No recuerdo cuando fue que subí esta historia, disculpen la tardanza, pero hace unos días que me percate de las notificaciones.
Espero que la disfruten y muchísimas gracias por los comentarios.
CAPÍTULO 2
La paciencia en mi situación es inexistente, el agotamiento paso factura. Necesito el maldito dinero, lo que no me quedaba tan claro es si a este costo, día sí y día también, en los que me tocaba interactuar con estos vulgares clientes.
De pie me heleé el borracho y el idiota herido posaron sus miradas asesinas en mí. La culpa fue del peliverde que se interpuso, a estas alturas el gordo borracho estaría inconsciente ahorrándonos esta peculiar escena.
—¿Qué has hecho mujer? —la mirad asesina que acompaño esa pregunta causo un escalofrío por toda mi columna. El musculoso seguía sosteniendo la mano del otro tipo, apenas se movió unos milímetros cuando su aura cambio por completo.
—¡Cabeza de alga no se trata así a una hermosa dama! —gritó entrando en la escena un rubio de ceja rizada dando una potente y veloz patada en menos de un segundo al hombre robusto, todo esto lo hizo sin tirar el cigarrillo que sostenía sus labios.
Hubiera jurado que eran amigos, ambos entrometidos venían con otros dos chicos, los cuatro jugaban al billar y decir que llamaban la atención era quedarse corta. Cada uno destacaba, el rubio llevaba un traje, el peliverde vestía de informal, el de pelo rizado con una nariz extremadamente larga usaba un peto de cuadros y el más llamativo un chico moreno con cicatriz debajo de su ojo derecho llevaba un sombrero de paja. Por separado no dañaban la vista, pero unidos era algo intolerante para la vista.
Siendo sincera el que más llamó mi atención fue el rubio, si de algo entiendo es de marcas caras y por las costuras del traje y lo bien que se adoptaba a él facilitándole el movimiento estaba hecho a medida.
—¿Está usted bien bella flor? —el rubio cambio radicalmente, se me acercó con corazones en los ojos.
Al parecer es un mujeriego, creo que hoy será mi día de suerte. Antes de poder mover ficha el del pelo verde le lanzó un puñetazo, el rubio no se quedó atrás y comenzaron una pelea. Vi pasar una oportunidad de oro frente a mis narices.
Con suspiro decidí retirarme de esa escena tan bochornosa sin ningún éxito, el borracho me sujeto de la mano con una sonrisa retorcida, justo lo que me faltaba ahora.
—¡Galleta galleta, metralleta! —el sombrero de paja me salvó de las garras de aquel pervertido. —¡Que divertido, pelea! —gritó causando una batalla en el bar.
Mi apestoso jefe salió enseguida a ver lo que pasaba, puta suerte la mía. Detrás de la barra contempló todo el panorama hasta acabar fijándose en mí, tragué saliva en el acto, ya me advirtió que a la siguiente estaría en la calle, aunque he de decir que las anteriores nunca habían alcanzado esta magnitud.
Al acabar todos los borrachos y el grupo de raritos salieron sin oponer resistencia bajo la supervisión del jefe y de los matones de seguridad. Pasé lo que me quedaba de jornada y como es de costumbre gracias a mi sonrisa obtuve muy buenas propinas, nadie me reclamó, ni regaño por lo ocurrido esta noche, pensé que me habría librado, que ilusa fui.
Justo al acabar la jornada mi jefe me esperaba con cara sería más que de costumbre, todo el mundo recibió su sueldo menos yo. Espero a que todos se largaran de allí con los brazos cruzados hasta quedar nosotros dos, escuchaba nuestras respiraciones.
No lo mire a los ojos, me temía lo peor, un premio no recibiría, espero que no me descontara los daños de hoy sino estaría bastante jodida para coger el bus a casa sin dinero, ya que lo deje todo en casa y contaba con mi pago.
—Lo de hoy no se volverá a repetir —este hombre siempre intimidó, normal teniendo en cuenta la zona en la que tiene el bar y lo bien que lo lleva—estás despedida, quitando todos los daños a mi local y al material no tendrás el sueldo de la noche de hoy, soy generoso teniendo en cuanta que tu salario no da ni para una cuarta parte, a cambio de perdonarte la deuda exijo no volver a verte en lo que me queda de vida.
Una patada en la boca del estómago, el trabajo salía rentable por las propinas, me dolió el futuro dinero que perdí, aguante tanto para esto, mis manos se transformaron en puños y en silencio me clavé las uñas. No esperaba que me diera las gracias, pero se pasó tres pueblos. Por la zona y los clientes pasados de copas siempre había movidas, para mi gusto es injusto, me ahorré la saliva, por lo poco que lo conozco sé que no sirve de nada hablar.
