Esta historia se ubica en el canon del anime, rellenos incluidos, aunque conforme avance se le añadirán cosas del manga. También habrá referencias a otros spin offs y trabajos de Saint Seiya pero esto no hace que sean canónicos en este universo (véase, mencionar personajes o algunos conceptos que no choquen con la trama). Tendrá además reimaginaciones e intento de remiendos de ciertos agujeros argumentales que encontramos en el anime.

Se sitúa tres años antes de los eventos canónicos con los santos de Bronce.

Los personajes originales son el centro y el punto de vista la mayoría del tiempo de esta historia, ofreciendo un punto de vista distinto del funcionamiento del Santuario y su jerarquía además de las relaciones que estos van desarrollando con personajes canon.

¡Espero que lo disfrutéis!


Seis fueron las horas que tardaron en llegar al Santuario, los escalones cientos si no eran miles.

Había dejado de contar a partir de la tercera casa, Géminis, vacía y solemne, la atmósfera casi opresiva en su silencio y sombras. Anthea, la más joven y la que llevaba el ramo de flores, le susurró historias de fantasmas y rumores sobre el santo desaparecido. «¿Acaso no te sientes observada?», le llegó a preguntar, caminando hacia una salida que nunca parecía que llegaría.

Aunque la mayoría de las casas del Santuario estaban desocupadas, aquellos caballeros que no continuaban entrenando alrededor del mundo hacían vida en Rodorio como si fueran un ciudadano más. Aioria de la constelación de Leo era el único que habían tenido la suerte de conocer en sus apartadas vidas de futuras doncellas, ayudándolas si las veía transportar cualquier cosa por ligera que fuera, o incluso ofreciéndose a hacer guardia en los bosques y riscos con ellas cuando les tocaba salir. Aioria era, a todos los efectos, un caballero, alguien que inspiraba confianza y bondad: un muchacho sencillo que de no haber sido por los dedos que lo señalaban, sería imposible de reconocer como alguien de la élite dorada.

Al atravesar el templo de Leo y no encontrarlo allí ninguna se extrañó, tan solo se lamentaron de no poder verle resplandeciendo con su armadura.

«Habría sido una distracción», dijo Helena, a la cabeza de la fila y con una antorcha en mano, su barbilla apuntando al frente con orgullo. Una de las más maduras y sabias, hermana mayor para muchas y tan solo por debajo de Dionne, una madre para todas, la portadora del pesado tomo con el sello de Athena.

Dionne torcía el labio y una arruga nueva aparecía bajo sus marcados pómulos cada vez que Aioria se presentaba o lo oía mencionar. «Es el hermano del traidor», les recordaba una vez volvían con sus sonrisas de niñas, los pies llenos de barro y rubores de muchachas cautivadas, y ellas agachaban la cabeza y dejaban caer sus muecas.

Detrás de ella, Galena empezó a resoplar. La copa casi se le resbaló escaleras abajo en la entrada a Libra; todas giraron la cabeza al mismo tiempo cuando sintieron el estruendo. Dionne y Helena, un par de metros adelante, le dedicaron una mirada de advertencia.

—He frenado sin avisar y se ha tropezado con mi túnica, mi señora.

Sus ojos juiciosos pasaron a ella, entrecerrándose. Dionne giró el rostro de nuevo hacia el camino y en los labios de Helena juraría haber visto un atisbo de sonrisa antes de darse la vuelta también.

—Gracias—murmuró Galena, inclinándose hacia su oído.

—No es nada. Yo también estoy cansada.

En Escorpio encontraron al fin al primer caballero dorado, Milo. Habían oído que su lengua era tan afilada y peligrosa como su aguja escarlata, un hombre provocador a la par que honorable como guerrero. Para sorpresa de todas, hizo una reverencia ante Dionne y Helena, un gesto respetuoso que ellas le devolvieron.

—Señoritas—se limitó a decirle a las demás, inclinando la cabeza hacia ellas.

Después de tantas horas y pasos sin cruzarse con nadie sentían que el escorpión juzgaba hasta la forma en que respiraban, aguardando el momento en que les dedicara un comentario mordaz. El vello en su nuca se erizó al pasar delante de él, los labios del caballero dorado estirados en una sonrisa que sólo podría clasificar como pícara. Intentó no separar la vista de las sandalias de Melita, pensando en el olor a miel que le traía la cada vez más escasa corriente.

Por suerte para ellas el peregrinaje se había programado para abril, aprovechando así la primavera, su temperatura equilibrada y el aumento de las horas de sol haciendo algo más ameno el recorrido.

—¡Vaya pinta de truhan tenía! ¿Habéis visto cómo nos miraba? —Therasia refunfuñó, abanicándose con una mano.

