, pero Uraraka no tenía muy buen recuerdo de aquella noche. Fue la noche en la que Deku le pidió matrimonio a Melissa. Sólo recordaba lo suaves y bonitas que eran las toallitas del baño. Lo recordaba porque se estuvo limpiando las lágrimas con ellas. Y eso que en aquella época, ella ya estaba comprometida con Kenji.

Pero eso pertenecía al pasado.

Como las cajas de aquella esquina que Deku ni siquiera había desempaquetado de su antigua casa. Melissa se había quedado viviendo en los Ángeles e Izuku había hecho mudanza récord a Nueva York. A la otra punta del país.

—Voy a tirarlas—le confesó la última vez—. Sólo son recuerdos de una vida que no me gustaba.

Izuku no le había contado mucho de cómo fue llegar a su casa, tras romper por teléfono meses atrás, y encontrarse a Melissa de pie en el jardín, esperándolo, embarazada de otro. Al menos lo había hecho sola, dejándole claro que podía quedarse con la casa si quería. Pero él ya no quería vivir ahí. Esa casa sólo le traía miseria. Y había empaquetado sin mirar. Cajas de cosas que no necesitaba. Sólo había querido salir de allí cuanto antes.

—¡Aquí tienes! —regresó con el vaso de agua, sacándola de sus pensamientos.

—Ay, gracias…

Se sentó a su lado, sobre aquellas cajas, descubriendo que Uraraka estaba mirando aquellos feos recuerdos…

—Mañana mismo voy a donarlas—dijo conciso—. Esas y otras tantas. Necesito hacer espacio en mi vida para las nuevas cosas que vendrán.

'Y tanto' pensó Uraraka, bebiéndose el agua culpable.

¿Cómo se le había ocurrido volar hasta allí sin pensar en nada? ¿Por qué en las doce horas de vuelo no había podido preparar una forma de decírselo? ¿Por qué al menos no se había leído en internet consejos horribles de cómo soltarle eso a tu pareja?

—Oye, Ochaco…—dijo entonces Izuku, tomando aire antes de hablar—. ¿Qué… qué te pasa?

Aquello la pilló desprevenida.

—¿Por qué piensas que me pasa algo? —preguntó para salir del paso, esquivando el tema.

Izuku se rascó la nuca, inseguro.

—No sé… estás rara, como… distante—se explicó.

—¿Me notas distante? —le volvió a responder con una pregunta—. Estoy cansada del viaje.

Izuku torció el gesto, incómodo.

—Sí y lo entiendo—quiso explicarse—, pero no sé… ayer por teléfono estabas como… nerviosa y hoy llevas todo el día ausente. Se me hace raro que hayas hecho un viaje tan largo para nada.

—¿Estar contigo te parece nada?

Ok. Ella misma sabía que estaba metiendo la pata. Se estaba poniendo a la defensiva sin ningún motivo e Izuku no se lo merecía, pero no sabía qué hacer o decir.

—No, claro que no—respondió Izuku levemente molesto—. Estaba deseando verte y aprecio que hayas hecho un viaje tan largo solo para vernos un fin de semana—concluyó—. Sólo quiero… saber que estás bien.

Aquello la ablandó y se sintió estúpida. Era una villana. Ahora sí que Izuku tenía derecho a enfadarse con ella. Fingió su mejor sonrisa.

—Estoy bien, Deku-kun—comentó cariñosa—. Sólo te echaba de menos y quería ayudarte con la mudanza, ver que tú estabas bien.

Izuku la miró, no muy convencido.

—Ayer por teléfono me dijiste que querías decirme algo…

—Ah sí, eso.

'Idiota'. Eso es lo que era Ochaco. Por favor que se la tragara la tierra de una vez.

Se puso de pie, porque no se aguantaba sentada. ¡Había llegado el momento! Necesitaba caminar aunque fuera en círculos. Le temblaban las piernas, le palpitaba en frío el corazón. Izuku la siguió con la mirada, preocupado.

—Verás, es que hay algo que debes saber…—empezó—, pero es complicado de contar.

—¿Es algo del trabajo?

—No exactamente…

—Te escucho—dijo conciso.

