1: La vida que merecemos

Ciudad Gotham, 1981

El aire salado de las costas de la ciudad era común durante el verano, la brisa marina pegaba al menos a las orillas de la pequeña isla hecha metrópoli, y aunque era casi un hecho que ese aroma sólo se podía percibir en los límites de esta, muchos ciudadanos de Gotham aseguraban que se podía percibir el olor del océano entre las calles. Algunos aseguraban que una mejor forma de sentir ese viento aromatizado era irse a la azotea de los edificios más altos, sentarse y disfrutar. Claro, era recomendable hacer esa actividad en el amanecer o el anochecer, no era buena idea ir a la azotea en plena 2 P.M.

De los edificios más altos de Ciudad Gotham se encontraban el Hotel Gotham, el World Trace Center, el edificio del Gotham Gazette, algunos partes del Times Square de Gotham y por supuesto, la afamada Torre Wayne. Aquel edificio pertenecía a una de las familias más importantes del país.

Los Wayne eran una de las familias más poderosas, imponentes y millonarias del País y una de las más longevas de la ciudad de Gotham. Se data que los Wayne como familia surgieron en el siglo XIV en Europa y se fueron extendiendo hasta llegar a América como colonizadores. De ahí en adelante, su riqueza fue engrandeciendo hasta convertirse en una cosa absurda monetariamente. Actualmente, cualquiera que perteneciera a los Wayne de Gotham jamás conoció la miseria y la pobreza.

A excepción de una sola y desafortunada alma.

Aquella sola y desafortunada alma de la que estamos hablando tiene rostro, ojos, voz, nombre y apellido: Arthur Fleck.

Arthur Fleck era un desafortunado hombre de 34 años de edad aunque su aspecto lo hacía lucir al menos cinco años mayor, esto gracias a las penurias, el estrés de salir adelante con los pocos centavos que ganaba, su adicción al cigarrillo y sus enfermedades mentales. Arthur se levantaba todos los días a las seis de la mañana, se quedaba entre el letargo del mundo de los sueños y el mundo real por al menos cinco minutos. Al despertar completamente, se levantaba del sofá, (el cual era su cama) y caminaba alrededor del departamento. Solía entrar al baño, hacer sus necesidades matutinas y se daba una larga ducha, a veces el agua salía caliente, a veces no.

Arthur preparaba un desayuno para dos personas, tenía buenos dotes culinarios, aprendió a cocinar muy bien y siempre sacaba buenos platillos a pesar de la poca comida existente en el refrigerador. Una vez preparado el desayuno, Arthur se dirigía al dormitorio de su madre, Penny Fleck, y la despertaba suavemente, diciéndole que el desayuno estaba listo. Poco después Arthur aparecía en la habitación con una bandeja de madera.

Penny miraba a su hijo, a veces se sentía mal de ser una carga para él, ella tenía 60 años, pero, extrañas enfermedades la hicieron envejecer antes de lo normal, su rostro se llenó de arrugas, su cabello se volvió débil y quebradizo, y ya tenía que arrastrar sus pies sí intentaba andar sola por el departamento. A veces se ayudaba de una andadera, cosa que consiguió Arthur con mucho esfuerzo y muchas horas extras en el trabajo.

El pequeño departamento donde ellos vivían constaba de una sala-comedor, una cocina, un baño, una habitación y ya. Eso era todo, no tenían más habitaciones donde descansar, más espacio que decorar. Normalmente sus cosas estaban apiladas en los pequeños rincones de la sala, más decoraciones asequibles y baratas alrededor de las paredes. Es por eso que la cama de Arthur era el sofá: No tenía otro lugar donde descansar.

Una vez que su madre tenía el desayuno, Arthur encendía la pequeña televisión frente a su cama para que se entretuviera un ratito. Salía, se cambiaba de ropa, echaba sus cosas del trabajo en una bolsa de papel, se despedía de su madre e iba a trabajar 14 horas al día en la agencia de payasos "Ha-Ha's". Arthur no era muy bien recibido ahí, apenas los demás le dirigían la palabra, y sí lo hacían, era para hacer chistes de él, ya sea por su físico, su extraña forma de ser o de sus enfermedades, a Arthur sólo le quedaba reírse, nada más. Sólo tenía dos amigos en el trabajo: Randall y Gary, Randall era un enorme y gordo hombre calvo que también se unía a las burlas de los demás, parecía que era él quién se burlaba más de Arthur que el resto de Ha-Ha's, y Gary era un hombre con una condición especial: Tenía enanismo, y era el único en Ha-Ha's que tenía empatía por Arthur.

