Capítulo 7
Bajo el Sol
—¿Melita?
La aludida miró por encima de su hombro para encontrarse a Galena, cuyo rostro apenas se asomaba por el dintel de la puerta de la cocina, los dedos tensos en la madera del marco. Detuvo su amasamiento del pan en lo que la imagen de ese instante le traía recuerdos de su niñez, de la muchacha siempre escondida detrás de columnas, muebles y personas, llamándola con timidez y esperando permiso hasta para respirar.
Ahora Galena era más alta que ella y el esconderse no le era tan efectivo, aunque la costumbre no se le quitaba.
Melita se separó de la encimera de piedra, se limpió las manos de harina en el trapo que le colgaba de la cintura y le indicó con una sonrisa suave y un gesto de cabeza que pasara. Galena entró con pasos cortos e inseguros, sus dedos largos enredados unos con otros y la vista fija en el suelo.
Al menos eso no le meterá en problemas con sus superiores, se dijo.
—Has vuelto antes de lo que esperaba.
—Hatria y yo acabamos rápido de organizar los pergaminos—dijo Galena.
Ladeó la cabeza y apoyó su peso contra el filo de la encimera.
—¿Y Calíope? Se supone que trabaja con vosotras.
Galena suspiró y negó con suavidad.
—Déjame adivinar, volvieron a surgir papeleos inesperados o ese enano necesitó de ayuda, otra vez—Melita hizo énfasis en las dos últimas palabras con hastío.
Desde aquella noche, a Calíope no habían dejado de mandarla de un lado para otro, de darle carga extra y extender sus horas de trabajo hasta puntos cada vez más absurdos. Gigas, la mano derecha del Patriarca y jefe de Estado, era el que estaba disfrutando más que nadie de aprovecharse de la incapacidad de Calíope de decir que no.
Lo que más deleznable le resultaba era la forma tan sibilina en la que se estaba llevando a cabo ese muy obvio castigo que el Patriarca no se había atrevido a declarar de forma pública. Si al menos se lo hubiera impuesto explícitamente se habría llevado los puntos por sinceridad, y Calíope podría esperar que, al igual que se había dictado un pago por su imprudencia, que en cualquier momento diría que había sido suficiente y que quedaba perdonaba.
¿Pero cómo iba a ser perdonada si ni siquiera la trataban con honestidad?
A Melita se le revolvía el estómago de pensar en lo mucho que él se estaría divirtiendo, dando órdenes entre las sombras para que le añadieran más y más tareas, para que uno la usase de secretaria, para que otro la pusiera a fregar el té que se le había derramado «accidentalmente». Tan poco se atrevía a dar la cara — ¿qué iba a esperar de un hombre que llevaba máscara hasta comer? — que, a Calíope, personalmente, la había evitado.
Solo habían compartido espacio a propósito una noche, en la que el Patriarca las reunió en su balcón para celebrar el comienzo del verano, hacía pocos días. Calíope intentó tocar la lira, con manos temblorosas, y sus notas habían carecido de sentimiento o pasión alguna.
Él apenas hizo un gesto despectivo con la mano para que parase, con el rostro vuelto hacia otro lado.
Calíope se negó a decir nada, a ceder bajo la presión de sus hermanas, de unirse siquiera a maldecirlo cuando Melita estalló en improperios contra él en la intimidad de la habitación.
«¡No te mereces que te traten así por algo tan estúpido, ni que le hubieras insultado! El señor Shion jamás haría esto, al revés, ¡sabemos que él adoraba recibir visitas de cualquier caballero!», Melita había proclamado, convertida en una bomba andante.
Briseida, que las había estado escuchando mientras se acicalaba, las miró con gesto severo.
«Que sean hermanos no quiere decir que ambos tengan la misma personalidad o temperamento. Por vuestro propio bien, respetad la jerarquía y los deseos de su Santidad. Nosotras solo servimos, no decidimos», les dijo, con una naturalidad que tan solo enervó aún más a Melita.
¿Cómo podía pedirles que agachasen la cabeza ante la injusticia?
Se mordió el pulgar, su mente saltando de un posible plan a otro, su pie tamborileando casi tan rápido como sus pensamientos.
—Puedo ayudar.
Melita se detuvo y Galena dio un respingo ante la nueva voz que, de manera inesperada, se unió a ellas.
Thalía les sonrió, satisfecha de sí misma.
Con la forma en que Calíope le había tratado, Melita dudó de la sinceridad de cualquier ayuda que viniera de esa mujer, que siempre se hallaba en el regazo del Patriarca. Ella, más que nadie, debería alegrarse de que estuviera siendo castigada.