—Creí que se le quitaría con los años la cara de pillo, pero parece que ha ido a peor—Dionne se echó a reír, negando, sus rizos de caramelo acompañando el movimiento.

—Ahora es peligroso en todos los aspectos—añadió Helena, manos trazando un gran arco con ese "todos", un colorido abanico de implicaciones detrás de él.

Ascendieron, la imponente torre del reloj de fuego apareciendo en la distancia detrás de los riscos.

—Ya casi es mediodía, ¿no? —preguntó Naida. Recolocó el cántaro entre sus definidos brazos y apoyó parte del peso en su cadera.

Melita, Anthea y Therasia, solo un paso por delante de Naida, alzaron la vista hacia el sol.

—Podrías decirme que ha pasado un día entero y te creería—farfulló Melita—. Un reloj tan grande y pura decoración.

Fue turno de Therasia de mirarle por encima del hombro para chistarle. Solo veía la parte de atrás de su cabeza, el largo y lacio pelo dorado que se rizaba en las puntas; pero conociendo a Melita, sabía que estaba poniendo los ojos en blanco. Therasia sí debió pillarle en medio de su mueca de hastío pues comenzó a mover los labios en un sermón silencioso.

—Las llamas del reloj sólo cobrarán vida en tiempos de guerra y dificultad. Dad gracias a Athena de no tener que ver el fuego azul pasar por los doce signos—Dionne habló desde el frente, alzando la voz para llegar hasta la última de ellas.

—¿Alguna vez lo ha visto encendido? —le preguntó Anthea.

Dionne se quedó callada. De repente parecía que subir cada escalón se le hacía un mundo, convirtiendo la marcha en una agonizante. Ninguna se quejó, tan solo ajustaron sus propios pasos.

—He oído que ardió las doce horas después del fallecimiento del señor Shion para velarlo…—Galena habló en un susurro, lo justo para que Anthea le escuchara.

La joven abrió mucho los ojos y después bajó la mirada, hombros hundidos y labio torcido, un simple "oh" escapándosele.

En Sagitario los ánimos no mejoraron: sus paredes hablaban de una ausencia distinta a la de los demás, así como el pedestal vacío al final del mismo donde alguna vez debió estar la armadura dorada. Ni Anthea ni Melita se atrevieron a despotricar sobre espectros y lugares encantados.

Horas atrás, en Géminis, había sufrido los escalofríos y la paranoia, la sensación de que había alguien oculto tras columnas y negrura: allí, algo pesado caía sobre sus pechos, les hacía aferrarse con más fuerza a sus ofrendas. Debían cuidar de Athena para que algo como lo del caballero de Sagitario no se repitiera.

Calíope echó la vista atrás al llegar a la salida con el rostro de querubín de Aioria, sus heridas y lágrimas aún frescas en su memoria. Si ella, que no conoció en absoluto a Aioros sentía la tristeza quemándole, ¿qué experimentaría él cada vez que atravesara ese lugar, cada vez que mirase al cielo desde su propio templo y viera el centauro del refugio de su hermano mayor?

El sol les quemó los ojos después de tanta oscuridad. Sólo se oían sus respiraciones agitadas, sandalias rozando piedra y el ocasional quejido del viento. Se adentraron en un frío templo de Capricornio sin ser realmente conscientes de su alrededor, cada una demasiado perdida en sus propios pensamientos.

Dionne se detuvo en seco al adentrarse en la primera sala iluminada del lugar, y con ella, toda la fila. Una silueta surgió del otro extremo, lo primero en llamarles la atención la cornamenta del casco y una armadura dorada a contraluz, pasos de metal llenando el vacío.

—Bienvenidas a la casa de Capricornio.

Si de Milo dijeron que era peligroso, para Shura de Capricornio la expresión se quedaba corta. Sí, el caballero de Escorpio les había intimidado, pero tenía un aire más bien socarrón y altanero. Shura era pura rigidez, de ojos negros tan afilados como la espada que decían que portaba. Las escudriñaba entre sus pestañas, barbilla alzada y finas cejas ligeramente fruncidas, haciéndolas hundir los hombros. Después de todo se le consideraba la espada de Athena, el más cercano y leal de todos los caballeros de oro a su diosa: y desde luego, era el único con una estatua conmemorando el momento en que le entregó uno de sus más preciados tesoros y poderosas armas.

—Deben estar cansadas de tan larga travesía—las recibió, brazos cruzados sobre su pecho y los cuernos apuntando a los relieves angelicales que decoraban la cúpula sobre ellos—. Siéntanse libres de tomarse un respiro aquí antes de continuar.

