Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es MeilleurCafe, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to MeilleurCafe. I'm only translating with her permission.
Capítulo 16
Edward estudiaba la montaña como si fuera algo que conquistar. No era la cima lo que buscaba; él estaba determinado a que los elementos aquí no se apoderarían de él.
Los elementos en este caso no eran la tierra, el viento y el fuego, sino la nieve y el aire frío. Él y Bella se encontraban en un campo de nieve en el Parque Nacional Mount Rainier, y no se necesitaba escalar la montaña para quedarse sin aliento muy fácilmente. Incluso el terreno más bajo en el parque se encontraba alrededor de seiscientos metros sobre el nivel del mar.
El hotel del parque nacional tenía esquíes y botas disponibles para que los huéspedes pudieran rentar, así que decidieron probar esquí de fondo a pesar que ninguno de los dos sabía mucho sobre ello. Creían que estaban listos para el desafío, y parecía la mejor manera de atravesar el parque, el cual estaba cubierto de nieve.
Bella respiraba aceleradamente a su lado y él sabía que ese aire seco y brusco debía estar penetrando sus pulmones también. Sus mejillas y su nariz estaban rojas por el frío, y ella estaba moviendo sus palos de esquí como si su vida dependiera de ello. Sus gafas de sol caían por su nariz.
Ella se esforzaba, siguiendo la zancada larga de Edward tanto como podía. Juntos habían cubierto varios kilómetros a lo largo del sendero Paradise, una de las rutas más fáciles para principiantes. Edward se detuvo a mirar su reloj y se asombró de ver que solo habían estado aquí afuera varias horas. Parecían mucho más.
Su novia caminó por su lado, colocando un palo y esquí frente al otro; como si fuera más una prueba de resistencia que algo que habían decidido hacer juntos por diversión. Edward observó pensativamente a su espalda. Algo iba mal, y no era que ella lo estuviera ignorando mientras luchaba por avanzar. Ella estaba bloqueando todo, así como él.
La montaña demandaba su atención de nuevo, después de que él de alguna manera dejó que se moviera hacia el fondo durante la última hora más o menos. Era difícil apartar la mirada porque dominaba el paisaje por completo, pero si observabas la vista en vez de su ritmo, corrías riesgo de caerte de cara al esquiar.
Y esto, se dio cuenta, era el problema. Estaban tan concentrados en intentar esquiar que estaban perdiéndose de la gran atracción.
—Oye —le dijo a Bella. Ella se detuvo y se dio la vuelta, su boca abierta y jadeando.
—¿Qué?
Él se acercó hasta encontrarse a su lado de nuevo.
—Mira.
—¿A qué?
—Todo. —Movió su brazo a su alrededor—. ¡La montaña! Lo que vinimos a ver.
Ella estaba tan cansada que al principio esto no se registró. Entonces, su rostro se aclaró, y observó el Rainier, la enorme cima surgiendo de la tierra como una fuerza que no engañaba a nadie con su inactividad. La luz solar resplandecía en la nieve con un brillo que le hacía estar agradecida de tener sus gafas de sol. Forks siempre estaba tan nublado que ella casi nunca los necesitaba; pero aquí los cielos podían estar despejados un día de invierno como hoy. Hasta que Edward lo mencionó justo ahora, ella se había concentrado demasiado en esquiar que podría haber estado en Queens por toda la impresión que sus alrededores le causaba.
Cuando habían llegado al hotel el día anterior, la luz del día se estaba yendo. La nieve y los glaciares que cubrían la montaña captaba la luz del sol poniente, convirtiendo el brillante blanco en un suave naranja. Los surcos en la superficie del Rainier y sus rocas expuestas tomaban un color violeta oscuro, el frío tranquilo y la vista inspiraba una paz y una serenidad que Bella no había sentido en mucho tiempo. Edward lo sentía también; la envolvió en sus brazos, y observaron la montaña y escucharon el silencio. Mejor que una pintura en un museo, esto era real, y era glorioso.
Hoy, habían estado tan determinados a ver todo lo que podían del parque que casi se lo perdían. Edward llevó sus manos alrededor de su cintura de nuevo, como lo había hecho la noche anterior, y permanecieron de pie, inhalando el aroma limpio y frígido de los árboles y el aire. Un halcón voló sobre ellos, sin duda buscando un pequeño y delicioso mamífero que resaltaba en el suelo blanco.
—Hay un banco allí —dijo Edward, inclinando la cabeza hacia un lugar a alrededor de tres metros de distancia—. Sentémonos por un momento.
Con un asentimiento en agradecimiento, Bella se deslizó en sus esquíes hacia el banco. Ella se quitó su gorro y sacudió su cabello para secar el sudor alrededor de su cuello.
Edward se sentó con fuerza.
—Esto es increíble, pero creo que preferiría estar dentro de una cancha.
—Chico de ciudad —bromeó ella.
—Oh, ¿como si tú hubieras esquiado todo el tiempo cuando vivías aquí? —Chocó su hombro.
—No mucho —admitió ella—. Vinimos aquí un par de veces, pero mayormente fue durante el verano. Mi clase de último año fue a esquiar el Parque Nacional Olympic en nuestro viaje.
—¿Cómo te fue?
Bella sonrió, girando el gorro con su dedo antes de contestar.
—Bajé la pista para novatos una vez y entonces me quedé adentro el resto de la estadía.
Edward estalló en carcajadas.
—¿Odias esquiar? ¿Por qué no lo dijiste?
—No lo hago, de hecho. No soy fanática del frío y odio las alturas. Pero realmente quería probar el esquí de fondo. —Lo miró con curiosidad—. Siempre estás muy interesado en los deportes. Creí que te gustaría.
