Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.


Julián había recibido la orden expresa de su madre de, por una vez en esos meses, usar uno de sus elegantes trajes y presentarse antes de las siete en el comedor principal de su elegante mansión, puesto que tendrían visitas importantes. Él, por supuesto, decidió hacer todo lo contrario, poniéndose uno de sus pantalones rotos, una playera sin mangas cuyo color amarillo pasó a ser un color apagado que se veía horrible, y durmiendo hasta la tarde.

La premisa de visitas importantes le habría puesto los pelos de punta sino hubiera sido porque ya sabía de antemano quienes irían a verlo: los Kido. Desde que había iniciado la nueva fase del plan de desintegración del acuerdo matrimonial, llamado J.S.D.S.C.P.C.S.K., mejor conocido como "La cancelación definitiva de la boda Solo-Kido", bautizado por Kanon como "El final de la bruja y el ogro malvado", Julián se había esforzado de sobremanera para parecer un hombre despreocupado y falto de toda la rigurosidad que se necesitaba para ser el esposo de Artemisa Kido. Habían sido meses de intenso trabajo, sudor, lágrimas, desvelos y constantes risas ahogadas porque a sus amigos les gustaba reírse de él.

Y ahora ahí estaban, en lo que él podía sentir que era la recta final, el trabajo de años a punto de culminar si las cosas salían como él y Artemisa las habían planeado, puesto que la chica había insistido en ser parte de los planes de cancelación, con el fin de ayudar en todo lo posible.

A las seis de la tarde, en punto, su mayordomo tocó la puerta de su habitación, anunciándole que su madre quería verlo. A las seis quince el hombre volvió a tocar la puerta, diciendo que los invitados habían llegado y la señora Solo quería verlo recibiéndolos. Diez minutos después, la mujer subió personalmente hasta la habitación del joven y lo sacó a punta de miradas molestas y gruñidos por lo bajo; ni siquiera tuvo tiempo de reprenderlo porque Julián usaba su ropa poco apropiada, era tarde, e incluso estaba casi segura de que los invitados estaban escuchado todos sus gritos hacia su hijo.

—Saori, Artemisa, Mitsumasa —dijo Julián en cuanto los vio, después del regaño y las quejas—. ¿Qué pasó?

Al saludar, Julián vio como Kido endurecía sus facciones mientras lo saludaba con un movimiento de cabeza; Saori y Artemisa, por el contrario, le sonrieron con suavidad. La señora Solo, detrás de él, evitó decir algo y guio a todos hacia el comedor, dónde los jóvenes mayores intercambiaron una mirada para acordar iniciar con su espectáculo.

Julián fue el primero en movilizarse, sentándose en su lugar e ignorando a todas las mujeres que lo miraron en silencio; Saori sólo alzó los hombros y optó por sentarse a un lado de Julián, siendo seguida por el resto. Mitsumasa Kido, en lo que colocaba la servilleta sobre sus piernas vio a Julián sentarse con los brazos recargados sobre la mesa, como un niño pequeño ansioso porque le sirvieran sus alimentos. Eso le molestó.

Casi podría decirse que su molestia se comparaba a la de la señora Solo, quien observaba como Artemisa miraba con extrañeza los cubiertos que estaban frente a ella.

—¿Qué tal el negocio, muchacho? Escuché que el año pasado estuviste viajando hacia el norte del continente —comentó Kido mientras comenzaban a servir la cena, interrumpiendo el ligero silencio tenso que se había instalado. Fingiendo que no se había enterado que Julián se la había pasado medio año en fiesta con otros multimillonarios jóvenes.

—Bien… el negocio va bien y si las cosas siguen así al fin podré comprar ese casino en Mónaco —respondió Julián con un sonrisa brillante, levantando su copa para que le sirvieran mucho vino, más del acostumbrado.

—¿Mónaco? ¿Viviremos en Mónaco? —Artemisa soltó una risa aguda mientras aplaudía varias veces, como una niña emocionada.

—Un negocio en otro país no significa un cambio de residencia…

—Ya me imagino paseando por las calles de Mónaco… —ignorando a la señora Solo, Artemisa continuó con una sonrisa tonta en el rostro— Saori, debemos de ir de compras a cada una de las tiendas de Mónaco, ya me urge ropa y joyas nuevas, ya sabes que no me gusta usar una cosa dos veces.

La parte que Artemisa había desarrollado para sí misma se basaba en ser pura y llanamente superficial y molesta. Gracias al cielo, Artemisa había recibido un poco de asesoría (de Saori y June Thorne) y podía desenvolverse con facilidad. Sabía que su actuación funcionaba porque la señora Solo la miraba con algo parecido a la desesperación cuando lanzaba comentarios de ese estilo.

Por su parte, Julián se recostó aun más y comenzó a comer con toda la tranquilidad del mundo, no temiendo ensuciarse los dedos, o la ropa, en lo que mantenía una conversación insulsa con Kido y Saori, esta última intentando mantener la seriedad que el momento lo requería, para su mala suerte.

