GRIM REAPER
-Egoísmo-
…
No podía ser.
No.
Eso no era verdad.
Sus manos ensangrentadas, así como el cuerpo inerte frente a ella, parecía ser señal suficiente, pero no podía creérselo, no podía aceptarlo, no de nuevo.
Se rehusaba a perder a alguien más.
El sonido del monitor la hizo sentir enojada, molesta, era una burla, una mofa a sus habilidades, a sus esfuerzos. Todo lo que había hecho, todo lo que había intentado, era en vano.
Pero no era su culpa.
No.
No podía ser su culpa.
Era la culpa de La Muerte, siempre lo era.
Los sonidos se detuvieron, así como los movimientos, la situación repitiéndose, y no podría olvidarlo, no olvidaría algo así, sin importar cuanto tiempo había pasado de eso, una eternidad, pero ese encuentro quedó permanente en su memoria, aunque se obligase a creer que no era nada más que una imaginación suya, un efecto del cansancio, del agotamiento.
Pero ocurría de nuevo.
No era una alucinación.
Escuchó un paso, y se vio apretando los dientes, sintiendo la ira subir.
No, no iba a permitirlo, no de nuevo.
Gruñó, mirando hacia la chica que aparecía, una vez más, en el mismo exacto lugar que la última vez que la vio aparecer, como el mal augurio que era. Los ojos plateados brillando tras la capucha, observándola en sorpresa, en dolor, pero a pesar de eso, a pesar de la mueca dolida que veía, no se detuvo, no se silenció, porque era la culpa de ese ser que todo eso ocurriese, y no iba a dejar que pasara de nuevo.
No iba a volver a ir ahí afuera a decirle a los familiares que su paciente había muerto.
No.
No iba a hacer que alguien más pasara lo que ella pasó.
No iba a dejar que esa persona muriese, que alguien más muriese bajo su cargo.
"¡Vete de aquí!"
Gritó, histérica, sin siquiera importarle si eso era real o si solo era una locura propia, que alguien la escuchaba o no, nada de eso importaba.
No, iba a hacer todo lo posible con tal de salvarlos.
Todo.
Incluso deshacerse de La Muerte.
La Muerte se detuvo de inmediato ante su grito, mirándola con aun más dolor, con aun más pena, con aún más sufrimiento, y a pesar de que esa imagen le causase dolor a sí misma, no se detuvo, porque lo que era prioritario ahora era salvar a ese hombre, no alimentar a sus imaginaciones, o alimentar a la misma Muerte.
"¡Vete de aquí, dije! ¡No puedo salvarlo si estás aquí!"
Los plateados miraron a su paciente, en pánico, y si, estaba muerto, lo estaba, pero no iba a dejar que se lo llevase.
No aún.
No tenía idea, pero, si el alma seguía ahí dentro, creía tener una oportunidad.
Una oportunidad más.
Apretó los dientes, sintiéndose molesta de que esta siguiese ahí, que pasaran los segundos y aun no se iba a su mundo o lo que sea, pero que saliese del suyo.
Este era su mundo, y ahí mandaba ella.
"¡Que te vayas!"
El último grito, su ultimo rugido, resonó roto, inestable, su voz rompiéndose, pero fue lo suficiente fuerte para que la chica reaccionara, de hecho, esta saltó, retrocediendo despavorida, prácticamente tropezando consigo misma mientras volvía al lado oscuro de la sala, de prisa, apurada, en pánico, y luego volvió a abrir el portal, huyendo de ahí con una expresión lastimada, como la de un cachorro al que patean por la calle.
Se tragó su ira, su desesperación, cuando el sonido volvió, cuando uno de los asistentes le dijo que ya no se podía hacer nada más, pero negó y se apresuró en dar órdenes.
No iba a dejar que se fuese.
Había echado a la misma Muerte, no iba a quedarse de brazos cruzados.
Dio la orden de subir las dosis de las drogas, y buscó el desfibrilador mientras obligaba a uno de los asistentes a hacerle reanimación cardiopulmonar manual. Estos lo daban por muerto, y aunque fuese así, aunque La Muerte ya vino a buscarlo, no iba rendirse tan fácil, aún tenía formas de salvarlo.
Lo intentaría al menos.
Lo intentaría hasta que ya no hubiese culpa alguna, impotencia alguna.
Sintió la descarga eléctrica tensando sus brazos, mientras ponía las placas en el pecho ajeno, pero no pasó nada, miró el monitor, esperando que fuesen solo sus oídos los malos, pero no, aún no había movimiento alguno, su corazón no respondía, y subió el voltaje, y volvió a intentarlo, una, dos, tres veces.