Se escuchó un suspiro de alivio atrás del todo y delante suya, Melita relajó los hombros. «¡Y nosotras aterradas de él! ¡Bendito sea!».

—Le agradecemos su hospitalidad, mas Athena y el Gran Patriarca nos aguardan.

Varias cabezas se alzaron bruscamente al oír la réplica de Dionne. No hizo falta verles la cara para saber que Anthea, Galena y Melita estaban maldiciendo la firmeza de su matriarca.

Shura cerró los ojos y asintió.

—Comprendo. ¿Puedo ofreceros agua para refrescaros para el resto del camino entonces?

—No tomamos nada de las manos de los hombres—respondieron al unísono Dionne y Helena.

—Para que así ellos no tomen nada de nosotras—hicieron eco las demás, algunas con fuerza y otras desganadas.

¡Cuántas eran las historias de jóvenes engañadas por dioses y hombres por igual, de ofrendas de apariencia inofensiva mas ocultando oscuras intenciones detrás! Bastaba ver cómo Perséfone había sellado su destino en la simpleza de unas semillas de granada, sin saber que la tentación se haría su dueña. Otras tantas muchachas habían bebido de cálices, aceptado agasajos y tomado del plato de otros creyéndolo cortesías y bendiciones y no retorcidas trampas, ¡ni en la lluvia y los animales podían confiar!

El caballero dorado las contempló durante lo que fue el minuto más largo de sus vidas. Finalmente bajó los brazos y los mantuvo a sus costados, tan tiesos que parecía otra estatua más del salón.

—Os dejo continuar vuestro peregrinaje, doncellas de Athena. Que la diosa ilumine vuestro camino.

Shura les dio la espalda y desapareció en la oscuridad del pasillo por el que ellas habían entrado, su marcha haciendo eco en el suelo de mármol y una exhalación colectiva acompañándolo detrás.

— ¡Eso sí que es un caballero!

Melita usó la punta de sus sandalias para darle a Naida en la pantorrilla, riéndose de su repentino entusiasmo.

—No creí que te gustasen las cabras montesas.

Naida fue a protestar por esa falta de respeto cuando Helena les chistó.

—Dejad la cháchara y guardad el aliento por el que tanto llorabais hace unos minutos. Quedan dos casas.

—Sí Helena—dijeron al unísono.

Continuaron, pues, su peregrinaje, algo más animadas ahora que les quedaba tan poco. La casa de acuario también estaba vacía, y según decían, su guardián no pisaba su templo desde que lo abandonara para continuar su entrenamiento años atrás en tierras gélidas.

El sol se estaba poniendo cuando alcanzaron la entrada del templo de Piscis. Dionne alzó un brazo y todas se detuvieron.

—Esperad aquí. Comprobaré que no hay peligro en el acceso.

Helena frunció el ceño e hizo el amago de seguir a su superiora, pero Dionne le colocó su mano libre en el hombro y se inclinó hacia ella. Hablaron sobre algo que ninguna alcanzó a escuchar antes de que Dionne terminara por marcharse hacia el edificio y Helena se girase hacia el resto de jóvenes.

—El camino a los aposentos del Gran Patriarca y el templo de Athena está cubierto por un manto de rosas rojas venenosas, y peligrosas flores resguardan este templo en ausencia de su dueño. Esperaremos las noticias que Dionne nos traiga respecto a estas barreras.

Aunque Helena mantuviera su voz firme, todas sabían y compartían su preocupación, tanto por la seguridad de su matriarca como por el futuro de su peregrinaje. Si no se encontraban dentro del Santuario antes de que anocheciera, su viaje y entrenamiento habría sido para nada: podrían esperar a volver a recibir la llamada del deber, mas ya estarían marcadas por la vergüenza de no haber llegado a tiempo cuando se las necesitó. Una doncella que no está dónde y cuándo se le requiere es una doncella inútil, les repetían en sus instrucciones.

Solo les quedaba esperar.

Calíope aprovechó para perderse en los naranjas y púrpuras de atardecer, las nubes tintadas por el sol y la línea del cielo llena de pinceladas. Desde allí arriba se veía todo el camino que habían recorrido y en forma de diminuto punto, los techos de tela del mercado de Rodorio, sus tejados de colores y casas blancas, las praderas salpicadas de restos de viejos templos y en la distancia, una fina línea que daba comienzo al mar. Nunca había visto algo de belleza tan pura, iba a atreverse a afirmar.

Hasta que apareció él.

Ella, que tenía la cabeza girada hacia el paisaje, fue la primera en verlo. En sentirlo.