—Así es, pero no creo que mis piernas estén en forma para esto. Están más acostumbradas a hacer lanzamientos libres.
—¿Quieres regresar al hotel?
—En un momento. Me encanta este paisaje.
—Puedes ver mucho más cuando no te mueves —coincidió ella.
Se sentaron en silencio, respirando fácilmente ahora. Directamente frente a ellos se encontraba el glaciar Nisqually, incrustado en el costado sudeste de la montaña. El glaciar estaba a la sombra en ciertos puntos donde la tierra y los detritos estaban congelados, aumentando su visibilidad en la nieve que cubría la montaña.
—Ese alimenta el río Nisqually. —Bella hablaba suavemente ahora, inspirada por la atmósfera silenciosa que no concordaba con la enormidad del parque y la montaña.
Edward asintió.
—La nieve derretida y el hielo del glaciar… ¿Eso no forma la cabeza de un río?
—Aprendes rápido, saltamontes. —Bella sonrió ampliamente, a pesar de que sus labios estaban agrietados. Las manzanas de sus mejillas se habían quemado por el viento y el sol—. Qué mal que sea invierno y no verano. Puedes ver mucho más de la montaña cuando está descubierta. Y las flores aquí son espectaculares.
—Oh, no lo sé —dijo Edward, observando la cima con ojos entrecerrados—. Esto es bastante increíble.
—Es hermoso, con toda la nieve —accedió Bella.
Él rodeó sus hombros con un brazo y le dio un apretón.
—Luces fría. ¿Deberíamos volver?
Ella se estremeció.
—No quiero cortarlo muy pronto para ti. Es la primera vez que has estado aquí.
—Oye, una vez que has visto una montaña de cuatro mil metros de altura; ya las has visto a todas.
Bella rio.
—Y por supuesto que hay muchas de esas en la ciudad de Nueva York.
—No puedes disfrutarlo mucho cuando estás sentado aquí congelándote el trasero. Vamos. —Se puso de pie y le ofreció su mano para ayudarla a pararse—. Vámonos. Podemos esquiar de regreso al coche.
—¿Estás seguro? —Ella se puso de pie pero lo miró con incertidumbre.
—Seguro. Además —dijo mientras tomaba los palos—, puedo pensar en otros buenos ejercicios que podemos hacer dentro y que son mucho más divertidos. Y podemos mirar a la montaña todo lo que queremos por la ventana.
—Me gusta como suena.
Como era la semana de Navidad, el hotel estaba lleno de vacacionistas. Un número de familias, estudiantes universitarios, y otras parejas también estaban esquiando o haciendo senderismo. Al menos, Bella y Edward habían regresado lo suficientemente temprano para poder ducharse y cenar sin tener que esperar por una mesa.
Edward revisó su teléfono para chequear los mensajes mientras esperaban su comida. Agradecidamente, nadie del trabajo o de casa había intentado localizarlo; le había mandado a Carlisle y a Esme un mensaje para hacerles saber que él y Bella habían llegado a salvo en Forks, pero no había tenido comunicación con nadie desde entonces. Él había guardado y ordenado todo lo posible antes de que se fueran así no había preguntas pendientes sobre investigaciones o juicios—al menos, nada de lo que pudiera encargarse a cinco mil kilómetros de distancia.
Bella lo observaba mientras él se deslizaba por diferentes aplicaciones y entonces las cerraba después de unos minutos. Una sonrisa satisfecha se asomó en sus labios antes de notar que Bella lo estaba mirando.
—¿Qué?
—Nada —dijo ella, pero su sonrisa la delataba—. Te ves pacífico. Muy descansado también.
—Lo estoy. —Se cruzó de brazos sobre la mesa—. Han sido unas buenas vacaciones.
—¿Lo estás pasando bien? —preguntó ella.
—Oh, claro. —Cuando él notó que la liviandad se había esfumado de su tono, habló un poco más serio. Ella de verdad no estaba segura.
—Estoy muy contento de que hayamos venido. Lo digo en serio —dijo él—, ha sido bueno quedarse con tus padres. Me agradan. Son buenas personas.
Ella asintió pensativamente.
—Realmente lo son. Sabía que les ibas a agradar.
—¿Crees que sí? —Él reacomodó sus cubiertos, bajando la mirada hacia el mantel individual a cuadros.
—Definitivamente— dijo ella con firmeza—. ¿Quieres decir que no lo puedes notar?
—Eh, bueno, eso creí, pero ya sabes, no soy el mejor juzgando a las personas.
Bella resopló.
—Eres el mejor que conozco juzgando a las personas.
Él negó con la cabeza.
—Esto es diferente. Tiene mucha importancia, así que me inclino a leer cosas. Mayormente cosas negativas.
—¿Te refieres a cómo superaste a mi papá al atrapar el único pescado cuando fueron al lago?
—Eso no tanto. —Él hizo un ademán con la mano para restarle importancia—. Él estuvo bien con ello.
—Fue un buen pescado.
—Sí, incluso me permitió comer la mayoría.
—Te dije que le agradabas. —Ella tomó su mano sobre la mesa—. Entonces… ¿de qué cosas negativas estás hablando?
Él vaciló, apartando la mirada en dirección a la cocina, la cual tenía una gran puerta vaivén. Edward siempre se había preguntado si alguna vez sería lo suficientemente afortunado de ver a dos camareros tratando de ir en direcciones opuestas al mismo tiempo por lo que se chocaban entre ellos como el gordo y el flaco, y tiraban bandejas de comida al suelo. No había sucedido aún.
—No estoy seguro de que le agrado a tu mamá —confesó él.
—¿En serio? —Bella parecía estar legítimamente confundida—. ¿Ella te dijo algo malo?