Si ver a Julián vistiendo y comportándose de una manera completamente diferente a la acostumbrada era demasiado, ver a Artemisa haciendo lo mismo era la cúspide de la diversión. La joven adolescente estaba emocionada por como iban las cosas; desde que Julián había cambiado su abuelo no dejaba de quejarse de él, en especial si lo comparaba con el resto de las personas a su alrededor, y desde que Artemisa se había unido a los planes la señor Solo no dejaba de mirarla como si quisiera deshacerse de ella.

Cómo en ese momento donde Artemisa hablaba sobre joyas, dinero, gastos excesivos y mostraba una profunda ignorancia sobre a lo qué se dedicaba su futuro marido; parecía ser que lo que más le importaba a la joven heredera era que su esposo fuera más rico que ella, sin importar de dónde sacara sus ingresos.

Y Julián, al lado de Saori, hablaba como si no le importara el mañana, como si sus negocios fueran lo de menos, con una evidente falta de modales y atención a lo que su abuelo le decía. Mientras Artemisa armaba un número bananal y vacío, el joven heredero había dejado de comer con los cubiertos y había pasado a comer directamente con las manos su bacalao al vapor.

—...Espero que no te moleste, Kido —dijo mientras se llevaba un pedazo de pescado a la boca —. Esh la mejog fogma de no… tragarme un hueso —continuó después de tragar, quitándose algo de pescado de entre los dientes con la uña del pulgar derecho.

La expresión de su abuelo fue suficiente para provocar que Saori soltara una leve carcajada. Leve carcajada que resonó en todo el comedor, logrando que la adolescente fuera objeto de la mirada de todos, extrañada de la pareja más joven, molesta de parte de los mayores.

—Lo siento —se disculpó, borrando su sonrisa divertida—. Recordé algo divertido que me contó una amiga.

—¿Y qué es eso tan divertido que recordó, si se puede saber, señorita Kido? —preguntó la señora Solo desde su imponente lugar como anfitriona, dedicándole una mirada de reojo a Artemisa— Desde que nos sentamos a cenar no ha habido muchas conversaciones profundas.

—Bueno, mi amiga, Mii Benethol —Al escuchar el nombre Julián dejó de hacer ruidos mientras masticaba y miró a la joven adolescente—, me estaba contando que el inútil de su novio —Julián alzó una ceja y determinó que no valía la pena contarle a Isaac los detalles de esa reunión— le habló de una especie de vehículo con forma de rueda que fue inventando el siglo pasado. Suena muy raro, de seguro lo inventó.

—¿Un vehículo con forma de rueda? —Artemisa se inclinó hacia adelante, observando a su hermana con una leve emoción asomándose en su voz— Una vez yo vi uno de esos, había dos de hecho, uno manejado por un hombre caucásico y otro afroamericano, y ambos estaban persiguiendo a un motociclista que había secuestrado a un chico medio raro.

—Creo que eso era una película —dijo Julián, intentando no sonreír.

—No. Estoy segura de que era un documental, o tal vez lo vi en la calle, esta ciudad es muy extraña. No puedo esperar para mudarnos a Mónaco.

Al escuchar a la joven rubia suspirar al volver a hablar de Mónaco, la señora Solo resistió las ganas de golpearse la frente con la palma de la mano. Jamás habría imaginado que las chicas de Kido fueran tan… faltas de pensamiento crítico. Y probablemente nunca se habría percatado de eso sino fuera porque la oportunidad de un nuevo negocio, mucho más jugoso que el que tenía con los Kido, estaba frente a ella, sólo si dejaba a Julián justo y como había estado hasta entonces, soltero.

Del otro lado de la mesa, Mitsumasa Kido pensaba algo similar. Ver a Julián Solo tan desarreglado, tan corriente, lo hizo darse cuenta del terrible error de negocios, y familiar, que estaba a punto de cometer. No podía permitir que algo así ocurriera; si alguien iba a unirse a su familia tenía que ser alguien de alta alcurnia, con estilo, consciente de su papel dentro del mundo de los negocios. Y ya tenía al candidato.

Pero antes de sus planes de casar a su nietas con otros millonarios o hacer negocios con otros millonarios, ambos sabían que tenían un asunto pendiente que debía terminarse esa noche.

Por suerte, los largos silencios incómodos y los comentarios fuera de tono de los jóvenes se lo estaban haciendo fácil.

Cuando el postre se estaba sirviendo, Julián con doble ración y Artemisa con muy, muy poco, los mayores intercambiaron una mirada. Era el momento de hacer su gran anuncio.

—Ahora que esta… agradable cena está por concluir, me gustaría mencionarles por qué estamos todos aquí —comenzó Kido, juntando las manos sobre la mesa mientras todos lo volteaban a verlo—. Debido a diversos asuntos entre nuestras empresas hemos decidido atrasar nuestros planes de unión.

