Casualidad o destino.
Pasó las manos por su rostro y luego las enredó en su cabello negro. Jadeaba entre suspiros y apretaba con fuerza los ojos.
No podía siquiera describir lo que estaba sintiendo.
Su mente viajó entre comparaciones sin sentido que se perdían entre los gemidos que salían de sus labios. Repitió un nombre de manera incansable, uno que no debió decir porque todo en esa situación estaba mal.
Pero no había vuelta atrás, lo estaban disfrutando, demasiado, y ninguno tenía la mente en el lugar adecuado para detenerse.
¿Alguna vez se sintió así?
Soltó otro gemido cuando las manos de él tocaron los puntos indicados, lo sintió besarla por todos lados e hizo la cabeza hacia la izquierda antes de llevar su mano empuñada a la boca para dejar de soltar sonidos.
Temblaba, sus piernas no dejaban de hacerlo. Si quisiera caminar caería en el suelo.
Probablemente era el alcohol lo que la hizo sentir a tal grado, tal vez era el corazón destrozado; fuera lo que fuera no quería dejar de experimentar, de sudar o de gemir.
Y su amigo estaba más que dispuesto a complacerla.
Hablando de, su rostro apareció sobre ella, pero no duró mucho, pues volvió a impactar sus labios en un beso demandante que apenas y la dejó respirar, pero no le importó, ella clavó las manos en su espalda al no ser capaz de controlar el éxtasis que la recorrió.
En algún momento se pasaron a su sofa, en otro cayeron de este al retirarse la ropa, de manera mutua, y ahora se movían en perfecta sincronía.
Meiling echó la cabeza hacia atrás mientras sus manos recorrían el cabello claro de Lien. Apretó los párpados pero de sus labios salieron gemidos que en definitiva llevaron el nombre del chico.
Por su lado, él besó su cuello, debajo de sus orejas y cualquier pedazo de piel que estuvo a su alcance. El sonido de la chica debajo de él lo erizó y excitó de una manera que supo que estaba mal.
Pero su nublada mente dejó eso de lado cuando el deseo silenció el dolor del desamor.
Buscó con sus manos los brazos que ella enroscó en su cuello y los pasó arriba de su cabeza donde los sostuvo. Se movió con más ímpetu, ella subió de volumen el sonido de sus labios y se encontraron en un beso cuando ambos llegaron a la cumbre del éxtasis.
Con el latido de sus corazones a todo lo que daba, se miraron a los ojos por unos segundos hasta que Lien bajó la cabeza y trató, en vano, de retomar el aliento.
Algo al fondo de su mente le gritó que se arrepentiría, pero cuando la mano de Meiling lo hizo voltear para dejarle otro corto beso en sus labios, se dejó caer a su lado y la atrajo a su cuerpo antes de posar los labios sobre su coronilla.
No se dijeron nada, ni siquiera buscaron vestirse, Mailing solo jaló la frazada sobre el sofá de Lien y los tapó a ambos antes de recostarse en su pecho y dejar que el latido de su corazón la arrullara.
Alguna vez pensó que los ojos de Eriol eran como un mar de amor en el que amaría ahogarse... Irónicamente, sentía que se ahogaba ahora que lo tenía de frente, solos, después del fracaso nupcial.
Afortunadamente él se veía tan incómodo como seguro ella estaba, es más, se dio la vuelta con toda la intención de salir de la casa del terror, llamar a su chocolato y decirle que tuvo razón en pedirle que no fuera.
—No, espera —clamó su idiota ex y ella como buen perro obediente se quedó congelada en la puerta—. Necesito que hablemos.
Ella volteó medio rostro y con la mirada clavada en el suelo susurró—: Ya lo hicimos.
Pero el cardiólogo negó varias veces, salió del pasillo que recorría cuando ella llegó y se acercó.
—Teníamos público... Acababa... Ese tipo...
Sakura cerró los ojos con fuerza.
—Syaoran, se llama Syaoran.
Eriol quiso decirle que se podía llamar Rey Enrique III y aún así le importaría muy poco, lo seguiría llamando tipo. Pero se mordió la lengua.
—Nos debemos esto... Aclararlo y firmar lo que se necesite firmar...
