PIRATE JOURNEY
-Semejanza-
…
Cerró su ojo, relajándose.
No había estado tan relajada desde…
Ni siquiera lo recordaba.
El agua hervía sobre su cuerpo, burbujeante, cálida, sin quemar su piel, pero lo suficiente para sentirla adormeciéndose, siendo perfecta ante el frio que empezaba a emerger a esa hora, ya el sol ocultándose del todo, probablemente si estuviese en pleno invierno, como cuando la tripulación llegó ahí la primera vez, debió haberse sentido incluso más agradable luego de ser atacados por el frio y la lluvia.
Hundió más el cuerpo, hasta el inicio de su rostro, sintiendo el calor en el inicio de su columna, en su nuca, en su mandíbula, y si, en ese instante se dio cuenta de lo tenso que solía tener el cuerpo, siempre alerta, sus instintos de supervivencia presentes a cada momento.
Ahí estaba relajada, en calma, sin preocupaciones.
O no por mucho.
Se vio frunciendo el ceño cuando sintió pasos, sintió a alguien acercarse, y por supuesto que iba a ser así, ese lugar no era de su propiedad, pero quizás sentía que quien sea que se acercase iba a mermar por completo esa sensación pacífica. Y lo corroboró cuando escuchó a alguien metiéndose al agua, y luego escuchó un suspiro muy poco agraciado, el cual reconoció de inmediato.
Tuvo que girar el rostro para asegurarse de lo que su intuición le decía, abriendo su ojo, observando a la persona recién llegada, y si, era la ebria mujer, su rostro luciendo en ese instante aún más rojo ante el calor de las termas.
Se sintió avergonzada de sí misma al observar a la mujer, pero no pudo evitar observarla así, con su cabello suelto, con sus tatuajes expuestos, al menos lo de los hombros, lo poco que veía de esta. No pudo distinguir mucho, ante el vapor del lugar, así que se rindió rápidamente, sin querer sobre exigirle a su único ojo bueno, así que volvió a mirar al frente, o más bien, al cielo, este despejado, las estrellas brillando.
Nunca había visto un cielo así en su casa, en sus tierras, y le impresionaba el verlo tan seguido últimamente.
Esa era su vida de ahora en adelante.
"No puedes decirme que esto no es mejor que tus baños privilegiados."
Su paz realmente se había acabado.
Soltó un suspiro, recordando las sensaciones pasadas.
Por supuesto que era agradable que la atendiesen, que le revisaran el agua, que la ayudasen a limpiar su cuerpo, simplemente recostándose ahí mientras le hacían todo, sin mover ni un musculo, sin embargo, ahí, el estar al aire libre, el sentir el agua cálida burbujeando en su piel, el poder ver el cielo sobre su cabeza, era una experiencia que jamás pudo haber experimentado de haberse quedado en casa, con sus privilegios y con sus padres buscando cortarle la cabeza.
"Supongo que es mucho más agradable esta experiencia, pero creeme que prefiero estar limpia cada día."
Escuchó a la mujer soltar una risa apenas terminó de hablar, así también como escuchó como esta se removía en su posición, pero no quiso mirar, para no ver algo de lo que se arrepentiría de ver.
"No seas así, estos son buenos tiempos, siempre tenemos agua en el barco, y si no, siempre nos la arreglamos con agua salada, y eso es más de lo que se tiene en algunos pueblos. No recuerdo mucho cuando vivía en tierra, pero recuerdo que la poca agua que teníamos era exclusiva para las plantas, así que apenas teníamos para beber, mucho menos para darnos un baño."
Se vio frunciendo el ceño.
Si, sabía que tenía privilegios, que tenía una vida fácil, sin pasar ni hambre ni sed, teniendo la posibilidad de darse largos baños sin problema, pero al tener a la servidumbre ahí mismo, solía escuchar cosas, y como siempre estuvo atenta a los susurros, para asegurarse que sus padres no tramaran algo. Solía oír sobre situaciones desagradables que vivía la gente de más baja clase social, incluso la misma servidumbre que debían de tener mejor posición al tener una paga.
Ni siquiera sabía si sus padres les pagaban bien, y con lo tacaños que eran, se lo podía imaginar.