—No, no, nada como eso. Ella simplemente parece un poco distante. No demasiado amigable. Ella es muy cortés cuando hablamos, pero hasta un límite. —Frunció el ceño, las líneas de su frente marcando su frustración—. Solo tengo la sensación de que me mantiene alejado. No estoy seguro de cómo explicarlo de otra manera.
—¿Quieres que le diga algo?
—No, no quiero meterte en el medio. No aún, al menos. —La camarera vino y entregó sin problemas su cena.
Bella cortó un par de trozos de raviol y pinchó uno con su tenedor.
—Pero si hay un problema, debería preguntarle al respecto. Ella no es usualmente así. En serio, como te conté hace mucho, ella es más amigable que Charlie.
—Verás, no estoy seguro de que haya un problema. Así que no quiero que lo menciones. —Él se estiró sobre la mesa y le dio un apretón a su mano—. Aún nos queda un poco de tiempo aquí. Veamos qué sucede.
Fue una buena comida; no la más elaborada o sofisticada que habían tenido, pero satisfactoria después de horas tratando de esquiar. Estaban terminando el café cuando Edward le preguntó si había cambiado de parecer con respecto al postre.
—Solo estoy hambrienta de ti —dijo ella suavemente, entonces se inclinó y dijo incluso más bajo—. Estamos fuera de la casa de mis padres. Creo que deberíamos aprovechar eso.
Él levantó su mano y besó sus dedos.
—Me gusta cómo piensas.
No importa lo casual que Charlie y Renée fueran con que su hija compartiera un cuarto con su novio, Edward no podía quitarse la sensación de que cada sonido, cada movimiento era monitoreado de alguna manera. Ellos podían mantenerse callados durante el sexo si era necesario, y de hecho, lo habían sido; era una preocupación tácita pero reconocía que el entusiasmo vocal sería vergonzoso para todos. Pero ahora que se encontraban en un hotel, e incluso si las paredes eran delgadas, las personas del otro lado eran extraños que jamás volverían a ver.
Edward sostuvo su mano mientras salían del restaurante y caminaban hacia el otro extremo del hotel. Pasaron por la sala común donde otros huéspedes estaban relajándose frente a una chimenea con un fuego grande y agradable. En cualquier otro momento, Edward podría haber estado tentado a detenerse y disfrutarlo, pero tenía otras llamas que avivar.
Bella entró al cuarto primero y Edward cerró la puerta detrás de ellos. Ella se dio la vuelta y tomó sus manos, jalándolo a ella mientras caminaba hacia atrás.
—Ven aquí, mi hombre de montaña.
Él se rio.
—Hombre de naturaleza. —Su voz se profundizó—. Las mujeres me desean. Los peces me temen.
—Para ya. —Él la sujetó alrededor de la cintura y la lanzó sobre la cama.
—Oh. Puedes quitar al chico de Nueva York, pero no puedes quitar a Nueva York del chico.
Él bajó la cremallera de sus pantalones y masculló varias palabras sobre quitar algo, de acuerdo.
Ella se arrodilló sobre la cama y lo besó, suavemente al principio pero entonces con mucha más urgencia. Edward mantuvo la conexión mientras lentamente tiraba de su suéter, jalando hasta que tuvieron que separarse así ella podía quitar sus brazos. Bella desabotonó su camisa y la colocó en una silla cerca de la cama.
—¿El sexo en una nueva ubicación te excita? —Ella estaba encargándose de sus pantalones ahora, tirando hacia abajo mientras él intentaba no caerse.
—El sexo contigo me excita, cariño. Dónde sea, cuándo sea. —Se dejó caer en la cama, llevándola con él.
—No eres quisquilloso entonces.
—No con esto, no.
—Hombre tenías que ser.
—¿Esperabas a alguien más?
La cama estaba cubierta por un edredón suave, y el cuarto era muy cálido—demasiado si estabas vestido, pero Bella no lo estaba. Edward tenía puesto solo calzoncillos. Se subió sobre ella apoyándose sobre manos y rodillas y la besó, entonces comenzó a dejar un camino de besos hacia su estómago, esquivando sus pechos por el momento pero tomándose el trabajo de exagerar los besos mientras bajaba.
Deslizó sus dedos suavemente por debajo de sus bragas y se las quitó expertamente, lanzándolas a alguna parte sobre su hombro. En ese momento, no le importaba particularmente si aterrizaban en Tacoma.
Edward frotó sus manos ligeramente sobre sus muslos, mascullando, «Hermosa». Separó sus piernas y encontró lo que estaba buscando, el lugar que siempre era su hogar a pesar de donde se encontraban.
—Háblame, nena —masculló y besó su vientre, sus piernas, y entre ellas—. No hay nadie más que nosotros, así que no te contengas. —Edward se acomodó y la exploró con su boca, lenta y suave al principio, de la manera que sabía que a ella le gustaba.
—Sí —dijo ella, su voz quebrándose al final de la palabra. Ella arqueó su espalda y gimió, las sensaciones que la recorrían eran familiares ya, pero aún así siempre parecían nuevas. Suspiró su nombre y deslizó sus manos por el cabello de él, ocasionalmente jalando fuerte cuando él la acariciaba de la manera correcta. Los sonidos suaves y húmedos por el contacto resonaban en su piel como una banda sonora de la liberación que crecía dentro de ella.
—Más —susurró, y entonces lo dijo más fuerte—. Más. —Y Edward la escuchó.
Ella soltó un chillido y casi se cayó de la cama, sus ojos agrandándose y entonces cerrándose con fuerza. Bella gritó su nombre de nuevo, mucho más que un suspiro esta vez, fuerte y gutural.