Sakura finalmente lo miró, sentía sus ojos llenarse de lágrimas y lo odió.
—Claro, nuestra relación se redujo a un par de firmas, ¿quieres la luna de miel, querido? —casi escupió.
El doctor pasó una mano por su cabello con frustración. Luego soltó un sonoro resoplido y dejó caer los hombros.
—¿Cuánto llevabas con... Él?
La chica se cruzó de brazos y levantó el mentón de manera desafiante.
—Si me vas a interrogar, tengo derecho a hacer lo mismo... —Eriol abrió la boca y ella lo detuvo con una mirada llena de coraje—. Y que no me mientas.
Se enfrentaron con la mirada, él titubeó, pues a pesar de la historia de infidelidad de su ex, le avergonzaba haberse enamorado de otra mujer al estar comprometido.
—Bien... ¿Puedes cerrar la puerta? No quiero que los vecinos se enteren.
La de mirada verde vio a su espalda, en efecto iban pasando los vecinos de enfrente y parecieron cuchichear. Tras bufar, cerró la puerta, pero se quedó en el mismo lugar.
Eriol caminó de un lado a otro con ese gesto de concentración que en algún momento la enamoró. Se cruzó de brazos y pasó su dedo pulgar e índice por la línea que se formó en su frente al arrugar el entrecejo.
—Ser infiel implica tener una relación con un tercero... Pero nosotros siempre dijimos que empezaba desde...
—Que te fijas en otra persona —concluyó Sakura sintiendo su estómago revolverse con violencia.
Él asintió, miró a su espalda y caminó hasta las escaleras donde se sentó en el tercer peldaño.
—Hace unos meses transfirieron a una doctora... No es de mi área, ni siquiera la conocía... Pero nuestros recesos comenzaron a concordar.
Sakura se cruzó de brazos, aunque en realidad lo hizo más como un ademán de abrazarse a sí misma. Quería vomitar, sospechaba a dónde iba la confesión y quiso gritarle que no siguiera.
Pero necesitaba saber la verdad.
Eriol clavó la mirada en el suelo, suspiró y vio a su ex.
—No lo planeé.
Tres palabras que no significaban mucho y que, a la vez, le dijeron todo a Sakura. No pudo evitar reír con sarcasmo.
—Claro, uno no planea fijarse en otros, solo deja que la estúpida novia...
—No, Sakura, no fue así...
—Siguiera con su estúpida boda...
—Si me dejas hablar...
—¡Para dejarla plantada en el altar! —gritó ella al dar un paso hacia adelante mientras que Eriol se incorporó, lágrimas salieron de sus ojos verdes y lo señaló—. ¡Debiste decirme, no dejar que siguiera con la estúpida...!
—¡Es que no pensaba dejarte!
—¡Pero lo hiciste! —exclamó con labios temblorosos—. Me dejaste en el altar, expuesta... ¡Fui la burla y no te importó!
Eriol empuñó las manos, tenía razón, pero no lo planeó.
—Ansiaba que fuéramos esto... —alegó él señalando la casa—. Pensé que con los meses todo sería... Que ella se saldría de mi cabeza, por eso no la cancelé.
Sakura limpió con rudeza las lágrimas de su rostro, se negó a derrumbarse frente a él.
—No, lo hiciste porque no me querías dar la cara... Confesar lo que hoy... —Jaló con fuerza lo que por su nariz se derramó—. Esto se convirtió en un sueño desde antes...
No lo podía seguir viendo, tal vez a algunas personas les funcionaba enfrentar aquello que dolía, pero ella... Se giró para salir del lugar.
—Si por mí fuera... Te seguiría amando, Sakura —susurró él en voz tan baja que bien no pudo decir nada.
Un escalofrío la recorrió de los pies a la cabeza, la opresión en su pecho fue tanta que tuvo que jadear. Tragó pesado, apretó los párpados y, tras poner la mano en la manija de la puerta, murmuró—: Y si por mí fuera, te olvidaría para siempre.