Arthur tomaba un bus y el metro de la ciudad para ir a trabajar, y era lo mismo para regresar a casa, tomaba el metro y un bus para volver a casa. Siempre subía y bajaba unas interminables escaleras entre las calles del Bronx de Gotham que lo llevaban al edificio donde era su hogar. Arthur miraba esas escaleras cuando regresaba, interminables, como la melancolía en su vida.

Finalmente, después de una larga caminata, al llegar a su departamento (Y siempre y cuando el elevador chatarra no se atascara como siempre), Arthur suspiraba de alivio, anunciaba su llegada, se quitaba su sudadera de color amarillo quemado e iba con su madre. Platicaba del día, a veces mentía sólo para no preocuparla, de que el día había ido muy bien. Hacía la cena, se sentaban en la cama y veían juntos "El Show de Murray Franklin", sólo en ese momento del día, Arthur estaba relajado y podía tener la guardia baja.

Esa era la rutina interminable de Arthur, 6 días a la semana, un día de descanso, pero tampoco descansaba del todo en su día libre, simplemente un día más de su vida de poco valor, una que no valía la pena vivir. Arthur constantemente tenía ese pensamiento. Arthur no era religioso, Penny lo era y trató de inculcarle los mismos valores cristianos que ella tuvo, más Arthur sólo le pedía una plegaría a Dios de vez en cuando:

Que acabara con su vida, que se lo llevara lejos de ahí, de Gotham, del mundo, de las personas, sí es que el mismo no decidía tomar la decisión por El Señor. Eso o que le concediera un milagro, pero un verdadero milagro que perdurara, que no fuese algo temporal, algo que lo hiciese sentirse bien y feliz sólo por un corto periodo de tiempo, que fuese algo longevo, o que tal vez fuese para siempre.

Arthur se sentía un hijo olvidado de Dios, tenía sentido, tal vez Dios estaba más preocupado por otros hijos suyos, y él podría comprenderlo, ¿Cómo Dios iba a cuidar de un hijo roto y maldecido? Arthur se sentía así desde el inicio de su existencia. Esa maldita enfermedad que él consideraba una maldición, algo muy malo debió haber hecho en su vida pasada para que Dios lo castigara así: Afección pseudo pseudobulbar, epilepsia gelástica, la llamada "Risa Patológica". Sí Arthur se odiaba, era por ello. Y jamás iba a amarse en la vida, si quiera tenerse un poco de lástima, la gente lo veía como un monstruo, y él se consideraba como tal: Un monstruo que no merecía nada.

Sin embargo, las plegarias de Arthur a Dios fueron escuchadas, y Dios, en vez de elegir la fatal primera opción, fue la segunda: Le concedería un milagro permanente. No, no sería la desaparición de su risa, tampoco despertaría de la noche a la mañana con toneladas de amor propio. El milagro llegó en un sobre amarillo en el buzón de los Fleck, un citatorio de Empresas Wayne de índole urgente.

En la sala de espera de la afamada Torre Wayne, Arthur Fleck y Penny Fleck estaban sentados en los sillones de cuero. Ellos dos sobresalían por encima de las demás personas en la sala y no de una buena forma. Arthur miraba incómodo a su alrededor, empresarios y hombres de negocios en trajes elegantes, zapatos pulcros y relojes caros. Arthur miraba incómodo a sus ropas desgastadas, sus zapatos roídos, y ni siquiera tenía reloj. Arthur aguantaba el nerviosismo, se sentía incómodo, incluso podía percibir que estaba siendo ya rechazado por las personas de ahí con la mirada. Tomaba la mano de su madre, esperando mitigar su ansiedad.

En cambio, Penny lucía bastante entusiasmada por esa cita, incluso ilusionada. Penny no paraba de contar que ella una vez trabajó para los Wayne y recordaba con cariño especial a Thomas, incluso llegaba a redactarle cartas interminables que Arthur tenía que enviar a la oficina de correos.

Arthur suspiraba, lejos de compartir el entusiasmo de Penny, miraba su pie zapateando contra el suelo, ¿Porque recibió un citatorio de Thomas Wayne? ¿Para qué lo querría ver a él y a su madre?