Una brisa que traía el aroma de agua de rosas y que no tardó en convertirse en auténticos pétalos arremolinándose en el punto exacto donde ella había estado mirando. Galena lo notó segundos después y dio un pequeño repullo, acompañado de un grito ahogado que terminó por atraer la atención de las demás.

Para entonces a través del caos de rojo y blanco había empezado a surgir una figura dorada. Los pétalos se detuvieron de golpe, y como si de una explosión se tratara, salieron propulsados alrededor del hombre para finalmente caer con suavidad a sus pies. El viento terminó por arrastrarlos, y con ellos, su propia respiración.

El cabello turquesa, de apariencia tan suave y esponjosa, caía sobre sus hombros y su frente en ligeras ondas. Su rostro parecía no haber sido tocado jamás por el sol a pesar de que este golpeaba en ese preciso instante su armadura, creando un halo dorado alrededor suyo que le confería un aspecto aún más angelical si cabía. Entre sus labios rosados y carnosos se encontraba una rosa roja, las espinas contrastando con la delicadeza de sus facciones. Debían pesarle las tan tupidas y rizadas pestañas, pensó, aunque no llegaban a ocultar esos ojos tan limpios y claros del mismo color que su pelo. Los mismos que la miraban a ella.

—Parece que hoy mi jardín tiene la suerte de llenarse con las más hermosas flores.

Ninguna parecía esperar que una voz profunda y aterciopelada pudiera salir de un cuerpo como ese.

El caballero de Piscis esbozó una pequeña sonrisa y se quitó la rosa de la boca, haciendo una floritura con su mano mientras se inclinaba ante ellas, echando hacia atrás su capa blanca.

—Perdonen mi falta de educación, damiselas: mi nombre es Afrodita de Piscis, guardián de la doceava casa del Santuario y protector del tramo final de este camino hacia la residencia del Gran Patriarca y nuestra diosa Athena.

Afrodita alzó su rostro antes que el resto del cuerpo y sus ojos se encontraron de nuevo. Su mueca se extendió sobre una de sus mejillas. Parecía divertirle su estado de… ¿Cómo llamarlo? ¿Estupefacción?

Esta vez fue su turno de recibir un codazo que encima cayó erróneamente sobre uno de sus pechos, proveniente de Melita, que aquel día parecía ser la repartidora oficial de golpes.

—Cierra la boca antes de que Helena y Dionne te la cosan, idiota.

— ¿E—estás bien, hermana? —dijo Galena a su izquierda, viendo que ella apenas se había inmutado tras el toque.

Volvió en sí r al oír su voz temblorosa, y, disimuladamente, se frotó allá donde Melita le había dado. Demonios, sí que escocía. La mandíbula le dolía por razones obvias y sentía los ojos secos de no parpadear, habiendo temido que, de hacerlo, aquella hermosa vista hubiera sido tan solo una ilusión producida por el cansancio o el estrés.

—Sí, tranquila, solo me… sorprendió—le respondió a Galena, intentando darle su mejor sonrisa conciliadora.

A Galena pareció convencerle ya que se la devolvió con ojos brillantes.

Mientras hablaban, Afrodita se había enderezado. Sus hermosos ojos se agrandaron al detenerse sobre la última de la fila, Anthea, que enseguida se puso a girar la cabeza de un lado para otro buscando la ayuda de sus distraídas compañeras. Helena, por otra parte, había comenzado a andar hacia él, dispuesta a acelerar lo que quedase del proceso.

—Señor, llega justo a tiempo, nuestra matriarca Dionne acababa de entrar a bus—

Sin embargo, Afrodita no estaba como para escucharle: todo lo contrario. Caminaba tan rápido y aun así tan grácil hacia Anthea que esta terminó por encogerse en sí misma sin saber qué hacer. Helena, viéndose ignorada, dio media vuelta y se metió sin más en el templo.

— Por Athena, ¡qué es esto! —clamó él, sus manos dirigiéndose al ramo que Anthea sostenía como podía.

— ¿F—flores? —consiguió contestar la muchacha.

Rosas blancas, margaritas, alhelí y amapolas amarillas, áster y cosmos se mezclaban con verdes en un ramo de tamaño significativo, flores que habían cultivado con gran esfuerzo en los jardines del templo para aquel día. Anthea bajó sus ojos rosas hacia su ofrenda y entendió la indignación de Afrodita, tan caballero de Piscis como caballero de las flores. Algunas habían sido aplastadas, había hojas a medio caerse y huecos extraños que horas atrás no estaban ahí. Tras tan largo camino, había llegado un punto en que Anthea se había apretado el ramo contra su cuerpo en medio de su extenuación, sin saber que estaba estropeando aquello que debía cuidar.