Sin embargo, no sentía ni un ápice de animosidad o resentimiento, y cuando Arles había callado a Calíope, la había notado contrariada, o por lo menos, sorprendida.
—¿Cómo? —inquirió Melita.
La sonrisa de Thalía se amplió un tanto más.
—Imagino que una cocinera tan hábil como tú sabe preparar melomakarona incluso con los ojos cerrados.
Tras el breve estupor que le causó esa aseveración, no pudo evitar hinchar su pecho y cruzarse de brazos, alzando su barbilla.
—Por supuesto, las preparo todas las navidades. ¿Qué tiene eso que ver?
Thalía rodeó la isla central de la cocina, sus dedos acariciando la superficie y un destello pícaro en sus ojos de coral. Galena le siguió con la vista cada vez más confusa.
—Tú hazlos y yo me encargaré del resto, cariño—contestó, al ubicarse frente a Melita—. Te prometo que la dejarán en paz.
—¿Y tú qué ganas con esto?
La mujer se encogió de hombros.
—¿Una no puede hacer una buena acción porque sí? ¿Acaso no somos todas hermanas de juramento bajo la mirada de Athena?
No pudo contener su resoplido, cargado de sarcasmo.
—Lo que tú digas. ¿Para cuándo las necesitas?
—Cuanto antes, mejor. Y ponlas bien bonitas, ¿sí? En una caja con algún lazo.
—¿Me estás tomando el pelo? —Melita descruzó los brazos—. De dónde pretendes que saque un—
—Yo la buscaré—le interrumpió Galena, viendo que su mal genio podía jugarles en contra—. Y si no, seguro que Anthea puede pedirle alguna al señor Afrodita.
Thalía juntó las manos para dar unas palmadas, feliz con los resultados de su intervención a pesar de que Melita estuviera observándola con la intensidad del mismísimo sol, dispuesta a fundirla si resultaba tener malas intenciones.
El primer paso fue ir a las cocinas del templo del Patriarca a buscar algunos ingredientes que faltaban en el Oikos. Hubiera preferido ahorrarse la visita y la posibilidad de cruzarse con su Santidad, mas las compras de suministros eran una vez por semana y si esperaba hasta entonces, puede que lo que sea que Thalía tramase llegara tarde. Mientras, Galena se embarcó a visitar el templo de Piscis con las esperanzas de encontrar algo lindo donde guardar las galletas, o que por lo menos Afrodita pudiera conseguirles algo lo suficientemente rápido.
Afrodita se había mostrado educado y amable con ellas en cada momento, sin mostrar ningún signo de animosidad, así que, si en alguien podían confiar, quería pensar que era en él, hasta para cosas así de tontas.
Se le dibujó una sonrisa de forma inconsciente en pensar en el caballero dorado que, hasta hace no tanto, era el que les había tendido siempre la mano e incluso hecho recados.
Cuando a Melita le llegaban oídas de panaderías, restaurantes, o cualquier tipo de servicio de comida nuevo en el pueblo de Rodorio, Melita lo enviaba como su agente interno. Le daba una pequeña bolsita con dracmas que no alcanzarían para casi nada, que en su inocencia y desconocimiento de cómo funcionaba el mundo le parecían suficiente como para adquirir una casa, y así le pedía que comprase aquello que ella desconocía para probarlo e intentar replicarlo.
Aioria siempre volvía con las manos llenas y suficiente para que ella y las demás comieran. Y ella se asombraba, al descubrir los dracmas intactos.
«Como soy caballero, me lo han regalado. Igualmente, si quieres pagarme de vuelta, déjame ser el primero en probar lo que cocines, y estaremos mano a mano».
Pequeño león idiota. Debería pegarle cuando lo viese por haberme mentido durante esos años.
Su sonrisa se borró poco a poco al caer en que, de ser otro dorado, que le hicieran regalos sería factible. Por desgracia sabía que él no era bien tratado, muy por el contrario, era un paria, el hermano del traidor.
—Vaya cara llevas, niña. Con lo risueña que entraste.
Melita salió de su ensimismamiento, con la caja de madera aún entre sus manos. Delia, una de las cocineras que llevaba décadas sirviendo en el Santuario, la había recibido minutos atrás con sorpresa y después alegría. Disfrutaba hablando con Melita, compartiendo recetas y viendo el entusiasmo que la más joven le ponía a la cocina.
