Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es MeilleurCafe, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to MeilleurCafe. I'm only translating with her permission.
Capítulo 11
Finales de septiembre, seis semanas después
Era una de esas mañanas ridículamente frías que anunciaban la definida llegada del otoño. Bella cerró más su abrigo mientras bajaba las escaleras del edificio de apartamentos de Edward, los talones de sus zapatillas repiqueteando sobre los ladrillos.
Ella había retrasado su salida todo lo que pudo, pero finalmente era momento de ir al trabajo. Mientras se apresuraba por la calle Franklin, echó un vistazo a su reloj. Había suficiente tiempo para tomar otra taza de café si podía encontrar una cafetería que no estuviera muy llena.
Edward había preparado una jarra fresca en el desayuno, pero dos tazas no eran suficientes. Bella aún estaba luchando con ese cansancio en particular que hacía que tus músculos protestaran con cada movimiento, como si estuvieran tratando de convencerte de que volvieras a la cama. Irónicamente, ella estuvo en la cama temprano anoche; no se fue a dormir hasta muy tarde. Y se levantó muy temprano, gracias a besos calientes y caricias persistentes de su compañero de cama.
No que ella estuviera quejándose.
Agachó la cabeza para esconder su sonrisa pícara mientras una imagen aparecía en su mente. ¿Más café? Acepto cualquier cosa que esté caliente. Bella sonrió ante su humor juvenil. Como si necesitara más estimulantes. Soltó unas risitas y se dirigió hacia la atestada avenida Greenpoint, hacia una pequeña cafetería que operaba maravillosamente gracias a su excelente grado de molienda.
Bella echó un vistazo por la ventana y vio solo a dos clientes. Gracias, Dios. Ella tenía su cartera abierta y estaba buscando su billetera antes de que hubiera tomado su lugar en la fila, un hábito que había desarrollado por vivir un par de años en Nueva York, donde el rasgo de la impaciencia era transmitido de una persona a otra como el resfriado común.
En minutos, fue muy evidente que el primer cliente tenía problemas para decidirse. Primero ordenó dos cafés y dos bizcochos; entonces, sus sinapsis se pusieron en marcha como una vieja transmisión se despertara y ordenó varios tragos más, uno a la vez.
Bella frunció el ceño y miró a su reloj de nuevo. Se estaba haciendo tarde—casi las ocho veinte. Pasar tiempo extra en la cama con Edward valió la pena. Esto, sin embargo, no lo hacía. Estaba a punto de irse cuando el Sr. Indecisión finalmente pagó su cuenta y la mujer frente a ella compró solo un café grande.
Ahora, de eso hablamos. Bella rápidamente ordenó y añadió la cantidad necesaria de leche y azúcar. Aún tenía tiempo para llegar a la estación Bedford y hacer el transbordo de metro si nada más se interponía en el camino.
Aquí vamos…
Del otro lado de la puerta, bloqueando la salida de Bella, se encontraba Tanya. El reconocimiento pasó por el rostro de la rubia, transformándose en unos segundos de desagrado antes de poder dominarlo y esbozar una sonrisa educada.
—¡Bella! —dijo ella, sonando irracionalmente alegre y polaca—. ¿Cómo estás?
—Hola, Tanya. —Bella logró devolverle una sonrisa tensa. Ella quería que esto fuera tan breve como fuera posible, pero mantendría esto cortés por el bien de Edward.
—Es muy bueno volver a verte —dijo efusivamente Tanya.
Mentirosa. Bella quería salir de allí, y no solo porque se perdería el tren.
—Gracias. —Ella no podía atreverse a devolver el cliché.
—¿Cómo está Edward?
—Él está bien, gracias. Le está yendo genial. —De acuerdo, si quieres prolongar esto, también puedo hacer que esto sea doloroso—. Nos está yendo realmente muy bien.
—Eso es muy bueno —contestó Tanya, arrastrando la última palabra—. Lo extraño. Sería divertido que nos juntemos todos, ¿sabes? Ya que vivimos tan cerca y todo.
Bella soltó un suspiro con exasperación.
—Tanya. ¿Realmente crees que eso va a suceder? —Salió antes de que ella pudiera detenerlo. Se encontraba gruñona y frustrada, preocupada por llegar tarde, y ahora irritada más allá de la cortesía.
Tanya se apartó ligeramente.
—Solo intentaba ser amigable. Sabes que le tengo mucho cariño a Edward.
Los ojos de Bella se agrandaron.
—Oh, lo sé, ¿de acuerdo? —Ella sacudió la cabeza, tratando de recuperar la compostura—. Edward ya no está interesado en ti, Tanya. ¿No lo ves?
La rubia parecía ofendida.
—Por supuesto. Aún quiero que seamos amigos.
—Lo siento pero no me creo eso. Si fueras una persona diferente, eso podría ser posible. Pero no lo es. —Bella intentó pasar por su lado, pero Tanya hizo un espectáculo sobre estar asombrada.
—¿Cómo puedes decir eso? Ni siquiera me conoces —dijo Tanya bruscamente.
—Lo vi fácilmente la primera vez que nos conocimos. No quiero que seamos enemigas, pero sé que no podemos ser amigas —contestó Bella en el mismo tono.
Tanya enarcó una ceja perfectamente.
—Entonces, ¿ahora hablas por él? Al Edward que conocí no le gustaría eso.
—Escucha, no tengo tiempo para esto. Tengo que llegar al trabajo —espetó Bella. Movió su taza en círculos como si estuviera buscando las palabras correctas—. Ya terminó. Tú ya fuiste. No nos molestes. No lo molestes, y… aléjate de mí —finalmente soltó.