—No entiendo que estamos haciendo aquí, mamá— Arthur susurró a su madre, temiendo que su voz delataba su lugar en la Torre Wayne —Thomas Wayne es un hombre… Bueno, tú sabes, es un hombre de negocios ocupado, es millonario, es un empresario exitoso, ¿Nosotros que tenemos que hacer en su mundo?— Su susurro se vuelve más incómodo y desesperado —Sea lo que sea por lo que nos haya citado, no creo que sea algo bueno, no creo que sea algo bueno para nosotros…

Arthur se encoge en el asiento, estaba tan asustado que no quiere imaginar la razón, tal vez les harían daño, tal vez les quitarían lo poco que tenían. Sólo lo consolaba el hecho de que su madre trabajó tiempo atrás con ellos, ¿Pero hace cuanto fue de eso? ¿Más de 30 años? De seguro Thomas ni se acordaba de Penny.

—Tranquilo Feliz— Penny calmó a Arthur con una sonrisa y aquel apodo dulce del cual siempre nombraba así a su hijo, "Feliz" —No tiene por qué ser nada malo, Thomas Wayne es un buen hombre, y seguro tiene algo bueno para nosotros…

Arthur intentó creer las palabras de su madre, pero tenía miedo de caer en la misma ingenuidad que ella.

Una voz joven femenina los interrumpió, la secretaría de Thomas se acercó al par —El Sr. Wayne los está esperando en su oficina— La joven dama dijo con una enorme sonrisa cálida. Ella y Arthur ayudaron a Penny a levantarse del asiento y los dos se dirigieron a la enorme puerta que la secretaría ayudó a abrir. Arthur tragó saliva antes de entrar, a la vez que los ojos cafés de Penny se llenaban de ilusión.

Al cruzar el umbral y escuchar la puerta cerrarse, Arthur miraba a su alrededor en la imponente oficina. Había una larga mesa de negocios, donde ahí se encontraban al menos cuatro hombres en traje con papeles en sus manos y sus maletines abiertos. Se sintió intimidado por la presencia de esos profesionales. Su corazón se hundió más al ver la presencia de Thomas Wayne, quién estaba de espaldas mirando a la ciudad a través de la gigantesca ventana, latiendo con fuerza, lleno de ansiedad por lo desconocido.

—B-Bue…— Arthur odió que sus palabras se quedaran atoradas en su garganta, y después de un rebuzno lleno de fastidio, lo intentó una vez más —B-Buenos días— Arthur tartamudeó nerviosamente, mientras ayudaba a su frágil madre a sentarse en una de las sillas de la larga mesa de negocios. Thomas se giró, dándose el tiempo de ver a Arthur y a Penny.

Si de por sí Arthur se sentía intimado, ahora estaba atemorizado, más porque Thomas Wayne no decía ni una sola palabra. Nada, sólo estaba viéndolos fijamente. Arthur intentó buscar la mirada de su madre, más se daba cuenta que en realidad, ella estaba viendo a Wayne a los ojos con una enorme sonrisa.

—S-Señor Wayne— Arthur intentó nuevamente hablar, adelantándose a la tragedia de ser necesario —N-No entendemos las razones por las que mi madre y yo estamos aquí ¿S-Sucede algo malo?

Por detrás del respaldo donde Penny reposaba, la mano de Arthur no paraba de temblar, e intentaba calmar esa tensión con su otra palma, aprisionando sus manos entre sí. Arthur siente un nudo en la garganta, esperando que no se convirtiera en otra maldita risa patológica. Teme a un peor sufrimiento del que ya conoce.

Más después de esos eternos segundos, Thomas sonríe y se acerca a Penny primero.

—Penny, después de todo este tiempo, créeme que me alegra volver a verte. Lamento los errores del pasado, pero gracias por darme la oportunidad de enmendar esos errores…— Dice cálidamente a Penny, la cual sonrió con ternura.

—Gracias a ti por acordarte de nosotros después de todos estos años…— Penny respondió con la misma afectividad.

Arthur no comprendía absolutamente nada, pero al parecer después de todo ese tiempo su madre tenía razón, Thomas si se acordó de ella, pero, ¿Porque esta cita? ¿Y porque se veían tan cercanos?

