Hey Arnold no me pertenece.
Siempre fuiste tú
Gerald ya estaba harto de esa conversación. Desde que Arnold había tomado esa decisión, le repitió una y otra vez las veces que Helga le había ayudado en secreto. Ya podía nombrarlas todas y cada una de ellas sin problemas.
—Así es, Gerald, ¿lo puedes creer?
—Ajá, lo sé, me lo has dicho unas quinientas veces, viejo. Mejor dime, ¿qué querías preguntarme?
—Es que no sé cómo se lo voy a decir—confesó Arnold alarmado.
—¿Decir? ¿De qué hablas?
—Le quiero pedir matrimonio.
—Vaya, ¿ya te has decidido?
No era de extrañarse, tenían casi 30 años y llevaban juntos más de la mitad de su vida.
—Mira—le dijo Arnold a su amigo, mostrándole una libreta—apunté las diferentes formas en las que podría pedírselo, pero no sé cuál usar.
—Oh no, detente allí viejo—se quejó Gerald al leer sus intenciones—no pienso ayudarte a pensar en qué forma pedirás su mano.
—¿Por qué? Necesito tu consejo.
—Eso debes planearlo tú, puedo ayudarte en la logística, pero eso es todo.
—Pero Gerald…
—Estarás bien, es claro para todos que Helga te adora, así que cual sea la forma en la que se lo pidas, ella aceptará.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Ha estado enamorada de ti prácticamente toda su vida y aún no se ha aburrido, eso lo dice todo.
Arnold lo meditó, no es que no confiara en ella, pero los nervios lo engañaban.
—Está bien, pero en serio, aunque sea ayúdame con la frase.
El chico suspiró.
—Solo te voy a dar mi opinión al respecto, ¿entiendes?
—Gracias, mira tengo estas opciones…
Aunque ya hubieran pasado tantos años, aún se sorprendía de que Arnold y Helga fueran novios, ahora futuros esposos, pero él sabía mejor que nadie que ambos se amaban y serían muy felices juntos.
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Al día siguiente, Arnold tocó a la puerta de su casa.
—¡Ella dijo que sí! —gritó su amigo apenas abrió.
Gerald sonrió.
—Muchas felicidades, Arnold.