—Extrañaba eso —masculló, besando cada milímetros mientras se deslizaba por su cuerpo al regresar—. Y parece que he olvidado estos. —Él desabrochó su sostén y se lo quitó, dejándolo en alguna parte sobre la mesa de noche sin siquiera mirar. Meticulosamente, trazó un pecho hasta llegar al pezón antes de reemplazar su dedo con su boca.
—Estos son perfectos —dijo. Edward levantó la mirada hacia el cabecero detrás de ellos—. ¿Todos me escucharon?
Bella rio, aún susurrante mientras se calmaba.
—Ven aquí —le urgió—. Tengo más para decir. —Lo tomó en sus manos y fácilmente lo deslizó dentro, deseándolo tanto como podía—. Edward —gimió—. Esto es el paraíso… ¡oh! —Él empujó sus caderas mientras que sus manos grandes sujetaban su trasero.
La pálida insipidez de la habitación se desvaneció mientras ella se hundía en el edredón, su olor a limpio mezclándose con el olor a sudor y sexo. Sus dedos se deslizaban suavemente arriba abajo por su espalda, concentrándose en el tatuaje en recuerdo a su hermano que ella sabía que se encontraba en su hombro. Gentilmente trazaba las alas de Garrett cuando ella y Edward estaban juntos así, para transmitir la veneración que ella tenía por la gran pérdida de Edward. La santidad del recuerdo de Garrett reflejaba lo sagrado que era el amor entre ellos, y esta noche ella de nuevo decía una oración por el niño que jamás iba a conocer.
Edward cambió y se movió más rápido, estimulado por el simple hecho de estar dentro de ella. Su conexión ahora era fuerte y rápida, perfecta y ruidosa; y momentos después, Bella estaba gritando de nuevo. Los pesados jadeos de Edward se transformaron en un largo gruñido mientras se corría, cada músculo tenso hasta que fue capaz de relajarse.
Envolvió un brazo alrededor de su espalda baja, sosteniéndola firme contra él mientras disfrutaba de los últimos momentos de su conexión física. Se quedaba así tanto como podía, dentro de ella y a su alrededor, a menos que ella estuviera muy incómoda y necesitaba que él se moviera. Aunque ella jamás se lo pedía, en todas las veces que estaban juntos.
Después de un rato, besó su cuello, moviéndose hacia su lado de la cama pero sujetándola firme contra su costado. Edward acarició su cabello, enredando sus dedos en este y esparciéndolo sobre la almohada.
—¿Extrañas estar aquí? —masculló él.
Ella exhaló y pensó en su respuesta.
—A veces. Extraño mi familia, y el espacio. Todo es muy abierto y hermoso. Y limpio —añadió como si se le ocurriera al último momento. Edward se carcajeó.
—Pero no volvería —añadió ella.
Edward dejó de jugar con su cabello.
—¿Nunca?
—No mientras tenga lo que necesito en Nueva York. —Ella se movió junto a su pecho así podía ver su rostro, apoyando su barbilla sobre su puño—. Jamás volvería aquí si eso implica dejarte atrás.
—¿Y si viniera contigo?
—Iría donde fuera contigo —dijo ella suavemente—. He vivido en los dos extremos, rodeada de naturaleza y en la ciudad, así que podría vivir en cualquier parte. Pero, ¿serías feliz aquí?
—Creo que podría.
—¿Por el resto de tu vida? —presionó ella—. Creo que necesitas estar en una ciudad. O al menos, realmente cerca de una.
—Siempre está Seattle.
—Sí, es verdad. —Ella movió su índice en un círculo en el centro de su pecho, entonces lo movió perezosamente alrededor de su vientre hasta pasar por los finos vellos justo debajo de su ombligo—. Pero no es Nueva York.
—Pero tiene varias cervecerías buenas. Y los mariscos son increíbles.
—Buenos puntos —dijo ella, sus dedos bajaban aún más—. Pero dejar Nueva York… no te veo haciendo eso, y que seas feliz.
Él cerró los ojos mientras la mano de ella lo rodeaba.
—Este no sería el momento adecuado para que esperes que te de una opinión reflexiva.
—Entonces, olvidémonos de ello por ahora. Hablemos más como lo hicimos antes —masculló ella, y se subió sobre él.
Habían acordado regresar a Forks al día siguiente, así que salieron después del desayuno. Sus días en el estado de Washington estaban terminando, y Bella quería llevar a Edward al Parque Nacional Olympic para pasear de nuevo, ya que él había estado emocionado por verlo. Al principio de su visita, ellos habían cubierto lo que Edward llamaba los puntos más importantes: las escuelas de Bella, la cafetería y la pequeña tienda estilo bodega donde ella compraba dulces y soda después de clases; y el lugar en el bosque donde ella solía pasar tiempo con Jessica cuando se encontraban en la secundaria y sentían que eran las preadolescentes más extrañas del mundo. Ella relató los recuerdos que tenía de cada lugar, sus manos volando para acentuar sus palabras mientras se reía. A veces, estaba tan absorta en una historia que trastabillaba con sus palabras o no tenían sentido. Pero era un costado gracioso e inocente de ella que Edward no había visto mucho antes, así que le permitía seguir con sus historias y disfrutaba de observarla mientras las contaba.
El último evento de su viaje estaba programado para unos días antes de que regresaran a Nueva York. Bella le había advertido a Edward que Renée quería hacer una fiesta para presentarlos a todos lo que no hayan conocido. Su madre parecía determinada a asegurarse que todos en la península tuvieran la oportunidad de ver a Bella y a su novio. Charlie le seguía la corriente con la idea porque habría cerveza, y porque era generalmente indulgente con su esposa.
—No tenemos muchos familiares en la zona, así que la mayoría de los amigos de mis padres son como de la familia —explicó Bella.
Edward asintió.