Anthea hundió los hombros y sus cejas se unieron, dos pequeñas puntos sobre ojos llorosos.

— ¡Ni una simple cosa que me encargan la hago bien! ¿Ahora qué hago? ¿Y si ofendo a Athena, o el Patriarca se piensa que nos estamos riendo de ellos? —miles de escenarios se le ocurrían a la joven, a cada cual más tremendista que el anterior. Empezó a hacer pucheros, dedos temblorosos evaluando el daño que le había infligido a las inocentes plantas.

Afrodita tomó aire y se recompuso, arreglándose los mechones de pelo fuera de su sitio tras el pequeño acto impulsivo que había tenido.

—Lamento haber reaccionado así, señorita…

—Anthea—respondió ella entre sollozos.

—Anthea—repitió Afrodita, agitando arriba y abajo la cabeza—. Florecer, ¡qué apropiado! Ahora veo con más claridad mi error.

— ¿Es necesario todo este número por unas flores? —bufó Naida—. Menos mal que ni Helena ni Dionne lo están viendo, que si no…

El caballero giró la cabeza lentamente hacia la doncella que acababa de hablar.

Tanto Naida como las demás que alcanzaron a presenciar la fracción de segundo en que sus iris cristalinos se convirtieron en dagas comprendieron que aquel hombre era tan temible como bello: su aspecto les había hecho bajar la guardia.

Él regresó su atención tan rápido a Anthea que cualquiera diría que aquello no acababa de suceder, de no ser por la extraña energía que las había rodeado durante ese instante. Afrodita acarició un pétalo de rosa del ramo, apreciando la textura entre sus dedos.

—Debéis ser todas mujeres de grandes corazones y habilidades para subir hasta aquí, de eso no me cabe duda, pero seguís siendo humanas normales sin ninguna armadura ni poder que os sustente. Para nosotros, el recorrido de las Doce Casas es un suspiro; para vosotras, una prueba de la fe a nuestra querida diosa, pues ponéis al límite vuestros cuerpos con tal de reuniros con ella.

Anthea alzó el rostro, sus lágrimas aminorando. La delicadeza del tacto de Afrodita y la suavidad de su voz la arrulló a ella y a sus otras tres compañeras más próximas, que esperaban a que continuase hablando.

—Las flores hablan por nosotros en muchas ocasiones y sus mensajes pueden distorsionarse si no las tratamos con el cuidado y respeto que se merecen—continuó, tras sacar la rosa que había estado acariciando, haciéndola girar entre dos de sus dedos—. Aunque las intenciones tras estas flores están claras, manchan su imagen, señorita Anthea, y no podemos permitirnos eso, ¿cierto?

Afrodita sonrió, deslumbrándolas con su perfecta dentadura perlada. Anthea asintió primero con lentitud y después con demasiada energía, sus pendientes de bronce tintineando.

—Dentro de mi templo tengo lo necesario para dejar todo perfecto. Ya di la orden para que levantasen la barrera también, así que solo os robaré un minuto más—con un movimiento de muñeca, Afrodita sacudió su capa tras él y se dirigió a su hogar.

Las doncellas le siguieron con la mirada, sin saber cómo procesar todo aquello.

—Alguien debería habernos instruido con más detalel sobre ellos, ¿no creéis? —dijo Calíope, apretando la lira contra su pecho—. Solo hemos conocido a tres, pero son un poco…

— ¿Altivos?

— ¿Aterradores?

— ¿Excéntricos?

— ¿Brillantes?

Todas se echaron a reír por la seguidilla de respuestas.

—Yo iba a decir "particulares", pero me sirve también. Ahora tengo más curiosidad todavía por conocer al Maestro… ¿Qué tipo de hombre será?


Como había prometido, Afrodita apareció con un vaporizador para las plantas hecho en bronce y con cámara de cristal azul. Parecía una antigüedad, tanto por su aspecto por la delicadeza con la que el caballero lo trataba. Le dio las indicaciones necesarias a Anthea para no acabar empapada de lo que sea que hubiera dentro. Tras separar de su cuerpo el ramo, Afrodita pulverizó las flores una por una, algunas durante un segundo y otras recibiendo una descarga más generosa. Afrodita las examinó una última vez antes de darse por satisfecho, retrocediendo un paso para admirar su trabajo.

—Ahora sí que son dignas de aquella que las lleva.

Anthea notó su rostro arder y la lengua se le trabó a la hora de articular una respuesta. Melita se inclinó para ver las flores que, efectivamente, parecían incluso más frescas que recién recolectadas.

— ¡Señor Afrodita, ha hecho un trabajo magnífico! ¿Qué producto ha usado?

