ELSA NIELSEN HA AMADO LA NAVIDAD desde que tiene uso de razón, Anna no tanto. La pelirroja prefería la festividad de Halloween luego de haber vivido prácticamente diez años de su vida en Salem. Pero Elsa se las ingenió para conseguir que su pareja disfrutara de la nieve y las coloridas decoraciones navideñas de todo el pueblo. Ambas se habían conocido nueve años atrás, cuando Anna llegó al pueblo con un notable mal humor por haber abandonado su hogar y amigos. Pero apenas se instaló en su nuevo hogar y conoció a su vecina, su humor realmente había cambiado. Los primeros días, Anna parecía demasiado tímida como para aceptar las carreras de trineo que Elsa proponía o entrar en una casa ajena para beber una taza de chocolate. La escuela no fue tan difícil, Elsa le presentó a Kristoff y a Hans. Nunca se aburrían, entre las alocadas ideas de Kristoff por viajar en trineo que era tirado por su perro Sven y luego las guerras de nieve que Hans iniciaba al salir de clases, Anna tuvo una infancia y adolescencia divertida.
Hasta que cumplió quince. Kristoff se vio obligado a mudarse a Alemania por el trabajo de su padre y Hans se alejó completamente de ella cuando descubrió su orientación sexual. Pero tenía a Elsa, su adorada y dulce mejor amiga que la beso en su cumpleaños.
– ¿Prefieres armar la casita de jengibre ahora o mejor preparamos galletas?
La voz de Elsa se escuchó del otro lado, Anna la observó con interés. Estaban solas, los padres de Anna se encontraban en Doncaster con unos amigos y llegarían el 25; los padres de Elsa estaban... haciendo algo. La albina no dijo nada sobre ellos, ni donde estaban o que estaban haciendo. Anna no quiso insistir, quizás habían discutido y por eso ella estaba en la casa de Elsa usando un horrible sweater navideño color rojo. Anna volvió a mirar el televisor, desde el 23 de diciembre se comenzó a transmitir un especial de series y películas navideñas que Anna apenas miraba por estar más concentrada en terminar de envolver los regalos para sus padres y suegros.
– ¿Sabes? Puedo hornear las partes de la casa de jengibre y luego tú ir a buscar-
– Jamás entenderé porque no venden las cajas con las casitas ya horneadas – la interrumpió Anna cortando otro pedazo de cinta adhesiva –. En Salem vendían cajas que ya venían con el frosting, las galletas horneadas y los confites de chocolate para decorar – colocó el tercer regalo sobre el sofá y observó a su novia –. Lo siento, lo siento. Quizás pueda ayudarte a preparar la mezcla.
– Si, tal vez – Elsa se sentó sobre la isla y la observó unos segundos –... o puedo ayudarte con los regalos.
– No, ya casi están listos.
Elsa iba a responder, pero alguien llamó a la puerta. Las dos miraron la entrada y Anna se levantó para poder abrir. Un chico de aproximadamente dieciocho años se encontraba parado frente a ambas, sosteniendo un cayado cubierto de escarcha al igual que su sudadera azul, vestía un pantalón color café con un poco de nieve pegada en sus rodillas y la ausencia de zapatos llamó la atención de la pelirroja. Se retiró la capucha para dejar ver su blanca cabellera y una sonrisa se apareció al encontrarse con la mirada de Elsa.
– ¡Ah! Al fin te encuentro – habló alegre el chico y entró tras sacudirse los pies –. No sabes lo que me costó encontrarte, la ventisca no me ayudó mucho – sacudió un poco la cabeza y deambulo por la cocina – ¿Tienes chocolate?
– Si, en el termo – contestó Elsa.
Anna cerró dando un portazo y la atención de ambos recayó sobre ella. Su ceño se frunció y su mirada se enfocó plenamente en el chico que bebía del termo.
– Perdón, pero necesito saber quien es y porque parece que te conoce – dijo Anna.
– Oh, si – Elsa acomodó un mechón detrás de su oído y habló –. Es mi primo, Jack.
– Un gusto – sonrió Jack dejando el termo vacío sobre la mesa –. ¿Galletas?
– ¿Y por qué nunca supe de él? – preguntó Anna –. Llevamos cuatro años de relación y jamás me lo mencionaste.
Jack tarareo una canción navideña mientras caminaba y se sentaba en el mullido sofá que estaba cubierto por una manta color bordo. Elsa se encogió de hombros al tiempo en que bajaba de la isla y se acercaba a la otra chica. Sus manos se apoyaron en los hombros de Anna y trató de sonreírle.
– Porque me avergüenzo de él - contestó con simpleza, escuchando el "hey" del ofendido primo albino –. Además que es extraño verlo, ¿ocurrió algo?
