Los lugares públicos se habían convertido en mis sitios de caza favoritos. Aunque, en realidad, no había mucho qué cazar, ya que mi presa favorita era él. Así que, cuando me llegó la misma invitación al baile de máscaras que había rechazado durante años, vi la oportunidad de pasar una velada de lo más divertida.

Al principio, él detestaba llegar a algún lugar por separado y fingir que acabábamos de conocernos, sólo para terminar haciendo el amor como dos extraños que no volverían a verse. Pensaba que no había nada de divertido en eso, y solo lo consideraba una forma de aplazar lo inevitable. Era lógico para un adolescente con las emociones a flor de piel y la sexualidad en ebullición; el mundo giraba muy rápido, y quería que todo sucediera enseguida. De todos modos, comenzó a acompañarme a diferentes lugares, sin mucho entusiasmo, sólo para cumplir mis caprichos.

El salón de baile de la mansión de estilo occidental estaba lleno hasta el tope de gente pomposa y sin gracia, escondidas tras máscaras caras y con ropas aún más costosas. Era una de esas galas anuales a las que mi familia insistía que fuera, más por presión de la anfitriona, una mujer bastante entrada en años, quisquillosa y con un carácter espantoso, conocida de mi madre desde hacía mucho, que tenía la absurda ilusión de que me enamoraría a primera vista de su hija, una chica tan malcriada como ella, y que me casaría con ella. Así que, cuando entré al lugar, lo primero que pensé fue en cuánto tardaría en abordarme de la manera más incómoda posible.

Me moví por todo el lugar, esquivando aquellos grupos de personas que me parecían conocidas, hasta que lo vi. Megumi estaba parado frente a un enorme ventanal. Aparentemente, algo había llamado su atención; conociéndolo, de seguro era algún animal.

Llevaba un sencillo antifaz blanco, de esos que entregaban en la entrada para quienes habían olvidado el suyo, y que a duras penas desdibujaba sus rasgos. Iba vestido con el pantalón negro y el chaleco de seda a juego con sutiles arabescos en el frente que le había mandado a hacer a la medida, pero que jamás había estrenado, alegando que prefería las prendas más holgadas y que la vestimenta formal no era su fuerte. Un desperdicio, en realidad, porque aquella ropa le quedaba pintada, y le delineaba la cintura de manera deliciosa. Moría por ponerle las manos encima para delineársela aún más.

Un murmullo me devolvió a la realidad. Un grupito de chicas que reían y cuchicheaban sin disimulo se interpuso entre mi "presa" y yo, lideradas por la susodicha hija de la dueña de casa.

– ¿Estás sólo? -quiso saber ella-. ¿O te dejaron plantado?

– Este es un baile de máscaras -comentó otra-. ¿Dónde está la tuya?

– La traigo puesta -respondí, y las jovencitas rieron de nuevo, tal vez pensando que era una broma, o que era un idiota. Un chiste sólo para entendidos; después de todo, para un hechicero, la humanidad es el mejor disfraz.

Levanté la vista sobre las cabezas de las chicas, buscando a Megumi, y él me devolvió la mirada, tal vez alertado por el alboroto, esbozó una media sonrisa y me deseó suerte en un susurro inaudible, antes de desaparecer entre la gente.

"Maldición", pensé. Al parecer, estaba aprendiendo a jugar.

– Disculpen -dije al ya molesto grupo de nuevas admiradoras.

Sentí sus restos de Energía Maldita como quien deja una estela de perfume al pasar, así que los seguí hasta un rincón a penas oculto a la vista.

– ¿Se te perdió algo? -le dije cuando lo alcancé, recostado sobre una columna cercana.

– Vine con alguien -respondió sin mirarme y con aire ofendido, más interesado en los decorados de los muebles que en mí-. Pero parece que está muy ocupado.

– Suena a que es un idiota -comenté, poniendo la mano sobre su hombro y deslizándola lentamente por su espalda hasta la cintura.

– Siempre fue así; ya estoy acostumbrado.

– Ese comentario fue innecesario, ¿sabes? -repliqué, rompiendo el ambiente, pellizcándole el costado.

– Dijiste que lo querías realista, y ahora te quejas.

– Si sigues así, tendré que pensar en un castigo acorde a tu actitud -le susurré al oído, para luego intentar besarlo.

– ¿Qué haces? -exclamó, apartándome y tratando de controlar su voz-. Estamos en público.

