Encontré esta historia en el baúl de los recuerdos de mi disco duro y decidí trabajarlo y publicarlo. Es una historia bastante rosa, que espero disfruten.
Tregua
El accidente que Anthony había sufrido tenía paralizada a la familia por completo. La tía abuela Elroy no hacía otra cosa que estar al pie de la cama del muchacho e interrogar al médico cada vez que este iba a revisar al paciente.
Stear y Archie habían abandonado un poco sus lecciones y, aunque Anthony no lo necesitara, ellos se turnaban para pasar un rato con él y cuidar que no le faltara nada.
Por su parte, Elisa tenía los nervios de punta desde que la noticia del accidente llegó a sus oídos. Estaba realmente preocupada y su sincero sentimiento hizo que sus visitas a la casa Andley fueran más frecuentes.
Candy, claro está, no estaba menos preocupada que los demás, de hecho a ella se le veía un poco más afectada porque había presenciado el accidente y de alguna manera se sentía responsable por lo ocurrido.
—Deja de preocuparte Candy, estoy bien— decía Anthony cada vez que los ojos verdes de la jovencita se inundaban de lágrimas.
—El día que vuelvas a ser el de antes tal vez deje de hacerlo— respondió una tarde esbozando una tímida sonrisa.—Eres imposible, Candy— sonrió el muchacho con ternura hacia la rubia que quería tanto.
Días después el doctor Hyde, médico de Anthony arribó a la mansión en compañía de una joven de no más de diecinueve años, casi de la misma estatura que Anthony, delgada, con una melena larga y castaña que llegaba casi a mitad de su espalda sujeto apenas con un par de pequeñas pinzas. Usaba falda y camisa blancas deslumbrantes.
Su paso era firme y decidido al lado del doctor Hyde que fue recibido por la misma señora Elroy.
—Buenos días, señora Andley— saludó el hombre con cortesía.
—Buenos días, doctor— dijo haciendo pasar a ambos.
—Ella es mi sobrina y enfermera de la que le hablé, Emma— presentó el médico.
—Un placer señora— dijo la joven y Elroy correspondió el saludo.
—Pasemos al estudio, hay que aclarar aún algunos puntos— Elroy señaló el camino para que la siguieran.
Los dos Hyde caminaron detrás de la mujer hasta el estudio donde se trataban asuntos de negocios. Una vez adentro se comenzó a tratar un tema que ocupó una hora de tiempo.
—Entonces puede comenzar a trabajar hoy mismo— dijo Elroy satisfecha con lo tratado —haré que le preparen una habitación.
Mientras la habitación de la joven era arreglada, el doctor y la enfermera visitaron la recámara de Anthony.
El médico hizo las respectivas presentaciones e informó al muchacho que Emma sería su enfermera particular hasta que sanara por completo del accidente que lo había dejado más que débil y casi inválido.
Emma estrechó la mano de su nuevo paciente y este le dedicó una amplia sonrisa. Después del chequeo, el doctor Hyde se retiró y dejó a su sobrina hacer su trabajo.
—A partir de mañana haremos algunos ejercicios para que recuperes la fuerza y movilidad de tus piernas— dijo Emma anotando en la bitácora los signos del paciente y organizando en su mente los horarios y procedimientos ordenados por el médico.
—De acuerdo, aunque no me siento tan débil— dijo él un tanto orgulloso.
—Eso es bueno, tal vez no tardemos mucho tiempo, aunque iremos poco a poco— sonrió la joven.
"Orgullo de hombre" pensó mientras revisaba la receta que su tío le había dado sobre la medicina que Anthony estaba tomando.
En ese momento la puerta se abrió y Stear entró como un huracán para mostrarle algo a su primo, pero la velocidad disminuyó cuando sus ojos toparon con los de la joven que lo miraba sorprendida.
—Disculpa, Anthony, no sabía que tenías visita— dijo irguiéndose cual alto era.
—Stear, te presento a Emma— señaló Anthony con cortesía — ella estará con otros algún tiempo, me ayudará con mi recuperación. Emma, él es Stear uno de mis primos que viven aquí, deberás acostumbrarte a ellos.
El recién llegado y la joven intercambiaron saludos y después de un rato Stear volvió a salir.
—agradable— dijo Emma sonriendo. Desde su perspectiva era bueno que el paciente estuviera rodeado de su familia para hacer menos pesada la rehabilitación. No muchas personas tenían esa oportunidad al convalecer en el hospital, pero Anthony estaba en su casa, en su hogar.
—Lo es— asintió Anthony.
Minutos más tarde Archie entró en la habitación sin percatarse quién más estaba ahí. Con la mano derecha en la manga izquierda de su camisa comenzó a quejarse por una arruga que tenía la prenda. Anthony carraspeó para que su primo levantara la vista. Este al hacerlo y ver a una joven desconocida mirándolo con diversión no pudo evitar sonrojarse de pena y abrir los ojos desmesuradamente.
—Archie, ella es Emma Hyde— dijo Anthony divertido —Emma, él es mi primo Archie, hermano de Stear.
—Mucho gusto— dijo la enfermera tratando de ocultar una sonrisa de burla.
—Un placer conocerla, señorita— saludó Archie recuperando su tono de piel normal y comportándose como un perfecto caballero. —Disculpe pero usted es...
—La enfermera de Anthony— respondió mirando de reojo su uniforme, como si este no fuera lo suficientemente esclarecedor sobre su profesión.
—Ya veo— asintió con la cabeza, pensativo. "Me preguntó si ya la habrá conocido Candy" pensó esbozando una sonrisa de galán que hizo a Emma ruborizarse por la gracia que le daban esos jóvenes. Anthony era un caballero orgulloso que no le gustaba que lo trataran como a un inútil. Stear era un chico tímido, pero todo un caballero y Archie, el último primo se creía un galán por el que Emma y cualquier otra chica caería rendida ante la seductora mirada del joven y su sonrisa de medio lado. Sin embargo, Emma no caería por ninguno de esos tres muchachos de quienes podría ser una hermana mayor, de hecho, le recordaban un poco a su hermano Bruce.
—Ha sido un placer conocerla— dijo Archie después de un incómodo silencio. —Me tengo que ir. Te veo luego, Anthony.
—¿Has visto a Candy?, hoy no ha venido— dijo Anthony antes de que su primo abriera la puerta.
—Sólo la vi durante el desayuno, debe estar con su clase de literatura o en el jardín. Ella se ha hecho cargo de él todo este tiempo— respondió Archie.
—Gracias— dijo Anthony moviendo la cabeza.
Ese día después del desayuno Candy tenía unas cuantas lecciones; la primera de francés, Historia y música eran las que tomaba por la mañana y, por la tarde tenía ciencias y literatura, sus dos favoritas.
Cuando esta última terminó Candy decidió dar un paseo por los alrededores de la casa. Su día había sido demasiado aburrido y necesitaba un poco de aire puro y revitalizante para volver a casa y cenar en compañía de todos los Andley, de todos menos de Anthony, lo que la frustraba mucho porque la señora Elroy aprovechaba la ausencia de Anthony para retarla más por su falta de modales o dedicación en los estudios y ni Archie ni Stear podían defenderla cuando la anciana se ponía hablar de cómo ella, desde los cinco años, conocía a la perfección cada cubierto puesto en el servicio y recitaba de memoria todas las capitales del mundo.