– Si, la abuela te necesita – contestó Jack – y creo que también vas a necesitar que ella venga, cuatro manos son mejor que dos.
Anna volvió a fruncir el ceño al escucharlo, sin comprender a qué se estaba refiriendo. Ahora que lo pensaba un poco más, apenas conocía a los abuelos paternos de su novia, mientras que toda la familia por parte de Iduna parecía ser un total misterio. Jalo el brazo de Elsa para arrastrarla hasta el baño de invitados y cerró la puerta luego de sonreírle a Jack. Su novia se veía confundida por el repentino comportamiento de Anna y cuando quiso preguntar, un dedo se apoyó en sus labios.
– ¿Por qué tú abuela te necesita? Es decir se que tú abuela Rita está de viaje en Escocia y no conozco a tu otra abuela porque una vez me dijiste que ella estaba muerta – comentó Anna con las manos sobre sus caderas – y me gustaría que me seas sincera hoy, Elsa.
– Mis abuelos maternos son el señor y la señora Claus – rió la albina.
– ¿Santa es tu abuelo?
– Exacto.
Anna guardó silencio unos segundos y luego comenzó a reírse. Elsa levantó una ceja al escucharla, cruzándose de brazos y apoyándose sobre el lavabo en espera de que su novia acabara de reírse. Anna tardó apenas unos pocos minutos, secando las lágrimas y tratando de controlar sus risas.
– Me estás tomando el pelo – murmuró la pelirroja con una divertida sonrisa, pero Elsa negó y la expresión de Anna cambió drásticamente –. Es imposible, Santa Claus no existe. Es un invento para que los adultos gasten dinero en sus hijos – Elsa hizo un mohín con sus labios y Anna suspiró –. Sé que amas la navidad Els, pero acepta que Santa no existe.
– ¿Por qué crees que no tengo ninguna foto con mis abuelos maternos? – cuestionó la albina – Porque arruinaría la magia.
– Hagamos que te creo – Anna metió las manos en los bolsillos de su jean –, ¿donde está su taller? ¿En el polo norte?
– Eso si es falso – respondió la ojizarca con el ceño fruncido –. Se encuentra en Skarsvåg.
– ¡Y no tenemos mucho tiempo!
Se escuchó el grito de Jack al otro lado de la puerta y Anna debió abrir para encontrarlo con una divertida sonrisa.
– Son 27 horas hasta allá, llegaremos el 25 y no pienso pasar Nochebuena en un auto.
Jack negó riendo, buscando algo en el único bolsillo de su sudadera. Anna esperó impaciente y Elsa salió del baño para buscar algo. Cuando Jack pareció encontrar lo que buscaba, sacó una esfera de nieve con un pequeño taller en el interior, la sonrisa del chico creció y Anna lo miró como si estuviera loco. Elsa regresó con una bufanda roja y el beanie blanco que Anna le regaló hace un par de semanas. Le entregó a Anna su ropa de abrigo y se terminó de colocar su tapado para cuando Jack sacudió y arrojó la esfera cerca de la entrada. Un enorme portal se abrió y un amigable elfo se apareció sacudiendo un cascabel.
– Si, si. Elsa está en camino, permiso – pidió Jack empujándolo con su cayado –. ¡Vamos!
– Elsa, ¿qué demonios está sucediendo?
– Te explicaré todo, lo prometo – aseguró Elsa antes de meterse dentro del portal, siendo seguida por Anna.
Anna siempre había visto el taller de Santa como un enorme lugar de madera con brillantes colores en sus paredes, columnas decoradas de guirnaldas navideñas y grandes moños rojos colgados arriba de la entrada; luces de colores colgadas de un extremo al otro y largas filas de mesas de trabajo con adorables elfos vestidos de verde envolviendo regalos. Se llevó la sorpresa de que era casi igual a como siempre se lo mostraron en las películas, quizás se llevó cierta decepción al ver que los elfos no usaban las características ropas verdes y eran demasiado pequeños; también había yetis. Demasiados yetis que comenzaron a quejarse cuando Anna tropezó con una pila de papel de regalos.
Jack iba adelante, con el cayado sobre sus hombros y tarareando otra vez la misma canción que antes. Elsa estaba a su lado, sosteniendo su mano mientras observaba todo el lugar con cierta nostalgia. La mente de Anna estaba trabajando demasiado rápido en aquel momento, intentando unir los pocos puntos que tenía y tratando de comprender que estaba sucediendo. La magia era real, Santa era real y tal parecía que su novia era su nieta, pero Jack seguía siendo un completo misterio. Apenas y sabía su nombre, el cual podía o no ser el real.