Vivir con privilegios, y luego perderlos, era sin duda una situación desagradable, pero conociendo la vida que tuvo, hubiese dado todos esos privilegios a cambio de una familia normal, de unos padres normales, amorosos, cariñosos, que la quisieran lo suficiente para cuidarla, para amarla en vez de intentar asesinarla para obtener el dinero que su abuelo le había heredado, a ella, a su nombre.
Hubiese dado hasta la última moneda con tal de sentir ese amor parental que nunca obtuvo.
Giró el rostro, mirando a la mujer, esta tenía los ojos cerrados, su nuca apoyada en las rocas, su cabello desparramado.
Esta fue vendida por su padre por un par de monedas, así que imaginaba que ambas habían sentido una traición similar.
Se vio dando un salto, recordando la conversación que tuvieron cuando la rescataron, esta le habló de dos tipos de familia aquella vez, y dijo que había creído que la suya era el tipo de familia que simplemente la abandonaba a su suerte, dando a entender que terminaron siendo quienes la buscaban para matarla ellos mismos, y no pudo preguntarle, simplemente el tiempo pasando.
Y ahora, la idea volvía a su cabeza.
Pero…no sabía si debía decirlo o no.
"Puedo sentir que me estás atravesando con tu ceño fruncido, pequeño kraken, ¿Qué sucede?"
Oh.
Esos eran los instintos de un capitán de altamar, de un líder, de un cazador del mar.
Se sentía avergonzada al pensar en las veces que se le quedaba viendo y esta probablemente lo había notado.
Carraspeó antes de decir nada, cuidando su voz, sus palabras.
"Hablando del pasado, dijo que su padre la vendió, pero esa vez lo hizo sonar como que la habían buscado, o que la estaban buscando para deshacerse de usted."
La mujer abrió uno de sus ojos, observándola, para luego mirar hacia el cielo, los plateados brillantes, incluso ante la neblina que provocaba el vapor, y cuando los ojos bajaron, los notó intensos a pesar de lo rojo de su rostro, que, si bien sabía que no era exclusivamente por el alcohol, no podía evitar asumir que así lo era, al estar tan acostumbrada al rostro ajeno de ese color.
"Mi hermana mayor, ella me buscó."
¿Para matarla?
La mujer soltó una risa, una risa con humor genuino, y una vez más en ese viaje, esa risa no tenía ninguna razón de ser ante lo intenso de la conversación, pero ya sabía que esa mujer tenía un sentido del humor horroroso y retorcido.
"Según me contó en nuestro breve encuentro, era que nuestro padre se vio triste y arrepentido por venderme, y mi hermana estaba enfurecida conmigo por hacerle eso a mi padre, ¡Hacerle eso yo!"
Esta parecía estar contando la mejor broma, pero solo pudo fruncir los labios.
Le estaba echando la culpa a una niña, a lo que hizo una niña de cinco años, cuyo padre la vendió por sí mismo, sin que nadie lo obligase a hacerlo. Si, creía normal que se arrepintiese, cualquier persona con la más mínima humanidad se arrepentiría de hacer eso en un momento de crisis, pero el tenerse cizaña a una niña que no tuvo ni voz ni voto en el acto, le parecía estúpido.
También le parecía estúpida esa mujer, así que creía que su familia debía serlo también.
"¿Su hermana peleó contra usted? ¿La intentó matar?"
La mujer la observó, asintiendo, sin decir más.
"¿Usted ganó entonces?"
Creyó que había metido la pata cuando los ojos plateados dejaron de mirarla por un momento, y luego vio como hizo un gesto con su mano, la mano faltante, como que la iba a sacar desde dentro del agua, pero no terminó el gesto, arrepintiéndose de mostrar el muñón, y la imaginó una sin vergüenza, pero en ese segundo, le recordó a sí misma, evitando que esta viese su ojo.
Por primera vez la vio como una persona normal, o lo más normal que la había notado desde que comenzó a vivir sobre el barco.
"Supongo que gané y perdí. Al menos mi hermana dejó aquella venganza que había planeado en mi contra, y simplemente se alejó, mi tripulación dispuesta a pelear, y ahí, esta no habría tenido oportunidad de salir viva, así que supongo que valoró su propia vida, o se sintió satisfecha al haberme cortado la mano."