—Pude ver eso cuando fuimos a la estación de policía. —Los hombres no solo respetaban a Charlie, sino que lo querían como si fueran familia. Tenía sentido porque la fuerza era tan pequeña, pero Edward también comprendía ese tipo de vínculo debido a sus padres y su amplia red de seres queridos. Las amistades de sus padres eran como relaciones también. A él le gustaba tener eso en común con los Swan.
Ayudaron a Renée a preparar todo para la fiesta, y Edward incluso tuvo otra clase magistral de Charlie, esta vez sobre cortar leña. Necesitaban suficiente para alimentar la chimenea en la sala, y como no había nevado o incluso llovido en días, el Jefe quería aprovechar la sequedad. Salieron de compras en busca de cerveza y vino, y Edward estuvo aliviado con la tranquilidad con la cual ahora se subía a la camioneta de Charlie. No era que solo se había roto el hielo; algo había sido construido también. Charlie no hablaba más de lo que había hecho cuando se conocieron por primera vez, pero sus palabras con Edward parecían salir con mayor facilidad y ser más relajadas.
Edward aún era consciente del rol supremo de Charlie como papá de Bella, y eso seguía dejándolo cauteloso. Pero también descubrió que le agradaba Charlie, y para su gran alivio, parecía agradarle a Charlie. Disfrutaba de sus conversaciones sobre deportes y cerveza, e incluso las que tenían temas más sensibles como el cuerpo policial.
Renée, por el otro lado, seguía siendo un rompecabezas con piezas perdidas. Ella era bastante amable con Edward y continuaba con sus conversaciones de rutina, preguntando sobre sus padres y el resto de su familia, contándole sobre su trabajo como entrenadora de vida y pacientemente respondiendo las preguntas de él porque estaba muy seguro que jamás lo comprendería; y expresando su gratitud cada vez que la ayudaba a cocinar o a limpiar. Casi cada vez que se encontraban en la misma habitación, y probablemente cuando creía que él no estaba mirando, su rostro se volvía un poco triste; una expresión de melancolía que él sentía que estaba vinculada a Bella como sin duda alguna había sido su conexión gestacional hace muchos años.
Esta noche, la mesa del comedor estaba prácticamente gruñendo por la carga: una olla de cocción lenta con carne de cerdo desmenuzada; platos de pollo asado y jamón, bandejas de lasaña y ziti horneadas; cuencos de ensalada, bocadillos, salsas y panes… era enorme. El menú quizás era diferente al que su familia servía, pero el sentimiento y la cantidad eran los mismos.
Edward ayudó a Charlie a llevar varias hieleras hacia el pequeño porche trasero, donde habían colocado hielo y metido botellas de cerveza. Desde afuera, escucharon sonar el timbre, y a Renée decir «¡Ya va!».
—Apuesto a que ese es Jacob y sus amigos —gruñó Charlie.
—¿Siempre llega puntual?
—Cuando hay comida, sí. —Charlie limpió sus manos con sus pantalones—. Será mejor que vayamos adentro antes que todo desaparezca.
Bella abrió la puerta. Ni bien lo hizo, hubo un grito colectivo desde afuera. Sonó como un estadio lleno de fanáticos de Seattle durante un partido de los Seahawks. Una vez que cruzaron la puerta, parecía como un estadio completo también.
Al principio, todo lo que Edward veía eran hombros enormes. Cinco… no, seis pares de ellos. Dos al mismo tiempo abrazaban a Bella; todos reían, incluyéndola a ella. La trataban como si fueran los hermanos que ella nunca tuvo.
—¡Hola, Charlie! —Todos eran altos y musculosos, pero este hombre en particular, que parecía ser unos años más joven que Bella, tenía una enorme sonrisa blanca que destacaba de su piel rojiza. Cabello negro muy corto cubría su cabeza como un vellón.
—Hola, hijo. —Los dos hombres se abrazaron y entonces Charlie señaló a Edward—. Jacob, este es Edward. El novio de Bella.
Edward estaba tan contento por la descripción de Charlie que sonrió tan grande como Jacob. Jacob probablemente creía que estaba emocionado por conocerlo.
—Hola, Edward. Un placer conocerte. Escuché mucho sobre ti. —¿Todos aquí hablan en oraciones cortadas?
—Un placer conocerte también. Bella me ha contado mucho sobre ti, dijo que han sido amigos por mucho tiempo. —Diablos, también lo estoy haciendo.
—Oh, sí —Jacob contestó fácilmente—. Nos conocemos desde que éramos muy pequeños. Mi papá y Charlie han sido amigos por años. —Charlie le ofreció una cerveza, la cual Jacob tomó con un asentimiento de su cabeza.
—¿Tu papá no vino contigo? —preguntó Charlie.
—No, Harry y Sue lo van a recoger de camino aquí. Supuso que querría irse de la fiesta antes que yo.
Charlie asintió.
—Probablemente tenga razón. Bueno, sírvete lo que quieras para comer, Jacob. Ya sabes, como siempre que estás aquí. —Su bigote se retorció—. Renée me pidió que trajera más hielo, así que será mejor que me encargue de eso antes que me dé mi merecido. —Desapareció entre la multitud de la sala y volvió a la cocina.
Edward tomó un sorbo de su cerveza y le asintió a Jacob.
—¿Tú y tu papá viven en la reserva?
—Síp. Mi papá está retirado, mayormente por su discapacidad. Puede moverse bastante bien, pero odiaría dejarlo solo, ¿sabes?
Edward asintió.
—Eso es muy bueno, que lo ayudes. ¿Trabajas cerca?
—Sí, tengo una gasolinera y un taller de reparación de coches en La Push. Está muy cerca de la casa.
—Eso es genial —dijo Edward. Jacob era incluso más joven que Bella, pero ya tenía su propio taller. Edward admiraba eso—. ¿Cómo va el negocio?