Dejó la caja sobre la mesa y Delia se adentró a la despensa, en donde buscaría el azúcar, el jengibre y el suficiente coñac para la receta. Ellas no podían tener alcohol en el Oikos ya que tenían prohibido su consumo; por suerte, sí podían tomar pequeñas cantidades cuando eran parte de comidas elaboradas, como carnes en salsa o algunos dulces.
—¿Cómo es que vas a hacer melomakarona en pleno junio? —le preguntó Delia desde la despensa, acompañada por el sonido de objetos siendo movidos.
—Soñé con ellas y se me antojaron.
La cocinera se echó a reír. Melita se asustó de la naturalidad con la que le había mentido.
—Entendible, mentes como las nuestras no pueden dejar ir algo así como así, ya se convierte en necesidad. Es increíble como casi puedes sentir el olor de la comida y su sabor en—
Un estruendo rasgó el aire e hizo temblar la tierrecilla del antiguo suelo, impidiendo a la mujer terminar.
Delia no pudo contener una carcajada cuando, al asomarse de la despensa, vio a Melita enchepada del susto, con la piel erizada como si de un gato se tratase.
—¿Qué fue eso?
—Eso—respondió Delia y señaló con el pulgar a la única y diminuta ventana de la cocina—, fue el caballero de Capricornio entrenando. A veces puede ponerse particularmente escandaloso con su Excalibur.
La joven siguió con la mirada allá de donde apuntaba Delia, más allá de la tierra y terminando en la estructura blanquecina que asomaba.
Melita abrió mucho los ojos y, como una estrella fugaz, una idea pasó por ellos. Una que Delia pareció captar, al menos hasta donde podía, dada su evidente curiosidad y cómo el susto se había convertido en fascinación apenas supo de quién se trataba.
—Si quieres ir a verlo, adelante, no te comerá. Eso sí, acércate con cuidado, a veces está tan absorto que no se da cuenta de cuándo hay alguien alrededor, podría herirte sin querer.
—Parece conocerlo bien.
—Llevo suficientes años aquí como para saber un poco de todo—dijo, con la nostalgia invadiéndole la voz—. Es un buen muchacho. A veces aparece y tengo que echarlo de la cocina, se pone muy maniático con cómo se preparan ciertas cosas. Ya lo irás viendo.
Se le hizo extraño, imaginar a aquel intimidante hombre con su armadura que parecía apuntar hacia el cielo mismo metido en aquella rústica cocina de piedra y madera, quejándose sobre la cantidad de sal o sobre cómo se cortaba la carne. No creía que pudiera caber por la puerta, en primer lugar.
—Ve, asómate, yo te terminaré de preparar lo que me pediste—la instó Delia, y se vio sorprendida cuando la mujer empezó a empujarla hacia la puerta.
Antes de pronunciar cualquier protesta, Delia le puso en las manos un recipiente hecho con piel y en forma de gota, con una cuerda roja recorriendo un lado. Desconocía de qué estaba hecha la boca, o la bolsa en general que por el peso y sensación parecía contener agua.
—Siempre tengo una bota rondando por aquí para él, ve, llévasela ya que estás aquí, con todo lo que entrena, ¡necesita hidratarse adecuadamente!
—¿Vale…?
Ya le había rondado por la cabeza darle una visita, poner en marcha su parte del plan para acercarse a él y tantear el terreno, ver cuánto podían contar con él. Ella cada día veía más a Arles como un tirano que se había acomodado más y más en el trono, que mantenía a Athena convenientemente aislada y las prevenía de realizar su verdadera labor para poder utilizarlas a su gusto.
Recorrió el pórtico hasta donde pudo; en cuanto las sombras del techo y las columnas dejaron de resguardarla, usó la mano izquierda de visera, siendo asaltada por el inclemente sol de mediodía.
A los pies de la cara este del templo se encontraba el gran coliseo, o más bien lo que quedara de él, una arena circular rodeada por gradas escalonadas a medio derruir. No era tan imponente su tamaño ni las manchas de las batallas que allí pudieron haberse librado como alargada era la sombra que proyectaba la estatua de Athena Promecos, lanza en mano derecha y escudo en la izquierda.
Según sabía por Aioria, la mayoría de los caballeros dorados habían pasado por ese coliseo para sus entrenamientos, para lecciones demasiado delicadas como para estar cerca de Rodorio. El resto del tiempo, Shion les hacía mezclarse con los demás caballeros en el otro coliseo a los pies de la montaña y su periferia, sin importar cuál fuera el rango. Una vez todos conseguían sus armaduras pasaban a reducir su vida a lo que había en esas escaleras infinitas y más arriba, contemplando desde las alturas el mundo al que ya no pertenecían.