Con un empujón final, logró salir de la cafetería sin mirar atrás. Inhaló temblorosamente, y entonces echó un vistazo a su alrededor mientras se dirigía hacia la estación. Caminando entre multitudes de personas, las cuales ella a menudo encontraba desagradables, era repentinamente reconfortante. Bella se recordó a sí misma que cualquiera que pasaba por su lado podría haber pasado por una experiencia similar—hoy, ayer, cuando fuera. Otras personas habían salido del apartamento de su novio, se habían encontrado con una exnovia y le habían echado la bronca con tanta honestidad como Bella lo había hecho. Y sobrevivieron.
Se dio cuenta que no sentía ningún arrepentimiento ni culpa. No era gran cosa. Fue tan educada como pudo ser bajo las circunstancias, hasta que Tanya la sacó de sus casillas. Y Bella se daba cuenta que eso era exactamente lo que Tanya quería hacer. A pesar de que Bella se quebró porque la rubia la había exasperado, estaba contenta. Se sentía aliviada. Estaba segura que Tanya pensaría dos veces antes de provocar algo.
Y que Tanya le cuente a Edward si lo veía. Él no le daría importancia así como Bella.
Bella tomó un largo sorbo de su café y reacomodó la correa de su bolso en su hombro. Ella había repetido esto en su mente por alrededor de cinco minutos, y eso era todo lo que Tanya iba a conseguir de ella.
Mientras su nueva novia estaba quitándose de encima a la antigua, Edward estaba de camino a la casa de su prima Siobhan en Bayside, Queens. Era un vecindario increíble para formar una familia, aunque un dolor en el trasero para llegar. Edward podría haber tomado un tren MTA hasta Queens, pero optó por conducir en caso que necesitara su coche. Iba a cuidar a Charlotte durante la mañana, y si algo sucedía y tenía que llevarla a algún lugar rápidamente, no quería esperar un tren, o Dios no lo permitiera, una ambulancia.
El tráfico de la hora pico en la autopista Long Island era la más demandada en la dirección opuesta, yendo a Manhattan; pero Edward aún se daba tiempo extra así podía comprar más café, un par de donas y un chocolate caliente para Charlotte.
Él había aceptado pasar la mañana de su día libre con ella porque la niñera usual de Charlotte estaba enferma. Siobhan llamó a todos en la familia, y Esme sugirió que ella contactara a Edward, sabiendo que tenía el día libre. Ella le rogó que cuidara a Charlotte antes del jardín de infantes por la tarde. En vez de aceptar de inmediato, dejó a Siobhan esperando por un rato aunque no había duda que a él le encantaría pasar unas horas con Charlotte. Él nunca cedería tan fácilmente ante su prima mientras que pudiera fastidiarla.
—Me debes una grande —dijo, fingiendo quejarse.
—Sí, sí —contestó Siobhan—. Solo espera a que tengas hijos propios. En ese punto estaré feliz de devolver el favor, por cierto.
Cada vez que alguien le decía eso a Edward, era con la suposición de que pasaría un tiempo antes de que eso sucediera. Pero hoy Edward sonrió del otro lado del teléfono, pensando que podría suceder antes de lo que Siobhan o cualquiera en su familia creía. Aunque él sabía que no debía decirlo, o dentro de la hora Siobhan le contaría a todos y cuando su madre lo escuchara, pensaría que él se había escapado y casado con Bella ya. Los chismes familiares bien podrían ser Ethernet, especialmente cuando el chisme era sobre él.
Bella había pasado la noche en su apartamento, como estaba pasando con más y más frecuencia. Cada cierto tiempo iban al de ella, por insistencia de Bella. Ella creía que era justo a pesar de sus protestas de que no era una molestia. Una noche en Stuyvesant Town funcionaba bien en términos de trabajo, ya que lo colocaba en Manhattan y eso facilitaba más su viaje a la estación. A él le agradaba Angela, la compañera de piso de Bella, mucho; apreciaba su evidente cariño por Bella así como la lealtad que las dos amigas compartían. Angela tenía un humor tranquilo que a Edward le encantaba enfrentar, y disfrutaba de las veces que el novio de Angela se unía a ellos y los cuatro pasaban el rato.
Aún así, él sentía que estaba incomodando a Angela porque también era su espacio. Y había veces, muchas veces, cuando la privacidad del apartamento de él tendría sus beneficios. Bella siempre parecía un poco más inhibida cuando se encontraban en su apartamento, probablemente porque estaba avergonzada de que su compañera de piso pudiera escucharla cuando estaban en la cama.
Angela definitivamente hubiera escuchado todo esta mañana. No había manera de que ella se hubiera perdido la despedida que Edward le dio a Bella antes de que ella se fuera al trabajo. La despertó temprano esta mañana, mucho antes de lo que ella tenía que estar lista, para continuar de dónde lo habían dejado la noche anterior, cuando se habían quedado dormidos tanto exhaustos como satisfechos.
Él detuvo esos pensamientos antes de que fueran demasiado lejos al recordar su tiempo juntos. Era demasiado espeluznante revivir estos momentos con Charlotte a su lado en el sofá, bebiendo su chocolate caliente con un sorbete. Ella había comido varios bocados de su dona y entonces lamió todo el glaseado antes de ofrecérsela a Edward.
Él le agradeció efusivamente y entonces la dejó a un lado bajo una servilleta, haciendo una mueca ante el pastel pastoso que se pegaba a sus dedos. Agh…
—Entonces, ¿qué estamos mirando aquí?
—Blancanieves —respondió ella sin apartar la mirada de la pantalla del televisor.
Él reconocía la versión clásica de Disney de finales de los años treinta, pero no podía recordar si había visto la película. De niño, había amado los dibujos animados, pero la mayoría de los cuentos de hadas no eran lo suyo.