"Me pregunto cuándo volverá todo a la normalidad" pensaba mientras sus pies tomaban vida propia y avanzaban sin que ella se preocupara por el rumbo. Siguió caminando hasta darse cuenta que ya se había alejado demasiado de las tierras de los Andley y sin muchas ganas dio media vuelta y comenzó a caminar más rápido para llegar a tiempo y estar lista para la cena. En eso estaba cuando escuchó una voz a lo lejos que gritaba su nombre. "¿Será posible?" Se preguntó al escuchar esa voz y comenzó a buscar con la mirada al dueño de esa voz.
—¡Candy!— gritó de nuevo la voz y la niña encontró más rápido de dónde provenía.
—¡Albert!— exclamó ella emocionada corriendo a los brazos de su fiel amigo —¡qué alegría me da verte!— dijo entre sus fraternales brazos.
—A mí también me alegra verte, Candy— dijo Albert abrazando a la pequeña rubia —¿cómo estás? Cuéntame cómo te tratan en casa de los Andley— preguntó tomándola por los hombros para mirarla a la cara y asegurarse de que la chica dijera la verdad.
—Mejor que con los Leggan— respondió con una sonrisa— pero, ¿cómo sabes que ahora vivo con los Andley?— preguntó.
—Lo escuché por ahí— respondió encogiéndose de hombros. —¿Cómo están todos?
—¿Los Andley? Bien, bueno... Anthony sufrió un terrible accidente— dijo sintiendo un escalofrío recorrer su espalda y le contó a Albert todo lo que había sucedido durante la cacería, cómo se habían alejado del grupo, la caída, el rescate y la recuperación de Anthony. Hablaban mientras caminaban en dirección a la casona. —Pero ahora está mucho mejor que antes, aunque las cosas han cambiado, casi no lo veo y eso no me gusta para nada— dijo molesta dándose cuenta que había hablado de más.
Albert no pudo evitar una carcajada y echó la cabeza hacia atrás para poder ver bien la cara de Candy que se había puesto roja como las flores que había en el jardín de Anthony.
—Lamento escuchar eso, pero él está bien y tal vez pronto se recupere— dijo consolando a la pecosa enojada —dime, ¿no hay nadie nuevo en casa?— preguntó interesado.
—No, no que yo sepa, ¿por qué?— preguntó Candy con inocencia.
—No por nada, sólo se me ocurrió preguntar— respondió sin darle importancia al asunto. —Me alegró mucho verte, Candy y me encantaría quedarme a conversar contigo, pero creo que ya es tarde y tendrás que llegar a tu casa a tiempo para la cena.
—¡La cena!— exclamó recordando el porqué de su carrera cuando se había topado con Albert —tienes razón. Debo irme. ¡Adiós, Albert!— gritó despidiéndose con la mano mientras sus pies corrían para llegar pronto.
Albert la despidió con la mano y sonrió al verla tan feliz y sin tantas preocupaciones. Silbando dio media vuelta y comenzó a caminar sin rumbo fijo.
Candy llegó corriendo a la casa y entró por la parte de la cocina escuchando los reclamos de Dorothy por su tardanza y, sin perder el paso subió corriendo a su habitación para arreglarse para la cena.
Cuando bajó, la señora Elroy ya había tomando su lugar, pero era la única; lo que quería decir que Candy llegaba a tiempo o que la cena había sido cancelada, aunque eso habría sido una pena ya que los olores que salían de la cocina conquistaban hasta el paladar más exigente.
—Buenas noches— dijo tomando su lugar.
Stear y Archie entraron al comedor con unos cuantos minutos de diferencia y tomaron sus lugares. Al ver cinco lugares puestos en la mesa Candy se alegró creyendo que Anthony se les uniría.
—¿Anthony bajará a cenar con nosotros?— preguntó emocionada, pero nadie le dio una respuesta lo cual significó un no rotundo. Pero si Anthony no cenaría con ellos, ¿para quién era ese lugar que se había colocado a su lado?
La respuesta no tardó mucho en llegar y una joven hermosa entró al comedor.
—Buenas noches, disculpe la tardanza pero debía darle a Anthony algunas instrucciones para la hora de dormir— se disculpó ante la señora Elroy quien no la reprendió como hubiera hecho con Candy y le pidió que se sentara al lado de la rubia.
—Muchachos, les presento a la señorita Emma Hyde— dijo Elroy haciendo una seña para que ambos chicos se sentaran, ya que se habían levantado al ver entrar a la enfermera. —Ella estará un tiempo con nosotros atendiendo a Anthony, es enfermera y sobrina del doctor Hyde— dijo haciendo una seña a un sirviente para que comenzara a servir la cena. —Emma, ellos son mis sobrinos: Alistair y Archvald Cornwell y mi sobrina Candice White— dijo señalando a cada uno.
—Ya teníamos el gusto de conocerla— dijo Stear a nombre de su hermano y suyo ya que habían intercambiado opiniones sobre la joven después de encontrarse en el pasillo y contarse sus experiencias.
—Lo lamento, yo no la conocía- dijo Candy mirando de reojo a la joven que estaba a su lado.
—Es un placer conocerlos— dijo a los tres sonriendo ampliamente —descuida, ya nos iremos conociendo— dijo tocando el hombro de Candy con delicadeza como una ofrenda de amistad.
La cena transcurrió y los chicos terminaron y esperaron a que la abuela les diera permiso para retirarse a sus habitaciones.
A la mañana siguiente Candy se levantó de no tan buen humor, lo que era muy raro en ella y lo primero que le vino a la mente fue el rostro de Emma y cómo había llamado a Anthony.
"¡Le dijo Anthony!" pensó "bueno, ese es su nombre" se dijo de inmediato, "pero sólo lleva un día de conocerlo y ya lo tutea". Con fuerza apartó las cobijas de la cama y se levantó rápidamente pero estaba tan molesta que no se dio cuenta y tropezó con su propio pie hasta ver el suelo a dos centímetros de su cara.
Durante el desayuno, ni Emma ni la señora Elroy estuvieron presentes, lo que dio libertad a los tres chicos para charlar en completa calma.
—¿Qué te pareció Emma?— preguntó Archie a Candy.
—No sé— dijo encogiéndose de hombros como si no le importara, pero su actitud molesta era evidente y por eso Archie había hecho la pregunta.
—A mí me pareció agradable-— dijo sin que nadie le preguntará y siguieron comiendo sin volver a hablar sobre la enfermera.
Las lecciones para los tres comenzaron pronto y estuvieron ocupados toda la mañana hasta que su última clase concluyó. Candy, Stear y Archie estaban en la sala descansando un poco cuando escucharon la voz de Elisa que se quejaba con una mujer de servicio por quién sabe qué cosa.
—¿Por qué a mí?— se quejó Archie mirando hacia arriba como si pidiera una explicación divina sobre la presencia de Elisa. Su hermano y Candy sólo rieron ante el dramatismo y no dijeron palabra alguna.
Elisa entró y sin decir buenas tardes se dirigió a las escaleras para ir a ver a Anthony. Cuando estuvo frente a su puerta se alisó el vestido, revisó que sus caireles estuvieran en su sitio y llamó a la puerta.
Un simple y lejano "adelante" se escuchó y la pelirroja abrió la puerta.