Al final había una enorme chimenea y una mujer de cabello blanco parecía discutir con dos elfos que seguían sacudiendo su cascabel. La sonrisa de Elsa creció al notarla, jalando a su novia con ella. Jack se hizo a un lado cuando la chica albina pasó corriendo para acabar en brazos de aquella dulce anciana que exclamó emocionada al tenerla.
– ¡Oh, Elsa, querida! Que alegría poder verte aquí – sonrió la mujer abrazando con más fuerza a la albina –. Jack te contó, ¿No? Hay poco tiempo y muchos elfos se han enfermado, los yetis parecen estar en huelga por no recibir más galletas y tu abuelo... ¡oh, pobre Nick! Está metido en su estudio intentando arreglar las esferas mágicas – La señora Claus sacudió la cabeza y se alejó de su nieta para fijar su mirada en la pelirroja. Una sonrisa volvió a formarse en sus labios y sus brazos se extendieron –. Tú debes ser Anna Williams. Si, si. Te recuerdo, una chiquilla muy traviesa que estaba en la lista negra.
– ¿Lista negra? – Anna frunció el ceño.
– Hasta que te mudaste, claro – aclaró la anciana –. Me alegra saber que estás aquí, es un gusto poder conocerte al fin en persona. Elsa no ha dejado de hablarnos sobre su nueva novia en cada carta.
Las mejillas de Elsa se habían vuelto de un color carmín y Anna supo que no era exactamente por el frío. Sus manos se metieron dentro de los bolsillos de su abrigo y observó el lugar unos segundos más antes de acercarse a la mujer y estrechar la mano. Jack permaneció apoyado en una columna, masticando una galleta y esperando que lo llamaran para ayudar.
El lugar era cálido, lo suficiente para que Elsa y Anna se quitaran todos sus abrigos, los cuales fueron retirados por algunos elfos que se los llevaron. La señora Claus volvió a acercarse con una lista en manos y una pequeña canasta de galletas recién horneadas. Elsa tomó una y luego observó la lista junto a su abuela, a simple vista parecía una lista de tres sencillos puntos que podía hacer alguien en pocas horas. Pero estaban en el taller de Santa, con su esposa explicando que debía hacer cada uno de ellos y cuánto tiempo tenían. La lista consistía en envolver cada uno de los regalos, hornear galletas para el viaje y preparar el trineo junto a los renos que antes debían ser alimentados. Jack se apresuró a irse al establo, empujando un barril con heno y alegando que era el más capacitado por las bajas temperaturas; Elsa fue llevada por tres elfos a la cocina y Anna quedó sola con aquella mujer que disfrutaba una galleta.
– Bueno, seremos nosotras dos y dos elfos para envolver los regalos – anuncio alegre la anciana –. Quizás puedas contarme más sobre ti, ¿qué te parece?
– Supongo que está bien – sonrió Anna.
La señora Claus la llevó hacia una enorme habitación donde una larga lista reposaba sobre una mesa. En una esquina, miles de regalos sin envolver; en la otra estaban envueltos con su etiqueta y destinatario. Anna observó mejor las mesas vacías, había alrededor de veinte y solo cuatro de ellas se estaban usando. Dos elfos ya se habían sentado en sus asientos y comenzaron a envolver cada juguete que estaba a su alcance. Anna se colocó en la mesa que estaba adelante y observó la pequeña lista de doce regalos que debía comenzar a envolver. Todos parecían tener lugar en Salem y el rango de edad iba desde los 7 hasta los 12 años. Diferentes juguetes de los cuales Anna se distrajo intentando averiguar qué hacían.
Las dos bocinas en las esquinas indicaron que aún faltan 22hs para navidad y luego la voz de Michael Bublé se escuchó. "Santa Baby" comenzó y Anna pudo observar a la señora Claus tararearla.
– Adorable sujeto, ¿sabes? – comentó terminando un moño rojo –. Aún recuerdo la carta agradeciendo por el micrófono.
– ¿Él sigue creyendo que son reales? – Anna cortó un pedazo de cinta y la colocó sobre el regalo –. Tiene como 48 y-
– ¿Aún crees que no somos reales? – la señora Claus dio una corta risa y dejó de envolver el regalo –. Estás envolviendo regalos con la esposa de Santa, querida.
– No lo sé. Es decir... Soy de Salem, creo en las brujas que vivieron allí y no tanto en un señor mágico que entrega regalos en una inexplicable rapidez, además ¿vigilar a los niños? eso es algo creepy – dijo la pelirroja.