Soltó un quejido, de rabia e impotencia, sintiendo los brazos adoloridos con el retroceso del desfibrilador.
Pero nada.
No servía de nada.
Pero lo siguió intentando, hasta que el voltaje no podía subirse más.
Y, aun así, no fue suficiente.
Sintió la mano de uno de los enfermeros en su hombro, calmándola, diciéndolo que había hecho todo lo posible.
Pero se rehusó a aceptarlo.
Y cuando pensó en algo más, se dio cuenta de que era así, que ya habían agotado todos los recursos que tenían a mano, todas las opciones, estos trabajando en otras opciones mientras ella intentaba darle pulso a aquel corazón detenido.
Soltó un bufido, retrocediendo de la camilla, del cuerpo inerte, mientras uno de los asistentes tomaba la máquina, arrebatándosela. Se apoyó en la pared, soltando un suspiro, notando como el mundo volvía a quedarse en silencio, una vez más, sin el monitor, sin el barullo de las personas en esa sala, sin los sonidos de los instrumentos metálicos.
Silencio, completo silencio.
Miró a su izquierda, a donde apareció La Muerte la primera vez, meses atrás, y donde apareció hace solo unos minutos, para ahora aparecer en el mismo exacto lugar.
La notó reticente a acercarse, a decir nada, aterrada, y era de esperarse, le había gritado y la había tratado mal, la asustó, lo sabía.
¿Estaba sintiendo lastima de La Muerte? ¿Estaba asustando a La Muerte?
Le seguía pareciendo absurdo, aunque debía aceptar que quizás no estaba loca, que era real. Una vez podía ser locura, pero ¿Mas? A menos que estuviese sufriendo de esquizofrenia, aunque las alucinaciones fuesen su único síntoma.
No le dijo nada a la chica, quitándose la ropa manchada, sus guantes, sin querer tener más sangre de aquel hombre que mató en su cuerpo, y ya ahí solo se dejó caer, resbalando por la pared, quedando sentada en el suelo. Terminó acomodándose, y abrazó sus rodillas, sintiendo el cuerpo dolorido, así como su pecho.
Sufriendo una pérdida más.
Por su culpa, todo era su culpa.
No miró a La Muerte, solo cerró los ojos, sintiéndose culpable, como siempre se sentía, y ahora, teniendo a otra persona muerta bajo su mando, la culpa aparecía. Pero debía culpar a La Muerte, ¿No? Así no se culparía a sí misma, al final, ese era un ser omnipotente, y ella solo era humana, era evidente quien tenía la culpa de todo lo que ocurría, de todas las muertes.
La culpa era de La Muerte, siempre lo era.
"¿Puedo sentarme?"
Levantó la mirada, notando a la chica, quien se había acercado, lentamente, temerosa aun, mientras se sacaba la capucha, dejando a la vista su cabello corto, rojizo.
No sabía que decir, se sentía tan enojada, y tal mal al mismo tiempo, dolorida, que, si hablaba, no sabía que tono de voz terminaría usando, así que prefirió callarse, levantándose de hombros, sin importarle el acercamiento en lo más mínimo.
La chica se le acercó, lentamente, esperando un rechazo, sentándose a su lado, tomando ciertas distancias, pero quedándose ahí, quieta, los plateados enfocados en el cuerpo del hombre al que no pudo salvar, una vez más.
Sintió un aroma llegarle, un aroma ajeno al antiséptico, al metal, a la sangre.
El aroma a rosas.
Aroma el cual se le hacía tan agradable, un aroma que siempre la hacía sentir en casa, y provenía de esa mujer, porque sabía que no venía un aroma así de ningún lugar de esa sala.
Al parecer, toda esa situación, parecía más y más real.
Iba más allá de su lógica, de su cabeza.
Lo sentía dentro.
Llevada por la curiosidad, y por la necesidad de distraerse de una muerte más en su vida, decidió hablar con La Muerte, intentar entender lo que ocurría, darle forma a esa historia que esa chica le presentaba de frente, una historia que sonaba fantasiosa y salida de un libro.
Esperó no volver a verla.
Pero ahí estaba.
No quería creer…
Pero ya no tenía nada que perder.
"Dijiste que vendrías por mí, a buscarme, pero no lo hiciste."
Se lo dijo aquella vez, lo recordaba bien, que debía hacerlo, llevarla a donde pertenecía, sea cual fuese aquel lugar.