Edward bebió un sorbo de su café, observando mientras la Reina Malvada ordenaba a la joven Blancanieves a lavar los platos y fregar todo el castillo mientras ella pasaba su día recibiendo cumplidos de su espejo.
¿Qué diablos?
Edward a menudo hacía hincapié en decir, frente a Siobhan, que los oficiales de policía femeninos no podían lidiar con las partes más arriesgadas de su trabajo tanto como los hombres podían. Él no lo creía y no era remotamente verdad, pero era la manera más rápida de enfadar a Siobhan porque ella era una feminista, y a él le encantaba molestarla.
¿Ella no se molestó en mirar esto antes de dárselo a Charlotte?
—Blancanieves es una gallina —dijo él, señalando al televisor con su taza en la mano.
Charlotte lo miró, confundida.
—En serio. Ella necesita decirle a esa Reina que lleve su trasero… que se vaya a la cocina y que limpie su propio desastre. ¿Cómo es que Blancanieves siempre tiene que hacerlo?
—Porque la Reina tiene que ser mala con ella.
—¿Ella tiene que ser mala? Nadie tiene que ser malo.
—Sí tiene que serlo. Es la Reina Malvada. Es lo que hacen las Reinas Malvadas.
—¿Qué tal las princesas? ¿Quién dice que tienen que soportarlo?
Charlotte no respondió, así que él le dio un suave codazo.
—¿Tu mamá sabe que tienes esta película?
Ella le dio a Edward una mirada de enojo, molesta con las interrupciones.
—Miro mucho esto. A veces, mami lo pone cuando estamos en casa juntas.
—¿Juntas? ¿Ella ha visto esto y te permite mirarlo?
Charlotte asintió, su atención de vuelta en Blancanieves. Ella escuchaba atentamente mientras la Reina Malvada instruía al Cazador que encontrara a Blancanieves, le arrancara el corazón, y se lo trajera en una caja.
—¡Vaya! —gritó Edward—. Eso es asqueroso.
Su pequeña prima frunció el ceño.
—Bueno, él no va a hacerlo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó él incrédulamente.
—¡Edward! —Ella golpeó su mano sobre el sofá con impaciencia—. La he visto alrededor de cien veces. Probablemente más.
—Pero no lo sabías la primera vez que la viste, ¿cierto?
Charlotte se encogió de hombros.
—No lo creí. Además, las princesas nunca mueren, no importa lo que suceda.
Edward permaneció en silencio pero mantuvo su mirada en Charlotte, en busca de alguna señal de temor cuando la princesa se perdió en los bosques oscuros. Cuando los siete pequeños hombres estaban mirando embobados a Blancanieves mientras ella dormía, él había tenido suficiente.
—Oye —dijo—. ¿Quizás podríamos encontrar algo más para hacer, eh? —Persuadió a Charlotte para que apagara el DVD prometiendo explorar los juguetes en su cuarto para ver qué podían armar. Ella decidió que quería crear su propio cuento de hadas, completo con un cerdo hormiguero de peluche, un cartel de los Mets que hacía además de bandera que volaría sobre un castillo; varios ponis de plástico, un camión de bomberos y su muñeca de Dora, la Exploradora. Charlotte inventó una historia donde Dora viajaba por el mundo en el camión, con el cerdo hormiguero como compañero.
En vez de buscar un príncipe, Dora iba en busca de personas que necesitaban ayuda. Edward observaba mientras Charlotte se abría paso por su caja de juguetes, tirándolos al suelo hasta que encontraba otros para añadir mientras la historia avanzaba.
Ella también hizo que Edward usara una tiara de plástico y diamantes falsos, "en caso de que necesitáramos una princesa".
Edward se sintió obligado a señalar que él no era una chica.
—¿Y? —Charlotte se encogió de hombros—. Fingiremos que lo eres. Todo aquí es mentira. —Los artículos que no podían ser encontrados en su cuarto llenos de juguetes eran dibujados en papel por Charlotte. Ella creó un reino vecino, ubicado del otro lado de su cama, donde los residentes estaban muy tristes porque no tenían pizza. Dora les trajo porciones prestadas de la cocina de juguete de Charlotte.
Él estaba maravillado con las ideas que salían de su boca sin dudarlo o, al parecer, pensarlo. ¿Cómo sería pasar todos los días con un niño así, su hijo? ¿Su hijo con Bella? Él recibió de buena manera la idea; corría dentro de él como un suave vaso de brandy, cálido y emocionante. Impulsivamente, se inclinó y besó la frente de Charlotte, como si ella hoy fuera la representación del hijo que esperaba mucho tener algún día.
—Pequeña, necesitamos prepararte para la escuela. —Se estaba haciendo tarde. Además, la corona estaba apretando su cabeza.
Los ojos de ella se agrandaron con otra idea.
—¡No! ¡No tenemos que ir a la escuela! Podemos quedarnos aquí y luego me puedes leer. ¡Será como si estuviera con mi maestra!
—Lo siento, cariño, pero tienes que ir. Es hora que vayas a preparar tus cosas. —Ella lloró cuando se dio cuenta que él iba en serio, y Edward vio ese otro lado de la paternidad: la parte donde tienes que ser la causa del dolor de tu hijo cuando tienes que presionarlos a hacer algo que tienen que hacer.
Él le explicó a Charlotte que su propio padre estaba en casa hoy y esperaba a Edward para almorzar. Él creía que la ayudaría a entender por qué él tenía que irse, pero ella quería ir con él. Tuvo que prometerle que la llevaría a ver a Carlisle y Esme en su próximo día libre, y rogó silenciosamente que ella lo olvidara o perdiera la noción de los días.