Después de ese reencuentro cordial, Thomas finalmente elevaba su rostro a Arthur y lo saludaba de mano —Se que me conoces pero debemos de presentarlos. Thomas Wayne, tú debes de ser Arthur, ¿Verdad?

—Si… Si, Arthur….— No fue capaz de decir su apellido, sólo dijo su nombre, Arthur.

Arthur correspondió nervioso el saludo, y una vez acabado, Thomas decidió ir al grano.

—Arthur… Me complace que hayan podido venir. Esta reunión la tuve que hacer de carácter urgente, pero realmente los quería ver. Después de todo este tiempo, espero que podamos ponernos al día. Hay mucho de lo que tenemos que hablar los tres… Especialmente sobre el hecho de que eres mi hijo.

Arthur creyó que le dijeron un chiste. El mejor chiste de todos o el peor. Sí, definitivamente el peor. Paralizado, miraba atónito a la cara de Thomas, buscando una señal, una maldita señal de lo que estaba diciendo era broma, él era experto en chistes y sabía cuándo una persona bromeaba o hablaba con ironía o era sarcástica, pero la cara de Thomas sólo esta resonaba seriedad.

Arthur buscó a su madre, y antes de que pudiera hacerle la pregunta, Penny asintió con su cabeza, sollozando de felicidad en silencio—Es verdad. Feliz, Thomas Wayne es tu padre…

La revelación finalmente cae como un rayo sobre su cabeza, sacudiendo los cimientos de su realidad, su pasado y presente, y quizás su futuro.

—¿Q-Qué…? E-Esto… Esto…— Los ojos verdes de Arthur miraban a Penny, luego a Thomas, otra vez a Penny, a las miradas de los abogados, sentía demasiado ojos sobre él, y aunque Arthur anhelaba ser notado por los demás, no quería que fuera así. No así.

Arthur sentía que su cabeza da vueltas, todo lo que era, su camino, sus creencias, las pequeñas mentiras dichas a las personas que cuando le preguntaban qué porque no tenía papá. Todo eso se destrozaba poco a poco hasta quedar reducido a nada. Thomas Wayne, ¿Su padre? ¿El mismo rico magnate que salía en las portadas de los periódicos? ¿El hombre más rico e influyente de ciudad Gotham? ¿El hombre que planeaba a futuro postularse para la alcaldía? ¿Ese mismo hombre tenía la misma sangre que él?

—Pero… Mamá… Tú me dijiste…— Las palabras quedaban atoradas en la garganta de Arthur y las primeras lágrimas traicioneras salían de sus orbes. Todos los recuerdos de su madre explicándole porque era el único del grupo de sus amiguitos de la infancia que no tenía papá. Todas esas palabras y explicaciones vagas, todo ese tiempo creyendo en una mentira.

Arthur sentía que la confusión inicial evolucionaba a dolor, un dolor que jamás creyó explicar, una esperanza, esperanza de que aquel pequeño Arthur finalmente tenía un papá al que presumir, e ira… Ira de todas las mentiras que se le dijo a lo largo de su vida.

El tormento de emociones provoca que Arthur quedara estático, sólo observaba como Thomas se agachaba y abrazaba a Penny con cariño, Thomas susurrando una disculpa sincera. Y un pico de enojo se elevó al ver como Penny lo perdonaba como si nada.

Cuando Thomas se separó de Penny y le dio un pequeño beso en el cabello, se dirigió a Arthur, listo para darle un abrazo, pero, para sorpresa de ambos padres, Arthur se alejó de Thomas.

—Hijo, sé que debes de estar confundido, pero es verdad lo que tu madre te dijo y lo que te digo, eres mi hijo, soy tu padre— Thomas, sabiendo que esa sería una posible reacción, se acercaba a Arthur con discreción.

Arthur en cambio sentía su rabia crecer a pasos agigantados, y en un tono de voz dolido, finalmente habló —Mamá siempre dijo que mi Padre nos abandonó…— Soltó Arthur con cierto rencor y timidez en su voz. Una mezcla de dolor y resentimiento en sus ojos esmeraldas —No lo entiendo… ¿Por qué ahora? ¿Porque nos abandonaste si sabías la verdad?— A pesar de que la voz de Arthur temblaba, finalmente la timidez lo abandonó, siendo firme en sus palabras.