Él tampoco era la persona más serena del mundo en ese momento. Ochaco se rascó una ceja, pensando cómo suavizar aquello.

—Es algo muy gordo, ¿vale?—quiso advertirle—, de esas cosas que hacen temblar la tierra. Así que es mejor que estés sentado y tranquilo.

Izuku estaba petrificado. Si su intención era prepararle, no sabía si el efecto había sido el mejor.

—¿Ha pasado algo?

—Sí, bueno… —intentó decir.

—¿Estás enferma, herida o algo?—preguntó entonces con profunda preocupación.

—¡No, no estoy enferma!—esclareció.

Lo estaba empeorando por momentos.

—¿Le ha pasado entonces algo a alguien? ¿A los chicos? ¿A tus padres? —siguió preguntando Izuku. Luego se asustó y palideció—. ¿Le ha pasado algo a mi madre?

Ok, Uraraka tenía que parar eso cuanto antes y reconducirlo.

—No, tranquilo, no le ha pasado nada a nadie. Y tu madre está bien, te lo prometo—quiso aclarar, agobiada por la marea de interrogantes de Izuku—. Es más bien algo sobre nosotros…

—¿Sobre nosotros?—preguntó extrañado.

Ella asintió, mordiéndose el labio. Vamos, tenía que decírselo…

—¿Hay algo que no esté bien entre nosotros? —se adelantó Izuku, con inocencia y angustia.

Ochaco sintió sus ojos arder. Tal vez había algo que estaba muy mal… y era su culpa.

—No, bueno, no es eso exactamente. No sé cómo de malo es…

—¿Malo?

—O bueno, no sé, tal vez a la larga veamos las cosas de otra manera—intentó explicarse Ochaco.

Izuku se quedó en silencio, llegando a una conclusión.

—¿Has venido a dejarme?

Que Melissa lo hubiera dejado por teléfono había sido una gran tara en la vida de Izuku. Tanto, que le rogó a Uraraka que si alguna vez lo suyo entre ellos dos no funcionaba, que fuera expresamente a decírselo a la cara. Eso se había convertido casi en una broma entre ellos. Fantaseaban con posibles situaciones límite en las que Uraraka recorría medio mundo a pie para dejarlo, desde la selva del amazonas hasta el pico más alto del Himalaya. Solían reírse mucho con esas cosas. Claro que la broma no tenía tanta gracias cuando tenía a Izuku delante, a punto de llorar y con la voz quebrada.

—¿Es eso? —consiguió recuperar la voz él, aguantando el tipo—. ¿Puedo preguntante al menos por qué? —se quebró—. ¿Te he hecho o dicho algo que te haya molestado?

Uraraka no era capaz de soportar la imagen de Izuku llorando en silencio por algo que no podía estar más lejos de la realidad.

—No, Izuku, verás…

— ¿Has… has conocido a alguien?

¡Cómo podía ser tan cobarde de dejarlo pensar esas cosas!

—Lo siento—se disculpó Izuku al notar que estaba llorando—. Perdona, no quiero montar un numerito.

—Ay dios, Izuku.

Uraraka corrió a abrazarle y él se dejó abrazar por ella.

—Soy una idiota, perdona—añadió rápidamente.

—No te digas esas cosas—intentó verbalizar Izuku, luchando por calmarse y contenerse—. Al menos has venido hasta aquí para decírmelo y…

Ochaco no iba a permitir ni una lágrima más. Ya bastante tenía con llorar ella.

—Izuku lo que hay entre nosotros es la cosa más bonita y especial que me ha pasado nunca—expresó rotunda, tomándolo de la barbilla para que lo mirara—. Y no, pues claro que no he venido a dejarte, tonto.

Uraraka le limpió las lágrimas con los pulgares. Él abrazó sus manos con las suyas.

—No lo entiendo… entonces ¿qué querías decirme? —preguntó confuso.

Ochaco le sonrió entre lágrimas.

—He venido para decirte que… que estoy embarazada.

Como era de prever, Izuku se quedó un momento en total y absoluto estado de shock. ¿La había oído bien? Las lágrimas se le cortaron en seco, petrificadas como él mismo.