Él inclinó la cabeza y se llevó un dedo a los labios.

—Eso, señoritas, es uno de mis secretos mejor guardados. Vais a tener que ser muy convincentes para sacármelo algún día.

Afrodita les guiñó un ojo no tan seductor como coqueto; igualmente, suspiros se escaparon y a Anthea casi que la tuvieron que coger para que no cayera al suelo.

—Sabes, de todos los caballeros… No imaginaba que sería Afrodita el que causaría todo este revuelo—Dionne exhaló, cansada del camino, de las doncellas y del caballero de Piscis que brillaba como una estrella bajo tanta atención. Estaba segura de que lo estaba haciendo a propósito, deleitándose con la impresionabilidad de muchachas que habían estado en contacto con muy pocos hombres a lo largo de sus vidas y mucho menos con caballeros de oro.

Dionne se frotó la frente como si las arrugas fueran a desaparecerle con ese simple gesto.

—Yo tampoco, señora. La verdad, creí que íbamos a tener que llevárnoslas a rastras de la casa de Escorpio y al final parece que las asustó más que otra cosa—coincidió Helena.

—Milo ha sido un dolor de cabeza desde niño, pero es capaz de distinguir entre el deber y el placer cuando llega el momento. Sabe lo importante que es para nosotras el peregrinaje. Afrodita, en cambio, no sé a qué está jugando…—Dionne arrugó la nariz y torció el labio.

Sí, Milo había sido travieso, amante de las trastadas y un buscapleitos de primera. Comparado con él, Afrodita fue un ángel que siempre se mantenía apartado de los problemas, disciplinado, limpio y correcto. Y, sin embargo, ahí estaba, a punto de llevarse el tirón de orejas que se había estado reservando para el escorpión. ¿Cuándo se había convertido Afrodita de Piscis en el hombre que tenían delante?

No. Ese no era el momento ni el lugar para eso, y tampoco era su sitio el de corregir a los caballeros dorados, ya hombres hechos y derechos además de figuras que respetar.

La matriarca cuadró los hombros y tomó aire. Helena la imitó, pasándose la antorcha de una mano a la otra. Naida y Therasia, que estaban apartadas del grupo de las más jóvenes y se habían entretenido cuchicheando sobre el caballero de Piscis corrieron a formar fila de nuevo.

— ¡Niñas! —Dionne hizo resonar su voz a través de las paredes del templo, acompañada de un zapatazo.

Las aludidas se callaron, de repente muy derechitas y con expresiones de inocencia. Afrodita pareció una más de ellas en ese momento, poniendo la espalda muy recta y girando la cabeza hacia otro lado. Dionne se tuvo que morder la mejilla para contener una sonrisa. Dentro de él parecía seguir existiendo un resquicio de ese pequeño de ocho años al que conoció.

—Gracias por su ayuda, caballero de Piscis. Entendemos que ha de ser un hombre muy ocupado así que le dejaremos tranquilo. Disculpe todas las molestias ocasionadas.

Dionne inclinó la cabeza hacia él. Afrodita parpadeó varias veces lentamente, separó sus labios de rosa y, por primera vez desde que era un niño, se ruborizó y agachó la mirada.

—Ha sido un placer—hizo una reverencia ante ellas, aun sujetando su rosa roja y la blanca que había sacado del ramo—. El Santuario resplandecerá más que nunca con vuestra presencia.

Y con eso, giró sobre sí mismo y se deshizo entre las rosas.


—Ya estamos.

Helena y Dionne se detuvieron frente a la estructura.

Seis horas para alcanzar el lugar de descanso de su Diosa y su representante en la Tierra.

Ocho mujeres con ofrendas entre sus manos, cabezas alzadas hacia la estatua de Athena que asomaba tras el templo de dos pisos, coronado por el símbolo de una calavera siendo aferrada por un dragón. Todas podían sentirlo, la calidez, la fuerza y el amor que emanaba la imagen de la diosa, la que velaba por el mundo en el punto más alto del Santuario incluso cuando ella no hubiera reencarnado.

Si aquella estatua de marfil y oro las abrumó con su magnificencia, si hizo brotar las lágrimas y sus piernas flaquear por su grandeza, no se imaginaban lo que harían cuando tuvieran a la mismísima Athena delante de ellas.

Una pareja de guardias, vestidos con armaduras simples de cuero y portando lanzas se acercaron a ellas, interrumpiendo su momento con la Diosa.

—Acompáñennos. El Gran Patriarca les espera.