– Mhm – la señora Claus se acercó a su mesa de trabajo y la envolvió en un cálido abrazo –... Elsa tenía razón cuando decía que eras demasiado terca. Así que, creo yo, será bueno darte un pequeño regalo. Algo que siempre quisiste.
Anna la vio alejarse y luego regresar con una pequeña bolsa color rojo brillante. La tomó y revisó antes de meter su mano y sacar su regalo. Sus ojos se abrieron al descubrir que era y más al notar las tres firmas en la tapa del cómic.
– Amazing Fantasy Nº15 – balbuceó revisando la parte de atrás –... con las firmas de los tres Spiderman. ¡Mierda! No, lo siento, no debí decir eso... ¡Pero carajo! – Anna se rió y observó con mayor cuidado la portada de aquel cómic –. Está bien, creo en ustedes y todo el rollo.
– Elsa fue – soltó la anciana antes de volver a su mesa de trabajo y seguir envolviendo los regalos –. Nick le dijo que él podía conseguirlo más rápido, pero ella insistió demasiado en que ella misma lo conseguiría... ¡Y lo hizo! Es una chica muy obstinada cuando algo se le mete en la cabeza.
Anna permaneció callada unos segundos, observando el cómic en sus manos y con la voz de Michael Bublé entonando las estrofas de "The Christmas Song". Elsa había conseguido el cómic. Elsa había conseguido la firmas de Tobey, Andrew y Tom. Elsa, su novia, la que siempre buscó su felicidad, le había conseguido el primer cómic donde Spiderman aparecía. Miró su mesa de trabajo y luego a la señora Claus por una última vez antes de volver a su tarea y seguir con la lista.
Elsa sonrió cuando vio la enorme y cálida cocina que sus abuelos tenían en aquel taller, se sentía como una niña entrando en una juguetería o dulcería, quizás también cuando Anna entraba a una tienda de cómics. Su mirada divagó un poco por el lugar al mismo tiempo que caminaba, pocos elfos se encontraban allí y solo dos yetis que seguían arrastrando sacos de harina y azúcar para las galletas. Se quitó el absurdo suéter navideño, dejándolo en manos de un pequeño elfo que insistió en guardarlo, y prosiguió a recoger su cabello en un rápido moño para comenzar con su divertida tarea navideña. Le encantaba hornear, quizás era su mejor solución para cuando estaba estresada o con problemas y las recetas encontradas en youtube o pinterest le servían para levantar su ánimo un poco, también Anna y sus expresiones al degustar cualquiera de sus comidas. Por eso la idea de poder ayudar a su abuela a preparar galletas navideñas se encontraba en el tercer puesto de las mejores cosas que le habían sucedido en la vida (conocer a Anna siempre será lo primero).
– Muy bien – Elsa llamó la atención de los pocos presentes y sonrió, era su momento de brillar como en las miles de películas navideñas que ha visto en su vida –. Tenemos mucho que hacer, ¿No? ¿Cuántas galletas? ¿20? El abuelo tendrá una larga noche y creo que-
Un adorable elfo la detuvo tirando de su pantalón para llamarla, Elsa se puso a su altura y espero su respuesta. El elfo se acerca, colocando una mano delante de sus labios, susurrando unas pocas y entendibles palabras.
– Perdón, ¿Dijiste que debemos preparar 120 galletas? Sé que son adictivas, pero creo que es mucha cantidad y el tiempo- ... ¿Más de 120? Oh... oh porque deja una a cada niño y niña... okay tiene más sentido ahora, sería una locura preparar tantas galletas considerando que todos le dejan – murmuró apoyando las manos sobre la enorme mesa de madera y observó a todos –. Muy bien, manos a la obra... ¡Y quiero música por favor! Algo de Mariah Carey o Michael Bublé, no lo sé, pero quiero sentir el espíritu navideño.
Yetis corriendo para buscar los ingredientes, elfos buscando los utensilios y Elsa leyendo la receta con la intención de multiplicar todas las cantidades que veía. "Sleigh Ride" interpretada por "The Ronettes" comenzó a escucharse en los parlantes colocados en las esquinas y Elsa comenzó con su tarea tras darle una rápida mirada al reloj cucú que estaba colgado, tenía 18 horas para preparar las galletas y estaba convencida de que podría lograrlo.
Comenzó mezclando el azúcar con la mantequilla mientras los elfos se ocupaban de los ingredientes secos y los yetis vigilaban las temperaturas de los cinco hornos que estaban en un extremo. Era un trabajo en equipo y constante, incluso vio a Jack meterse para ayudar luego de alardear que había acabado con su tarea demasiado rápido y sabía que necesitaban de su ayuda.
Jack se había colocado al lado de la rubia, colocando de a poco las harinas y tratando de sacar algún tema de conversación.