—¿Estás embarazada? —preguntó con cierta timidez, cerciorándose de que la había oído bien.

Ella asintió, limpiándose sus propias las lágrimas. Incapaz de pronunciar palabra para no romperse. Aguantando la compostura. Izuku mantuvo unos segundos más aquel estado de duermevela, parpadeando, procesando, digiriendo...

—¿No estás… enfadado? —echó valor para preguntar ella, aterrada de la respuesta.

Izuku la miró como solo él sabía mirarla, con sus bonitos ojos verdes.

—¿Enfadado? —preguntó confuso, todavía digiriendo aquello—. ¿Pero por qué preguntas eso? ¿Por qué estaría enfadado? —añadió con inocencia—. Estás embarazada…

Tomó aire, todo el que el cabía en el cuerpo y luego lo soltó despacio, paciente, asimilando aquella noticia.

—Y…—carraspeó entonces, intentando decir algo— ¿cómo... cómo te encuentras? —se limpió los restos de las últimas lágrimas y casi por instinto llevó las manos al vientre de Ochaco—. ¿De cuánto estás?

Uraraka pensó que sería capaz de desmayarse de alivio al notar las manos de Izuku en su vientre.

—De tres o cuatro semanas, creo—se explicó Ochaco—. Soy muy irregular, así que no me di cuenta hasta hace tres días.

Él asintió, ordenando la información en su cabeza.

—¿Has venido hasta aquí sólo para decírmelo?

Ella asintió. Y entonces ya no pudo más.

—Lo siento, de verdad que lo siento—se echó a llorar.

Dejando todo el estrés salir fuera.

Izuku la sentó a su lado y la abrazó, intentando consolarla. La verdad es que nunca había visto llorar así a Ochaco. Tal vez aquella vez en el hospital cuando la rescataron, pero eso era algo que prefería olvidar.

—Ey, tranquila, no pasa nada—le repetía Izuku, acariciándole la espalda—Tranquila...

—Lo siento, lo siento muchísimo—se aferró a él—, perdóname por favor, lo siento mucho, perdona.

Izuku no entendía por qué estaba así.

—¿Pero qué dices, Ocha?—la besó Izuku en el hombro, sin romper el abrazo—. No hay nada que perdonar, tranquila, no pasa nada. Venga, respira, todo está bien.

Pero eso no ayudaba. No la hacía dejar de sentirse miserable.

—Es mi culpa—soltó ella—. Te juro que fue un despiste, no tenía ni idea, pero soy idiota y la he cagado para siempre y…

Izuku rompió el abrazo y acunó su cara para que lo mirara.

—Uraraka—la llamó, mirándola a los ojos y haciendo que ella lo mirara—. No es tu culpa, ¿vale? tranquila. No pasa nada—repitió, a ver si así ella era capaz de entrar en razón—. Y no estoy enfadado, por favor deja de pedirme perdón, porque no hay nada que perdonar.

—¿Seguro?

Él le sonrió, todavía con los ojos húmedos.

—Pues claro—confirmó amable—. ¿Tengo que recordarte que los bebés se hacen entre dos?

Aquello la hizo reír y llorar.

—No es culpa de nadie—quiso aclarar él—. Y en todo caso, si es culpa de alguien es de los dos por igual ¿vale?

Ella asintió.

—Vale.

—¿Quieres más agua? —preguntó conciliador—. Voy a por un pañuelo para que puedas limpiarte.

Tragó, agradecida. Lo vio desaparecer hacia la cocina y traerle como había prometido un pañuelo y el vaso de agua. Luego se sentó a su lado, la tomó de la mano y se quedó callado. Mudo sin decir palabra durante dos minutos eternos. A rato se volvió a levantar, nervioso.

—Creo que necesito una tila—fue lo único que dijo.

Luego la miró cómplice y ella sonrió.

—Que sean dos.

Dejaron las cajas y se sentaron juntos en el sofá, tila en mano. Llegar hasta ahí fue algo complicado, ya Izuku tenía cajas por todas partes y varios cuadros obstaculizando el paso. Fue un alivio cuando consiguieron sentarse y echarse sobre el respaldo del sofá. Él casi se derramó la tila encima haciendo uso de su talento patoso sumado a los nervios. Se miraron y se sonrieron con timidez.