«Preferiría morir antes que usar ese sitio. Estoy bien aquí abajo. Así es como se ve el esfuerzo que todos en el Santuario hacen, cuánto luchan por la causa. Aquí ayudo a los niños y separo a los no-tan-niños. Uno siempre tiene cosas que hacer, a alguien a quien enseñar. Allí arriba solo hay polvo y silencio».
Aunque Aioria también era muy suyo, e igual que necesitaba ese bullicio, la normalidad, conocía hasta el lugar más recóndito del bosque y hasta el último peñasco sin haberlo compartido con nadie. Necesitaba sus momentos.
Las escaleras vistas de cerca eran más escarpadas y numerosas de lo que esperaba, comprimidas entre la roca natural de la montaña. Se preguntó, al distinguir la pequeña figura en la distancia que imaginó era Shura, qué llevaba al caballero de Capricornio a estar allí.
Alzó la vista hacia el templo del Patriarca, encontrándose con que el balcón del que tanto disfrutaba él encaraba directamente al Coliseo, y que ellas no se habían dado cuenta al estar siempre en el lugar de noche. Desde abajo era imposible distinguir si él estaría ahí mismo, en ese instante, reclinado en su diván con una copa en la mano.
La imagen le enervó, así que la borró pronto de su cabeza. Mejor no pensar en él.
Tuvo que tomar la falda de su chitón carmesí para no pisarla y descender así con el mayor cuidado posible. En momentos como ese, no lo negaría, echaba de menos poder llevar las telas cortas que en verano disfrutaban todas las niñas del Refugio. Por desgracia, en un lugar como aquel, aquello se habría considerado indecente.
Conforme descendía, a su respiración agitada se unieron los sonidos de una batalla de uno, el silbido de una espada que cortaba el aire y golpes capaces de sacudir el mismísimo suelo.
Tardó unos minutos más en llegar a tierra firme. Una vez pudo dejar de concentrarse en no dar un mal paso, alzó la cabeza, y reconocería que la visión del Coliseo de cerca la apabulló, ella convertida ahora en una diminuta hormiga ante la inmensa estructura.
Debía medir cerca de cincuenta metros de altura con sus tres niveles, cuatro en la mitad que rodeaba la estatua de Athena, el primero constando de pilares simples toscanos que conducían al interior y los superiores siendo adornados por arcos de medio punto. En el friso entre los capiteles y la cornisa del segundo nivel se libraban diversas batallas en bajorrelieve, figuras sin nombre desmejoradas por el tiempo cuya historia había sido fragmentada.
Melita se acercó más, a pasos pequeños, como si temiera que la estructura fuera a devorarla de acercarse demasiado. Pasó bajo uno de los arcos del primer nivel, preguntándose si habría habido alguna distinción entre las entradas, si por donde ella caminaba, siglos atrás habría sido una ofensa. Caminó entre las sombras, el ambiente más fresco de lo que había sido en el exterior.
—¿Quién anda ahí?
Se había quedado tan absorta, con la boca abierta y los ojos intentando atrapar cada detalle que no se había percatado del ahora sí presente silencio.
Un escalofrío la recorrió y sus pasos se detuvieron en seco.
Miró a un lado y a otro sin encontrar a nadie.
Con un suspiro, se armó de valor y salió al exterior, siendo de nuevo asaltada por el sol. Tuvo que entrecerrar los ojos, y, aun así, su visión se llenó de blanco y después de destellos danzantes que le impidieron saber hacia dónde estaba mirando.
—Buenas tardes—saludó Melita, sin moverse de donde estaba, con su tono normal de voz como si el hombre estuviera al lado.
Más silencio.
Unió sus manos sobre sus cejas y cerró la forma en torno a sus sienes, una especie de binoculares que esperaba le ayudasen a enfocar su vista; las usó para buscarlo entre las gradas, en el primer nivel, mas solo encontró polvo aún suspendido en el aire. Si no estaba en la arena, debió haberlo estado hasta hacía poco.
—¡Dije que buenas tardes!
Su voz rebotó en las gradas, pasó entre las montañas y debió llegar hasta la casa de Aries.
Por la cabeza de Melita pasó la tentadora idea de tirarse de cabeza desde dónde estaba.
—Ya te había oído—respondió él, tan seco como el mismo aire que respiraban—. ¿Qué haces aquí?
¿Cómo lo hacía para proyectar sus palabras de esa manera, para sonar tan firme y claro sin alzar su tono ni desgañitarse como Melita acababa de hacer, para convertirse en una voz etérea que parecía hablarles desde el mismo cielo?
Alzó la cabeza.