Aquello hizo que Eriol elevará levemente las cejas, dio un paso hacia adelante para detener a su ex, pero ella abrió la puerta y agradeció que el Uber siguiera ahí, suspiró de manera temblorosa y caminó hacia el vehículo con solo un lugar en mente. El último donde medio mundo la buscaría y donde podría llorar a sus anchas sin recibir miradas de lástima.
Touya observó su teléfono por lo que pareció una eternidad. Sabía que debía hacer esa llamada, dar explicaciones no pedidas y terminar con algo que nunca inició.
—¿Y firmaste? —Escuchó a su espalda.
Dejó el celular de lado y continuó moviendo la sopa que estaba por hervir.
—No... Por eso te llamé, tal vez veas algo que yo no.
Escuchó un carraspeo y se giró, observó a su mejor amigo leer y mover los dedos sobre la mesa.
—¿Entonces para qué la llevaste a la fábrica?
Volteó y siguió cocinando. Excelente pregunta.
—Para que supiera en lo que se estaba metiendo —señaló antes de agarrar sal para agregar a la comida.
Yukito hizo un sonido de incredulidad, pero decidió ignorarlo. En parte era verdad, en parte la mujer de cabello rojo lo convenció de llevarla y no se enteró hasta que estuvieron ahí.
—No encuentro algo turbio —musitó el de lentes al pasar otra hoja—. Solo que dice que Sakura debe dejar de trabajar horas extras.
Touya entorno los ojos, el contrato no lo indicaba como tal, pero exigía que la empresa mantuviera sus horas de trabajo bajo lo legal y éticamente responsable.
De hecho, muchas de las clausulas iban más sobre lo que su hermana hacía de más. Por eso dudó en firmar sin consultar al monstruo. También presentía que ella se negaría y él podría gritarle "te lo dije" al idiota falso cuñado.
—¿...Meiling?
Levantó la vista alarmado, Yukito lo miró con curiosidad y él sintió sudor en la parte trasera de su cabeza.
—¿Qué?
Supuso que se vio más asustado de lo que quiso, pues su amigo ladeó la cabeza y lo estudió con escrutinio.
—Dije que si hablaste con Meiling sobre el chico... Ellos son familia y ustedes...
Touya negó varias veces y regresó a la sopa.
—No, se acabó... En serio.
Claro que él lo sabía, pero aún no sé lo decía a la chica. Aunque supuso que lo intuyó por las miradas que se dieron en la fábrica.
La de ella era la que lo tenía con la atención en su celular, pues se mostró devastada.
Su pantalla se iluminó y él tomó el aparato mientras tragaba pesado, pensó que sería la susodicha, pero en vez de eso, su corazón dio un diminuto brinco cuando leyó el remitente del mensaje.
Era ella, la invasiva mujer de cabello rojo, quería citar a su padre y Sakura para que hablaran sobre el contrato.
—Diablos, olvidé enviarlo —susurró y se giró para ir a su estudio para fotografiar lo solicitado y enviárselo a su padre.
Pero casi chocó con su mejor amigo, que lo veía con una sonrisa jocosa.
—¿Qué? —preguntó, contrariado.
Yukito lo miró unos segundos antes de asomarse a su pantalla para leer, después regresó la atención a Touya y le dio dos golpes en el hombro.
—¡Vaya que tardaste, To-ya! —rio antes de reemplazarlo en la cocinada.
El aludido parpadeó varias veces esperando que Yukito cooperará más, pero él solo empezó a tararear mientras sacaba platos para servir la cena de ambos.
—Perdón por hacerlo por aquí, pero nuestros horarios están de locos.
Syaoran hizo un ademán descartando la disculpa, él se encontraba sacando unos papeles del librero a su lado mientras su mejor amiga lo veía a través de la pantalla de la computadora.
—No importa, creo que eso urge, un mensaje de texto hubiera sido igual que esto —señaló al abrir un folder para leer el contrato con sus antiguos proveedores de cartón.
—Lo sé, pero no me sentí cómoda, es un favor grande —dijo Tomoyo. «Y extraño verte» pensó.
Su amigo asintió, luego retomó su lugar frente a la computadora.
La multa por cancelación era un golpe grande, tendría que hablarlo con Akiho así no quisiera.
—Rayos —susurró.
—¿Todo bien? —cuestionó la chica que observaba.