No era una noticia fácil, pero tampoco era la peor noticia del mundo.

—¿Y cómo… te sientes? —fue lo primero que preguntó Izuku, más calmado, después de la explosión de emociones y medio vaso de tila en el cuerpo.

—Bien, no me siento distinta—dijo ella, más tranquila ahora que se había normalizado de alguna manera la situación—. Aunque tengo muchas náuseas y anoche estuve todo el rato despierta vomitando.

Él asintió, atando cabos.

—¿Por eso decías que te había sentado mal la cena?

—Me sentí fatal mintiéndote, perdona. Llevo días sintiéndome una basura por ocultártelo—se confesó.

El negó.

—Ocha, podías habérmelo contado por teléfono—buscó su mano Izuku, para tomarla con la suya—. Podíamos haber hecho una videollamada o lo que sea, pero no tenías que habértelo guardado tantos días si te sentías así de mal.

—Es que no sabía cómo te lo ibas a tomar…—expresó con cierta vergüenza.

Aquello hizo sentir mal a Izuku.

—¿De verdad pensabas que me iba a enfadar contigo?

Ella negó, agobiada.

—En realidad no, pero no sé—quiso explicarse—. Tenía miedo de haber traicionado tu confianza para siempre.

—Ochaco, te acaban de ascender a lo más alto de tu carrera profesional y yo te he dejado embarazada—sentenció—, no te he hecho ningún favor, créeme que yo también me siento fatal por eso.

Uraraka no sentía que fuera comparable, pero entendía a dónde quería llegar Izuku.

—Ya lo sé, Izuku, pero no sé… —tomó aire—. Tú acabas de salir de una relación muy larga y complicada y nosotros apenas nos hemos visto ocho veces en lo que llevamos juntos. Es… precipitado.

—Ocha, ya casi ni recuerdo mi vida mi antes de conocerte—confesó—. Puede que 'juntos, juntos' de esta manera llevemos sólo ocho meses, pero tú formas parte de mi vida desde hace más de quince años. No eres una extraña—quiso explicarse y dejárselo claro—. Nuestra confianza no se ha construido en un día. No podría romperse por esto.

—¿De verdad lo piensas? —estuvo a punto de volver a echarse llorar ella.

—¡Pues claro que sí!

Se sonrieron y casi por instinto bebieron de la tila. Y se besaron, con un beso cortito pero cargado de sentimiento.

—¿Qué quieres hacer? —le preguntó entonces Izuku, mucho más bajito e íntimo, acercándose a ella hasta rozar su nariz.

Ochaco jugó con sus dedos.

—No sé—dijo—. Estoy muy confusa. ¿Tú quieres tenerlo?

—¿Y tú? —quiso saber Izuku.

—Estoy hecha un lío, no sé qué quiero—se explicó—. O sea, ya no soy una niña, no es como si me hubiera quedado embarazada con quince años, pero… es que ha llegado tan sin avisar. No sé si es un buen momento.

—Nunca es un buen momento—dijo con suavidad Izuku—. De hecho, créeme que planificarlo no es mejor. Al final vienen cuando quieren venir.

En eso él tenía experiencia.

—¿Tú quieres ser padre? —le preguntó directamente Ochaco, nerviosa por su respuesta.

—Uff...—los ojos le brillaron.

—No tenemos por qué tenerlo si tú no quieres—se adelantó Ochaco—. Lo entiendo, ya me dijiste en Hong Kong que no querías ser padre.

—Ochaco, no quería ser padre con veintiocho años—la cortó. A veces Uraraka olvidaba que Melissa era cuatro años mayor que él—. Han pasado casi cinco años de eso, me… me han pasado muchas cosas desde entonces… entre ellas tú.

Aquello la puso nerviosa. Toda la piel se le erizó hasta la nuca.

—¿Has… has pensado…?—intentó explicarse entonces Izuku—, ¿qué el bebé podría ser como yo?

Ella asintió.