Quizás los minerales de la terma estaban volviéndola loca, porque creía, en ese instante, el tener algo en común con esa mujer, cosa que creyó imposible.
Eran dos caras de una moneda, completamente diferentes.
Pero quizás las unía lo roto de su pasado.
...
Si, se arrepentía el haber dicho que eran parecidas.
Se vio entrando en el bar, ahora limpia, fresca, sus pies abrigados y protegidos con unas botas negras y la bolsa tras su espalda con las sandalias un par de prendas que la mujer le había comprado, y si, apreciaba todo eso, el baño, las compras, si, era algo que necesitaba, pero ¿Acompañarla a ese lugar era suficiente para pagar por todo eso? Si, quizás era un pequeño precio, enorme para ella, pero debía pagarlo, ya que ahí, en ese desconocido lugar, no estaba a salvo, no sin la mujer.
Y ni siquiera creía ser capaz de llegar al barco con lo oscuro que se había tornado todo el lugar.
El ruido le pareció insoportable.
Veía a un grupo de músicos en la otra punta del bar, tocando los instrumentos, y parecían más ebrios que los que estaban en las mesas aplaudiéndoles su desafinada música. El lugar estaba repleto, y no veía caras conocidas, ni quería forzar la mirada, así que asumía que toda esa gente debían ser los pueblerinos, los que eran un montón.
Todos gritaban y cantaban, mientras las meseras les llevaban las jarras con alcohol.
Era un caos ahí dentro.
Siguió a la mujer, quien se sentó en una de las mesas, indicándole con su garfio que se sentase hacia la pared, y no sabía si era para protegerla o para impedir que huyese de ese caos, y estaba lista para huir. Al pasar por el lado de esta, le sintió un aroma agradable, la ausencia de ron en su cuerpo, pero sabía que en pocos segundos aquel aroma a limpio, a sobriedad, desaparecería.
Esos últimos días había dormido en el suelo de la habitación del capitán, esta dándole la comodidad suficiente y evitando que tuviese que dormir con los hombres en cubierta inferior, porque no iba a volver a quitarle la cama de nuevo, no, no quería deberle más favores a la mujer, y así tampoco tenía que sentir el aroma a alcohol en esa cama, pero, aun así, el aroma estaba en toda la habitación, el aire salado sin ser capaz de erradicarlo del todo.
Así que podía reconocerlo fácilmente ahora, viviendo con ese aroma durante todos esos días.
Cuando la mesera se le acercó al capitán, no sabía si esta estaba más feliz mirando a la voluptuosa mujer o al jarrón enorme en la mano de esta, pero al final, terminó asumiendo que era al jarrón, porque lo tomó y no le dio ninguna otra mirada a la mesera. No sabía si era eso bueno o malo, incluso preferiría que esta tuviese gustos humanos antes que insalubres, aunque si la veía aullarle a la mesera como un grupo de hombres en una de las mesas, probablemente sería otra razón para querer huir de ahí.
Aunque dudaba que esta mantuviese la compostura cuando terminase de beberse eso.
El capitán movió el jarrón hacia su dirección luego de darle un largo sorbo, y entendió que se lo estaba ofreciendo para que bebiese, pero en ese momento, esa no era una prioridad en lo absoluto, de hecho, si fuese a dejarse llevar, si cayese en la tentación, no sería ahí, con todas esas personas extrañas que podrían aprovecharse de ella mientras estaba vulnerable.
Podía lucir como un pirata, con su rostro demacrado, pero seguía siendo una mujer delgada y pequeña, no podría defenderse, menos con sus sentidos nublados.
Los plateados miraron alrededor, al parecer notando su mirada molesta hacia aquellos desconocidos, y esta no se demoró en volver a tomar la jarra, quitándosela de en frente, rindiéndose en su ofrecimiento. Sorprendentemente leyendo la situación.
"Te salvaste esta vez, pero a la próxima no tendrás excusa."
La mujer le dio una sonrisa, su expresión tan determinada como divertida, y temió por sí misma, pero, por una parte, le hizo sentir cierta tranquilidad al saber que, aunque sus sentidos estuviesen nublados, esta no le haría nada, ni tampoco creía que el resto de la tripulación le hiciese daño, no habían sido más que amables con ella, a su manera, claro.
