17

Al día siguiente, muy temprano, el grupo entero comenzó a escalar la Torre Karin, con las miradas y gritos de ánimo de Lunch y Upa debajo de ellos. Subieron uno detrás del otro, yendo primero Yajirobe a la cabeza, seguido por Yamcha, Tenshinhan, Chaoz y Krilin. Y al final de la fila vertical, iba Milk.

Todos le habían advertido bastante lo complicado que sería aquella travesía, directa e indirectamente indicándole que lo mejor era que no lo intentara. Pero su resolución era absoluta, y no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer ante ninguna dificultad. Sin embargo, aunque durante las primeras horas le resultó hasta cierto punto sencillo seguirles el ritmo a los demás, conforme pasó el tiempo y la cima de la torre seguía sin verse en lo absoluto en la distancia, su cuerpo comenzó a resentir no sólo el agotamiento de tan pesada tarea, sino encima el dolor de sus heridas aún no curadas del todo.

Se forzó a sí misma a sobreponerse al dolor y al agotamiento para no quedarse atrás; o aún peor, precipitarse al suelo, pues desde la altura en la que ya se encontraba muy seguramente no sobreviviría; no se atrevía a mirar hacia abajo, pero lo tenía bastante claro. Lo único que le daba cierta seguridad era saber que si cualquier cosa pasaba, siempre podía contar con llamar a la Nube Voladora para no terminar siendo una plasta en la tierra. Aunque claro, siempre que no cayera inconsciente antes de poder hacerlo.

El tiempo pasó, y el grupo simplemente seguía y seguía escalando, sin seña alguna de que el final estuviera siquiera cerca. Ya habían incluso alcanzado las nubes, una vista que a Milk le hubiera resultado maravillosa, sino fuera por lo cansada que se sentía.

«No puede ser, ¿quién rayos construyó esto?» pensó sorprendida, y quizás un poco horrorizada. Y todavía se suponía que el Templo Sagrado se encontraba aún más alto que eso.

Irremediablemente le fue imposible seguir el ritmo de los chicos, y poco a poco se fue quedando atrás. Le resultaba inaudito que Tenshinhan y los otros parecían tener aún bastantes energías; no se habían detenido ni un instante, ni tampoco reducido su velocidad de ascenso. Era increíble que en serio tuvieran tanta fuerza y resistencia, y aun así se suponía que todos eran menos fuertes que el propio Goku. Siempre supo que había un gran margen entre su esposo y ella, pero el saber que ni siquiera estaba a la par de sus demás compañero, hacía sentir que se margen era aún más grande de lo que pensaba.

«¿Qué estoy haciendo aquí?» se cuestionó con pesar, ya en esos momentos resultándole difícil pensar por el agotamiento. «Yo no soy una guerrera, no como ellos, no como Goku… ¿por qué creí que podría hacerlo? Debí haberlos escuchado, debí de haberme quedado en casa, recuperándome de mis heridas. Soy una tonta, debería regresar en este instante antes de que ya no pueda…»

Mientras todos aquellos pensamientos inundaban su mente, uno de sus pies se colocó mal en una de las salientes de la torre, resbalándose y precipitándose hacia abajo. El cuerpo de Milk se tambaleó, se jaloneó hacia abajo, y estuvo a nada de precipitarse al suelo, justo como había temido. Por suerte aquella sacudida bastó para despertarla, lo suficiente para extender ambas manos y sujetarse firmemente de una de las orillas, con sus dedos tensos y adoloridos. Sus cuerpo entero quedó colgado, incluso siendo mecido ligeramente por el viento frío que soplaba a esa altura.

—¿Estás bien, Milk? —escuchó que la voz de Krilin pronunciaba con fuerza encima de ella. Alzó como pudo la mirada, y pudo ver como el joven guerrero de cabeza rapada bajaba rápidamente hacia ella. Se detuvo un poco por encima de ella, y extendió una mano, ofreciéndosela para que la tomara—. Permíteme…

—Krilin —pronunció con fuerza la voz de Tenshinhan en las alturas, como un trueno. Todos se habían detenido más arriba, y miraban hacia abajo. En la voz del guerrero de tres ojos se notó de inmediato la desaprobación—. Si en verdad está tan decidida a hacer esto, tiene que hacerlo por su cuenta —sentenció con dureza—. Sino, será mejor que vuelva de una vez.