– Tu novia – comenzó el chico, captando la atención de Elsa –... parece una persona más de otoño, ¿Sabes?
– Bueno, nació en la ciudad de las brujas y siempre fue amante de las cosas de terror, así que... – aclaró Elsa con una risa.
– Pero – Jack alargó la última letra, inclinándose hacía su prima y manchando su nariz con la mezcla de galletas –... se nota tu influencia y amor por la navidad en ella.
Aquello había hecho que Elsa sonriera a más no poder, sintiéndose orgullosa por aquellas palabras y sabiendo que su misión estaba más que hecha, a Anna le gustaba la navidad y era, en mayor parte, gracias a ella y sus millones de razones.
Dejó la mezcla en la mesa limpia y comenzó a amasarla nuevamente antes de estirarla. Si todo iba de acuerdo al plan, podría terminar en menos de 24hs... si los elfos y yetis seguían en aquel ritmo. Jack le acercó los cortantes de diferentes formas y Elsa comenzó la segunda parte del trabajo: cortar y acomodar cada galleta. Luego de eso, debía dejar la masa en el congelador unos minutos y podría hornear al final. Quizás eso habría hecho de no ser por Jack que decidió ayudar y soplar sobre la masa, provocando una muy leve capa de escarcha sobre la bandeja.
Elsa se giró lentamente para mirarlo, frustrada y molesta por aquel descuido de su primo que, al parecer, había pensado que era una excelente idea congelar ligeramente las galletas. Elsa no quería arriesgarse a meter aquella bandeja en el horno y que se arruinaran por la escarcha. Pasó sus manos por su cabello, tirando los mechones hacía atrás y soltando un suspiro, se sintió frustrada por el pequeño tropiezo que Jack provocó, pero aquello no dañaría su espíritu navideño.
– Muy bien, deja esa bandeja cerca del horno, necesito que esa escarcha se vaya y luego veré como arreglo la pérdida... ¡Elfos necesito que preparen más mezcla! – gritó señalando hacía las batidoras – Recuerden que primero deben mezclar la mantequilla con el azúcar, los huevos, una cucharadita de vainilla y luego todos los ingredientes secos, ¿De acuerdo?
Los Elfos asintieron, agitando las manos mientras iban de un lado para el otro buscando los ingredientes y encendiendo las máquinas.
– ¡Yetis! – Elsa gritó, llamando su atención al instante – Necesito que esa mezcla quedé perfectamente aplanada para que luego pueda cortarla, ¿De acuerdo? Los elfos se ocuparán de mezclar todo y dejarlo perfecto para ustedes – explicó consiguiendo un sonido de aprobación de los yetis – Y Jack...
- ¿Quieres que me encargue de-
– Largo – Elsa señaló la enorme puerta y sonrió al verle la cara a su primo –. En serio muchas gracias por tu ayuda, pero prefiero seguir esto sola – dijo, antes de tener una pequeña idea para alegrar a su primo –. Tal vez puedas ayudar a Anna con los regalos, ¿Qué dices? Llevarlos hasta el trineo.
Parecía ser que aquella idea había logrado alegrar a Jack otra vez porque le sonrió y salió de la cocina para dejarla tranquila con su larga tarea de galletas. Elsa giró sobre sus talones y observó un poco el lugar, todo estaba marchando perfectamente bien y eso la ponía feliz.
Quizás se alegró muy pronto porque el aroma a que algo se estaba quemando inundó toda la cocina y alertó a Elsa, quien corrió hacia uno de los hornos y observó como la pobre familia de muñecos de jengibre se volvian, poco a poco, de color carbón. Chequeó la temperatura y su alegría volvió a caer en picada, habían dejado a temperatura máxima cuando ella había repetido varias veces que era entre temperatura moderada o baja, siempre revisando las galletas.
– ¡¿QUIÉN DEMO... – Elsa se tragó el resto de las palabras al ver las expresiones de temor en los elfos y yetis. Tomó un poco de aire y, luego, suspiro para rehacer su pregunta con más delicadeza – ¿Quién fue el que colocó una bandeja de galletas y no revisó la temperatura en el horno? Por favor, diganme. No me voy a enojar, solo quiero que entiendan que ya perdimos una bandeja con quince galletas y no tenemos mucho tiempo, ¿entienden? Necesito que todos estemos concentrados y- ¡Anna! – Elsa cubrió su boca cuando vio a la pelirroja asomando su cabeza por la puerta – ¿Qué haces aquí? Los regalos, envolver..
– Si, tu abuela me permitió tomarme un pequeño descanso luego de envolver como setenta regalos – explicó enseñando los restos de cinta adhesiva y los pequeños cortes por papel que tenía en sus dedos –. Quería agradecerte por tu obsequio.