Esperaba ver a Anthony en su cama como siempre desde el accidente, pero al no verlo se alarmó y desesperada lo buscó con la mirada hasta que lo encontró sentado en una silla moviendo ligeramente las piernas. ¡Eso era algo magnífico!, Anthony se había levantado de la cama, lo cual figuraba un gran avance en su recuperación. Elisa sonrió y se acercó al muchacho, pero de inmediato frenó su paso al ver a una desconocida que también se acercaba a Anthony.
—Buenas tardes, Elisa— saludó Anthony con una leve sonrisa que hizo a la pelirroja olvidarse por un segundo de la mujer que estaba con Anthony.
—Hola, Anthony. ¿Cómo te sientes hoy?— preguntó irguiendo más la espalda y caminando hacia Anthony.
—Mucho mejor, gracias a Emma— respondió señalando a la enfermera— Emma, ella es mi prima Elisa Leggan, vive cerca de la casa— explicó Anthony a la enfermera.
—Mucho gusto, señorita Leggan— saludó Emma con cortesía. "¡Cuánta familia!", pensó.
—Lo mismo digo— respondió Elisa sin mirarla a los ojos.
"La antipática de la familia" pensó Emma al ver la infantil y celosa actitud de la niña, porque a comparación de Emma, Elisa era aún una niña.
Elisa charló un rato con Anthony y esto le sirvió al muchacho para descansar un poco su cuerpo. Platicaron de cosas sin importancia y después de un rato Elisa dijo que debía irse, aunque no le agradaba mucho la idea de hacerlo y dejar a Anthony sólo con Emma.
—Le dije a mi cocinera que te horneara una tarta— dijo Elisa poco antes de irse —espero que te guste.
—Gracias, Elisa— asintió Anthony —pediré que me la sirvan en la merienda.
Minutos después de que la pelirroja saliera, Emma hizo lo mismo alegando que debía ir a su habitación a revisar unas cosas. Anthony se quedó solo, aunque no por mucho tiempo pues la puerta se abrió ligeramente y Anthony vio como Candy asomaba la cabeza para ver quién estaba en la habitación aparte de Anthony.
—¿Se puede?— preguntó Candy al toparse con los ojos de Anthony que la miraban con cariño.
—Pasa, Candy— contestó él con una sonrisa.
—¿Cómo te sientes?— preguntó Candy una vez adentro.
—Un poco cansado, estuve trabajando con Emma unos ejercicios, pero la verdad es que me han dejado agotado.
—No debió obligarte a que te movieras mucho— dijo Candy en un tono de molestia incapaz de ocultar.
—No fue su culpa, yo fui el que exageró con el tiempo de ejercicio. Emma dijo que comenzaríamos poco a poco pero yo me pasé de tiempo— explicó Anthony excusando a la enfermera. —Emma es muy buena en lo que hace— añadió después.
—Sólo lleva un día contigo— dijo ella apretando las manos de coraje.
—Bueno, no hay que estar con ella mucho tiempo para darte cuenta de su forma de ser— dijo Anthony con tranquilidad.
—Tienes razón— sonrió Candy y cambió el tema de conversación.
Los días fueron pasando y la relación entre Emma y Anthony se hizo más estrecha. Anthony supo más de la vida de su enfermera; como que tenía un hermano pequeño, Bruce, que vivía con sus padres en Chicago y ella, con el apoyo de su tío había comenzado su carrera de enfermera.
Emma también supo varias cosas sobre la vida de Anthony. De cuando era pequeño, la relación tan estrecha que tenía con sus primos y el cariño tan grande que le tenía a Candy.
—No creo agradarle mucho— dijo Emma por lo bajó creyendo que Anthony no la escucharía.
—¿Ha sido grosera contigo?— preguntó rápidamente Anthony poniéndose serio.
—¡No, para nada!— exclamó la enfermera —es muy educada conmigo pero, creo que sé lo que le sucede.
—¿Qué?
—Está celosa— dijo como si fuera lo más obvio del mundo.
—¡Celosa yo!— exclamó Elisa al escuchar por boca de su hermano un "estás celosa" en tono burlón— ¡claro que no!— dijo negando con la cabeza molesta por el comentario de Neil.
—¡Claro que sí!, y te molesta que ahora no sólo tienes que competir con Candy a la que tratas como se te da la gana, sino que ahora tienes que lidiar con alguien más grande que tú, que pasa todo el día con Anthony y que no va a dejarse hacer todo lo que le haces a Candy— expuso Neil divertido —ya me imagino a ti y a Candy juntas llorando de celos— Neil soltó una carcajada y dejó a su hermana sola con su rabia y sus pensamientos.
"Candy y yo juntas" esta idea apareció de pronto en la mente de Elisa. "Sería el colmo, una mala jugada del destino, o tal vez no…"
Al día siguiente Elisa llegó corriendo, como de costumbre, a la mansión Andley y en la sala encontró a la persona que había estado buscando.
—¡Candy!— exclamó haciendo que la rubia tirara el libro que llevaba en las manos por el susto que le ocasionó el grito —¡tengo que hablar contigo!— dijo apuntándole con el dedo índice.
—¿Sobre qué?— preguntó Candy inspirando profundo.
—Sobre la tal Emma y Anthony— respondió seria como si se tratara de un tema de seguridad nacional.
Candy se puso seria al igual que Elisa y con sólo escuchar las palabras "Emma y Anthony" la sangre se le subió a la cabeza.
—No me gusta que esa mujer esté tanto tiempo con Anthony- se quejó la pelirroja.
—Es su enfermera, ¿qué esperabas?— dijo Candy con la poca cordura que le quedaba respecto al tema. —La contrataron para eso.
—¡no me importa, no me gusta y punto!— exclamó a sólo un grado de estallar para hacer un berrinche.—¿no me digas que a ti no te molesta?— preguntó cruzándose de brazos.
—No.…bueno... tal vez un poco, pero...— Candy escuchó sus confusas palabras y se dijo tonta —No, Elisa, no me molesta porque Emma está haciendo algo que ni tú ni yo podemos hacer. Tú y yo no tenemos ni idea de cómo tratar a un paciente.
—Pero podemos aprender— dijo Elisa sonriendo de una manera tan extraña que a Candy le causó miedo. — Te propongo algo, Candy y créeme si te digo que esto es muy difícil para mí ya que sabes perfectamente que no te soporto.
—Gracias por la sinceridad— dijo Candy con ironía rodando los ojos.
—El punto es que te propongo un trato— siguió sin prestar atención a lo que Candy había dicho —hay que evitar que Emma pase tanto tiempo con Anthony, ambas hemos visto lo que hace en sus ejercicios y las medicinas y todo lo que ella hace. Estoy segura que tú y yo podemos hacer lo mismo y así Anthony se recupera pronto y esa enfermera se va antes de lo esperado.
La sorpresa no cabía en el pecoso rostro de Candy. Esa era una muy mala idea, lo sabía. Si la tía abuela Elroy se enteraba de que estaban interfiriendo con la recuperación de Anthony, las cosas no acabarían bien, sobre todo para Candy porque era seguro que Elisa se lavaría las manos y le echaría toda la culpa a Candy. Así que no, definitivamente era una mala idea, un terrible plan al que debía negarse.
—¡No, no, no!— gritaba Elisa —¡Así no estaban!, ¿por qué no te fijas, Candy?