Syaoran dejó salir aire por un lado de su boca.
—Sí... —Cerró el folder y miró a Tomoyo—. Entonces... Antón.
La doctora asintió, miró algo en su escritorio antes de verlo a él.
—Es un caso único por su tipo de sangre, aunque en Tomoeda el hospital es especialista, en Tokio tendría mejores oportunidades.
El castaño se apoyó en el respaldo de su silla y puso el codo en el reposabrazos antes de acomodar dos dedos en su sien.
—Pero sus padres no quieren sacarlo...
—Es por su bien, al final entenderán, solo necesitan la financiación del traslado en helicóptero.
Algo le dijo a Syaoran que el dinero era solo un pretexto, que la familia del chico sabía lo que pasaría y querían que todo se diera en su hogar.
—Puedo costearlo. —Miró hacia un lado al pensar en que debió vender el anillo y no aventarlo al mar—. Sólo asegúrate que sea lo que ellos quieran.
Tomoyo lo vio con un deje de seriedad, sabía que quería decirle algo, pero al final solo asintió.
—Si aceptan tendrías que ver a... Ya sabes... Él.
Syaoran ladeó la cabeza en clara confusión.
—¿Él?
Tomoyo bufó antes de entornar los ojos.
—El ex de Sakura... Mi colega en este caso.
El castaño no pudo evitar hacer una fina línea con la boca y empuñar la mano que escondió debajo del escritorio.
Odiaba al patán, el solo recordar lo devastada que estuvo Sakura lo hacía enojar
—Bien —casi escupió y su mejor amiga lo vio con las cejas arqueadas y luego una seriedad que lo descolocó. Pareció estudiarlo y descubrir algo que la hizo suspirar en silencio.
—Te llamo al rato —dijo ella antes de terminar la videollamada.
Syaoran parpadeó varias veces, pero al final sacó su celular y abrió el chat que tenía con Sakura.
Jamás le respondió si fue a la casa del horror y eso lo tenía muy preocupado.
Cuando Sakura entró al departamento de su chocolato, dejó sus tennis de lado y se encaminó a la sala donde se dejó caer en el sofá que estaba frente a la televisión.
Lloró a mares en el transcurso, incomodó a tal grado al chófer del Uber que el pobre le preguntó si había alguien esperando por ella en el lugar.
Creyó que las lágrimas se le habían acabado, pero aún se le escapaba una que otra y las limpiaba con rudeza.
Eriol era un patán, cobarde.
Pero aún así lo seguía amando.
Puso las manos sobre su rostro y soltó un gritó de frustración, incluso pataleó con los pies.
Necesitaba distraerse, a ese paso lloraría por meses.
Bufó con fuerza a la par que dejó caer los brazos a sus lados. Tras mirar un punto en el techo, se incorporó y vio a su alrededor.
Syaoran era demasiado ordenado. Ella era un caos... ¿Podrían vivir juntos? Su chocolato no sabía lo que estaba ofreciendo.
Ella dejaba sus zapatos por cualquier lugar de la casa, a veces tardaba días en doblar la ropa y siempre lavaba los platos al final del día.
Se levantó y encaminó a la cocina. Sí, tal como lo supuso, no había ni un solo plato en el lavabo.
Cruzó los brazos y detalló la cocina, era negra con blanco, al centro estaba la estufa, de ignición, y en la esquina había un enorme refrigerador.
Abrió los ojos, emocionada, al recordar el segundo refrigerador en la parte central, le dio la vuelta a la estufa y se agachó, abrió el mini frigorífico y se le hizo agua la boca.
Chocolates de todo tipo, incluso de otros países. Estaba en el paraíso.
Luego llevó la mirada a un lado, de manera rápida, pero la regresó a la misma velocidad que la quitó. No había notado la cava llena de vinos y botellas de colores claros.
Una en especial llamó su atención, tenía un líquido amarillo, clarito, en una botella que parecía una enorme gota. Hizo la cabeza de lado antes de cerrar el paraíso chocolatoso, y tomó con ambas manos la pesada —y supuso que cara— botella. La etiqueta era negra con detalles dorados, definitivamente era de México, pues el dibujo al centro tenía ese estilo azteca.