—No me importa Izuku—dijo tranquila—. Créeme que eso es lo que menos me importa ahora mismo.

Le sonrió y él le devolvió la sonrisa.

La verdad que se alegraba tanto de verlo, de volver a estar con él. No sabía por qué no hacían eso más a menudo, aunque fuera una paliza demoledora para los biorritmos. Le daba absolutamente igual en ese momento. Porque estaba con Izuku y el mundo volvía a estar del derecho. Ya nada parecía tan malo, ni siquiera aquello.

Y menos con él mirándola con sus bonitos ojos verdes, su cara llena de pecas, su pelo verde y sus manos cálidas abrazándola. No, nada podía salir mal. Se besaron.

—Te quiero mucho, Ochan—no tardó en decir Izuku.

—Y yo a ti, Icchan.

Ninguno se había dado cuenta de que el otro estaba llorando. Sólo cuándo los besos supieron salados por las lágrimas. Y se rieron, de tontos, sensibles, cursis y moñas que eran.

—Bueno, a estas horas tampoco es que podamos decidir ni cambiar nada—cortó Izuku, poniéndose en pie y tomando ambas tazas para llevarlas a la cocina—. ¿Te parece si lo consultamos con la almohada?

Ella le sonrió. Le parecía la mejor opción del universo.

—Okey, pues como no tengo nada de comida—recapituló Izuku, intentando normalizar la situación. Se notaba que Ochaco estaba destrozada, física y emocionalmente y quería hacerla sentir bien—, si te apetece puedo bajar al chino de la esquina, hacen unos tallarines con ternera súper ricos—Ochaco sonrió. Le parecía un plan maravilloso—. Imagino que estás cansada, ¿quieres ducharte mientras bajo? Seguro que eso te hace sentir mejor. Además, he... he comprado el champú que te gusta.

Ochaco iba a volver a llorar. Y sí, eso sonaba bastante bien. Muy muy bien.

Izuku la besó con cariño antes de marcharse y le explicó dónde estaba todo. También le dejó un pijama porque evidentemente en esa mochila que llevaba no le cabía nada.

—Pensaba dormir desnuda—bromeó de hecho ella, haciendo que Izuku se pusiera nervioso.

El agua caliente le sentó bien. Se sintió más serena, más despejada. Con mayor claridad mental. También más cansada, porque su cuerpo le advirtió que era hora de dormir.

Cuando terminó de la ducha se miró en el espejo y se observó la tripa. Evidentemente todavía no se notaba nada. ¿Estaba preparada para eso? Tal vez nadie lo está…

Luego se miró todas las cicatrices, marcas, quemaduras y cortes que tenía por el cuerpo... A veces era difícil separar a Uravity de Ochaco Uraraka. La imagen de heroína invencible frente a su cuerpo mundano de mujer. De mujer que además de luchar contra criminales, podía albergar vida en su cuerpo. Y aquello era extraño, era raro aceptar su propia humanidad.

Buscó una toalla con la que secarse el pelo, descubriendo junto al lavabo que Izuku le había guardado el cepillo de dientes que compró para ella la última vez que estuvo allí.

Suspiró.

Que extraño giro de los acontecimientos… después de tantos años sola, luchando contra sus fantasmas, acostándose con numerosos desconocidos y peleando por un puesto de trabajo, había terminado de alguna manera donde comenzó. Rodeada de sus amigos de siempre, más cerca que nunca de su familia, con ganas de estar en su propio país —cuando siempre pensó que prefería vivir en el extranjero— y enamorada de su mejor amigo de la adolescencia. Compartiendo su vida con él.

Cuando salió del baño, Izuku ya había vuelto y estaba poniendo la mesa. Esperándola para cenar.

Tenía razón. La comida estaba buenísima. Con la tripa llena todo se veía mucho mejor. Hasta se permitieron bromear sobre el tema.

—¿Sabes que el primero en enterarse fue Katsuki?

—No te puedo creer…—se había llevado las manos a la cabeza Izuku.

No tardaron en irse a la cama. Ochaco estaba literalmente K.O y agotada, sobre todo por el Jet Lag y la explosión de emociones.