Miró con resentimiento a Penny, la cual se sorprendió de ver a su hijo en ese estado, su cara enrojecida y sus ojos rojos —Mamá, tú me mentiste… Me hiciste creer que no teníamos a nadie más. Que estábamos solos en este mundo cruel…

Arthur siente el nudo de la garganta volverse más apretado, sabía que su llanto desencadenaría en una carcajada incontrolable ante las emociones intensas, el odiado mecanismo de defensa de su cuerpo, pero esta vez, ni siquiera le daba espacio a su risa de aparecer, era incluso firme contra su condición.

—Sí soy tu hijo, ¿Porque permitiste que pasaremos hambre? ¿Porque permitiste que pasáramos frío en los inviernos? ¿Porque permitiste que sufriéramos en la pobreza?— Arthur decía rencoroso, reclamando a Thomas, todos estos años de dolor acumulado liberándose —Podrías habernos dado una vida digna, ¡Podrías habernos dado techo y una cama para nosotros!

Arthur cerraba sus párpados con fuerza mientras apretaba sus puños. No entendía, la marca de abandono que sintió por años debía de ser curada y cicatrizada, ¿Porque sentía que se volvía más grande de lo que ya era?

—Feliz…— Penny se levantaba del asiento, siendo ayudada por Thomas, acercándose con sus lentos pasos a su hijo —Perdónanos, pero tuvo que ser así, Thomas y yo no podíamos estar juntos en ese momento, lo que dirían de nosotros, lo que dirían de ti… Lamento haberlo ocultado esto…

Penny decía en un intento de calmar a Arthur, pero esto fue como tirar un cigarro encendido a gasolina derramada. Arthur intentaba controlar el temblor en su garganta y labios. Quería creerle a su madre, pero el sentimiento de traición es demasiado fuerte.

—¿Lo que hubieran dicho de nosotros? ¿Y eso fue más importante que tener una vida decente, mamá? ¡¿Fue más importante que pasar hambre, frío y burlas?! ¡Mamá! ¡Pasamos días enteros sin comer nada! ¡Teníamos que recurrir a la lástima de los vecinos o de desconocidos para poder saciar nuestra hambre! ¡¿Y te importó más lo que hubiera dicho la gente?!— Ahora era el turno de Penny ser reclamada, ella bajaba su mirada apenada, su hijo tenía todo el derecho. Thomas puso una mano en el hombro de Penny, reconfortándola.

Pero antes de que Arthur continuase o que Thomas le pidiera que no levantara la voz a su madre, una risa incontrolable estalla de su garganta, resonando en la elegante oficina. Arthur rápidamente se da la vuelta, poniendo su boca contra la fosa de su codo, avergonzado de exhibirse así frente a todos en la oficina. Reía contra la tela de su abrigo, su rostro enrojecido, las venas púrpuras de su frente marcando. Respira hondo, tratando de calmarse, esperando que ese ataque no durará tanto tiempo.

Tardó sus minutos en que finalmente la risa lo abandonase, y cuando fue eso, luego de un pequeño eructo, Arthur inhalaba y exhalaba profundamente.

—Lo siento….— Decía aun encorvado, no queriendo ver a nadie —Lo siento— Arthur murmura, tomando valor y girando a ver a Thomas y a Penny —Lo siento mucho por gritar… Es sólo que… He vivido toda mi vida en la miseria, siempre siendo pisoteado, siendo la burla de los demás… Y ahora de repente, ¿Soy hijo de Thomas Wayne?

Pasando su temblorosa mano por su despeinada cabellera, Arthur suspira profundamente. —Necesito… Necesito tiempo, necesito tiempo, esto es demasiado para mí, esto… necesito tiempo, por favor…

Arthur quizá necesitaría uno o dos días para asimilarlo todo. Pero en ese momento, que parecía tenerlo todo por compartir la misma sangre que el magnate Wayne, en realidad lo que le faltaría era tiempo. Dando palmadas en el hombro de Penny, Thomas se acercó a Arthur sigilosamente.

—Hijo, sé que esto es demasiado para ti, pero créeme que estoy arrepentido de no haberlos buscado antes… Déjame estar contigo, reconocerte y darte lo necesario y más. Mereces una compensación por estos años que…

Apenas Thomas se acercó, Arthur retrocedió un poco, desconfiando. A pesar que sus palabras parecían sinceras y no notaba mentiras, Arthur seguía en conflicto.