No entendió las letras, no eran nada como el vocabulario japonés.
Sacó su celular y, tras abrir el Google images, tomó una fotografía.
—Tequila —dijo con el ceño fruncido cuando su navegador le mostró lo que era.
En otros links encontró que era una bebida alta en alcohol, muy típica de México. En otras páginas vio que se tomaba con limón y sal.
Se sentó en el suelo mientras leía hasta que dejó de lado el celular y observó la botella con detenimiento.
¿Cuántas cosas vivió Syaoran en México?
A veces no sabía si estaba traumado o fascinado por el exótico país. No hablaban mucho de eso, gracias a la regla tres. Pero sentía curiosidad... Y muchas ganas de olvidar.
¿Se enojaría su chocolato si probaba un poco de la bebida esa?
Sacó su celular, titubeó antes de morder su labio inferior y abrir el chat con el castaño. Pero no tuvo tiempo de escribir, pues de pronto una llamada del aludido entró.
—Ho... Hola, estaba por escribirte —dijo ella.
—No dijiste si pasaste o no —respondió Syaoran.
Sakura miró hacia la ventana sobre el fregadero.
—Fui rápido —susurró un tanto decaída—. Estoy en tu departamento.
Percibió un suspiro que la hizo arquear una ceja, casi sonó aliviado.
—Llegaré en unas horas... Puedes... No sé, ver Netflix... Contratar Disney... Tomar lo que sea de la cocina.
Sakura sonrió involuntariamente, más que nada por el comentario de Disney. Le confesó que quería contratar el servicio pero que su hermano se lo negó bajo el argumento de que debía madurar y dejar de usar frases de películas infantiles.
Luego hizo hincapié en lo último.
—¿Lo que sea? ¿Puedo agarrar lo que sea de la cocina?
Syaoran titubeó, más que nada porque se imaginó llegando a su hogar para encontrar a la chica en el suelo, con el estómago a punto de explotar, con envolturas de chocolate a su alrededor.
—Sí, no importa, lo repongo después —murmuró mientras escribía la dirección de la página que le conseguía los chocolates de otras naciones—. Solo, no hagas un desastre.
Sakura sacó la lengua, como niña pequeña, pero se incorporó con la botella de tequila en la mano.
—Bien, me sentaré a ahogar mis penas con Mulán en la pantalla.
Syaoran rio un poco, en verdad creyó que la chica hablaba de comer y ver la TV.
—Ok, te veo al rato.
Sakura asintió y se encaminó a la MAC de su chocolato.
—Maneja con cuidado, adiós.
La chica ni siquiera esperó su respuesta, solo cortó la llamada y dejó al chico pensando. Tal vez no sería tan malo ver al cuatro ojos, lo obligaría a firmar el contrato de compraventa de la casa del horror y así evitaría que Sakura sufriera.
Por su lado, Sakura abrió el Spotify de Syaoran y se paseó por las listas, encontró una que se llamaba "México", sonrió y la puso antes de dejar la botella y regresar a la cocina de dónde tomó un vaso, pequeño, limones y sal.
—Vamos a hacer esto como los dioses aztecas mandan —se dijo, divertida, creyendo que su tolerancia al alcohol le daba la ventaja ante cualquier bebida.
Se sirvió el primer trago e intentó beber sin el limón y la sal, pero gritó cuando la ardiente bebida le raspó la garganta.
—¡Dios, quema! —exclamó entre tosidos.
No entendía ni pío de la música que sonaba, pero le gustó el ritmo de guitarras y las voces que cantaban.
Bufó cuando dejó de toser, y tras dejar la botella a un lado de la MAC, volvió a leer cómo se bebía el dorado líquido.
—Lame la piel entre tu pulgar y dedo índice, para luego colocar un poquito de sal encima de la humedad que ha dejado tu saliva. Toma el caballito de tequila en una mano y la rodaja de limón en la otra. Lame la sal de tu mano, tómate el trago de tequila de un golpe —si puedes—. Chupa de inmediato la rodaja de limón... Parece reto —dijo con voz ronca.
Vio el vaso y sacó la lengua, ¿qué rayos era un caballito?
