Twilight es propiedad de Stephenie Meyer, esta historia es de Alby Mangroves, yo solamente la estoy traduciendo para todos ustedes con la ayuda de Larosaderosas y sullyfunes01, ¡gracias!
Capítulo 7: El forajido
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Charles Swan reconoció la expresión de Isabella como la que a menudo llevaba cuando estaba decidida a salirse con la suya. Reunió sus pensamientos a su alrededor y finalmente dejó a la deriva la carga que había llevado durante años.
—Es un hombre buscado, Isabella —le dijo sombríamente—. Aquel que cabalgaba hacia el pueblo era Anthony Masen, y ha estado huyendo desde aquellos asesinatos en el rancho Masen, años atrás.
Isabella estaba sentada con los ojos muy abiertos y pendiente de cada una de sus palabras, no era de las que rehuían de las historias oscuras y ahora se imaginaba al misterioso jinete en el centro del tiroteo del que había oído hablar cuando era niña.
Su espíritu aventurero e imaginativo se había visto conmovido por la trágica historia de los Masen y su hijo condenado.
Al ver ese brillo hambriento en sus ojos, Charles se desesperó. Esperaba haberla prevenido, pero estaba ocurriendo lo contrario: ella quería más.
Suspiró, sabiendo que ella no descansaría hasta que le contara toda la historia.
»Creíamos que estaba muerto, pero te digo, Bella, que nunca olvidaré la mirada de aquel joven. Fue un día infernal, y pensé que lo había visto todo.
Charles era un sheriff experimentado en la época en que los padres del joven Masen fueron acribillados a tiros por una banda de malhechores, y le contó a Isabella la historia como un cuento de hoguera en una noche estrellada.
»La Ley cabalgó hasta la granja de los Masen, alertada por una columna de humo procedente de sus establos en llamas. Pensamos que había sido un incendio de pastos, aunque no era la época del año correcta —reflexionó Charles—. Encontramos allí a varios de los ayudantes, así como al ranchero Masen y a su buena señora esposa —Charles suspiró, contemplando el bosque, tratando de no recordar con demasiada claridad el aspecto de sus cuerpos contorsionados, tendidos sin vida en el polvo, la falda de la esposa del ranchero recogida donde no debía estar la de una dama. Charles cerró los ojos momentáneamente, recordando su propia mano cuando la extendió para cubrir su pudor.
»El muchacho, apenas convertido en hombre, estaba arrodillado junto al cadáver de su madre, con un rifle sobre las rodillas. Uno de los asaltantes muertos por ese mismo rifle yacía cerca, y no creo que fuera el único que lo probó. Aunque, para cuando llegamos, habían saqueado lo que pudieron y se habían ido. El fuego llevaba ardiendo al menos una hora, la mayoría de las dependencias no eran más que cenizas. Fue un milagro que el rancho no ardiera también. Recuerdo cómo se veía, como un sobreviviente solitario entre toda esa carnicería. Igual que ese muchacho.
El sheriff Swan se afligió por el huérfano con las mejillas llenas de polvo, la suciedad y las lágrimas mezclándose en el barro de su cara.
Pero a pesar de lo destrozado y desvalido que parecía el joven Masen, fue la caída de sus hombros y cierto brillo en sus ojos lo que preocupó al sheriff Swan desde el principio.
Isabella imaginó a aquel joven desamparado, con la desesperación y el dolor mezclados con una furiosa necesidad de venganza; conocía bien aquellos sentimientos.
Ella había atravesado ese mismo fuego con la sangre hirviendo más que el infierno.
Charles sacudió la cabeza, como si desalojara los dolorosos recuerdos de donde se habían aferrado como espectros obsesionantes a lo largo de los años.
»Tres años después de que mataran a los Masen, aparecieron miembros de esa misma banda de delincuentes con más agujeros que un colador —continuó Charles en voz baja y entrecortada, como si deseara dejar de hablar—. Pero, uno de ellos, no recuerdo bien cómo dijo que se llamaba... ¿Mark? ¿Marcus? No importa. Cuando llegamos, seguía sangrando a borbotones. Antes de que finalmente estirara la pata, ese bastardo ladrón nos contó todo sobre el chico con deseos de morir que había matado a sus hermanos, cegado por la rabia...
Charles hizo una pausa, con los ojos llenos de recuerdos lejanos.
»Podía estar lleno de rabia y odio, pero no estaba tan ciego como para fallar.