Ah. Es que casi le hablaba desde el cielo.
Apenas se le distinguía, una figura a contraluz en el tejado a dos aguas que soportaba el pedestal con la estatua de Athena, tan recto que parecía una columna que el arquitecto se había dejado allí arriba.
Melita se irguió y bajó los brazos. Le dolía el cuello de la postura que debía adoptar para poder verlo, y sus retinas comenzaban a arder. A pesar de ello, dio unos cuantos pasos más, hasta poder apoyarse en el bajo muro que separaba la grada de la arena. La forma inamovible y orgullosa de Shura se hizo un tanto más clara.
—Disculpe mi intromisión, caballero de Capricornio. Quise venir a saludarle al saber que se encontraba aquí—Melita se vio obligada a volver a alzar la voz, porque no creía que, desde allí arriba, pudiera escucharla si hablaba en su tono normal—. Y a devolverle la hospitalidad que nos ofreció aquel día, en el peregrinaje…
Al decir lo último alzó la bolsa en su dirección. Si el hombre era capaz de distinguirlo, debía tener vista de halcón.
—Este no es lugar para una doncella.
Su voz le llegaba seria, fuerte, sin tener que gritar ni hacer aspavientos. La vergüenza caló en Melita un poco más.
—¿Le importaría rebajarse al mismo suelo que esta simple doncella para hablar, por favor?
No se molestó en disimular en su tono la molestia que le estaba provocando, por muy educada que fuera para dirigirse a él. El caballero emitió un resoplido cargado de mofa, pero terminó cediendo.
Shura saltó, realizando varias piruetas en el aire antes de aterrizar grácilmente con los brazos pegados a los costados. Al fin, estaban el uno frente al otro, o más bien, ahora era ella quien quedaba un poco más alto que él: lo primero que vio fue su expresión, que cabalgaba entre el enfado y la confusión, sus finas cejas fruncidas y los ojos negros entrecerrados, labios formando una línea recta.
Fue al escuchar su respiración ufana que sus ojos decidieron mirar un poco más abajo. No llevaba la armadura, ni de oro, ni de entrenamiento. Ni una mísera camiseta o túnica. Tan solo unas mallas ceñidas a la cintura estrecha y unas vendas en los antebrazos, y hasta eso se le estaba cayendo.
Melita cayó en lo injusta que era la vida, en lo estúpidas que eran las reglas que les aplicaban no solo a las doncellas, sino a las mujeres en general. Les enseñaban desde niñas que debían cubrirse de la cabeza a los pies, para no ser percibidas por el mundo, para no tentar males, para no faltarse al respeto a ellas mismas, a la sociedad, a Athena. Se había sentido desnuda la primera noche con aquel vestido, rozando la indecencia. Por todos los dioses, ¡hasta le había avergonzado mirar en dirección de Calíope yse pasó toda la noche teorizando qué hacer en el terrible caso de que se le saliera algo de sitio y justo estando a los pies del Patriarca!
Y ahí tenía a Shura de Capricornio, apenas cubierto y lo que cubría no dejaba mucho a la imaginación. Contemplar al hombre ante ella era asistir a una lección de anatomía en vivo y en directo.
El sudor le resbalaba por la piel, por los pectorales fuertes y cubiertos por una fina capa de vello que continuaba hacia abajo en una línea que desaparecía más allá de la cinturilla morada de las mallas, empapada. Estaba segura de que si intentara pegarle un puñetazo sus abdominales le partirían la mano apenas entrar en contacto con ellos.
Y no creía que nadie fuera a señalarlo por indecencia, o por ser un «tentador», a pesar de que, para ojos de Melita, aquella imagen era probablemente lo más escandaloso que había visto en sus veintitrés años de vida.
Nunca había visto a un hombre tan de cerca y siendo tan… real. Aioria no contaba, porque Aioria era el pequeño león de todas, por mucho que hubiera crecido y lo guapo que fuera, por muchas sonrisas que les sacara, seguirían viendo al niño herido al que el mundo le dio la espalda, el que se aferró a ella lleno de sangre llorando a lágrima viva cuando apenas tenía siete años y ella quince.
Shura, el aterrador, el más cercano y fiel a la diosa, el justo, tan terriblemente humano. Tan terriblemente vulnerable con la carne desprotegida y el pelo revuelto. Tan joven; tendría a lo sumo un par de años más que Aioria, sin embargo, sus rasgos le hacían parecer mucho mayor.
Melita apartó el rostro con un carraspeo. Apoyó su peso sobre los brazos y la barbilla en una mano. No estaba segura de sí la calidez que irradiaba de sus mejillas hacia el resto de su piel era por el beso del sol o si, quizás, se estaba enfermando.