Bien, no importaba, una vez más sirvió el líquido en su vaso y releyó para seguir las instrucciones. Puso la sal, dejó su celular frente a ella y tras repasar en voz baja, tomó el vaso con una mano y el limón con otra.
—Todo lo que hago por ti, baka —gruñó antes de inhalar y hacer lo sugerido.
Vaya, la bebida sabía mucho mejor con tantos pasos, rio como boba y le subió a la música antes de repetir el proceso.
En algún punto puso su traductor de Google, la voz le decía la letra y ella reía ante su ocurrencia. Eso hasta que comenzó una tomada con guitarras, lenta, que parecía estar cargada de tristeza.
Y cuando el hombre empezó a entonar la letra, y Google a traducir, sus ojos se llenaron de lágrimas. Hablaba de su supuesto caso entre ella, Eriol y el chocolato... O de lo que su idiota ex acababa de confesar.
Fuera lo que fuera dejó caer la cabeza en el escritorio de Syaoran y apretó el vaso con una mano y el limón en la otra, antes de pedirle a Spotify que la repitiera sin parar.
Cuando abrió los ojos tuvo que cerrarlos para aligerar el punzante dolor de cabeza. Volteó hacia la izquierda y encontró que el cielo estaba oscuro. Levantó la muñeca y descubrió en su smartwatch que eran poco más de las nueve.
Se le fue el día en alcohol y sueños locos.
Y la espalda le dolía, más que eso, parecía tener incrustada una piedra.
Se incorporó con un sonoro gruñido y pasó una mano por su cabello. La frazada en su pecho resbaló a su regazo y él parpadeó con un deje de confusión.
Salió de la oficina a las dos, llegó a su casa a las dos y media y se puso a beber como loco... En algún momento de la tarde creyó ver a Meiling... O soñó encontrarse a su mejor amiga.
Miró a su alrededor, estaba solo en suelo de la sala de su hogar.
Arrugó el entrecejo tratando de que las sombras tomaran forma. Pero clavó la mirada en la mesa de su comedor y frunció más el ceño.
Le dolía la cabeza, era como si se la estuvieran taladrando. Maldita baja tolerancia al alcohol.
Se miró antes de buscar su bóxer por el suelo de su hogar, tratando de rememorar las últimas horas. No sería la primera vez que se desnudaba en su departamento tras ahogarse en alcohol, así que eso no se le hizo raro.
Lo que sí sintió extraño fueron las flashes de cabello oscuro y piel junto al vago sonido de gemidos que lo llamaron sin parar.
Al estar medianamente vestido, buscó su celular por el desastre que era su sala y encontró una botella de vino vacía.
Nunca mezclaba vino con cerveza...
Sintió su estómago revolverse y el dolor de cabeza aumentar, levantó su ropa del suelo con manos temblorosas hasta que encontró su teléfono debajo del sofá.
—Idiota, idiota, idiota —susurró sin parar mientras marcaba el teléfono de su mejor amiga a la par que los flashes mostraban a una Meiling bebiendo por alguna razón que no podía recordar.
—Hola, soy Meiling y no te respondo porque estoy ocupada, deja tu mensaje...
Colgó y volvió a intentar, pero después de cinco llamadas mandadas a buzón, se dejó caer en el suelo y enredó las manos en su cabello con desesperación.
No pudo haber arruinado lo único real y estable en su vida, no podía ser así de imbécil.
No, seguro estaba mezclando viejas fantasías con su borrachera, así que como pudo se levantó y con la cabeza punzando a cada paso, se encaminó a su recámara para bañarse, vestirse, y correr al departamento de la única mujer con la odiaría haber dormido por una noche.
8. Bajo ninguna circunstancia buscar al ex. Se guardará el número de la actual pareja dos veces, una bajo el nombre del ex para casos de borracheras.
Cuando llegó a su departamento arrugó el entrecejo al escuchar música escabullirse por la puerta cerrada.
Era increíble que no hubiera recibido llamadas del encargado, pues ese tipo de escándalo estaba más que prohibido en el complejo.
Pasó la llave por la cerradura y, tras abrir, asomó la cabeza para encontrarse con los tennis de cierta castaña y música mexicana ensordecedora.
