Resulta que, enfermar en Mieta es más común de lo que creía. Ya que en Obelia, las únicas veces que enfermó fue en su niñez debido a su maná y en su adultez, cuando Athanasius lo embrujó usando a su sobrina.
Incluso cuando trasnochaba y bebía casi siempre, Claude no enfermó. E ingenuamente creyó que no lo haría viviendo en Mieta, jubilándose de ser emperador y dejándole el cargo a su unigénita… Hasta que un día amaneció con un fuerte dolor de cabeza y garganta, la nariz goteándole y la temperatura alta sin contar el cansancio extremo que recorría su cuerpo.
Ni siquiera pensar podía de tan enfermo que se sentía. Y aunque dormir nunca le molestó, ¿cómo podía hacerlo con este estado tan deplorable?
Había subestimado el clima de Mieta.
– Ah, esto me trae recuerdos~ – mencionó Athanasius, mojando con ligeros toques su frente con un paño húmedo y una pequeña sonrisa. Claude frunció el ceño al percibir la burla en su voz pero incapaz de darle una mirada amenazante o decirle que se callara –. Y yo que pensaba que no volvería a verte así, hermanito.
Un gruñido a medias fue la única respuesta que obtuvo, ensanchando su sonrisa.
– Esto te pasa por meterte a bañar tarde y no secarte apropiadamente, eh.
– Calla…te.
Athanasius soltó un pequeño bufido, sin borrar su sonrisa. Remojando el paño en la tina chica, exprimiéndola hasta quitarle el exceso de agua y así, ponerlo sobre su frente y cubriendo sus ojos de paso. Algo que agradeció internamente Claude, casi aliviado.
El mayor negó con la cabeza con ligera diversión, levantándose de la silla que había acercado a la orilla de la cama compartida y buscando entre las cosas que había pedido en cuanto el doctor lo había revisado. Tomando entre sus dedos, el frasco con la medicina para la gripe, mirando de reojo a su hermano convaleciente.
Sí, esto le traía recuerdos agridulces. Cuando Claude era un marginado y él, un príncipe sin poder ni voz; siendo ahora, él un traidor oculto y su hermano un emperador retirado.
– Espero y puedas levantarte para comer y tomar la medicina, no quisiera tener que dártelo con mi propia boca como esa vez.
Soltó una risa, esquivando el trapo lanzado a su cara.
Si bien lo más sencillo era dejar a Claude al cuidado de la pequeña servidumbre en la mansión, Athanasius tuvo la iniciativa de cuidarlo por su cuenta. No era la primera vez que lo hacía, pero si la primera desde que se reencontraron y luego de todo el desastre que su rencoroso antepasado causó en el palacio.
El haber despertado con la piel de Claude hirviendo, fue desagradable y aunque no quisiera admitirlo con tanta facilidad, le había preocupado y se había sentido aliviado de que se tratase de una mera gripe y no algo relacionado a magia negra o el flujo de maná. Aunque tal vez y Claude ya lo sabía, por cómo se dejaba atender y cuidar por él.
Incluso si ninguno de los dos lo mencionaba en voz alta.
Athanasius cargó a Claude –aunque eso le provocó un pequeño dolor de espalda– hasta el baño, le ayudó a quitarse la ropa (sin toqueteos o travesuras, como Claude esperó secretamente sólo para soltar un bufido de la decepción) y con cuidado, le ayudó a meterse a la bañera. Y aunque la ligera fiebre le hacía percibir el agua como helada, se abstuvo de mostrar el su expresión esta misma sensación; aunque la sonrisita que Athanasius le estaba dedicando, dijera otra cosa.
– ¿…Qué?
– Oh, nada. Sólo me preguntaba si querías que te jabonara la espalda o te ayudara a bañarte, ya sabes, como un buen hermano mayor~.
Claude lo miró con aburrimiento.
– ¿Ahora vas…a ser mi hermano?
Ambos saben las implicaciones detrás de esta pregunta.
– Bueno… no puedo ser tu fogoso amante en estos momentos, porque estás enfermo, Claude – explica, tomando de una de las esencias de las bandejas sobre una mesita cerca de la bañera de mármol, vertiendo un poco de esta en su mano. Bajo la atenta pero somnolienta mirada de su contrario –. Así que, sólo soy tu hermano mayor ahora – sonríe ligeramente, tomando con delicadeza su brazo al mismo tiempo que talla este con el líquido.
Decir que no está complacido con las atenciones que Athanasius le está dando, sería difícil de negar. Casi se siente nostálgico este tipo de acciones de su hermano, de ese tiempo que no se va a recuperar y volver; Claude casi podría confiarle su integridad a Athanasius, sin temor a salir herido o que lo abandonará (otra vez).
Pero él no quiere un hermano, en realidad.
–… No quiero – murmura, aprovechando el silencio en el cuarto de baño y su pequeña cercanía. Mirando con intensidad el falso negro en los ojos de su medio hermano, que tiembla por un segundo y revela un azul igual al suyo en ese lapso.
Yo quiero…
Sus narices están rozándose para ese momento, y esa distancia podría acortarse de no ser por el pequeño bufido-risita que Athanasius deja escapar al mismo tiempo que se aparta con media sonrisa.
– No es que tengas opción, Claude – repone, dejando su brazo en el agua de la bañera, buscando entre los demás frascos algún aceite para relajar su cuerpo –. Así que, tendrás que esperar que esperar hasta que te recuperes.
El menor aprieta las manos en puño y aparta la mirada ofuscado ante su rechazo y su terquedad.
Claude de Alger Obelia se promete hacer sufrir a su hermano en cuanto se recupere o eso es lo que piensa unos instantes antes de que Athanasius le lave el cabello y le vierta una jarra de agua que percibe como fría por su pequeña fiebre.
Los días estando convaleciente parecen casi eternos y demasiado largos para su gusto, pese a que prácticamente Athanasius está al pendiente de su estado y lo está cuidando personalmente. Incluso cree que es alguna especie de venganza por haberlo matado y estar a punto de matar a su sobrina o tal vez, una nueva forma de tortura.
Ni siquiera los besos que le da en la frente son suficientes y es molesto como le niega un beso en los labios o esquiva sus insinuaciones.
Claude odia estar enfermo.
Y cuando finalmente se recupera…
– Me las vas a pagar Athanasius.
Es todo lo que menciona antes de despojar de su ropa de dormir a su hermano y acorralarlo contra la cama. Athanasius ni siquiera puede protestar o termina de procesar la situación en cuanto Claude ya está mordiendo su cuello.
Esta no era su idea para empezar la mañana y el día, pero no va a negarse a esto.
La espera valió la pena, se dice a sí mismo mientras enreda sus dedos en el cabello de Claude en un caluroso beso.
(– Eres un insaciable, Claude.
– Tú no eres mejor).