La chica no la miró, pero asintió.
"Tu vida pasada, me obligó a prometerle que la buscaría. Siempre adoré lo egoísta que era con esas cosas, como me quería tanto, que estaba dispuesta a pasar más años conmigo, y, honestamente, yo también quería, el tiempo que estuvimos juntas no se sintió suficiente."
Su vida pasada…
Así que en su supuesta vida pasada era una persona egoísta, eso le parecía sorprendente, tan diferente a si misma.
Pero, eso no contestaba su pregunta.
"Pero no cumpliste."
Los plateados la miraron, dolidos, asintiendo de nuevo. Notó como las manos de esta se movían frente a su cuerpo, en nerviosismo, y ahí, con lo cerca que estaban, fue capaz de observar sus rasgos, y al no tener la capucha encima, era aún más notorio lo joven que era, no parecía tener ni siquiera la mayoría de edad.
Pero parecía haber vivido mucho al mismo tiempo.
Sus ojos agotados, carentes de mayor brillo, viendo tanta muerte.
"Cuando tuve la oportunidad, eras solo una niña, te lo dije, tenías una vida entera por delante."
Como cuando era un bebé y perdió a su madre, como cuando era una niña y perdió a su padre, o como cuando era una adolescente y perdió a su abuelo.
Era incluso más joven que la chica que veía ahí.
"Soy adulta ahora, si quisieras llevarme, podrías."
Y quería que lo intensase.
Quizás así, podría aceptar que había algo más allá.
Que todo lo que veía, que todo lo que sentía, que todo lo que recordaba, era real.
La chica la miró, los ojos de nuevo mostrándose al borde de las lágrimas, su expresión sumergida en el sufrimiento.
"Por más que quiero, no puedo."
¿No puede?
¿Cómo es eso?
No supo si lo preguntó, o si esta solo le leyó la mente, pero esta se removió, una de sus manos moviéndose sobre la máscara sobre su rostro, pensativa, pero aun parecía al borde de las lágrimas, cerca de romperse.
"Tú no eres como Weiss, no eres como yo, como quien vino antes de mí."
Eso la dejó aún más confundida.
"¿A qué te refieres con eso?"
La chica se movió de nuevo, dejando caer la cabeza contra la pared, sus ojos observando el techo de la sala de operaciones, su expresión tornándose seria, tensa, o solo calmada en comparación al evidente sufrimiento de hace solo unos momentos.
"En mi vida pasada, yo solía matar."
Sintió el estómago revolviéndose.
¿Matar?
Ante la mera mención, tuvo ganas de vomitar, pero era el mismo aroma a rosas que parecía mantenerla cuerda, controlada. Escuchar algo así, era suficiente para hacerla sentir enferma.
Matar, eso le parecía imperdonable.
Le parecía lo peor.
Había visto a tanta gente ahí, en una camilla, en su sala de operaciones, sufriendo, porque unos desquiciados tuvieron la intención de matarlos.
"Esa Ruby solía perseguir a mafiosos, a sicarios, a gente horrible. La única forma que encontró fue matarlos y así poder liberar a las personas de esas garras, y cuando La Muerte vino y le ofreció el pasar al otro lado, al otro reino, y convertirse en su sucesora, su cuerpo estaba herido, y no tenía mayor salvación, así que entrar al abismo fue una forma de seguir viviendo, de seguir adelante."
No mataba por matar.
¿Era eso mejor, o peor?
No lo sabía, y no creía que alguna vez una imagen así aparecería en su mente y la haría juzgar su propia moralidad. No creía, ni aceptaba, matar como una solución a nada. El sufrimiento que una muerte causaba era inmensurable.
Los plateados la miraron ahora, uno de sus dedos apuntándola.
"Tú, en tu otra vida, viviste penurias, sufriste una inmensa soledad ante los abusos de tu padre, quien te tenía encerrada, sin poder hablar, sin poder salir de tu habitación, sometiéndote. Y un día, te levantaste, y luchaste, matando a tu padre."
¿Ella había hecho eso?
No, imposible.
No tendría las agallas de matar a alguien.
Aunque…
Se fue llevando la mirada al cuerpo inerte en la camilla.
Esa era una forma de matar, ¿No?
La chica negó, obligándola a salir de sus pensamientos, negándoselos, forzándola a dejar de culparse por las muertes.
¿Y quién era esa chica para decirle que hacer?