– ¿Y qué? Nadie te conoce, y nadie te reconocerá mañana con esa máscara puesta. En este momento, sólo están viendo a Satoru Gojo, sonriendo y flirteando con un jovencito, tratando de llevárselo a la cama.

– Es eso lo que te gusta, ¿no? -preguntó de repente, como si se le hubiese ocurrido algo-. Por eso el tema de los lugares públicos y esa cosa de no conocernos.

– ¿Qué crees que es lo que me gusta? -cuestioné a la vez. Quería saber si lo había entendido; no quería decírselo para que lo descubriera por sí mismo.

– Los experimentos, los juegos -meditó con cuidado.

– Me gusta seducirte -aclaré, acariciándole las mejillas con el dedo, satisfecho de por fin lo haya comprendido-. Todo el tiempo. Idear nuevas formas de llamar tu atención. Y, ahora que ya la tengo, ¿puedo invitarte a pasar la noche conmigo?

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La habitación que me habían asignado era hermosa y espaciosa, con baño privado, una cama enorme y todas las comodidades; estaba casi seguro de que era del tamaño de los dormitorios que teníamos en el colegio. Eso hacía que esa clase de fiestas me recordaran mucho a las que hacían en la Europa de la época victoriana, en la que los invitados se quedaban a dormir en la casa porque duraban como dos o tres días.

– Quiero bañarme antes -dijo Megumi, quitándose el chaleco para colgarlo en un perchero cercano-. No puedo creer que permitan fumar en el interior de la casa, deja un olor asqueroso -se quejó, arrugando la nariz luego de oler su ropa-, y persistente.

– ¿Baño o ducha? -quise saber.

– Ducha -respondió de inmediato, y se dio vuelta para mirarme con un dejo de sospecha-. ¿Por qué te interesa? -preguntó preocupado.

– Porque tal vez podríamos ahorrar en agua -sugerí, con una mirada creía que había resultado seductora-. Vamos -le dije al oído-, quítate la ropa.

Megumi se quedó en silencio, quizás tratando de dilucidar si había escuchado bien, hasta que comenzó a desvestirse. Una a una, las prendas cayeron al suelo en un montículo a su alrededor, mientras yo lo miraba detenidamente. Tenía un cuerpo maravilloso. Piel clara, lisa, perfecta; hombros delicados, piernas esbeltas y cintura que podría rodear con un brazo. Aunque mis partes favoritas eran sus manos, siempre cálidas, y el hueco entre su hombro y el cuello, tan frágil y fácil de marcar.

– ¿Te excita que te mire? -pregunté con una sonrisa maliciosa.

– Es... la manera en que lo haces -respondió él, desviando la mirada-. Pareces un lobo hambriento.

– Ven, pequeño cordero -indiqué extendiendo la mano.

Me lavó el cabello mientras yo frotaba su cuerpo con manos jabonosas, y luego cambiamos. Después nos quedamos un buen rato bajo el agua, besándonos y acariciándonos.

– Me gusta hacerlo en la ducha -confesó de pronto, de seguro sin pensar-. Es como nuestra primera vez.

– ¿Sí? -no podía dejar de tocarlo, una vez que empezaba ya no podía detenerme.

El recuerdo me invadió de pronto, excitándome aún más. Aquella vez le había pedido a Megumi que se mudara conmigo después de lo que le pasó a Tsumiki, estaba muy mal y simplemente me besó, de la nada. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho me pidió disculpas y se encerró en el baño. Pero cuando escuché cómo corría el agua , no pude reprimir el impulso de entrar y ponerle las manos encima. Un manoseo para nada inocente. Tomé su virginidad esa noche…y él me correspondió de una manera ardiente e inesperada. Fue uno de los momentos más hermosos de mi vida. Me hizo dar cuenta de que había estado saliendo con chicas morochas de carácter más bien fuerte, no porque fueran mi tipo, sino porque estaba tratando de reemplazarlo; porque pensé que mis sentimientos hacia Megumi eran inapropiados y hasta enfermizos.

Metí la lengua en su boca y comencé a prepararlo con los dedos, haciéndolo gemir, para luego indicarle que se diera la vuelta. En general me gustaba hacérselo mientras lo veía a la cara, pero la visión de su espalda retorciéndose de placer me encantaba, mientras sus manos buscaban desesperadamente de dónde aferrarse. Pasé un brazo por debajo del suyo para agarrarlo por el hombro, mientras que con el otro le levantaba una pierna para entrar más profundamente.