Aquella duras palabras parecieron alterar un poco a los demás, pero nadie dijo nada para contradecirlo; ni siquiera el propio Krilin. Milk miró a Tenshinhan con molestia desde su difícil posición, por supuesto nada conforme con lo que decía. Sin embargo, en el fondo sabía que tenía razón; él más que nadie se lo había advertido desde el inicio. Y ahora que habían llegado hasta ahí y veía más claramente la gran diferencia entre ellos y ella, no podía más que aceptarlo.

Pero, pese a sus pensamientos y miedos de hace un momento, aún se rehusaba a retroceder. Quizás no fuera tan fuerte como ellos, pero tenía una motivación mucho más grande. Y alimentada por ella, escalaría esa torre endemoniada hasta que en verdad ya no pudiera más. Era lo mínimo que podía hacer por su hijo…

Rápidamente dobló sus piernas, y acomodó las puntas de sus pies en otra cornisa, restándole peso a sus dedos. Se tomó un instante, quedándose ahí quieta, y sorprendentemente pese a lo incomoda que resultaba la posición, detenerse sólo un poco resultaba al menos un poco relajante para sus cansadas extremidades.

—No te preocupes, Krilin —le indicó con voz seria—. Sigue adelante, no te retrases por mí.

Krilin vaciló un momento, pero luego asintió levemente.

—Por favor, no te fuerces de más. Si en verdad ya no puedes, llama a la Nube Voladora y baja a salvo a tierra. ¿Me lo prometes?

—Si, descuida —le respondió Milk con fingida confianza—. Estaré bien.

Krilin se apresuró entonces a subir para alcanzar a los otros, con una velocidad y agilidad que a Milk le provocó envidia. Por su parte, ella se quedó ahí quieta, descansando sólo un momento, mientras observaba como los demás seguían subiendo. No tardaron mucho en desaparecer de su vista.

Cuando se sintió de nuevo lista (o lo más cercano a ello) respiró hondo, y reanudó de nuevo su escalada, tomándose su tiempo, pero sin retroceder ni un paso.


Las horas que siguieron resultaron… extrañas para Milk. El tiempo pasó, y ella siguió avanzando a su propio ritmo, paso a paso, centímetro a centímetro. Cada vez que sentía que no podía más, se detenía unos instantes, recuperaba el aliento, y continuaba. Se sintió un poco más confiada al darse cuenta de que los tiempos entre un descanso y otro se iba espaciando, aunque no sabría decir si era porque comenzaba a acostumbrarse, o porque su agotamiento y el desgaste de sus extremidades era tal que ya ni siquiera le era posible sentir dolor. Pero mientras pudiera seguir moviéndose, no le importaba.

Se asustó un poco al notar que la luz que la rodeaba se iba opacando, y lo fue aún más cuando echó un vistazo hacia un lado y notó que el sol comenzaba a ocultarse en la lejanía. La noche estaba por caer, y ella seguía ahí trepada. ¿En verdad había estado todo el día escalando? Sólo hasta que esa idea le cruzó por la cabeza fue que se percató de lo hambrienta y sedienta que se encontraba; literalmente no había comido ni bebido nada en todo el día.

Ya para ese punto no le sorprendía ver que el final de la torre seguía sin ser visible. Y cuando se hizo de noche, la envolvió una oscuridad casi absoluta, sólo opacada por las pequeñas estrellas, por lo que la torre se volvió más una silueta negra que podía sentir con sus manos y pies, pero poco más.

Fue quizás en aquel momento en el que más consideró la idea de retirarse. No le apetecía seguir escalando prácticamente a ciegas, sin saber siquiera cuánto faltaba. ¿Qué tanto podría durar en el estado en el que se encontraba?

Pero no lo hizo; ni en esa ocasión, ni en ninguna de las siguientes cuando el pensamiento de rendirse se hizo presente. Ya había llegado bastante lejos. Y si aquello era una prueba para poder entrenar con Kamisama, ¿cómo podría echarse para atrás? ¿Cómo podría aspirar a salvar a su hijo si no podía siquiera hacer algo como eso?

De hecho, al final avanzar en la oscuridad resultó incluso mejor. Al no ver nada, podía imaginar que la cima estaba a sólo unos cuantos metros de ella, así que podía motivarse a sí misma a seguir avanzando con esa imagen en su cabeza. No resultó igual de sencillo estar buscando a tientas de qué agarrarse o en done colocar cada punta del pie, pero ya para ese punto luego de tanta repetición, había aprendido a medir las distancias entre moldura y moldura, por lo que su cuerpo prácticamente se movía sólo, por mero instinto.