—¡Ya cállate, Elisa!— exclamó Candy con desesperación —¡te dije que no movieras nada!
—¡No puedes darme órdenes!
—¡Y tú no puedes tocar las medicinas sin crear un desastre!— replicó Candy —ahora vete, Emma y Anthony no tardarán en llegar y si ella ve lo que hicimos estaremos en problemas. Vete, yo arreglo todo.
—¡Eres insoportable!— masculló Elisa antes de salir y azotar la puerta.
Candy inhaló con profundidad y empezó a acomodar el estante de medicamento y material de curación que Emma utilizaba para la terapia de Anthony. Desde hacía un mes que Anthony ya salía de su habitación y caminaba por los pasillos de la planta alta y sólo tenía una semana que ya subía y bajaba las escaleras apoyado en Emma y un mayordomo. Después de esas caminatas, Emma y Anthony volvían a la habitación y ella le aplicaba masajes con compresas para ayudarlo a relajar los músculos y evitar dolores nocturnos. Elisa y Candy se sabían de memoria esos horarios y procedimientos porque siempre estaban presentes y, a veces, Emma permitía que la rubia la ayudara, pero sólo a que le facilitara el material del estante, por eso sabía de memoria qué lugar ocupaba cada elemento.
Elisa salió de la habitación de Anthony más molesta que el día anterior cuando había tirado en las escaleras la charola de comida que se había ofrecido a llevarle. Ahora estaba enojada porque quería tener todo listo para la terapia de Anthony cuando éste entrara en su habitación, pero al apresurarse a tomar las cosas, había tirado la mitad de los frascos.
"A buena hora se me ocurrió meterme en esto" refunfuñó mientras bajaba las escaleras.
—Pide que te ensillen a Tormenta— Elisa escuchó la voz de Anthony y frenó su paso, miró hacia arriba, esperando que Candy hubiera acabado de ordenar su desastre porque, aunque no lo decía, también temía que la tía abuela se enterara de lo que estaban haciendo.
—¿Tormenta?— preguntó Emma —suena a un caballo salvaje y te dije que no soy buena cabalgando.
—Se llama así porque nació una noche de tormenta, pero es el caballo más manso que tenemos— respondió Anthony y Elisa se mordió el labio de coraje al imaginar la sonrisa que Anthony le estaría dedicando a Emma.
—Bueno, fingiré que te creo— contestó Emma. —Mañana montaré a Tormenta y que Dios me ampare.
Emma y Anthony rieron.
La enfermera tendría el siguiente día libre y como no había manera de que en una jornada fuera y viniera a Chicago, se conformaría con dar un paseo por el pueblo y los terrenos de la familia Andley, por eso Anthony le ofrecía uno de los caballos del establo.
Llegaron al pie de la escalera y se encontraron a Elisa.
—¡Elisa!, ¿qué haces aquí?— preguntó Anthony mirando el reloj de pared. Era la hora de la comida y la chica debía estar en su casa, pero el muchacho también sabía que, de un tiempo a la fecha, Elisa pasaba más tiempo en la mansión de los Andley que en la propia, aun así, hizo la pregunta.
—Yo…— miró hacia arriba —pues…— bajó los escalones —yo sólo…
—¿Nos permites?— Emma le hizo una seña a Elisa para que se quitara de la escalera y los dejara pasar, pues eran tres personas las que tenían que subir al mismo tiempo.
—¡Sí, claro!— Elisa se movió —pero, Anthony, ya que estás abajo, ¿por qué no tomamos algo?
La idea era atractiva para Anthony, pues ese día se sentía con energía y no tenía ganas de recluirse en su habitación. Tal vez, si tenía suerte, podría comer en el comedor con sus primos y Candy.
—¿Podemos?— preguntó Anthony a Emma y argumentó que se sentía bien, por lo que la enfermera terminó por aceptar.
El mayordomo, Anthony y Emma dieron media vuelta y caminaron hasta una de las salas de estar. Elisa respiró con alivio y caminó detrás del grupo. "Candy se quedará esperándolo mientras yo estoy con él", pensó mientras se sentaba frente a Anthony y sonrió. Ordenaron un servicio de té y después de que les fue servido, Emma se retiró un momento para dejar charlar a los adolescentes. Subió hasta su habitación y se refrescó un poco. Después de un tiempo prudente, fue hasta la recámara de Anthony por unos analgésicos que debía tomar su paciente y encontró a Candy sentada en una silla, viendo hacia el jardín.
—Hola, Candy— saludó Emma con alegría. A pesar de los celos latentes que la rubia sentía, Emma le tenía aprecio.
—¡Emma, hola!— Candy se levantó con prisa —¿y Anthony?— preguntó llevándose las manos a la espalda, nerviosa porque Emma podría notar el desastre recién arreglado.
—Se quedó abajo bebiendo algo con Elisa.
—¡Con Elisa!— Emma asintió y tomó un frasco de medicina —¿no se supone que tiene terapia después de su caminata?
—Sí, pero no pasa nada si nos retrasamos un poco— explicó Emma —mientras más se mueva Anthony, más rápido se curará.
Candy asintió. Era una buena noticia, pero lo que molestó a Candy fue que Elisa aprovechara la situación y acaparara a Anthony, mientras ella recogía el desorden.
En la planta baja Anthony y Elisa bebían con tranquilidad el té. Si un talento tenía Elisa era que nunca, nunca, cerraba la boca y eso, para un chico aburrido, era una fuente de entretenimiento. No es que a Anthony le interesara que la hija de la familia Jones se iba a casar o que el hermano del señor Leggan pronto los visitaría, pero era una manera de pasar el tiempo y darse cuenta de que el mundo seguía girando.
—¡Lo veo y no lo creo!— la voz de Archie se escuchó desde el marco de la puerta —¡Anthony, estás fuera de tu habitación!— entró a la sala y se sentó al lado de su primo.
—Gracias a Elisa— admitió Anthony y Archie la miró con sorpresa. La verdad era que su cambio de actitud había sido evidente para todos y Archie y su hermano agradecían que sus berrinches y ataques hacia Candy hubieran disminuido, al menos en público, porque cuando estaban solas, Elisa seguía siendo un dolor de cabeza para la joven porque pocas veces lograban ponerse de acuerdo en cómo ayudar a Anthony o, al menos, no estorbarle.
—Entonces el fin del mundo se adelantó— la voz de Stear llamó la atención de los tres. El mayor de los hermanos pasaba por el pasillo cuando oyó la voz de su hermano y su primo y como éste decía que gracias a Elisa podía estar en la planta baja más tiempo del establecido.
Anthony ocultó la sonrisa al beber de su taza, pero Archie soltó la carcajada y Elisa se puso roja de coraje.
—¿Han visto a Candy?— preguntó Anthony —me gustaría que estuviera aquí y aprovechemos el tiempo.
—Sólo la vi en el desayuno— dijo Archie.
—Debe estar estudiando en su habitación— agregó Stear —últimamente es más aplicada en sus deberes.
—¿Y cómo son esas guardias?— preguntó Candy a Emma.
Ambas estaban sentadas en la habitación de la enfermera y sumergidas en una cómoda conversación sobre la profesión de Emma.
—Al principio eran muy pesadas— contestó Emma —bueno, todavía lo son, pero cuando empecé, los nervios no me dejaban ni enrollar correctamente las vendas. Ahora ya tengo más confianza y mi instructora no me deja si cometo algún error. La profesora Mary Jane es muy estricta, pero excelente para enseñar.
