Twilight es propiedad de Stephenie Meyer, esta historia es de Alby Mangroves, yo solamente la estoy traduciendo para todos ustedes con la ayuda de Larosaderosas y sullyfunes01, ¡gracias!


Capítulo 6: La lengua contenida

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Cualquier promesa que le hubiera hecho aquella noche quedaba anulada por su último sentimiento.

No importaba que le hubiera echado en cara todas las horribles habladurías que había tenido que soportar: Isabella no era una mujer ignorante, sabía cómo la veían todos.

No importaba que casi la hubiese llamado vieja y estéril. No, eso no importaba.

Fue la mención de Dios lo que quemó su último puente.

Isabella no quería tener nada que ver con un dios ladrón que robaba jóvenes hermosos para llevarlos a la guerra y permitía que los llenaran de balas de mosquete, que mutilaran sus queridos cuerpos y los desgarraran hasta dejarlos irreconocibles.

No quería tener nada que ver con un dios sanguinario que permitía que jóvenes muy apreciados fueran enterrados en un campo estéril, empapado de sangre, lejos de sus seres queridos, donde ni sus restos ni su memoria pudieran ser atendidos por las personas que habían dejado atrás.

Ella no quería nada del dios egoísta de Michael Newton, que exigía obediencia ciega a cambio de la muerte de los fieles y un dolor interminable para quienes los amaban.

Pensando momentáneamente en cómo redactar su respuesta, Isabella notó una ausencia de sonido en la casa, donde antes se había oído roncar a Charles Swan.

Suspiró, dándose cuenta de que ahora tenía que mantener su respuesta aceptable para ambos hombres.

No podía confesar que el pastor Newton le resultaba totalmente indeseable, aunque fuera cierto, ni decirle lo irónico que sería para ella casarse con un hombre de Dios, por muy cínica y blasfema que fuera.

Sabiendo que su padre los había manipulado para tener este momento a solas fingiendo que se había quedado dormido, y estaba bastante segura de que ahora estaba pendiente de cada una de sus palabras, tampoco podía tomar la segunda opción.

No podía decirle al pastor Newton que nunca se casaría mientras su padre viviera, porque no podía cargar a su padre con el conocimiento de que la había apartado de lo que él imaginaba que era una apariencia de felicidad. Le habría roto el corazón.

En lugar de eso, lo retrasó. Haciéndose la doncella ruborizada, aunque en realidad no lo era, Isabella ocultó su desdén para no disgustarlo y humillarlo.

—¡Ah! ¡Esto es de lo más inesperado! —dijo, sin tapujos—. Gracias por su oferta, pastor, me siento realmente humilde y agradecida de que me considere para ser su esposa. —Y aunque era lo último que quería hacer, le preguntó—: ¿Puedo pensarlo?

Sin ser visto dentro de la casa, su padre se limitó a sacudir la cabeza con tristeza y se dejó caer en su silla.

—Por supuesto, señorita Swan, tómese todo el tiempo que necesite —respondió el pastor, con la misma falsedad, dolido de que ella no aprovechara inmediatamente la oportunidad de convertirse en su novia. Después de todo, ¿qué otra perspectiva tenía?

Isabella lo vio alejarse en la fresca noche con el corazón encogido, sabiendo que estaba prolongando la inevitable decepción que pronto sufriría.

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Y así fue como Isabella y su padre continuaron asistiendo a la iglesia los domingos, el incómodo silencio que se extendía entre ella y los dos hombres, uno esperando su aceptación y el otro temiendo su rechazo.

Habían pasado tres semanas desde la proposición y, sin embargo, Isabella nunca encontraba el momento adecuado para dar su respuesta al pastor.

Él sólo había mostrado paciencia, y aunque a menudo sentía sus ojos clavados en ella, nunca la abordaba ni la presionaba.

Isabella pensó que su paciencia era fruto de su vocación. De hecho, Michael Newton no era tonto. Intuía que se acercaba su rechazo y no tenía prisa por recibirlo.

El día en que por fin resolvió el asunto fue un día como cualquier otro, o eso le pareció por la mañana cuando comenzó su paseo.

No tenía otro destino que pasear al aire libre por el fresco bosque que crecía alrededor de su casa, y la verdad es que nunca iba muy lejos, ya que estaba densamente cubierto de helechos bajos y abetos gigantes que luchaban por la luz bajo el dosel nublado y brumoso.

Le encantaba el increíble olor de este bosque; la mezcla de frescor verde y lluvia teñida de musgo y maleza en descomposición le resultaba nostálgica y reconfortante. El bosque era omnisciente y antiguo, y en él se sentía en paz.

Mientras caminaba por el borde del bosque con la habitual llovizna de Forks empapándole la cara, se fijó en la silueta familiar de un hombre montado en un gran caballo alazán que pasaba lentamente por delante de su casa en dirección al pueblo.

Estaba segura de que él no se había fijado en ella, por lo que se sintió libre de hacer abiertamente un inventario de su aspecto, empezando por reconocer que su atractivo para ella no había disminuido. De hecho, su corazón se aceleró inexplicablemente, como si estuviera emocionada por verlo de nuevo.

Se dio cuenta de que no se había acelerado al ver al pastor Newton, ni había mostrado una inclinación tan veleidosa hacia nadie en mucho, mucho tiempo.

Sintió que las manos se le cerraban en puños y se obligó a relajarlas, flexionando los dedos y deseando que cumplieran sus órdenes.

Siguió con la mirada los movimientos del jinete, que se balanceaba suavemente; las colas empapadas de su largo abrigo de cuero se abanicaban sobre el respaldo de la silla. Su rostro volvía a estar oculto por la barba y el ala ancha de su desgastado sombrero, perlado de rocío por el borde.

Sujetaba las riendas con manos pálidas y elegantes, y sólo parecía ejercer una sutil presión al guiar a su caballo.

Sus botas descansaban ligeramente en los estribos y la ausencia de espuelas en los talones denotaba el entendimiento entre un animal bien adiestrado y su amo.

Sus muslos bien formados se apoyaban despreocupadamente en los flancos del caballo, y sus largas piernas se flexionaban con el lento movimiento de la bestia que tenía debajo. El balanceo de su cuerpo era tan fluido como una danza e Isabella nunca había pensado que montar a caballo pudiera resultar tan... provocativo.

Se quedó clavada en la tierra mientras él desaparecía de su vista, y cuando pasó por encima de una cresta del camino y quedó fuera del alcance de sus ojos, finalmente se permitió descansar contra el tronco de un gran pino hasta que su corazón se calmó y respiró con facilidad.

Isabella regresó a casa pensativa y preocupada, y decidió volver a preguntar a su padre por el hombre del caballo, esta vez con convicción.

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