Dionne asintió y retomó la marcha, un guardia colocándose unos pasos por delante de ella y el otro quedándose al final de la fila. Llegaron a las puertas dobles, de tal tamaño que sólo parecían poder ser abiertas por un dios: cuando lo hicieron no fue por las manos de ningún hombre ni ningún mecanismo, revelando poco a poco una primera y lóbrega estancia.

Tomaron aire y dieron los primeros pasos hacia la cámara del pontífice.

Una alfombra carmesí las conducía hacia otra puerta algo más pequeña, aunque también de aspecto pesado. Los únicos puntos de luz se encontraban a cada lado, por el resto, la sala estaba sumida en sombras y silencio, columnas altas y austeras, haciéndolas sentirse diminutas e insignificantes, fantasmas cuyos chitones blancos acariciaban el suelo rojo.

Al aproximarse a la segunda entrada las puertas se abrieron, esta vez, a manos de los mismos guardias que las habían guiado, quienes ocuparon sus puestos flanqueándolas una vez terminaron, juntando los pies y golpeando las lanzas contra el suelo.

— ¡Las doncellas de Athena han llegado! —gritaron.

Entonces se adentraron en el salón del Gran Patriarca.

La luz provenía, en gran parte, de las decenas de velas que recorrían el suelo. Había alguna que otra antorcha sobre las columnas, pero no siendo de noche aún, no habían sido encendidas. Arcos poblaban los lados de la sala, tapados por cortinas del mismo color que la alfombra y adornadas con ribetes y borlas doradas. Dos grandes espejos se encontraban en el otro extremo, a cada lado del final del camino rojo, culminado por un trono dorado sobre un estrado.

Y, en el trono, estaba el Gran Patriarca.

Todo lo que habían estudiado, las ilustraciones que habían visto, los recuerdos que pudieran conservar de su predecesor desaparecían ante la figura de aquel hombre, cubierto por una casulla blanca que solo dejaba ver sus manos, aferradas a los reposabrazos del trono. Sobre ella descansaban unas grandes hombreras de armadura, rojas y pesadas, salpicada por pinchos y con pequeñas gemas engarzadas en la parte que protegía su cuello, del que colgaban rosarios de coloridas cuentas. Algo de tela azul asomaba entre estas y el comienzo de su máscara de cobalto, un rostro metálico perfecto e impasible, el sello de identidad de los patriarcas junto al llamativo casco adornado con el mismo dragón que las había recibido fuera.

No podía estar más lejos de la imagen que Dionne les había pintado cuando les habló de Shion como Patriarca, antiguo caballero de Aries, un hombre sencillo y respetable que desprendía amabilidad y sabiduría, al que a pesar de haber conocido de forma cercana, nunca pudieron ver sentado en ese mismo trono.

Ellas le observaron tensas, demasiado intimidadas como para decirse nada entre ellas o despegar la vista de su solemne figura.

El maestro Arles emanaba peligro y poder, autoridad y determinación.

Cuando al fin habló, una vez se formó la fila perfecta ante él, un escalofrío las sacudió, volviendo rígidos sus cuerpos y las manos temblorosas.

—Han pasado diez años desde que se llevó a cabo el último peregrinaje—dijo, su voz un grito contenido, arisca y rasposa, tan grave que convertía la de cualquier otro hombre en una infantil—. Decidme, doncellas, ¿quiénes sois y qué le ofrecéis a Athena?

Tocaba hacer lo mismo de los ensayos, trataron de decirse para no invocar la mala fortuna, mas se toparon con el leve distintivo de que aquel no era su templo y ante ellas no estaba Dionne fingiendo ser el patriarca, sino el de verdad. Por supuesto, fue Dionne quien dio el primer paso.

—Yo soy Dionne, madre de todas las niñas que una vez estuvieron solas, maestra de aquellas que desean abrirse al conocimiento y guía de quienes ascenderán el largo camino hacia Athena—respondió, firme y tranquila, mostrando el objeto entre sus manos—. Soy portadora del primer libro que nos regaló Athena siglos atrás, tan solo una parte de su infinita sabiduría, aquel que contiene nuestros preceptos.

Se adelantó dos pasos e hincó la rodilla frente al Patriarca, a los pies de los escalones que los separaban. Sus brazos se extendieron ofreciéndole el libro, la cabeza gacha y con la vista en la alfombra.

—Yo soy Helena, aquella que alumbra el camino entre mis hermanas aprendices y nuestra sabia matriarca. Traigo la luz de la esperanza, para que la senda de Athena sea luminosa y nosotras las mortales podamos seguir sus pasos.

Helena adoptó la misma postura, alzando la antorcha sobre su cabeza y cerrando los ojos. Una llama tímida nació en su seno, pronto convirtiéndose en un intenso fuego.