Cuando Edward finalmente logró dejar a Charlotte con ojos llorosos en el jardín de infantes, él casi iba tarde.
—¡Hola, soy yo! —llamó mientras entraba a la casa de sus padres.
Carlisle se encontraba en la sala, disfrutando de una taza de café con su pórtatil abierta en la mesa ratona. Su rostro se iluminó con una mezcla de alegría y orgullo, como siempre lo hacía cuando veía a su hijo. Se abrazaron rápidamente.
—Entonces, ¿dónde está el almuerzo?
Carlisle rio.
—Estaba esperándote.
—¿Qué, no lo tienes listo? Holgazán.
Carlisle le dio a su hijo un codazo no tan gentil hacia la cocina.
—No leo la mente. Dime qué quieres.
—No leo la mente. Dime qué tienes.
—Listillo. ¿Qué tal un sándwich de carne asada?
—¿Necesitas que te diga que sí a eso? ¿Por cuánto tiempo me conoces? —Edward tomó la carne, el queso, y una brazada de condimentos del refrigerador mientras Carlisle rebanaba varios bollos—. ¿Cómo está mamá?
—Bien, ella está bien. Lamenta no verte hoy pero tenía que ir a Long Island City para una reunión, si no hubiera venido a casa a almorzar. Oh, y eso me recuerda… —Carlisle agitó un cuchillo en dirección a Edward en un extraño gesto de agradecimiento por hacerle recordar—. Ella quiere que tú y Bella vengan a cenar. Se supone que tengo que decirte que revises tus horarios así podemos encontrar una noche que todos estemos disponibles.
—Regreso a los días la próxima semana. Hablaré con Bella cuando la vea.
—¿Cuándo será eso? —Carlisle había regresado a la encimera, esperando la respuesta de su hijo.
—Esta noche, cuando ella salga del trabajo.
Eso creí. Carlisle escondió su sonrisa.
Comieron sus sándwiches y comenzaron a discutir sobre la menguante temporada de béisbol, la temporada de fútbol que acababa de comenzar, y la próxima temporada de baloncesto, esta última con mucho detalle sobre cómo les iría los Knicks.
—Papá, he estado pensando… —comenzó.
Carlisle empujó su queso suizo de vuelta a la mitad de su sándwich, de donde se había deslizado.
—¿En qué, hijo?
—Puede que regrese a la escuela.
Su padre levantó la mirada con interés.
—Eso es genial. ¿Para tu maestría?
—No. —Edward negó con la cabeza y tragó—. Facultad de Derecho.
—¿En serio? —Carlisle estaba sorprendido pero intentó mantenerse neutral—. ¿Podrás asistir a clases de media jornada?
—No, papá. Iría a tiempo completo. —Edward enlazó sus dedos entre sí.
—¿Qué hay de tu trabajo?
—Renunciaría.
—¿En serio? ¿Dejarías tu trabajo?
—Sí. Volvería a la escuela a tiempo completo así puedo obtener el título en un par de años.
Carlisle frotó sus dedos contra su frente.
—¿Qué ocasionó esto?
—No creo que quiera seguir siendo un policía.
—De acuerdo —dijo su padre agradablemente—. Dime qué pasó.
—Yo no… No es… —Edward trastabilló por un momento, observando el mantel amarillo de la mesa como si tuviera el código para las palabras corrector que podía sentir pero no pronunciar—. Creo que ha estado creciendo por un tiempo.
—¿Fue el niño que encontraste? —Carlisle preguntó suavemente. Edward le había contado a sus padres lo que sucedió semanas atrás. Sus padres sabían que este era el tipo de incidente que era especialmente duro para Edward, tanto por su naturaleza como por la pérdida de su hermano.
—No. No completamente, de todos modos.
—Va con el trabajo, hijo, pero no sucede todos los días. Hay muchas otras cosas buenas que haces por la comunidad.
—Lo sé, papá. Realmente no es eso. Creo que quiero algo más, algo diferente.
—¿Por qué ahora?
—Antes que sea demasiado tarde —contestó Edward simplemente—. Sigo siendo joven para ir a la escuela y comenzar de nuevo. No quiero esperar a ser muy mayor.
Carlisle pensó en eso por unos segundos antes de asentir.
—¿Qué piensa Bella?
—No se lo he contado aún. —Edward frotó sus manos por su rostro—. Pero ya es hora.
—¿Qué piensas que dirá ella?
—No lo sé —respondió Edward pensativamente—. Ella cree que tiene a un policía, y estoy a punto de cambiarlo por un traje.
—Entonces, vas en serio con ella.
Edward miró a Carlisle fijamente a los ojos.
—Sí, papá. Así es. Eso es una cosa que no va a cambiar.
—¿Tan pronto? —Su padre estaba más curioso que sorprendido.
Edward se encogió de hombros.
—¿Por qué no, cuando sabes que es la indicada? Ya terminé.
Carlisle vio la mirada de determinación en el rostro de su hijo.
—Bueno, conozco a una mujer que va a tomar esto muy bien, y esa es tu madre.
Edward soltó una risita.
—Eso pensé.
—Ella solo estará demasiado feliz si jamás te colocas en la calle de nuevo.
—¿Crees que ella estará bien con un abogado?
—Creo que se puede decir eso. —Carlisle apartó su plato. Sus cejas se arrugaron en preocupación—. ¿Cómo planeas financiarte mientras estás en la escuela?
—Tengo dinero guardado. Pediré un préstamo así no tengo que usar eso. Y conseguiré un trabajo de media jornada si lo necesito. —Esta era la mayor preocupación de Edward también, aunque intentaba no demostrarlo. Él quería mantener su ambición y su entusiasmo completamente cargados sin ser arruinada por preocupaciones financieras.