—Firme —dijo Jacob con entusiasmo—. Hay otras gasolineras por aquí, pero no muchos lugares reparan coches. Tuve la aprobación para trabajar en Forks el año pasado. Incluso hago el mantenimiento de las patrullas.
—Mira, ahora eso es realmente increíble. Es la ventaja de vivir en un pequeño pueblo; pueden mantenerlo simple para ti y para las patrullas. —Edward giró su cerveza en la lata; estaba mayormente vacía—. Amigo, ni siquiera puedo pensar todo lo que tendrías que completar para poder trabajar con coches en Nueva York. Aunque tienen sus propios talleres de todos modos.
—Cierto, cierto. —Jacob asintió—. Charlie dijo que eras policía. Supongo que eso les da mucho de qué hablar. —Su sonrisa brillante jamás bajó su intensidad, y Edward lo encontró sorprendentemente sincero, y serio. No había nada más que simpatía en su rostro y en su postura. Edward había medio esperado algún tipo de celos, pero Jacob parecía estar lejos de ello. Le gustaba el aire libre e incluso era fanático del baloncesto. Tuvieron una larga conversación sobre la partida de los Seattle Supersonics a Oklahoma y lo difícil que era para un fanático fiel, y Jacob escuchó respetuosamente cuando Edward hablaba extensamente sobre su amor por todo lo relacionado con los Knicks.
Estaba contándole a Jacob sobre su salida a pescar con Charlie cuando Bella apareció, trayendo a una mujer bonita y bajita de la mano.
—¡Allí estás! Veo que tú y Jacob ya se han conocido. —Sus mejillas estaban sonrojadas y sus ojos brillantes—. ¡Oye, mira a quién encontré! —Bella jaló a la chica así se ubicaba frente a ella—. Edward, ella es Bree. Bree, este es mi novio Edward. Y creo que tú y Jacob ya se conocen.
Jacob negó con la cabeza y se carcajeó. Rodeó a la mujer con su brazo y le dio un beso rápido a Bella en la mejilla.
—Gracias por traerla de regreso a mí, Bella. Jamás la hubiera encontrado si no fuera por ti —dijo él solemnemente.
Bella lo golpeó juguetonamente en el pecho.
—Por supuesto que no. Hay una gran multitud aquí.
La casa estaba llena con lo que parecía ser la mitad de Forks y la reserva Quileute. Bella tomó la mano de Edward y lo llevó hacia el comedor.
—¿Has comido algo?
—¿Has bebido algo?
Ella se detuvo frente a la mesa y tomó un plato.
—Puede que haya bebido varios… vasos. O latas. No puedo recordar.
—Entonces, por favor, deja que te alimente un poco. —Él tomó el plato de sus manos—. Ya sabes lo que pasa cuando bebes con un estómago vacío.
—Oh, Dios, jamás me dejarás olvidar eso, ¿no?
—Probablemente no. Al menos, si te quedas dormida, estás en la casa de tus padres esta vez.
—Cállate. —Lo tomó por la cintura y le dio un pequeño apretón—. Hay mucha comida aquí. ¿Quieres algo más?
—De hecho, lo que me vendría bien sería un poco de aire fresco. —El calor de la casa, la chimenea, y los cuerpos cercanos lo estaban asfixiando.
—Adelante. —Ella señaló hacia la puerta—. Estaré aquí, comiendo. —Sacó una silla, movió a un lado un recipiente de ensalada de papa así podía apoyar su plato, y comenzó a comer su pasta.
Edward la observó, esos gestos rutinarios suyos muy conocidos ya. Todo lo que hacía falta eran sus más simples actos de gracia o torpeza, y la garganta de él casi se cerraba con la ola de amor que surgía de su corazón. Lo hizo de nuevo ahora, y Edward tragó fuerte antes de besar su coronilla y darse la vuelta. Le tomaría años de verla comer, caminar, reír o dejar caer un libro de sus manos—las mismas manos que lo tocaban exactamente como él lo necesitaba.
El aire frío afuera lo impactó de inmediato, y por una vez se sintió increíble. Varios hombres se encontraban reunidos en la entrada, fumando. Les echó un vistazo pero no reconoció a nadie que había conocido hasta el momento. Mientras se sentaba en las escaleras, las voces se alzaron más y se volvieron más molestas.
Su atención ahora se centró en el pequeño grupo que se había convertido más en un cúmulo. Todos se habían acercado, como si un hilo invisible los uniera.
Pronto fue evidente que el hilo era un argumento. Edward vio los hombros de nuevo—esta vez, dos pares de ellos fueron echados hacia atrás. Uno tenía puesta una cazadora de cuero; el otro, una chaqueta de jean. Los hombres que las vestían estaban apuntando sus dedos en el pecho y rostro del otro, y acercándose peligrosamente.
Edward caminó de manera casual y escuchó por los segundos suficientes para entender lo que sucedía. Parecía una discusión por una chica. Se escuchaba el viejo lenguaje Quileute de vez en cuando mientras los dos hombres —chicos, en realidad— lanzaban cada vez más y más acusaciones e insultos al otro.
Él conocía esta escena; la había visto docenas, por no decir cientos, de veces en su vida. Se acercó al grupo y dijo «Oigan. Oigan. Calmémonos aquí».
Uno de los chicos al margen del grupo le advirtió, «No quieres meterte en esto, amigo».
Edward apenas giró su cabeza para contestarle.
—Estoy bien. —Miró de un hombre a otro—. ¿Qué está pasando aquí?
—No es asunto tuyo —espetó el de la chaqueta de cuero—. Desaparece.
Él colocó sus manos frente a sus pechos pero no los tocó.