—Yo soy Therasia, instruida en la bendición de la agricultura. Le ofrezco una rama de olivo como el primero que ella nos regaló, cuando se disputara nuestra tierra con Poseidón, no solo un símbolo de la victoria y la paz, sino también un deseo de proliferación.

—Yo soy Naida, la encargada del molino y los pozos. Traigo en este cántaro el agua más limpia, la que humedece nuestras tierras, sacia nuestra sed y purifica nuestros cuerpos, para que nunca sintamos la ausencia de una de sus gotas.

Ambas se ubicaron junto a Helena, Naida depositando su ofrenda en el suelo mientras Therasia extendía las ramas por encima de su cabeza.

—Yo soy Melita, la que procura los alimentos. Extiendo esta placenta hacia Athena para que nunca falte un plato de comida en ningún hogar por sencillo que sea, y que, bajo su bendición, estos nunca dejen de darnos fuerzas.

Melita se unió a las demás con pasos llenos de determinación, cabello dorado ondeando tras su figura de blanco.

Le tocaba a ella.

Caminó, intentando mantener la vista fija en las telas blancas y rojas tras el patriarca.

—Yo soy Calíope, amante de la música y la poesía épica—su propia voz le sonó extraña, casi desafinada. Tragó saliva—. Le ofrezco mis melodías para calmar su alma, y mis versos para contar las historias de los héroes que han acompañado a nuestra diosa.

Dio unos pasos tímidos y se arrodilló, sin saber muy bien cómo colocar el instrumento. Apenas se recuperaba de la agitación en la casa de Piscis y ahora sentía un par de ojos arder sobre su coronilla.

—Y—yo soy Galena, la que cura las heridas de mis hermanas—clamó la joven, sin moverse un centímetro de su sitio.

Anthea alzó una ceja.

Silencio.

De algún modo, el Gran Patriarca conseguía hacer hasta de eso algo amenazante.

Galena se atrevió a dar otro par de pasos.

—O—ofrezco la copa de Asclepios para que la enfermedad se aleje de nuestro pueblo y nuestra diosa rebose de salud.

Y echó a andar con tal premura que casi se tropieza con sus sandalias y el borde del vestido, dejándose caer al lado de Calíope, que la miró de reojo preocupada. El pelo azul oscuro le cubría el rostro, pero pudo ver la punta de sus orejas enrojecidas.

Así, quedó tan solo la más joven, Anthea, con su ramo de flores. Bajó la vista hacia ellas y después observó a sus hermanas. Su postura tímida y las dudas desaparecieron al recordar a Afrodita, la ayuda que le había dado y sus ánimos.

—Yo soy Anthea, la que cuida de las flores. Le ofrezco a Athena este ramo de pureza, sencillez, sabiduría y belleza para que ella florezca de igual manera.

Y tomó su lugar en el extremo derecho, al final de todas ellas.

El Patriarca observó a las mujeres, sus rostros en su mayoría jóvenes, tan aterradas como preparadas para servir.

—Ofrecemos nuestras vidas.

—Ofrecemos nuestros cuerpos.

—Ofrecemos nuestro sudor y sangre.

—Prometemos castidad y pudor.

—Prometemos amor y respeto.

—Prometemos humildad y honestidad.

Una a una, Therasia, Naida, Melita, Calíope, Galena y Anthea presentaron aquello que no podrían dar en mano: sus votos como doncellas de Athena, los cuales una vez pronunciados ante el Gran Patriarca y en la presencia de la diosa se consagraban de forma oficial.

Incumplir un solo voto después de aquel peregrinaje era una sentencia de muerte.


Placenta: Torta de harina, miel y leche utilizada como ofrenda.


Este primer capítulo puede haber sido confuso porque son muchos OCs de golpe, espero que no haya sido demasiado igualmente. Para identificarlos mejor y disfrutar más de la historia realizaré fichas de los personajes que iré publicando en mi Twitter( phesy_philips) y Deviant Art (Pheseans). Esta es una historia ilustrada, pero por las limitaciones de no pueden verse aquí, así que seguidme en dichas redes o comprobad la historia en AO3 o Wattpad.

Aclaro también que cuando describo las voces de ciertos personajes es pensando en su doblaje latino, mi favorito. Todo esto nació a raíz de ver el anime y enamorarme del Gran Patriarca, cuando aun no sabía quien era ni su backstory, y fue escalando de un one shot horny a más y más hasta convertirse en su propio universo que ojalá disfrutéis vosotros leyendo tanto como yo escribiendo.

La publicación será regular si no aviso lo contrario los viernes de cada semana.

¡Un abrazo y todo comentario, follow y fav será bien recibido!