—Tu mamá y yo probablemente podamos ayudar —ofreció Carlisle, pero Edward negó con la cabeza antes que su padre terminara.
—No, papá. Estoy listo para pagarlo yo mismo, de una manera u otra. Es mi decisión. —Se reclinó y se cruzó de brazos, un gesto que su padre conocía muy bien por la madre que se lo había pasado a su hijo.
—Solo piensa en ello. Estamos aquí si nos necesitas.
—Lo sé. Siempre lo están. —Edward se suavizó un poco—. No quiero sonar desagradecido. Simplemente quiero hacer esto por mi cuenta. Es para mí, y para Bella. Para nosotros.
—Comprendido. —Carlisle asintió. Él admiraba la determinación de su hijo; siempre había sido una parte importante de su carácter y le había ayudado a atravesar algunos momentos difíciles—. No te sorprendas si encuentras dinero y muchas cajas de comida enviadas por tu madre —añadió irónicamente. Carlisle levantó sus manos a la defensa—. Jamás he sido responsable por sus acciones, y no comenzaré a hacerlo ahora.
Edward rio.
—Lidiaré con mamá cuando suceda.
—Sí, buena suerte con eso. —Estuvo en silencio por un momento, sus labios frunciendo mientras pensaba—. Edward, si esto es lo que quieres, entonces estoy completamente de acuerdo que deberías ir por ello.
Una mirada de alivio cubrió el rostro de Edward. Quería la opinión de su padre sin importar qué, porque sabía que su papá sería directo con él y pensaría en cosas que Edward no podría prever. Él había esperado, por supuesto, que su padre aprobara su decisión y lo apoyara.
Edward había estado nervioso de contarle a su papá sobre este posible cambio, aunque se sentía razonablemente seguro de que Carlisle lo apoyaría. Cuando había decidido meterse en el cuerpo policial, su padre fue más que comprensivo, estuvo vehementemente orgulloso. Nunca le reveló su temor por la seguridad de su hijo, aunque Esme no había tenido problemas en pronunciar esas preocupaciones. La única cosa que haría más feliz a su madre que escuchar que él había renunciado a la fuerza policial sería escuchar que Edward se iba a casar.
Una cosa a la vez…
Antes que Bella llegara de vuelta a Brooklyn por la noche, Edward y Emmett lograron meter un rato de baloncesto. Edward sabía que el ejercicio ayudaría; la actividad física siempre despejaba su mente. Era realmente una cosa que extrañaría sobre ser policía: el trabajo era todo menos sedentario. Hizo una nota mental de elegir una facultad de derecho con buenas instalaciones para deportes, y solo aplicar a bufetes de abogados que ofrecieran membresías de gimnasio—así como la de Emmett.
Él estaba casi tan nervioso de contar a Emmett sobre sus planes como lo estaba por Bella. Después de años burlándose de Emmett por ser un abogado y trabajar con sinvergüenzas, él estaba a punto de unirse a esos rangos, y en la posición más baja de la escalera legal. Emmett iba a comerse esto como una de sus queridas hamburguesas California.
Tenían el gimnasio para ellos mismos. Como nadie más jugaba, los sonidos del balón rebotando hacían eco por el enorme gimnasio. Edward driblaba perezosamente alrededor de la cancha, calentando sus músculos hasta que pudiera lograr una corrida completa, sus piernas largas avanzando rápidamente. Le lanzó el balón a Emmett, que hizo un lanzamiento lento que apenas tocó el hierro.
—Perdedor. —Edward tomó el balón y lo lanzó desde el rincón. Este atravesó el aro con difícilmente alguna perturbación.
—Maldito. —Emmett tomó el balón y continuó driblando.
—¿Cómo está Rose?
—Bien, bien. —Emmett se agachó e hizo un lanzamiento, el balón pasó fluidamente esta vez.
—Me dijeron que se mudarán juntos.
—¿Bella te contó? —Le pasó el balón a Edward.
—Sí. Hablando de eso… ¿qué, tengo que enterarme por mi novia?
Emmett levantó sus palmas.
—¡No te he visto en semanas! No te reconocí cuando llamaste. Creía que Rose me estaba engañando.
—Llamé porque no te he visto a ti en semanas. Ya era hora que pateara tu trasero de nuevo. —El giro hacia atrás de Edward guió el balón a pasar por el aro. No estaban llevando la cuenta formalmente, lo cual estaba bien porque la cuenta en la mente de Edward, la cual nunca podía apagar, registraba una delantera de dos dígitos.
Quizás debería regalar el partido y permitir que él gane. Hacer que sea bueno conmigo…
—Bueno, mientras que finalmente estemos aquí juntos —dijo Emmett—. Creo que Rose y yo nos vamos a comprometer para Navidad.
Edward se detuvo y giró hacia su amigo.
—¿Sí? Eso es increíble, Em. —Colocó el balón bajo su brazo, y ambos se abrazaron y estrecharon sus manos—. En serio. Felicitaciones. Ustedes van fuerte.
—¿Qué hay de ti y Bella?
—¿Qué? —Edward logró lucir como si la idea jamás se le hubiera cruzado por la mente—. Solo hemos estado saliendo desde principios del verano.
—Sí, claro, sigue diciéndote eso. Ustedes son los indicados.
—¿A qué te refieres?
—Quiero decir, que eso es todo. Ustedes se encuentran al final del camino del otro. —Él tomó el balón de Edward e hizo otro lanzamiento—. Lo reconozco cuando lo veo.
—¿En serio? —Edward resopló, pero no lo negó exactamente, no cuando sabía que Emmett decía la verdad—. Creo que faltan unos años para nosotros.