Emma sacó un libro de su maleta y se lo tendió a Candy.
—Mira, este es uno de los manuales básicos de enfermería— Candy lo abrió —con que domines todo lo que se dice aquí, tienes lo necesario para continuar con los estudios. Yo siempre lo traigo conmigo por si olvido algo.
—¡Es una profesión maravillosa!— exclamó Candy mientras pasaba página por página el libro de enfermería.
—Quédatelo, Candy— sonrió Emma y los ojos de la rubia la miraron con ilusión.
—Pero dices que siempre los llevas contigo— dijo Candy con nerviosismo.
—Tal vez ahora te sirva más a ti que a mí— respondió Emma —mira, quédatelo unos días y léelo, si para cuando me vaya ya no lo quieres, me lo devuelves.
—¿En serio?
—¡Claro!
La comida de ese día fue una verdadera fiesta para los integrantes de la familia. La señora Elroy estuvo más que contenta de que Anthony, después de tantos meses, pudiera unirse con ellos a la mesa. La crisis había pasado y poco a poco, las cosas volverían a la normalidad. Por su parte, Stear y Archie también estaban contentos de compartir la mesa con su primo, aunque a veces ellos comían con él en su habitación, no era lo mismo. Elisa, como era de esperarse, se quedó a comer con los Andley y peleó por tener un lugar al lado de Anthony. Mientras que Candy tampoco cabía de felicidad por comer al lado de Anthony.
—¡Me da mucho gusto verte con nosotros, Anthony!— dijo tan pronto lo vio sentarse a la mesa.
—Espero que vuelva a ser una costumbre— le guiñó el ojo y Candy se puso roja, por fortuna, todos estaban demasiado emocionados con la presencia de Anthony como para notar el enrojecimiento de la rubia, todos excepto Emma.
Al terminar la comida, Archie y Stear se ofrecieron a ayudar a Anthony a volver a su habitación mientras Emma le daba un reporte completo a la señora Elroy sobre el avance del paciente. Candy y Elisa se quedaron solas en el comedor.
—Deberías agradecerme— dijo Elisa con su habitual altanería.
—¿Yo?— preguntó Candy enarcando una ceja. Todavía estaba molesta con ella por haberla dejado plantada en la recámara de Anthony.
—Sí— asintió Elisa —de no ser porque entretuve a Anthony abajo, la enfermera esa se habría dado cuenta del desorden que tenías.
—¿El desorden que yo tenía?— preguntó la rubia con indignación —¿no será el desastre que tú causaste?
Elisa puso los ojos en blanco y se levantó de la mesa.
—Como sea— se acomodó el cabello —nadie se dio cuenta— caminó hacia la salida y volvió la cara hacia Candy. —La enfermera tiene el día de mañana libre, así que vendré a hacerle compañía a Anthony.
"Si te dejo", pensó Candy y subió a su habitación de prisa para prepararse para el día siguiente.
Anthony había tenido razón con que Tormenta era un caballo manso, así que su paseo por las tierras de los Andley fue agradable y tranquilo. Después de adentrarse en el bosque, desmontó, ató el caballo a un árbol y se sentó en el pasto, bajo la copa de otro. Llevaba un almuerzo y se dispuso a disfrutarlo con tranquilidad.
—¿Trajiste otro emparedado para mí?— la inconfundible voz la hizo sonreír.
—¿Trajiste agua del río como prometiste?— preguntó con un aire divertido.
—¿Esto será suficiente?— Albert apareció frente a Emma y mostró dos cantimploras llenas de agua fresca.
—Parece que sí— asintió la joven y buscó el emparedado que había preparado para Albert. Éste se sentó a su lado y se quitó las gafas de sol.
—¿Cómo estás?— preguntó después de devorar medio emparedado.
—Exhausta— aceptó Emma recargando la cabeza en el tronco del árbol.
—¿Anthony está muy mal?— preguntó Albert preocupado.
—No— se apresuró a responder —como te dije en mi última nota, él está mejorando mucho. Sin ir muy lejos, ayer pasó buena parte de la tarde con sus primos y tu tía en la planta baja. Cada día tiene más fuerza y no se desanima cuando se siente débil.
—Si crees que necesitas ayuda para tratarlo, dile a mi tía o al doctor Hyde que traigan otra enfermera. La que lo atendió al principio era buena, ¿no?
—Sí, pero ella no se especializa en rehabilitación como yo— explicó Emma —y no estoy cansada por el trabajo, sino por…
—¿Por?
—Elisa— Albert frunció el ceño —y Candy— esta vez abrió mucho los ojos, con asombro y confusión. —No hay nada más agotador que un par de jovencitas enamoradas— Emma sonrió y abrió la cantimplora de agua, bebió un largo trago. —Intentan ayudar a Anthony con su recuperación, pero no saben y a veces nos atrasamos. Aunque…— meditó lo que había visto en los últimos meses —Candy tiene talento y tiene más disposición para aprender.
—Candy está más acostumbrada a cuidar de los demás— admitió Albert —pero si ponen en riesgo la recuperación de Anthony será mejor que las aleje pronto de él.
—¿Mandarlas a Londres?— preguntó Emma con pesar.
—Era el plan antes del accidente— Albert se encogió de hombros.
—Señor Andley— dijo con seriedad —su plan apesta.
Albert rio de buena gana.
—No creo que separar a tus sobrinos sea buena idea, sobre todo porque, entre todos han ayudado a Anthony— Emma empezó a enumerar las actividades de los chicos Andley: —Stear estudia con Anthony ciencias e idiomas; Archie, Historia y Literatura; Candy y él pasan las tardes leyendo juntos y Elisa— suspiró —Elisa evita que se aburra cuando los demás están con la señora Elroy. Pero no sólo cumplen con sus deberes escolares, pasan tiempo juntos, lo distraen, lo alientan y lo apoyan. Créeme, Candy y Elisa, con sus efectos e inexperiencia, lo ayudan en su terapia y al chico le encanta tener dos mujeres tan pendientes de él, no creas que no me doy cuenta.
—Bueno, bueno— habló Albert —no los enviaré a Londres, abogada Hyde— sonrió Albert.
Emma sonrió con satisfacción y sacó el postre que dividió entre ambos.
—Gracias— murmuró Albert.
—Agradécele a la cocinera, el pastel lo hizo ella.
—No por el pastel— dijo Albert rodeando los hombros de la joven —por apoyarme con todo lo de Anthony.
Emma bajó la mirada y por primera vez en mucho tiempo, se puso nerviosa. Albert le tendió la mano y ella la tomó, entrelazaron sus dedos y no dijeron nada por varios minutos.
Albert y Emma se habían conocido un par de años atrás en Chicago cuando él terminaba un curso de finanzas y ella estudiaba enfermería. El carácter alegre y decidido de Emma había conquistado al joven Andley y ella había quedado prendada de su sencillez y manera relajada de ver la vida, a pesar de la gran responsabilidad que él tenía. Al principio no fueron más que amigos, Albert frecuentaba la casa de los Hyde y conoció al tío, padres y hermano de la joven. Emma sólo conocía a George, el tutor de Albert, pero sabía toda la historia de los Andley y conocía a Anthony, Stear y Archie por todo lo que Albert le contaba de ellos.