Si, eso quería decir, quería reprocharle, pero…
Por otra parte, se sentía tan cálido que alguien la ayudase con el peso que tenía sobre los hombros, mermándolo, prefiriendo cargarlo esta, diciéndole que le echase la culpa, que le echase de la culpa a La Muerte. Que la insultase solamente para que no hiciese eso consigo misma.
"Mi vida pasada apareció, y te ofreció el ir al abismo, el huir de ahí, y no tuviste otra opción, porque habías cometido un crimen, y pasarías el resto de tu vida en la cárcel, así que decidiste aceptar, el ir al abismo, y por primera vez dejaste de sentirte sola, por lo mismo, no soportarse el perder a la antigua Muerte, y me buscaste a mí para llenar ese vacío."
Se buscaban, una y otra vez.
Entendía lo que ocurría, estaba entendiendo como funcionaban las cosas, a pesar de que siguiese diciéndose que no era nada más que un cuento, que una historia ficticia de su mente. De hecho, jamás había sentido amor por nadie, un amor así que pudiese mermar su soledad, así que no debería entenderlo, en lo absoluto, sin embargo, lo hacía.
Porque al parecer, también había sido parte de eso.
De ese ciclo.
Pero aún le quedaba una duda, una pieza faltante.
La actual Muerte.
"¿Y por qué tú eres diferente de mí?"
La pregunta tomó por sorpresa a La Muerte, quien asintió, al parecer sonriendo, pero su mueca era madura, no la de una niña, de la niña que parecía ser físicamente.
"Como mi vida pasada, también me vi obligada a matar. Hice lo que pude para salvar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros, robé y maté, para darles a mis pares una vida mejor. No me importaba arriesgarme, el seguir contaminándome con el aire, el morir, mientras les diese a ellos más tiempo. Cuando Weiss vino a buscarme, yo no tenía una larga vida por delante, mi cuerpo ya estaba lo suficientemente dañado, y era cosa de tiempo para que muriese, así que vivir con Weiss en el abismo, era más de lo que podría tener en el mundo humano."
Tenían buenas razones para actuar.
No lo comprendía, no lo debía aceptar…
Pero de nuevo, lo hacía.
Como si lo hubiese visto, como si hubiese estado ahí, como si lo hubiese vivido en su propia carne, y era una sensación extraña, imposible de describir.
"Tú no eres como nosotras, que estábamos entre la espada y la pared, matando o muriendo, tu eres diferente, porque estás aquí, ayudando. No puedes salvar a todo el mundo, nadie puede, ni el mismísimo universo, pero, aun así, has salvado a muchas personas."
La chica se movió, retirándose la máscara de su rostro, y quizás esperó ver alguna deformación en su carne, pero no, solo vio placas de metal incrustadas en su piel, nada más. Piel tersa, la piel de alguien así de joven, y la sonrisa que esta le dio, le hizo darse cuenta de que si, era joven, demasiado, y al mismo tiempo sabía que había vivido mucho, que llevaba una larga vida.
"Por más que me gustaría llevarte conmigo, y pasar una eternidad contigo, a mi lado, solo nosotras juntas en la nada misma, sé que es demasiado egoísta de mi parte, porque aquí, estás salvando vidas, estás haciendo más de lo que ninguna de nosotras pudo lograr, y si bien te amo con todo mi corazón, si bien te necesito a mi lado, sé que la humanidad te necesita aún más, y no podría vivir sabiendo que dejé a alguien morir por mi egoísmo."
Oh.
Sintió su pecho doler, su corazón martillando fuertemente entre sus costillas.
Nunca nadie le había dicho que la amaba, nunca había sentido lo que era que alguien le profesara tal desplante de emociones, pero dolía, como dolía, porque si bien no conocía a esa chica, sentía que era así, que la conocía, que la llevaba conociendo hace más tiempo del que siquiera podía imaginar.
Podía ver dolor en sus ojos, sufrimiento, desesperación, y podía tomarla, era un ser superior a cualquier humano, no era una tarea fácil, pero decidía dejar de lado su propia satisfacción personal, con tal de brindarle a la humanidad una oportunidad de sobrevivir.
Se trataba de La Muerte, pero sorprendentemente era una buena persona, era un alma buena.
Lo sabía, lo sabía muy bien.
No, lo sentía.
La única forma de entender todo eso, no era con la cabeza.
A pesar de la culpa, de su insatisfacción consigo misma, era lo suficientemente valiosa para que ni siquiera La Muerte quisiese sacarla de ese lugar, de ese mundo.
Y se sentía llena sabiendo eso.