—¿Tanto?
—Probablemente.
—¿Por qué? —Emmett tomó el borde de su camiseta y secó su frente.
—Iré a la facultad de derecho.
Emmett miró a Edward como si su amigo le acababa de decir que había firmado con los Knicks.
—¿Que tu qué? ¿En serio?
—En serio.
—Demonio. Me sorprendes, chico. ¿Qué provocó esto? —Emmett parecía genuinamente complacido e interesado.
—Sabes que me gusta ser policía. Pero ya no es suficiente. O quizás es demasiado, no lo sé. —Edward se encogió de hombros—. Pienso que este trabajo podría envejecerme antes de lo indicado. Lo he visto pasar. Realmente he comenzado a sentir que es momento de salirme.
—Te escucho. —Emmett asintió—. ¿Planeas asistir a clases en media jornada?
—Nop. Voy a renunciar a la fuerza, asistir a tiempo completo, y terminar con ello. No quiero asistir a clases cuando tenga cincuenta.
—¿Vas a renunciar?
Edward pasó el balón de una mano a otra y echó un vistazo alrededor del gimnasio.
—¿Hay un eco aquí?
—Cállate. Sigo asombrado. ¿Dónde piensas ir?
—No estoy seguro. Probablemente aplique a Rutgers, Brooklyn College, quizás incluso Columbia o la Universidad de Nueva York. No sé si calificaré para alguna beca. —Llevó su mirada directamente a Emmett, entrecerrando los ojos pensativamente—. Leí que, a menos que vayas a una universidad prestigiosa, tus prospectos cuando sales de cualquier facultad de derecho son todas las mismas. ¿Eso es verdad?
—Prácticamente. Solo aprovecha tu tiempo donde sea que vayas. Escribe para el periódico de derecho, trabaja pro bono, haz contactos.
Edward vio el precioso tiempo libre en su inmediato futuro esfumarse como una tormenta de nieve en primavera. Los partidos como este con su amigo serían raros.
—Gracias por el consejo. Probablemente te llamaré por más.
—Cuando quieras, amigo. Eso lo sabes. ¿Qué dijo Bella?
—No le he dicho todavía. —Edward observó el balón mientras driblaba.
—¿Qué? ¿Por qué no?
Edward se encogió de hombros.
—Quería tener todo lo posible en orden. Ya sabes. Quería tener planes de verdad para contarle, no solo una idea.
—¿No crees que ella querría estar allí durante el viaje?
—No es eso —dijo Edward, frunciendo el ceño—. Simplemente supuse que le diría exactamente que nos espera el próximo par de años una vez que lo tenga todo planeado.
—No crees que ella se va a enfadar, ¿o no?
—Nah. Al menos, espero que no. —Edward le había dado vueltas en su cabeza tantas veces desde que esta idea echó raíces. Él había visto suficiente lo que el trabajo policial podía hacerle a sus compañeros oficiales, y ahora no quería nada de ello. No estaba seguro de si quería hacerle pasar a Bella por todo ese estrés. En cambio, él creía que le haría atravesar el estrés de tener un novio que era un estudiante de leyes a tiempo completo.
Él estaba tan seguro como podía de que Bella lo apoyaría. Pero con Bella, no había lugar para sandeces, así que él tendría que reconocer el temor que zumbaba lentamente de que quizás él estaría haciéndose cargo de demasiado, y no podría soportarlo. Él sabía que era una gran ambición, pero ¿se encontraba al alcance de sus manos? Habían pasado años desde que él había ido a la universidad. Además, no se podía decir el impacto que los años de la facultad de derecho y estudiar tendría en su relación.
Y esa probablemente sea la razón por la que él estaba reacio a hablar con ella.
Emmett estaba chasqueando sus dedos frente a la nariz de Edward.
—Amigo, ¿dónde fuiste?
—Lo siento. Solo estaba pensando.
—Sí, yo también. Estoy pensando que le estás contando esto a la persona equivocada.
—¿Qué? Eres abogado. Supuse que serías la mejor persona a quien contárselo. Además, ya sabes, eres un amigo…
—Pero no soy el importante aquí. No estás saliendo conmigo. Esto es lo que nosotros los abogados llamamos probatorio. Aprenderás todo sobre esto pronto. —Sabelotodo Emmett está de regreso en la casa—. Es evidente que necesitas poner al tanto a Bella de lo que quieres hacer.
Edward asintió.
—Lo sé. Lo haré. —Realizó un último lanzamiento y este atravesó sin problemas la red sin tocar el borde.
Emmett trotó hacia el final de la cancha y tomó el balón.
—Hazlo. Esta noche.
Edward puso los ojos en blanco.
—¿Cómo sabes que la veré esta noche?
—Porque ella está en tu apartamento todo el tiempo. ¿Crees que ella no le cuenta a Rose, y Rose no me cuenta a mí? Ustedes dos están unidos al otro como percebes cachondos.
—Los percebes son hermafroditas —dijo Edward.
Emmett frunció el ceño con incredulidad.
—¿Cómo diablos sabes estas cosas? —Agitó sus manos en dirección a Edward—. Olvídalo. Estoy muy seguro de que esa pequeña trivialidad útil se encuentra en los exámenes de admisión a la facultad de derecho.
Después de una ducha rápida, Edward le escribió a Bella que se encontraba en camino. El aroma a chuletas de cerdo asadas con limón, ajo, y romero lo recibió al abrir la puerta. Mookie se encontraba despatarrado en una silla en la cocina, observando a Bella y la comida con interés.
—Hola, grandote. —Edward acarició el mentón de su gato—. Y hola, tú. —Bella se había apartado de la estufa, ya sonriendo con alegría mientras lo escuchaba entrar. La sujetó de las caderas y la jaló hacia él—. Eso huele genial. Y tú te ves genial.