—N-No sé, señor Wayne… T-Thomas…— Arthur corrige, forzándose a sí mismo de crear una cercanía a él, aun sin ser capaz de llamarlo "Padre". —H-He vivido antes años en su olvido…

Arthur baja la mirada, aun abrumado. Una parte de él anhela desesperadamente lo que Thomas ofrece, una vida que merece, una vida lejos de la carencia e indulgencia, pero sus heridas emocionales eran más fuertes.

Y justamente fue eso, los recuerdos de su vida en la pobreza lo que estaban haciendo que Arthur aceptara de una vez por todas a Thomas y su compensación, ¿Eso era caer bajo? Tal vez, no se estaba dando el tiempo de perdonarlo por completo. Pero, ¿Qué sucede cuando a un pobre se le ofrece la vida de ensueño que siempre anheló? Una promesa de que jamás volvería a pasar hambre, frío y desamparo.

—Q-Quizás… Quizás podríamos intentarlo… N-No puedo simplemente aceptarte como mi padre después de 34 años… P-Pero tal vez podamos recuperar el tiempo perdido

Arthur se mordía el labio y se abrazaba con un brazo. Cauteloso ante esta esta segunda oportunidad con el hombre que era su padre. Una parte de él aún desconfía, pero quiere creer que Thomas está genuinamente arrepentido y quiere hacer las cosas bien. Necesitaría hechos, no palabras.

Thomas se acercaba a su hijo, y tomándolo por los hombros, Arthur se atreve a verlo a sus ojos. Thomas tenía los mismos ojos verdes que él.

—Te prometo que todo estará bien, hijo…

Arthur, aún avergonzado por la escena que hizo por sus intensas emociones, empezó a asentir ante las palabras reconfortantes de Thomas.

—E-Está bien… Trataré de tener la mente abierta…— Dice en voz baja, la timidez volviendo a acompañarlo —Q-Quizá podemos intentarlo… Intentar ser una familia

Arthur aún estaba reacio a aceptar a Thomas por completo, pero estaba harto y agotado de su vieja vida. Si las cosas mejorarían a partir de ahora para él y para su madre, tomaría la oportunidad. Además, finalmente tenía papá. Finalmente tenía el milagro que tanto pidió a Dios.

—Gracias pa-padre…— Arthur susurra con timidez, sus labios probando, saboreando la palabra de llamar a alguien así por primera vez. Hay un largo camino por delante para ellos, las heridas tardarían en sanar, las relaciones tendrían que construirse, pero Arthur decide darle una oportunidad a Thomas Wayne.

Momentos después, Penny, Arthur y Thomas estaban sentados en la mesa, escuchando a los abogados y notarios, haciendo el papeleo correspondiente. Su mente estaba aún difusa, aunque trataba de concentrarse.

—Um… ¿Thomas, que es todo este papeleo?— preguntaba Arthur confundido, rascándose su nuca, incómodo —Perdón si pregunto mucho… N-No sé nada de esto, y quiero entender…

Arthur leía el papeleo, una primera hoja que debía de leer. Recordaba los consejos de sus compañeros de Ha-ha's, de siempre leer un contrato antes de firmarlo. Pero mientras leía, los ojos de Arthur se abrían con incredulidad ante ese primer documento: Le estaban transfiriendo la propiedad de una gran casona en la zona rica de ciudad Gotham.

—No, esto no puede ser…— Arthur balbuceaba, releyendo estupefacto la dirección al menos diez veces. Volteaba a ver a Thomas, necesitando saber si no era otra broma —Esto… ¿Es enserio? ¿Me estás dando una casa así de grande en ese vecindario? Yo nunca… Nunca podría pagar algo así

Thomas se reía ante la ingenuidad de Arthur.

—Hijo, no tienes que pagarla porque ya está pagada

Arthur ahogó otro grito. Intentaba asimilarlo, de vivir en un mugroso departamentito en el Bronx de Gotham a tener una mansión propia.

—N-no sé qué decir… E-Es el regalo más grande que he recibido en mi vida… S-Significa mucho para mí que quieras darme un buen hogar después de… De tanto tiempo…

Por primera vez en el día, de los labios de Arthur nacieron una sonrisa genuina, Arthur sonreía feliz y emocionado. Entre más papeleos y avalanchas de documentos que Arthur tenía que firmar, finalmente llegaba el momento de decidir su apellido. Pero, para sorpresa de todos, Arthur quería aún preservar el Fleck.

