Amane sentía la suavidad de las manos de Nene sobre su cabellera castaña.
Sobre las blancas piernas de ella, Amane recostó su cabeza. Sus ojos de miel observaron los detalles más pequeños de su idílico rostro. Allí está ella, sonriendo tan dulcemente, con sus labios de rosa y sus mejillas de primavera, tarareando una canción de cuna mientras sus gráciles dedos se enredan entre sus mechones negros. Cierra sus ojos sólo por un instante, tratando de tatuar en su memoria tan sublime paisaje, a tan bella niña.
Ella es todo en uno y nada a la vez. Una mezcla de sentimientos y desvaríos, es todo el caos del universo debidamente ordenado. Una entre miles, pero tan única a la vez, porque desde sus ojos puede apreciar las estrellas fugaces, las perdidas, incluso a mediodía; como Poe las veía en Annabel Lee.
El crujido de la madera debajo de ellos puede ser molesto, pero lo ignora, se concentra únicamente en tan bello espécimen. Las ventanas descubiertas dejan pasar las lumbres del ocaso, iluminando la pequeña habitación semi-vacía, sólo un sillón puuf y una estantería pequeña con libros de astronomía y mangas shoujo se encuentran, apartadas en las esquinas de la casa del árbol. Ella lo ve, sus orbes de arrebol derriban sus muros y desnudan su alma. Es entonces que se siente libre, nuevamente como un chiquillo sin frenos que desciende por una calle empinada en bicicleta, sin manos en el manubrio. Es la excitación, la euforia que siente, lo que provoca su declive final. Sus ojos se posan sobre los rosados labios, delicados y debidamente cuidados, al contrario de los suyos, rotos, macilentos y carentes de color. Parecen lo labios de un niño enfermo, quizás es porque lo era. Se levantó de su regazo, sólo lo suficiente para poder unir sus labios en un pequeño roce, un suave beso.
Recuerda con amargura, mientras sus dañados labios roban el bálsamo de fresa celestial, cuando andaba a la deriva, sin un rumbo fijo, ni razones para seguir. Cuando sus pies se arrastraban sobre la senda, húmeda por sus propias lágrimas, fría y llena de baches que le hacían caer cada vez más. Cuando florecía en él una obsesión enfermiza por besar la muerte y escupir al cielo, tirar todo por la borda, pues el amor enfermizo era lo único que conocía. Ese amor que dañaba, golpeaba y torturaba, tóxico e indescriptible. Doloroso y repugnante. Sabía que eso no podía ser amor, no, no cuando había escuchado que éste te sanaba. Aún recuerda el frío que carcomía su cuerpo entero cuando lo hacía enojar.
El viento silbaba una canción desconocida por todos y el castaño le secundaba, moviendo lentamente sus ramas, haciéndolas crujir. Yugi susurró: «—Te amo» apenas se separó de Nene. Sus brudeos ojos brillaron, resplandecieron, mientras su cara se encendía como un volcán. Y ese fue el magma incandescente que hizo estallar la *catarsis de Amane como un géiser.
Yashiro Nene, la torpe y atípica chica que todos ignoraban, la que se veía opacada por el gran brillo de su mejor amiga. Atada a la soledad, al mundo monocromo de los corazones rotos y olvidados, a la incomprensión y al desdén. La misma con estándares altos que, de maneras inexplicables, Yugi Amane había logrado alcanzar —a su manera—. Una relación entre ellos dos no podía funcionar; dos rechazados sociales tratando de atenuar el peso de sus tristezas con la caótica compañía del otro, nadie apostaba a por ellos, no por esa pseudo-relación sin futuro. Ambos estaban destinados a caer de cualquier manera, ¿qué más da si lo hacen juntos? Él sabía que lo suyo iba bien, se sentía bien con esta forma de amor de cualquier manera. Era lo que siempre pensó, lo que siempre creyó que se sentía. Y era tan hermoso.
Acarició su mejilla antes de recostarse nuevamente, esta vez sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón, traduciéndolos a una hermosa canción de amor. Nene volvió a la tarea de acariciar su cabello.
—Yo también te amo —besó su parletal. Las puntas de sus cabellos picando su pequeña nariz.
Amane durmió, aferrándose al vestido de ella como un niño pequeño. Porque con ella allí, en su lugar seguro, se sentía como un niño en su casa del árbol. Se aferró a ella, temiendo que alguien se la quitase o que ella se fuera de su lado, porque sin ella, un día dura tres otoños.
Lamió sus dañados labios antes de caer en las manos de Morfeo.
Sabían a fresa.