– ¿Ya lo viste? – Anna asintió con una corta risa y Elsa se cubrió el rostro con el delantal de cocina que estaba usando –. Se suponía que sería una sorpresa y quería grabar tu reacción cuando vieras las firma porque fue bastante complicado y-
Anna la frenó con un corto beso en los labios.
– Es perfecto, gracias.
Elsa la abrazó por encima de los hombros, ocultando su rostro en el pequeño espacio del cuello y sintiendo los brazos de Anna envolver su cintura. Permanecieron un largo rato así, olvidándose de su alrededor y lo que debían estar haciendo en esos momentos, pero nadie parecía querer interrumpir aquel adorable momento. Bueno quizás la Señora Claus que no dudó en llamar a la pelirroja por el altavoz y pedirle que regrese a su estación de trabajo antes que los elfos fueran por ella. Elsa se rió al escuchar como Anna se quejaba y se tardaba en separarse, pero al final lo hizo y se despidió con un rápido beso en la mejilla antes de desaparecer de la cocina.
Anna regresó con el cómic debajo del brazo y tarareando una canción navideña que su novia le había pegado semanas atrás, apenas inicio noviembre. Pudo escuchar un estruendo y aceleró su andar, encontrándose con varios elfos corriendo de un lado a otro con cajas y a la Señora Claus intentando calmarlos, Jack estaba en el otro extremo intentando envolver varios regalos que, a ojos de Anna, parecían haber sido envueltos por un niño de tres años. Ahora entendía porque la frustración de Elsa, el albino también había querido ayudar en la cocina y había cometido algún error que atrasó el proceso. Escondió el cómic detrás de varias cajas, siendo lo más cuidadosa posible y se acercó al guardián que intentaba quitarse la cinta adhesiva de los dedos.
– Jack, ¿qué haces? – preguntó Anna, aún cuando sabía la respuesta.
– Envolviendo regalos, duh – contestó –. Terminé de preparar el trineo y pensé que podría darles una mano, Elsa me sacó luego de que congele la masa de galletas y, bueno, me va bien envolviendo esto ¿No?
Anna no quiso responder, alejó el papel para envolver y ocultó la cinta detrás de su espalda. Le sonrió, asintiendo a lo que Jack comenzó a explicar sobre cómo había envuelto el regalo y que era excelente en eso. Un elfo se acercó por detrás, quitándole la cinta a la pelirroja y corriendo lejos de allí. Anna tenía que quitar todo el papel y volver a envolver los regalos que Jack había hecho.
– ¿Alguien pidió una bicicleta? – preguntó Anna cuando algo captó su atención.
– No, es una tablet – explicó Jack – ¡Lo envolví cómo una bicicleta para ver la cara de la niña! ¿No es brillante? – el espíritu comenzó a reírse, buscando que Anna entendiera la broma.
– Jackson – Anna dió un paso hacia atrás cuando escuchó el severo tono de voz de la señora Claus –. Ve a buscar más papel de envolver ¿Sí? Nos estamos quedando sin más y eres el único que puede conseguirlo – habló la anciana, su voz ahora sonaba más dulce pero aquel tono seguía allí, como si le explicará algo a un niño pequeño –. ¿Puedes hacerlo, cariño?
Jack no lo dudó, quería ayudar y eso lo haría estar lejos de todo por un largo rato. Anna recordó las veces que Elsa la había convencido de hacer algo con solo hablarle de la misma forma que la señora Claus, quizás era de familia. Cuando Jack abandonó el taller, la atención de la señora Claus se centró en Anna.
– Tenemos alrededor de tres horas hasta que él regrese.
– ¿Cómo lo-
– Él irá hasta Nueva York, dice que tiene los mejores diseños y siempre se pierde con las luces de Time Square – explicó con calma.
Anna miró la enorme bolsa de tela que empezaba a llenarse con todos los regalos que se había esmerado a envolver de una forma cuidadosa para que ninguno se rompiera en todo el viaje. Aún tenían tiempo, quizás cuatro horas, y ella ya había acabado su parte. Se sentía orgullosa de lo rápido que resultó una vez que Jack se marchó y pusieron manos a la obra, algunos yetis terminaron ayudando cuando la señora Claus se los pidió con un pequeño soborno de galletas entre medio.
– Increíble, ¿no?
La voz de Elsa se escuchó a su espalda, haciéndola girar para encontrar a la albina con un poco de harina en el rostro y ropa, pero de igual manera se veía hermosa. Anna se mordió el labio para no reírse, era fascinante la forma en que Elsa lograba verse adorable con cualquier expresión y ahora tenía una clásica que ella amaba. Un gesto que memorizó desde que se vieron, como Elsa ladeaba la cabeza hacia un costado, alzaba una ceja y sonreía de lado.