—Fue en el viaje a México ¿verdad? —preguntó Izuku cuando apagaron la luz y se arroparon—. La noche de la acampada.

Ochaco asintió, enredando su cuerpo con el de él.

—Creo que sí, las cuentas coinciden—se explicó—. Además es la única vez que te has corrido dentro dentro.

Izuku se ruborizó.

—Perdona… —se disculpó él por inercia.

—Y yo que pensaba que era más difícil quedarse embarazada… —confesó Ochaco—. ¿Te acuerda de la china del puesto de licores que me leyó la mano? Al final iba a tener razón con que eras un tigre en la cama…

—Ay por Dios, ni me lo recuerdes—se puso rojo—. Qué vergüenza…

Uraraka se rio bajito.

—Prométeme que no me vas a hacer otro hijo en menos de un año—bromeó al acordarse de aquello otro.

—Si hace falta me hago una vasectomía—le siguió la broma. —Menos mal que también te predijo buena fortuna, que serías exitosa y rica.

Ella se rio.

—Eso es porque no ha visto el miserable piso donde vivo—siguió la broma.

A ver, Uraraka ganaba dinero de sobra para vivir en una mansión si quisiera, pero desde que vio la muerte tan de cerca, aquello había desaparecido de sus intereses. Había pagado la deuda de sus padres, recuperado la casa de su abuela que había embargado el banco y sacado a flote el negocio familiar. Luego de su ruptura con Kenji, también se había comprado un modesto apartamento donde vivir sola y se había abstenido de lujos vacíos que la hicieran sentir mal. Odiaba los héroes manipulados por el dinero y la ostentosidad. Y más cuando trabajaba en rescates de personas que habían sufrido trata y esclavismo. En eso invertía su dinero, en recursos para reinserción de estas personas.

—Al menos tienes un miserable piso—le dijo Izuku.

Ella sabía por qué lo decía.

—¿Has encontrado ya dónde mudarte? —preguntó, buscando su mirada en la oscuridad.

Él suspiró, pegándose a ella.

—Te vas a reír…—advirtió Izuku—, pero me mudo con mi madre.

Por supuesto, la hizo reír.

—¡Pero Izuku, qué dices! —lo regañó—. ¡Eres el héroes número uno del país! ¿Cómo es posible que no encuentres un piso? Si las empresas se morirán por regalártelos. Además, ya te dije que te podías quedar en mi casa.

Ahora fue él quien se rio, aunque algo avergonzado por la vedad que había en eso.

—Lo sé, pero es que no quiero invadir tu espacio—señaló—, entiendo que es tu casa y tienes tus cosas, tu vida, tus horarios... No quería agobiarte, me parecía precipitado—se explicó—. Y por otro lado, pues estoy cansado de vivir en sitios como este.

Ochaco miró a su alrededor. Cama extragrande y redonda, televisión de ochenta pulgadas, cristalera de cuatro metros hasta el techo, lámparas con sensor de movimiento, suelo térmico y… un eco terrible.

—Ya… lo entiendo.

—Aunque no lo parezca, me apetece pasar tiempo con ella—se sinceró Izuku—. El tiempo no sólo nos pasa a nosotros y aunque mi madre es joven… no sé.

Inko había tenido a Izuku con diecisiete años así que era relativamente joven, aunque Ochaco entendía qué quería decir. Sus padres sí eran más mayores y ella también solía tener esos pensamientos.

—Necesito… sentirme realmente en casa —concluyó Izuku—. Además, es algo temporal, no creo que sea capaz de poder volver a vivir con mi madre por más de tres meses. Nos acabaríamos matando o enganchando a algún culebrón barato de la tele.

Suspiró. Ella le sonrió en la oscuridad.

—¿Te parece una tontería? —preguntó Izuku.

—¡Por supuesto que no! —negó ella—. Además, mi casa siempre va a estar si lo necesitas. Cuando estés listo, hay sitio de sobra para uno más… o dos.

Se habían olvidado de ese detalle.

—Tal vez con lo del bebé… si decidimos tenerlo, ¿deberíamos buscar algo juntos? —meditó Izuku—. No me gustaría que estuvieses sola.