– No te contengas -le pedí, notando que se mordía la mano para acallarse-. A nadie le importa cuánto grites, nadie va a juzgarte. Aunque tal vez sientan envidia de lo bien que lo estás pasando.

La voz de Megumi llenó el aire, sonando mucho mejor por la acústica del lugar. Creo que tendremos que tener sexo en el baño más seguido. Me detuve un par de veces antes de que se corriera, y cada vez que lo hacía, él gruñía frustrado. No tenía intenciones de terminar enseguida.

– Es suficiente -dijo en un momento, visiblemente cansado.

– No puede correrte sin mi permiso -le informé, sin dejar de penetrarlo con lentitud, sólo para torturarlo.

– Por favor…

– Me gusta que ruegues -lamí el agua que se escurría por detrás de la oreja, antes de mordisquearla-. Dime lo que quieres y quizás te lo conceda.

– Te lo suplico, déjame ir -repitió entre gemidos-. Deja que me corra… Por favor…

– Eres un buen chico -susurré, embistiéndolo más fuerte, dándole el gusto de llegar al éxtasis-. ¿Estás bien? -pregunté, soltándolo despacio.

Megumi asintió en silencio, volteándose y usando mis brazos para apoyarse.

Nos secamos y fuimos hasta la cama a descansar un rato antes de continuar, provocando que me lanzara una mirada de sorpresa.

– ¿Qué pasa? -dije con fingida sorpresa-. ¿De verdad creíste que había terminado contigo? Qué tierno. Quería enseñarte algo que de seguro ambos disfrutaremos muchísimo -comenté con aire enigmático y él me miró con sospecha.

Me recosté primero y puse las almohadas a nuestro alrededor, antes de hacer que él se colocara sobre mí.

– ¿Qué pretendes? -quiso saber. La paciencia no era una de sus virtudes en ese tipo de situaciones.

– Ya te lo dije. Quiero enseñarte algo: cómo hacer lo mismo que yo te hago a tí. Y te resultará más sencillo si lo haces estando por delante.

– Te refieres a…

– ¿No te gusta la idea? Una vez dijiste que te gustaría intentarlo.

– No lo decía en serio. Yo…

– No pasa nada. Todo estará bien.

Me acomodé mejor y dejé que pusiera una de sus piernas entre las mías, luego tomé su mano y lo guie hasta dajarla entre mism glúteos, a donde pretendía.

– Yo también lo haré contigo. Paso a paso -le aseguré sonriendo, llevando también mi mano hasta su entrada, hasta tocar ese punto que volvía a pulsar por mí-. Apoya uno de tus dedos, despacio -le indiqué, y espera que se relaje. Puedes apretar un poco si quieres; eso ayudará a que se abra.

Esperé a que lo hiciera. Como acabábamos de hacerlo, él ya estaba bastante dilatado y húmedo, no tendría caso que me adelantara, o se correría antes que yo. Quería que aprendiera a darme placer y gozara con eso.

Megumi trago con dificultad, poniéndose algo pálido. Podía entenderlo; era la primera vez que él intentaba penetrarme a mí.

– Vas bien -le felicité, esperando que eso le diera más confianza-. Ahora, masajea un poco.

Se me hacía cada vez más difícil respirar. Aquello me excitaba muchísimo. Su reserva, su timidez y su inocencia eran las cosas que más me gustaban al probar cosas nuevas. Sin embargo, había comprendido hacía mucho que Megumi era cualquier cosa menos inocente. En cuanto aprendía algo, no dudaba en aplicarlo, y hasta procuraba mejorarlo.

– Presiona un poco más para que entre -dije por fin, haciendo yo lo mismo-. Y cuidado con las uñas -advertí al final.

No pude evitar gemir cuando al fin lo hizo. Una cosa era hacérselo a él, pero que Megumi también lo intentara se sentía fantástico. Metió su dedo hasta el fondo y lo volvió a sacar, una y otra vez, quizás fascinado por mi reacción.

– Cuando estés por sacarlo, puedes apartarlo un poco e intentar meter otro -indiqué, casi rogando que lo hiciera, y él me miró con sorpresa, como un niño pidiendo permiso, hasta que asentí con la cabeza, porque las palabras no me salían.

Yo también introduje un segundo dedo en él, haciéndolo estremecerse, hasta que empezó a frotarse contra mi pierna. Tuve que abrazarlo para detenerlo, o se vendría antes de tiempo. Y yo quería que llegáramos juntos.