Tras el accidente de Anthony y de que la crisis pasara, Albert contactó al doctor Hyde para que siguiera con el tratamiento de su sobrino pues era un especialista en rehabilitación física. Éste le habló de su sobrina a la señora Elroy y cómo también, a su corta edad, tenía experiencia en el mismo campo, así que la mujer no dudó en contratarla.
—Es el sobrino de Albert— dijo Emma cuando su tío le habló del caso.
—Así es— asintió el médico —mira el expediente.
Emma lo leyó con detenimiento y mientras hacía preguntas a su tío, alguien llamó a la puerta del consultorio. Albert entró después de que le dieran el paso y Emma sintió un vuelco en el estómago.
—Albert, ¿estás seguro de que quieres que yo atienda a tu sobrino?
—¡Claro que sí!— afirmó Albert confiado.
—Pero yo aún no tengo experiencia, todavía no termino mis estudios.
—¡Tonterías!— exclamó el tío —tienes más experiencia que muchos en el hospital. No en balde has crecido aquí— dijo Hyde con orgullo. —Piénsalo bien, querida— agregó al levantarse de su asiento y salir del consultorio para hacer su rondín.
—¿Qué te detiene?— preguntó Albert —no es por la experiencia, eso lo sé—. Albert se sentó al lado de ella y la tomó de las manos.
—Es tu familia— murmuró Emma —es tu tía… tus sobrinos… el hijo de tu hermana.
—Precisamente por eso— dijo Albert por lo bajo, pero con voz firme —a nadie más le confiaría la salud de Anthony.
Emma lo miró a los ojos y se perdió en esa sonrisa gentil, llena de confianza.
—Por favor— pidió Albert una vez más y Emma asintió lentamente. Él sonrió y le besó las manos en señal de agradecimiento. —Gracias, Emma— le acarició la mejilla y mirando de reojo la puerta del consultorio, se atrevió a besarla con delicadeza —te quiero.
—Buenos días, Anthony, ¿cómo amaneciste?— preguntó Candy con su habitual sonrisa al entrar a la habitación del joven.
Éste sonrió al verla entrar con tanta energía. —Cada día mejor— respondió —¿y tú?
—¡Oh, muy bien!— Candy se sentó al lado de Anthony en la mesa que servía para que estudiara y comiera según la hora. —El señor Friedman volvió ayer para dejarte este material de lectura, pero ya te habías ido a tu caminata con Emma y yo lo recibí— le tendió un par de libros y unas hojas donde estaban las instrucciones de la tarea que tenía que hacer.
—Gracias, Candy— tomó el material y leyó por encima las instrucciones —él se va de viaje y yo tengo más trabajo que si estuviera aquí— se quejó como un estudiante normal y Candy sonrió —disculpa, Candy, no debía decir eso.
—No te preocupes, si quieres yo te puedo ayudar— se ofreció y echó a andar su plan —podemos ir al jardín y trabajar con aire fresco y sol— miró por la ventana —el clima es perfecto el día de hoy.
Anthony no se hizo del rogar. Quería salir de su habitación porque ya estaba harto de esas cuatro paredes, aunque no se lo dijera a nadie de su familia. Quería estar a solas con Candy porque tenía meses que no charlaba con ella como solían hacerlo antes del accidente y él sabía que tenían una conversación pendiente. Quería ir al jardín al que tanto tiempo había dedicado y extrañaba. Sobre todo, quería recuperar su independencia.
Bajaron lentamente. Anthony usaba un bastón para andar en su habitación sin ayuda y ese día lo sacó para caminar por toda la casa. Candy lo ayudó desde el costado que le quedaba libre y Dorothy bajó detrás de ellos con los libros y material con que trabajarían.
—Dorothy— dijo Candy una vez más.
—Lo sé, Candy— la detuvo la mucama —si la señorita Elisa pregunta, él está dormido— le guiñó un ojo.
—¿Está mal lo que hago?— preguntó también por enésima vez.
—Bueno… ella te dejó ayer esperando y hace unas semanas no te dejó llegar a comer con él, aun cuando él te lo había pedido y el joven Anthony creyó que lo dejaste plantado— recordó Dorothy y Candy frunció la boca, recordando el trabajo que le había costado convencer a Anthony que no lo había hecho a propósito. Elisa le había visto la cara, lo reconocía, al pedirle ir a su casa por unos supuestos costales de abono para plantas, mismos que ella y el jardinero buscaron por todas partes y nunca encontraron porque no existían.
—¡Qué despistada soy!— exclamó Elisa esa tarde cuando Candy llegó con el vestido manchado —no llegaban hoy, sino hasta la próxima semana.
—¡Candy, no puedes andar así por la casa!— el grito de la señora Elroy resonó por el recibidor —¡cámbiate de inmediato y no salgas de tu habitación hasta la cena!— ordenó la mujer.
—Pero debo hablar con Anthony— chilló la rubia.
—Él está descansando y no debes molestarlo— dijo tajante la anciana y Candy no tuvo más remedio que obedecer.
—Eso de "trabajar" con Elisa ha sido el peor error de mi vida— dijo Candy con frustración. Dorothy asintió, dándole toda la razón.
—Ahora, ve— Dorothy señaló en dirección a Anthony que examinaba un rosal —no lo hagas esperar.
Candy asintió y dio media vuelta para encontrarse con Anthony.
—Gracias por esto, Candy— dijo Anthony señalando el jardín —lo has cuidado bien.
—Seguí tus instrucciones, Anthony— se sonrojó la joven —¿quieres descansar o caminar un poco?
—Caminemos— Anthony le ofreció su brazo y ella se prendió de él con sumo cuidado para no causarle peso.
Recorrieron los pasillos del jardín como solían hacerlo, en medio de una relajada conversación, elogiando las flores y pensando en el futuro.
—Cuando te recuperes por completo te harás cargo de todo esto nuevamente— dijo Candy —la verdad es que no entiendo cómo lo haces tú solo, es bastante demandante, pero vale la pena— sonrió cuando llegaron a un pequeño rosal que, contra todo pronóstico, estaba floreciendo —mira esto, es el primero que trasplanté, tal como me dijiste.
—Está perfecta— dijo Anthony después de examinar el trabajo de la chica. Revisó la tierra, el espacio que tenía, el estado de las hojas y hasta la cantidad de luz que estaba recibiendo debido a la temporada. —Esta de aquí se ha quebrado— señaló otro rosal que estaba en una esquina. Candy se acercó a revisar y tocó las flores, pero de inmediato retrocedió, pues se había picado con las espinas.
—¡Ouch!— dijo apretando la mano.
—Dame la mano— Anthony le tendió la suya y Candy se la dio. Anthony llevó sus labios al dedo pinchado para buscar dónde se había incrustado la espina. Candy sintió calor en las mejillas, orejas y también los dedos. Anthony hizo algo de presión en el dedo después de encontrar a la intrusa espina y la sacó con delicadeza, sólo que una gota de sangre también resbaló por el dedo. Se miraron a los ojos por segundos en los que el tiempo pareció detenerse, había una manera de limpiar esa sangre, pero era algo demasiado atrevido, así que Anthony sacó el pañuelo que cargaba en el saco y cubrió el dedo de Candy con este. Ella recordó que tenía que respirar y dejó salir el aire contenido de sus pulmones.
—Gracias— murmuró.