La noche fue larga, solitaria, fría, y en especial dura. Sin embargo, cuando el sol comenzó a asomarse por el horizonte en un hermoso y esperanzador amanecer, todo su esfuerzo y su espera se vieron recompensados. Conforme el cielo se fue aclarando, y la estructura de la torre se volvió apreciable por sus cansados ojos… logró divisar algo diferente, algo grande y redondo que se posaba justo por encima de ella.

Milk tuvo que tallase los ojos varias veces para asegurarse de que no estaba alucinando de alguna forma.

«¿Es esa en verdad la cima?» se cuestionó, incrédula. No estaba segura si aquello que contemplaba en la distancia era realmente lo que creía, pero la sola posibilidad bastó para convencerse de dar sólo un último empujón.

Siguió avanzando y avanzando. Sus piernas y brazos le ardían como nunca las había sentido, sus dedos le sangraban, su cabeza le dolía por la falta de sueño, el hambre y la sed. Pero conforme más avanzaba, aquella estructura se hacía más y más grande, y más se convencía de que debía ser la cima.

«No puede ser, lo logré» se repetía en su cabeza con alegría. «Goku, Gohan, lo logré… lo logré…»

La meta estaba ya al alcance de sus manos. La cima era enorme, del tamaño de una casa, y en algún momento terminó totalmente oculta bajo su sombra. En la parte inferior, donde la torre se unía con aquella estructura ovalada, había una serie de orificios que daban a simple vista al interior. No había más forma de llegar a ellos más que intentar un salto.

«Sólo un paso más» se dijo a sí misma, observando fijamente el agujero circular más próximo a ella. Respiró hondo, flexionó sus piernas, y entonces se lanzó hacia el frente, separándose de la torre y extendiendo sus manos hacia la orilla del agujero.

Sus dedos pasaron del borde por escasos milímetros. Y al instante siguiente, pudo sentir como su cuerpo comenzaba a descender, e inevitablemente empezaría a caer directo hacia tierra.

«No, no, ¡no puede ser!» gritó dentro de su cabeza, aunque de su boca no salió palabra alguna. Instintivamente sus manos se agitaron en el aire, intentando agarrarse de cualquier cosa, pero encontrándose con la nada. Caería y no podría evitarlo. Tenía que llamar a la nube voladora, pero estaba tan agotada que estaba convencida que al abrir su boca ningún sonido surgiría de ella, mucho menos el grito que necesitaba. «Voy a morir» pensó horrorizada, y no tuvo la menor duda de que era verdad.

Sin embargo, justo antes de que su cuerpo se precipitara de lleno hacia abajo, un fuerte brazo se alargó desde el interior de la estructura a través del agujero que intentó alcanzar, se extendió hacia ella lo más que pudo, hasta tomar con fuerza apenas la punta de sus dedos.

Milk sintió un gran dolor al sentir su mano aprisionada con esa fuerza, pero además por el jalón que sintió en su brazo entero cuando su cuerpo intentaba dirigirse hacia abajo, pero encontró esa oposición hacia arriba. La joven mujer quedó colgada, sus pies meciéndose a varios metros (o más bien kilómetros) por encima del suelo. Alzó su mirada como pudo para ver qué la había detenido. Miró la mano que la sujetaba, el fuerte brazo que la acompañaba, y el rostro recio de tres ojos y cabeza calva de su salvador, que colgaba también de la orilla del agujero con su otra mano.

«¿Tenshinhan?» pensó sorprendida al reconocerlo. Le sorprendía en especial ver que, de todos, fuera precisamente él quien la ayudara.

El guerrero aplicó gran fuerza para incorporarse y volver al interior de la cima, jalando consigo a Milk. Ésta no pudo hacer gran cosa para ayudarle, sólo dejar que él la llevara consigo. Tras unos segundos, tanto Tenshinhan como Milk estaban ya en el interior de la estructura ovalada. La joven mujer no pudo hacer más que dejarse caer de pecho al duro piso, que en esos momentos le resultaba lo más maravilloso y suave que había sentido en su vida.

Milk respiraba agitada, incapaz de normalizar por su propia cuenta la agitación que retumbaba en su pecho. Como pudo se giró para quedar sobre su espalda. Giró su cabeza hacia un lado, y vio a Tenshinhan de pie, tallándose la muñeca de la mano que había usado para sujetarla.

—Gracias, Tenshinhan —susurró Milk con apenas un hilo de voz. El gurrero de tres ojos sólo la miró y se limitó a asentir como respuesta.