O quizás era esa mirada analítica e insistente sobre ella, que parecía analizarla tanto como ella había hecho con él segundos atrás.
Rodeados por un silencio incómodo, Melita terminó por extenderle la bolsa con la mano libre.
—Tome. Debe de reponer fuerzas. Delia me dijo que esto era, eh…
—Una bota—terminó por ella, la palabra pronunciada con un fuerte acento, claramente no griego—. Gracias.
Ella asintió con un «hm» y Shura tomó la bota, llevándosela directamente a los labios. Podía oírlo beber sin cesar, como si se propusiera tomar los tantos litros que allí había. Cuando paró, Melita se atrevió a contemplarlo de nuevo, aunque fuera de reojo.
Cerraba el extraño tapón con gesto concentrado. Sus labios estaban húmedos, algunas gotas dejadas atrás resbalándose por su marcada barbilla.
Melita rebuscó entre los pliegues de la su chitón hasta encontrar un pañuelo de tela bordado con gladiolos amarillos y su inicial, que le tendió en silencio. Shura lo observó como si le estuviera tendiendo algún tipo de arma, y por primera vez, notó inseguridad en sus movimientos, su mano derecha abriéndose y cerrándose, la yema de los dedos rozando la tela antes de atreverse a tomarla.
Le buscó los ojos y Melita alzó las comisuras de los labios.
—Gracias. Lo lavaré a conciencia y te lo devolveré.
—No hay problema, de verdad, quédeselo si quiere. Tómelo como un regalo.
Shura recibió el pañuelo e inclinó la cabeza hacia ella. Era lo más cercano a una reverencia que había recibido jamás, y por un instante, Melita pensó que su corazón había olvidado cómo latir.
Dicho aquello, presionó la tela primero contra sus labios y después contra su rostro, retirando a toques el sudor que le recorría las facciones. Se apartó el pelo que se le adhería a la frente, descendió y lo pasó por su cuello, por la manzana de adán prominente por la que había resbalado agua de la que había bebido.
Melita apartó la cara de nuevo rápidamente y buscó cualquier otra cosa que le distrajera.
Lo primero en llamar su atención, por supuesto, fue la estatua de Athena.
—Dicen que el resplandor de su casco y lanza dorada llega hasta el Cabo Sunión—Melita comentó al aire, sin esperar una respuesta.
—Puedo confirmar que así es.
Melita volvió a mirarlo con tanta rapidez que su cuello crujió.
—¿En serio? Debe ser una vista sin igual—dijo, permitiéndose soñar por un instante el poder ser testigo de ello con sus propios ojos.
Por primera vez, Melita descubrió un atisbo de sonrisa en sus labios. Ambos alzaron sus miradas hacia la Athena que los observaba.
—Cabo Sunión es espectacular por sí mismo, pero poder ver desde allí la luz de Athena bañándolo es lo que lo eleva a algo irreal.
—Un faro de esperanza.
Shura asintió. Parecía genuinamente embelesado con la estatua, con la diosa y con el pensar en su brillo.
—Desearíamos más que nada poder estar en su presencia—dijo Melita, sus palabras sinceras mas cubiertas por una capa de dramatismo como al que Thalía y Anthea comenzaban a acostumbrarla—. Ella es nuestro propósito, y no creo que nada de lo que hagamos pueda llenarnos como lo haría el servirla. Siento que, de cierta forma, es así también para vosotros, ¿no?
Lo vio apretar en su puño la boca de la bota.
—Sí.
Volvía a ser el hombre parco de antes. Ya podía notar que sacarle varias palabras seguidas era un logro.
—¿Le importa si lo veo entrenar un rato?
—¿Por qué? —inquirió él, su voz seca.
—¿Porque deseo ver sus habilidades en acción…? Hemos escuchado muchas historias sobre todos los caballeros, pero ninguna como la del caballero de Capricornio y su famosa Excalibur—replicó ella e hizo un gesto con el brazo, como si fuera una espada.
Shura emitió de nuevo el resoplido de antes y le dio la espalda. Desde atrás, se acentuaba aún más lo ancha y trabajada que era comparada con la cintura. Melita agradeció que no pudiera verla.
—No usaré Excalibur en tu presencia.
—¡Oh, vamos! Solo una—
—No quiero herirte por accidente. Excalibur no es una simple hoja que desenvainar: corta todo lo que tenga delante, su luz parte la tierra y cercena al enemigo con precisión.