—Ten más cuidado, las rosas son hermosas, pero saben cómo defenderse— dijo Anthony —igual que tú— le guiñó el ojo y la invitó a seguir caminando.
Caminaron hasta llegar a la mesa de jardín que Candy había pedido la tarde anterior que instalaran para ella y Anthony. Se sentaron uno junto al otro y aunque intentaron adelantar los deberes de Anthony, no lo hicieron.
—Candy— dijo cerrando el libro —el día del accidente tú y yo estábamos hablando de algo importante para ti, ¿lo recuerdas?
No tuvo que hacer un gran esfuerzo para recordar, hablaban del Príncipe de la Colina. Candy asintió.
—Creo que sé quién es el chico al que conociste hace años cerca de tu hogar— afirmó Anthony —el muchacho que te gusta— no quería decirlo, no quería darle la oportunidad a otro hombre de ocupar el corazón de Candy, pero no era de caballeros interferir en la felicidad de la mujer que se ama, así que lo tenía que decir. —Su nombre es…
—¡No, Anthony!— lo detuvo casi con un grito —no quiero saber— negó varias veces con la cabeza —no me interesa.
—Has esperado años para saber quién es y ahora no quieres…— Anthony frunció el ceño —¿por qué?
—No sé, Anthony… yo… ¿qué tal si no es real?, ¿qué tal si lo imaginé todo siendo una niña pequeña?
—Tienes el broche y te estoy diciendo que existe, ¿cómo no va a ser real?— razonó Anthony y Candy se levantó de su silla.
No quería saber quién era el Príncipe de la Colina porque su corazón pertenecía al Príncipe de las Rosas, pertenecía a Anthony, pero cómo se suponía que diría eso.
Anthony también se levantó de su asiento con mucho menos trabajo que meses atrás y la tomó de la muñeca para evitar que se fuera. Candy tenía la cabeza baja y no quería mirarlo, se echaría a llorar si lo veía a los ojos sin poder decirle lo que sentía.
—Candy, mírame— pidió con voz gentil —por favor— la chica ahuyentó las lágrimas y levantó la vista. La sonrisa de Anthony era la recompensa por tan simple gesto. —¿En serio no quieres conocerlo?— ella negó con la cabeza —¿me lo juras?— Candy asintió —por lo que más quieres en el mundo— volvió a asentir —¿qué es lo que más quieres en el mundo?— la mano que tenía libre la tomó del mentón.
—Tú— murmuró y aunque intentó bajar la cabeza, Anthony se lo impidió —tú eres lo que más quiero en el mundo, Anthony.
—Mi pecosa— la voz llena de alivio y emoción de Anthony acarició los oídos de la chica —yo también te quiero.
Sus labios rozaron suavemente los de Candy, los acariciaron y despertaron nervios que ni siquiera sabía que tenía en la boca. Ella entreabrió la boca y los labios de Anthony se colaron por la abertura con la misma delicadeza, los besó y retrocedió un poco para saber si Candy quería parar lo que estaban empezando, pero ella no se movió, tenía los ojos cerrados y él volvió a besarla cuando ella abrió un poco más la boca. Al principio fue un beso torpe, pues sus dientes chocaron y no encontraban con claridad un ritmo y una dirección que seguir, pero en cuanto se sincronizaron no pararon hasta transmitirse los sentimientos que tenían guardados en sus corazones.
Candy dejó salir toda la preocupación y angustia de saberlo herido, ahuyentó el miedo de la tragedia en que pudo haber terminado todo, olvidó los engaños de Elisa al fingir trabajar juntas en la recuperación de Anthony, dejó de importarle los regaños de la señora Elroy y todas aquellas veces en que le habían prohibido verlo. Se despidió de ese amor platónico de niña a quien nunca conocería. Le dio la bienvenida al amor de Anthony, a su cariño, a su calor y una nueva etapa de su vida.
Anthony, por su parte, se aferró a la vida y alegría que Candy le daba cada día; se sintió tranquilo de no tener que competir con ese amor que hizo que Candy aceptara ser adoptada por los Leggan y recibir tan malos tratos; se propuso ser el hombre que su pecosa merecía y se juró protegerla siempre. Él le devolvería todo lo que ella le había dado. De no ser por ella, él no habría tenido la fuerza para soportar tantos dolores físicos, tanta impotencia por no poder moverse durante meses, tanta vergüenza por no ser independiente; tanto miedo por pensar que nunca volvería a caminar o que la herida de su cabeza le dejara alguna secuela grave. Ella, ella había sido su mejor medicina, la única razón por la que se levantaba todos los días.
El cese de hostilidades entre Candy y Elisa terminó en el instante en que Anthony fue dado de alta por el doctor Hyde, lo que ocurrió un mes después de ese momento compartido en el jardín. La pareja decidió mantener en secreto su reciente relación para que la señora Elroy no los separara, pues no sería para nada correcto que vivieran en la misma casa siendo novios, a pesar de que ambos se comportaban con completa decencia. Además, con la recuperación de Anthony, la vida de éste retomaba su curso y su futuro académico, puesto en pausa, reiniciaba.
—No tengo palabras para agradecer todo lo que has hecho por mí, Emma— dijo Anthony la última noche que la enfermera la pasó en la mansión Andley y en cuyo honor se celebraba una cena. La idea había sido de Candy y secundada por Anthony y sus primos. La señora Elroy había aceptado sólo por dar gusto a sus sobrinos pues era cierto que creía que, con sólo pagarle su sueldo, era suficiente.
—Es mi trabajo, Anthony— sonrió Emma —pero lo hice con mucho gusto y cariño, por ti y por…— ¡estuvo a nada de decirlo! —por todos ustedes. Sólo no olvides seguir con tus ejercicios y ya sabes, cualquier incomodidad, contacta al doctor Hyde.
—Claro que sí— asintió Anthony —él nunca me perdonaría faltar a una consulta.
—Y yo tampoco— dijeron a coro Candy, Elisa, Stear y Archie. La señora Elroy ahogó una risa y se abanicó con elegancia.
A la mañana siguiente, Emma sería llevada en automóvil hasta la estación de trenes para volver a Chicago, a su escuela de enfermería. La tarde que la enfermera hacía su maleta, Candy llamó a su puerta.
—¡Adelante!— dijo mientras doblaba la última prenda de ropa. —Hola, Candy— saludó con una sonrisa al verla.
—Venía a devolverte esto— dijo Candy con tristeza señalando el libro que Emma le había dado meses atrás.
—¿No te convenció?— preguntó aceptando el libro.
—Dijiste que te lo devolviera cuando te fueras— contestó Candy.
—Sólo si ya no lo querías— se lo devolvió y Candy no opuso resistencia —¿lo quieres?— la rubia asintió y una enorme sonrisa de emoción coloreó su rostro —Cuando te decidas a entrar a la escuela de enfermería, escríbeme y te haré una carta de recomendación, no te asegura un lugar, pero ayuda un poco.
—¿Enfermera, yo?— preguntó Candy.
—¡Claro!— asintió Emma —¿no pensarás sentarte a esperar mano sobre mano a que Anthony haga su carrera y te proponga matrimonio, o sí?
La sangre abandonó el cuerpo de la rubia y al no decir nada, Emma rio por la ternura que le provocaba la chica. La tomó de las manos y la abrazó como si de una hermana se tratase.