– Curva un poco los dedos -le dije jadeando-. Quiero que aprendas sobre un punto en particular.

– ¿Dónde..? -quiso saber antes de tiempo

– Te avisaré cuando lo encuentres. Por ser tu primera vez -dije con dificultad. Esa situación me estaba matando. Se sentía muy bien.

– Tú no pareces tener problemas para encontrarlo conmigo -dijo entre gemidos.

– Conozco tu cuerpo -le dije, besándole la frente perlada por el sudor-. Sé muy bien donde te gusta que te toque -dije, moviendo mis dedos dentro de él, provocándole otro espasmo.

Hizo lo que le pedí, y comenzó a frotar mis paredes hasta que le informé que había tocado el lugar justo, y comenzó a apretarlo con más ganas, haciendo que cerrara los ojos y echara la cabeza hacia atrás, incapaz de contener mis gemidos.

Seguimos frotándonos uno contra el otro, y yo me corrí primero, luego Megumi alcanzó el clímax, suspirando contra mi cuello.

– ¿Te gustó? -pregunté, sin muchas fuerzas para hablar.

Él asintió con la cabeza pegada a mi hombro, incapaz de moverse. Asi que nos quedamos enredados un buen rato, sudados y temblorosos.

– Fue fantástico -comenté, besando sus labios entreabiertos-. Me alegra haber compartido esto contigo.

– No fue… tu primera vez, ¿verdad? -cuestionó en un momento.

– No -respondí despacio-. No eres el primero, pero creo que eso ya lo sabes.

– Claro -dijo, con lo que me pareció una mezcla entre aceptación y algo de decepción.

– Solía hacerlo con Suguru. Pero sólo a modo de juego, o para experimentar. Sólo era por diversión, o para… liberar estrés. Éramos amigos, así que no veíamos el problema, pero no fue nada serio tampoco. A veces me gustaría que estuviera aquí -comenté sin cuidado, riéndome de mi propia idea, pasando los dedos a lo largo de su espalda una y otra vez-. Las cosas que te habríamos hecho -añadí, relamiéndome de forma exagerada-. Al margen de eso, sí eres el primero por el que siento algo de verdad -me sinceré, dejando las bromas aparte, sonriéndole desde el fondo de mi corazón, y él pareció corresponder a mis sentimientos cuando volvió a apoyar su cabeza en mi hombro.

Se quedó en silencio un rato que me pareció interminable, dibujando círculos sobre mi pecho de forma distraída, hasta que se decidió a hablar.

– Yo… también quiero hacer algo -dijo por lo bajo, y me dio la espalda para buscar algo en el piso o debajo de la cama.

– ¿Qué tienes en mente? -pregunté sonriendo ampliamente, satisfecho de que empezara abrirse sobre las cosas que le gustaban, y no limitándose a lo que yo quería, pero luego mi expresión cambió a una de sorpresa cuando me mostró lo que tenía escondido-. Los trajiste -comenté asombrado, viendo el par de grilletes de cuero negro que había comprado hacía mucho para experimentar.

La primera vez que se los mostré me miró horrorizado, alegando que jamás podría convencerlo de usar algo como eso. Así que los guarde y le hice un par de modificaciones: le puse un acolchado por el lado de adentro para que no lastimara ni dejara marcas, y le quite las hebillas para reemplazarlas por un cierre con velcro para que, de un fuerte tirón, pudiera zafarse cuando quisiera o si se sentía incómodo. Al ver eso, aceptó a regañadientes, hasta que nos dimos cuenta que a ambos nos gustaban algunas prácticas sadomasoquistas. A mí me gusta tener el control, que a él le gusta que YO lo domine, y los dos tenemos una predilección casi absurda por las fantasías de abuso.

– ¿Cómo lo quieres? -pregunté, tomando las ataduras y poniéndoselas alrededor de las muñecas.

– Separadas -me respondió, apretando los labios y echándose boca arriba sobre las almohadas-. Muy tirantes, muy tirantes -se quejó cuando quise amarrarlo a uno de los postes, así que elegí otro más cerca.

El tema era simple: siempre procuraba que estuviera cómodo, pues era él quien estaba por "recibir", también me dejó en claro que no quería que hubiese golpes ni forcejeos, sin humillaciones de ningún tipo y, sobre todo, nunca, jamás de los jamases, hacer nada que no quiera. Si bien era yo el que estaba "arriba", era Megumi quien realmente daba las órdenes.