Bella se carcajeaba mientras él marcaba un camino de besos por su cuello.
—Bueno, tú hueles genial. Gracias por tomarte una ducha. Eso es… genial.
—Genial.
—Genial. —Ella se apartó de su pecho lo suficiente para ver su rostro—. ¿Qué pasa contigo? —preguntó, divertida y desconcertada. Había una distintiva falta de palabras, completamente inusual en Edward, saliendo de su boca.
—Nada. Simplemente estoy contento de verte. Y hambriento —dijo él, tomando un poco de arroz cocido de un bol con los dedos.
—Pareces un poco tenso. —Ella colocó el bol sobre la mesa y las chuletas de cerdo junto a este—. ¿Puedes tomar la mantequilla del refrigerador?
—Claro —contestó él sin abordar su primer comentario. Bella lo notó pero decidió dejarlo pasar.
Él quitó a Mookie y se sentó a comer, contándole todo sobre su partido con Emmett y embelleciendo los resultados aunque excluyendo los detalles sobre la conversación que estaba a punto de tener con ella.
—¿Cómo está tu papá?
—Oh, está bien. Tuvimos un buen almuerzo.
—¿Uno genial no? —bromeó ella.
—Listilla. —Pinchó un trozo de carne con su tenedor—. Mamá no estaba allí, pero se aseguró de que él recordara decirme que quieren que vayamos a cenar con ellos pronto si podemos encontrar una noche.
—Me encantaría eso. —Bella adoraba a Esme, que estaba convirtiéndose más y más en una madre para ella, con Renée tan lejos—. Vas a regresar a los días pronto, ¿cierto? Encontremos una noche en la que podamos ir allí. Haremos un hueco.
Edward inhaló profundamente. No hay mejor oportunidad que esta.
—Sí, definitivamente deberíamos hacerlo, porque pronto, puede que no podamos.
Bella dobló su servilleta.
—¿A qué te refieres?
Él sujetó su botella de cerveza y comenzó a despegar la etiqueta, una evidente señal de que algo ocurría.
—He estado pensando —dijo Edward, entonces se detuvo y frunció el ceño. Bella se cruzó de brazos sobre la mesa y esperó, intentando apartar la sensación de inquietud.
—¿Qué pasa, Edward? —preguntó ella, después de un momento de silencio.
—Creo que quiero hacer un gran cambio. —Él presionó los pedazos pegajosos de papel en sus dedos, tratando de quitárselos con solo una mano. Cuando aún no había una respuesta, él finalmente miró a Bella. Su rostro estaba pálido y aterrado.
—¿Qué…? Oh, diablos, no. —La sacó de su silla y la llevó hacia su regazo—. ¡No hablo de nosotros!
La tensión la abandonó, el alivio suavizó sus rasgos.
—Es… Estaba un poco preocupada allí.
—Soy un idiota. —Él se golpeó la frente exageradamente al estilo Los Tres Chiflados—. Tengo que pensar antes de abrir la boca.
—De acuerdo, ahora que hemos aclarado eso —dijo ella, finalmente sonriendo—, por favor, continúa.
Él no podía mirar a ninguna otra parte que no sea su rostro, ella se encontraba tan cerca. Sujetarla en su regazo lo calmaba.
—Creo que quiero ir a la facultad de derecho.
Ella alzó sus cejas pero simplemente dijo, «¿Crees que quieres hacerlo?».
—No, sí sé… Sé que quiero hacerlo.
—Bueno. Esto es diferente. —Ella lo consideró justamente, simplemente curiosa y sin criticar—. ¿Qué provocó esto? Es la primera vez que has dicho algo.
—Lo sé —admitió él—. He estado analizándolo en mi cabeza, tratando de encontrar la manera correcta de explicarlo. Solo quiero algo mejor. Ya no quiero ser policía.
—No hay nada de malo en ser policía.
—Por supuesto que no. —Él pensó en Charlie y trazó la punta de sus dedos por su mejilla—. Algunas de las mejores chicas tienen papás policías. Son buenos hombres. Pero, ya sabes, miro a estos tipos en mi delegación y es como si hubieran envejecido muy rápido. No están haciendo el trabajo, el trabajo los está haciendo. Quiero algo más. Algo más. —Edward la miró con pena.
—De acuerdo. Puedo entender eso. —Bella pasó sus dedos por su cabello—. Me preocupo por ti a veces —confesó—. No solo por tu seguridad, aunque esté allí. Ya te lo he dejado claro. Sé que el nivel de intensidad para los policías es mucho mayor en una ciudad como esta. —Distraídamente, ella levantó sus manos unidas y las presionó contra sus labios mientras seguía pensando—. Siempre querría que esto fuera tu decisión. Parece que se te ocurrió por tu cuenta. Fue tu idea, y estoy contenta por eso.
—Aunque no es solo mi decisión —debatió él—. También es sobre nosotros. Te afecta.
—Me afecta si no eres fácil. ¿Crees que ser abogado te hará feliz?
—Tú me haces feliz, nena. —La besó, dulce y suave—. Pero sí, esto es lo que quiero. Y te lo debo a ti.
—¿A qué te refieres? —Bella sonrió pero parecía confundida.
—Hablar de arte y verlo contigo hizo que fuera todo nuevo para mí nuevamente, como si lo estuviera descubriendo por primera vez. Así que, comencé a pensar, ¿por qué no hago algo con ello? No puedo pintar nada, pero ¿por qué no convertirlo en mi trabajo de otra manera?
Él se inclinó para tomar una pila de papeles que había dejado sobre la mesa cuando llegó a casa.