Melita hizo un mohín. Se dejó caer en el asiento de piedra de la grada y cruzó una pierna sobre la otra.
—Pero puedes quedarte, si tanto insistes. Sólo quédate ahí y no te muevas.
Celebró alzando el puño en el aire. Una sensación trepidante le hormigueaba en la piel y aceleraba su corazón.
El caballero arrastró un muñeco de madera hasta dejarlo a pocos metros de donde se sentaba ella. Después trajo un palo de madera con un saco, que parecía relleno de paja. Se quedó parado entre uno y el otro con las manos en las caderas.
—¿Sabes qué es esto a mi derecha? —le preguntó él, apoyando el codo en lo alto de la columna de madera.
—¿Un perchero al que odia mucho?
Shura rio, brevemente, pero lo hizo.
Melita encontró que su nuevo propósito era hacerlo reír más seguido, y que la próxima vez, pudiera ver los frutos de su trabajo más de cerca.
—No, no, aunque lo parece. Es un Muk Yan Jong, el muñeco que se utiliza para entrenar el Wing Chung, un arte marcial de defensa. Si te suena a chino, es porque lo es.
Fue turno de Melita soltar una carcajada.
Shura se frotó la punta de la nariz con un dedo y una sonrisita satisfecha se le coló en los labios. Tras esperar a que ella terminara de reírse, carraspeó y adoptó una postura recta, rodeó al muñeco y se ubicó de costado, para que Melita pudiera verle.
Colocó los pies paralelos a sus hombros. Flexionó apenas las rodillas y echó hacia atrás los codos hasta formar un ángulo, las palmas de sus manos extendidas hacia dos de los salientes del muñeco. Tomó aire, y antes de que Melita pudiera comprender del todo qué estaba haciendo, Shura se convirtió en un borrón, sus manos ágiles y veloces, fluyendo de una forma a otra, bloqueando ataques de un oponente que no existía y atacando de vuelta con una precisión férrea.
Oía los golpes contra la madera, convertidos en el ritmo de la canción de un guerrero.
Sus piernas se unieron al asalto, y fue cuando Melita se dio cuenta de que la estructura de madera estaba dividida en tres secciones giratorias que parecían arremeter con sus salientes contra Shura. El cuerpo de Shura se mantenía firme, aun cuando sus patadas eran tan altas que podrían haber golpeado la barbilla de una persona de verdad, su presteza haciéndole cuestionarse si, como caballero dorado, incluso sin su armadura, podría superar los límites de un cuerpo humano.
¡Con razón antes había estado tan cansado y sudando, si de solo mirarlo, ella se estaba cansando también, y le faltaba la respiración de intentar seguir sus movimientos!
Sin darse cuenta, se había puesto de pie e inclinado sobre el muro de nuevo para verlo lo más cerca posible.
Había dicho de quedarse a mirar por intentar ganarse su confianza, por sus planes alocados e ínfulas de insurrección. Se haría la interesada, lo halagaría un rato más y se iría a seguir con lo suyo.
Ahora todo había desaparecido de su mente y solo estaba él, aquel trozo de madera, sus golpes incesantes, y un ardor que nacía en su pecho y se le extendía a las extremidades.
Se preguntó cómo se sentiría el impacto de la madera contra sus antebrazos, el aire fluyendo con sus movimientos. Tener la adrenalina y el esfuerzo provocando que la sangre latiera con fuerza en tu pecho, que te recorriera con el vigor y candor de aquel que puede luchar.
Se preguntó si Shura sentiría el corazón latirle en su cuello, en las sienes, en las muñecas, si tendría un constante recordatorio de lo vivo que estaba.
Un nudo se formó en su garganta.
Shura se detuvo, con el pecho subiéndole y bajándole a la misma velocidad con la que había estado golpeando anteriormente. Se giró hacia ella, esperando algún tipo de comentario vano, una mueca de ligero aburrimiento o aplausos de cortesía.
Melita lo miraba, con los ojos abiertos y los labios separados. Tenía una mano sobre el corazón.
—Eres magnífico.
El caballero se vio obligado a dar un paso atrás, golpeado de forma inesperada por la sinceridad en la voz de la doncella, por la euforia que iluminaba su rostro. Por primera vez, lo había tuteado, y no le molestó en absoluto.
Se quedó plantado en el sitio sin saber qué decirle. A Melita se le escapó una risa que sonó tan feliz que solo lo confundió aún más.
—Podrías derrotar a lo que se te pusiera por delante.
Shura no era precisamente humilde, pero esos halagos por un simple entrenamiento que era rutinario para él se sintieron como una caricia demasiado agresiva a su orgullo: le nació una sonrisa de lado arrogante.