– Demasiado – confesó Anna.
– ¿Aún piensas que todo es mentira?
Anna dio un paso hacia ella, observando como poco a poco un sonrojo aparecía en las mejillas de su novia. Podrían pasar años y Elsa siempre terminaría nerviosa y sonrojada por la cercanía de la pelirroja, y eso le gustaba a Anna. Llevó sus manos hasta la cintura ajena, inclinándose para dejar un pequeño beso en sus labios que fue interrumpido por Jack y sus gritos.
– ¿Pueden creer que conseguí eso? ¡Es papel de regalos y tiene dinosaurios! – anunció orgulloso dejando las bolsas sobre la mesa y volteando a ver a la pareja – Soy increible, ¿no? Hasta no me cobraron nada por ellos, dijeron que no los usarían.
– Básicamente los robó – susurró Nielsen al oído de Anna, la cual solo pudo sentir su frío aliento y como una descarga le recorría todo el cuerpo – porque nadie lo puede ver.
–¡Corrección querida prima! – Jack se colocó en medio de ambas, pasando sus brazos por sus hombros y mirando sonriente a la pelirroja – Nadie que sea un adulto puede verme y los padres nunca le creen a sus hijos que estoy por ahí, así que todos ganamos.
Santa Claus apareció por la puerta con aquel atuendo rojo brillante y una enorme sonrisa al ver su bolsa llena de regalos. Jack se separó de ambas, guiñandole el ojo a su prima que frunció el ceño sin entender. Anna se alejó un poco, sin soltar la mano de Elsa que no dejó de sonreírle a su abuelo cuando este se acercó. Nicholas era demasiado alto, más alto que todos esos falsos Santas que estaban en los centros comerciales para tomarse fotos.
– ¡La famosa Anna Williams! – exclamó envolviendo a la pelirroja en un fuerte abrazo que solo causó una pequeña risa en Elsa – No tienes idea de lo que le hiciste a mi pequeña Elsa, ¿verdad? ¡La tienes enamoradísima! ¿Puedes creer que se negó a que yo te hiciera el regalo? – Sacudió la cabeza para envolver, esta vez, a la albina que respondió al abrazo – Dime, ¿le gusto? ¿Era eso?
Anna no pudo evitar abrazar el cómic que había dejado a un costado, dándole la respuesta que Nick deseaba tener. Una fuerte carcajada escapó del anciano, colocando sus manos sobre su estómago y secando una pequeña lágrima.
– ¡Qué bueno! ¡Excelente, mejor dicho! – exclamó – Me alegra saber que era lo que hubieras pedido.
Anna miró de reojo a su novia que formó una línea recta con sus labios, el regalo era algo que ella jamás hubiera pedido por cuestiones que nunca se le ocurrió. Si, deseaba tenerlo, se lo hacía saber a Elsa de vez en cuando y siempre decía que lo conseguiría en algún momento, pero no pensó que su novia se tomaría tanto tiempo para hacerlo realidad. Quizás fue eso lo que más le gusto.
La señora Claus se acercó con una pequeña canasta color verde que tenía un moño encima y estaba repleta de galletas decoradas. Anna pudo ver el orgullo en la sonrisa de Elsa al ver lo que había hecho en pocas horas porque, sí, la albina pudo llegar a la cantidad necesaria luego de perder algunas cuantas en el camino.
– Cariño, las galletas – sonrió la señora Claus – y el resto están empacadas con sus regalos. Elsa se encargó de todo, ¿puedes creerlo? Aún hace mi receta.
– Es la mejor receta – aclaró Elsa –, no creo poder hacer otra igual de buena que la tuya.
– Oh, me haces sonrojar, querida – tarareó la anciana dejando la canasta en manos de su esposo –. Promete que no te quedarás atrapado en alguna chimenea como la otra vez, ¿de acuerdo? No puedo enviar a Jack porque – Todas las miradas recayeron en el albino que se encontraba en medio de una batalla de nieve con algunos elfos – y las chicas deben regresar.
– ¿Por quién me tomas, mujer? – preguntó divertido, golpeando gentilmente a Anna – Fue un pequeño contratiempo que nunca volvió a ocurrir.
– Fue el año pasado – recordó la albina – y papá tuvo que ir por ti.
El rostro de Santa se volvió del mismo color que su ropa y eso hizo reír a Anna que ocultó su sonrisa detrás del cómic. La señora Claus le indicó que debía prepararse porque tendría que salir dentro de poco y ella necesitaba conseguir alguna esfera para regresar a la joven pareja a casa.