—Mira. Puedo tomar estas clases en el museo. —Levantó un folleto del Museo de Arte Moderno que divulgaba cursos educativas de arte—. Y entre estos y la facultad de derecho, seré un mejor candidato para esto.
Bella miró de cerca los papeles que él ahora agitaba frente a ella. Enumeraba oportunidades de trabajo con el FBI.
—Tienen una división de fraude en obras de arte. Estaría buscando obras robadas o investigando pinturas falsas que alguien intenta pasarlas como reales. —Él esperaba ansiosamente su reacción, apenas conteniendo su entusiasmo.
El rostro de Bella se iluminó mientras todo se asentaba.
—¡Edward, eso es maravilloso! Es una idea increíble. ¡Es perfecto para ti!
Él sintió su pecho inflarse, un poco por orgullo y mucho por el apoyo de ella.
—¿Eso crees?
—Oh, por Dios, sí. —Lo abrazó—. Serías muy bueno en eso. ¿Tu experiencia como policía y tu amor por el arte? ¿Y todo lo que sabes sobre este? Cualquier ladrón se cagarían encima contigo siguiendo su rastro.
Edward rio.
—Gracias por esa visual. No es la primera vez que alguien mojaría sus pantalones porque yo los seguía. —Él frotó su brazo de nuevo, reconfortándose de nuevo con sus caricias por un momento antes de mirarla a los ojos—. ¿Estás de acuerdo con esto?
—Por supuesto que sí, Edward. ¿Realmente creías que estaría molesta?
—No… bueno, no lo sé —admitió—. No estaba seguro de cómo te sentirías con que cambie de carrera. Ya sabes, como si te hubiera dado gato por liebre.
—Voy a extrañar el uniforme. —Ella hizo un puchero antes de que sus labios se transformaran en una sonrisa ladina—. Pero quizás podrías ponértelo para mí a veces.
—Trato, nena. —A él le gustaba la idea, o al menos, lo que había detrás de esta.
—Eso me recuerda… ¿vas a renunciar a la fuerza?
—Sí, quiero ir a clases a tiempo completo. No quiero asistir por años y años, ¿sabes? —Se encogió de hombros—. Algunas personas lo hacen, pero no es para mí. Quiero entrar y salir así puedo comenzar.
—Lo entiendo.
—¿Sí? —La abrazó más fuerte—. Es un gran compromiso. Tiempo y dinero. Estaré atascado en la facultad de derecho por tres años, y no voy a tener dinero extra, ¿sabes? ¿Estás de acuerdo con eso?
—Claro. Porque solo salgo contigo por tu dinero ahora mismo —bromeó ella—. Edward, amo esto. No puedo esperar a ver lo bien que te va a ir. —Ella apoyó su frente contra la suya—. Me has apoyado tanto desde que nos conocimos. Siempre me alentaste en todo, en mi trabajo, incluso en mirarme con mejores ojos. Ahora finalmente puedo devolver eso.
—No va a ser fácil. —¿Por qué él intentaba disuadirla de esto cuando ella decía todo lo que quería escuchar? Él quería ser realista, pero mierda…
—Nada que valga la pena lo es.
Ella se inclinó en busca de un rápido beso pero esta vez, él no la soltó. Estoy a punto de cargarla hacia la cama. Edward sostuvo la parte trasera de su cuello, sus labios fuertes y seguros mientras trabajaba para abrir su boca. La sensación de la lengua de Edward contra la suya podría haberla distraído, pero ella sabía que le estaba diciendo, mediante tacto y sabor, que él estaba agradecido de que ella lo entendía.
—Espero que recuerdes eso. Cuento contigo para ayudarme en esto —dijo él suavemente, sus dedos acariciaban el costado de su rostro y entonces su cuello. Trazó a lo largo del borde de su camiseta antes de deslizar un dedo dentro del cuello, gentilmente llegando tan abajo como podía.
Bella se estremeció.
—Lo haré —contestó—. Estaré contenta de hacerlo, Edward. Lo digo en serio. Te ayudaré a estudiar. Cocinaré para ti, llevaré a Mookie al veterinario… lo que quieras.
—Esto es un acuerdo de muchos años, cariño. ¿Estás lista para firmar eso?
El rostro de ella gritaba adoración y felicidad.
—Tenlo por seguro.
—Muy bien, ahora, pasando el tema real… ¿Realmente creías que estaba a punto de decirte que quería terminar contigo o algo?
Bella hundió su cabeza en su pecho, avergonzada.
—Simplemente estaba nerviosa porque vi a Tanya hoy. Fue como un presagio, y entonces, bueno… cuando uno dice "he estado pensando", eso raramente es bueno.
—¿Viste a Tanya? Santo cielo —masculló él—. ¿Qué pasó?
—Me detuve a comprar café de camino al metro. Ella estaba entrando mientras yo salía. No fue muy bonito. Me exasperó.
—Qué sorpresa.
—No le dije nada terrible, pero ella me estaba provocando y yo no estaba de humor.
—¿Oh, sí? —Su respeto por Bella se disparó aún más—. Bien por ti. —El siguiente pensamiento se escapó de su boca naturalmente, pero no se arrepentía—. Tanya jamás aceptaría esto.
—¿En serio? ¿Cómo no querría algo mejor para ti?
—Oh, ella diría que sí, pero jamás lo soportaría. ¿Sabes? Ella estaría fuera de aquí si pasara dos semanas seguidas ocupado estudiando en vez de pasar todo mi tiempo con ella.
—No soy Tanya.
—No —dijo él con finalidad—. No lo eres. Definitivamente no lo eres. —La besó de nuevo, largo y tendido—. Limpiemos aquí. Te quiero fuera de mi cocina y en mi cama.