—¿Crees…?
La joven dejó la pregunta en el aire y picó la curiosidad del caballero de Capricornio.
—¿Sí? —le instó a seguir, acercándose más.
—¿Crees que me podrías…?
Melita se mordió el labio inferior. Shura unió las manos tras su espalda y alzó una ceja, sin entender a dónde quería llegar.
Tendría que quedarse con la duda, de momento, pues antes de que Melita se atreviera a decir más, una figura apareció en las escaleras, hablando a gritos.
—¡Melita! ¡Te voy a arrastrar por todo el Santuario!
La amenaza los descolocó tanto como la aparición de Thalía. Shura la observó con los ojos entrecerrados y después volvió el rostro hacia Melita.
—¿Por qué te habla así esa mujer?
El que se refiriese a ella como «esa mujer», con un tono no tan respetuoso, captó su atención.
—¿Tienes problemas con Thalía?
Shura frunció el ceño.
—Considero que, a algunas, el título de «doncella» les queda grande y han dado demasiado por hecho su posición. Una doncella no debería decirle a otra que «la va a arrastrar», sin ir más lejos.
—No lo dice en serio. Además, se supone que había algo que tenía que hacer y… me olvidé. Me vi distraída por el brillo de cierto caballero.
El «cierto caballero» alzó las cejas tanto como pudo.
—¿Oh?
Su deje burlón le hizo poner los ojos en blanco.
—¡Tenías UN trabajo! —volvió a gritar Thalía, y Melita rio por lo bajo mientras Shura negaba con la cabeza.
—Hay gente a la que simplemente le gusta demasiado ser el centro de atención—suspiró Shura.
—A ti no pareció disgustarte ser el mío hoy. Si no, me habría dado media vuelta hace un par de horas.
La réplica de Melita le hizo perder toda la compostura que le quedase. Su piel, ya enrojecida por el sol y el esfuerzo, adquirió un tono más rosado en la punta de las orejas y en los pómulos. Melita se mordió el interior de la mejilla para no delatar la risa que pugnaba por salir de ella, tampoco quería jugar demasiado con los límites del hombre, pero desde luego, se sentía bien devolverle al menos una parte.
—Mejor me marcho, antes de que me arrastre de verdad. No sé si podría ser capaz—Melita carraspeó y comenzó a retroceder—. Gracias por permitirme estar aquí hoy y disculpe si le he importunado.
Inclinó su cuerpo hacia él, tomando los lados del chitón con dos dedos y cruzando un pie con el otro.
—La próxima vez, permítame invitarlo a algo de comida por las molestias.
—No lo has sido, pero… aceptaré la invitación. El Patriarca siempre halaga tu cocina, y si tienes su aprobación, es que debes ser muy buena.
Por suerte, al estar inclinada, Shura no pudo ver cómo su expresión se agrió ante la mención del otro hombre. Melita se dio la vuelta rápidamente e hizo un gesto con la mano para despedirse mientras volvía a las sombras.
—Hasta la próxima, caballero de capricornio.
—Adiós, Melita.
Continuó caminando.
Ya estaba bastante lejos, y se preguntó si realmente le había parecido oírle decir un «gracias».
Sacudió la cabeza. Apartando lo del agua o lo del pañuelo, no tenía ningún motivo para agradecerle tanto, ¿no?
Lo único que había hecho había sido sentarse a incordiarle durante un par de horas.
No tengo excusas, pero, ¡feliz aniversario a mi fic del corazón!
Y no sé que me poseyó en este capítulo, que se suponía iba a ir por otro lado y terminaron dos personajes quitándome las riendas por completo y haciendo lo que quisieron.
Increíble pensar que hoy, hace un año, empezaba a publicar... y que hasta ahora solo he escrito 7 capítulos y un Interludio. Pero muchísimas gracias a todos los que me han estado apoyando este tiempo, a los que siguen leyendo a pesar de todo. Por vosotros no pierdo los ánimos de seguir con la historia.
Una bota es una bolsa hecha con cuero de cabra y boca de asta de toro, común en España entre senderistas más tradicionales y comúnmente vista siendo usada por los toreros.
Las melomakarona descubriréis qué son y para qué las quería Thalía en el siguiente capítulo.
¡Muchas gracias por leer y nos vemos en el siguiente capítulo... que espero sea pronto porque de por sí debería haber sido parte de este!
PD: Para celebrar el aniversario, también he hecho las fichas de Thalía, Briseida y Hatria, que podréis encontrar en mi Twitter.