Isabella jadeó con la mano en la garganta. —¿Fue él? ¿Fue el joven Masen quien lo hizo, pá?
Charles asintió cansado. —Creo que los esperó en su propio escondite cerca del ramal de Sol Duc y los mató uno a uno con el Winchester de su padre.
—¡Ay, Dios!, los mató a todos... —susurró Isabella, volviéndose hacia la ventana para que su padre no viera sus ojos demasiado brillantes.
Mató a los hombres que habían matado a su familia.
—Aún no tendría veinte años —continuó Charles, recordando que en aquel momento nadie sabía quién había sido el tirador, sólo que se había tomado convenientemente la justicia por su mano para acabar con la plaga de los Vulturi que había estado asolando la región durante años.
El sheriff Swan había llegado a sus propias conclusiones, y cuando se aventuró hasta el rancho Masen para ver cómo estaba el joven Anthony, encontró el lugar abandonado desde hacía mucho tiempo.
Incluso había enviado una pequeña delegación a La Push para ver si un cadáver había sido arrastrado río abajo, pero fue en vano.
»Anthony Masen había desaparecido y no se le había vuelto a ver.
Nadie sabía con certeza si era el asesino y nunca se encontró su cadáver, pero hubo quienes, el sheriff Swan entre ellos, pensaron que un joven pagó con su propia vida para vengar la muerte de sus padres aquel día.
Isabella recordaba haber oído la historia de Anthony Masen, aunque no desde que era niña, y ahora lo envidiaba por lo único que ella nunca había tenido: venganza, aunque se pagara con su vida.
Después de su propio duelo, ella también había querido morir. El precio había parecido pequeño entonces.
Sin embargo, ahora parecía que no estaba muerto, sólo muerto para el mundo que lo había conocido.
Ahora que lo veía todavía vivo, aún pagando el precio de su venganza, la vieja ira de Isabella se convirtió de repente en cenizas, secas y amargas en su boca.
No podía imaginar el peso que llevaba sobre sus hombros, amplificado por tantos años de tener que esconderse y fingir que estaba muerto.
Nunca se había imaginado que tendría que seguir pagando toda su vida como lo había hecho ella, renunciando a todo y a todos, escondiéndose sólo para sobrevivir.
»Imaginé que Masen había sido herido en el tiroteo y se había arrastrado hacia los matorrales, tal vez cayendo al río y enganchándose bajo algunas raíces encharcadas, ya sabes cómo se pone el río a finales de otoño. O tal vez se lo hubieran llevado los animales. —Charles miró por fin a su hija, sentada muy quieta al otro lado de la mesa—. Hasta que hace un rato vi a un hombre que llegaba al pueblo montado en un gran caballo.
La postura de los hombros y la forma de moverse de aquel hombre le habían resultado tan familiares que el oficial de la ley que Charles Swan llevaba dentro tuvo que investigar.
Había seguido a aquel vagabundo hasta el almacén tan discretamente como había podido, y aunque ya era un hombre adulto y no el joven huérfano de hacía tantos años, Charles se había convencido de que el chico destrozado, el asesino justiciero y aquel vagabundo barbudo y misterioso eran la misma persona.
Había observado a aquel hombre hacer sus negocios de forma tranquila y respetuosa, tratando de forma justa con John Banner y otros mercaderes, a veces aceptando menos de lo que valían sus pieles y cueros y aceptándolos como trueque con cosas que necesitaba. Eso por sí solo hablaba de su carácter.
»Si hubiera albergado sospechas de que Anthony Masen seguía siendo un asesino, habría hecho una visita al Sheriff y lo habría delatado. Puede que ya no sea el sheriff, pero estoy obligado a cumplir la ley, Isabella.
Ella asintió en silencio, con la mente dándole vueltas. —Pero no lo hiciste.
Charles miró hacia la profundidad del bosque verde fuera de su casa, como si todas las respuestas estuvieran allí, sin importar la pregunta. Este lugar siempre lo hacía sentir así, como si fuera una pequeña parte de algo más grande. Como si no tuviera que soportar la carga solo. Amaba este lugar. Amaba su hogar. Amaba a su hija.
—No, no lo hice. —No sentía más que simpatía por aquel muchacho desesperado de antaño, y cierto respeto a regañadientes hacia el vengador.
A menudo se preguntaba si él habría hecho lo mismo que el joven Masen ante una pérdida tan trágica. Recordaba demasiado bien el dolor de quedarse atrás y, sin decirlo, pensó que Isabella también podría hacerlo.