– Okay... Santa es real – suspiró Anna peinando su flequillo hacia atrás y riendo – ¿Debo creer que el conejo de pascuas y todos esos?
– Ow... este... no tengo mucha idea – confesó mordiendo su labio inferior –. Pero lo que sí sé es que...
Anna frunció el ceño al verse siendo arrastrada por Elsa hasta la entrada de una sala, quedando en medio de todo y con una pequeña sonrisa. La pelirroja seguía sin entender qué estaba pasando hasta que notó el punto que estaba mirando su novia. Un muérdago estaba sobre ellas.
– Puedes negarte – se apresuró a decir Elsa –, se que no te-
Anna la atrajó para callarla con un tierno beso, colocó sus brazos alrededor de la cintura ajena y sonrió entremedio cuando los brazos de Elsa rodearon su cuello. Pudieron seguir por un rato más, quería seguir estando de esa forma con su novia, pero la señora Claus las interrumpió fingiendo una pequeña tos.
– Lamento interrumpir, pero – Agitó una esfera mágica para que comprendieran –... Creo que tus padres deben estar esperando.
Elsa asintió sin retirar soltar a la pelirroja.
– Fue un gusto poder conocerte en persona, Anna – habló la anciana sonriente – y Elsa...
– ¿Sí?
– Por favor, consíguele un mejor sweater – rogó – ¡Es horrible!
Anna soltó una carcajada al ver el puchero en la ojizarca que parecía estar de todo menos ofendida por eso, quizás era una tonta tradición americana el usar esas horrendas prendas de vestir y Elsa quería seguir manteniéndola... Además la pelirroja se veía demasiado bien con él por más ridículo que fuera.
– Lo haré – prometió – ¿Ahora podemos irnos?
La señora Claus sacudió la esfera y la arrojó al otro extremo, dejando ver la sala de estar de la casa Nielsen. Anna fue la primera en atravesarlo con Elsa pisándole los talones luego de despedirse de su abuela.
Cuando el portal se cerró, Anna habló.
– ¿Eso en serio pasó? – susurró.
– ¡Sí! – tarareó Elsa sin poder contener la sonrisa – Son increíbles, ¿no?
– Tus abuelos son... Dioses... No, espera... ¡Tu regalo!
Anna salió corriendo a la habitación de la albina, lo había logrado esconder allí por más estúpido que fuera esa idea. Se lanzó al suelo para sacarlo de debajo de la cama y lo observó, buscaba que no tuviera ningún rasguño o se hubiera estropeado. Al verlo en perfectas condiciones, se levantó y volvió a la sala para encontrar a Elsa terminando de ordenar todo con la intención de armar la casa de galletas.
– Me siento un poco mal por esto luego de recibir el cómic – confesó Anna –, es decir-
– Anna, está bien – interrumpió riendo –. En serio no era necesario.
– Sh, sh. Solo ábrelo.
Elsa se rio, sujetando con cuidado el regalo de su pareja para quitarle el papel. Anna parecía más emocionada, no dejaba de balancearse en su lugar y se mordía el labio. Cuando todo estuvo fuera, lo aprecio. Era una esfera de nieve con el árbol de Navidad que solían encender en la plaza central y ellas dos en miniatura. La agito con cuidado, leyendo la inscripción en la parte inferior: la fecha en la que se conocieron.
– Oh Anna...
– ¿Te gusta? – preguntó – P-puedes decir que no, es decir, no me dolerá saber que-
Elsa se lanzó para abrazarla, dejando varios besos en su pecoso rostro que le causaron cosquillas. El regalo terminó sobre la isla, dejando que la pareja pudiera disfrutar nuevamente de un pequeño beso.
– Me encantó – confesó sobre sus labios –, es hermoso y original y te amo... ¡te amo, te amo, te amo!
Anna se aferró a su cintura, siguiendo el ritmo del beso por un rato más hasta que un silencio las rodeó por unos pocos segundos, luego escucharon la puerta principal abrirse y risas de parte de los padres de la albina.
– ¡Ah! ¿Todo bien? – preguntó Iduna al verlas.
– Todo bien, ma.
– Genial – sonrió –. ¡Oh! Antes de que me olvide, tu abuela dijo que fueron a ayudarla. ¡Las ayudantes de la señora Claus! ¿Qué tal suena?
Ambas chicas se rieron, separándose para ayudar al matrimonio a preparar la cena navideña.
– Feliz Navidad, Els – susurró cerca de su oído, dejando un pequeño beso en su mejilla.
– Feliz Navidad, Annie.