—E-Espero que no les moleste… T-Te agradezco mucho que me hayas reconocido como tu hijo después de todos estos años donde creía que tenía padre. Pero… Si no te molesta, quisiera conservar el apellido Fleck— Arthur pedía tímidamente —Es lo único que me identifica, sé que Wayne es mi origen, pero Fleck es lo que soy… Quizás algún día estaré listo para ser un Wayne, pero quisiera ser Arthur Fleck por un tiempo más…

—¿Qué opinas de Fleck Wayne?— Sugirió Penny durante las dudas de Arthur —Al final, yo te cuidé, así que eres más Fleck que Wayne…

—E-Eh, si, c-creo que tienes razón, ma…— Arthur bajó su cabeza, llevándose una mano a su nuca —C-Creo que Fleck Wayne sonaría genial.

Thomas sonrió, Arthur era una caja de sorpresas, al final de cuentas, Penny lo crío. Lo poco que recordaba de Penny lo veía en Arthur.

Después de casi dos horas de papeleos, firmas, reconocimientos y un contrato de confidencialidad a todos los presentes, los tres salían de la Torre Wayne y se dirigían al estacionamiento. Ahí aguardaba otro regalo para Arthur: Un precioso Maserati rojo. Arthur estaba tan abrumado ¡Un auto para él! ¡Y no sabía conducir! ¡¿Qué era lo que iba a hacer?! Se puso tan desconcertado ante ese nuevo regalo. Pero a los segundos, se dio cuenta que ese se convirtió en el mayor de sus problemas. No más pagar la renta, no más comprar comida con lo justo, no más lavar la ropa que usaría el día de mañana. En ese momento, el mayor de sus problemas era no saber conducir para su nuevo auto.

El impacto del cambio de la realidad de Arthur empezaba a sentirse real.

Yéndose en el Maserati, Arthur miraba emocionado por la ventana, como dejaban atrás la mancha urbana de Gotham y se iban a un espacio más limpio, tranquilo y verde. Miraba pasmado las enormes casonas y mansiones de la zona exclusiva de Gotham, los prados verdes, los enormes árboles. Se sentía como un niño pequeño yendo a una feria por primera vez. Volteaba a ver a Penny, quien estaba en los asientos traseros, platicando con Thomas sobre viejas vivencias.

Thomas se estacionó en el lugar indicado.

—Sal, hijo, afuera está tu nuevo hogar…

Arthur, más emocionado, salió rápido del auto y se acercó. Miraba impresionado su nuevo hogar.

Era una finca con su propio estilo, alma y corazón, una majestuosa mansión estilo victoriano de dos plantas, revestida en un color crema casi blanco, enormes ventanales y vitrales, líneas finas y decoración detallada en hierro y madera. El techo inclinado estaba revestido con tejas color navy y tenía un enorme balcón con vista a la calle. Una casa bastante cálida a pesar de sus colores fríos y de residir en la ciudad de Gotham.

—E-Eso es mío ahora…— Arthur murmuraba maravillado. Ayudando a Penny a bajar del auto, los tres se adentran a la "humilde morada". Arthur recorría los pasillos, las paredes eran color beige, tenía al menos cinco habitaciones completas y muchos pasillos que parecía laberinto. La cocina era un encanto, Arthur al verla, sintió que su estómago gruñía, se sonrojaba un poco, pero no podía evitar imaginar todas las comidas que ahora haría. Recordaba la pequeña cocina que tenía antes, un refrigerador y una estufa pequeñitas con una alacena de menos de un metro.

Lo mejor fue descubrir el patio, no era tan grande, pero tenía una pequeña piscina, el agua centelleante bajo el sol. Eso era un sueño completo para Arthur, "Gracias, padre" no pudo evitar pensar.

No podía dejar de agradecerle a Thomas, y este parecía tener más y más sorpresas para Arthur.

—Oh, esto también es para ti, hijo— Thomas sacó una billetera de su saco y se la dio a Arthur. Era una billetera de una marca muy reconocida, Arthur pasaba las yemas de sus dedos por esta, sin darse cuenta que la cartera estaba llena de un fajo de billetes, más tarjetas de crédito y débito sin límites.