Esos piratas la mantendrían viva, porque era parte de ellos.
Eran piratas, eran una familia.
Y esperaba que esa jamás intentase matarla.
Sintió que pasó una eternidad ahí, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
La mesera le trajo algo para comer luego del tercer jarrón de alcohol que le trajo a su compañera de mesa, y no creía haber comido dejando de verse enojada. Realmente estaba harta de la gente cantando y del aroma del lugar, esa gente no se medía en lo absoluto. No sabía cuántas horas llevaba ahí sentada, más de dos por lo menos, y ya había visto a dos personas cayendo al suelo, y otra completamente enferma quien salió corriendo.
Y en realidad, cuando vio a esa última persona salir del local, pensó que nada más podría suceder.
Hasta que sucedió.
Y lamentablemente, cerca, demasiado cerca.
"¡Ustedes piratas siempre nos quitan a nuestras mujeres y nuestro alcohol!"
Un hombre se levantó, alto, delgado, tambaleándose más que ella esa misma mañana sobre el barco. Este no era un sujeto muy agraciado, debía admitirlo, y a pesar de que los de la tripulación se viesen como se ven, como piratas, con heridas, con tatuajes, con marcas, con miembros faltantes, la mayoría era mucho más apuesto que ese hombre.
Probablemente la razón por la que dijese eso era porque no le iba bien en el romance.
Aunque, considerando que era una isla, probablemente todos se conocían entre sí, y si este hacía un escándalo ebrio, probablemente las personas ya supiesen que clase de persona era e iban a evitar involucrarse, de hecho, por algo estaba en una de las mesas más alejadas, completamente solo.
A nadie le gustaba alguien que hacía berrinches.
Escuchó una risa, siendo la mujer a su lado quien se rio, el jarrón en su boca, tomándose la última gota que le quedaba adentro antes de prestarle atención al hombre que se tambaleaba hacia esta, y ahí recién los plateados miraron al sujeto, su rostro divertido, y rojo, ahora en un estado de completa ebriedad luego de esos tres grandes jarrones de alcohol.
Se vio apretando los labios, eso no estaba bien.
Se vio analizando alrededor, sabiendo que, si bien su teoría podía ser cierta, que el hombre aquel no era nada más que un marginado de la población isleña seguía siendo un ciudadano más, no como la mujer, quien era un pirata y además una forastera. Si se iban a poner a pelear ahí, estarían en desventaja si el pueblo decidía proteger a su compatriota.
Eso podía salir muy mal.
Sintió un golpe de pánico cuando el hombre se removió, tirándose hacia su mesa, poniendo las manos en la madera, haciendo temblar todo lo que tenían encima, y ahí recién notó como en una de sus manos el sujeto tenía una daga, y tragó pesado cuando la hoja de esta la apuntó a ella, y se vio como en un recuerdo bizarro de esa noche, su padre listo para despojarla de ese mundo, el miedo volviendo a helar su sangre.
Empezó a sudar frio.
Los recuerdos volviendo, el dolor fantasma de su ojo haciendo arder la zona.
"Puedo perdonar a su gente si me dejas a esta señorita, puedo ignorar esa parte de su rostro."
Esa parte…
Lo desfigurado de su rostro.
Se vio apretando los dientes, sin saber si estaba sufriendo más por el miedo de ser atacada una vez más por una hoja ajena, o el que su estado de su rostro fuese mencionado de esa forma.
Había recibido miradas, lo sabía, más de alguien ahí la había mirado, así como miraron la mano faltante del capitán, así como debieron mirar a el resto de tripulación. Pero una cosa era recibir miradas, una cosa muy diferente era que se lo dijesen en la cara, decirle que perdía calidad al estar así, mancillada.
Y si, no podía distinguir si las ganas de llorar eran por el miedo, el dolor, la vergüenza o por lo inferior que se sentía en ese instante.
Invalida incluso.
Ahora entendía porque el resto de la tripulación se había ido, al menos quienes habían tenido esas vidas, ya que al final, iban a ser juzgados en tierra.
Los iban a ver como incompletos, como marginados.
Si se hubiese quedado en casa, sabía que la alta sociedad la iba a convertir en la burla de cada fiesta, iba a ser el blanco de cualquier insulto, de cualquier ataque. Le iban a decir como nadie se casaría con ella, como nadie la querría ni como esposa, ni como hija, ni siquiera como socia.