– Te sigues poniendo nervioso cuando hacemos esto -observé cuando lo vi tratando de respirar con lentitud-. ¿Estás bien?

– Estoy bien -aseguró, abriendo y cerrando ambas manos, probando los grilletes-. ¿Podrías aflojarlo un poco?

El preámbulo fue suficiente para que empezáramos a calentarnos. Me puse entre sus piernas y me incliné sobre él para besarlo largo y tendido, antes de comenzar a rozar su piel con los labios, pero sin llegar a tocarla, arrancándole pequeños suspiros y haciéndolo estremecer una y otra vez. No quería dejar un sólo rincón de su cuerpo sin recorrer. Usé las manos y la boca para darle placer de las formas que se me ocurrieron, mientras me deleitaba con los tirones que daba a los amarres. Amaba escucharlo gemir y que se retorciera por mí; me excitaba saber que era yo el único que podía provocarle esas reacciones. En el Cielo y la Tierra, solo yo tengo el honor de amarlo.

– Hazme de nuevo lo que me hiciste en el baño. -pidió, batiendo lentamente sus larguísimas y curvas pestañas, con los labios entreabiertos de una forma muy erótica, y una punzada de celos se clavó en el fondo de mi cerebro. No quería que nadie más lo viera como yo lo hacía: como una criatura sedienta de afecto y con mucho amor para dar, y con apetito sexual voraz y difícil de satisfacer.

– Por supuesto -dije sonriendo, sintiendo que el calor se me subía a la cara, sacudiendo ese pensamiento de mi mente antes que creciera y se descontrolara-. Me gusta que seas así de insaciable.

Lo penetré con cuidado y me moví con lentitud, para que lo sintiera todo, deteniéndome cada tanto para que no se corriera.

– ¿Quieres más? -pregunté, acariciándole los muslos, y volviendo a tomarlo por la cintura.

Negó con la cabeza, ya sin voz. Sonreí satisfecho mientras me corría en su interior, en tanto él lo hacía entre ambos.

Lo desaté al terminar, y me abrazó por el cuello para besarme otra vez, antes de caer rendido en mis brazos.

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– ¿Sabes? -dije al día siguiente, yendo de un lado al otro, fresco como una lechuga gracias a mi técnica inversa, mientras Megumi maldecía desde la cama, incapaz de levantarse-. Creo que vamos a tener que planear más escapadas de fin de semana como estas. Eso de tener que contenerse por estar en la escuela no es tan divertido.

Él gruñó otra vez, así que no sabía con exactitud si quería decir que sí o que no.

– Eso te ganas por provocarme, y por andar de exigente -le dije, volviendo a sentarme en la cama y frotándole la espalda.

– Bien, haremos más planes como este -aceptó en tono hastiado-. Pero no en esta clase de eventos. No me gusta que haya tanta gente, es molesto; y si los dejan fumar dentro, peor. Me hace doler la cabeza.

– De acuerdo -dije despacio-. ¿Y a dónde te gustaría ir?

– Tal vez a una posada -sugirió Megumi, meditándolo un momento.

– Conozco una lejos de la ciudad, con comida deliciosa, una atención muy buena, amplios baños de agua caliente que son una locura. Y los jardines son hermosos -agregué, colocándole un mechón de pelo detrás de la oreja-. Podríamos salir a caminar, llevar algo para comer al aire libre. Lo que tú quieras. ¿Te gustaría?

– Suena bien -aceptó, levantándose con dificultad y sin dejar de quejarse, yendo hacia el baño y trancando la puerta tras de sí.

– ¿¡No me preguntaste si quería acompañarte!? ¡Grosero! -exclamé, escuchando que abría la ducha… sin mí.

– ¡Puedes bañarte cuando salga! -respondió, haciéndose el desentendido.

"Ya vendrás rogando para que te dé algo de amor y atención", imaginé, haciendo un puchero a la nada misma.

– No, claro que no -me dije, resignado, rascándome la cabeza-. Seré yo quien vaya a rogarte, ¿no? -agregué, esta vez hablándole al antifaz blanco que había dejado tirado en el piso, y me lo quedé viendo, mientras se me cruzaban varias ideas para incorporarlo a nuestro no tan humilde repertorio de fantasías lascivas, cada una más provocativa que la anterior.

– Siempre es así -concluí, sonriendo de nuevo, guardando la máscara en mi bolso para nuestra próxima fiesta privada.