Sólo en ese momento se activó la alarma de Arthur, ¿Porque estaba recibiendo demasiado? Temeroso, empezó a autosabotearse —Esto… Esto es demasiado, no puedo aceptarlo— Titubeaba nervioso y abrumado —Nunca… Nunca en mi vida había tenido tanto dinero… No puedo, esto es vergonzoso, no puedo, no hice nada para merecer esto

—Hijo, no lo voy a aceptar de vuelta si es lo que pretendes. Te dije que te iba a compensar todos estos años y estoy haciéndolo

—L-lo sé, pero… Quiero contribuir, quiero ganarme las cosas por mis cuentas. Se que quieres compensarme, pero quiero hacer las cosas por mí mismo. Muchísimas gracias, h-haré que te sientas orgulloso de mí…

Era una promesa, una verdadera promesa. Tenía un padre al que enorgullecer…

Tenía un padre.

….

Aquella noche, Penny Fleck estaba muy cómodamente acomodada en el sofá frente a la chimenea envuelta en cobijas abrigadoras, oía la leña tronando contra las llamas. Era una noche muy fría y al fin tenía calor, no más calefacción ni radiadores averiados, era ella en una casa en donde siempre estaría calientita. Arthur llegaba junto a ella, sentándose en la alfombra y mirando al fuego.

No podía parar de sonreír. No podía parar de sentirse afortunado.

—¿Todo esto es cierto, Ma?— Arthur preguntaba aun incrédulo, pellizcando un pequeño pedazo de piel asomándose por debajo de su camisa, dolió, y Arthur sentía felicidad al saber que le dolía —Se siente como un sueño, ¿Verdad?— Arthur miraba a Penny, la cual no paraba de sonreír a su hijo. Arthur mira a su alrededor, a los elegantes muebles, a las paredes impecables, al pequeño candelabro de cristal arriba de sus cabezas. Niega con la cabeza.

—Me alegro tanto que puedas disfrutarlo también, mamá— Decía Arthur emocionado por su madre —Puedes descansar al fin mamá, puedes descansar después de una vida tan dura…

—Feliz…— Penny veía como su hijo se levantaba de la alfombra y se sentaba a su lado, abrazándola —Mi pequeño Feliz, perdóname por todas las cosas que tuviste que vivir —Decía con voz temblorosa —Como tu madre, mi mayor deseo era darte una vida digna, lo que ambos buscábamos. Mi Arthur, me frustraba tantas noches y me enfureció conmigo misma por no poder ofrecerte más, porque te tocó una madre pobre. Mi corazón se rompía al verte sufrir…

Arthur tomaba la débil mano de Penny entre la suya, y besaba suavemente sus nudillos.

—Perdóname por haberte gritado en la oficina de Wayne, Ma, sé que fue difícil mentirme, pero las cosas pasan por algo… Míranos, tenemos esta segunda oportunidad… Y estoy tan feliz que te haya tocado esto…

—Ojalá hubiera sido más valiente para haber buscado a Thomas antes. El miedo a su familia me detuvo. Sus padres eran unos verdaderos demonios… Pero ahora estamos juntos en este lugar… Te prometo como madre no volver a fallarte…

Arthur sentía un nudo en la garganta al escucharla y la abrazó.

—Lo que importa ahora es nuestro futuro, Ma… Ahora voy a cuidarte como lo mereces. Ahora tenemos la vida que merecemos…

Los dos lloraron y rieron a la vez. Aunque el camino fue largo y doloroso, lleno de penurias, pesadumbres, carencias y suplicios, al fin tenían la vida que se les fue negada por tanto tiempo.

Horas más tarde, Arthur caminó a su habitación. Al cerrar la puerta, vio la enorme cama, una cama nueva sólo para él. Arthur sintió las lágrimas fluir y se dejó llorar. Antes dormía en el viejo y desgastado sofá que lastimaba su espalda, cediendo la única cama a su madre.

—Mi cama… Mi propia cama…— Arthur sollozaba, tocando las suaves sábanas, se dejaba caer sobre el colchón y lloraba de felicidad, carcajeando él sólo —A fin puedo estirar las piernas… Es tan suave y mullida…— Arthur se acomodaba y miraba al techo, lo miraba como si estuviera viendo el paisaje más hermoso del mundo —Podré dormir aquí sin desvelarme, sin sentir insomnio… Dios mío… Gracias por escucharme… Gracias por escucharme, Dios…

Cerrando sus ojos, Arthur se quedó profundamente dormido, durmiendo en paz por primera vez en años.