Había fracasado como mujer.
Dio un salto, el sonido de metal contra metal chirreando.
El capitán se había movido, había movido su garfio, usándolo para dejar la daga ajena incrustada en la mesa, el hombre alejando su mano en el proceso, el dolor del choque obligándolo a alejarse, reaccionando lento, pero fue suficiente para que estuviese lejos del alcance del garfio de la mujer, de un segundo ataque.
Cuando desvió la mirada del hombre, mirando al capitán, esta tenía la mejilla apoyada en su mano de carne, una sonrisa capaz en su rostro, sus ojos brillando, divertidos, pero capaces de todo, capaces de lo peor con tal de proteger a los suyos, como pirata que era.
"Eso no es algo que le debas decir a una señorita, en altamar, un insulto así te dejaría durmiendo con los peces."
El hombre miró al capitán, su rostro enfureciéndose, enrojeciendo aún más que antes, y apretó los puños, listos para pelear, acercándose, listo, pero la mujer era rápida, demasiado para la cantidad de alcohol que había consumido, y en solo dos movimientos, esta se levantó del asiento, y tomó el mango de su sable, sacándolo de su cinto y apuntando a la garganta del hombre.
Le impresionó, así como a varios de los que estaban ahí adentro, observando el espectáculo.
La mujer no dejó de sonreír, de mostrar sus dientes, sin tener el más mínimo dilema en aquella situación, lista para todo, y parecía que mientras más caos hubiese ahí, esta más lo disfrutaría.
"Este lugar no es mío, pero si lo fuese, ya estarías muerto, así que recuérdalo, no te metas con piratas si no estás seguro de perder lo poco que tienes."
La punta del sable fue presionada en el pecho del hombre, empujándolo, obligándolo a retroceder, y este lo hizo, o más bien, cayó al suelo, su rostro en pánico al sentir la hoja atravesando su ropa, creando un hueco en la tela. Ahí recién los ojos plateados la miraron, haciéndole un gesto para que se parase, y actuó de inmediato, levantándose, acercándose a la mujer, quien guardó el sable en su cinto antes de buscar unas monedas y dejarlas en la mesa.
Sin decir nada más, la mujer salió de ahí, y la siguió a un paso apresurado.
Eso fue tenso, y no esperó que el capitán pudiese reaccionar tan rápido.
Se vio mirando hacia adelante, hacia la oscuridad de la costa, alejándose de la luminosidad del pueblo, y su mente volvió a aquel momento, donde tuvo esa mezcla de sentimientos, sin saber que decir, sin saber si debía agradecerle a la mujer por reaccionar en ese segundo, porque ella misma no fue capaz de hacerlo.
Perro que ladra no muerde, escuchaba que decían de ella tiempo atrás, siendo que siempre estaba enojada, pero no reaccionaba acorde, y le molestaba eso de sí misma, pero ¿Cómo iba a morder si sus padres la criaron para que no lo hiciera? Para qué cuando llegase el día ellos no tuviesen problema en asesinarla, porque sabían que ella no contratacaría. Por supuesto, no contraatacó, solo corrió, se alejó, huyó, como una cobarde.
"Eres una superviviente, no lo olvides."
La voz de la mujer le llegó desde adelante, sacándola de sus pensamientos tortuosos, esta aun caminando, sus pasos firmes, concisos, sabiendo exactamente el camino que debía seguir para llegar al barco.
Era como si le hubiese leído la mente.
O quizás lo vio en su rostro.
No lo sabía, pero si, esta tenía razón.
Había sobrevivido, había luchado por sobrevivir desde el comienzo, había huido para poder ver la luz del día de nuevo, para poder respirar un día más. Si tenía esa marca en su rostro, si estaba destruida, devaluada, era porque había sobrevivido a la muerte, así como la mujer frente a ella, que había perdido una mano, pero había sobrevivido, así como las personas en el barco, la tripulación, que estaban ahí, luchando para vivir, para sentir la libertad, para huir de la muerte.
Todos ahí, compartían un mismo rasgo.
Eran sobrevivientes.
Eran piratas.
Y se iba a sentir orgullosa de ser parte de esa familia.