—Anthony y tú deben tener mucho cuidado— le dijo mientras la abrazaba —aún son muy jóvenes y tienen mucho que vivir antes de pensar en sentar cabeza y vivir felices para siempre.
—¿Cómo sabes que…?— aflojaron el abrazo.
—Bueno, no son nada discretos— se burló Emma —y por error los vi hace un mes en el jardín.
—¡Ay no!— Candy se puso roja de vergüenza y se llevó las manos a la cara. —Lo siento, Emma.
—¡Vamos, Candy! no hicieron nada malo y descuida, que yo no diré nada a nadie—. No podía decir nada porque al único al que le interesaría sería a Albert y él también los había visto ese día, pero eso tampoco lo diría a Candy para no avergonzarla más. —Sólo prométeme que serán cautelosos y que pensarás sobre lo de estudiar enfermería; nunca te lo dije, pero creo que tienes futuro en esa profesión.
—No creo que los Andley lo permitan— se quejó Candy. La idea le encantaba, lo había pensado desde hacía varios meses, pero no sabía cómo planteárselo a la señora Elroy, encargada de su educación.
—Por eso no te preocupes— dijo Emma con seguridad —los tiempos cambian— le guiñó un ojo y no dijo más.
La última despedida que recibió Emma no la esperó ni en sus más descabellados sueños. Elisa la esperaba en la entrada de la casa, mientras el chofer guardaba el equipaje de la enfermera.
—¡Elisa, qué sorpresa!— dijo Emma con su habitual sonrisa; a pesar de que la había visto la noche anterior durante la cena, la pelirroja no le había dirigido la palabra.
—Sólo vine a decirte un par de cosas— dijo Elisa con altanería y voz chillona —en realidad— suspiró —sólo una— Emma esperó con paciencia pues parecía que la chica iba a recitar un complicado trabalenguas —gracias por lo que hiciste por Anthony.
Tan pronto como Elisa apareció, se fue de la vista de Emma y esta subió al coche que se la llevaría de la mansión Andley y a la que no volvería después de varios años.
Ocho años después…
—Candy, ¿estás lista? nos están esperando— Emma entró a la sala de enfermeras del Hospital Santa Juana cuando terminó el turno.
La rubia enfermera estaba sentada en un escritorio revisando dos libros al mismo tiempo. Levantó la vista en cuanto vio entrar a Emma y asintió al tiempo que cerraba ambos volúmenes.
—Trabajas tan duro que temo me quites mi puesto— bromeó Emma y fue a pararse al lado de Candy para ver qué leía con tanta atención.
—Eres la mejor jefa de enfermeras— dijo Candy guardando sus cosas —no podría con todo lo que haces.
—Los halagos no te servirán para no ayudarme con la cena de esta noche— amenazó con diversión la enfermera mayor.
—Estoy segura de que Albert y tú pueden con todo mientras Anthony y yo descansamos— bromeó también la rubia y juntas salieron del hospital donde un chofer las llevaría a la mansión Andley.
Al llegar a casa, Emma empezó a dar órdenes al personal para la cena que se llevaría a cabo. No era nada formal, sólo la familia más allegada, pero cualquier visita implicaba trabajo y a ella le encantaba dar órdenes. Candy obedeció lo que le correspondía y cuando escuchó que la reja de la casa se abría, se escabulló por la puerta de la cocina y dio la bienvenida al recién llegado.
—¡Anthony!— se lanzó a sus brazos y éste la recibió con un beso.
—Hola, Pecosa— le hizo un mimo en el rostro —¿lista para la fiesta?— preguntó rodeándola de la cintura para empezar a caminar al mismo paso.
—Ya casi todo está listo, Emma está con los últimos detalles— respondió Candy —¿qué tal tu día?
—Bastante normal— respondió Anthony con desgano —incluso diría que estuvo aburrido.
—¿Ah, sí?— caminaron por el jardín a un paso tan lento que parecían retroceder —¿algo que me puedas contar?
—Mmm— Anthony lo pensó bien.
—¿No viste a nadie?
—Vi a… los socios de Nueva York, ¿los recuerdas?
—¡Vamos, Anthony!— lo reprendió Candy —¿no viste a Elisa?
—¡Ah, sí!— asintió Anthony.
—¡Ah, sí!— Candy rodó los ojos —¿qué te dijo?, ¿de qué hablaron?, ¿estuvo en tu oficina?
—Alto, alto, Pecosa— Anthony detuvo el camino y se paró frente a Candy —¿celosa?
Candy no contestó, la pregunta no ameritaba respuesta, según ella. Anthony le acarició el mentón y la hizo fijar su mirada en él. Con un beso calmó su actuado berrinche, porque Anthony sabía que, desde hacía mucho tiempo, a Candy ya no le preocupaba Elisa, por mucho que ella siguiera molestando con que, por culpa de la rubia, ella y Anthony no estaban juntos.
—¿Estás mejor?— preguntó cuando la dejó sin aire por el segundo beso que le dio. Ella negó con la cabeza y Anthony se puso serio. —Habrá que resolver eso— la tomó de la cintura con una mano y con la otra la sujetó con firmeza de la nuca, acariciando sus rizos. Los labios de Anthony se abrieron paso entre los de Candy y ella marcó el ritmo que seguirían, le rodeó el cuello y lo atrajo hacia sí para profundizar el contacto. Anthony sonrió y aumentó la intensidad. Él no bromeaba cuando se trataba de mantener feliz a su esposa.
—Elisa no pierde la oportunidad para declararme la guerra cada vez que me ve y ayer no fue la excepción— dijo Candy a modo de queja cuando se separaron. —¡Ya sé, ya sé! no debo preocuparme y no lo hago, sólo que ya es cansado.
Anthony rio.
—¿Alguna vez han pensado pedir una tregua?— sugirió Anthony con diversión.
—Sí, y no salió nada bien— respondió Candy y se llevó de inmediato las manos a la boca.
—¿Quieres contarme?— preguntó Anthony con una mirada llena de sorpresa.
Había guardado el secreto por años, sólo Emma lo supo hasta mucho tiempo después, cuando Candy estaba por recibir su certificado de enfermera y la rubia decidió confesarle que ella y Elisa querían que se fuera pronto del lado de Anthony. Al oír la historia, Emma rio hasta que le dolió el estómago y Anthony hizo lo mismo en cuanto Candy terminó de contarle todas aquellas veces en que Elisa se había equivocado con sus medicinas, había roto material de curación y tirado más de una bandeja de comida.
—Anthony, ya, deja de reírte— suplicó la rubia llena de pena, pero entre más lo pedía, más reía Anthony. —Al final todo volvió a la normalidad y Elisa sigue con su guerra contra mí, ¿no deberías defenderme?
—Candy—, dijo cuando paró de reír —recuerda que las rosas son hermosas, pero saben defenderse— dijo evocando las palabras que le dijo cuando se besaron por primera vez y ante eso, Candy no pudo quejarse más. Era cierto que ella sola había detenido todos los ataques de Elisa, aun cuando Anthony, en más de una ocasión, estuvo a punto de intervenir, pero la rubia siempre lo detuvo. —Además— la atrajo hacia su cuerpo para abrazarla —no es una guerra si sabes que vas a ganar, y mi corazón siempre ha sido tuyo.
FIN
Gracias por leer.
Saludos
Luna Andry