Como esperaba ni se despidió de mí, se quedó allí inmóvil en su pose autoritaria y mirada helada. Dar cada paso me costaba horrores, mis pies pesaban toneladas por la rabia acumulada, la impotencia me recorría, el peliverde es el culpable, si lo hubiera dejado inconsciente el personal de seguridad los hubiera echado y no se hubiera dado a lugar esta desdichada situación. Podría usar las propinas para coger el bus, deseche la idea, las propinas era el plus que guardaba para pagar la enorme deuda.
Como las cosas no pueden ir a peor nada más salir una vos me alerto mire hacia los lados para defenderme y salir corriendo.
—Es a ti mujer —esta vez la voz provenía de mi retaguardia —por ti mi camiseta se ha echado a perder.
Gire sobre mis talones encontrándome con el imbécil de pelo verde, de fondo estaban sus dos amigos, el narizota y el sombrero de paja sujetando al rubio.
—Por ti perdí mi trabajo desgraciado –grite desmesuradamente, controlarme no era necesario, me urge descargar toda esta frustración —un idiota como tú no sabe lo difícil que es conseguir empleo, no quiero verte en mi vida, desaparece.
Antes de volver a mi rumbo el volteo mostrándome la herida sangrante y la destrozada camiseta. Por un segundo dude en disculparme, el dinero me hizo cambiar, no tengo dinero para compensarle y la que salió perdiendo soy yo, una camiseta frente a un trabajo, soy la víctima, no al revés.
Sin un centavo en mano, me tocó andar hasta mi siguiente trabajo de mañana, llegaría tarde debido al imprevisto de última hora. Un coche me estuvo pitando durante todo el camino, fingí estar escuchando música en mis auriculares, la realidad es que me acojonaba mirar y encontrarme con el gordo borracho de sonrisa retorcida.
Paré en un semáforo y el loco del coche negro se paró, hasta ese momento no me fije que el auto era un mercedes deportivo negro, resulto ser el rubio de ese pintoresco grupo.
—Quería disculparme en nombre de mis idiotas amigos — me extendió una tarjeta en sus finos dedos —puedo compensar lo de esta noche ofreciéndote trabajo en mi restaurante, si alguna vez se ve en apuros no dude en contactarme.
Se esfumo de la nada antes que el semáforo cambiara, podría haberse ofrecido a llevarme, aunque lo hubiera rechazo, subirme en el coche de un extraño entra en mi lista de cosas que bajo ninguna situación hacer.
El ceja rizada me parecía muy elegante y educado, me hablaba con dulzura, su coche y reloj que alcancé a ver más su traje delato que tiene lo que tanto ando buscando, dinero del bueno.
Salí de mis pensamientos profundos y apresure el paso, corrí literalmente después de guardar la tarjeta, ya tendría tiempo para planear algo. El milagro fue que llegué justa, no me dio tiempo a cambiarme, siendo la primera vez que me ocurría en el trabajo fueron compresivos.
El ambiente es otro claramente, la mayoría de clientes eran personas que solicitaban el café para llevar y tomarlo de camino al trabajo, la mayoría oficinistas de clase media bien educados.
Lo que me gustaba de este trabajo es que los incidentes vulgares no daban a lugar, puede que de vez en cuando apareciera algún cliente borde o descortés, siempre el encargado lidiaba con ello. Me despedí como siempre, por suerte hoy libraba en mi puesto de cajera, podría dormir algo y contabilizar las propinas.
Vivía en las afueras en los pisos de más baja renta, mejor dicho, un estudio, lo único que tenía separado del resto de la habitación es el baño, eso me valía para vivir. Esperando el ascensor para ir a la tercera planta recordé la tarjeta. Al fijarme mejor en ella, leí a la perfección el nombre del lujar, Baratie, un restaurante de lujo muy famoso en todo el país, en la parte trasera de la tarjeta aparecía escrito a mano Sanji con un número de teléfono, sin dame cuenta todo lo de ayer fue un golpe de buena suerte, ya siento que me enamoré de su dinero. Dentro del ascensor me contuve quise bailar por la alegría, alcanzaría mi objetivo en nada, me bañaría en berrys.
Mi sonrisa cambio cuando las puertas del ascensor se abrieron en la tercera planta donde está mi nuevo hogar, vi a una persona que desearía no ver, tenía justo delante de mis narices al peliverde vestido de chándal. ¿Qué mi suerte mejoró? Mi trasero.