—Es mi asunto cuando parece que dos tipos van a matarse frente a la casa de mi novia. —Eso los distrajo lo suficiente para dejar de fulminar con la mirada y lo miraron con sorpresa.
El de chaqueta de jean no perdió la concentración por mucho tiempo.
—Novia. No me hables de novias. —Señaló con su dedo al otro hombre a pesar que tuvo que inclinarse alrededor de Edward, quien se había ubicado entre ellos—. El maldito me robó la mía.
—Bueno, eso apesta. Pero los dos tienen que encontrar otra manera de solucionar esto.
El de chaqueta de cuero gruñó de nuevo.
—Escucha, amigo, no sabes nada sobre esto. ¿Qué tal si te vas y te buscas otra cerveza o algo?
—Oh, sé mucho sobre esto. He visto peleas como estas cientos de veces, y jamás vale la pena. —El tipo levantó sus manos con un gesto de "¿Qué mierda?", así que Edward se lo explicó, lentamente—. Soy policía. Un policía de Nueva York. Nosotros escribimos el manual sobre interrumpir peleas. Y puedo decirte que esta no irá más allá. No justo aquí, ni ahora. Llévenlo a otro lado, o mejor aún, abrácense, caballeros —añadió a último momento—. Si no quieren escuchar mi consejo, piénsenlo de esta manera: cualquier pelea en la entrada del Jefe no terminará bien.
Eso pareció hacerlos retroceder.
Edward se alejó de los dos hombres pero permaneció cerca, cruzándose de brazos casualmente. Finalmente, el de chaqueta de jean inclinó su cabeza hacia la derecha y dijo, «Vámonos». Estaban caminando hacia su coche cuando la puerta se abrió y Charlie bajó las escaleras corriendo.
—¿Qué está pasando? —demandó.
—Varios chicos tuvieron una discusión. Algunos se están yendo —contestó Edward, inclinando su mentón hacia el coche que estaba haciendo marcha atrás ahora.
Charlie echó un vistazo al coche mientras se alejaba por la calle.
—Maldito sea ese Paul —masculló—. Él ha sido impulsivo toda su vida. Jamás piensa antes de abrir la boca. —El Jefe volteó hacia los jóvenes que aún seguían allí—. Sam. Eres más inteligente que eso —le dijo a uno de ellos, que se había quedado alejado mientras el argumento escalaba.
—Oye, no hubiera permitido que se pusiera feo —protestó Sam. Edward alzó sus cejas ante eso, y Sam volteó para observar la puerta del garaje.
Charlie señaló al de chaqueta de cuero.
—¿Qué pasó, Quil?
—No es nada, Charlie.
—No es nada cuando alguien casi comienza una pelea en mi patio durante la fiesta de mi hija, y su novio tiene que irrumpirla. Qué bueno que Edward estaba aquí.
—Él está furioso con Paul por Claire. —Sam se acercó y golpeó a Quil en el hombro, entonces no tan gentilmente lo jaló hacia la calle—. Nos iremos ahora. Hablaré con ellos.
—Será mejor que lo hagas —advirtió Charlie, y entonces los llamó—. ¿Están en condiciones para conducir?
—Sí. Jamás tuve la oportunidad de tomar una cerveza. O probar la lasaña de Renée —dijo Sam por encima de su hombro.
Charlie sacudió su cabeza, sus manos en sus caderas.
—Malditos niños. —Inhaló profundo, y entonces le dio una palmada a Edward en el hombro—. Regresa adentro. Billy está aquí, y quiero que lo conozcas. —Miró a Edward—. Y gracias por encargarte de eso.
—No hay problema. —Él no lo haría por mucho tiempo más, al menos, no de manera oficial. Era suficientemente malo que tuviera que invocar el nombre del Jefe para hacer que esos dos se separaran. Una vez que colgara su insignia para ir a la escuela, tendría incluso menos influencia cuando intentara evitar que dos extraños llegaran a los golpes. Era parte de lo que estaría renunciando, y no se podía cambiar, a pesar que sabía que su carrera elegida le traería más de lo que perdería.
Disfrutaba de la gratitud de Charlie, la cual sabía que no era entregada con facilidad. Sería un importante recuerdo de este viaje.
Todo después de eso fue pacífico aunque ruidoso, y Edward realmente disfrutó de conocer a los amigos de los Swan y hablar sobre todo desde la pesca a Bella, a los deportes y la ciudad de Nueva York. Perdió noción de la cantidad de personas que invitó a Nueva York, e incluso si la mitad de ellos aceptaban, sería un guía turístico muy ocupado durante la próxima década.
Cerca de la medianoche, Renée comenzó a juntar los platos de la mesa y a guardar los restos de comida. Nadie la ayudaba; Charlie había encendido el televisor para discutir con Billy sobre lo que fuera que estaba siendo discutido en ESPN. Bella estaba despidiéndose extensamente de Jacob y Bree; por la manera en que sus ojos se encontraban medio cerrados, Edward sabía que estaría lista para dormir pronto. La mayoría de los invitados se habían ido, y el resto estaba relajándose con café o un último bocado.
Edward tomó cubiertos y todos los platos que podía cargar con seguridad a la vez y los llevó hasta la cocina. Renée estaba inclinada, acomodando los platos sucios en el lavavajillas, y no lo escuchó. Se sobresaltó cuando lo escuchó colocar todo en el fregadero.
—Lo siento. No fue mi intención asustarte.
—Oh, no, está bien. —Su rostro volvió a adoptar la expresión habitual que tenía cuando estaba con Edward: amistosa, pero aún cautelosa—. Estoy tan exhausta, supongo que no estaba prestando atención.
—Trabajaste duro para hacer que esta fiesta fuera increíble, Renée. Gracias. —Lo decía en serio. Ella había cocinado mayormente por su cuenta, con solo un poco de ayuda de Bella. Él se había ofrecido a hacer tanto como pudiera, pero Renée parecía contenta al trabajar sola, o con su hija.