—Sí, la verdad es que me gustaría que estuvieras…

—Ochaco, lo último que quiero es ser un padre ausente—aquello lo dijo desde la más profunda sinceridad.

Izuku no quería repetir los pasos de su padre. Él no iba a desaparecer.

—Podemos buscar un piso o una casa juntos… y a mí me hubiese encantado criarme en el campo.

—¡Y a mí! Mis padres podrían ayudarnos a encontrar una casa en el campo—pensó Ochaco—. Les está yendo muy bien ahora con la empresa.

—¿Lo saben ellos?

Ella asintió, algo avergonzada.

—Se lo he contado esta mañana a mi madre—confesó—. Parecía ¿feliz? No sé…

Izuku se acomodó en la almohada, divertido.

—Cuando mi madre se enteré le dará un infarto de la emoción, llorará, reirá, hará empanadillas y me llamará cada media hora para saber cómo estás.

Ella sonrió. Sí, la madre de Izuku realmente era una mujer muy buena y tierna. De algún sitio le tenía que venir al héroe esa bondad casi infinita.

—Mi madre es también muy pesada para eso. Lleva todo el día escribiéndome sin parar… Que si te lo había dicho, que si había comido bien, que no hiciera esfuerzos…

—¿Crees que es algo que le pasa a todos los padres?—preguntó Izuku, arropándose y metiendo las manos bajo las sábanas para buscarla—. Lo de estar encima de tus hijos a más no poder.

Ella se rio.

—No sé… yo me imagino más como una madre desastre, olvidándome al niño en el supermercado o en la puerta del cole.

—O yo llegando tarde a la función de fin de curso—le siguió la broma Izuku—. Sin saber todavía atarme la corbata.

—O yo siendo una pesada para que haga los deberes en su crisis de preadolescente.

—Espero no ser el típico padre que odia a los novios de su hija o hijo—añadió también Izuku.

—Eso es muy cliché—se rio Ochaco—. Y estoy segura de que eso no es verdad. Tú serías un padre increíble, sólo hay que verte.

Se quedaron entonces callados, mirándose en la oscuridad. Era raro verbalizar una vida juntos, hablar de sus familias con un bebé de por medio cuando todavía ni siquiera se habían presentado formalmente en la casa del otro.

Crecer era algo raro en general.

Los cambios, madurar, nadar a contracorriente y seguir el corriente de la vida otras veces.

Encontrarse después de tanto para llenar sus vidas, para sanar y encontrar en el otro un rumbo. Ser héroes y a la vez personas. Vivir bajo una máscara sin perder la identidad bajo ella.

—La verdad que es mal momento...—recapituló Izuku—. Ni siquiera vivimos juntos.

—Tal vez nos llevaríamos a matar, ¿te imaginas?

Izuku se rio.

—Si te soy sincero, no lo creo—reafirmó abrazándola—, pero la casa sería un desastre, no te lo voy a negar.

—Yo cocino fatal—quiso dejar claro Uraraka—. Y ensucio más que limpio.

—Yo peor, créeme—añadió Izuku.

—Y mis horarios son casi siempre nocturnos...

—Yo no tengo horario Ocha, voy cuando me llaman donde me llaman...

—Siempre me olvido de las cosas—recordó Uraraka—. Y por eso dejo notitas por todas partes. Mi casa está llena de ellas. De eso y de trastos de oferta que compro y luego no uso.

—Ya sabes que yo soy un friki, tengo también una colección inacabable de tonterías...

—No pienso dejar de trabajar—añadió entonces rotunda Ochaco.

—Jamás te pediría que lo hicieras—respondió con obviedad Izuku—, pero yo tampoco quiero dejarlo. ¿Tú estás a favor de los canguros? A mí se me hace raro...

—Ya, a mí también me han criado mis padres. Pero no me gustaría que ellos criaran a mis hijos. Se han ido volviendo conservadores con el tiempo...

—A mi madre le encantaría, pero no puedo hacerle eso ahora. ¿Sabes que está conociendo a alguien?

Uraraka abrió los ojos de par en par.

—¡Qué dices!