Cerró rápido, dejó la mochila con su computadora en el suelo, y se encaminó a su estudio, que era de dónde provenía la música.
Al llegar no vio a Sakura, pensó en bajar el volumen de la canción pero al ver la botella casi vacía sobre el escritorio, elevó las cejas y musitó—: No lo hiciste. —Antes de disponerse a buscar a la indudablemente borracha mujer en su hogar.
—¡Sakura! —exclamó al abrir el baño, luego se dirigió a la recámara de huéspedes y finalmente llegó a su habitación.
—Es... Un... Baka... Pretennnnnncioso baka —gritó Sakura desde donde estaba.
Arrastraba las palabras, el olor de la bebida inundaba su habitación y él no pudo evitar suspirar a la par que negaba.
La migraña que le esperaba.
—Y... Me dejassssste... Por otra... Hay otra en mi lugar...
Esa última parte pareció cantarla, situación que hizo ladear la cabeza a Syaoran porque lo hizo en un muy torpe español.
Se apoyó en el marco de su puerta y solo observó, eso hasta que la chica giró un poco y notó el celular en su mano.
—Él me hace sentir... Cerquita de Dios...
Lo que cantaba era una canción de su lista de Spotify, una que seguro llevaba repitiendo por largo tiempo porque desde que entró y hasta el momento en que la encontró, la canción terminó para volver a empezar.
Pero eso no fue lo que lo alarmó, fue que estaba marcando un número y alcanzó a ver el nombre del innombrable en la pantalla.
—No, Sakura, eso no... —exclamó al acercarse pero ella se levantó y puso una mano frente a sí mientras que con la otra sostuvo el celular. Se balanceaba adelante y atrás en claro estado etílico—. Sakura, dame el teléfono.
Ella negó varias veces, se escuchó cómo la llamada entró y ella entrecerró los ojos.
—Sakura, no estás en tus...
—¡Es un baka! Debe saber que... Essstoy mejor...
Syaoran intentó abalanzarse sobre ella pero lo esquivó, incluso así, torpe cómo era, se movió para alejar el teléfono de sus manos.
—¡Dame el teléfono, te vas a arrepentir...!
—¡No! Hay otro en su lugar...
—¡Deja de cantar! ¡Dame eso!
Sakura lo empujó con una pierna mientras que con ambas manos sostuvo el teléfono. Él, por su lado, trató de aprovechar la altura para quitarle el aparato pero ella lo empujaba y esquivaba.
—¿Sakura? —dijo un extrañado Eriol al contestar.
—¡Hay otroooooooo en tu lugar! —le cantó y corrió hacia el estudio de Syaoran una vez que lo logró tirar.
—¡No, Sakura! —exclamó el castaño. Tropezó con sus propios pies, resbaló, pero al final pudo correr fuera de la habitación.
Cuando llegó a su estudio la encontró con su mouse en la mano y la pantalla en su dirección.
—¡Dile! Dile que eres mejor que él y que... Que me quieres y...
Sakura ya estaba llorando y parecía estar amenazando con lanzarle su mouse.
Syaoran levantó ambas manos para tratar de calmarla.
—Sakura, cuelga, vamos a hablar...
—¡No! Dile, que él sepa que... Que me quieres y...
El chico miró preocupado el teléfono, no haría lo que dijo no solo por el estado en el que estaba, sino porque no era correcto.
La música seguía resonando con la letra cargada de sentimientos que exponían bastante bien el dolor del desamor... Esperó que el idiota cuatro ojos no hablara español.
—No necesita que le diga lo que ya vio —susurró.
Sakura soltó un pequeño grito antes de lanzar su teléfono hacia él, seguido de su mouse, y dejarse caer en el suelo para seguir llorando... Y cantando.
NA: Tenía las escenas principales de este capítulo en la cabeza, Sakura y Lien odiarán el alcohol después de esto ^^'
Espero actualizar un poco más rápido. No prometo mucho, pero al menos este salió una semana después.
Por si se preguntan, la canción que Sakura escuchó mil veces fue la de "Hay otra en tu lugar" de Pablo Montero.
¿Les está gustando?
¿Qué regla esperan leer?
¡Nos vemos!