La mujer se tomó un momento para mirar hacia arriba. No sólo estaba recostada en suelo firme, sino que había un techo sobre ella, así como paredes circulares. Era realmente una casa construida en las alturas; era increíble.

—Milk —escuchó que pronunciaba la voz de Krilin, por lo que rápidamente se forzó a girar su mirada en dicha dirección. El guerrero de cabeza rapada se acercaba hacia ella con una amplia sonrisa en su rostro, junto con Yamcha—. Lo lograste, ¡te felicito! —le dijo con genuina alegría en su voz.

—Y lo hiciste en tu primer intento —señaló Yamcha a continuación con el mismo sentimiento—. Eso es increíble.

Milk notó que Yamcha y Krilin no eran los únicos, pues detrás de ellos venían igualmente Chaoz y Yajirobe. Todos habían ido a recibirla.

—Gracias, chicos —les respondió, esbozando una leve y pequeña sonrisa, y no estando del todo segura si sus palabras lograban ser oídas o no—. Todo el cuerpo… me duele —se quejó entre profundos y dolorosos respiros.

Hizo el ademán de querer levantarse de suelo, pero no pudo hacerlo ni siquiera un centímetro. Krilin y Yamcha se aproximaron a cada lado de ella, y entre ambos la levantaron, dejando que se apoyara por completo en ellos.

—No te preocupes —indicó Krilin, mientras Yamcha y él la ayudaban a caminar, aunque prácticamente la estaban arrastrando pues ella era casi incapaz de dar un paso por su cuenta—. El maestro Karin puede darte una semilla del ermitaño y así podrás recuperar tus fuerzas.

—¿El maestro Karin? —repitió Milk despacio, como si aquellas palabras le fueran desconocidas de alguna forma. Su mente aletargada tardó un poco en poder aclararse y lograr entender a qué se referían. Ya había escuchado ese nombre antes, ¿verdad?

—Así que tú eres la esposa de Goku —escuchó una voz chillona que pronunciaba delante de ella, resonando por encima de cualquier otro sonido.

Milk alzó lentamente su mirada hacia el frente, y vio como Tenshinhan y Yajirobe se hacían a un lado, abriéndole paso a… ¿a alguien? Milk tuvo que bajar un poco la vista, pues aquella persona resultaba ser de estatura baja, incluso menor a la de Chaoz. Y a simple vista no lo hubiera reconocido como una persona en sí, pues era un ser pequeño y redondo, con su cuerpo totalmente cubierto de pelo blanco, cabeza grande y orejas puntiagudas. Sus ojos parecían cerrados, perdiéndose entre el pelaje de su cara, y sostenía en su mano derecha un largo bastón de madera, más alto que él, casi el doble.

Aquel ser avanzó hacia ella, parándose justo enfrente, y alzó su mirada para observarla… o eso le pareció, pues era difícil determinar hacia donde miraban sus ojos exactamente.

—Sí, maestro, ella es Milk —se adelantó Krilin a responder—. Milk, él es el maestro Karin, el guardián de esta torre.

«¿Él es el maestro Karin?» pensó Milk, bastante sorprendida por dentro aunque por fuera su rostro era incapaz de poder mostrar abiertamente ese o cualquier otro sentimiento. «Pero… si es un gato»

—Es un placer conocerte —comentó de pronto aquel ser, y para sorpresa de Milk esa misma voz chillona de hace un momento surgió de su pequeña boca—. He oído mucho de ti, chiquilla

Milk se esforzó por sobreponerse a aquella impresión, y ofrecerle una reverencia respetuosa, lo mejor que pudo mientras Krilin y Yamcha la sujetaban.

—El placer es mío, maestro.

Karin asintió como respuesta a su reverencia.

—Es destacable que hayas podido subir hasta acá tú sola. Debes sentirte orgullosa por ello.

—Sí —pronunció Milk con media sonrisa—. Muchas gracias.

—Toma —exclamó el maestro Karin de pronto, lanzándole rápidamente algo pequeño. Los reflejos de Milk lograron reaccionar a pesar del dolor de sus articulaciones, atrapando el objeto en un aire: un pequeño frijol verde.

—¿Ésta es la semilla del ermitaño?

—Cómela y te sentirás mejor —indicó Karin con voz amable.