Se rieron, porque eran unos marujos de mucho cuidado y podrían estar hablando de idioteces hasta el fin de los tiempos.

—Ochaco—la llamó Izuku al cabo de un rato con su dulce voz en la oscuridad, cuando se quedaron en silencio—. ¿Estas ya dormida?

Ella negó. Poco le faltaba, porque estaba agotada y más cuando el calor del cuerpo de Izuku era el mejor somnífero.

—Creo… —empezó él, algo inseguro—, creo que yo sí quiero tenerlo.

Ella sabía que no era el momento, que de hecho era el peor momento, pero se topó con la mirada de él en la oscuridad y de repente se le disiparon todas las dudas.

—Yo… yo también quiero tenerlo, Izuku.

Él llevó entonces las manos al vientre de Ochaco y la besó. Y respiró al fin tranquila, sintiendo por primera vez el alma en el cuerpo.

Porque segura y efectivamente serían un desastre como padres. Y por supuesto sería un caos compaginar sus vidas y agendas con aquello, pero si estaban juntos, no había razón para preocuparse. Eran héroes después de todo… ¿No?

La vida les había reunido para salvar al otro.

.

.

.


¡Mil gracias por llegar hasta aquí! Espero que os haya gustado tanto esta historia como a mí escribirla.

Gracias a todos los que me habéis animado a continuar y los que habéis esperado con ilusión estos dos epílogos. Por supuesto, no es obligatorio, pero agradecería si me dejaseis una review o comentario. Me haría ilusión saber si os ha gustado este cierre y que pensáis que pasará a partir de ahora.

Como anuncié arriba, publicaré pronto otro Izoucha (más cortito) que os animo a leer si éste os ha gustado. También tengo otro one short Bakudeku, por si alguien es fan de ship y le apetece husmear.

Por lo demás GRACIAS por seguir esta historia. Espero que os haya alegrado el día ^^ Yo me despido con más alegría en el corazón. Os avisaré si me animase con algún mini epílogo más. (Que uno, como decía al principio, ya tenía medio bocetado).

Contesto por aquí a las reviews:

REVIEWS

Sakura88: ¡Mil gracias por tu review! Me alegró muchísimo leerte y saber que te había gustado el epílogo. Gracias por animarme a escribir. A veces me desmotiva un poco la falta de feedback, pero entiendo que Fanfiction al final es una plataforma un poco unidireccional y silenciosa. Una pena, porque me encanta leeros y saber vuestras opiniones, confabulaciones y demás jajaja Muchas gracias de verdad ^^ Espero que te haya gustado el capi.

BlackKittyQueen: Holi! Un millón de gracias por tu review. Me alegra saber que te enganchó la historia y que la sentiste realista. Me gusta que los personajes se sientan canon, así que me alegra que los hayas sentido así ^^ Espero que este epílogo haya cumplido tus espectativas.

Beruni: Eyy! ¡Ay adoro tus reviews! Mil gracias de corazón! Me animó muchísimo tu review sobre todo porque... ¡acertaste! Y de verdad, mil gracias por tus bonitas palabras, me alegra tanto saber que te haya gustado el fic y que lo hayas disfrutado tanto. Lo peleé bastante para quedase realista y tuviese un poco de todo. Espero haberlo conseguido. Y sí, menos mal que al fin le llegó el aire al cerebro y por fin aceptó que ambos son IDIOTAS y que se quieren. ¡Que tienen que estar juntos! No creo que la historia dé para un long fic, pero sí que me es súper fácil imaginar mini epílogos tipo 'slice of life'. Hay una persona que me pidió uno cortito de cómo se conocieron Bakugo y el OC. Y gente que también me pidió ver algo de Melissa y Deku (su pasado, o qué le escribió ella cuando se enteró de que estaba con Ochaco, o qué pasó con su divorcio...) ¡TODO SE VERÁ! ¿Os interesaría?

A mí también me ayuda leer estas cosas, es un escape a la rutina a las malas noticias que por desgracia hay en el mundo. Un abrazo enorme para ti también desde España. Te mando salud y alegría ^^

.

¡NOS LEEMOS! :)

.