Parálisis


El terror de pensar que se le estaba olvidando su perfume le había generado bruxismo nocturno; ya tampoco recordaba cómo se siente un beso profundo, de aquellos cuando uno se atreve a asomar un poquito la lengua y que llevan al pecho a su necesidad más superviviente por exhalar. El primer año ni siquiera se sintió y la comunicación digital llegó a ser un bálsamo ocasional hasta que las diligencias tomaron una a una lugares en su consciencia que restaron toda energía para hacer del saludo diario o semanal algo oportuno; además, cualquier trivialidad por comentar conllevaría una contextualización pesada que no era el idioma del otro…

¿Cómo hablaba el otro? Esa terrible pesadilla de amnesia respecto a la conversación, al pastañeo, a la forma de sentarse de ese otro especial le llegó a adormecer una mejilla.

−Es posible –le dijo el doctor que visitó de manera exprés su despacho− que tengas un riesgo de parálisis facial. Adivinaría que es por estrés, pero los pensamientos obsesivos casi siempre son los que atacan desde acá –señaló el pecho, lentamente dirigiéndose hasta apuntar a la zona tensa− hasta acá.

Y sí, se le veía triste, pero algo le comenzaba a petrificar la mejilla, a temblar en los parpados, a no poder dormir. No quería olvidarla, no quería dejar de quererla así. No era que su amor fuera menor, pero los días consumen la salud y las noches, el alma; su alma tan llena de Jan-di tenía todo el tiempo la agenda a reventar y, apenas reaccionar, sólo se acordaba de comer, de firmar contratos, de sonreír a las cámaras y memorizar discursos. Su mente no tenía espacio, así que blasfemamente se tomaba el atrevimiento de arrinconar el sonido de la risa de Jan-di a una inexactitud.

¿Qué era lo que amaba honestamente de ella? Todo, claro, y luego de su temporal amnesia había quedado sentenciado que su amor la llamaría de vuelta sin importar nada, aunque no era eso lo que temía olvidar: durante las noches, luego de haber tomado los multivitamínicos y cubrirse con las sábanas, la necesidad de verle los ojos lo enfurecía, la añoranza le producía dolor de cabeza y, asimismo, ojalá alguna sexual excitación le incitara a pensarla más íntimamente, pero si sólo recordar el beso le generaba ya migraña, sabía que un desvelo invertido en una imaginación pasional le haría un martirio el madrugar. Era por eso que se preguntaba el porqué de amarla tanto, ya que costaba, costaba más de lo que sentía tener, mucho más de lo que se costea con el dinero: le estaba costando los nervios faciales y también constantes gripes. Pensamientos obsesivos, decía el doctor, ese era el precio que todas las noches lo obligaba a reprimir repasar una maldita vez más todos los motivos para amarla y así continuar después de un año y medio con su realización personal para ser un gran líder y algún día desposarla. Por eso había limitado su ritual diario de pensarla en todo momento a sólo permitirse veinte minutos de ensoñación tierna, aunque, ¿eso bastaba para amar a alguien tanto?

Pues era lo que había disponible. No tenía más. Si intentaba otro poco, si osara escapar en jet privado para mirarla media hora, nunca podría ser el hombre que se debía a sí mismo. Sin embargo, esos veinte minutos de pensarla se llenaban de violento cuestionamiento últimamente. Cuando por fin recostaba la cabeza, cerrados los ojos y apaciguada la respiración, entrando a la primera fase del sueño, su ceño se contraía y, sin darse cuenta, lloraba ahogadamente todo ese anhelo, todo ese amor que su cerebro, que su dios, que su cuerpo o alma le cuidaban en vela mientras él dormía.

La seguiría amando siempre y, de momento, entre nocturnas lágrimas inconscientes.


¡Muchas gracias por seguir leyendo! También a mis lectores anglosajones les mando besos bilingües.

Todo lo que les escribo es honesto y, en casi toda medida, lo que me pasa y sólo a través de estos personajes tiene sentido. Aquí seguimos, amando, llorando y escribiendo.