A Milk aquella semilla le resultó conocida. ¿No había Goku comido una al final del torneo de hace cinco años? E incluso le había dado una a Piccolo, sino más recordaba. Y era cierto que ambos parecían haber recuperado sus energías en cuanto las comieron… ¿Podría en verdad ser así de mágica?

No lo cuestionó mucho y decidió comerla; ¿qué tenía que perder después de todo? De todas formas tenía bastante hambre, así que esa pequeña semilla sería mejor que nada.

La semilla crujió al ser molida por sus dientes, y luego la trago entera. No tenía en realidad ningún sabor, y al inicio ni siquiera sintió como si en verdad hubiera comido algo. Sin embargo, sólo un par de segundo después el efecto se volvió totalmente tangible en cada fibra de su ser. No sólo el hambre que sentía se extinguió en un parpadeo, sino que el dolor y el cansancio menguaron enormemente, hasta convertirse prácticamente en un recuerdo lejano.

«¡Es increíble!» pensó atónita, incapaz de procesar del todo el cambio tan repentino. Pero cuando Yamcha y Krilin la soltaron y no tuvo ningún problema en sostenerse sobre sus propios pies, pudo verificar que en efecto su cuerpo se había recuperado; tan fresco y listo como lo había estado la mañana que comenzaron su escalada, o incluso más.

Milk miró al maestro Karin, su mirada repleta de asombro. Le pareció notar como sus labios felinos esbozaban una pequeña sonrisa astuta.

—Muy bien, ya no hay más tiempo que perder —comenzó en alto al viejo ermitaño, girándose hacia el resto del grupo. Todos se viraron a escucharlo con atención de inmediato—. Kamisama los espera en el Templo Sagrado para comenzar su entrenamiento. Ahora, le entregaré uno de estos a cada uno.

El maestro Karin alzó en ese momento su garra derecha en alto para que todos vieran lo que en ella sostenía: un pequeño cascabel dorado atado a un cordel rojizo. Todos parecieron un poco confundidos al inicio. El ermitaño se aproximó hasta Krilin, entregándoselo a él primero. Ya en sus manos, el joven peleador verificó que en efecto era lo que parecía en un inicio.

—¿Un cascabel? —susurró intrigado.

—Es la prueba de que han sido aprobados por mí para subir al Templo —explicó Karin, mientras iba de uno en uno, entregándoles un cascabel idéntico; luego de Krilin fue a Chaoz, luego a Tenshinhan—. Preséntenselo a Mr. Popo, el guardián del Templo, y les permitirá ver a Kamisama.

—¿Es algún tipo de cascabel mágico? —preguntó Yamcha curioso en cuanto el maestro le entregó el suyo.

—No, es sólo un cascabel normal —respondió Karin, acompañado de lo que parecían ser unas cuantas risas burlonas. Aquello confundió aún más a los otros, pensando por un momento que era algún tipo de broma, aunque no parecía ser el caso.

Luego de Yamcha siguió para entregarle su cascabel a Yajirobe, que se lo arrebató de mala gana. Luego el maestro caminó un poco más hacia un lado, y se paró justo frente a Milk. Ésta, solemne, extendió su mano hacia él y aguardó. El gato de pelaje blanco la observó fijamente (o eso sintió ella) por varios segundos, en absoluto silencio; sin siquiera moverse. Aquel silencio y esa espera desconcertaron a Milk, y cuando estaba por preguntarle qué ocurría, al viejo maestro se giró por completo hacia los otros.

—Bueno, eso es todo —declaró con voz calmada—. Ahora pueden irse y comenzar con su entrenamiento. Recuerden que el destino de este mundo recaerá en sus manos, así que buena suerte.

Milk se sobresaltó, totalmente confundida. Su mano vacía seguía aún extendida hacia el frente, aguardando.

—Oiga, espere un momento, maestro Karin —exclamó Milk en alto—. No me dio mi cascabel.

—¿Tu cascabel? —masculló el viejo ermitaño, sonando claramente confundido. Se giró entonces de nuevo hacia ella, mirándola hacia arriba desde su posición baja—. No sé de qué hablas, jovencita. Yo no tengo ningún cascabel que darte.

—¿Qué? —exclamó Milk, más exaltada que antes—. ¿Qué quiere decir con eso? No esté bromeando, por favor.

—No veo por qué piensas que es una broma —respondió Karin con abrumadora calma—. No te daré ningún cascabel porque tú no subirás al Templo Sagrado. Tú no tienes mi autorización para entrenar con Kamisama —sentenció como si nada, tomando desprevenidos tanto a Milk como a todos los demás oyentes.