—Oh, no hay problema. En serio, es un placer. —Ella le sonrió genuinamente a Edward, lo cual le dio el valor de redirigir sutilmente la conversación para que así pudiera aclarar algunas de sus propias preocupaciones.
—He disfrutado de estar aquí contigo y con Charlie —continuó él—. Los dos han sido muy generosos. Realmente ansiaba conocerlos.
Ella enjuagó una de sus preciadas cazuelas Corningware y la metió en el lavavajillas.
—Estábamos muy felices cuando Bella nos dijo que vendría a casa por Navidad. Estoy contenta de que te haya traído. Ha sido muy bonito tenerlos aquí.
Edward notó cómo Renée automáticamente dijo que Bella había venido a casa; no había maldad o sarcasmo en sus palabras, simplemente era cómo ella lo consideraba.
—Esta área es hermosa. Puedo entender por qué les gusta mucho.
—Ha sido nuestras vidas —dijo ella agradablemente—. Nos encanta.
Él tomó un paño y secó el agua que se había juntado a los costados del fregadero.
—¿Estás preocupada de que Bella no regrese al estado de Washington?
Renée soltó una risita, pero era más de resignación que de alegría.
—Sé que ella no volverá, no permanentemente, de todos modos. Ella ha formado su propia vida.
Edward presionó sus labios entre sí, tratando de encontrar las palabras correctas. No quería empeorar la sensibilidad de Renée sobre eso, o que su dolor fuera peor.
—Le ha ido muy bien. Es muy inteligente; realmente se preocupa por las personas a las que ayuda y todos en su agencia la quieren y la respetan.
—Oh, lo sé —dijo Renée, una evidente tensión en su voz—. Simplemente deseo que hubiera encontrado todo eso aquí, quizás en Seattle. —Ella le sonrió de nuevo a Edward, esta vez con más calidez—. Pero entonces, probablemente no te hubiera conocido.
—Y mi vida hubiera sido mucho peor por eso —dijo él suavemente—. Lamento que parezca que mi ganancia es su pérdida. Estoy seguro que sentiría lo mismo si estuviera en su lugar. Sé que mis padres lo harían también. Pero Renée —dijo él, esperando hasta que estuviera seguro que tenía toda su atención—, amo mucho a su hija. No soy tú… No soy sus padres, y jamás intentaría serlo. Pero siempre cuidaré de ella.
La mirada de Renée se suavizó, y Edward creía que quizás ella finalmente lo veía. Mientras se encontraba frente a ella y decía las cosas que solo le había dicho a su hija, el velo que ella había mantenido a su alrededor al fin se levantaba.
—Eso también lo sé, Edward. Charlie y yo no podríamos haber encontrado a alguien mejor para Bella, ni habiendo secuestrado a un hombre y habiéndolo programado con lo que queremos para ella. —Sonrió—. Lamento si te he dado la impresión de que no me agradas o no te apruebo. Simplemente estoy asimilando que nuestra niña se ha ido, y cuando regrese, ella será una visitante.
Edward tomó su mano—suavemente, pero con suficiente calor para enfatizar sus palabras.
—Eso jamás será verdad, Renée. Esté siempre será su hogar para ella. Conozco a Bella, y sé que así es cómo ella lo considera. —Había alivio en su voz ahora que veía el verdadero motivo de la agitación de Renée. No podía resolverla, pero al menos podía hacerle saber que lo entendía.
—No puedo arreglar eso por ti. Quiero decir, puedo asegurarme que ella esté lo más segura posible en Nueva York, pero ella odia cuando me pongo un poco obsesivo con eso. —Renée rio, cerrando los ojos. Él sabía que estaba imaginando a Bella.
—Es algo que tú, y supongo que Charlie, tienen que superar. Iba a suceder —añadió.
—Pero esperarlo es muy diferente a cuando lo sientes pasar. Está aquí, y ahora me doy cuenta que se suponía que los años que ella ha pasado en la universidad y en Nueva York me prepararían para esto.
—Quizás nada pueda hacerlo en verdad —contestó Edward—. Eres una mamá increíble, Bella te ama mucho. Siempre habrá cosas de las que ella hablará contigo antes de hablar conmigo. Quizás cosas que jamás me contaría.
Renée llevó sus manos a los hombros de Edward y le dio un suave apretón con vacilación, y entonces lo jaló hacia un fuerte abrazo.
—Puedo ver por qué Bella se enamoró de ti —dijo, a milímetros de su oído—. Estoy contenta de que te tenga a ti. —Se alejó y soltó otra risita—. Charlie no quiere oír mucho sobre todo esto. No sé si lo niega o simplemente no tiene paciencia.
—Iría por lo primero. —Edward le tendió los últimos platos así ella podía colocarlos en el estante del lavavajillas—. Estoy contento de que pudiéramos hablar.
Renée le sonrió de nuevo, aún cálidamente.
—Yo también.
Edward le dio un beso rápido en la mejilla y se disculpó para irse a dormir. De repente, estaba muy muy cansado.
Mientras salía de la cocina, Renée lo llamó una vez más.
—¿Sí? —Él giró sobre sus talones.
—Gracias, Edward. —Sus ojos estaban más claros, aunque las lágrimas brillaban en las esquinas.
Arriba, Bella ya estaba durmiendo en la cama, roncando ligeramente. Beber provocaba eso en ella. Llevó la manta alrededor de sus hombros y la arropó, y ella ni siquiera se despertó.
Una vez que cerró los ojos, Edward se quedó dormido; la cerveza y la pizca de inseguridad por Renée se habían evaporado de su sistema.