Al escuchar esas simples y cortas palabras Julián miró de reojo a Saori y Artemisa. Ambas tenían una expresión de sorpresa, pero el heredero había alcanzado a ver que la más joven tenía una leve sonrisa.

—¿Eso significa…? —preguntó, mirando a su madre en el otro extremo de la mesa.

—La boda se cancela —explicó la mujer, antes de darle un sorbo a su copa de vino. Al terminar se limpió la boca con su servilleta, y continuó, mirando a Mitsumasa Kido—. Indefinidamente. Por ahora.

Al escuchar a su ahora ex futura suegra, Artemisa sintió que todo su cuerpo temblaba. Quiso levantarse de un salto y gritar, celebrar, salir corriendo a contárselo a todos, pero no se movió, viendo que Saori estaba ocultado su expresión de alegría con una enorme cucharada de postre, y Julián tenía una expresión relajada, aún más que la que mantenía en sus actuaciones.

Más que alegre, el joven heredero se sentía aliviado, como si un enorme peso se hubiera levantado de sus hombros. Después de años en un constante tira y afloja; después de vivir con el temor de una obligación que él no asumió, estaba libre. Libre, al menos, del tortuoso matrimonio con Mitsumasa Kido, porque era consciente de que más que con una de sus nietas, lo que importaba era el suegro.

Ante el silencio de los jóvenes, Mitsumasa asintió y continuó como si nada, al menos Artemisa no había soltado uno de sus últimamente inapropiados comentarios. La señora Solo también se mantuvo tranquila, a ella le satisfacía ver que Julián ya no estaba concentrado en molestar a Kido con su desalineado nuevo modo de vida.

—Ahora que logramos lo que buscábamos —le dijo la mujer a Julián después de que despidieran a la familia Kido, con una sonrisa radiante y la promesa de una posible próxima reunión—, espero que dejes de perder el tiempo y por fin te concentres en el trabajo.

—Lo haré —aseguró Julián con detenimiento, ansiando volver a su ropa clásica, y desesperado por darle la noticia a los demás.

—Bien, porque si nos mantenemos tal y como ahora es posible que consigamos un negocio aún mejor que con los Kido.

—Sí, justo lo que estaba pensan… espera, ¿qué?

Julián observó a su madre mirarlo inexpresiva antes de anunciar que se iría a su habitación, argumentando que tratar con los Kido siempre le traía dolor de cabeza. Al quedarse solo, Julián alzó los hombros y negó con la cabeza, con una expresión agria deseó que no le fueran a jugar chueco de nuevo. Llamaría a sus abogados, sólo para estar seguro.

En la limusina de los Kido, las jóvenes se sentían felices por los positivos resultados. Al final, con un anuncio inesperado, las cosas les habían salido bien: eran libres, por fin.

—Saori, en los próximos días quiero que tengas reuniones comunes con June Thorne —dijo Mitsumasa Kido, interrumpiendo el regocijo interno de las jóvenes.

—Ya somos amigas…

—Bien, entonces no te será complicado lograr que nos presente a sus sobrinos.

Al escuchar a su abuelo, Artemisa abrió los ojos y negó varias veces con la cabeza. Sabía lo que eso significaba, temía lo que su abuelo estaba insinuando.

—Abuelo, ¿puedo preguntar por qué los sobrinos de la amiga de Saori son relevantes? —preguntó Artemisa, intentando que no se notara el temblor de su voz.

—Me di cuenta de que Julián Solo es un esposo inadecuado. Es vulgar y simple, necesitamos a alguien que muestre elegancia y estilo, un hombre experto en los negocios, para manejar a la fundación una vez que me retire.

Saori miró a Artemisa con alarma, mientras que esta rápidamente desvió la mirada y comenzó a pensar. Era obvio que su abuelo no iba a claudicar en su idea de casarla, o a Saori, con un millonario, por su concepción errónea de que sólo un hombre podría con los negocios de la Fundación Graad. A pesar de sentirse tensa al inicio, Artemisa se permitió relajarse, sólo un poco, recordando lo que sabía de los sobrinos de June; lo más esencial, ninguno iba a aceptar un trato de ese estilo.

Y eso le traía algo de tranquilidad, lo suficiente como para que ese pequeño momento no opacara la noticia del fin del compromiso con Julián Solo.

Después podría preocuparse por los demás.


Comentarios:

¡Gracias por leer!

Este es la primera publicación del año, después del tradicional Ese Momento; quiero aprovechar para agradecer por leer e iniciar otro año conmigo, en este universo de historias locas. Gracias, y espero que las historias hasta ahora sean de su agrado, no olviden que pueden preguntarme, sugerir, o criticarme (con respeto, eso sí) cualquier cosa de este universo, siempre me gusta escuchar opiniones diversas.

De nuevo, muchas, muchas gracias por leer.